Las palabras de Dios me guiaron para salir de un infierno en vida

10 Ene 2022

Por Qiuzhen, China

Era agosto de 2002 y estaba en la ciudad predicando el evangelio con cinco hermanos. Una noche, unos diez policías irrumpieron donde nos alojábamos. y un par de ellos nos gritaron “¡No se muevan! ¡Es la policía, Así que compórtense”. Ellos, registraron todo, bajo de la cama y en los cajones, Y se llevaron todos nuestros libros de las palabras de Dios. Hasta se llevaron mi identificación y los maletines que teníamos y nos metieron a todos dentro de los vehículos policiales. Al llegar a comisaría, nos separaron para interrogarnos hasta el amanecer. El comisario, como yo no decía ni una palabra, me dijo con saña: “Cuanto más callas, nos convences de que eres un líder. Te buscaremos otro sitio que apuesto que ‘disfrutarás’. A su debido tiempo; ya no decidirás. Hablarás, lo quieras o no”. Eso me asustó un poco. ¿A dónde me llevarían? Si me confundían, con un líder, ¿me torturarían hasta matarme? Oré en silencio a Dios para pedirle que velara por mi corazón; que pasara lo que pasara, no lo traicionara como judas.

Al día siguiente,en la tarde, la policía nos trasladó a un centro de detención. Al llegar a la entrada de una celda, vi a más de 20 prisioneros, completamente afeitados y con gesto duro. Se me erizó toda la piel y clamé a Dios sin cesar: “Dios mío, ahora tengo mucho miedo. Te ruego que me guíes”. Tras mi oración recordé estas palabras de Dios: “No debes tener miedo de esto o aquello; no importa a cuántas dificultades y peligros puedas enfrentarte, eres capaz de permanecer firme delante de Mí sin que ningún obstáculo te estorbe, para que Mi voluntad se pueda llevar a cabo sin impedimento. Este es tu deber, […] No tengas miedo; con Mi apoyo, ¿quién podría bloquear el camino?” (‘Capítulo 10’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron fe y fortaleza. Dios me cubre la espalda y, teniéndolo a Él, ¿qué hay que temer? Todas las cosas están en Sus manos y sin importar cómo me torturaran, pasaría por ello amparándome en Él. Gradualmente me calmé. Luego un guardia, empujándome a la celda, dijo a los prisioneros: “Este cree en el Relámpago Oriental y todavía, no nos ha contado nada. Pueden darle una buena paliza, hasta que confiese”. De inmediato, varios me rodearon dándome, patadas y puñetazos, y su jefe me agarró del pelo golpeándome contra la pared, dos o tres veces, tan fuerte fue que dejé de ver. Tenía un bulto de sangre, en la cabeza a punto de estallar Clamaba a Dios sin cesar, para pedirle fe y fortaleza, para soportarlo. Apreté los dientes y no hice ruido. Llevaban un rato golpeándome cuando el jefe me preguntó: “¿Vas a hablar o qué?”. No dije nada, me hicieron arrodillar sobre un tubo metálico, con la cabeza abajo y los brazos estirados. Después de una hora, caí al suelo sin poder moverme. Al verme así, cambiaron a algo más infame. Varios prisioneros me levantaron del suelo y me sostuvieron con mucha firmeza. Uno me puso un cigarrillo encendido en la uña del pie, soplaba y me quemaba. Oí chamuscarse mi dedo. Olí la uña quemada y sentí el ardor. Me dolía tanto, que empapado en sudor, quise saltar apretando los dientes. Realmente, no aguantaba más, y clamé a Dios con todo mi ser para pedirle fe y fortaleza. Tras mi oración, pensé en estas palabras de Dios: “Debes sufrir adversidades por la verdad, debes entregarte a la verdad, debes soportar humillación por la verdad y, para obtener más de la verdad, debes padecer más sufrimiento. Esto es lo que debes hacer” (‘Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio’ en “La Palabra manifestada en carne”). Sus palabras me dieron la fe que había pedido. Tendría que sufrir por practicar la verdad. no podía traicionar a Dios. Como aún me negaba a hablar, quemaron mi muslo, una y otra vez con cigarrillos, y me salieron ampollas. Luego me levantaron los pies y por turnos me quemaron los dedos con un mechero. Me quemaron los dedos de los pies, y se hincharon y siguieron con las plantas de los pies. Sentí una punzada, y convulsioné. Casi me desmayo. No les importaba si yo vivía o moría y no pararon hasta que tuve las plantas muy quemadas. Estaba, bañado en sudor y con la garganta seca. Con una sed insoportable, pero no me daban agua. Quise descansar, en la tarima de cemento, y el jefe gritó: “¡Que no se siente, denle! ¡Que esté de pie, agótenlo!”. Un prisionero se me abalanzó y me dio un puñetazo. Tuve que estar de pie. A la hora de comer, cuando traté de conseguir algo, el jefe me gritó: “¿Quieres comer? Podrás comer despues de que hayas hablado”. Esa noche me mandó estar a la entrada del baño, no me dejó dormir y ordenó a uno, que me vigilara. El horrible olor del baño, era nauseabundo. Cuando no podía evitar cabecear, el tipo me daba un puñetazo en el pecho. No sé ni cuánto, me golpeó esa noche. Al salir el sol, estaba mareado. Caminar era como pisar algodón, me tambaleaba. El jefe me volvió a exigir que hablara de la iglesia, y le respondí: “Dije lo que tenía que decir. No sé nada más”. Furioso apretó los dientes y señaló: “Eres bastante duro. ¿Sabes, cómo le llaman aquí? El pabellón de los brutales”. Es donde ponen a los delincuentes más violentos. La policía les lleva gente para que la golpeen hasta que confiese, y si sale bien, les reduce la condena. Es una táctica miserable del gran dragón rojo. Si matan a un preso a golpes, la policía no es responsable. Eso es impunidad. Después, el jefe me dijo: “La gente de aquí, no tiene elección. Tiene que ajustarse. Si te niegas, ¡la pagarás! No creo que no podamos contigo. Ven, probarás mi ‘codo de cerdo braseado’”. Mandó a que me sujetaran contra la pared. y con toda su fuerza, se lanzó sobre mí, y me estampó, el codo en el pecho; luego, se puso frente a mí, y me golpeó muy fuerte. Con dos embestidas seguidas, me dolía el corazón como a punto de estallarme. Por el dolor, me cubrí el pecho sin darme cuenta. Me sentía casi asfixiado. Antes de poder recuperarme, él se levantó de un salto, y cayó con su codo sobre mi espalda y lo repitió inmediatamente. Me sentía como, a punto de expulsar, todos los órganos. Totalmente al límite, caí al suelo ahogado del dolor en el pecho y la espalda. Al poco tiempo, tenía el pecho, hinchado en verdad. Era, un sufrimiento extremo y no podía aguantar más. Sabía que, si continuaban me matarían a golpes. Oré a Dios: “¡Dios mío! Te ruego que me salves”. Y recordé las palabras de Dios: “No te desanimes, no seas débil; y Yo te aclararé las cosas. El camino que lleva al reino no es tan fácil. ¡Nada es tan simple! Queréis que las bendiciones vengan a vosotros fácilmente, ¿no es así? Hoy, todos tendréis que enfrentar pruebas amargas. Sin esas pruebas, el corazón amoroso que tenéis por Mí no se hará más fuerte ni sentiréis verdadero amor hacia Mí. Aun si estas pruebas consisten únicamente en circunstancias menores, todos deben pasar por ellas; es solo que la dificultad de las pruebas variará de una persona a otra. […] Los que participan de Mi amargura ciertamente compartirán Mi dulzura. Esa es Mi promesa y Mi bendición para vosotros” (‘Capítulo 41’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me motivaron y supe que Dios no permitía el maltrato y la tortura de aquellos demonios solo para hacerme sufrir, sino para que comprendiera la verdad y viera con claridad, cómo Satanás, se opone a Dios, aflige a la gente y condena la obra de Dios, para que yo lo rechazara. Y para perfeccionar mi amor por Dios. Era una bendición especial. Por mucho que sufriera ese día, hasta en mi último aliento, debía ser firme en el testimonio y confortar el corazón de Dios. Aunque, esos demonios me mataran, no podía traicionar a la iglesia ni a mis hermanos. Después me puse a cantar en silencio este himno de la iglesia: “Deseo ver el día en que Dios gane la gloria”. “Hoy acepto el juicio y la purificación de Dios y mañana recibiré Sus bendiciones. Estoy dispuesto a entregar mi juventud y a ofrecer mi vida por ver el día en que Dios gane la gloria. ¡Oh, el amor de Dios, me ha hechizado el corazón! Él obra y expresa la verdad, otorgando al hombre el camino de la vida. Estoy dispuesto a beber del cáliz amargo y a sufrir por recibir la verdad. Soportaré la humillación sin quejarme. Deseo dedicar mi vida a devolverle a Dios Su gracia. Ofreceré mi amor y lealtad a Dios y cumpliré con mi misión para glorificarlo. Estoy decidido a mantenerme firme en mi testimonio de Dios y a no rendirme jamás a Satanás. ¡Oh! Aunque nos partamos la cabeza y nuestra sangre fluya, el pueblo de Dios no puede perder el temple. La exhortación de Dios descansa en el corazón y yo decido humillar al diablo, Satanás. Dios predestina el dolor y las penalidades. Le seré fiel y obediente hasta la muerte. Jamás volveré a causar que Dios se preocupe o derrame una lágrima” (“Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”).

Esa noche, el jefe me vigilaba y no pude dormir. Ya entonces llevaba, tres noches sin dormir nada, pero, sentí brotar mi fuerza, al meditar las palabras de Dios, y así sobreviví a esa noche. El cuarto día la policía, me interrogó temprano. Uno sonrió siniestro y dijo: “¿Disfrutas de la vida aquí dentro? ¡Comienza a hablar! ¿Quién es tu líder superior? ¿Dónde está tu iglesia? ¿Con quién estás en contacto? ¿Dónde guardan las ofrendas de la iglesia? Habla, y ya, te sacaremos de aquí. ¿No quieres volver a casa con tu mujer y tu hijo? Hace siglos, confesaron tus compañeros, y ya están fuera. Solo quedas tú. Cuéntanos ya todo lo que sepas”. Al oír eso, pensé: “¿Es, realmente cierto? ¿De verdad solo quedo yo? Me da miedo, regresar a la celda, y que sigan la tortura. Podría, contar algo trivial…”. Y al comenzar a flaquear, recordé palabras de Dios que me esclarecieron: “En todo momento, Mi pueblo debe estar en guardia contra las astutas maquinaciones de Satanás, protegiendo la puerta de Mi casa para Mí; […] para evitar caer en la trampa de Satanás, momento en el que sería demasiado tarde para lamentarse” (‘Capítulo 3’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Esto, me hizo entrar en razón y comprendí que era una trampa de Satanás. Lo que mejor hace Satanás es mentir a la gente, para que peque y se oponga a Dios. Intentaba engañarme con mentiras para traicionar a Dios. Si creía esa basura y traicionaba a mis hermanos, ¿no me convertiría en un judas? Y si lo hacía, aunque temporalmente me librara de la tortura, tendría cargo de conciencia, y nunca estaría en paz. Al final, Dios me maldeciría y castigaría. Por suerte, las palabras de Dios me despertaron y me ayudaron a entender la trampa, de Satanás. Respondí con firmeza: “No tengo ni idea de nada de eso”. Hechos una absoluta furia por no sacarme lo que querían, me devolvieron a la celda.

Al día siguiente, en el patio de la cárcel, el jefe mandó a unos prisioneros a que me maltrataran. Vi a los policías, confabulados con prisioneros, para que traicionara a Dios, y yo odié a esos demonios. Decidí que sin importar lo que hicieran para torturarme, No traicionaría a Dios, ni sería un judas. Posteriormente, los otros prisioneros me torturaron más. Tenía que hacer trabajos físicos, más que la mayoría, y a todo le ponían peros buscando excusas, de que hacía algo mal o lento, para golpearme. Si recitaba mal las normas, me pegaban y no me dejaban dormir. En el recuento nocturno, si dudaba al contestar la revista, también me golpeaban. Se desquitaban conmigo cuando algo los alteraba. Era el saco de boxeo de decenas de personas que me daban puñetazos y patadas a diario. Tenía el cuerpo herido, de la cabeza a los pies, y la hinchazón del pecho no mejoraba. Respirar me dolía y no me atrevía ni a toser. Y comenzó mi problema de miocarditis. Por el día, seguía con los trabajos físicos y me obligaban a turnos de vigilancia nocturna de otros prisioneros de dos a cuatro horas. Los dos primeros meses dormía agachado, afuera del baño oliendo esa pestilencia cada noche, y cuando alguien entraba me despertaba de un golpe. Me golpeaban muchas veces cada noche. En esos dos meses estuve descalzo. No me dejaban tener zapatos, como había agua en el suelo, tenía los pies infectados, supurando por el agua sucia y por habérmelos quemado tanto. Tuve problemas digestivos por caminar en suelos de cemento helados. No me daban una manta más, ni ropa. Llegado noviembre, usaba aún la misma ropa de cuando me detuvieron. Hacía cada vez más frío y se me congelaban manos y pies. Tenía las manos agrietadas y me sangraban. Tenía frío, hambre y muchas heridas. No aliviaban mi trabajo y los prisioneros me seguían golpeando. Lo más terrible era, decirle al jefe que necesitaba ir al baño, al ver que era yo, me tumbaba de un puñetazo y no me dejaba entrar. Tenía que aguantarme. Así pasaron varios días. Estaba triste y enfadado. Me arrebataron hasta el derecho a orinar. ¡Eran unos demonios! Después de sufir ese largo tormento inhumano, era un esqueleto. Estaba muy débil y podía levantarme una ráfaga de viento. A veces me caía, de solo caminar. Eso me mostró que esos policías son unos demonios, unas bestias, y los prisioneros que les servían eran demonios inferiores, esclavos a sus órdenes. Se deleitaban atormentando y haciendo daño, no eran humanos, sino demonios. En ese lugar infernal, vi la esencia reaccionaria, del Partido Comunista, enemigo de Dios. Es perverso, alienta el mal, combate la justicia y ataca al inocente. ¡Es la fuerza más malvada de Satanás y el monarca de los diablos! Llegué a odiarlo de todo corazón y tuve más determinación de seguir a Dios.

En diciembre, un día hacía mucho frío y mucho viento, bajo cero, y llevaba poca ropa sentado en la tarima, temblando de frío. Al verme el jefe, se rió y dijo a los otros: “Este amigo está sucio, ¡báñenlo!”. Mandó, a llenar un cubo de agua y dos prisioneros vinieron a quitarme toda la ropa. Luego agarraron el cubo y me vertieron agua de la cabeza a los pies, dos cubos en total. El agua fría me penetraba la carne. Me temblaba el cuerpo y me castañeaban los dientes mientras una docena se reían de mí. Al oír los comentarios, de los reclusos, y pensar en mi situación, comencé a flaquear, por dentro. Estaba hambriento, y torturado tanto mental como físicamente. Cada día era como un año. No sabía, cuánto tendría que seguir en ese oscuro abismo. ¡Me parecía que esa gente no pararía hasta matarme! No sabía si lograría salir vivo de aquel infierno… Cuanto más lo pensaba, peor me sentía, y no aguantaba más. Más tarde, otro recluso me comentó: “Deberías hablar. Si no, te torturarán hasta matarte aquí dentro. Mira en qué estación estamos. Todos usan chaqueta, pero tu ropa es muy ligera. ¡Seguro que así, te vas a morir de frío!”. Sentí desesperación cuando me lo dijo. Cada vez, hacía más frío y aunque no me torturaran, tarde o temprano moriría de frío. Y si no soportaba más el tormento y traicionaba a Dios como judas, iría al infierno. Estaba desesperado, y pensaba en maneras, de acabar con mi vida y escapar a ese horror. Pero oí que, cuando la gente intentaba el suicidio y fallaba, la tortura de los guardias, era aún más brutal. Temí que todo fuera todavía peor si llegaba a eso. No podía vivir, pero ni la muerte, era una opción. Era una agonía, insoportable, me derrumbaría por completo. Justo en ese momento, Dios dispuso una coyuntura que me guió.

Una vez durante la noche, un prisionero me contó la historia de alguien que se enamoró de otra persona y pagó un alto precio. Esa historia me llamo la atención. Estamos, dispuestos a pagar por amar a alguien y yo sigo al único Dios, creador de los cielos y la tierra, y debería demostrar un auténtico amor por Él. ¿No debía alegrarme, de pagar cualquier precio por amar a Dios? Pensé en que, Pedro fue crucificado de cabeza, por amar a Dios, y yo debía ser como Pedro, y por amor a Dios soportar, lo que Él disponga sin quejarme. Ese es el único testimonio que conforta el corazón de Dios. Y recordé, estas palabras de Dios: “Por lo tanto, durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis caminar hasta el final e, incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y estar a merced de Él; solo esto es amar verdaderamente a Dios y solo esto es el testimonio sólido y rotundo” (‘Solo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer la hermosura de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). En el silencio del corazón, dije: “No buscaré morir, debo seguir viviendo con resolución Llevo años creyendo en Dios, sin amarlo en verdad, y sin devolverle Su amor por mí. Él espera mi testimonio, con fe y con Su amparo, venceré a Satanás. No puedo defraudarlo. Mi destino está, en manos de Dios. Sin Su permiso, no moriré por más que me peguen, estos demonios”. Recordé un pasaje de las palabras de Dios: “Cuando las aguas se tragan a los seres humanos enteros, Yo los salvo de esas aguas estancadas y les doy la oportunidad de volver a vivir. Cuando las personas pierden la confianza para vivir, Yo las saco del umbral de la muerte y les doy el coraje para seguir adelante para que puedan usarme como el fundamento de su existencia. Cuando las personas me desobedecen, hago que me conozcan a partir de su desobediencia. A la luz de la vieja naturaleza de la humanidad y a la luz de Mi misericordia, en lugar de dar muerte a los seres humanos, les permito arrepentirse y empezar de nuevo. Cuando sufren hambruna, aunque solo les quede un suspiro en el cuerpo, los saco de la muerte e impido que caigan presas de las artimañas de Satanás” (‘Capítulo 14’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Esto, me conmovió mucho, y me sentí culpable. Recapitulando, desde mi arresto, cuando la policía o los reclusos me torturaban, y me acercaban a mi último aliento, al borde de la muerte, lo que me dio fortaleza, y me mantuvo vivo, fueron las palabras de Dios. Viví que nuestro límite termina, donde Dios empieza. Si fui testigo de la obra de Dios y disfruté de Su amor, ¿no era, muy cobarde ansiar la muerte, por el dolor físico? Entonces, comprendí en verdad que Dios lo dispuso todo, para que viera, la esencia del gran dragón rojo, lo odiara y le diera la espalda; y para perfeccionar mi amor por Dios, y mi disposición a sufrir. Debía someterme, aceptar la obra de Dios, para perfeccionarme y dar testimonio. Entonces saqué de mi mente la idea de morir y aunque, no cambió mi situación, ya no estaba, sufriendo tanto ni pensaba en salir rápido. Oraba cada día, me acerqué más a Dios y le juré a Él que sin importar cuánto tiempo pasara, ni los años de condena, iba a someterme a Él. Prefería la cárcel, que ser un judas, y morir por dar testimonio y satisfacer a Dios. Ya dispuesto de corazón a soportar, y obedecer las disposiciones de Dios, me embargaron la paz y el gozo. Sentí, el extraordinario poder, de las palabras de Dios, que pudieron resucitarme de la agonía, de la muerte. Luego, trasladaron a otra celda, a los que me golpeaban. Otros me dieron su ropa, momentos antes de su liberación y supe, que Dios lo había dispuesto. Su misericordia puso en marcha toda clase de ayuda. Le estaba muy agradecido.

La policía, trató de interrogarme de nuevo. Y uno me dijo, con mucha falsedad: “Mírate. ¿Hay necesidad, de sufrir tanto? Sabemos todo sobre ti desde el principio; así que dinos ya, ¿Quién es tu líder? ¿Dónde está tu iglesia? ¿Cuánto dinero tiene?”. Le respondí calmado: “Ya les conté todo . No tengo más respuestas que darles”. Inmediatamente, otro agente se levantó, y con los ojos desorbitados me gritó: “¡Ya confiesa! ¡Te esperan afuera, tu hermano y tu hermana! Cuéntanos ¡y así podrás irte, directo a casa!”. Fue muy duro escuchar, que nombrara a mi familia, concretamente. Llevaba sin verlos, casi medio año. Y más duro era imaginar, a mi padre anciano, bañado en lágrimas. Pensé, en contarles un poco de mi propia fe y poder, estar de nuevo con mi familia. Abstraído en mis sentimientos, recordé estas palabras de Dios: “¡Pueblo mío! Debéis permanecer bajo Mi cuidado y protección. ¡Nunca seáis disolutos! ¡Nunca os comportéis de modo imprudente! Debes ofrecer tu lealtad en Mi casa, y solo con lealtad puedes contraatacar el engaño del diablo” (‘Capítulo 10’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me mostraron que era una trampa de Satanás, jugando con mis sentimientos para que traicionara a Dios. No podía caer en ella; ¡No traicionaría a Dios! Clamé a Dios en mi interior y le juré: “Dios Todopoderoso, si te traiciono por mis emociones y a los demás como un judas, te ruego que me mates, que te lleves mi cuerpo y mi alma”. Sentí, mucha calma al orar y dije: “No sé nada”. Un agente, saltó de su silla, se puso frente a mí, saltó como un loco y me pateó el estómago y me tumbó al suelo, mientras gritaba vilezas y que eran capaces de matarme. Luego, dos policías me metieron en la boca dos chiles muy picantes y me obligaron a masticarlos y tragármelos. No tardó en arderme el estómago y me dolía mucho. Me torturaran como me torturaran, yo no decía nada. Al final tuvieron que devolverme a la celda.

Después la policía volvió a interrogarme por información de la iglesia, insistiendo en que dijera blasfemias. Como no decía nada, en un arranque de ira me apretaron la mano contra la mesa, tomaron una vara para darme en la mano. Cuando vi, que me iban a dar con la vara, oré a Dios: “Dios, si me dan con eso, acabarán con, mi mano. Te ruego protégeme”. Para mi sorpresa, tras cuatro o cinco golpes, la vara se partió en dos y la mano no me dolía nada. La vara estaba rota, y mi mano no tenía ni un rasguño. Recordé entonces estos versículos bíblicos: “Seréis odiados de todos por causa de mi nombre. Sin embargo, ni un cabello de vuestra cabeza perecerá” (Lucas 21:17-18). Las palabras de Dios tienen gran autoridad. Di gracias a Dios por lo que tenía, y sentí fortaleza, para afrontar lo que viniera. Los policías tomaron una vara de bambú y me dieron en el trasero. No pararon hasta que no se partió la vara. Luego me preguntó uno de ellos: “¿Vas a hablar o qué? Cuéntanos lo que queremos saber, es tu última oportunidad”. Aguantando el dolor me enderecé, y contesté: “No tengo nada que contarles”. Enfurecido, me gritó: “Nos cuesta hacerte hablar, pero no creo que no pueda abrirte el pico. ¡Tenemos nuestros métodos!”. Al decir esto, dos agentes me arrastraron hasta el generador, me sentaron en el suelo y me quitaron los zapatos. Tomaron un par de cables del generador, me enroscaron uno alrededor de el pie izquierdo, y el otro, en el meñique de la mano izquierda. Activaron el generador poco a poco, sentí todo el cuerpo entumecido y adolorido y empecé a convulsionar. Instintivamente me acurruqué y grité. Al verme acurrucado, la policía paró, pero siguió interrogándome. Apreté los dientes y no dije ni una palabra. Así pues, uno de ellos lo encendió y paró una y otra vez. Como no hablaba, cambió los cables a mi mano y pie derechos y arrancó y paró seis o siete veces, me electrocutó hasta dejarme totalmente entumecido. Me palpitaba el corazón y apenas respirarba. Solo lo dejaron por temor a que muriera. Yacía inerte en el suelo, sin fuerzas, como un cadáver. Como los policías veían, que no iba a confesar, me quitaron los cables, los tiraron al suelo, mientras estaban, suspirando de frustración, y me devolvieron a la celda. Con esto supe, que había humillado a Satanás y glorificado a Dios. Mi carne había sufrido con eso un poco, pero mi espíritu se sentía reconfortado, enternecido, y mi dolor físico se calmó muchísimo.

De regreso en la celda, un par de reclusos supieron que no había hablado, me felicitaron y dijeron: “Eres increíble. ¡No hay nadie en la celda que pueda igualarte! Te han pegado y torturado todo el tiempo, pero no te has rendido. ¡Impresionante!”. Otro también me felicitó y comentó: “Eres un hombre de verdad. ¡Todos te admiramos!”. Estas palabras me hicieron dar gracias y toda la gloria a Dios. Esto se debió a lo que lograron las palabras de Dios Todopoderoso en mí, y a que Dios me guió para entender las trampas de Satanás, y triunfé y di testimonio. Luego de cinco meses de mi arresto ilegal y tortura, sin encontrar pruebas de algún delito, me soltaron, con todo el cuerpo, herido y totalmente, demacrado. Pasé de más, de 80 kilos, a menos de 50. En realidad, la policía no me dejó en paz, limitó mi libertad. Me exigió un certificado, y una carta de recomendación, para salir de la ciudad, y no podía irme sin permiso del condado.

Tras cinco meses de vida carcelaria y tanto maltrato de esos demonios, había, sufrido bastante, pero también aprendí muchísimo. Con todo aquello vi al Partido Comunista, odiando la verdad, y vi su esencia malvada de odio a Dios. Lo rechazaba con el corazón. También se profundizó mi fe en Dios. y experimenté Su amor y Su salvación para la humanidad. Percibí la omnipotencia de Dios, la autoridad y el poder de Sus palabras, lo valiosas que son Sus palabras y que son nuestra misma vida, que nos dan fe y fortaleza. ¡Nos ayudan a escapar de las fuerzas de las tinieblas! Como dijo Dios Todopoderoso: “Dios nunca está ausente del corazón del hombre y vive entre los hombres todo el tiempo. Ha sido la fuerza que impulsa la vida del hombre, la raíz de la existencia humana, y un rico yacimiento para su existencia después del nacimiento. […] La fuerza de vida de Dios puede prevalecer sobre cualquier poder; además, excede cualquier poder. Su vida es eterna, Su poder extraordinario, y Su fuerza de vida no puede ser aplastada por ningún ser creado ni fuerza enemiga” (‘Solo el Cristo de los últimos días le puede dar al hombre el camino de la vida eterna’ en “La Palabra manifestada en carne”).

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