Cómo llega la fe

10 Ene 2022

Por Liu Yu, China

A fines de agosto de 2008, supe que al hermano Xiaowu, un líder de la iglesia, lo habían arrestado. El hermano Hong y yo desalojamos a los hermanos y mudamos los bienes de la iglesia. En ese tiempo, también nos reunimos con dos líderes a los que queríamos unirnos para hacer la obra. Esa noche, después de la reunión, volvieron a casa, pero al día siguiente no pudimos contactarlos; sus teléfonos estaban apagados. Solo unos pocos días después nos enteramos de que esos líderes y 20 hermanos más habían sido arrestados. Me preguntaba si me estarían vigilando también, porque me reunía con el hermano Xiaowu. Sentí que podían arrestarme en cualquier momento. Estaba muy asustada y le oraba a Dios, pidiéndole ayuda para estar fuerte en la adversidad. Durante un encuentro, vi este pasaje de la palabra de Dios: “Tal vez todos recordáis estas palabras: ‘Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación’. Todos habéis oído estas palabras antes, sin embargo, ninguno de vosotros comprendió su verdadero significado. Hoy, sois profundamente conscientes de su verdadero sentido. Dios cumplirá estas palabras durante los últimos días y se cumplirán en aquellos que han sido brutalmente perseguidos por el gran dragón rojo en la tierra donde yace enroscado. El gran dragón rojo persigue a Dios y es Su enemigo, y por lo tanto, en esta tierra, los que creen en Dios son sometidos a humillación y opresión y, como resultado, estas palabras se cumplirán en este grupo de personas, vosotros. Al embarcarse en una tierra que se opone a Dios, toda Su obra se enfrenta a tremendos obstáculos y cumplir muchas de Sus palabras lleva tiempo; así, la gente es refinada a causa de las palabras de Dios, lo que también forma parte del sufrimiento. Es tremendamente difícil para Dios llevar a cabo Su obra en la tierra del gran dragón rojo, pero es a través de esta dificultad que Dios realiza una etapa de Su obra, para manifestar Su sabiduría y acciones maravillosas, y usa esta oportunidad para hacer que este grupo de personas sean completadas” (‘¿Es la obra de Dios tan sencilla como el hombre imagina?’ en “La Palabra manifestada en carne”). Por la palabra de Dios, entendí que, como Dios se encarnó para salvar a la humanidad y hacer Su obra en la nación del gran dragón rojo, la que más se opone a Él y donde lo persigue el PCCh, siendo Sus seguidores, sufriríamos persecución. Por el sufrimiento, percibimos las dificultades que Dios atravesó para salvar a la humanidad. Dios usaba la adversidad para fortalecer mi determinación y mi fe. Con esta situación Dios me perfeccionaba y bendecía. Dios predetermina cuánto va a sufrir cada persona. Solo me arrestarán si Dios lo permite. Seré firme en el testimonio para Dios ¡y jamás lo traicionaré como Judas!

Un día de enero de 2009, después de las 2 de la tarde, leía la palabra de Dios en casa, cuando golpearon fuerte a la puerta. Alguien gritó: “Oficina de Seguridad Pública. ¡Abra!”. El corazón me saltó del pecho y corrí a esconder el libro de las palabras de Dios. Oraba pidiéndole coraje y fe. Al abrír la puerta, entraron más de 10 policías, gritando: “¡Quieta! ¡Contra la pared!”. Revolvieron armarios y cajones y arrojaron mi ropa por todos lados. Hallaron mi laptop, el teléfono y libros de la palabra de Dios. Una oficial me llevó al baño para cachearme. Pensé: “Parece, que vinieron preparados. Tal vez soy un objetivo de alta prioridad. Si no, ¿por qué enviaron tantos oficiales? Si es así, no creo que me liberen fácilmente. Quién sabe qué tipo de tortura usarán conmigo”. Le oré a Dios en silencio y en mi corazón sabía que me estaban arrestando con Su permiso. Dios me estaba probando. Debía apoyarme en Él y ser firme en el testimonio. Me esposaron, me colocaron una capucha y me llevaron a la Oficina de Seguridad Pública para sacarme información. Esa noche me trasladaron al centro de detención. Además de las esposas, me colocaron grilletes de 5 kilos en las piernas. Cuando me llevaron a mi celda, los grilletes me pesaban tanto que tuve que levantarlos con las manos y cargarlos. Cada paso era extenuante.

En la celda, me esposaron las manos a la cadena que sujetaba los pies y la engancharon a un anillo de hierro en la pared. Pusieron un urinal al lado de la pared para que aun yendo al baño siguiera esposada. Hacía mucho frío, la guardia me había quitado la chaqueta y no tenía una manta. Pasé la noche temblando y acurrucada allí en el suelo. La tarde siguiente, dos oficiales de la Brigada de Seguridad me esposaron, me pusieron una capucha y me llevaron a un lugar remoto. Solo al llegar me quitaron la capucha. Y me sujetaron a una silla metálica. Frente a la silla había una lámina de metal de 50 centímetros de largo por 30 de ancho, y a mis pies tenía dos anillos semicirculares de hierro. Con ellos me sujetaron los pies y me esposaron las manos al frente. A las 7 de la noche llegaron tres oficiales. Uno me interrogó sobre la iglesia; me mostró una foto y preguntó si reconocía a la persona. Y vi que era mi colega, el hermano Hong. Me sorprendí, jamás imaginé que también lo arrestarían. El PCCh seguro nos vigiló mucho tiempo. Les respondí que no lo conocía. Un oficial perdió la paciencia y dijo: “Perdemos tiempo, ¡usen la tortura!”. Otro oficial me amenazó diciendo: “Es tu oportunidad y te preguntamos, amablemente, pero si no hablas, ¡te obligaremos!”. Cuando le oí decir eso, pensé en mis hermanos arrestados y torturados, molidos a golpes, lisiados y hasta asesinados y sentí miedo y pensé: “Si no hablo, ¿de qué manera me torturarán? ¿Me dejarán lisiada o me matarán?”. Oré a Dios en voz baja: “¡Dios mío! No sé a qué tipo de tortura me someterán; protégeme, por favor. Seré firme en el testimonio por Ti ¡Prefiero morir a ser una Judas!”. Y recordé algunas de las palabras del Señor Jesús: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28). La palabra de Dios me dio fe y fuerza. Pensé: “Por muy crueles que sean, solo pueden dañarme el cuerpo. Mi alma está en manos de Dios. Si me mantengo firme y lo satisfago, podría morir, pero me ganaré Su elogio. Pero, si lo traiciono como Judas, Dios castigará y maldecirá mi cuerpo y mi alma”. Al ver esto, sentí menos miedo. Al no funcionar el interrogatorio, me llevaron a otra sala y comenzaron con la tortura. Me sujetaron los brazos por detrás, los envolvieron en una toalla y los ataron con una cuerda. Me pusieron una vara de madera entre los brazos y la espalda. Un oficial me alzó, colgó la vara de un taburete de 2 mts de alto y después me soltó. Quedé colgando, con los brazos sosteniendo todo mi peso. Grité de dolor. Sentía el pecho desgarrándose, los brazos y hombros me ardían de dolor. Me costaba respirar, y sentía que me asfixiaba. Con los brazos atados detrás, no alzaba la cabeza. La frente me comenzó a sudar y se me adormecieron brazos y manos. Un oficial riendo dijo: “Ya no puedes hablar aunque que quieras. ¡Empieza a orar a tu Dios!”. Después, el sudor de la frente cayó al suelo y el oficial pensó que lloraba. Se inclinó, y se burló: “Veamos, ¿es sudor o son lágrimas?”. Seguí orando a Dios: “¡Dios Todopoderoso! No pido que me liberes de esta tortura, te pido que me des la fuerza para soportar y mantenerme fuerte”. Luego de orar, seguí con mucho dolor físico, pero sin tanto sufrimiento. Me dejaron colgada media hora y luego me bajaron. Los brazos adormecidos no respondían.

Luego, me sentaron en la silla y me tiraron de los brazos y las muñecas, me colocaron los brazos alrededor de la placa frente a mí, y después me esposaron las manos e inclinaron la silla hacia delante. Ya no tenía nada en la espalda, los brazos sostenían todo el cuerpo. La placa de metal se me clavaba en los brazos y comencé a sentir dolor. Después de media hora, regresaron, me arrastraron y usaron la vara de madera para colgarme otra vez. Todo mi cuerpo estaba dolorido, me costaba respirar y sentía que me asfixiaba. Pero un oficial dijo riendo: “Es delgada, no debe sufrir mucho. Hong era gordo. Al colgarlo la vara se rompió. Cayó al suelo y en un grito de dolor, confesó todo”. Sentí furia al saber de la tortura al hermano Hong. Y también me preocupé. “¿El hermano Hong traicionó a Dios y me delató? Si fue así, sabrían qué deber cumplía yo en la iglesia y no me liberarían fácilmente. Quién sabe qué tipo de tortura me esperaba. ¿Debía confesar algo intrascendente?”. En ese momento, pensé en la palabra de Dios: “En todo momento, Mi pueblo debe estar en guardia contra las astutas maquinaciones de Satanás, protegiendo la puerta de Mi casa para Mí; […] para evitar caer en la trampa de Satanás, momento en el que sería demasiado tarde para lamentarse” (‘Capítulo 3’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Por la palabra de Dios supe que lo de la confesión del hermano era el plan de Satanás. Querían sembrar la discordia y que traicionara a Dios. ¡Satanás es tan bajo y malvado! Gracias a la guía de Dios, tomé una decisión: “No importan sus torturas o engaños, jamás traicionaré a Dios ni seré un Judas”.

Un oficial vio mi estado y dijo: “La estás pasando mal, ¿no? Si no hablas, primero te colgaremos media hora, luego una hora entera y así seguiremos”. Luego, sentí que estaba por colapsar e intenté apoyar el pie en un tornillo que salía del taburete para aliviar un poco el dolor, pero el oficial me vio. Me pateó la pierna y gritó furioso: “No puedes pisar allí ¡Está prohibido!”. El cuerpo comenzó a movérseme, involuntariamente, de un lado a otro eso me hacía doler aún más los brazos. Sudaba del dolor, y no tuve fuerzas para alzar la cabeza. Parecía como si los segundos duraran horas. Después de quién sabe cuánto, mi hombro derecho de pronto colapsó. Luego fue el izquierdo, y luego el cuerpo entero. Se me dislocaron los hombros. Grité: “¡Se me dislocaron los hombros!”. Y solo así me bajaron. Cuando me desataron, los brazos se me fueron sin control hacia delante. Estaban completamente adormecidos e inflamados. Cuando me puse de pie, se me fueron hacia los lados. No se movían ni doblaban en el codo. Sentía que tenía dos palos de madera colgando de los hombros. Me esposaron de nuevo y comenzaron a moverme los brazos. Me los colocaron violentamente detrás de la cabeza, lo más atrás posible, y me los tiraban hacia la izquierda, para ver si me quejaba o sentía dolor. Como estaban totalmente inertes, me los presionaron, pero no pasó nada, y gritaron: “¡No finjas!”. Quería de veras alzar los brazos, pero no me respondían. Pensé: “¿Están en verdad dislocados? ¿Quedaré discapacitada? ¿Cómo comeré o iré al baño de ahora en adelante?”. Esa noche, volvieron a esposarme y fijaron los grilletes de los pies a la cama. No podía dormir. Tenía los brazos doloridos e inertes, era insoportable. Pensaba si al día siguiente me someterían a la misma tortura. Pensar en todo ese sufrimiento me dio miedo. No sabía si podría soportarlo. En medio de la agonía, le oré a Dios. “¡Dios mío! Protégeme, por favor, dame fe y fortaleza. No importa cuánto sufra, no te traicionaré, ni delataré a mis hermanos”. Luego de orar, pensé en estas palabras de Dios: “Ya no seré misericordioso con los que no me mostraron la más mínima lealtad durante los tiempos de tribulación, ya que Mi misericordia llega solo hasta allí. Además, no me siento complacido hacia aquellos quienes alguna vez me han traicionado, y mucho menos deseo relacionarme con los que venden los intereses de los amigos. Este es Mi carácter, independientemente de quién sea la persona. Debo deciros esto: cualquiera que quebrante Mi corazón no volverá a recibir clemencia, y cualquiera que me haya sido fiel permanecerá por siempre en Mi corazón” (‘Prepara suficientes buenas obras para tu destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). La palabra de Dios me dio una idea de su carácter justo, majestuoso e inofendible. Dios ama y perfecciona a quienes le son leales. Más allá de las tribulaciones o el sufrimiento, se mantienen leales y firmes en el testimonio. Solo ese tipo de gente puede estar en el reino de Dios. Pero los traidores, como Judas, no tendrán un buen final, y Dios castigará y maldecirá su espíritu, alma y cuerpo. Si traiciono a Dios para liberarme del sufrimiento físico temporal, perderé la oportunidad de salvarme. Recordé que cuando los oficiales intentaron hacerme traicionar a Dios, Él me dio sabiduría para detectar el engaño de Satanás. Cuando los oficiales me torturaban, mi cuerpo sufría hasta cierto punto, pero Dios me protegió silenciosamente, y me dio fuerza para superar la debilidad de la carne. Sentí Su amor por mí y vi Su omnipotencia y soberanía. No puedo traicionar mi conciencia… Aunque sufra, ¡debo ser firme en el testimonio para Dios!

El tercer día, como a las 9, me llevaron a una gran sala y me sentaron en una silla de metal otra vez. Un oficial me envolvió una toalla a la altura de la boca y jaló con fuerza. Sentí una puntada, los hombros se me hundieron en la silla, que se fue para atrás y las piernas se alzaron del suelo. Me costaba respirar con la toalla en la boca. Solo podía respirar por la nariz y la garganta me dolía al tragar mi propia saliva. Luego, un oficial tomó una jeringa con aceite de mostaza y me lo echó en la fosa derecha. Sentí fuego en la nariz y cuando inhalé, el aceite me bajó por la garganta. Intentar tragar el aceite fue horrible. No quería respirar, pero si no lo hacía me asfixiaría. Es difícil describir lo espantoso que fue. Luché lo más que pude, pero tenía la toalla muy ajustada y no podía hacer nada. El aceite era tan picante que me llené de lágrimas. Los segundos no pasaban. Parecía que el tiempo se había detenido. No me soltaron hasta que tragué la última gota de aceite. Me llevó tiempo recuperar el cuello de aquel calvario. Me arqueé de náuseas y soplé por la nariz todo lo más que pude. Tenía la cara y la nariz irritadas por el picante. Sentía el ardor de la quemadura. Un oficial vio que estaba por vomitar y gritó: “¡No vomites!”. ¡Despreciaba a esos demonios! El dolor era casi insoportable y no sabía si resistiría más. No tenía idea cuánto más planeaban torturarme, así que oré a Dios en silencio: “Dios mío, no sé cuántas veces más planean torturarme, pero no te traicionaré por la debilidad de mi carne. Por favor, protege mi corazón y dame fe y fuerza para ser fuerte durante este calvario”. Luego de orar, me sentí un poco mejor. Sabía que Dios había oído mi plegaria y había aliviado mi dolor. ¡Le agradecí de corazón! Unos diez minutos después, me echaron aceite de mostaza en la otra fosa. En total, me echaron tres jeringas de aceite. Siempre fue un calvario. Un oficial dijo violentamente: “Deberíamos matarte. Cavar una fosa y enterrarte. ¡Nadie lo sabrá!”. Sabía que como estaban dispuestos a torturarme tan cruelmente, harían lo que fuera. Los imaginé arrojándome en un hoyo profundo y cubriéndo todo mi cuerpo con tierra. Estaba desesperada y pensé: “¿De veras voy a morir tan joven?”. Y sufriendo, recordé las palabras de Dios: “De todo lo que acontece en el universo, no hay nada en lo que Yo no tenga la última palabra. ¿Hay algo que no esté en Mis manos?” (‘Capítulo 1’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). La guía de la palabra de Dios me ayudó a darme cuenta de que mi vida estaba en Sus manos y que todo dependía de Él. No importaba lo violentos que fueran, sin el permiso de Dios, no se atreverían a quitarme la vida. No entendía en verdad la omnipotencia de Dios y mi fe en Él era débil así que, cuando oí que me matarían y me enterrarían, sin querer me acobardé. ¡No estaba dando testimonio! Cuando me di cuenta, dejé de sentir miedo y me propuse ser firme en el testimonio y humillar a Satanás.

A las 2 de la tarde, volvieron a interrogarme. Un oficial solo me miraba; no creía que tuviera los brazos paralizados y a propósito comenzó a pincharme debajo de las uñas. Sangraba, pero sentía un leve dolor en la punta de los dedos. Mientras me pinchaba, veía mi reacción. Y como no reaccionaba, dijo: “¿Conque te duelen los brazos? ¿Qué tal un poco de electroterapia?”. Los oficiales fueron por un cable y conectaron la pistola eléctrica con los dedos de mis pies y me dieron descargas. Se me aceleró el pulso, el cuerpo se me puso rígido, arqueé la espalda y di patadas. Gritaba de tanto dolor. Pararon y luego retomaron, mientras me interrogaban sobre la iglesia. Siguieron así, dándome más descargas de las que recuerdo. Estaba indefensa ante su brutalidad. El dolor y la agonía eran casi insoportables. Mi preocupación era que si seguían con las descargas, podrían causarme un daño que fuera permanente. Solo pararon cuando fueron a comer. Un oficial me desató de la silla y me dejó levantar. Cuando me puse de pie, no podía creerlo, no sentí ningún dolor. Como si no me hubieran hecho daño. Tampoco sentía el cuerpo débil. Era claro que la protección y el cuidado de Dios eran lo que aliviaba mi dolor. Sabía que, en teoría, Dios reina soberano sobre todas las cosas, pero yo experimenté y vi por mí misma Su obra milagrosa. Vi Su amor y misericordia hacia mí. Tenía el corazón lleno de gratitud por Él. Sentí una confianza renovada para enfrentar las torturas. Me dieron descargas desde las 7 hasta las 11 de la noche. En la cuarta mañana, me metieron aceite de mostaza otra vez. Otra vez un dolor y un sufrimiento insoportables. Esa mañana usaron cuatro jeringas. Durante el almuerzo, pedí un vaso de agua. Uno de los oficiales dijo agresivamente: “No le den agua, si no usará el baño”. Otro dijo: “Seguro el aceite le dañó el estómago y los intestinos”. Después de oír eso, pensé: “Es verdad, metieron mucho aceite por mi garganta. En circunstancias normales, eso haría mucho daño, pero aparte de sentir un poco de sed, no tenía ningún malestar estomacal”. Tuve la sensación palpable de que Dios me protegía en silencio y tenía el corazón agradecido.

Esa tarde, seguía sin responderles, y el Director Guo de la Oficina de Seguridad Pública me dio una descarga en la espalda. Caí de inmediato a suelo. Luego me hizo sentar en la silla de metal y me dio descargas en los brazos. Cada vez que lo hacía, mis brazos se alzaban y luego se desplomaban. También me dio descargas en las palmas de las manos. Continuó haciéndolo por dos largas horas, se detuvo cuando la pistola perdió la batería. Luego, enrolló unos periódicos y me pegó en la cara, gritando: “¿Vas a hablar o no? ¡Te haré hablar!”. Mi rostro mostró un gesto de dolor. Los periódicos se desarmaron y yo seguía sin decir nada, así que se alejó abatido. Ya en mi celda, una oficial me vio el rostro rojo e hinchado y con una risita dijo: “Te dieron duro, ¿no?” Luego me amenazó diciendo: “Si no hablas, el primer día te cuelgan, el segundo electricidad y al tercero te violan”. Sus palabras me repugnaron. Estos oficiales eran de veras malvados para pensar una táctica de tortura tan vil. No pude evitar asustarme un poco. ¿Qué haría si usaban una táctica tan malvada? En eso, recordé las palabras de Dios: “No hay nada que temer. Los Satanás están bajo nuestros pies […]” (‘Capítulo 10’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Pensé: “Es así. ¿No está todo en manos de Dios? Si Dios no lo permite, nada me pasará. Solo me amenazan para que lo traicione, para que delate a otros y hable de los fondos de la iglesia. No importan sus tácticas, no puedo traicionar a Dios”. Luego, me interrogaron unas veces más, pero seguía sin hablar, y me enviaron al centro de detención.

En febrero de 2009, el PCCh me condenó a un año y medio en un campo de trabajos forzados. Un jefe del campo le preguntó a un oficial: “¿Puede trabajar?”. Le dije: “Tengo los brazos lisiados, no los levanto”. El oficial temía que no me aceptaran y dijo: “Sus brazos están bien, miente”. Durante una comida en ese campo, no podía mover ni brazos ni manos y no podía sostener los palillos y una hermana quiso ayudarme pero el guardia no la dejó. No podía más que quedarme allí sentada, sostener una cuchara, colocar el antebrazo en la mesa y hacer presión con el cuerpo para levantar la cuchara y comer algo. La hermana lloró al ver cuánto me costaba. Antes de terminar de comer, el guardia nos hizo bajar y ponernos en fila. La hermana vio que no pude comer así que me dio un bollo a escondidas. Desde ese entonces, siempre me daba bollos a escondidas. Dos hermanas se turnaban cada noche para masajearme los brazos y cuidarme. Me animaban compartiendo la palabra de Dios en voz baja. Era la instrumentación de Dios y Su amor por mí ¡y mi corazón rebosaba de gratitud!

Aún no podía alzar los brazos. Una vez, le pregunté a un doctor: “¿Hay algo que pueda tomar para los brazos?”. El doctor dijo: “Si no mueves los brazos durante tres meses, los músculos se atrofian y quedarás lisiada. No hay tratamiento, ni las inyecciones servirán. Lo mejor es caminar con los dedos sobre una pared”. Hice el ejercicio obedientemente. No podía alzar los brazos, así que los balanceaba y me aferraba a la pared con los dedos para ir subiendo los brazos. Luego de 30 centímetros los brazos no me daban más, así que los bajaba y comenzaba otra vez. Al principio estaba llena de confianza, esperaba un milagro algún día y poder alzarlos y vivir normalmente. Pero después de tres meses, seguía sin poder y me sentí frustrada y abatida, pensando “¿Alguna vez mejoraré?. Si no me recupero, ¿cómo podré vivir cuando salga de este campo? Tengo apenas 30 años, ¿tendré que depender de otra persona el resto de mi vida?”. En medio del sufrimiento, oré a Dios, pidiéndole guía, fuerza y fe. Esa noche, mientras la hermana me masajeaba, le conté cómo estaba. La hermana me consoló: “Tenemos a Dios, no temas. Sigue con los ejercicios y continuaremos los masajes en tus brazos. No te preocupes por nada”. Sus palabras me hicieron llorar. Luego, recordé la palabra de Dios: “Cuando las personas atraviesan pruebas, es normal que sean débiles, internamente negativas o que carezcan de claridad sobre la voluntad de Dios o sobre la senda en la que practicar. Pero en cualquier caso, como Job, debes tener fe en la obra de Dios, y no negarlo. Aunque Job era débil y maldijo el día de su propio nacimiento, no negó que Jehová le concedió todas las cosas en la vida humana, y que también es Él quien las quita. Independientemente de cómo fue probado, él mantuvo esta creencia. En tu experiencia, da igual cuál sea el tipo de refinamiento al que te sometas mediante las palabras de Dios, lo que Él exige de la humanidad, en pocas palabras, es su fe y su amor por Él. Lo que Dios perfecciona al obrar de esa manera es la fe, el amor y las aspiraciones de las personas. Dios realiza la obra de perfección en la gente y ellos no pueden verla ni sentirla; es en tales circunstancias en las que se requiere tu fe. Se exige la fe de las personas cuando algo no puede verse a simple vista, cuando no puedes abandonar tus propias nociones. Cuando no tienes clara la obra de Dios, lo que se requiere es tu fe y que adoptes una posición firme y mantengas el testimonio” (‘Los que serán hechos perfectos deben someterse al refinamiento’ en “La Palabra manifestada en carne”). La palabra de Dios me mostró que cuando Job sufría, jamás perdió la fe. Aunque Dios lo pusiera a prueba, Job lo alabó por Su gran poder, nunca lo culpó y fue firme en el testimonio para Él. Luego de tres meses los brazos no mejoraban, perdí la fe y comencé a pensar en el futuro. Me hundí en la negatividad. Me faltaba fe en Dios, aún no tenía una fe verdadera. Dios usaba este sufrimiento y refinamiento para purificarme y perfeccionar mi fe. No debía estar confundida. Luego, las hermanas compartían conmigo y me ayudaban y pude someterme y vivir esa situación. Al someterme, de nuevo fui testigo de la obra milagrosa de Dios. Poco después, pude alzar mi brazo derecho. Luego de dos meses, también alcé mi brazo izquierdo. Le estaba profundamente agradecida a Dios. El doctor dijo que después de tres meses inmóviles, los brazos estarían lisiados pero Dios permitió que me recuperara milagrosamente. Todo se debía a Su amor y protección.

En junio de 2010, me liberaron. Estar sometida a la crueldad y persecución del PCCh, me hizo ver su esencia demoníaca que se resiste a Dios y en mi corazón renuncié a eso. Y viví personalmente el amor de Dios. Estando en la madriguera del diablo, sometida a la brutal tortura de los oficiales la palabra de Dios me llenó de fe y fortaleza y me ayudó a transitar ese tiempo difícil. Después de atravesarlo, me sentí aún más cerca de Dios. Vi que lo que Él hace por el hombre es Su amor y salvación. No importa qué persecución o dificultad afronte en el futuro, seguiré a Dios y cumpliré con mi deber para retribuir Su amor.

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