Historia de dos detenciones

10 Ene 2022

Por Zhou Yi, China

Una noche, en septiembre de 2002, un hermano más joven y yo volvíamos a casa tras predicar el evangelio. De pronto, se nos acercaron dos tipos, uno a cada lado de la carretera, con frontales. Cegándonos son esas intensas luces, nos cercaron. Uno sacó un documento y dijo: “¡Somos la policía!”. Me cogieron el maletín de la cesta de la bici y nos mandaron agacharnos para registrarnos. Estaba bastante nervioso, no sabía cómo nos iban a tratar. Oré a Dios en silencio para pedirle fe. Pasara lo que pasara, no quería ser un Judas. Recordé algo que dijo Dios: “La fe es como un puente de un solo tronco: aquellos que se aferran miserablemente a la vida tendrán dificultades para cruzarlo, pero aquellos que están dispuestos a sacrificarse pueden pasar con paso seguro y sin preocupación” (‘Capítulo 6’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Sabía que debía confiar en Dios y tener fe, solo sería firme en el testimonio si estaba dispuesto a dar la vida.

La policía nos metió a empujones en su vehículo. Cuando no miraban, presioné el busca con fuerza contra el lateral del asiento, lo rompí y lo escondí debajo. En comisaría, la policía nos llevó a un despacho, donde una persona levantó mi busca roto y gritó: “¿Quién te ha dicho que puedas romperlo?”. Entonces, cinco o seis personas me rodearon y me empezaron a pegar. Tras un episodio de violentos golpes, me estamparon contra un banco con tal fuerza que se rompió. Me levantaron y me volvieron a estampar. Vi las estrellas y me dolía todo el cuerpo. Oré a Dios sin cesar para pedirle fuerza para soportar el dolor. Luego, un agente cogió mi carnet de identidad y me preguntó mi nombre, y yo contesté que estaba escrito ahí. Me miró y me dijo: “Responde a la pregunta, ¡o te abro esa boca!”. Como no le hice caso, cogió un cable de plástico del grosor de un palillo chino y me lo apretó por todo el cuerpo empezando por los pies. Después me colgó del cuello un trozo de pizarra y me mandó quedarme de pie. Me costaba respirar, era horrible. No dejaron de interrogarme: “¿Quién es tu líder? ¿Dónde difundes tu evangelio? ¿Con quiénes has hablado?”. Al no responderles, uno de ellos agarró un zapato y golpeó la pizarra, mientras otros la azotaban con palos y me amenazaban. En vista de que seguía sin hablar, algunos me tumbaron a patadas y me desataron el cable de plástico. Un agente se arrodilló sobre mi columna mientras ponía mi mano derecha por encima del hombro, y la izquierda, por detrás de la espalda. Me las juntaron y me esposaron. Me tiraban de los huesos de los brazos y se rompían, y del dolor me entraron sudores. Después, me agarraron los brazos, tiraron de mí con fuerza, ataron el cable a las esposas que tenía en la espalda y estiraron mientras me exigían que hablara. Cogieron más zapatos y los colocaron a la fuerza entre mi espalda y las esposas. Me dolían tanto los brazos que parecía que iban a partirse en dos; era un dolor agudo y me caí al suelo. Me levantaron y no dejaron de pedirme información. Pensé: “Si siguen torturándome así, terminaré muerto o desfigurado”. Estaba cada vez más asustado e invocaba a Dios sin cesar, diciendo: “Dios mío, te ruego fe y determinación para soportar esto. Quiero mantenerme firme en el testimonio de Ti ante Satanás”. Recordé estas palabras de Dios: “Cuando te enfrentes a sufrimientos debes ser capaz de no considerar la carne ni quejarte contra Dios. Cuando Él se esconde de ti, debes ser capaz de tener la fe para seguirlo, de mantener tu amor anterior sin permitir que flaquee o desaparezca. Independientemente de lo que Dios haga, debes respetar Su designio, y estar más dispuesto a maldecir tu propia carne que a quejarte contra Él. Cuando te enfrentas a pruebas, debes satisfacer a Dios, a pesar de cualquier reticencia a deshacerte de algo que amas o del llanto amargo. Sólo esto es amor y fe verdaderos” (‘Los que serán hechos perfectos deben someterse al refinamiento’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron fe y fortaleza y supe que Él me iba a perfeccionar con este tormento. Debía ampararme en mi fe y dar testimonio de Dios para humillar a Satanás. Luego pensé en más palabras de Dios: “¡Solo mantened vuestras cabezas en alto! No tengáis miedo: Yo, vuestro Padre, estoy aquí para apoyaros, y no sufriréis. Mientras que oréis y supliquéis ante Mí frecuentemente, os otorgaré toda fe sobre vosotros” (‘Capítulo 75’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Cierto: creo en Dios Todopoderoso, soberano del universo y de todo. Si Dios no me dejaba morir, la policía no podría matarme. La policía me torturó toda la noche sin sonsacarme ni una palabra. Uno me gritó: “¡Eres un testarudo!”, y se fue. Di gracias a Dios en silencio.

Pasaron unas dos horas. Llevaba tanto tiempo esposado que tenía las muñecas muy hinchadas y había perdido la sensibilidad en las manos. Vinieron a quitarme las esposas, pero estaban muy apretadas a la carne. Uno me mantenía quieto, mientras otro me juntaba los brazos a la fuerza. Sudaba de dolor. Tenía los dedos tan hinchados que no podía ni separarlos. Estaban morados y negros como una berenjena madura. Después me llevaron a una fila de jaulas metálicas. Estaba estupefacto. Vi a la hermana mayor que era mi anfitriona y a su esposo, incrédulo, enjaulados. Ella parecía muy débil, sin apenas fuerza, y su marido tenía la mirada apagada, con gesto resignado. Fue horrible verlos a estos septuagenarios maltratados de ese modo, y no pude reprimir el llanto. Me dijeron que me desnudara, que solo me dejaban llevar la ropa interior, me metieron a empujones en una jaula, la cerraron y me mandaron estar de pie sin cerrar los ojos ni apoyarme en la pared. Cuatro policías se turnaban para vigilarme por parejas. Golpeaban constantemente los barrotes con varas de metal y el corazón me palpitaba por el fuerte ruido. Estaba al borde del colapso y me sentía rodeado de demonios en el infierno. Pensaba: “Si me tienen aquí más de un par de días, aunque no me peguen, perderé la cabeza por este tormento. ¿Voy a morir aquí dentro? Si muero, ¿cómo se apañarán mi esposa y mis hijos?”. Cuanto más lo pensaba, más lloraba. Consciente de que mi corazón se había alejado de Dios, enseguida oré: “¡Oh, Dios mío! Te ruego que me des fe y fortaleza. Voy a mantenerme firme por Ti en esto”. Recordé un himno de las palabras de Dios: “No te desanimes, no seas débil; y Yo te aclararé las cosas. El camino que lleva al reino no es tan fácil. ¡Nada es tan simple! Queréis que las bendiciones vengan a vosotros fácilmente. Hoy, todos tendréis que enfrentar pruebas amargas. Sin esas pruebas, el corazón amoroso que tenéis por Mí no se hará más fuerte ni sentiréis verdadero amor hacia Mí. Aun si estas pruebas consisten únicamente en circunstancias menores, todos deben pasar por ellas; es solo que la dificultad de las pruebas variará de una persona a otra. […] Los que participan de Mi amargura ciertamente compartirán Mi dulzura. Esa es Mi promesa y Mi bendición para vosotros” (‘El dolor de las pruebas es una bendición de Dios’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Las palabras de Dios alentaron mi fe y comprendí que Dios permitía mi sufrimiento, que contenía Su benevolencia. Solo esa dificultad y sufrimiento podían perfeccionar mi fe y mi amor. Era una bendición de Dios. Dios me elevaba a través de esa oportunidad de mantenerme firme en el testimonio de Él frente a Satanás. Este pensamiento me quitó el temor y me dio determinación para sufrir y satisfacer a Dios.

Al día siguiente, la policía me metió en una sala de interrogatorios y siete u ocho agentes se me echaron encima para esposarme las manos a unas barras de hierro y dejarme el cuerpo colgando. Uno me preguntó, amenazante: “¿Quién es tu líder? ¿Dónde vive? ¿A quién evangelizaste? ¡Habla! En el momento en que nos cuentes todo lo de tu iglesia te bajaremos. Si no, tu sufrimiento no tendrá fin. Podemos matar a golpes a los creyentes sin que sea delito”. Después, un policía me abrió un ojo, me escupió con saña en él y se pusieron a reír como un loco. Esa risa parecía salida del infierno. Era inquietante. Como seguía sin hablar, un agente flaco cogió una barra de plástico de un metro y del grosor de un rodillo, y me golpeó en el estómago. De la fuerza, se me fue el cuerpo hacia atrás, y el policía que tenía detrás me dio una patada en el trasero. Mi cuerpo se me fue hacia adelante y atrás contra las barras de hierro. Se me enterraron de nuevo las esposas en la carne; era un dolor tan punzante que gritaba. Un policía me chilló: “¿Hablas o no? ¡Desembucha!”. Guardé silencio. El flaco levantó la barra de plástico y me la reventó contra la cabeza, lo que me dejó atontado. Se me nubló la vista y perdí el conocimiento. Cuando lo recobré, estaba en el suelo y me estaban salpicando agua fría en la cara. Los policías, al ver que había despertado, me arrastraron de vuelta a la jaula y me encerraron. Me eché en el suelo, retorciéndome de dolor, inmóvil. La cabeza me zumbaba y me dolía a rabiar. Al tocármela con la mano, descubrí un enorme bulto y oré en silencio a Dios: “Dios mío, por Tu gran poder he sobrevivido a este día. ¡Te doy gracias!”.

Al tercer día, comenzaron a torturarme por turnos para desgastarme. Me obligaban a quedarme de pie en la jaula día y noche, sin poder dormir ni cerrar los ojos, y cada día solo me daban medio cuenco de arroz remojado. Físicamente, estaba agotado, y cuando no podía aguantar de sueño, me quedaba dormido de pie. Pero la policía golpeaba los barrotes con la barra, y me despertaba del susto y me dejaba constantemente en máxima alerta. También me daban con un palo de bambú de 3 metros de largo. No podía esconderme en esa jaula; tenía moratones por todo el cuerpo. Me dolía todo el cuerpo y tenía los pies hinchados y entumecidos. Al estar de pie, descalzo, sobre las baldosas, tenía los talones agrietados y me dolían mucho. Una vez tenía tanto sueño que no pude aguantar y me caí dormido al suelo. Los policías entraron en la jaula con una fregona y me atizaron como una docena de veces. Me cubrí la cabeza con los brazos, así que terminé con las manos hinchadas de los golpes y sentía la cabeza a punto de estallar. No pararon hasta cansarse y me mandaron levantarme. Era absolutamente desdichado y temía que me torturaran hasta matarme. No quería estar ahí un minuto más. Con una uña, hacía rayas en la pared por cada día que pasaba, esperando a que me liberaran pronto de aquel infierno. Me preguntaba: “Si no les cuento nada y sigo así, ¿cuánto más puedo durar? ¿Qué más harán para torturarme? Si les cuento solo un poquito, puede que me suelten, y entonces no tendría que pasar por todo esto. Sin embargo, si hablo, me convertiré en un Judas y sería una grave traición a Dios, que me maldeciría”. Me sentía realmente fatal y no podía evitar llorar. En pleno llanto, oraba: “Dios mío, en serio, no aguanto más, pero no puedo traicionaros ni a los hermanos ni a Ti. ¡Te pido fe y fortaleza para mantenerme firme en el testimonio en esta situación!”. Y recordaba estas palabras de Dios: “Ya no seré misericordioso con los que no me mostraron la más mínima lealtad durante los tiempos de tribulación, ya que Mi misericordia llega solo hasta allí. Además, no me siento complacido hacia aquellos quienes alguna vez me han traicionado, y mucho menos deseo relacionarme con los que venden los intereses de los amigos. Este es Mi carácter, independientemente de quién sea la persona. Debo deciros esto: cualquiera que quebrante Mi corazón no volverá a recibir clemencia, y cualquiera que me haya sido fiel permanecerá por siempre en Mi corazón” (‘Prepara suficientes buenas obras para tu destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). Tenía claro que el carácter de Dios no tolera ofensa y que en ningún caso podía ser un Judas y traicionarlo. Luego, recordé que, cuando me detuvieron, la policía me incautó un libro de las palabras de Dios y un cuaderno. Si no confesaba, me torturarían brutalmente y hasta podrían matarme. Me sentía cada vez más desdichado. Estaba en un conflicto. De pronto se me ocurrió que, si negaba ser creyente, igual no seguían interrogándome y torturándome. Entonces no tendría que sufrir tanto y a lo mejor me soltaban.

Al cuarto día, la policía me llevó a una sala de interrogatorios, y me dijo: “Más vale que nos cuentes algo. Cuanto antes hables, antes saldrás libre”. Añadieron que ya había confesado todo el hermano más joven detenido y que le habían dejado irse a casa. Entonces, trajeron un libro de las palabras de Dios, una Biblia y mi cuaderno, y me preguntaron si eran míos. No les respondí. Uno de ellos me dio varias patadas en el muslo y me pellizcó el pecho con mucha fuerza mientras seguía preguntándome con odio. Contesté: “Ya le he dicho que me encontré esas cosas en ese maletín. No soy creyente”. No me creyeron en absoluto y me dieron un bofetón, puñetazos y patadas. Me volvieron a meter en la jaula y me ordenaron mantenerme en pie. Estaba muy enfadado y exasperado. Nunca imaginé que, si no me reconocía creyente, seguirían sin soltarme. Tras pasarme día y noche de pie, me sentía completamente agotado, y no sabía cuánto más sobreviviría. Sufría amargamente. Oré a Dios una y otra vez. Tenía que estar con Él en todo momento. Cuando mi desdicha estaba alcanzando un punto crítico, los policías tomaron un ejemplar de “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos” y un cuaderno. Abrieron “Canción de los vencedores” y me obligaron a copiar cinco veces un apartado. Sabía que querían mirar mi caligrafía y utilizarla como prueba para juzgarme, así que cambié adrede mi letra mientras copiaba. Estas son las palabras de Dios que copié: “¿Alguna vez habéis aceptado las bendiciones que os han sido dadas? ¿Alguna vez habéis buscado las promesas que se hicieron por vosotros? Con toda seguridad, bajo la guía de Mi luz, os abriréis paso entre el dominio de las fuerzas de la oscuridad. En medio de la oscuridad, ciertamente no perderéis la luz que os guía. Con seguridad seréis el amo de toda la creación. Con seguridad seréis un vencedor delante de Satanás. Con seguridad, cuando caiga el reino del gran dragón rojo, os erguiréis entre las grandes multitudes para dar testimonio de Mi victoria. Con seguridad permaneceréis firmes e inquebrantables en la tierra de Sinim. A través de los sufrimientos que soportéis, heredaréis Mis bendiciones, y, con seguridad, irradiaréis Mi gloria por todo el universo” (‘Canción de los vencedores’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Mientras lo copiaba, cantaba el himno en el silencio de mi corazón y, cuanto más cantaba, más me conmovía. Cuando más débil estaba, Dios hizo que la policía pusiera Sus palabras en mis manos. Le estaba muy agradecido. Esta parte era muy especial: “Cuando caiga el reino del gran dragón rojo, os erguiréis entre las grandes multitudes para dar testimonio de Mi victoria”. Engrandeció mucho mi fe, y desapareció toda la desdicha que sentía. Me dio confianza para mantenerme firme en el testimonio de Dios durante la persecución del PCCh. En ese momento me puse a llorar y oré de corazón: “Dios mío, cuando más desamparado estaba, me sostuviste y sustentaste con Tus palabras, que me dieron fe y fortaleza. ¡Dios mío, gracias de verdad! Ahora sé que mi sufrimiento tiene sentido. No quiero defraudar Tus sinceros propósitos para mí, sino dar un rotundo testimonio de Ti ante Satanás”.

El 9 de septiembre entraron dos policías a la jaula y me pusieron delante una botella de agua con un líquido claro. Sonriendo, me dijeron: “¿Cómo te va? Mucha sed, ¿no? Anda, bebe esto”. Al ver sus sonrisas empalagosas, comprendí que esa era otra de sus trampas. Me daba miedo quedarme aturdido por beber aquello y traicionar a mis hermanos sin querer. Negué con la cabeza. Ante mi rechazo, se pusieron rabiosos. El flaco me agarró el antebrazo derecho y me retorció el izquierdo por detrás de la espalda y con la otra mano me presionaba el cuello y me empujaba a la sala de interrogatorios. Nos pisaban los talones cinco o seis agentes más. Me empujaron al suelo bocarriba. Invoqué con urgencia a Dios. “¡Dios mío! Estos policías han intentado hacerme beber algo, pero temo que, si lo hago, les pueda dar información de la iglesia. Te ruego protección. Antes morir que traicionaros a mis hermanos o a Ti”. Tras mi oración sentí aflorar mi fortaleza. Cuatro policías tenían un pie sobre mis manos y piernas, mientras uno gordinflón me sujetaba la cabeza con ambas manos. Otro agente me vertía el contenido de la botella en la boca. Como me negaba, buscó una gruesa barra metálica para separarme los dientes y vertérmelo a la fuerza. Luché con todas mis fuerzas y al final conseguí escupirlo todo. Al verlo, el gordinflón me abofeteó la cara varias veces y los demás me pisotearon las manos y con los pies me aplastaron los brazos para que toda la sangre se acumulara en las manos. Las tenía entumecidas y me dolían hasta el punto de casi no poder respirar. Apreté los dientes y aguanté mientras por dentro clamaba la protección de Dios Todopoderoso. Poco después, el dolor remitió. Los policías siguieron pisoteándome como locos pero ya no me dolía tanto. Sentía mucha paz. Le estaba sumamente agradecido. Recordé unas palabras de Dios: “Cuando las personas están tristes, vengo a consolarlas, y cuando están débiles, vengo a ayudarlas. […] Cuando lloran, limpio sus lágrimas” (‘Capítulo 27’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Dios me estaba quitando el dolor y dándome paz.

Me arrastraron de vuelta a la jaula y me eché al suelo bocarriba. Un rato después, me mareé, tenía ardor de estómago y empecé a sentirme desorientado. Pero tenía plena claridad. Debía ser el efecto de la droga. Entonces, noté que entraba alguien y abrí los ojos con dificultad. Un agente gordinflón me movía la cabeza de lado a lado con unas esposas y me decía: “Soy el comisario, y a los del Partido Comunista nos importa el pueblo. Tu hija ha tenido un accidente y está en el hospital en estado crítico. Como padre, ¿cómo puedes no ir a verla? Cuéntanoslo todo sobre tu iglesia y te llevaremos allí. Si vas por ahí predicando tu evangelio, pero abandonas a tu familia, ¿quién cuidará de tu esposa y tu hija? Cuéntanos lo que queremos saber y podrás regresar con tu familia”. Oré a Dios en silencio: “Dios mío, la policía es amable para confundirme y me tienta para traicionarte jugando con mis sentimientos. Dios mío, te pido que me guíes para poder vencer esta tentación de Satanás”. Como no hablaba, el comisario continuó: “Tu hija está en urgencias y te necesita ya. ¡Habla con nosotros! Danos un par de nombres y te llevaremos a verla…”. Prosiguió durante media hora y empecé a sentirme en conflicto. Si seguía negándome a hablar, ¿acabarían torturándome hasta matarme? ¿Y si mentaba a alguien no muy importante? Supuse que entonces me soltarían. De pronto pensé en estas palabras de Dios: “Yo os digo: aunque vuestra carne pase, vuestros juramentos no lo harán. Al final, os condenaré en base a vuestros juramentos” (‘¡Sois todos muy básicos en vuestro carácter!’ en “La Palabra manifestada en carne”). Recordé que le había jurado a Dios que jamás lo traicionaría. Pero mi determinación flaqueaba por un pequeño sufrimiento carnal. ¿No estaba engañando a Dios? Lo que Dios quería de mí era que me mantuviera firme en el testimonio para Él ante Satanás, quien también esperaba a ver qué hacía yo. No podía defraudar a Dios. Le oré: “¡Dios mío, no seré un Judas, ni aunque tenga que morir!”. Cuando me dispuse a morir por dar testimonio para Dios, humillé y derroté de nuevo a Satanás. El comisario prosiguió durante una eternidad, pero guardé silencio y se marchó abatido.

Debido al fracaso del palo y la zanahoria, la policía cambió de táctica para atormentarme. Un día había tres agentes, y uno me dijo de una forma muy extraña: “¿Sabes qué es lo más doloroso en la vida de una persona? Yo te lo diré: perder su último reducto de libertad personal”. A partir de entonces ya no me dejaron hacer mis necesidades. Me urgía ir al baño, pero no me dejaban, y cuando no pude aguantar más, me oriné encima. Al verlo, entraron dos agentes con una fregona y me golpearon en la cabeza mientras me gritaban: “¡Si te vuelves a mear, te lo beberás!”. Entonces, pensé: “Me volveré loco si esto sigue así. Podría fingirlo para que dejen de interrogarme y no me torturen tanto”. Empecé a hacerme el loco. Unas veces miraba fijamente hacia cualquier punto, y otras, a los policías. Cuando me llamaban a gritos, fingía que no los oía. Dejé de pedir permiso para ir al baño y me orinaba encima. Empezaron a vigilarme para ver mis gestos y movimientos y comprobar si los fingía. Me quitaron los únicos calzoncillos que llevaba, me llevaron al pasillo y me hicieron quedarme desnudo a la vista de todos. En ocasiones, cuando pasaban por mi lado agentes mujeres, ellos, parados a mi lado, se reían de mí Me sentí muy humillado y me enfurecí. ¡Cómo detestaba a esos cerdos con forma humana! Unos 20 minutos después, me volvieron a encerrar en la jaula. Era totalmente desdichado y no me quedaba ni pizca de dignidad. Deseaba enfrentarme con ellos. Como mucho, me matarían, y, muerto, no tendría que sufrir esa humillación. Recordé entonces la crucifixión del Señor Jesús y lo que dijo Dios: “En el camino hacia Jerusalén, Jesús estaba sufriendo, como si le estuvieran retorciendo un cuchillo en el corazón, pero no tenía la más mínima intención de volverse atrás en Su palabra; siempre había una poderosa fuerza que lo empujaba hacia adelante hacia el lugar de Su crucifixión. Finalmente, fue clavado en la cruz y se convirtió en la semejanza de la carne pecaminosa, completando la obra de redención de la humanidad. Se liberó de los grilletes de la muerte y el Hades. Delante de Él, la mortalidad, el infierno y el Hades perdieron su poder, y Él los venció. […] A lo largo de Su vida, soportó un sufrimiento inconmensurable por Dios y Satanás lo tentó innumerables veces, pero nunca se descorazonó” (‘Cómo servir en armonía con la voluntad de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). El amor de Dios me conmovió mucho. Pensé en las burlas y humillaciones de los soldados romanos al Señor Jesús. Le azotaron y le pusieron una corona de espinas. Incluso le hicieron caminar hacia el Gólgota con la pesada cruz a la espalda y al final lo crucificaron en ella. Para redimir a toda la humanidad del pecado, sufrió humillación sin quejarse jamás y estaba dispuesto a ponerse en manos de Satanás. Dios Todopoderoso ha aparecido y obra en los últimos días, y el gobierno lo persigue, el mundo religioso blasfema contra Él y esta era lo rechaza. Soporta toda esa humillación y sigue expresando verdades para salvar a la humanidad. ¡Qué grande es el amor de Dios por nosotros! Al pensar en Su amor, me di cuenta de lo egoísta y rastrero que era. Era un ser humano corrupto que seguía a Dios en pos de la salvación, pero al que un bochorno le había hecho desear la muerte. ¡Eso no es dar testimonio! Recordé que el Señor Jesús afirmó: “La copa que yo bebo, beberéis” (Marcos 10:39). Comprendí que en esta era, oscura y malvada, seguir a Dios supone soportar cierta humillación, la cual nos hace compartir las dificultades y el reino de Cristo. Con sus humillaciones y torturas, los policías me demostraban lo malos y bestias que eran. Se abochornaban a sí mismos. Al día siguiente, la policía trajo a un médico para confirmar si me había vuelto loco. Entró en la jaula, se agachó sobre una tabla de madera; con una linterna me apuntó directamente a los ojos unos cinco segundos y la movía rápidamente para ver si respondían mis pupilas. Lo hizo dos o tres veces. Luego me agarró un brazo, lo levantó y me pasó unas tijeras de un lado a otro de la axila. Normalmente no habría podido evitar reírme de las cosquillas, pero, sorprendentemente, no sentí nada de nada. El médico negó con la cabeza y se marchó. Después de eso dejaron de interrogarme, pero siguieron torturándome y solo me dejaban dormir dos o tres horas diarias.

Pasaron un par de semanas. Un día, me llevaron a un despacho y me dijeron que firmara una sentencia judicial que me condenaba a un año de reeducación por medio del trabajo por evangelización ilegal y alteración del orden público. Como me negué, dos policías me forzaron a dejar la huella dactilar. Oré: “Dios mío, ya he visto lo malvado y brutal que es el Partido Comunista. Desprecio a estos demonios y juro por mi vida que serán mi enemigo mortal. Oh, Dios mío, por muy brutal que sea la vida carcelaria, quiero mantenerme firme en el testimonio y humillar a Satanás”. Me sorprendió que, al día siguiente, la policía me dijera que me mandaba a casa. La noticia me conmovió mucho. Posteriormente supe que no admiten enfermos mentales en los campos de trabajo, así que no les quedó más remedio que soltarme.

Tras aquella experiencia, supuse que pasar por toda esa tortura sin traicionar a ningún hermano implicaba tener cierta estatura. Eso creí hasta que leí este pasaje de las palabras de Dios: “El hombre no solo no me conoce en Mi carne; más que eso, ha sido incapaz de entender su propio ser que reside en un cuerpo carnal. Durante muchos años, los seres humanos han estado engañándome, tratándome como a un invitado que viene de fuera. Muchas veces me han dejado fuera y me han cerrado ‘las puertas de su hogar’; muchas veces, estando delante de Mí, no me han prestado atención; muchas veces han renunciado a Mí en medio de otros hombres; muchas veces, me han negado frente al diablo, y, muchas veces, me han atacado con su boca pendenciera. No obstante, no llevo la cuenta de las debilidades del hombre, y, tampoco, a causa de su desobediencia, le pido que me dé diente por diente. Todo lo que he hecho es aplicar medicina a sus males con el fin de curar sus enfermedades incurables, devolviéndole, de esta forma, la salud, para que pueda llegar a conocerme” (‘Capítulo 12’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). En concreto, las palabras “muchas veces, me han negado frente al diablo” dieron en el blanco y me sentí fatal. Sentí que ese era justamente yo. Era alguien que había negado a Dios delante del diablo. Cuando me detuvieron y torturaron, negué ser creyente en un intento por escapar un poco al sufrimiento físico. Hacía años que tenía fe, pero no reconocía al Dios en quien creía. Era lamentable. ¿Qué fe es esa? ¿Cómo podía denominarme cristiano? Me sentía inútil, muy egoísta y despreciable. Recordé las pruebas por las que pasó Job. Perdió sus posesiones y a sus hijos y tenía llagas en todo el cuerpo. Hasta su mujer se volvió en su contra y le exigió renunciar a su fe, pero él siguió defendiendo el nombre de Jehová Dios: “Jehová dio y Jehová quitó; bendito sea el nombre de Jehová” (Job 1:21).* Siempre que han perseguido a los santos, estos han dado testimonio del nombre de Dios incluso en el martirio, pero yo, ante la persecución, negué ser creyente y no reconocía el nombre de Dios Todopoderoso. Fui un débil y un inútil que se aferró ansioso a la vida. El Señor Jesús dijo: “Por tanto, todo el que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Pero cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10:32-33). Cuanto más lo pensaba, más culpa sentía y no me creía digno de vivir ante Dios. Oré: “Oh, Dios mío, cuando la policía me torturó bajo custodia, nunca me reconocí creyente delante del diablo. Estaba muy enamorado de la vida y dejé que Satanás se riera. Soy muy débil y apocado. No soy digno de seguirte ni de comer y beber de Tus palabras”. Fue un momento muy difícil para mí. Creía no haber dado un buen testimonio, que eso me manchaba y que no era digno de vivir ante Dios.

Más adelante, leí unos artículos de testimonios de hermanos y hermanas detenidos que jamás habían negado ni traicionado a Dios pese a las horribles torturas. El que más me impresionó fue el de una hermana treintañera. La torturaron nueve días y noches sin dejarla dormir. Le golpearon la boca con unas esposas que se la dejaron toda pastosa, pero no dijo ni una palabra. La tortura que sufrió fue más brutal que la mía, pero nunca negó el nombre de Dios. En comparación, sentí vergüenza. Entendí que mi estatura era tan pequeña que yo era muy débil. Me pregunté por qué había negado al Dios en que creo cuando me torturaron. ¿Acaso no fue por miedo a que me torturaran hasta matarme? Luego leí esto en las palabras de Dios: “Cuando las personas están preparadas para sacrificar su vida, todo se vuelve insignificante y nadie puede conseguir lo mejor de ellas. ¿Qué podría ser más importante que la vida? Así pues, Satanás se vuelve incapaz de hacer nada más en las personas, no hay nada que pueda hacer con el hombre. Aunque, en la definición de la ‘carne’, se dice que Satanás la ha corrompido, si las personas se entregan, y no son dominadas por Satanás, nadie puede conseguir lo mejor de ellas” (‘Capítulo 36’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Comprendí que Satanás se había valido de mi miedo a morir, atacándome con él para que fracasara en el testimonio de Dios, pero la vida y la muerte están en las manos de Dios. Que me mataran a golpes o no dependía de la soberanía de Dios y tenía que aceptar Su plan. Aunque pierda la vida, me mantendré firme en el testimonio de Dios y Él lo recordará. Valdrá la pena. Oré a Dios: “Dios mío, si alguna vez vuelven a detenerme, ante cualquier tortura, quiero mantenerme firme en el testimonio y satisfacerte”.

En diciembre de 2012, me detuvieron de nuevo junto a cinco hermanos mientras predicábamos el evangelio. En el coche de policía, oré a Dios sin parar: “Oh, Dios mío, creo que me detienen de nuevo por Tu benevolencia. Quiero mantenerme firme en el testimonio para Ti frente a Satanás”. Cuando llegamos a comisaría, la policía nos preguntó de quién eran aquellos libros. Recordé cómo, diez años antes, había negado ser creyente y no había dado testimonio. Sabía que en esa ocasión tenía que decir sin tapujos que era cristiano y no negar a Dios para aferrarme a mi existencia. La policía nos llevó al vestíbulo para registrarnos uno a uno. Confirmaron nuestra identidad y dirección y nos tomaron las huellas dactilares y las pisadas. Les di mi nombre real, pero no encontraron antecedentes en el sistema. Tuvieron que sacar archivos más antiguos para buscar mis datos personales. Reparé en que la policía había anulado mi empadronamiento, así que no había antecedentes de detención previa. Di gracias a Dios. En ese momento había un agente en el vestíbulo que blasfemaba contra Dios, jurando y diciendo: “¿Dónde está el ser divino? ¿Dónde está ese Dios? Si vais a creer en algo, ¡creed en mí!”. Enfadado, argumenté: “Blasfema contra Dios. ¡Ese es un pecado que no se perdona ni en este mundo ni en el otro!”. Cerró el puño y se puso a golpearme. Me sentí bastante nervioso y oré. Entonces, tres o cuatro agentes lo contuvieron y lo sacaron de allí. Después me armé de valor para decir: “Antaño, todo el mundo reconocía y hasta adoraba al cielo. Decían que ‘Dios ve lo que haces’ y ‘el hombre propone y Dios dispone’. Dios creó los cielos, la tierra, todas las cosas. Dios rige las cuatro estaciones, dirige el viento, la lluvia, la nieve, todo eso. Todo crece gracias a Dios y nuestra supervivencia es inseparable de Su sustento y cuidado. Ninguna persona puede apartarse de la soberanía del cielo. ¡Esto es así!”. Me oyeron decir esto y se fueron sin decir una palabra.

Al día siguiente, la policía me llevó a una sala de interrogatorios aislada. Me colocaron en un banco de tigre con las manos esposadas por separado y las piernas atadas. Dos luces muy intensas me apuntaban a la cara. La sala daba una sensación fatídica. Dos agentes me miraban y empecé a ponerme nervioso. Oré a Dios para pedirle fe. Entonces, uno de ellos me miró y me dijo: “Vosotros difundís el evangelio y afirmáis que va a llegar un gran desastre. ¿No estáis alterando el orden público?”. Respondí: “En la Biblia, el Libro del Apocalipsis predijo un gran desastre en los últimos días, lo que es indiscutible. Damos testimonio de Dios para que el pueblo acepte la verdad y Dios pueda salvarlo. Es para salvar a la gente. ¿Qué delito hay en eso? El gran desastre va a llegar muy pronto. Si se niegan a entrar en razón y siguen persiguiendo a los cristianos, obstaculizando la obra de salvación de Dios, están trabajando en contra de Él y ofendiendo Su carácter. Él los castigará”. Ante la dureza de su gesto, les recité un pasaje de las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “El que resista la obra de Dios será enviado al infierno; cualquier país que lo haga será destruido; cualquier nación que se levante para oponerse a la obra de Dios será barrida de esta tierra y dejará de existir. Insto a las personas de todas las naciones, de todos los países e incluso de todas las industrias a escuchar la voz de Dios, contemplar Su obra y prestar atención al destino de la humanidad, con el fin de hacer que Dios sea el más santo, el más honorable, el superior y el único objeto de adoración entre la humanidad, y permitir así a toda la humanidad vivir bajo la bendición de Dios” (‘Dios preside el destino de toda la humanidad’ en “La Palabra manifestada en carne”). Al oír las palabras de Dios, uno de ellos se quedó con la mirada fija, inmóvil. Otro agachó la cabeza y dijo: “Hemos hecho demasiadas cosas terribles. Tu Dios Todopoderoso no nos querría”. Esto me dio una idea del poder de las palabras de Dios y más fe todavía. Repliqué: “Podrían dejar de hacer el mal, de detener y perseguir a los cristianos y de obstaculizar la obra de Dios para salvar a la humanidad. Dios es justo y nos trata y retribuye en función de nuestros actos”. Después de aquello, la policía me dejó mirar sus anotaciones, me soltó las manos y los pies y me liberó. Me dejó marchar sin más. Todo aquello me resultó increíble, inesperado. Me preocupaba qué más trucos se guardarían bajo la manga, así que, cuando me fui, me puse a dar rodeos con la bici para asegurarme de que no me seguía nadie hasta casa.

Mi detención y persecución por parte del PCCh me despejaron toda duda sobre su esencia perversa y malvada: está formado por demonios opuestos a Dios. Es la fuerza más malvada y oscura de Satanás en esta tierra. Lo rechacé y maldije de corazón. Y reconocí la omnipotencia, soberanía y maravillosas obras de Dios. Sobreviví a este ataque del PCCh gracias exclusivamente al cuidado y la protección de Dios. Cuando estaba desesperado, las palabras de Dios me dieron esclarecimiento y guía, lo que me aportó valor para seguir. Cuando di testimonio de Dios, Satanás fue humillado y derrotado. Esto me mostró el poder y la autoridad de las palabras de Dios y me dio más fe en Él. Dios siempre consuma Su sabiduría por medio de las trampas de Satanás y el gran dragón rojo solo es un peón en manos de Dios, un instrumento para perfeccionar a Su pueblo escogido. Tuve esa experiencia y esa comprensión por la bendición y la gracia de Dios. ¡Doy gracias a Dios Todopoderoso!

La cita bíblica marcada (*) ha sido traducida de AKJV.

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