Las palabras de Dios nos guían para atravesar la adversidad

3 Sep 2022

Por Xiaohe, China

Recuerdo que era una noche del 2003. Estábamos reunidas dos hermanas de mi iglesia y yo, cuando, de pronto, oímos ladridos en la calle, que algo se estrellaba contra la puerta y gritos de varias personas: “¡Abran la puerta! ¡Están rodeados!”. La puerta se abrió de golpe y entraron unos diez policías, que nos arrinconaron. Luego, revolvieron toda la casa como unos ladrones y dejaron la sala hecha un caos. En ese momento, de repente oímos dos disparos en la calle. Los policías gritaron: “¡Las hemos atrapado! ¡Son tres!”. No podía dejar de temblar de miedo. Puse los brazos alrededor de los hombros y me acurruqué. Después, la policía nos esposó. Aproximadamente media hora más tarde, nos llevaron al patio, donde había al menos 20 policías con aspecto amenazante. Uno que tenía una porra eléctrica gritó: “¡Escuchadme todas! ¡No podéis hacer ruido! Le daré con esto a quien lo haga, ¡y no es ilegal que terminéis muertas!”. Luego nos metieron a empujones en un vehículo policial. En el coche, dos policías me estrujaron entre ellos. Uno me sujetó las piernas entre las suyas y me rodeó el tronco con sus brazos, mientras me decía: “¡Sería idiota si no me aprovechara hoy de ti!”. Me sujetaba firmemente mientras yo luchaba por soltarme, hasta que otro policía dijo: “¡Para ya! Vamos a darnos prisa en concluir la misión para quitárnosla de encima”. Fue entonces cuando por fin me soltó. No pensaba que hasta un policía, supuestamente digno, podría ser tan canalla. Me enfadé mucho.

La policía nos llevó después a comisaría, nos encerró en un pequeño cuarto y nos esposó a las tres a unas sillas metálicas. Un agente nos presionó preguntándonos quién era el líder de la iglesia y dónde vivíamos. Recordé que la policía había tratado de detenerme varias veces antes y sabía que, si conocían mi nombre y dirección, no me soltarían jamás. También recordé que la policía había detenido y torturado a la hermana Zhao dos años atrás, lo que me puso muy nerviosa. Me pregunté si también me torturarían a mí. ¿Qué pasaría si no podía soportarlo? Oré en silencio a Dios para pedirle que me guiara. Me acordé de unas frases de la palabra de Dios: “Tomar en consideración los intereses de la casa de Dios primero en todas las cosas; significa aceptar el escrutinio de Dios y obedecer Sus disposiciones” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¿Cómo es tu relación con Dios?). Sí, tenía que anteponer los intereses de la casa de Dios. Fuera cual fuera la tortura que soportara, no podía traicionar a mis hermanos y hermanas ni convertirme en una judas. Tenía que mantenerme firme en el testimonio de Dios. Luego, me preguntaran lo que me preguntaran, yo no respondía. A la mañana siguiente, el subcomisario de la Brigada de Seguridad Nacional me dijo con una falsa sonrisa: “Echamos una red muy amplia, pero al final las atrapamos. ¡Cada día que no te atrapábamos era un día que no podíamos relajarnos!”. Después me abrió las esposas, me tiró fuerte del cuello y aprovechó para tocarme dos veces los pechos. Estaba enfadadísima. A plena vista, estos policías estaban cometiendo acoso sexual. ¡No eran más que un hatajo de matones!

Me llevaron entonces al centro de detención, me grabaron en vídeo sin mi consentimiento y dijeron que lo emitirían por TV para hundir mi reputación. Pensé: “Yo solo creo en Dios, voy a reuniones a leer Su palabra y difundo el evangelio para dar testimonio de Él. No he hecho nada ilegal ni delictivo. Que deseen perseguirme y humillarme de este modo es, de verdad, ¡despreciable!”. Con calma, repliqué: “¡Hagan lo que quieran!”. Al ver que no había funcionado su táctica, me esposaron, me pusieron unos grilletes de 5 kg y me metieron en un vehículo para ir al interrogatorio. Como pesaban tanto los grilletes, solamente podía pisar el suelo con los talones. Me costaba dar cada paso y poco después me salieron rozaduras en los pies. En el coche me pusieron una capucha negra en la cabeza para que no viera y me senté entre dos agentes. Tenía algo de miedo, y pensé: “Estos policías no tienen nada de humanidad. No sé con qué horribles métodos pretenden torturarme. ¿Lo soportaré?”. Enseguida oré a Dios: “¡Dios Todopoderoso! Te ruego que me des fe. Sea cual sea la cruel tortura que sufra, deseo mantenerme firme en el testimonio para satisfacerte. No te traicionaré ni aunque muera”. Tras mi oración recordé unas palabras de Dios: “La fe es como un puente de un solo tronco: aquellos que se aferran miserablemente a la vida tendrán dificultades para cruzarlo, pero aquellos que están dispuestos a sacrificarse pueden pasar con paso seguro y sin preocupación. Si el hombre alberga pensamientos asustadizos y de temor es porque Satanás lo ha engañado por miedo a que crucemos el puente de la fe para entrar en Dios” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Declaraciones de Cristo en el principio, Capítulo 6). Lo entendí después de meditar la palabra de Dios. Pensaba con cobardía y temor, con lo que estaba cayendo en la trampa de Satanás, y comprobé que no tenía una fe sincera en Dios. La soberanía de Dios decidiría si vivía o moría y tenía que arriesgar la vida y confiar en Él para mantenerme firme en Su testimonio.

Luego me trasladaron a un lugar muy alejado. Cuando entré en el cuarto, me quitaron la capucha y me tuvieron de pie un día entero. Esa noche, la policía siguió presionándome para sacarme información de la iglesia. En vista de que no decía nada, me ordenaron estarme quieta con las manos sobre la cabeza. Poco después me empezaron a doler los brazos y no sabía si lo podría soportar mucho más, pero no me dejaron bajarlos hasta que no estaba sudando por todos lados, temblando, y no me sostenían los brazos. Me forzaron a estar de pie hasta el alba, cuando tenía entumecidas e hinchadas las piernas.

A la mañana siguiente, continuaron interrogándome. Con una vara de madera, de unos 10 cm de grosor y 70 de largo, me golpearon reiteradamente por detrás de las rodillas hasta que quedé agachada y, como me caí, me metieron por la fuerza la vara en el arco de las piernas, me estiraron los brazos por detrás de la vara y me esposaron por delante de las piernas. Estaba asfixiada y me costaba respirar, sentía los tendones de los hombros como si fueran a partirse, tenía tan tensos los gemelos que parecía que se me iban a romper y tanto dolor que no paraba de temblar. Unos tres minutos más tarde, no me sostenía y empecé a balancearme de lado a lado hasta caer de golpe al suelo bocarriba. Vino un agente que, con una mano, oprimió la vara de madera, y, con la otra, me tiró de los hombros hacia arriba, mientras otro agente vino por detrás, me levantó la cabeza y, con el pie, me empujó las lumbares hacia arriba y me obligó a agacharme de nuevo. Pero, para entonces, el dolor era insoportable en todo el cuerpo y enseguida volví a caerme, tras lo cual me pusieron en pie otra vez. Esta tortura reiterada se prolongó más o menos una hora. Pararon cuando ya estaban jadeando y sudando mucho. Tenía las muñecas en carne viva por las esposas y los pies me sangraban por los grilletes. Tenía tanto dolor que sudaba por todo el cuerpo y el sudor salado era como una cuchilla que me cortaba cuando llegaba a mis heridas. Parecía que me hubieran arrancado los nervios de la espalda y como si tuviera dislocados los hombros, como si me hubieran estirado hasta romperme. En ese momento, estaba jadeando y no sabía si sobreviviría un minuto más, o ni siquiera un segundo. Fue profundamente perturbador afrontar la amenaza de la muerte y, dentro de mí, no pude evitar clamar a Dios: “¡Ayúdame, Dios, ayúdame!”. Recordé entonces estas palabras de Dios: “Cuando las personas están verdaderamente preparadas para sacrificar su vida, todo se vuelve insignificante y nadie puede conseguir lo mejor de ellas. ¿Qué podría ser más importante que la vida?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero, Capítulo 36). Las palabras de Dios me iluminaron el corazón. La policía quería destruir mi carne para que traicionara a Dios. Era una trampa de Satanás y no podía caer en ella. Sin importar cómo me torturaran, aunque me costara la vida, tenía que satisfacer a Dios, mantenerme firme en Su testimonio y humillar a Satanás. Al recordar esto, no tenía tanto dolor y tampoco sentía tanto tormento ni tanta desdicha. Después, un agente me mandó ponerme en pie y me dijo: “Si no confiesas, te obligaremos a seguir de pie. ¡A ver cuánto te dura la terquedad!”. Así pues, me mandaron estar de pie hasta que oscureció. Esa noche, cuando fui al baño, tenía los pies hinchados por los grilletes y las heridas estaban supurando y sangrando. Solo podía mover los pies poco a poco y hasta el menor movimiento me dolía. Tardé casi una hora en caminar 30 metros ida y vuelta y tras de mí dejé un evidente rastro de sangre. Esa noche no paré de frotarme mis piernas hinchadas con las manos. No podía estirarlas ni encogerlas, lo que era incomodísimo. No obstante, lo que me reconfortaba era que, guiada por las palabras de Dios, no lo había traicionado.

El tercer día, por la mañana, entró una policía, se agachó delante de mí y me dijo en tono apaciguado: “¿Tienes hambre? ¿Quieres que te traiga algo de comer?”. Pensé: “Eres una simple zorra que trae un regalo al gallinero, no tienes buenas intenciones. Estáis probando métodos blandos y duros para hacerme traicionar a mis hermanos y hermanas y a Dios, pero no me dejaré engañar”. Como la ignoré, me preguntó directamente: “Si hay algo que no quieras decirles a ellos, me lo puedes decir a mí. ¿Por qué no me lo dices y sales antes de aquí? ¿Eres líder de la iglesia? ¿Cuál es tu área de responsabilidad? ¿Con quiénes estás en contacto? ¿Cómo se llaman?”. Al no contestarle, me dio una patada, hecha una furia, y se fue. Al rato, el jefe de policía comentó, airado: “Si no habla, dadle el mismo trato”. Me volvieron a torturar con el mismo método. Cada vez que me caía, el jefe de policía se reía de mí: “Tiene buena pinta esa postura. Me gusta verla así. ¡Otra vez!”. Me volvían a levantar y me caía de nuevo. Cada vez que me caía, se reían a carcajadas. Al oírlos burlarse y ridiculizarme, me invadía el rencor. Cuanto más me torturaba Satanás, con mayor nitidez veía su horrendo rostro, más lo odiaba y me apartaba de él. No me iban a sacar jamás ninguna información de la iglesia. Debido a la hinchazón en todo el cuerpo y la debilidad en mis pies, a veces perdía el equilibrio, no me sostenía y me caía inmediatamente, de modo que me golpeaba duro con la cabeza y los hombros contra el suelo, y luego dos agentes me levantaban por la cabeza mientras otro pisaba fuerte sobre un extremo de la vara de madera, con lo que sentía como si me estuvieran tirando de todos los músculos a la vez, como si me fueran a arrancar las cuatro extremidades y me fuera a explotar la cabeza de dolor, por lo que no tenía fuerza ni para gritar; mientras, me caían de la frente unas enormes gotas de sudor. Así me torturaron durante aproximadamente una hora y no pararon hasta estar cansados y sudando. Me caí de espaldas, bocarriba. Sentía que el cielo daba vueltas y no podía dejar de temblar. Estaba tan empapada en sudor salado que no podía abrir los ojos, tenía el estómago tan revuelto que quería vomitar y sentía que me iba a morir. Dentro de mí no pude evitar clamar: “¡Dios mío! No lo aguanto mucho más. En Tus manos está que viva o muera, pero antes morir que ser una judas y permitir que la conspiración de Satanás salga bien. ¡Te ruego que me guíes!”. En ese momento, Dios me dio esclarecimiento al ayudarme a recordar Sus palabras: “Tal vez todos recordáis estas palabras: ‘Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación’. Todos habéis oído estas palabras antes, sin embargo, ninguno de vosotros comprendió su verdadero significado. Hoy, sois profundamente conscientes de su verdadero sentido. Dios cumplirá estas palabras durante los últimos días y se cumplirán en aquellos que han sido brutalmente perseguidos por el gran dragón rojo en la tierra donde yace enroscado. El gran dragón rojo persigue a Dios y es Su enemigo, y por lo tanto, en esta tierra, los que creen en Dios son sometidos a humillación y opresión y, como resultado, estas palabras se cumplirán en este grupo de personas, vosotros” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¿Es la obra de Dios tan sencilla como el hombre imagina?). Con las palabras de Dios, comprendí que creer en Él y seguirlo en el país sometido al régimen demoníaco del Partido Comunista implicaba que, con toda seguridad, sufriríamos mucha humillación y persecución, pero Dios utiliza la opresión de Satanás para formar un grupo de vencedores y, así, derrotar a Satanás. Ahora estaba experimentando la persecución del Partido Comunista. Ahora tenía la oportunidad de dar testimonio de Dios ante Satanás, lo que era glorioso y un honor para mí, así que debía mantenerme firme en el testimonio de Dios y humillar a Satanás. Guiada por las palabras de Dios, tuve fe y fortaleza y pude declarar de corazón a Satanás: “Vil diablo, estoy decidida y, me tortures como me tortures, jamás me someteré a ti. ¡Juro por mi vida que defenderé a Dios!”.

Después, al ver los policías que seguía sin confesar, quitaron con furia los utensilios de tortura y me gritaron: “¡Venga, arriba! A ver cuánto te dura la terquedad. Esta es una batalla de desgaste, ¡y dudo que la ganes tú!”. No me quedó otra que ponerme en pie con gran dificultad, pero tenía los pies hinchados y doloridos, no me sostenía, así que tuve que apoyarme en la pared. Aquella tarde me dijo un agente: “La mayoría de la gente se rompe tras una sesión de tortura como esa. Eres muy dura. No hablas ni teniendo las piernas en un estado tan lamentable. No sé de dónde sacas el aguante”. Sabía muy bien que Dios me había dado esa fortaleza y le di gracias en silencio. Más tarde, volvió a amenazarme: “He reventado a mucha gente a lo largo del tiempo. ¿Seguro que quieres pelea conmigo? Aunque no confieses, podemos hacer que te condenen a 8 o 10 años y mandaré a la gente de la cárcel que te pegue, te insulte y, a lo mejor, ¡hasta que te mate!”. Pensé para mis adentros: “Todo está en las manos de Dios y Él tiene la última palabra sobre mi vida y mi muerte. Aunque me condenéis a 8 o 10 años, aunque me matéis a palos, jamás traicionaré a Dios”. Ante mi silencio, se dio un manotazo en el muslo y dio una patada con rabia, mientras decía: “Ya he perdido unos cuantos días lidiando contigo. Si todos fueran como tú, ¡no podría hacer mi trabajo!”. Estaba contentísima, pues veía que Satanás era impotente y jamás podría derrotar a Dios. No pude evitar recordar unas palabras de Dios: “La fuerza de vida de Dios puede prevalecer sobre cualquier poder; además, excede cualquier poder. Su vida es eterna, Su poder es extraordinario, y Su fuerza de vida no puede ser aplastada por ningún ser creado ni fuerza enemiga” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Solo el Cristo de los últimos días le puede dar al hombre el camino de la vida eterna). Ese día experimenté personalmente la autoridad y el poder de la palabra de Dios. Esos tres días no comí, bebí ni dormí y me torturaron con gran crueldad, pese a lo cual aguanté; todo gracias a la fortaleza que Dios me dio. Ahora tenía aún más confianza para dar testimonio de Dios ante Satanás.

En la mañana del cuarto día, la policía me ordenó ponerme en sentadilla, con los brazos extendidos rectos, y me colocaron una vara de madera a lo largo del dorso de las manos. Poco después, no pude sostenerla y se cayó al suelo. La recogieron y me golpearon brutalmente la mano y las articulaciones de las rodillas. Cada golpe me provocaba un dolor agudo, y luego me ordenaron volver a la sentadilla. Sin embargo, como me habían torturado continuamente durante días, tenía las piernas hinchadas y doloridas, por lo que pronto dejaron de sostenerme y me caí con fuerza al suelo. Ellos me volvieron a levantar, pero me soltaron adrede y me caí otra vez de culo sobre el suelo. Varias caídas después, tenía el trasero tan magullado que hasta me dolía al tacto y sudaba por todo el cuerpo. Así me torturaron una hora más. Después, me mandaron sentarme en el suelo y me trajeron un cuenco de agua salada para que la bebiera. Como me negué a beber, un policía me sujetó la cabeza con un brazo y con la otra mano me abrió la boca, mientras que otro me agarró ambos carrillos y me vertió el agua salada dentro. El agua salada me supo amarga y áspera en la garganta, parecía arderme el estómago y tenía tantas molestias que me dieron ganas de llorar. Al ver mi dolor, me dijeron cruelmente: “¿Sabes por qué te hemos hecho beber agua salada? Como llevas días sin comer y estás deshidratada, los golpes podrían matarte, así que te hemos dado agua salada”. Con esas palabras, entendí que querían torturarme poco a poco hasta matarme. Pensé que, en vez de dejar que me torturaran hasta matarme, mejor me reventaba contra una pared y acababa con aquello, pero no tenía fuerza ni para levantarme. Creía que no había esperanza, por lo que oré a Dios: “¡Dios Todopoderoso! No lo soporto más. No sé qué torturas empleará la policía conmigo a continuación, pero pondré mi vida en Tus manos. Te ruego que estés conmigo”. Tras orar recordé una frase de la palabra de Dios: “Nadie puede escapar de las orquestaciones y disposiciones del Cielo y nadie tiene el control de su propio destino, pues solo Aquel que gobierna sobre todas las cosas es capaz de llevar a cabo semejante obra” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Dios es la fuente de la vida del hombre). Cierto, Dios controla el destino de toda la humanidad. Dios predestina la vida y la muerte de todos. Nadie tiene ni voz ni voto en esta cuestión ni podemos decidir nosotros solos. Mi vida y mi muerte fueron determinadas por Dios, no por la policía, así que quería poner mi vida en las manos de Dios y obedecer Sus instrumentaciones y disposiciones. Al pensarlo, ya no me sentí tan desesperada y mi corazón rebosaba rencor hacia el gran dragón rojo. Esos demonios querían emplear esos métodos despreciables para que traicionara a Dios y no podía dejar que la trama les saliera bien. Ya me habían torturado muchísimo y no podía permitir que mis hermanos y hermanas padecieran lo mismo.

Esos diablos no solo jugaron conmigo y me torturaron, sino que también me insultaron. Por la noche vino un agente, el cual alargó la mano para tocarme la cara mientras me susurraba obscenidades al oído. Me enfurecí tanto que le escupí en la cara, tras lo cual me dio un bofetón tan brutal que veía las estrellas y me zumbaban los oídos. Despiadado, añadió: “Aún tenemos todo un menú de torturas aguardándote. Podríamos matarte aquí sin que nunca se llegara a saber. Créeme, ¡te llevarás lo tuyo!”. Esa noche, estaba tumbada en el suelo sin poder moverme y pedí permiso para ir al baño. Me dijeron que me levantara sola. Con todas mis fuerzas, despacio, pude levantarme, pero, al primer paso, me caí. Sin más alternativa, una agente me arrastró al baño. Allí volví a desmayarme. Cuando desperté de nuevo, estaba de vuelta en mi cuarto. Me vi las piernas hinchadas y brillantes, y tenía las esposas y los grilletes profundamente incrustados en la carne. Salía pus y sangre de las heridas y me dolían tanto que no podía soportarlo. Me acordé del menú de torturas del que me habló el agente y tuve algo de miedo, por lo que oré a Dios: “¡Dios Todopoderoso! No sé cómo planean torturarme estos demonios a continuación y realmente no aguanto más esta clase de tormento. Te ruego que me guíes y me des fe y fortaleza. Deseo mantenerme firme en el testimonio y humillar a Satanás”. Después de orar pensé en el sufrimiento padecido por Dios las dos veces que ha venido encarnado a salvar a la humanidad. En la Era de la Gracia, para redimir a la humanidad, el Señor Jesús sufrió la burla, la humillación y la flagelación de los soldados, lo coronaron de espinas y acabaron crucificándolo. En la actualidad, Dios ha regresado encarnado a China, donde ha padecido la persecución y el acoso del Partido Comunista, así como la oposición y condena frenéticas del mundo religioso. Pese a ello, Dios lo soporta en silencio y expresa la verdad para salvar a la humanidad. Recordé otro pasaje de la palabra de Dios: “Muchas son las noches insomnes que Dios ha soportado por el bien de la obra de la humanidad. Desde lo más alto hasta las más bajas profundidades, Él ha descendido al infierno viviente en el que el hombre mora para pasar Sus días con él, nunca se ha quejado de la mezquindad que hay entre los hombres, nunca le ha reprochado a este su desobediencia, sino que ha soportado la mayor humillación mientras lleva personalmente a cabo Su obra. ¿Cómo podría Dios pertenecer al infierno? ¿Cómo podría pasar Su vida allí? Sin embargo, por el bien de toda la humanidad, y para que toda ella pueda hallar descanso pronto, Él ha soportado la humillación, y sufrido la injusticia para venir a la tierra, y entró personalmente en el ‘infierno’ y el ‘Hades’, en el foso del tigre, para salvar al hombre. ¿De qué forma está el hombre cualificado para oponerse a Dios? ¿Qué razón tiene para quejarse de Dios?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La obra y la entrada (9)). Sí. Dios es inocente, ha sufrido mucho y ha sido humillado por salvar a la humanidad corrupta. ¡Qué grande y desinteresado es el amor de Dios por la humanidad! Ahora yo seguía a Dios y buscaba la verdad para salvarme, así que ¿qué importaba soportar un pequeño sufrimiento? Con ese sufrimiento, Dios templó mi voluntad y perfeccionó mi fe, y experimenté, además, que la palabra de Dios es la fortaleza de la vida de la gente. Pasé por este sufrimiento por la gracia y la bendición de Dios. Canté un himno en silencio para mis adentros: “Me apoyo en Dios, no hay miedo, lucharé contra Satanás. Dios nos eleva, vamos todos a luchar y atestiguar a Cristo. Me apoyo en Dios, no hay miedo, lucharé contra Satanás. Dios nos eleva, vamos todos a luchar y atestiguar a Cristo. Dios seguro cumplirá Su voluntad sobre la tierra. Le daré mi amor y lealtad, y mi devoción. Su regreso acogeré cuando venga en la gloria. Cuando el reino de Cristo se realice, volveré a reunirme con Él” (‘El reino’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Tras este cántico me sentí enormemente animada. Sin importar cómo me torturara la policía, ¡me mantendría firme en el testimonio y humillaría a Satanás!

El quinto día, la policía continuó obligándome a hacer la postura del caballo. Tenía las piernas y los pies tan hinchados que ya no podía ponerme en pie, por lo que me rodearon varios agentes y me empujaron hacia adelante y atrás entre ellos. Algunos también se aprovecharon de mí y me manosearon. La tortura continuó incluso cuando estaba tan desorientada y mareada que no podía abrir los ojos. En torno a las 7 de la tarde, se sentó un policía delante de mí, se quitó el zapato, me puso su apestoso pie en la cara y me dijo obscenidades. Escuché su lenguaje soez, lo miré con esa pinta de malvado sinvergüenza y me enfurecí. ¡Odiaba a esos malvados demonios! Sobre las 9 de la noche, empecé a dar cabezadas. La policía dijo triunfalmente: “¡Por fin empiezas a quedarte dormida! Puede que quieras dormir, ¡pero no te dejaremos! ¡Te mantendremos despierta hasta que te rompas! ¡A ver cuánto duras!”. Se turnaron varios agentes para vigilarme. En cuanto cerraba los ojos y me quedaba dormida, golpeaban la mesa con un látigo de cuero, me daban en mis piernas, hinchadas y brillantes, con una varilla de madera, me tiraban del pelo o me pisoteaban los pies, y siempre me despertaban bruscamente. Sus patadas, a veces, terminaban en mis grilletes, que me rozaban las heridas purulentas, y temblaba de dolor. Al final me dio un dolor de cabeza fulminante y me parecía que la habitación daba vueltas. Se me puso todo negro mientras caía al suelo y me desmayaba. Cuando desperté, distinguía vagamente al médico, que decía: “¿Qué delito cometió para que la torturéis tanto? ¿No dejarle dormir ni comer durante días? ¡Es pura crueldad! Y las esposas y los grilletes ya se le han incrustado en la carne. No los puede seguir llevando, ya que podría morir”. Cuando se fue el médico, la policía me cambió a unos grilletes de 2,5 kg y me dio un medicamento para recuperar por fin el conocimiento. Supe que podía sobrevivir solo porque Dios era poderoso y me protegía en silencio. Mi vida estaba en manos de Dios y, sin Su permiso, fuera cual fuera la tortura de Satanás sobre mí, no podría matarme. Esto me dio aún más fe en Dios y decidí que, mientras tuviera aliento, jamás cedería ante Satanás.

Aguanté hasta el sexto día, cuando realmente ya no podía más y me dormía constantemente, y, en todas las ocasiones, un policía me pisaba con fuerza los pies, me pellizcaba el dorso de las manos o me abofeteaba la cara. Por la tarde, la policía continuó pidiéndome información de la iglesia. Por entonces estaba empezando a perder el sentido de la realidad y temía un desliz que, en mi estado de confusión, me hiciera soltar información de la iglesia, así que oré de urgencia a Dios: “¡Dios Todopoderoso! Estoy confundida por la tortura. Te pido protección y claridad mental para que, pase lo que pase, no traicione a mis hermanos y hermanas”. Le estaba agradecida a Dios por contestar a mis oraciones. Aunque me torturaron seis días y cinco noches sin comer, beber ni dormir, aún tenía mucha claridad mental y, sin importar cómo me torturaran los policías, no les conté nada. Más tarde, el jefe de policía sacó una lista de objetivos de evangelización, redactada por mí, y me interrogó para pedirme más nombres. Ya había tenido más que suficiente tormento de esos demonios y no iba a permitir que padeciera lo mismo el resto de mis hermanos y hermanas, así que, mientras él no miraba, me eché hacia adelante, agarré la lista, me la metí en la boca y me la tragué. Dos agentes gritaron con furia. Vinieron corriendo, me pellizcaron la boca con fuerza y me abofetearon la cara con tal dureza que me escurría sangre de la comisura y me daba vueltas la cabeza. Uno me agarró enérgicamente de las mejillas y el mentón, mientras que el otro me abrió la boca y escarbó en la garganta. Escarbó con tal fuerza que me cortó la garganta y todavía hoy en día tengo faringitis. Al no haber obtenido de mí ningún dato de la iglesia tras tantos interrogatorios, la policía decidió que tenía que devolverme al centro de detención. La policía del centro de detención vio la gravedad de mis heridas y le dio miedo asumir la responsabilidad de mi muerte allí, por lo que se negó a admitirme, lo que no les dejó más opción que llevarme al hospital para que me pusieran oxígeno. En los pasillos del hospital se acercó mucha gente a mirar y hablar de mi aspecto. Los policías me señalaron y dijeron: “Cree en Dios. Fijaos bien. Si creéis en Dios, esto es lo que os pasa”. Quise refutarlos, pero no podía hablar. Pensé: “Sois todos malvados, propagáis mentiras para engañar al pueblo”. Después, la policía me escoltó de vuelta al centro de detención, donde me desmayé dos veces más.

Hacia finales de octubre, cuando la policía nos iba a llevar al centro de detención, me encontré con la hermana Li, detenida conmigo. Vi que se había quedado muy flaca y caminaba con debilidad, como si se la fuera a llevar el viento en cualquier momento, y no pude evitar que se me saltaran las lágrimas. Cuando llegamos al centro de detención, le vi unos cardenales azules y morados en los brazos y las piernas. Me dijo que la policía le había pegado, dado patadas y prohibido comer y dormir durante varios días y que la otra hermana enfermó nada más ser detenida. No retenía la comida y se había quedado tan flaca por las torturas que estaba irreconocible. La hermana Li hablaba llorando. ¡Odiaba de todo corazón a esos demonios!

Al final, el Partido Comunista me acusó de “participación en una organización ‘xie jiao’” y me condenó a un año y nueve meses de reeducación por medio del trabajo. Como me habían torturado tanto que tenía heridas por todo el cuerpo, estaba paralítica y no podía andar, el campo de trabajo se negó a admitirme. Cuatro meses después, mi esposo se gastó 12 000 yuanes en la fianza y cumplí condena fuera del campo de trabajo. Cuando mi marido vino por mí, estaba demasiado malherida como para andar. Tuvo que cargarme hasta el coche. Ya en casa, en un reconocimiento médico me encontraron dos segmentos lumbares de la columna mal alineados. No podía valerme sola. No podía ni levantarme de la cama. Creía que estaría encamada el resto de mi vida. Inesperadamente, un año después, mi cuerpo se fue recuperando y pude cumplir nuevamente con el deber. Contemplé el amor y la salvación de Dios para conmigo, ¡y le di gracias de todo corazón! Todavía me vigila constantemente la policía y podría detenerme de nuevo, pero vi la autoridad y el poder de la palabra de Dios y estoy dispuesta a ampararme en Él con fe y a cumplir con el deber lo mejor que sepa para devolverle Su amor.

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