Una fe perfeccionada por pruebas y tribulaciones

5 Nov 2021

Por Shu Chang, Corea del Sur

Mi madre contrajo en 1993 un problema de salud, fruto del cual toda mi familia comenzó a tener fe en el Señor Jesús. Después experimentó una recuperación milagrosa y a partir de entonces fui con ella a la iglesia todos los domingos. Más adelante, en la primavera de 2000, llegó a nuestro hogar la gozosa noticia del regreso del Señor. En las palabras de Dios Todopoderoso comprobamos que Él es el regreso del Señor Jesús y aceptamos la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Empezamos a leer a diario las palabras de Dios Todopoderoso y a disfrutar del riego y sustento que proveen. Esto me nutrió mucho espiritualmente. Al pensar en cuántos de los que anhelaban el regreso del Señor aún no habían oído la voz de Dios ni recibido el regreso del Señor, supe que debía tener en consideración la voluntad de Dios y predicarles el evangelio del reino. Enseguida me inicié en el deber de predicar el evangelio. Sin embargo, para mi sorpresa, el PCCh me detuvo por ello.

En enero de 2013, mientras estaba en una reunión con seis hermanos y hermanas más, de pronto irrumpieron más de 20 policías. Dos de ellos corrieron hacia la entrada pistola en mano, y nos gritaron: “¡Quietos! ¡Están rodeados!”. Otros dos tenían porras eléctricas, y vociferaron: “¡Manos arriba! ¡Contra la pared!”. Uno de los agentes armados me dijo: “Llevamos siguiéndote un par de semanas. Eres Xiaoxiao”. Me asusté al oír esto. ¿Cómo sabían mi alias? Y dijo que llevaban siguiéndome un par de semanas; entonces, ¿sabían en qué sitios había estado últimamente? ¿También habían detenido a todos esos hermanos y hermanas? No soportaba continuar dándole vueltas. Me limité a orar en silencio por los demás. En vista del dispositivo organizado por la policía, sabía que no me soltarían fácilmente. Nerviosa, invoqué a Dios. Recordé entonces estas palabras de Dios: “No debes tener miedo de esto o aquello; no importa a cuántas dificultades y peligros puedas enfrentarte, eres capaz de permanecer firme delante de Mí sin que ningún obstáculo te estorbe, para que Mi voluntad se pueda llevar a cabo sin impedimento. Este es tu deber […]. No tengas miedo; con Mi apoyo, ¿quién podría bloquear el camino?” (‘Capítulo 10’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron una sensación de paz. Sabía que todo estaba en Sus manos, incluidos todos aquellos policías. Dios era mi fuerza de apoyo, así que tenía que orarle y confiar en Él. Consciente de que la policía me había seguido todo ese tiempo sin percatarme, lo cual le había acarreado semejante problema a la iglesia, me odié por ser tan despistada y estúpida. Lo único que podía hacer entonces era orar por mis hermanos y hermanas. Decidida, hice esta oración: “Sin importar cómo me torture la policía, jamás traicionaré a mis hermanos y hermanas. No seré una judas traidora a Dios”. No tenía tanto miedo después de esa oración. Rebosaba fe y fortaleza.

Los policías, como bandidos, pusieron toda la casa patas arriba. Nos confiscaron los celulares, 8 reproductores de video, 4 tabletas, decenas de libros del evangelio y 10.000 yuanes. Nos llevaron a dos hermanas y a mí a la sala de estar y nos obligaron a agacharnos en el suelo. Justo entonces se empezó a oír cómo la policía pegaba sin parar a los hermanos en uno de los dormitorios. Indignada, reivindiqué: “Simplemente creemos en Dios, no hemos hecho nada ilegal. ¿Por qué nos van a arrestar?”. Un agente me respondió con odio: “Tener fe atenta contra la ley, es delito. Si el Partido Comunista dice que atentan contra una ley, es que atentan contra una ley. El partido no permite la fe en Dios, pero ustedes Se atreven igualmente a tenerla en su territorio. Eso es enfrentarse al partido. ¡Asumen un riesgo innecesario!”. Repliqué: “¿No está garantizada por ley la libertad de credo?”. Riendo, contestaron: “¡Tú no sabes un carajo! La libertad de credo es solo para impresionar a los extranjeros, ¡pero esto es lo que hay para ustedes, los creyentes!”. Mientras lo decía me abofeteó en toda la cara, y una agente se acercó y me dio una patada en el brazo. Estaba enfurecida y recordé estas palabras de Dios: “¿Libertad religiosa? ¿Los derechos e intereses legítimos de los ciudadanos? ¡Todos son trucos para tapar el pecado!” (‘La obra y la entrada (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Tener al Partido Comunista en el poder supone, en el fondo, tener a Satanás en el poder. Sus leyes son un engaño. Les cuentan a los extranjeros que hay libertad de credo, pero en realidad no permiten creer en Dios y tomar la senda correcta. No permiten nada positivo. Detienen y hieren a cristianos a gran escala. Esos policías eran unos simples bandidos y unos canallas de uniforme. ¡Era ridículo que tratara de razonar con ellos! Cuando me metieron en el vehículo policial, vi más de una docena de vehículos policiales a nuestro alrededor.

Una vez trasladados a la Brigada de Seguridad Nacional del condado, un agente me dijo: “Hemos atrapado un pez gordo contigo. Lo sabemos todo de ti. Sabemos en qué ciudades y condados has estado en las dos últimas semanas. Debes de ser líder de la iglesia; si no, no habríamos movilizado una fuerza tan grande para atraparte. No te interrogaremos aquí. Tenemos un ‘bonito lugar’ para eso. ¡Me temo que te abrumará!”. Fue entonces cuando comprendí que me habían confundido con una líder de la iglesia. Me sentí algo aliviada en ese momento al saber que los verdaderos líderes estarían algo más seguros. Sin embargo, aún estaba preocupada. Sabía que no me soltarían fácilmente porque creían que era líder de la iglesia. No sabía cómo me torturarían. Le pedí a Dios fe, fortaleza y ayuda para mantenerme firme en el testimonio. Esa noche, pasadas las 11, me introdujeron en un vehículo policial para llevarme a aquel “bonito lugar”. En el vehículo, un policía comentó: “Ustedes no saben tratar a estos creyentes en Dios Todopoderoso. Tienen que aplicar mucha mano dura para sonsacarles algo. Tenemos que hacer cualquier cosa que funcione; si no, quizá no confiesen”. El otro agente respondió: “Oh, claro, por supuesto. Dicen que tienes el truco final para estos creyentes. Por eso te tenemos aquí”. Al oír esto me pregunté qué clase de tortura me tenían reservada. Oré en silencio a Dios y recordé estas palabras del Señor Jesús: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28). “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:25). Las palabras de Dios me dieron fortaleza en la fe. Sabía que mi vida estaba en manos de Dios, que mi alma estaba en ellas. ¡Decidí someterme a las instrumentaciones de Dios y no traicionarlo aunque muriera por ello!

Me llevaron a la comisaría del condado, y nada más entrar en la sala de interrogatorios oí a un hermano llorar amargamente. Un agente ordenó apagar el equipo de vigilancia y otros dos se acercaron a esposarme retorciéndome el brazo derecho detrás del hombro y con el brazo izquierdo estirado desde debajo de la espalda. Tiraban de las esposas para arriba y para abajo y sentía que los brazos se me iban a partir. Después me metieron un brazo del banco de tigre entre los brazos y la espalda. Parecía que me estuvieran desgarrando los brazos. Me dolían tanto que me caía el sudor por la cara. Un agente tiró de las esposas y me dijo: “¿Duele mucho? ¿Qué sientes?”. Otro añadió, riendo: “¿Por qué no trabajas de prostituta? Entonces no te detendríamos”. El resto se echó a reír con aquello. Estaba asqueada por su total desvergüenza. Nunca imaginé que pudiera salir algo tan repugnante de boca de unos policías. ¡Son más rastreros que los animales! Luego comentó uno de ellos: “No nos precipitemos con este interrogatorio. Al final estará loca por contarnos lo que sabe. A partir de ahora, que no coma, duerma ni vaya al baño. ¡A ver cuánto resiste!”. Después me tiró fuerte de los brazos, retorciéndolos pese a estar esposados a un riel metálico a la altura de la cintura. No podía arrodillarme ni levantarme y pronto me comenzaron a doler la espalda y las piernas. No me dejaban dormir, ni siquiera cerrar los ojos. En cuanto se me empezaban a cerrar, los policías golpeaban la tabla, pateaban el banco o aporreaban los rieles metálicos. Si no, me chillaban al oído o hacían todo tipo de ruidos extraños para asustarme. Esto me dejaba en estado de máxima alerta y no hallaba un momento de paz. En silencio, oré e invoqué a Dios sin cesar y luego recordé estas palabras de Dios Todopoderoso: “Debes sufrir adversidades por la verdad, debes entregarte a la verdad, debes soportar humillación por la verdad y, para obtener más de la verdad, debes padecer más sufrimiento. Esto es lo que debes hacer” (‘Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron fe. Valía la pena sufrir lo que fuera por recibir la verdad y tenía que aguantar por más que sufriera. Estaba decidida a mantenerme firme en el testimonio y humillar a Satanás.

A la mañana siguiente vinieron seis o siete agentes a preguntarme por el paradero del dinero de la iglesia y quiénes eran los máximos líderes. Me pegaron brutalmente por no contarles nada. Nada más irse, vinieron algunos más a hacerme las mismas preguntas. Me interrogaban sin parar las 24 horas. A los cuatro días tenía todo el cuerpo abotagado y las pantorrillas tan hinchadas que eran del grosor de mis muslos. Me moría de hambre y estaba agotada. Una agente me vio cabeceando y me dio una patada en los pies con toda su fuerza. Había perdido la sensibilidad en toda la parte inferior del cuerpo y tenía un insoportable dolor de espalda, como si me la hubieran partido. Tenía los ojos hinchados y me picaban mucho. Sentía que se me iban a salir en cualquier momento. Me dolían a rabiar. Parecía todo un lujo la idea de cerrar los ojos o descansar las piernas siquiera un momento. No sabía cuánto más tiempo iban a torturarme. Sentía que mi cuerpo ya había llegado al límite, que no aguantaría mucho más. Me sentía sumamente débil por dentro. Oré a Dios para pedirle fe y fortaleza. Después recordé estos himnos de las palabras de Dios: “¿Alguna vez habéis aceptado las bendiciones que os han sido dadas? ¿Alguna vez habéis buscado las promesas que se hicieron por vosotros? Con toda seguridad, bajo la guía de Mi luz, os abriréis paso entre el dominio de las fuerzas de la oscuridad. En medio de la oscuridad, ciertamente no perderéis la luz que os guía. Con seguridad seréis el amo de toda la creación. Con seguridad seréis un vencedor delante de Satanás. Con seguridad, cuando caiga el reino del gran dragón rojo, os erguiréis entre las grandes multitudes para ser testigos de Mi victoria. Con seguridad permaneceréis firmes e inquebrantables en la tierra de Sinim. A través de los sufrimientos que soportéis, heredaréis Mis bendiciones, y, con seguridad, irradiaréis Mi gloria por todo el universo” (‘Canción de los vencedores’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). “En el pasado, Pedro fue crucificado cabeza abajo por Dios, pero tú debes satisfacer a Dios al final y agotar toda tu energía por Él. ¿Qué puede hacer por Dios una ser creado?” (‘Un ser creado debería estar a merced de Dios’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Las palabras de Dios me alentaron e impulsaron mi fortaleza. Me habían sometido a crueles torturas, pero Dios había permanecido a mi lado y me había guiado con Sus palabras. Además, sabía que estaba pasando por esa clase de tribulación para que Dios pudiera perfeccionar mi fe y que tenía que dar testimonio victorioso ante el gran dragón rojo. Si traicionaba a Dios por miedo al sufrimiento carnal, mi vida perdería su sentido. Sería una gran humillación. En aquellas épocas en que apóstoles y profetas fueron perseguidos y se enfrentaron a la muerte, todos mantuvieron la fe en Dios y dieron rotundo testimonio de Él. La policía me estaba torturando y destrozando con el permiso de Dios. Era de poca estatura y ni de lejos me podía comparar con los santos de otras épocas, pero era muy afortunada por la oportunidad de dar ese testimonio de Dios. Quería arriesgar mi vida para mantenerme firme en el testimonio de Dios, para reconfortar un poco Su corazón. Meditar las palabras de Dios también pareció aliviar bastante mi dolor físico. Al verme adormilada, el comisario me agarró del pelo, me tiró de la cabeza hacia adelante y hacia atrás, y me dio puñetazos en ella y en el pecho. Tampoco me dejaban ir al baño y me decían que no podía ir hasta cierta hora. Cuando fui al baño, unas agentes se pararon junto al baño y decían toda clase de vilezas. Me dio mucha vergüenza. Tenía ganas de morirme. Entonces recordé estas palabras de Dios: “Tal vez todos recordáis estas palabras: ‘Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación’. Todos habéis oído estas palabras antes, sin embargo, ninguno de vosotros comprendió su verdadero significado. Hoy, sois profundamente conscientes de su importancia. Dios cumplirá estas palabras durante los últimos días y se cumplirán en aquellos que han sido brutalmente perseguidos por el gran dragón rojo en la tierra donde yace enroscado. El gran dragón rojo persigue a Dios y es Su enemigo, y por lo tanto, en esta tierra, los que creen en Dios son sometidos a humillación y opresión y, como resultado, estas palabras se cumplirán en este grupo de personas, vosotros” (‘¿Es la obra de Dios tan sencilla como el hombre imagina?’ en “La Palabra manifestada en carne”). El esclarecimiento de las palabras de Dios me enseñó que ser humillada y torturada por mi fe era sufrir por causa de la justicia. Era la gracia de Dios, que me daba esa oportunidad de dar testimonio; un honor para mí. Pero al sentir algo de vergüenza o experimentar un pequeño padecimiento físico, perdí la fe en Dios y llegué a pensar en la muerte. Di demasiada importancia a recibir personalmente la gloria o la humillación. ¿Qué testimonio era ese? Había decidido mantenerme firme en el testimonio de Dios aunque muriera por ello, pero estaba pensando en acabar con todo por un pequeño sufrimiento carnal. ¿No estaba cayendo en una trampa de Satanás? ¿No trataba Satanás de hacerme traicionar a Dios? No podía retroceder y volverme el hazmerreír de Satanás. Tenía que seguir viviendo, mantenerme firme en el testimonio de Dios ¡y humillar a Satanás! Una vez que comprendí la voluntad de Dios, hice esta oración: “Dios mío, estoy preparada para ponerme en Tus manos. Sin importar cómo me torture Satanás, me mantendré firme en Tu testimonio y no te traicionaré. ¡Obedeceré Tus instrumentaciones y disposiciones en todo!”. Me sentí reforzada tras mi oración.

De vuelta en la sala de interrogatorios, los policías encendieron una computadora, en la que me enseñaron fotos de unas hermanas para que las identificara. También me dijeron que el 24 de enero, hacia las 2 de la tarde, habían detenido a hermanos y hermanas en varios lugares. Fue una operación coordinada. Me enojé mucho. En vista de que no respondía, ambos me amenazaron e incitaron con cosas como: “Ya lo sabemos todo de ustedes. No tiene sentido que se resistan. Los demás han hablado; por tanto, ¿de qué te sirve aguantar por ellos? Aunque te soltemos ahora, tu iglesia no te readmitirá. Espabila: dinos quiénes son los máximos líderes y dónde se guarda el dinero de la iglesia. Entonces te dejaremos ir a casa a tiempo para las celebraciones de Año Nuevo”. Como seguía sin decir palabra, me gritaron: “Si no nos cuentas dónde está el dinero de la iglesia, te desnudaremos, te colgaremos del techo y te haremos polvo a base de golpes. Disfrutaremos minuto a minuto”. Me asusté al oírlo. Veía a esos diablos capaces de cualquier cosa y no sabía si lo soportaría. Estaba realmente de los nervios y no sabía qué me harían esa noche. Con un miedo y una tristeza recurrentes, me sentía sumamente desamparada. Me apresuré a orar a Dios para pedirle protección. Recordé estas palabras de Dios después de mi oración: “Cuando las personas están preparadas para sacrificar su vida, todo se vuelve insignificante y nadie puede conseguir lo mejor de ellas. ¿Qué podría ser más importante que la vida? Así pues, Satanás se vuelve incapaz de hacer nada más en las personas, no hay nada que pueda hacer con el hombre. Aunque, en la definición de la ‘carne’, se dice que Satanás la ha corrompido, si las personas se entregan, y Satanás no las domina, nadie puede conseguir lo mejor de ellas” (‘Capítulo 36’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Con el esclarecimiento de las palabras de Dios entendí que tenía mucho miedo de ser humillada y morir. Satanás aprovechaba mis debilidades para hacerme traicionar a Dios. Esa era su trampa. Si yo podía arriesgar mi vida, ¿qué no era capaz de asumir? También entendí que su trato no me humillaba, sino que solo era una actuación malvada y despreciable de la policía. Mi carne no vale nada. Me dispuse a sacrificar mi vida para dar testimonio de Dios y humillar a Satanás. Sabía que merecería la pena poder dar testimonio de Dios, que no habría vivido en vano. Al pensarlo ya no tuve miedo. Estaba llena de fortaleza y fe.

Esa tarde, en torno a la 1, se me empezó a acelerar el corazón y me costaba mucho respirar. Notaba flojas las piernas y me desplomé en el suelo. Al verme así, simplemente me dijeron: “No te molestes en fingir que vas a morir. No te soltaremos de todos modos. Dice el Comité Central que da igual si matamos a un creyente a golpes. ¡Un muerto más, un creyente menos! Podríamos cavar un hoyo y tirar tu cuerpo dentro. No se enteraría nadie”. Más tarde vieron que no estaba muy bien y, por temor a que muriera y perdieran su pista, me llevaron a revisión al hospital. El médico dijo que se me había agotado la fuerza, lo que había desencadenado un problema cardíaco, y que necesitaba alimento y descanso. Pero a ellos no les importaba si vivía o moría. Media hora después de volver del hospital, me volvieron a esposar a los rieles metálicos. Al comprobar que no llegaban a ningún lado con su dureza, cambiaron a un método más blando. Un agente, en tono falsamente amable, me comentó que no estaba en contra de la fe en el Señor y que su abuela era cristiana. También me dijo que no tenía novia y que, viendo lo guapa que era, le gustaría mucho encontrar una novia como yo. Otro me dijo: “Aunque no pienses en ti, piensa en tus padres. Se acerca el Año Nuevo chino y los demás están con su familia. Sin embargo, tú estás sufriendo aquí. Tus padres estarían muy tristes si lo supieran”. Otro agente metió baza: “Tengo una hija más o menos de tu edad y también odio verte sufrir así. Simplemente dime qué necesitas; tengo la última palabra aquí. Además, puedo ayudarte a encontrar empleo. Puedes contarme lo que sepas nada más que a mí”. Me repugnó esta conducta zalamera de su parte y recordé unas palabras de Dios: “Debéis estar despiertos y esperando en todo momento, y debéis orar más delante de Mí. Debéis reconocer las diversas tramas y argucias engañosas de Satanás, reconocer los espíritus, conocer a la gente y ser capaces de discernir todo tipo de personas, sucesos y cosas” (‘Capítulo 17’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Satanás intentaba sobornarme, tentarme para que traicionara a Dios, utilizando mis emociones y pequeños favores. ¡Era descarado y despreciable! Sabía que no podía caer en las trampas de Satanás. Desde entonces, sin importar cómo me amenazaran o incitaran, no dije ni una palabra. Venían en grupos de 6 o 7 cada vez, y se turnaron para interrogarme durante 8 días y 8 noches. Emplearon intimidaciones, amenazas y torturas para sacarme una confesión, pero no obtuvieron información de mí. Al final, un agente dijo: “Tú eres sumamente decidida, y tu Dios, grande”. Me alegré tremendamente de oír esto: Satanás estaba humillado y derrotado.

Después me llevaron a un centro de detención. Al llegar, una agente me registró sin ropa y con el equipo de vigilancia conectado. Cuando llegué a la celda, las demás presas me miraron con crueldad y los guardias de la prisión las provocaban diciendo: “Esta es otra creyente. Asegúrense de ‘cuidarla mucho’”. Todavía desorientada, una presa me ordenó que me diera una ducha fría, y temblaba cada vez que me echaba por el cuerpo un barreño de agua fría. Las demás presas estaban a un lado, riéndose. Cada día tenía que cargar decenas de cubos de agua para limpiar el baño y hacer la limpieza, y a las horas de comer me daban menos comida adrede. Nunca me saciaba. Por la noche daban fuertes patadas a mi cama para que no durmiera. Eso me aterraba y me producía palpitaciones. Era horrendo. Posteriormente me hicieron dormir sola en el frío suelo de cemento. Además, los guardias instigaban a la cabecilla de las presas y a algunas asesinas a que me hostigaran y la policía siempre estaba interrogándome y amenazándome, así: “Eres una delincuente política. A nadie le importaría que murieras. Si no hablas, te mantendremos aquí indefinidamente. ¡No esperes salir nunca de aquí!”. Me sentaban muy mal esas palabras. Cada día de aquellos cuatro meses había sido una tortura y realmente no podía más. No sabía cuándo terminaría todo. Me sentía sin fuerzas para seguir. Estaba muy débil. Deseaba morir para escapar del dolor. Sufriendo, oré a Dios y lloré amargamente mientras oraba. Pensé en cómo Dios se había hecho carne y venido a la tierra a expresar la verdad y salvar a la humanidad. Gozaba del riego y sustento de las palabras de Dios, pero quería dejar este mundo sin haber correspondido el amor de Dios. Estaba llena de culpa y pesar; me sentía fatal, como si me hubieran golpeado el corazón. Entonces recordé estas palabras de Dios: “Por lo tanto, durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis caminar hasta el final e, incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y estar a merced de Él; solo esto es amar verdaderamente a Dios y solo esto es el testimonio sólido y rotundo” (‘Solo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer la hermosura de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Como eres un ser humano, ¡te debes consumir a ti mismo por Dios y soportar todo el sufrimiento! El pequeño sufrimiento que estás experimentando ahora, lo debes aceptar con alegría y con confianza y vivir una vida significativa como Job y Pedro. […] Vosotros sois personas que buscáis la senda correcta, los que buscáis mejorar. Sois personas que os levantáis en la nación del gran dragón rojo, aquellos a quienes Dios llama justos. ¿No es eso la vida con más sentido?” (‘Práctica (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Enfrentada a estas palabras de Dios, sentí mucha vergüenza. Dios se hizo carne y vino a la tierra a expresar muchas verdades para sustentarnos y, ahora que necesitaba que la gente diera testimonio de Él, yo quería escapar de esa situación a través de la muerte solo por haber vivido cierta humillación, por haber padecido físicamente. Eso no era obediencia sincera. ¿No era rebelarse contra Dios? Pensé en Job, que perdió todas sus pertenencias e hijos y padeció el tormento de la enfermedad, pero nunca culpó a Dios. Continuó alabando Su nombre y se sometió a Él. Él fue rotundo testimonio de Dios. Y, a través de los tiempos, discípulos y profetas habían renunciado a su vida y derramado su sangre por Dios. Había gozado de muchas cosas de parte de Dios, pero ¿qué había sacrificado por Él? Era muy egoísta y despreciable y no estaba a la altura del precio que Dios había pagado por mí. ¡Ni siquiera era digna del calificativo de ser humano! Me presenté ante Dios arrepentida en oración, y dije: “Oh, Dios mío, estoy equivocada. No debería pensar en la muerte. Quiero ser como Job, como Pedro, y, afronte lo que afronte, deseo mantenerme firme en Tu testimonio”. Orar me dio fortaleza para afrontar lo que viniera luego. Poco después trasladaron a la cabecilla de las presas a una cárcel para cumplir condena y entraron al centro de detención algunas presas más, que comenzaron a cuidarme. Compartían conmigo artículos de primera necesidad y me dieron ropa que ponerme. Sabía que se trataba de una instrumentación y disposición de Dios. Tal como afirman las palabras de Dios: “Todas las cosas, vivas o muertas, cambiarán, se transformarán, se renovarán y desaparecerán, de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios preside sobre todas las cosas” (‘Dios es la fuente de la vida del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”).

Posteriormente conocí a una hermana en el centro de detención. Fue muy reconfortante para mí. Copiábamos palabras de Dios a escondidas para animarnos mutuamente y compartirlas. Sentía el corazón pleno y gozoso. Un buen día de septiembre, la policía vino a interrogarme de nuevo. Me sacaron una foto en cuanto entré en la sala de interrogatorios y alegaron que la usarían para buscar mi identidad en internet. Me amenazaron diciéndome: “Tu caso está prácticamente cerrado. ¡No creas que vas a salir! La política del Partido Comunista hacia los cristianos consiste en convertir condenas de 1 año en condenas de 3, y estas, en condenas de 7 años. Pueden matarlos a golpes a su antojo y no se responsabiliza a nadie por ello. A ver cuánto aguantas”. Al ver lo malvado y despreciable que es el PCCh, odié aún más a Satanás, el diablo. Nunca jamás me rendiría y traicionaría a Dios. Seria, repliqué: “Pueden ir olvidándose de eso. No tengo previsto salir. Si puedo conocer a Dios y mantenerme firme en el testimonio del Creador mientras viva, ¡valdrá la pena aunque muera aquí!”. Los policías, entonces, salieron furiosos.

Me soltaron en noviembre de 2013, tras diez meses en detención ilegal a manos de la autoridad. Aunque padecí físicamente, durante mi detención por parte del Partido Comunista, las palabras de Dios fueron constantemente esclarecedoras, pues me guiaron para que venciera las tentaciones de Satanás y me mantuviera firme en el testimonio. Experimenté de veras el poder y autoridad de las palabras de Dios y aumentó mi fe en Él. También aprecié con nitidez la diabólica esencia del PCCh, de odio y enemistad hacia Dios. Le volví la espalda y lo rechacé por completo, y reforcé mi determinación de seguir a Dios. ¡Gracias a Dios Todopoderoso!

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