La enfermedad y la dificultad mostraron mi verdadera cara

10 Ene 2022

Por Tingting, China

Desde pequeña sufro migraña, y a veces me dolía tanto que no me dejaba dormir. En mi adolescencia fui a consultar a un médico, y dijo que eran vasoespasmos cerebrales y necesitaba medicación, pero al ver todos los efectos secundarios del medicamento, no lo tomé. Solo toleraba el dolor. tras creer en Dios Todopoderoso, mejoré repentinamente y le di gracias a Dios de todo corazón. Me dediqué con entusiasmo a asistir a las reuniones y a mi deber, pues pensaba que, como creyente, sin duda Dios velaría por mí, me ayudaría cuando tuviera dificultades mantendría a mi familia sana y salva y no tendría problemas de salud. Luego dejé mi empleo y mi hogar y me dediqué solo a mi deber. Así transcurrieron varios años, mientras cumplía incansable con el deber. Pero hace unos años mi salud se deterioró y sentía fatiga, opresión en el pecho y falta de aire. Algunas mañanas no podía ni a hablar porque me cansaba enseguida y estaba agotada toda la mañana. Al principio hice caso omiso, pensando: “Mi estado está en manos de Dios. He de seguir en el deber y en algún momento mejoraré”. Pero, pasaron dos años y mi salud era cada vez peor. Aparte de la fatiga, de la nada me daban palpitaciones o me daban sudores fríos, me ponía muy nerviosa y tenía que acostarme. No podía ni hablar. Lo peor era el dolor de cabeza y a veces sentía que me iban a estallar los vasos sanguíneos. Tomé un medicamento chino, pero no ayudó. Fui al médico y dijo que era isquemia miocárdica grave con vasoespasmo cerebral y que, si me estallaban los vasos sanguíneos, corría el riesgo de morir. Al oírlo decir eso, recordé que mi abuelo murió por un coágulo cerebral; además, mi padre murió de un derrame cerebral a los 40 años. Ahora yo tenía jaquecas constantes. ¿Me estallaría un día un vaso sanguíneo como a mi padre? Lo dejé todo para cumplir mi deber por años, ¿por qué empeoraba mi salud? Dios debía protegerme. Los días siguientes continué cumpliendo mi deber, pero estaba constantemente deprimida por mi estado. Oraba y buscaba la voluntad de Dios en Sus palabras sobre atravesar la enfermedad, pero perdí las ganas de orar y buscar al no ver ninguna mejoría. Recurrí a mi familia para pagar pero mi suegra dijo que el lugar de trabajo de mi esposo había quebrado. y no le habían pagado. Esto me preocupó mucho. Yo estaba mal, mi esposo había perdido el empleo y no le habían pagado. Ni hablar del tratamiento: ¿de qué íbamos a vivir? Aquellos días, al pensar en mi mala salud y el desempleo de mi marido, me daba un dolor muy fuerte, insoportable. Pensaba: “He renunciado a mucho por el deber. ¿Por qué no vela Dios por mí?”. Pero pensaba: “No puedo culpar a Dios, debo someterme. Quién sabe, tal vez mi marido encuentre un buen trabajo que lo compense por los salarios no recibidos”. Así pues, oraba: “Dios mío, solo de Ti depende que mi esposo encuentre trabajo. En Tus manos pongo este empleo que necesita…”. Al orar tenía un ápice de esperanza y anhelaba que encontrara trabajo pronto. Sin embargo, meses después, aún no había encontrado nada. Estaba muy decepcionada y sin nada de energía. Parecía que cumplía con el deber, pero, cuando pensaba en mi salud o mi familia, me afligía enormemente. Podría haber cumplido mejor con el deber si hubiera estado enfocada, y me ponía a pensar: “Con esto basta, no necesito hacer más, ¿De qué servirá que le ponga más energía?”. Por ello, perdí el entusiasmo que tenía antes por el deber. El trabajo a mi cargo avanzaba lentamente y no tenía el ánimo de antes. Cuando alguien se encontraba con problemas en el deber, no me apetecía intervenir para ayudar. Mi enfoque negativo repercutió mucho en la obra de la iglesia, pero a esas alturas era tan insensible que ya no me importó. Estaba muy triste por lo que le pasaba a mi familia así que oré: “Dios mío, llevo triste ya bastante tiempo. Siempre te exijo cosas y no me vuelco en el deber. Sé que debería someterme, pero no puedo liberarme y no sé cómo superar todo esto que pasa. Te ruego que me guíes y me ilumines para que pueda entender Tu voluntad”.

Poco después de aquella oración, recordé un pasaje de las palabras de Dios: “A lo largo de Su obra, desde el principio hasta ahora, Dios ha dispuesto pruebas para cada persona —o, mejor dicho, para cada persona que le sigue— y estas vienen en distintos tamaños. Están los que han experimentado la prueba del rechazo por parte de su familia, los que han pasado por la prueba de los entornos adversos, los que han sufrido la prueba de ser arrestados y torturados, los que han pasado por la prueba de tomar decisiones, y los que se han enfrentado con las pruebas del dinero y el estatus. En general, cada uno de vosotros se ha enfrentado a todo tipo de pruebas. ¿Por qué obra Dios así? ¿Por qué trata a todos así? ¿Qué tipo de resultado busca? Esta es la idea central que deseo comunicaros: Dios quiere ver si la persona es o no de las que le temen y se apartan del mal. Esto significa que, cuando Dios te envía una prueba y hace que te enfrentes a alguna circunstancia, Su intención es comprobar si eres o no una persona que le teme, que se aparta del mal” (‘Cómo conocer el carácter de Dios y los resultados que logrará Su obra’ en “La Palabra manifestada en carne”). Me di cuenta de que Dios obra distinto y crea entornos distintos para cada uno. Quiere ver su actitud en distintas situaciones y si puede temer a Dios y apartarse del mal. Era una señal de alerta para mí. Enfermé más durante todo este tiempo, mi esposo perdió su empleo y no teníamos ingresos. Dios permitió todo eso. Debía someterme, buscar la verdad y aprender una lección. Sin embargo, yo no buscaba para nada la voluntad de Dios ni pensaba en dar testimonio. Estaba deprimida y me quejaba. ¿No era eso rebelarse? Entonces recordé a Job, a quien robaron su abundante ganado y sus riquezas y se llenó de llagas. No obstante, jamás culpó a Dios, sino que se postró y dijo: “Jehová dio y Jehová quitó; bendito sea el nombre de Jehová” (Job 1:21).* La fe de Job era realmente auténtica. Sentí vergüenza al pensar en la experiencia de Job. Él no leyó tantas palabras de Dios y, ante una prueba tan grande, mantuvo la fe y fue firme en el testimonio de Dios. Sin embargo, yo tenía el sustento de Sus palabras a diario, pero no tenía auténtica fe ni me sometía a Dios. Mi enfermedad y el desempleo de mi esposo me dejaron descontenta. ¡Qué rebelde era!

Entonces, oré sumisa a Dios, dispuesta a arrepentirme, y le pedí esclarecimiento para poder conocerme. Después leí un par de pasajes de las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Lo que buscas es poder ganar la paz después de creer en Dios, que tus hijos no se enfermen, que tu esposo tenga un buen trabajo, que tu hijo encuentre una buena esposa, que tu hija encuentre un esposo decente, que tu buey y tus caballos aren bien la tierra, que tengas un año de buen clima para tus cosechas. Esto es lo que buscas. Tu búsqueda es solo para vivir en la comodidad, para que tu familia no sufra accidentes, para que los vientos te pasen de largo, para que el polvillo no toque tu cara, para que las cosechas de tu familia no se inunden, para que no te afecte ningún desastre, para vivir en el abrazo de Dios, para vivir en un nido acogedor. Un cobarde como tú, que siempre busca la carne, ¿tiene corazón, tiene espíritu? ¿No eres una bestia? Yo te doy el camino verdadero sin pedirte nada a cambio, pero no buscas. ¿Eres uno de los que creen en Dios?” (‘Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio’ en “La Palabra manifestada en carne”). “¿Y qué pasa con tu creencia en Dios? ¿Realmente has ofrecido tu vida? Si sufrierais las mismas pruebas que Job, ninguno entre vosotros que seguís a Dios hoy podríais permanecer firmes, todos vosotros caeríais. Y es que hay, sencillamente, una diferencia abismal entre vosotros y Job. Hoy, si la mitad de vuestros bienes fuera incautada os atreveríais a negar la existencia de Dios; si os quitaran a vuestro hijo o hija, correríais por las calles poniendo el grito en el cielo; si tu única manera de ganarte la vida llegara a un callejón sin salida, intentarías polemizar con Dios, preguntarías por qué al principio dije tantas palabras para asustarte. No hay nada que no os atreveríais a hacer en tales momentos. Esto muestra que no habéis obtenido ningún verdadero entendimiento y que no tenéis verdadera estatura” (‘Práctica (3)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios revelaban mi estado, no tenía ninguna duda. En apariencia cumplía a diario con el deber, pero por dentro ocultaba motivaciones despreciables, pensaba que al cumplir con el deber, Dios debía proteger mi salud y a mi familia y todo debía salir bien. Al no satisfacerse mis exigencias y deseos, y al afectarse mis intereses empecé a culpar a Dios por no mejorar mi salud y mi marido no encontrar trabajo. ¿En qué se diferenciaba eso de “intentarías polemizar con Dios”? En ese momento comprendí que mi deseo de bendiciones había impulsado desde siempre mi fe. Solo la tenía por las bendiciones. “No muevas un dedo sin premio” y “cada hombre por sí mismo” eran venenos satánicos que regían mi vida. Había aplicado con Dios una idea mundana transaccional; los utilizaba a Él y a mi deber con el despreciable fin de recibir bendiciones. ¡Hacía tratos con Dios, lo engañaba y lo combatía! Dios me trajo a Su casa, donde me regaba con Sus palabras, para recibir la verdad, librarme de mis actitudes satánicas y ser salvada. Pero, en vez de cumplir bien con mi deber para retribuir Su amor, yo solo era calculadora y lo engañaba. Trataba de razonar con Dios y lo culpaba. Era odiosa, despreciable e indigna de vivir ante Él. Me odiaba y me preguntaba por qué carecía de toda conciencia y razón. Recordé a los israelitas quejándose en el desierto. No daban gracias a Dios por salvarlos de Faraón de Egipto, sino que lo culpaban de que no tenían carne, por eso Dios desató Su ira y dijo: “Ciertamente no entrarán en mi reposo” (Salmos 95:11). Finalmente murieron en el desierto. Según Su carácter justo, Él debería haberme castigado por mis quejas, pero aun así Dios no me quitó la vida. En cambio, me juzgó, y me guio con palabras. para que viera mis ideas erróneas sobre la fe y mi terrible deseo de bendición. Me permitió arrepentirme y cambiar. ¡Fue el amor y la salvación de Dios para mí!

Luego leí más palabras de Dios que me ayudaron a conocerme en mayor profundidad. Dios Todopoderoso dice: “Aunque no lo digan en voz alta, cuando la gente empieza a creer en Dios, puede que piensen en sus corazones: ‘Quiero ir al cielo, no al infierno. No solo quiero ser bendecido yo, sino toda mi familia. Quiero comer bien, llevar ropa buena, disfrutar de cosas bonitas. Quiero una buena familia, un buen marido (o esposa) y buenos hijos. En definitiva, quiero reinar como un rey’. Todo gira en torno a lo que quieren. El carácter que tienen, las cosas que piensan en sus corazones, esos deseos extravagantes, todo ello caracteriza la arrogancia del hombre. ¿Qué me lleva a decir esto? Se trata de la condición de las personas. El hombre es un ser creado que provino del polvo, Dios formó al hombre del barro, y le insufló el aliento de vida. Tal es el bajo estatus del hombre, pero aun así la gente se presenta ante Dios exigiendo esto y aquello. La condición del hombre es muy indigna, así que no debería abrir la boca para exigirle nada a Dios. Entonces, ¿qué debe hacer la gente? Deben esforzarse, ser insensibles a las quejas de los demás, ponerse a trabajar duro y obedecer gustosamente. No se trata de abrazar con alegría la humildad, es que ese es el estatus con el que nacen las personas; deben ser obedientes y humildes de manera innata, porque su estatus es humilde, así que no deben exigirle cosas a Dios ni tener deseos extravagantes con respecto a Él” (‘La naturaleza arrogante es la raíz de la oposición del hombre a Dios’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). El juicio de Dios me puso al descubierto. Dios es el Señor de la creación, Soberano de todo. Es tan honorable, tan grande, pero yo solo soy una criatura salida del polvo y de Su mano. En esencia, soy un ser humilde, sin valor; Satanás me corrompidó a fondo y reboso actitudes satánicas sin pizca de humanidad. No era digna de exigirle nada a Dios. Estar viva hoy, respirar este aliento que Dios me dio, ya es fruto de Su gracia. Pero era arrogante e irracional y le exigía cosas a Dios, pensaba que, por mi fe, Él debía bendecirme y protegerme siempre. para conservar la salud, librarme del mal, y que mi esposo consiguiera trabajo y no hubiera problemas. Si no, me quejaba de Dios y lo culpaba. Realmente no me conocía a mí misma, ¡carecía de toda razón, no tenía vergüenza! Entonces me desprecié de verdad. Recordé estas palabras de Dios: “Si siempre has sido muy leal y amoroso conmigo, pero sufres el tormento de la enfermedad, la pobreza y el abandono de tus amigos y parientes, o soportas cualquier otra desgracia en la vida, ¿aun así continuarán tu lealtad y amor por Mí?” (‘Un problema muy serio: la traición (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”). También leí otro pasaje: “En su creencia en Dios, Pedro buscó satisfacerle en todas las cosas y obedecer todo lo que viniera de Él. Sin la más mínima queja, fue capaz de aceptar el castigo y el juicio, así como el refinamiento, la tribulación y la necesidad en su vida, nada de lo cual pudo alterar su amor a Dios. ¿No era este el máximo amor a Dios? ¿No era esto el cumplimiento del deber de una criatura de Dios? Ya sea en el castigo, el juicio o la tribulación, siempre eres capaz de lograr la obediencia hasta la muerte y esto es lo que debe conseguir una criatura de Dios; esta es la pureza del amor a Dios. Si el hombre puede conseguir tanto, es una criatura calificada de Dios y no hay nada que satisfaga más el deseo del Creador” (‘El éxito o el fracaso dependen de la senda que el hombre camine’ en “La Palabra manifestada en carne”). Estas palabras me inspiraron mucho como si Dios frente a mí me preguntara: “Si esta enfermedad persiste siempre y te enfrentas a más problemas económicos, ¿aún cumplirás tu deber con fervor?”. Era como si, en ese instante, Dios esperara mi respuesta. Me acordé de Pedro que era pescador. A veces trabajaba todo el día sin pescar nada, pero jamás se quejaba con Dios por lo que le faltaba, pues no buscaba las riquezas materiales, él aspiraba a conocer y amar a Dios. Al final fue perfeccionado por Él. Pero yo quería comodidades carnales. y, aun físicamente satisfecha, no recibiría la verdad ni Su aprobación. ¿No carecería eso de sentido? Como los incrédulos. Van tras el dinero y los placeres físicos, y aunque tengan todo lo que quieren, no tienen fe ni la verdad, su vida esta vacía. Cuando venga el gran desastre, sucumbirán, mientras lloran y crujen los dientes. Aunque me faltaran algunas cosas materiales en la vida, tenía a Dios conmigo y Sus palabras me sustentaban y guiaban. Si podía vivir con semejanza humana y ser aprobada por Dios, eso me daría más alegría que cualquier suma de dinero. Por ello, oré a Dios en silencio: “Dios mío, mejore alguna vez o no, o llegue a mi vida una salida, me someteré a Tu gobierno y disposiciones y cumpliré con mi deber. No negociaré más contigo. Te ruego fortaleza para mantenerme firme en Tu testimonio”. Tras mi oración sentía el corazón rebosante de luz y gozo y a Dios muy cerca de mí.

Leí otro pasaje de Sus palabras que me aportó una senda de práctica. Dios Todopoderoso dice: “Sea cual sea la prueba que te sobrevenga, debes considerarla una carga que te da Dios. Digamos que algunas personas padecen graves enfermedades y un sufrimiento insoportable; algunas incluso se enfrentan a la muerte. ¿Cómo deberían plantearse esta situación? En muchos casos, las pruebas de Dios son cargas que les da a las personas. Por muy grande que sea la carga que Dios te haya dado, ese es el peso que debes asumir, pues Dios te comprende y sabe que podrás soportarlo. La carga que Dios te ha dado no superará tu estatura ni los límites de tu resistencia, por lo que no hay duda de que podrás soportarla. Sea cual sea el tipo de carga, la clase de prueba, que Dios te dé, recuerda: tanto si comprendes la voluntad de Dios como si no, recibas o no esclarecimiento e iluminación del Espíritu Santo después de orar, tanto si esta prueba es que Dios te está disciplinando como si te está advirtiendo, da igual que no lo entiendas. Mientras no dejes de cumplir con el deber que has de llevar a cabo y seas capaz de cumplirlo fielmente, Dios estará satisfecho y te mantendrás firme en el testimonio. […] Si, en tu fe en Dios y tu búsqueda de la verdad, eres capaz de decir: ‘Ante cualquier enfermedad o acontecimiento desagradable que Dios permita que me suceda, haga Dios lo que haga, debo obedecer y mantenerme en mi sitio como un ser creado. Ante todo, he de poner en práctica este aspecto de la verdad, la obediencia, aplicarlo y vivir la realidad de la obediencia a Dios. Además, no debo dejar de lado la comisión de Dios para mí ni el deber que he de llevar a cabo. Debo cumplir con el deber hasta mi último aliento’, ¿esto no es dar testimonio? Con esta determinación y este estado, ¿puedes quejarte igualmente de Dios? No” (‘La senda surge al meditar la verdad con frecuencia’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Pensar en esto realmente me ayudó a entender que la enfermedad que tengo y los infortunios que había en casa eran cosas a las que tenía que someterme y además enfrentarme. Tanto si mi salud mejoraba o no, me pusiera lo mal que me pusiera, tenía que continuar cumpliendo con el deber que me correspondía y dar testimonio de Dios.

Después de aquello, aún batallaba con mi salud y en casa nada había cambiado, pero no tenía resentimiento. Cuando empeoraba, sentía presión en el pecho o no respiraba bien, oraba a Dios: “Dios mío, pase lo que pase con mi salud, estoy dispuesta a someterme. Aunque este sea mi último aliento, cumpliré con el deber y me mantendré firme en el testimonio”. Tras orar tenía una sensación de fortaleza en mi interior y el dolor se calmaba. Sorprendentemente, aprendida la lección, tiempo después, mi salud mejoraba un poco y los episodios disminuyeron. Además, mi esposo encontró un empleo. Esta experiencia me enseñó que, se ajuste o no a nuestras nociones lo que hace Dios, es para limpiarnos y salvarnos. Enfermar me hizo sufrir ísicamente, pero fue muy provechoso para mi vida. Corregí mi opinión errónea sobre la búsqueda. ¡Agradezco a Dios Su salvación!

La cita bíblica marcada (*) ha sido traducida de AKJV.

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