Liberada de mi lucha por fama y ganancias

10 Ene 2022

Por Xinliang, Alemania

Cuando comencé a encabezar el equipo de riego, los hermanos en ese deber me consultaban cuando tenían problemas y me tenían mucha estima. Los líderes me pidieron que regara a unos nuevos creyentes extranjeros. y me encargaron enseñar alemán al resto del equipo. Por ello, todos me admiraron aún más y estaban deseando hablarme de sus problemas. Me creía indispensable para el equipo y me encantaba estar rodeada de gente que me admirara.

Después, los líderes enviaron a la hermana Fang a que se uniera a nuestro equipo, alegando que regaría con nosotros a los nuevos. Con el tiempo, descubrí que era muy apta, que enseñaba de manera clara la verdad y que, si los nuevos tenían problemas, no solo sabía las palabras de Dios, sino que, las entrelazaba a su experiencia. Pronto tenían las soluciones que necesitaban. Pasado un tiempo, los hermanos acudían a la hermana Fang si tenían problemas. Eso me desalentaba. Pensaba: “Desde que vino, todos la admiran y le van con sus problemas. ¿Acaso la creen más capaz que yo? ¡Pero soy la líder del equipo! No puedo dejar que ocupe mi lugar, sino que debo recuperarlo”.

Antes de una reunión, Wang hizo un documento en alemán y lo envió al grupo, diciendo que había usado un programa de traducción. Quería que Fang y yo lo revisáramos tras la reunión. Al leerlo, encontré toda clase de problemas de traducción y pensé: “Es mi oportunidad. La hermana Fang sabe hablar alemán, pero no tanto como yo. Ahora tengo que demostrarles que yo soy más capaz”. Así pues, cuando revisé, corregí y reformateé el documento, creí que, cuando los hermanos vieran que mi trabajo lo había dejado así de claro y coherente, sin duda apreciarían mi talento. Acabé pasándome la reunión entera con ese documento, en vez de escuchar realmente. Incluso después de la reunión me pasé toda la noche revisándolo una y otra vez. Me dolía la cabeza y tenía los ojos secos, pero cuando pensé que mis hermanos y hermanas verían mi trabajo y recuperaría su admiración, desapareció mi fatiga. Al día siguiente, mandé el documento al grupo, pero analizaban problemas en torno al riego de los nuevos, le preguntaban a la hermana Fang lo que no entendían. Absolutamente nadie me señaló como la persona que arregló la traducción. Me frusté y me pregunté por qué me habían apartado desde que llegó la hermana Fang. No era mejor que yo. Me senté ante la computadora sin decir nada y sin ganas de entrar al debate. Hasta pensé que, no quería cumplir con ese deber. Justo entonces, de repente una hermana me hizo una pregunta y no sabía qué responder porque, sencillamente, no estaba siguiendo el debate. Como no decía nada, la hermana Fang intervino para dar su opinión y todos estuvieron de acuerdo con ella. Me sonrojé y me avergoncé. Me apresuré a buscar la parte en el documento, y luego noté que no había seguido sus enseñanzas. Me sentí algo culpable en ese momento. Como líder del equipo de riego, debía guiar el aprendizaje y ayudarlos a abordar sus problemas en el deber, pero siempre me comparaba con la hermana Fang y solo me importaba lo que opinaran los demás. No me volcaba en el deber. ¿Cómo podía cumplir correctamente con él?

Después de la reunión recapacité sobre mi estado reciente. Desde que se incorporó la hermana Fang, todos se dirigían a ella con sus problemas y yo era reacia porque me robaba la gloria y el protagonismo. Intenté de todo para lucirme, quería recuperar mi lugar en el corazón de todos. Cuando no conseguí lo que quería, se me bajaron los animos, e incluso quise renunciar. ¿No era una traición a Dios? Al comprender que no me hallaba en el estado correcto, oré en silencio a Dios para pedirle guía hacia el autoconocimiento. Las palabras de Dios: “Cuando las personas no entienden o no practican la verdad, a menudo viven en medio del carácter corrupto de Satanás. Viven en medio de las distintas trampas satánicas, rompiéndose la cabeza en aras de su propio futuro, orgullo, estatus y otros intereses personales. Pero si aplicas esta actitud a tu deber, a buscar y perseguir la verdad, entonces la obtendrás. […] Si siempre trabajas duro en la verdad, a menudo te presentas ante Dios y buscas la verdad, cosecharás el fruto de esta, y lo que vivas tendrá semejanza humana, una humanidad normal y la realidad de la verdad. Si a menudo planeas, contemplas, dedicas tiempo a pensar, te esfuerzas e incluso das tu vida por varias cosas que son para tu beneficio, sin escatimar ningún coste, entonces podrás ganarte el respeto de la gente, y obtener diferentes beneficios y formas de orgullo. Pero ¿qué es más importante, estas cosas o la verdad? (La verdad). La gente entiende este mensaje, pero no busca la verdad, y solo valora sus propios intereses y estatus. Entonces, ¿lo entienden realmente o esta comprensión es falsa? De hecho, son estúpidos. No ven estos asuntos con claridad. Cuando sean capaces de verlos con claridad, habrán ganado un poco de estatura. Esto requiere que busquen la verdad, que dediquen esfuerzo a la palabra de Dios. No pueden ser torpes y descuidados. Si no buscas la verdad y llega el día en que Dios diga que ha terminado de hablar, que no desea decirle nada más a la humanidad ni hacer nada más, y que ha llegado el momento de poner a prueba el trabajo del hombre, entonces tu destino es ser eliminado” (La comunión de Dios). Leer las palabras de Dios me atravesó el corazón. Recordé mi conducta reciente y, aunque aparentemente cumplía con el deber, solamente protegía mis intereses y mi estatus siempre. Al ver que la hermana Fang me superaba en aptitud y capacidad y que los demás miembros del equipo la estimaban, tuve una crisis, como si mi puesto estuviera amenazado. Competía y me comparaba en secreto con ella. y quería que todos creyeran que yo era mejor en el trabajo. Solo quería recuperar la admiración de todos. ¿No protegía mi estatus personal con la excusa del deber? Dios me elevó a líder de equipo para que atendiera a Su voluntad y defendiera la iglesia. Esperaba que yo aprendiera a usar la verdad para resolver los problemas y practicarla hasta que mi carácter corrupto se transformara un poco. Sin embargo, no la practicaba en absoluto. Estaba atrapada en un estado de lucha por la reputación y no pensaba más que en superar a la hermana Fang y en si lograría que los hermanos me admiraran. Marginaba completamente el deber. Cuando no recibí prestigio y estatus, quise renunciar y traicionar a Dios. Eso era oposición a Dios. En ese momento tuve algo de miedo, y supe que estaba en tinieblas y que había perdido al Espíritu Santo porque a Dios le repugnaba todo lo que yo hacía, por lo que me había ocultado Su rostro. Si no me arrepentía, me eliminaría. Cuando comprendí todo esto, enseguida me presenté ante Dios a orar, diciendo: “Dios mío, no quiero hablar y actuar solo por mi prestigio y estatus, pero no me puedo controlar. Te ruego tu guía para poder practicar la verdad”.

Después leí un pasaje de Sus palabras que me enseñó a renunciar a todo aquello. Las palabras de Dios dicen: “Aquellas que son capaces de poner en práctica la verdad pueden aceptar el escrutinio de Dios cuando hacen las cosas. Cuando aceptas el escrutinio de Dios, tu corazón se corrige. Si solo haces las cosas para que otros las vean, y no aceptas el escrutinio de Dios, ¿sigue estando Dios en tu corazón? Las personas que son así no tienen reverencia hacia Dios. No siempre hagas las cosas para tu propio beneficio y no consideres constantemente tus propios intereses; no consideres tu propio estatus, prestigio o reputación. Tampoco tengas en cuenta los intereses humanos. Primero debes tener en cuenta los intereses de la casa de Dios y hacer de ellos tu principal prioridad. Debes ser considerado con la voluntad de Dios y empezar por contemplar si has sido impuro o no en el cumplimiento de tu deber, si has hecho todo lo posible para ser leal, por completar tus responsabilidades y lo has dado todo, y si has pensado de todo corazón en tu deber y en la obra de la casa de Dios. Debes meditar sobre estas cosas. Piensa en ellas con frecuencia y te será más fácil cumplir bien con el deber” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios son muy claras. Quien considera la voluntad de Dios tiene un lugar en Su corazón. y es capaz de aceptar Su escrutinio en todo lo que hace. Puede renunciar a su reputación, su estatus y sus intereses y considerar los intereses de la casa de Dios, dando todo en el deber. Es la clase de persona que alegra a Dios. Pensándolo en serio, la enseñanza de la verdad de la hermana Fang era muy clara, y sus sugerencias beneficiaban a nuestra labor más que las mías. Esto era beneficioso para la iglesia y la vida de los demás. Era bueno que los demás le consultaran a la hermana Fang más que a mí para que todos pudieran aprender juntos. Era algo bueno. Sin embargo, en vez de pensar en eso, solo me importaban mis intereses y mi situación. Al ver que los demás admiraban a la hermana Fang, sentía que me robaba mi lugar, así que me oponía a ella en secreto. ¿No perjudicaba los intereses de la casa de Dios? Me sentí fatal cuando vi todo esto claro. Me desprecié mucho y quería practicar la verdad para satisfacer a Dios. Posteriormente, me esforcé en renunciar a mi reputación y, cuando compartíamos y estudiábamos, ya no pensaba en lucirme para parecer mejor que ella. Al contrario, me centraba en sosegarme ante Dios y pensar en cómo enseñar con más eficacia. Podía controlarlo bien cuando los hermanos acudían a la hermana Fang. No importaba a quién preguntaran mientras el problema se resolviera. Y cuando tenía problemas en el deber, la consulté y la escuché. Estaba mucho más tranquila haciendo así las cosas y en el deber me guiaba el Espíritu Santo, para resolver problemas. Por lo tanto, el trabajo mejoró. Agradecía a Dios que me guiara.

Tras esta experiencia creía conocerme un poco y haberme transformado hasta cierto punto, pero luego paso algo que me hizó reflexionar y comprenderme más a fondo. Una tarde, una líder me envió un mensaje para decirme que trabajara con Fang en una de mis tareas para terminarla cuanto antes. Esto me hizo muy poca gracia. Yo era la responsable desde el principio, por lo que la incorporación de Fang me hizo sentir que la líder pensaba que era mejor que yo, que ella ayudaría a mejorar mi trabajo. Después, si salía bien aquel proyecto, los esfuerzos de Fang serían notados. Sabía que era eficaz e inteligente y que su aptitud y capacidad eran mejores, además de que al resto le caía bien. Percibí una crisis inminente. Si la líder veía que ella lo hacía mejor que yo, ¿la pondría en mi puesto de líder del equipo? Al pensarlo, noté que la ansiedad me oprimía el pecho. Comprendí que de nuevo estaba compitiendo con la hermana Fang, pero cuando pensé en la posibilidad de que ocupara mi puesto, me puse muy nerviosa, con gran temor a perderlo. Pensé: “Tengo que demostrar de inmediato que estoy a la altura”. Por ello, dividí el proyecto en dos partes iguales, una para cada una. Así vería la líder lo que yo había hecho y estaría claro quién había logrado más. Resurgió la sensación de rivalidad que yo no había erradicado.

Cuando dividí el trabajo no le comuniqué a Fang los pormenores porque no quería compartir con ella lo que sabía. Temía que lo entendiera muy rápido. Solamente le mandé un mensaje superficial sobre dividir el trabajo de la iglesia. Los siguientes días trabajé sin cesar en el proyecto, pensaba que, siempre que lo hiciera bien y muy rápido, la líder me creería más eficaz y eficiente que la hermana Fang. Entonces ella estaría de acuerdo conmigo y mi puesto estaría a salvo. En esta época, cuando los hermanos necesitaban ayuda en el deber, hacía todo lo posible para ayudarlos. ya que, si salía todo bien, más demostraría mi capacidad e importancia en el equipo. Creía que entonces me consolidaría. Además, vigilaba los progresos de Fang por miedo a quedarme atrás. No podía hallar serenidad en el deber, y estaba más ansiosa. Como no comprendía los problemas, progresaba lentamente. Iba en pos de la reputación y el estatus. Si la líder no lo hubiera averiguado, no hubiera reflexionado. Transcurrida una semana sin progresos, la líder me consultó la situación y me preguntó por nuestra cooperación. Señaló, que no hice bien mis tareas clave y me preguntó en qué había estado trabajando. Le puse algunas excusas: que no había gestionado bien el tiempo y que el trabajo era difícil. En realidad yo sabía que todo se debía a que iba en pos de la reputación y la ganancia, no trabajaba bien con Fang y mi corazón no estaba donde debía. Perdí la guía de Dios. Al ver que me justificaba, la líder me trató por no priorizar correctamente el trabajo y me preguntó por mi estado. Le comenté lo que había revelado últimamente.

Me leyó un pasaje de las palabras de Dios y me enseñó la naturaleza de la lucha por la reputación. Eso me ayudó a entender mejor mi carácter corrupto. Dice Su palabra: “Siempre que están en un grupo, lo primero que hacen los anticristos es ganarse la confianza y el aprecio de la gente y conseguir que más personas los respeten, admiren e idolatren, a fin de lograr su objetivo de tener el poder absoluto y la última palabra en el grupo. […] Harán lo que sea por alcanzar el estatus, por ser los peces gordos de un grupo, sin dejar pasar ningún individuo ni ningún factor que amenace su estatus. Por supuesto, los anticristos son susceptibles de emplear cualesquiera medios necesarios para lograr esto. Cualquiera que sea elocuente, que hable con lógica, de manera ordenada y bien organizada, se convierte en objeto de su envidia, en un objetivo que imitar y, asimismo, en blanco de su rivalidad. Aquellos que buscan la verdad y tienen convicción, que suelen ayudar y apoyar a los hermanos y hermanas sacándolos de la negatividad y la debilidad, también se convierten en blanco de su rivalidad. Todo aquel que sea hábil en una determinada tarea y reciba un poco de admiración de los hermanos y hermanas también se convierte en blanco de su rivalidad. Aquellos cuyo trabajo es fructífero y que son elogiados por lo alto son un blanco aún mayor de su rivalidad. ¿Y cuál es su expresión característica en cualquier grupo? Esta gente no necesariamente quiere alcanzar el estatus más alto ni tener un grado de control sobre la gente, lo que pasa es que tiene un determinado carácter, una mentalidad determinada, que les instruye a hacerlo. ¿Qué mentalidad es esta? La de ‘¡Debo competir! ¡Competir! ¡Competir!’. Su carácter es ‘competir’. El suyo es un carácter que nadie puede contener. Nadie puede controlarlo, ni siquiera ellos mismos; han de competir” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (III)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Medité lo que revela este pasaje de estos estados. Describía mi estado perfectamente. En el deber siempre quería que me admiraran y tener cierto estatus. Al creer era probable que la hermana Fang ocupara mi puesto, la consideré como una adversaria, y la enfrenté en secreto, para conservar el puesto. Dividí el trabajo para ver quién era más eficaz y a través de ayudar a los demás con sus problemas, para demostrar que era más responsable que ella, mejor la verdad y el trabajo, con la esperanza de que vieran que era alguien fuerte y capaz y de consolidar mi posición. Estaba obsesionada con mi lucimiento, con compararme con ella. ¿No era este el carácter de un anticristo, revelado por Dios? Entendí que la líder quería que trabajáramos juntas, primero, para poder ser más eficaces y acabar antes el proyecto. Sin embargo, mi corazón estaba lleno de intrigas, quise utilizar mi deber para afianzarme sin pensar en la labor de la iglesia. No me volcaba en la comisión de Dios, sino que no pensaba más que en cómo dar buena imagen. Tramaba contra Fang para asegurar el puesto, lo que retrasó el trabajo. ¿Cómo cumplía con el deber? Obviamente, servía por completo a Satanás, ¡y saboteaba la labor de la iglesia!

Leí más pasajes de las palabras: “Un anticristo puede pertenecer a cualquier grupo y, ya sea un farsante o alguien que trabaja duro, hay algo que siempre acecha en el fondo de su corazón: el estatus. En todo lo que hace, tiene que competir con otros por el estatus, por el orgullo, por la ventaja. La manifestación más común es competir por una buena reputación, por un juicio favorable, por un lugar en el corazón de la gente, para que esta lo venere, tenga un concepto elevado de él y orbite alrededor de su persona. Esta es la senda que recorren los anticristos y son las cosas concretas por las que compiten” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (III)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). “Si tanto valoras el estatus y el prestigio, estás profundamente apegado a ellos, no soportas la idea de renunciar a ellos, si siempre crees que sin estatus y prestigio no hay gozo ni esperanza en la vida, que debes vivir siempre por el estatus y el prestigio, que estas dos cosas deben gobernarte, que, aunque al final no logres tus metas, no puedes rendirte del todo y debes perseverar hasta el final mientras haya un hilo de esperanza... Si tienes semejantes ideas, es improbable que seas muy exigente contigo mismo en cuanto a lo que practicas y eres susceptible de hacer la vista gorda con tu práctica. […] Esa búsqueda del estatus afecta a tu capacidad de ser una criatura aceptable de Dios y, naturalmente, a tu capacidad de cumplir con el deber a un nivel aceptable. ¿Por qué digo esto? Nada es más aborrecible para Dios que el hecho de que la gente busque el estatus, pues la búsqueda del estatus es una actitud corrupta; nace de la corrupción de Satanás y, en opinión de Dios, no debería existir. Dios no dispuso que eso se le concediera al hombre. Si siempre compites y luchas por el estatus, si lo valoras constantemente, si siempre quieres usurparlo para tenerlo, ¿esto no comporta cierta naturaleza de animadversión hacia Dios? Dios no dispone que la gente tenga estatus; Él la provee de la verdad, el camino, y la vida, y al final la convierte en criaturas aceptables de Dios, pequeñas e insignificantes criaturas de Dios, no en personas con estatus y prestigio veneradas por miles de personas. Por ello, se mire por donde se mire, la búsqueda del estatus es un callejón sin salida. Por muy razonable que sea tu excusa para buscar el estatus, esta senda sigue siendo equivocada y Dios no la elogia. Por más que lo intentes o por mucho que sea el precio que pagues, si deseas estatus, Dios no te lo dará; si no te lo da Dios, fracasarás en tu lucha por conseguirlo, y si sigues luchando, solo se producirá un resultado: ¡la muerte! Esto es un callejón sin salida; lo entiendes, ¿verdad?” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (III)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Me aterró leer esto en las palabras de Dios. No buscaba la verdad en el deber, sino que me desvivía por la reputación para cumplir mis deseos. Iba por la senda de un anticristo. Me pregunté por qué me centraba tanto en perseguir estas cosas. Por la corrupción de Satanás. De niña había oído que “el hombre lucha hacia arriba y el agua fluye hacia abajo” y “todo buen soldado sueña con ser general”. Impregnada de estos venenos de Satanás, creía no valer si me conformaba con ser normal. Quería estar por encima si no, no tendría valor. Eso se había convertido en mi pilar como persona. No podía evitar estas filosofías satánicas, ni siquiera por ser creyente. Ante alguien que pudiera superarme, tenía que enfrentarme a él y demostrar mis cualidades. Quería un lugar en el corazón de la gente, que todos me rodearan y admiraran. Creía que eso era tener valor. Con esa clase de perspectiva y búsqueda, No estaba pudiendo cumplir con mi deber desde mi lugar de ser creado fingía que lo cumplía mientras competía con Dios. ¡Ofendía el carácter de Dios y me oponía a Él! Si no me arrepentía, Dios me eliminaría. Me asusté. Vi lo sumamente peligrosa que era la senda por la que iba. Rápidamente, fui ante Dios en oración y me arrepentí. Aunque la hermana Fang tomara mi lugar como líder de equipo, me sometería. Siempre pensé que eso era solo una pequeña muestra de corrupción, así que no lo tomaba en serio. Pero, con el juicio y la revelación de las palabras de Dios, comprendí su gravedad y tuve el sincero deseo de corregir mi corrupción. Luego, leí unas palabras de Dios sobre este aspecto. Un pasaje dejó una impresión especial y me ayudó a descubrir una senda. “Como una de las criaturas, el hombre debe mantener su propia posición y comportarse concienzudamente. Debes guardar con sumisión aquello que el Creador te ha confiado. No debéis actuar de forma inaceptable ni hacer cosas más allá de vuestra capacidad, ni las que son aborrecibles para Dios. No tratéis de ser grandioso, ni de convertirte en un superhombre ni de estar por encima de los demás, ni de buscar volverte Dios. Así es como las personas no deberían desear ser. Buscar ser grandioso o un superhombre es absurdo. Procurar convertirse en Dios es incluso más vergonzoso; es repugnante y despreciable. Lo que es elogiable, y a lo que las criaturas deberían aferrarse más que a cualquier otra cosa, es a convertirse en una verdadera criatura; este es el único objetivo que todas las personas deberían perseguir” (‘Dios mismo, el único I’ en “La Palabra manifestada en carne”). Sus palabras me iluminaron el corazón y entendí Su voluntad. Ser una persona extraordinaria, un supermán, no es lo que debe buscar un ser creado. Debemos asumir nuestro lugar de criaturas de Dios y llevar a cabo lo que nos confíe. Esta es la búsqueda correcta y también la que aprueba Dios.

Después, cuando me daban ganas de volver a luchar por la reputación, me esforzaba por orar a Dios y renunciar a mí, e iba a buscar a Fang para hablarle de cuestiones de nuestro deber. Cuando me sinceré de verdad con ella, descubrí que tenía ideas bastante buenas acerca de cómo hacer las cosas aportamos ideas,y tuvimos un plan de acción. La hermana Fang también se esforzó por hacer un resumen de su experiencia conmigo para mejorar mi eficacia. Sentí vergüenza y mucha emoción. Era de gran ayuda tener a mi lado a una compañera así y me odié por haber estado tan ciega, por luchar por la reputación y perder oportunidades de recibir la verdad. Después dejó de preocuparme que Fang me sustituyera como líder de equipo. Estaba mucho más relajada y era más eficaz en el deber. Y, al trabajar en equipo, terminamos aquel proyecto sin darme cuenta. Al repasar todo esto, realmente noté que Dios está a mi lado y creó muchas situaciones que purificaron y cambiaron mi carácter corrupto. También me juzgó, me desenmascaró, y me guió con Sus palabras, y adquirí cierto autoconocimiento. Rebosaba gratitud hacia Dios y decidí cumplir correctamente con el deber y satisfacerlo.

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