Reflexiones sobre seguir a alguien cuando se cree en Dios

4 Dic 2022

Por Xiaolu, China

En noviembre de 2018, Lucía, una líder superior, vino a supervisar el trabajo de nuestra iglesia. Había un miembro que propagaba prejuicios contra los líderes y estaba formando un bando para perturbar la iglesia. Hablamos muchas veces con él, pero no se arrepentía. Dudábamos si debíamos calificarlo de anticristo, así que le preguntamos a Lucía. Lucía usó verdades sobre cómo discernir anticristos para enseñarnos a decidir, y eso nos dio una solución. En nuestras charlas también supe que, cuando Lucía era una nueva líder, se ocupó en solo dos semanas de cierto caos en la iglesia que otros no habían resuelto en dos meses. Ya líder superior, había supervisado el trabajo de muchas iglesias y resuelto muchos de sus problemas. Sin darme cuenta, empecé a admirarla. Luego, mi compañera y yo nos topamos con unos asuntos que no entendíamos, así que esperamos a que viniera Lucía a orientarnos. Un mes después, por fin volvió a nuestra iglesia. Le conté inmediatamente los asuntos y dificultades que afrontábamos, y pronto arregló de nuevo las cosas. Tras varios encuentros con Lucía, la admiraba mucho. Para mí, merecía ser líder superior, comprendía la verdad y tenía discernimiento. Le resultaba fácil ocuparse de los problemas que yo, francamente, no podía resolver. Esperaba que pudiera venir a orientarnos más a menudo. Para mi sorpresa, destituyeron a Lucía un par de meses más tarde. Era arrogante y autoritaria en el trabajo y no aceptaba la verdad. Interrumpía el trabajo de la iglesia. Me resultaba inconcebible su destitución, pero también pensaba que podría ser buena para ella. Si era capaz de conocerse y transformarse, podría volver a asumir un trabajo importante. Así pues, aunque la habían destituido, no cambió para nada el lugar que ocupaba en mi corazón.

Meses después, la iglesia nos asignó a Lucía y a mí la responsabilidad de la labor de depuración. Yo estaba encantada. Quería aprovechar esa oportunidad para aprender más de ella. Luego, cuando debatíamos los asuntos, ella siempre sabía encontrar principios pertinentes que enseñar para hallar soluciones. También hablaba mucho de que llegó a líder poco después de sumarse a la fe, de cómo había mejorado el trabajo gracias a su esfuerzo y de que se había conocido a sí misma tras su destitución, y afirmaba que la iglesia le estaba dando otra vez un trabajo importante. Todo esto hacía que la admirara aún más, y siempre acudía a ella con mis preguntas. Ella siempre tenía respuesta. Con el tiempo dejé de centrarme en orar y buscar a Dios en el deber, y confiaba en Lucía en todo ya que creía que en todo tenía razón. Pero por entonces le daba mucha importancia a ella. La adulaba ciegamente, y a punto estuve de cometer una gran maldad con ella.

Un día me enteré de que antes, cuando Eleonora era líder, criticó a su compañera ante su familia porque tenía prejuicios contra ella. Su familia contó estas cosas en una reunión de grupo. La líder de la iglesia calificó de anticristo a Eleonora solo por aquello. Para su familia, esa forma de abordarlo no era acorde con los principios, así que redactó una carta para denunciarlo, pero la líder de la iglesia calificó a la familia de Eleonora de banda de anticristos y los aisló. Al mirar los documentos de expulsión de Eleonora, vi que simplemente vivía inmersa en un carácter corrupto y que manifestó ciertas críticas. No estaba peleando por el estatus ni iba a fundar su propio reino; no era un anticristo. Su familia redactó esa carta de denuncia para señalar un problema, pero no formó un bando ni perturbó la labor de la iglesia. No se les debería haber calificado de anticristos. Además, yo me había relacionado con Eleonora años antes. Tenía una humanidad aceptable y no parecía una malhechora. Me preguntaba si se había equivocado la líder al calificarla de anticristo y expulsarla. No es un asunto menor. Quería la ayuda de Lucía para pensarlo de nuevo, pero, sorprendentemente, me dijo, muy concluyente: “Eleonora criticó a su compañera, lo que es un acto malvado. Como su familia habló en su defensa, es una banda de anticristos. Podemos revisar si hicieron más cosas malvadas”. No me pareció correcto que fuera tan concluyente, pero entonces pensé que, si Lucía estaba tan segura, debía de tener muy controladas las cosas. A fin de cuentas, había sido líder superior y tenía mucha experiencia y gran discernimiento. Debía de conocer la verdad y ver las cosas mejor que yo. Así pues, cambié de tono: “Hace unos años que no tengo contacto con Eleonora. No sé si ha cometido otras maldades. Vamos a investigarlo, y entonces decidimos”. Pronto recibí más información sobre Eleonora. No había cometido más maldades y, tras juzgar a su compañera, hizo introspección y se conoció a sí misma. Su familia no propagaba críticas por todos lados ni hacía que otros defendieran a Eleonora. A tenor de su conducta, no se les debería haber calificado de anticristos ni expulsado. Fue muy displicente y creía correcto calificar a Eleonora de anticristo. Asimismo, señaló: “Si dejamos a los anticristos en la iglesia y siguen haciendo el mal e interrumpiendo, ¡participamos de su maldad!”. Otra hermana tampoco estaba de acuerdo con Lucía. También ella dijo que no eran una banda de anticristos, sino que solo habían exhibido corrupción y que debíamos readmitirlos en la iglesia. Lucía sostuvo con confianza: “Aunque Eleonora no sea un anticristo, es una malhechora. Difamó a su colaboradora ante su familia, y esta lo contó en una reunión y luego redactó una carta de denuncia. ¿Eso no es perturbar la iglesia? No podemos readmitirlos, sino que hemos de conocer mejor su maldad”. No obstante, yo dudé un poco tras oír hablar a Lucía. Como ella estaba tan segura de que había que expulsar a Eleonora, ¿tenía yo una perspectiva limitada al respecto? ¿Realmente era una malhechora Eleonora? Lucía había sido líder mucho tiempo, debía tener una visión más amplia. Supuse que me faltaba discernimiento y que podíamos seguir investigando lo que había hecho Eleonora. Por tanto, pese a que no me sentía totalmente tranquila, me fortalecí y mandé a algunos hermanos y hermanas que indagaran más en ello. Me sentí muy incómoda cuando lo ordené, y mi corazón quedó en tinieblas. La verdad, no puedo describir cómo me sentó. Oré a Dios para pedirle que me guiara, a fin de conocerme a mí misma en esto y saber actuar según Su voluntad.

Después de orar leí estas palabras de Dios: “Dios vigila a cada iglesia y cada persona. Da igual cuántas personas haya cumpliendo un deber o siguiendo a Dios en una iglesia, en el momento en que se apartan de Sus palabras, en el momento que pierden la obra del Espíritu Santo dejan de experimentar la obra de Dios y, así, ellas y el deber que cumplen no tienen ninguna conexión ni forman parte de la obra de Dios, en cuyo caso esta iglesia se ha convertido en un grupo religioso. ¿No diríais que estas personas están en grave peligro? Nunca buscan la verdad cuando se enfrentan a los problemas y no actúan según los principios de la verdad, sino que están sujetas a los arreglos y manipulaciones de los seres humanos. Incluso hay muchos que, durante el cumplimiento de su deber, nunca oran ni buscan los principios de la verdad; se limitan a preguntarles a otros y a hacer lo que les dicen, a actuar según las indicaciones de los demás. Lo que sea que les indiquen hacer, lo hacen. Creen que orar a Dios acerca de sus problemas y buscar la verdad resulta vago y difícil, así que buscan una solución simple y fácil. Suponen que confiar en los demás y hacer lo que les dicen es fácil y más práctico, así que simplemente hacen lo que dicen los demás, preguntan a otros y hacer todo lo que les dicen. A consecuencia de ello, a pesar de llevar creyendo muchos años, al enfrentarse a un problema ni una sola vez se han presentado ante Dios, orando y buscando Su voluntad y la verdad, para luego alcanzar una comprensión de la verdad y actuar y comportarse de acuerdo con la voluntad de Dios; jamás han tenido tal experiencia. ¿Practican realmente esas personas la fe en Dios?” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo con temor a Dios se puede recorrer la senda de la salvación). Las palabras de Dios enseñan que, cuando alguien no lo lleva a Él en el corazón, no busca los principios de la verdad, sino que escucha a otra gente y sigue sus planes. Eso no es practicar la fe en Dios, y Él no reconoce esa clase de fe. ¿No era ese precisamente mi estado? En cuanto a la familia de Eleonora, Lucía afirmó estar segura de que era una banda de anticristos. Para mí, eso no concordaba con los hechos, pero la tenía en tan alta estima que no busqué los principios de la verdad. Aceptaba todo lo que me mandara hacer. Con los resultados de la investigación vi que se les había calificado incorrectamente, pero, ante la persistencia de Lucía, ignoré mis opiniones. Aunque me sentía incómoda, seguí sin buscar los principios de la verdad. Simplemente me obligué a hacer lo que dijera Lucía. No llevaba a Dios en el corazón. ¿Qué tenía eso de fe? Cada vez me sentía peor. Siempre me había considerado una creyente sincera. Jamás imaginé que idolatraría y seguiría a una persona. Me sentía intranquila. Como ya había desagradado a Dios, si no me arrepentía, Él podría descartarme de verdad. Asustada por esta idea, oré para pedirle a Dios que me guiara a fin de cambiar de estado, buscar la verdad y considerar a Eleonora y a su familia según los principios.

Después busqué principios de la verdad pertinentes para el asunto de Eleonora y aprendí la diferencia entre un anticristo y alguien con un carácter corrupto normal. El principal rasgo de los anticristos es que consideran el poder vida y siempre quieren controlar a los escogidos de Dios. Castigan a la gente para conquistar el poder. Hacen muchísimo mal e interrumpen gravemente la labor de la iglesia. Además, los anticristos son, en esencia, gente malvada carente de toda humanidad. No sienten pesar, y ni mucho menos arrepentimiento, por mucho mal que hayan hecho. La gente corrupta normal no puede evitar hablar y hacer cosas por la reputación y el estatus, pero tiene razón y conciencia, puede aceptar la verdad y hacer introspección. Tras tomar la senda equivocada, puede mostrarse arrepentida gracias al trato de los hermanos y hermanas y a la disciplina y reprensión de Dios. Como dicen las palabras de Dios: “Sin importar quién sea, cuánto mal haya hecho, qué tan grandes sean los errores que haya cometido, si se trata o no de un anticristo o de alguien con un carácter de anticristo se determina según la persona sea capaz de aceptar la verdad, de aceptar la poda y el trato, y según tenga remordimiento genuino. Si puede aceptar la verdad, puede aceptar la poda y el trato, tiene remordimiento, y si puede entregar de buen grado una vida de servicio a Dios, entonces sí tiene cierta intención de arrepentirse, y tales personas no deben catalogarse de anticristos” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9 (III)). Ya sabía dentro de mí que Eleonora no era un anticristo ni su familia una banda de anticristos. No podía continuar vacilando y escuchando ciegamente a alguien.

Continué buscando. Cuando Lucía y yo veíamos las cosas de forma distinta, ¿por qué no buscaba los principios, sino que le seguía el juego ciegamente? ¿Cuál era la raíz del problema? Recordé estas palabras de Dios: “Lo que tú admiras no es la humildad de Cristo, sino a esos falsos pastores de destacada posición. No adoras la belleza ni la sabiduría de Cristo, sino a esos licenciosos que se regodean en la inmundicia del mundo. Te ríes del dolor de Cristo, que no tiene lugar donde reclinar Su cabeza, pero admiras a esos cadáveres que cazan ofrendas y viven en el libertinaje. No estás dispuesto a sufrir junto a Cristo, pero te lanzas con gusto a los brazos de esos anticristos temerarios a pesar de que solo te suministran carne, palabras y control. Incluso ahora tu corazón sigue volviéndose a ellos, a su reputación, su estatus, su influencia. Además, continúas teniendo una actitud por la cual la obra de Cristo te resulta difícil de soportar y no estás dispuesto a aceptarla. Por eso te digo que te falta fe para reconocer a Cristo” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¿Eres un verdadero creyente en Dios?). Al leer las palabras de Dios, vi que idolatraba y seguía a una persona porque, en mi fe, Cristo no era vital, sino que yo idolatraba el estatus y el poder. Como Lucía había sido líder superior y tenía buenas soluciones cuando supervisaba el trabajo, yo creía que conocía la verdad, así que la respetaba y admiraba. Por eso no tenía ideas ni opiniones propias cuando colaborábamos. Hacía lo que ella dijera y consideraba por completo que sus palabras eran la verdad. Hasta en algo tan importante como si debía expulsarse o no a Eleonora y a su familia seguí ciegamente a Lucía, lo que demoró la readmisión de esa familia en la iglesia y su entrada en la vida. Dios valora la vida de toda persona. Los oprimidos por falsos líderes no pueden llevar una vida de iglesia durante mucho tiempo. Viven en tinieblas, desamparados y sufriendo. Pero yo no pensaba en la voluntad de Dios; no me responsabilizaba de la entrada de nadie en la vida. En cuanto a la familia de Eleonora, yo siempre hice caso a una persona. Estaba confundidísima. Sin esas tinieblas espirituales y ese dolor, no habría despertado, sino que habría continuado haciendo el mal. Oré a Dios arrepentida: “¡Dios mío! No quiero continuar adulando y siguiendo a una persona. Quiero honrar Tu grandeza y actuar según los principios de la verdad”. Después, cuando vi a Lucía, le comenté mi opinión, y me dijo bruscamente: “Luego lo hablamos”. Entonces cambió de tema. Veía que se aferraba a su idea y no le importaba la vida de nadie. Me enojé. Decidí que, a toda costa, tenía que contarle a la líder la situación de la familia de Eleonora. Días más tarde vino la líder a llevar a cabo algo de trabajo, y reveló que Lucía había sido autoritaria en la labor de depuración, que había calificado a la gente de forma arbitraria en contra de los principios, una grave perturbación a la labor de la iglesia, y la destituyó. Aparentemente, en el caso de Eleonora, Lucía era muy consciente de haberse equivocado, pero no lo quería admitir. Ordenó personalmente que se recabara información de Eleonora para criticarla, decidida a que a su familia y a ella los expulsaran por anticristos. Yo estaba enojadísima. Con tal de preservar su estatus, no le importaba la vida de los hermanos y hermanas. Era algo sumamente malvado. Al recordar mi época con Lucía, veo que ella siempre hablaba de todo su esfuerzo, por lo que yo la consideraba alguien que buscaba la verdad. No analizaba las motivaciones y la esencia de sus actos según la verdad. Compartir realmente una experiencia implica hablar de lo que has llegado a saber gracias al juicio de Dios, de qué verdades has aprendido y de cómo has practicado la verdad para satisfacer a Dios, pero Lucía no podía hablar del auténtico entendimiento. Esos tiempos duros de los que hablaba eran para enaltecerse y dar testimonio de sí misma, para recibir admiración. Iba por la senda de un anticristo. Aprendí a discernir un poco cómo era Lucía y me detesté aún más. Yo era creyente desde hacía años, pero no veía las cosas a través de las palabras de Dios. Solo veía los dones y la aptitud de la gente e idolatraba el estatus y el poder. Estuve a punto de hacer el mal con Lucía, expulsando a la gente equivocada. ¡Qué ciega e ignorante! Al pensarlo empecé a tener miedo.

Después leí otro pasaje de las palabras de Dios. “Cuando alguien es elegido líder por los hermanos y hermanas, o la casa de Dios lo promueve para que lleve a cabo determinado trabajo o deber, esto no significa que tenga un estatus o una identidad especiales, que las verdades que comprenda sean más profundas y más numerosas que las de otras personas, y ni mucho menos que esta persona sea capaz de someterse a Dios y no traicionarlo. Tampoco significa que conozca a Dios y que sea una persona temerosa de Él. De hecho, no ha logrado nada de esto; la promoción y el cultivo son solamente promoción y cultivo en el sentido más simple, y no es lo mismo que haber recibido un destino y aprobación por parte de Dios. Su promoción y cultivo simplemente significan que ha sido promovida y está a la espera de ser cultivada. El resultado final de este cultivo depende de si esta persona busca la verdad, y de si es capaz de elegir la senda de búsqueda de la verdad. Por lo tanto, cuando en la iglesia alguien es promovido y cultivado para que sea líder, solo se le promueve y cultiva en sentido directo; no quiere decir que ya sea un líder capacitado o competente, que ya sea capaz de asumir la labor de un líder y hacer un trabajo real; eso no es así. La mayoría de la gente no ve con claridad estas cosas y admiran a quienes son promovidos, confiando en sus fantasías, pero esto es un error. Independientemente de cuántos años lleve creyendo, ¿alguien que es promovido realmente posee la realidad de la verdad? No necesariamente. ¿Puede llevar a buen puerto la organización del trabajo de la casa de Dios? No necesariamente. ¿Tiene sentido de la responsabilidad? ¿Tiene compromiso? ¿Es capaz de someterse a Dios? Ante un problema, ¿es capaz de buscar la verdad? No se sabe. ¿Tiene la persona un corazón temeroso de Dios? ¿Y cuánto lo teme? ¿Es susceptible de seguir su propia voluntad al hacer las cosas? ¿Es capaz de buscar a Dios? Durante el período en que lleva a cabo el trabajo de líder, ¿se presenta ante Dios de manera regular y frecuente para buscar Su voluntad? ¿Sabe guiar a la gente para entrar en la realidad de la verdad? Sin duda es incapaz de tales cosas en lo inmediato. No ha recibido formación y tiene muy poca experiencia, así que no puede hacer esas cosas. Es por eso que promover y cultivar a alguien no quiere decir que ya entienda la verdad ni que ya sepa cumplir satisfactoriamente con el deber. […] ¿Por qué digo esto? Para advertir a todos de que deben abordar correctamente la promoción y el cultivo de diversos tipos de talentos por parte de la casa de Dios, y que no han de ser duros en las exigencias a estas personas. Naturalmente, la gente tampoco ha de tener una opinión poco realista de ellas. Es de necios darles demasiado reconocimiento o reverencia y no es humano ni realista ser demasiado duros en vuestras exigencias hacia ellas. Entonces, ¿cuál es la manera más racional de comportarse con ellas? Pensar que son personas corrientes y, cuando haya un problema que requiera búsqueda, hablar con ellas, aprender de los respectivos puntos fuertes y complementarse unos a otros” (La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros). Las palabras de Dios son muy claras. Ser elegido líder no implica que esa persona conozca la verdad y cumpla adecuadamente su deber. Los líderes también son corruptos. Puede que se rijan por sus caprichos y experiencias y que vulneren los principios. Tenemos que discernir a la gente según los principios de la verdad y no seguir ciegamente a nadie. Además, aunque la verdad que enseñen los líderes pueda aportar iluminación, se trata del esclarecimiento del Espíritu Santo y hay que aceptarlo de parte de Dios. No debemos idolatrar y seguir ciegamente a nadie. Si en el trabajo de un líder se dan errores o descuidos, o si él vulnera algún principio de la verdad, hay que abordarlo correctamente. Con amor se pueden brindar consejos y ayuda para que el líder pueda cambiar y actuar según los principios. Pero yo, como idolatraba el estatus y el poder, creía equivocadamente que Lucía, por haber sido líder superior, tenía que conocer la verdad mejor que yo. Tenía un concepto muy equivocado. Hacía años que ella era líder y tenía cierta experiencia de trabajo, sabía hablar de doctrinas y resolver algunos problemas, pero eso no implicaba que comprendiera la verdad. A la luz de esto, la enseñanza y comprensión de Lucía normalmente sonaban muy bien y, según ella, cuando no entendiéramos algo, debíamos buscar la verdad, no aferrarnos a nuestras ideas, pero, ante los problemas, ella siempre hacía lo que quería. Ni de lejos aceptaba sugerencias de nadie ni buscaba en absoluto. Solamente hablaba de doctrina sin realidad alguna. No reflexionaba sobre su naturaleza satánica arrogante ni la entendía, y estaba dispuesta a expulsar a gente a la ligera para conservar el estatus. Era obvio que era una falsa líder y un anticristo.

A Eleonora y a su familia los readmitieron después en la iglesia. Al recordar que durante más de dos meses no habían podido llevar una vida de iglesia, más todo el dolor que debían de haber padecido, me sentí tan mal que no lo sabría describir. Me odié por no buscar la verdad y tan solo escuchar a una persona. Si hubiera buscado los principios de la verdad y los hubiera readmitido de inmediato en la iglesia, no se habría demorado tanto su entrada en la vida. Entendí entonces que, por idolatrar ciegamente a alguien, es muy probable que hagas el mal y te resistas a Dios como esa persona. También odié lo confundida y ciega que estuve como para seguir a alguien y cometer semejante maldad. Luego leí estas palabras de Dios: “La forma más simple de describir la creencia en Dios es confiar en que hay un Dios y, sobre esta base, seguirlo, obedecerlo, aceptar Su dominio, orquestaciones y arreglos, escuchar Sus palabras, vivir y hacerlo todo de acuerdo con ellas, ser un verdadero ser creado, y temerlo y rechazar el mal; solo esto es la verdadera creencia en Dios. Esto es lo que significa seguir a Dios” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. No es posible salvarse por la fe en la religión ni por participar en ceremonias religiosas). Las palabras de Dios me enseñaron que, en la fe, temerle a Él, venerar Su grandeza y buscar los principios de la verdad es lo mínimo que debemos defender. Sea quien sea, siempre que lo que diga concuerde con la verdad, síganlo. Rechacen firmemente todo lo derivado de nociones y fantasías humanas. Todo debe regirse por las palabras de Dios. Eso es la fe verdadera, seguir verdaderamente a Dios. ¡Gracias a Dios! Tuve clara mi futura senda, en la que seguiría a Dios.

Un día, mientras debatía la formación de personas con la líder de la iglesia, Aurora, ella comentó que Viviana era capaz de conocerse a sí misma cuando surgían las cosas y que su enseñanza de la verdad era práctica, por lo que podría ser formada como supervisora del trabajo de riego. Sin embargo, en mi relación con Viviana había descubierto que le faltaba aptitud y que no comprendía la verdad con pureza. Era muy pasiva en el deber y no obtenía buenos resultados durante varios meses seguidos. No era una buena candidata. Pero como la recomendaba Aurora, me pregunté si yo apreciaba correctamente las cosas. Como Aurora era líder de la iglesia desde hacía años, su discernimiento debía de superar el mío. Supuse que debía seguirle la corriente. Sin embargo, me sentí culpable al pensarlo de ese modo. Vi que me fijaba en el estatus de Aurora y en sus años de servicio como líder. ¿No adulaba el estatus y el poder y estaba siguiendo a alguien otra vez? Pensé en el asunto de Eleonora y su familia. Me angustiaban las consecuencias de idolatrar el poder y no defender los principios. Afrontar nuevamente algo así era una prueba de parte de Dios. Si seguía siendo incapaz de defender los principios y ayudaba a ascender a una persona inadecuada, eso demoraría la entrada en la vida de los hermanos y hermanas. Aurora era líder, pero eso no implicaba que conociera la verdad ni que entendiera a la gente a la perfección. Su sugerencia era solamente algo que yo debía considerar. Tenía que considerar si, según los principios, había que formar a Viviana. Después recabé unas evaluaciones de Viviana que confirmaron su falta de aptitud y que no hacía un trabajo práctico, por lo que no era buena candidata. Le comenté mi opinión a Aurora, y ella se manifestó de acuerdo. En el fondo sentí que la única manera de estar en paz era no seguir ciegamente a nadie, sino practicar la verdad. Han pasado más de tres años desde el incidente con Eleonora y su familia, pero lo llevo grabado en el corazón. Con esta memorable lección vi las consecuencias de seguir a una persona cuando se tiene fe. También experimenté que buscar la verdad y hacer las cosas de acuerdo con ella es la única vía para seguir a Dios y recibir Su visto bueno.

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