La desvergüenza de presumir

31 Ene 2022

Por Wan Xinping, China

En marzo de 2020 me trasladaron a una nueva iglesia. Era líder en mi antigua iglesia y los hermanos y hermanas me tenían en gran estima. Cuando tenían problemas, venían a mí para que los resolviera. Sin embargo, en esta nueva iglesia, los hermanos y hermanas no me conocían. Me sentía como una pieza anónima, algo muy decepcionante. Pensaba: “Era bastante experta en la predicación del evangelio, así que esta vez, con mi habilidad puedo guiar a más gente para que acepte la obra de Dios en los últimos días, eso les demostrará a todos que tengo aptitud y cumplo con el deber con más eficacia que otros, y entonces podré destacar”. Así, empecé a predicar el evangelio por todos lados de sol a sol; a veces estaba demasiado ocupada como para comer, y gracias a mi predicación, pronto había aceptado la obra de Dios más de una docena de personas. Pensaba: “Seguro que los hermanos y hermanas me mirarán con otros ojos por lo bien que he cumplido con el deber”. Cuando veía a mis hermanos y hermanas, no podía evitar presumir. Decían con envidia: “Para ti es muy fácil predicar el evangelio, pero nosotros no sabemos. Cuando me reúno con objetivos de evangelización con nociones y que no escuchan, no sé qué decirles”. La verdad, yo también solía encontrarme en esta situación y no avanzaba con la gente así, pero rara vez hablaba de estos problemas y fracasos, o no los comentaba para nada, por miedo a que, si se enteraban todos, no me consideraran capaz o no tuvieran muy buen concepto de mí. Pensaba: “He de hablar de mis experiencias de éxito predicando el evangelio para que veáis lo bien que cumplo con el deber”. Por tanto, respondía: “No es difícil predicar el evangelio. Cuando me reúno con objetivos de evangelización, les enseño así…”. Los hermanos y hermanas me admiraban muchísimo al oír aquello. Después, cuando alguien tenía familiares o amigos que querían estudiar la obra de Dios en los últimos días, otros les decían: “Que vaya a predicarles Zhi Ping. Mejor Zhi Ping”. Me alegraba mucho que esta fuera la actitud de todos. Pronto me recomendaron para encargarme de la labor de riego de varias iglesias. Esto me volvió aún más orgullosa y creía tener un escenario todavía más grande donde mostrar mis talentos. Cuando mis hermanos y hermanas tenían dificultades para predicar el evangelio o regar a los nuevos fieles, y se echaban atrás o no estaban dispuestos a sufrir y pagar un precio, los alentaba y les hablaba de cómo sufría yo predicando el evangelio. Pues que, cuando predicaba el evangelio, a veces hacía más de 10 grados bajo cero en invierno y el viento cortaba la cara como un cuchillo, pero yo salía a predicar hasta con un tiempo así. Cuando llovía mucho, el agua corría en profundidad bajo los puentes y se me mojaban los zapatos, escurría el agua de las plantillas, las llevaba en el bolsillo y continuaba yendo a predicar. Una vez, con temperaturas de más de 10 grados bajo cero, fui a reunirme con un nuevo fiel nuevo fiel y lo esperé fuera más de una hora… Al enterarse mis hermanos y hermanas, me dieron su beneplácito y me admiraron por ser capaz de sufrir, y eso siempre me alegraba.

Posteriormente, los líderes me hicieron responsable del trabajo de riego de más iglesias. Pensé: “Dado que en apenas unos meses me han vuelto a promover, ¡los hermanos y hermanas me tendrán todavía en más estima!”. En aquel tiempo oraba a menudo a Dios y me esforzaba por dotarme de aspectos de la verdad relativos al riego de los nuevos fieles. Poco a poco hallé una senda para avanzar en el deber. A todos los hermanos y hermanas les parecía útil escuchar mis enseñanzas. Sin darme cuenta, se me empezó a inflar el ego otra vez y comencé a presumir de nuevo en las reuniones. Cuando los hermanos y hermanas me preguntaban cómo corregir las nociones religiosas planteadas por los nuevos, pensaba: “Les hablaré de esto como es debido para que todos vean lo experta que soy en esta área”. Les contaba entonces mis ideas y mi experiencia al detalle y, poco a poco, todos me miraban de otra forma. Me escuchaban atentamente en todo, los hermanos y hermanas me recibían allá donde iba, y hasta aquellos que nunca me habían oído enseñar también pedían escucharme. Más adelante, tomé los problemas habituales de la evangelización y el trabajo de riego, redacté 17 normas, las llevaba a las reuniones y fanfarroneaba con los hermanos y hermanas. En esa época había una hermana cuyo marido era dirigente de la aldea y se oponía a su fe en Dios. Él planteaba muchas preguntas incisivas, nos dificultaba las cosas adrede y me pidió por mi nombre que hablara. Estaba muy nerviosa por aquello, pero, a base de orar a Dios, refuté cada una de sus preguntas y al final no pudo alegar nada. Después, tomé las preguntas planteadas por él y las incluí en mis preguntas frecuentes sobre la difusión del evangelio. En cada reunión las planteaba deliberadamente, hablaba de ellas con intensidad y utilizaba mis experiencias de éxito para que mis hermanos y hermanas supieran que era capaz y prudente. Tras las reuniones, algunos hermanos y hermanas me preguntaban: “Hermana, ¿puedes quedarte un día más con nosotros para enseñarnos más cosas?”. Al ver cuánto me admiraban todos, no podía evitar el orgullo. Para dar a entender a mis hermanos y hermanas que yo era importante y capaz de sufrir y pagar un precio en el deber, incluso fingía decir por descuido: “Me encargo de muchas iglesias y ya tengo una cita en otra. Me esperan muchos hermanos y hermanas. Estoy tan ocupada que no tengo tiempo de descansar…”. Al hablar con los hermanos y hermanas, también comentaba adrede: “Cada vez que voy a una reunión, me lleva el día entero. Una vez se me fracturó la cintura y, la verdad, no aguanto así sentada”. Una hermana lo oyó y, admirada, dijo: “Ya que trabajas tanto, tienes que prestar atención a tu salud”. Como solía presumir de esta forma entre los hermanos y hermanas, les parecía bastante capaz de sufrir y soportar una carga en el cumplimiento del deber.

En aquel tiempo estaba demasiado ocupada con las reuniones y la enseñanza, y a veces estaba vacía por dentro y no sabía de qué hablar. Sin embargo, ante los expectantes ojos de los hermanos y hermanas, reflexionaba: “Ahora los hermanos y hermanas creen que enseño claramente la verdad y todos me admiran allá donde voy. Si les cuento que no sé de qué hablar, ¿no se hundirá la buena imagen que formé en sus corazones?”. Fingía entonces tranquilidad y les pedía que hablaran ellos primero. Pensaba: “Primero escucharé de qué hablan todos, luego resumiré lo que hayan dicho y compartiré lo que entienda. Así parecerá que he recibido la verdad de forma más amplia y lúcida”. Al final, los hermanos y hermanas creían que había enseñado a fondo. Y yo fingía con modestia: “Por tener este deber, Dios me ha dado un esclarecimiento distinto”. Cuando decía esto, los hermanos y hermanas se hacían más dependientes de mí. En esa época, sin importar qué problemas se encontraran al predicar el evangelio, ya no oraban ni buscaban, sino que esperaban que yo pudiera enseñarles a resolverlos. Por entonces también reflexionaba sobre los perjuicios de admirar y ser admirada y me sentía algo incómoda, pero después pensaba: “Lo que enseño trata de cómo entiendo yo la palabra de Dios y muestro unas sendas de práctica a mis hermanos y hermanas. Todo sea para poder lograr resultados en nuestra labor. No tiene nada de malo”. Por ello, apenas pensaba en esas preocupaciones y esa ansiedad. No obstante, justo cuando me embargaban la pasión y el entusiasmo por el deber, de pronto recaí en la psoriasis, que no me daba guerra desde hacía varios años. Tenía grandes manchas en piernas, brazos e incluso rostro. Me picaba mucho y me incomodaba tanto que no podía ir a las reuniones. Utilicé diversos medicamentos, pero nada me sirvió. Esa vez era peor que antes. Comprendí que la enfermedad no era casual, que debía de entrañar unas lecciones que aprender. Buscaba y oraba a Dios, pero en esa época no me daba cuenta de mi problema.

Posteriormente, los líderes me ordenaron enseñar a otros hermanos y hermanas, que predicaban el evangelio, y resolver sus problemas. Y pensé: “Tengo que hacerlo bien con ellos para demostrarles mi capacidad de trabajo”. Luego era como una ejecutiva de empresa que presentaba un informe en una reunión. Les enseñé a captar puntos clave que compartir al predicar el evangelio, a resolver problemas habituales de su predicación. Los hermanos y hermanas escuchaban atentos. Algunos hasta tomaban continuamente apuntes para no perderse nada de lo que dijera y la hermana anfitriona también se sentó junto a la puerta, escuchaba atenta y de vez en cuando me daba agua. Disfrutaba mucho al ver cuánto les gustaban mis enseñanzas a todos. Sin embargo, al mismo tiempo, estaba algo inquieta. Todo esto solo era mi entendimiento personal, así que eran inevitables los errores; por tanto, ¿era oportuno que todos escribieran lo que yo decía? Pero luego reflexioné: “A lo mejor, los hermanos y hermanas solo quieren anotar algunas buenas prácticas, lo que los ayuda a cumplir con el deber. No puede haber nada de malo en eso”. Al pensarlo de ese modo, decidí dejar que la gente tomara apuntes en las reuniones. En la reunión del día siguiente, una hermana regresó y comentó: “A lo mejor, los hermanos y hermanas solo quieren anotar algunas buenas prácticas, lo que los ayuda a cumplir con el deber”. Terminada la reunión, oí que dos hermanas estaban hablando. Dijo una: “¿Lo has grabado?”. La otra hermana se quejó: “¿Por qué no lo has grabado?”. Cuando lo oí, sentí cierto temor: “Si todos consideran mis palabras tan importantes, ¿no estoy atrayendo a la gente a mí?”. Cuanto más lo pensaba, más me asustaba, por lo que me fui a casa y oré a Dios para pedirle esclarecimiento para poder conocerme a mí misma.

Leí dos pasajes de la palabra de Dios: “La humanidad corrupta es capaz de enaltecerse y dar testimonio de sí misma, de pavonearse, de intentar que la tengan en gran estima, etc. Así reacciona instintivamente la gente cuando la gobierna su naturaleza satánica, lo cual es común a toda la humanidad corrupta. Normalmente, ¿cómo se enaltece y da testimonio de sí misma la gente? ¿Cómo logra este objetivo? Una manera consiste en dar testimonio de cuánto ha sufrido, de cuánto trabajo ha realizado y de cuánto se ha esforzado. Habla de estas cosas como una forma de capital personal. Es decir, emplea estas cosas como el capital con el que se enaltece, lo cual le da un lugar superior, más firme y más seguro en la mente de las personas, de modo que son más las que la estiman, admiran, respetan y hasta la veneran, idolatran y siguen. Ese es el efecto último. ¿Son razonables las cosas que hace la gente —enaltecerse y dar testimonio de sí misma— para lograr este objetivo? No. Se salen del ámbito de la racionalidad. Esta gente no tiene vergüenza: da testimonio descaradamente de lo que ha hecho por Dios y de cuánto ha sufrido por Él. Incluso presume de sus dones, talentos, experiencias y habilidades especiales o de sus métodos inteligentes de conducta y de los medios por los que juega con las personas. Su método de enaltecimiento y testimonio de sí misma consiste en pavonearse y menospreciar al prójimo. Además, disimula y se camufla para ocultar sus debilidades, defectos y fallos a los demás y que estos solo lleguen a ver su brillantez. Ni siquiera se atreve a contárselo a otras personas cuando se siente negativa; le falta valor para abrirse y hablar con ellas, y cuando hace algo mal, se esfuerza al máximo por ocultarlo y encubrirlo. Nunca habla del daño que ha ocasionado a la casa de Dios en el cumplimiento del deber. Ahora bien, cuando ha hecho una contribución mínima o conseguido un pequeño éxito, se apresura a exhibirlo. No ve la hora de que el mundo entero sepa lo capaz que es, el alto calibre que tiene, lo excepcional que es y hasta qué punto es mucho mejor que las personas normales. ¿No es esta una manera de enaltecerse y dar testimonio de sí misma?” (‘Se enaltecen y dan testimonio de sí mismos’ en “Desenmascarar a los anticristos”). “Todos los que van cuesta abajo se exaltan a sí mismos, y dan testimonio de sí mismos. Van por ahí jactándose de sí mismos, autoengrandeciéndose y no han tomado a Dios en serio en absoluto. ¿Tenéis alguna experiencia respecto a lo que estoy diciendo? Muchas personas dan constantemente testimonio de sí mismas: ‘he sufrido de esta o aquella forma, he hecho tal y cual obra, Dios me ha tratado de esta forma y de aquella, me pidió que hiciera esto o lo otro; Él me tiene una estima especial; ahora soy de esta forma y de aquella’. Hablan deliberadamente en un tono concreto y adoptan determinadas posturas. En última instancia, alguna gente acaba creyendo que estas personas son Dios. Una vez han llegado a ese punto, ya hace mucho tiempo que el Espíritu Santo los habrá abandonado. Aunque, por ahora, son ignorados y no expulsados, su destino está definido y lo único que pueden hacer es esperar su castigo” (‘Las personas le ponen demasiadas exigencias a Dios’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). La palabra de Dios revelaba mi estado con precisión. Solía enaltecerme y presumir de esta forma. Cuando empecé en la nueva iglesia, me sentía desconocida e insignificante, por lo que consideraba la predicación del evangelio una ocasión para que me admiraran y siguieran. Para demostrar a todos mi capacidad de trabajo y que me miraran con otros ojos, no hablaba de mis experiencias de fracaso, sino que hablaba mucho de cómo predicaba el evangelio, de a cuántos había convertido y de cómo resolver problemas difíciles, para ilusionar a la gente y hacerle creer que yo era capaz de cualquier cosa. A medida que me promovían, quería que más gente tuviera muy buen concepto de mí y un hueco para mí en su corazón, así que siempre les contaba a mis hermanos y hermanas lo ocupada que estaba y el sufrimiento que soportaba, pero nunca les hablaba de mi debilidad y mi corrupción para hacer creer a la gente que podía buscar la verdad, pagar un precio y soportar cargas en el deber. ¿Esto no era engañar a mis hermanos y hermanas? El gran dragón rojo pregona constantemente su imagen de “grande, glorioso y correcto” para que lo admiren y sigan, pero, a todos los efectos, encubre las maldades que comete en secreto para engañar a los pueblos del mundo. ¿Qué diferencia había entre lo que yo hacía y el gran dragón rojo? Dios me dio dones y talentos para difundir el evangelio, de manera que pusiera mi granito de arena para expandir su alcance y llevar a más gente ante Dios para que recibiera Su salvación. Pero yo utilizaba estos dones y talentos como capital para presumir y exhibirme en todos lados, y gozaba del respeto y la idolatría de mis hermanos y hermanas hacia mí. Qué desvergonzada. Como me enaltecía y presumía constantemente para engañar a los hermanos y hermanas, ellos no buscaban ni oraban a Dios cuando tenían problemas, sino que hablaban conmigo para que los resolviera. ¿No estaba tratando de ocupar el lugar de Dios? ¡Me oponía a Dios! Al pensarlo sentí mucho miedo. Volví a Dios de rodillas y lloré mientras oraba: “Dios mío, he actuado mal. Me enaltecía y presumía para que me idolatraran. Iba por la irremediable senda de oposición a Ti. Deseo arrepentirme”.

Después hice introspección. Tuve claro que la luz de mi enseñanza era el esclarecimiento del Espíritu Santo; entonces, ¿por qué seguía presumiendo y exhibiéndome involuntariamente? Luego leí en la palabra de Dios: “Algunas personas idolatran de manera particular a Pablo: les gusta salir a pronunciar discursos y hacer obra, les gusta reunirse y hablar; les gusta que las personas las escuchen, las adoren y las rodeen. Les gusta tener estatus en el corazón de los demás y aprecian que otros valoren la imagen que muestran. Analicemos su naturaleza a partir de estos comportamientos: ¿Cuál es su naturaleza? Si de verdad se comportan así, entonces basta para mostrar que son arrogantes y engreídos. No adoran a Dios en absoluto; buscan un estatus elevado y desean tener autoridad sobre otros, poseerlos, y tener estatus en sus mentes. Esta es la imagen clásica de Satanás. Los aspectos de su naturaleza que más destacan son la arrogancia y el engreimiento, la negativa a adorar a Dios, y un deseo de ser adorados por los demás. Tales comportamientos pueden darte una visión muy clara de su naturaleza” (‘Cómo conocer la naturaleza del hombre’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). “Una vez que la naturaleza y la esencia de las personas se vuelven arrogantes, pueden a menudo desobedecer a Dios y oponerse a Él, no prestar atención a Sus palabras, generar nociones acerca de Él, hacer cosas que lo traicionan y que enaltecen a dichas personas y dan testimonio de sí mismas. Dices que no eres arrogante, pero supongamos que te entregaran una iglesia y te permitieran dirigirla; supongamos que Yo no te tratara ni nadie de la familia de Dios te podara. Tras liderarla durante un tiempo, pondrías a la gente a tus pies y harías que se sometieran a ti. ¿Y por qué habrías de hacer eso? Esto vendría determinado por tu naturaleza; no sería sino una revelación natural. No tienes necesidad alguna de aprender esto de otros, ni ellos tienen necesidad de enseñártelo. No es preciso que otros te instruyan u obliguen a hacerlo. Este tipo de situación surge de manera natural. Todo lo que haces es para que la gente se someta a ti, te idolatre, te enaltezca, dé testimonio de ti y te haga caso en todo. Permitirte ser líder hace surgir de manera natural esta situación, y eso no se puede cambiar. ¿Y cómo surge esta situación? Está determinada por la naturaleza arrogante del hombre. La manifestación de la arrogancia consiste en la rebelión contra Dios y la oposición a Él. Cuando las personas son arrogantes, engreídas y santurronas tienden a establecer sus propios reinos independientes y a hacer las cosas como les place. También traen a otras personas a sus manos y a sus brazos. El que las personas sean capaces de hacer tales cosas, significa que la esencia de su naturaleza arrogante es la de Satanás, la del arcángel. Cuando su arrogancia y su engreimiento alcanzan un cierto nivel, se convierten en el arcángel y han de hacer a Dios a un lado. Si posees una naturaleza tan arrogante, Dios no tendrá un lugar en tu corazón” (‘La naturaleza arrogante es la raíz de la oposición del hombre a Dios’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). En las palabras de Dios descubrí que mi naturaleza era muy arrogante y santurrona. Era como Pablo, a quien le gustaba que lo idolatraran y admiraran. Al principio solo quería cumplir correctamente con el deber, pero me controlaba mi naturaleza arrogante y santurrona, por lo que, en los grupos, presumía y me exhibía involuntariamente. Aunque sabía que mis palabras contenían mis intenciones y propósitos personales, nunca podía controlar mis ambiciones y deseos. Siempre quería admiración y elogios. De niña, mi familia me mimó con atenciones, y de mayor emprendí un negocio y me convertí en una conocida empresaria. En casa y en el trabajo, siempre tenía la última palabra. Allá donde fuera recibía los elogios y la admiración de los demás y disfrutaba de la sensación de ser la estrella más brillante del firmamento y del respaldo de todos. Cuando empecé a creer en Dios, nunca estaba satisfecha con ser corriente y desconocida en la iglesia. Siempre buscaba la ocasión de que me admiraran y respetaran los demás. La naturaleza de Pablo era especialmente arrogante y siempre quería que lo idolatraran y tuvieran en gran estima, así que presumía de cuánto trabajaba y cuánto sufrimiento padecía allá donde iba. Nunca daba testimonio de Cristo en sus epístolas. Por el contrario, se enaltecía bajo la consigna de ayudar a la iglesia y después, desvergonzadamente, daba testimonio de que vivía como Cristo. Los creyentes lo idolatraban, lo enaltecían, lo utilizaban como referente y llegaban a considerar sus palabras como palabras de Dios. Tan fue así que hoy, 2000 años más tarde, muchos líderes religiosos se aferran a las palabras de Pablo y se niegan a aceptar la obra de Dios de los últimos días. Pablo atrajo al pueblo ante sí, lo que ofendió el carácter de Dios, que lo castigó. Ahora yo también era arrogante y santurrona y vivía en función de cosas como que “el hombre lucha hacia arriba; el agua fluye hacia abajo”, “destaca entre los demás” e ideas y puntos de vista satánicos similares. Siempre quería estar por encima de los demás, presumir y exhibir mi talento. Por ello, los hermanos y hermanas solo me escuchaban cuando les pasaban cosas, aceptaban lo que dijera, pensaban en el modo de arreglarlo cuando no habían anotado todas mis enseñanzas y hasta me grababan, pues consideraban mis palabras más importantes que las de Dios. Ni siquiera entonces supe hacer introspección. En cambio, me sumergí en el placer de ser admirada. ¡Qué arrogante y desvergonzada! No conocía mi propia identidad. No entendía que era un ser creado, un ser humano corrompido por Satanás. Me subí desvergonzadamente a un pedestal. Quería un hueco en el corazón de los demás, que me escucharan y respaldaran. Y como no dejaba de presumir, sí tenía un hueco en el corazón de mis hermanos y hermanas. Cuanto más me admiraban, más se alejaban de Dios. ¿No estaba rivalizando con Dios por la gente? Recordé el primer decreto administrativo de la Era del Reino: “El hombre no debe magnificarse ni exaltarse a sí mismo. Debe adorar y exaltar a Dios” (‘Los diez decretos administrativos que el pueblo escogido de Dios debe obedecer en la Era del Reino’ en “La Palabra manifestada en carne”). Dios creó a las personas, así que debemos adorarlo y considerarlo por encima de todo, pero yo hacía que la gente me admirara, respetara y considerara por encima de todo. ¿No estaba infringiendo este decreto administrativo? En ese momento tuve mucho miedo. Comprendí la gravedad de presumir para que me idolatraran y tuvieran en gran estima. Si continuaba, ¡sin duda iría al infierno y sería castigada como Pablo! Mi enfermedad era la disciplina de Dios. Con la enfermedad me advertía de que me había descarriado. ¡Así me salvó Dios!

Más tarde recordé un pasaje de la palabra de Dios: “Aunque Dios dice que Él es el Creador y que el hombre es Su creación, algo que podría insinuar que hay una ligera diferencia de rango, la realidad es que todo lo que Dios ha hecho por la humanidad supera por mucho a una relación de esta naturaleza. Dios ama a la humanidad, cuida de ella, y muestra preocupación por ella; provee, asimismo, constante e incesantemente para la humanidad. Él nunca siente en Su corazón que esto sea un trabajo adicional o algo que merezca mucho reconocimiento. Tampoco estima que salvar a la humanidad, proveer para ella, y concederle todo, sea hacer una gran contribución a la humanidad. Él simplemente provee para la humanidad de forma tranquila y silenciosa, a Su manera y por medio de Su propia esencia, y de lo que Él es y tiene. No importa cuánta provisión y cuánta ayuda reciba la humanidad de Él, Dios nunca piensa en eso ni intenta obtener reconocimiento. Esto viene determinado por Su esencia, y es también precisamente una expresión verdadera de Su carácter” (‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo I’ en “La Palabra manifestada en carne”). Dios es el Creador y, para salvar a las personas de la esclavitud de Satanás, vino encarnado personalmente a obrar entre la gente y soportó su condena y su difamación. Dios lo sacrificó todo por la humanidad, pero jamás presumió. Ni siquiera al relacionarse con la gente sacó provecho de Su identidad como Dios. En silencio, nos proveyó de la verdad y la vida. Descubrí que la esencia de Dios es hermosa y buena y que Él es humilde y oculto, sin arrogancia ni orgullo. Mientras tanto, yo era una persona corrompida por Satanás que no tenía nada al principio, pero Dios me encumbró al deber, me guió y me dio esclarecimiento mientras cumplía con él; sin embargo, yo lo utilizaba como capital para presumir allá donde fuera y así poder crear una imagen elevada en el corazón de la gente y ganarme su admiración y aprecio. Era demasiado desvergonzada, repugnante y vil a ojos de Dios. Me presenté ante Dios a orar: “Dios mío, me equivoqué. Deseo confesarte mis pecados y arrepentirme. Ya no deseo presumir más. Te pido que me guíes y me muestres una senda para corregir mi carácter corrupto”.

Leí dos pasajes de la palabra de Dios: “¿Qué manera de actuar no es enaltecerse y dar testimonio de uno mismo? Respecto a esto, si alardeas, lograrás tu objetivo de enaltecerte y dar testimonio de ti mismo y animar a otros a que te veneren. Pero si te abres y dejas tu verdadero ser al descubierto, la esencia es diferente. Esto se reduce a los detalles, ¿verdad? Por ejemplo, cuando expones tus motivaciones y consideraciones, debes ser capaz de diferenciar entre las frases y formas de expresarte que son de autoconocimiento, y las de alardear para que los demás te veneren, que constituyen exaltación y testimonio de ti mismo. Si cuentas cómo has orado y buscado la verdad, dando testimonio a través de las pruebas, entonces esto es exaltar y dar testimonio de Dios. Tal práctica no supone en absoluto hacer alarde y dar testimonio de ti mismo. El hecho de que uno haga alarde y dé testimonio de sí mismo depende sobre todo de si ha experimentado realmente lo que dice, y de si se ha logrado el efecto del testimonio de Dios. También es necesario examinar cuáles son tus intenciones y objetivos cuando hablas de tus experiencias y tu testimonio. Todas estas cosas hacen que sea fácil percibir la diferencia. A la hora de exponerte y diseccionarte a ti mismo, también tiene importancia tu intención. Si tu intención es mostrar a todo el mundo cómo se evidenció tu corrupción, cómo has cambiado, y permitir que otros se beneficien de ello, entonces tus palabras son sinceras y verdaderas y se ajustan a los hechos. Tales intenciones son correctas y no estás haciendo alarde o dando testimonio de ti mismo. Si tu intención es mostrar a todo el mundo lo que realmente has experimentado, y que has cambiado y poseído la realidad de la verdad, para así ganarte su admiración y veneración, entonces tales intenciones son falsas, y también deberían salir a la luz. Si las experiencias y los testimonios de los que hablas son falsos, si están enmendados y diseñados para engañar a la gente, para impedir que vean tu verdadero ser, para evitar que tus intenciones, tu corrupción, tu debilidad o tu negatividad se revelen a los demás, entonces tales palabras son engañosas y tramposas. Esto es falso testimonio, esto es engañar a Dios, esto trae vergüenza a Dios, y Él lo desprecia más que nada. Hay claras diferencias entre estos estados, que se diferencian en base a la motivación” (‘Se enaltecen y dan testimonio de sí mismos’ en “Desenmascarar a los anticristos”). “Cuando deis testimonio de Dios, principalmente debéis hablar más de cómo Él juzga y castiga a las personas, de las pruebas que utiliza para refinar a las personas y cambiar su carácter. También debéis hablar de cuánta corrupción se ha revelado en vuestra experiencia, de cuánto habéis soportado y cómo Dios os conquistó finalmente; debéis hablar de cuánto conocimiento real de la obra de Dios tenéis y de cómo debéis dar testimonio de Dios y retribuirle Su amor. Debéis poner sustancia en este tipo de lenguaje, al tiempo que lo expresáis de una manera sencilla. No habléis sobre teorías vacías. Hablad de una manera más práctica; hablad desde el corazón. Esta es la manera en la que debéis experimentar. No os equipéis con teorías vacías aparentemente profundas en un esfuerzo por alardear; hacerlo de esa manera hace que parezcáis arrogantes e insensatos. Debéis hablar más de cosas reales desde vuestra experiencia real, que sean auténticas y que provengan del corazón; esto es lo más beneficioso para los demás y es lo más apropiado de ver” (‘Solo buscando la verdad puede uno lograr un cambio en el carácter’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). En las palabras de Dios comprendí que, si quería dejar de enaltecerme y de dar testimonio de mí misma, me haría falta vivir a menudo en presencia de Dios, tener un corazón pío y temeroso de Él, sincerarme ante mis hermanos y hermanas, desvelar y analizar conscientemente mi corrupción y hablar de mis experiencias reales. Cuando quisiera enaltecerme y dar testimonio de mí, tendría que renunciar a mí misma y corregir mis intenciones. Tendría que exponer y analizar más a menudo mi corrupción y rebeldía interiores y hablar de mi conocimiento de la obra de Dios tras experimentar Su juicio, Su castigo, Sus pruebas y Su refinación. Debía hablar más de corazón para que mis hermanos y hermanas se beneficiaran de ello y vieran mi versión auténtica. Cuando ya tuve una senda de práctica, revelé mi experiencia y entendimiento de esta época en las reuniones con los hermanos y hermanas, y les conté que la poquita luz de mis enseñanzas proviene exclusivamente del esclarecimiento del Espíritu Santo, no de mi estatura real. No sabría hacer nada sin la guía de Dios. También ellos se dieron cuenta de que estuvo mal que me idolatraran y admiraran y me dijeron que, en lo sucesivo, ya no admirarían a nadie. Señalaron que orarían a Dios y buscarían Su guía cuando tuvieran problemas, a fin de recibir esclarecimiento del Espíritu Santo. Luego, en las reuniones, a veces me topaba con problemas que no entendía muy bien, pero era capaz de renunciar a mi ego y buscar abiertamente con los hermanos y hermanas. Tras oír esto, sabían hablar de su entendimiento y conocimiento propios, a veces de cosas que yo no comprendía, lo que me ayudó mucho. Ya no me idolatraban como lo habían hecho antes, y cuando descubrían algún problema en mí, podían señalármelo directamente. Una vez tuve deseos de enaltecerme y presumir de nuevo. Oré a Dios, acepté Su examen y, al mismo tiempo, me sinceré con mis hermanos y hermanas para darles a conocer mis faltas y defectos, y acepté que me supervisaran. Me sentía segura y tranquila practicando así y, además, probé el dulzor de practicar la verdad. Cuando reparé en mi naturaleza arrogante y en la senda equivocada que había tomado, me arrepentí ante Dios. La psoriasis fue desapareciendo y me recuperé poco a poco.

Tras experimentar la disciplina y reprensión de Dios, sentí verdaderamente que Su carácter justo es muy vivo y real y, aunque soporté cierto sufrimiento, el propósito de Dios fue salvarme de mis corruptas actitudes satánicas, lo que me demostró el amor, muy real, de Dios. El juicio, el castigo, la disciplina y la reprensión de Dios fueron lo que me impidió seguir haciendo el mal y me alejó del borde del peligro. ¡Gracias a Dios!

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