Mi despertar de la arrogancia

23 Feb 2022

Por Xiangxin, Italia

Empecé a predicar el evangelio en 2015. Con la guía de Dios, pronto tuve algunos éxitos. A veces me encontraba a gente muy abrumada por las nociones religiosas que no quería estudiar la obra de Dios de los últimos días. Así pues, me amparaba en Dios, enseñaba pacientemente la verdad y enseguida la aceptaban. Tras lograr algunas cosas, empecé a sentirme muy capaz, una especie de talento indispensable.

El hermano Liu y yo asumimos entonces la labor de riego de sendas iglesias. La mía era una iglesia muy grande con bastantes miembros, por lo que, al principio, siempre oraba a Dios y debatía las cosas con los hermanos y hermanas. Al poco tiempo, las cosas comenzaron a ir bien. La mayoría de los miembros de la iglesia asistían normalmente a las reuniones y eran muy activos en el deber. Me sentía un tanto satisfecho de mí mismo. Pensaba que, incluso con una iglesia tan grande y tantos miembros, estaba logrando resultados rápidos, así que debía de tener cierta aptitud. Además, veía que la labor de riego del hermano Liu no iba muy bien, que era preciso relevar a algunos obreros de su iglesia y otros necesitaban enseñanzas por estar en un estado negativo. Lo menospreciaba un poco. Creía que yo lo haría mejor. Después empecé a implicarme en su trabajo, a informar de errores en las reuniones, a enseñar las palabras de Dios para ayudar a otros con sus estados negativos, a cambiar de deber donde fuera necesario a quienes regaban. Muy pronto se recuperó el trabajo. Creía que había resuelto muy rápido nuestros problemas, por lo que sentía aún más que tenía mucho talento. Mi arrogancia aumentó. Al informar de nuestro trabajo, vi muchos defectos y olvidos suyos y no pude evitar reprenderlos. Comenté: “Se ha producido una gran demora en el trabajo de riego. ¿Hay una sola persona que procure hacer la voluntad de Dios y terminarlo? Todos han sido tremendamente irresponsables. Es bueno que se haya progresado un poco en estas dos semanas; si no, ¿quién sería capaz de responsabilizarse de esta demora?”. En ese momento nadie dijo nada. De hecho, me preguntaba si mi reacción era un poco exagerada. Sin embargo, luego pensé que no se preocuparían a menos que adoptara un tono firme.

Los menospreciaba mucho, trataba con ellos por sus errores y les mandaba hacer lo que yo dijera. Así, con el paso del tiempo, noté que se distanciaban de mí y que apenas me hablaban de nada que no fueran cuestiones de trabajo. A veces estaban hablando y riendo juntos, pero en cuanto aparecía yo, se dispersaban como si me tuvieran miedo. Y como les daba miedo meter la pata y recibir críticas, me preguntaban siempre que surgía algo y esperaban a mi decisión. Yo sí me sentía un tanto incómodo con la situación. Me preguntaba si era arbitrario y autoritario. No obstante, luego pensaba que tenía que ser firme en el trabajo. Nadie haría caso si no era un poco duro con ellos. ¿Adónde íbamos a llegar entonces? Para mí, anunciar directamente los problemas significaba que tenía sentido de la justicia. Posteriormente, mi arrogancia aumentó todavía más y tenía que tener la última palabra en todo, lo grande y lo pequeño. Organizaba en solitario cada elemento de nuestro trabajo porque creía que no había nadie en el equipo tan capaz como yo. Incluso cuando sí debatía las cosas con ellos, siempre acabábamos haciendo lo que yo quería, por lo que, si decidía en el acto, pensaba que podíamos ganar tiempo. Aunque viniera un líder a una reunión, no me preocupaba y pensaba: “¿Y qué que seas líder? ¿Sabes predicar el evangelio y dar testimonio? ¿Sabes hacer este trabajo? Enseñar la verdad en las reuniones no es un trabajo práctico. No estás a mi altura”. Así, siempre que la líder me preguntaba qué tal nuestro trabajo, yo hablaba más cuando me apetecía; si no, pasaba de ello. Pensaba que no era necesario hablarlo, pues, a fin de cuentas, yo era el que lo iba a hacer. La líder me convocó porque era arrogante y me dijo que siempre tenía la última palabra y que no trabajaba bien con los hermanos y hermanas. Ante estas críticas, admití delante de ella que era arrogante, pero realmente no hice caso. Creía tener aptitud y capacidad, por lo que, mientras hiciera bien el trabajo, ¿a quién le importaba que fuera un poco arrogante? Además, era el que encabezaba la mayor parte del trabajo de la iglesia; ¿qué iban a hacer entonces? ¿Despedirme? De ninguna manera acepté las críticas de la líder hacia mí y seguí cumpliendo con el deber como me daba la gana, encargándome de todo. En una ocasión, una nueva iglesia necesitaba más gente para riego y, sin debatirlo con nadie, dispuse que una hermana fuera a ayudarlos. Supuse que, por lo general, estaban de acuerdo con mis sugerencias, así que era correcto que decidiera por mi cuenta. Sin embargo, me sorprendió descubrir más adelante que esa hermana no comprendía la verdad lo suficientemente bien ni sabía hacer un trabajo práctico, lo que era un impedimento grave. Pero continué sin hacer introspección. Y, debido a mi tenaz arrogancia y a que no buscaba los principios de la verdad ni guiaba a los demás para que siguieran los principios en el deber, todos corrían de aquí para allá sin resultados reales. Eso entorpecía mucho nuestros progresos. Pero ni por esas veía aún mis problemas, sino que culpaba a los demás por no asumir una carga. Durante un tiempo, parecía que hacía cosas, pero tenía una extraña sensación de temor, como si estuviera a punto de ocurrir algo terrible. No sabía qué decir en las reuniones ni en oración, me daba sueño en las reuniones de trabajo y no tenía idea de nada. Notaba confusión mental y no tenía energía para nada, sino que solo quería descansar. Me percaté de que había perdido la obra del Espíritu Santo, pero no sabía por qué. Oré a Dios para pedirle que me ayudara a comprenderme.

Una líder vino a una reunión y me convocó por cómo me estaba comportando. Dijo: “Eres arrogante en el deber. Siempre reprendes con altivez a la gente, la frenas y presumes de veteranía. Es difícil trabajar contigo y nunca debates nada con nadie. Haces lo que quieres, eres arbitrario y autoritario. Ese es el carácter de un anticristo. A tenor de tu conducta, hemos decidido destituirte”. Cada una de sus palabras me llegó directa al corazón. Recordé cómo me había estado comportando. Nunca debatía nada con nadie, sino que iba a mi aire y era dictatorial. ¿No era igual que un anticristo? Esa idea me asustó mucho. ¿Estaba usando Dios esa situación para delatarme y eliminarme? ¿Así acabarían mis años de fe? Durante unos días me sentí como un zombi. Me embargaba el miedo desde que me despertaba y no sabía cómo afrontar el día. No hacía más que orar a Dios: “Dios mío, sé que en esto se halla Tu voluntad benevolente, pero no sé cómo salir adelante. Oh, Dios mío, estoy muy deprimido y sufriendo. Te ruego esclarecimiento para conocer Tu voluntad”. Luego leí estas palabras de Dios: “A Dios no le preocupa lo que te ocurre cada día, ni cuánto trabajo haces ni cuánto esfuerzo inviertes; lo que mira es tu actitud hacia estas cosas. ¿Y con qué guardan relación la actitud con que haces estas cosas y la forma en que las haces? Guardan relación con el hecho de si buscas o no la verdad y, además, con tu entrada en la vida. Dios se fija en tu entrada en la vida, en la senda por la que vas. Si vas por la senda de entrada en la vida, entonces, en el cumplimiento del deber, arribarás a la senda de la aceptación. Sin embargo, si en el cumplimiento del deber recalcas constantemente que tienes capital, que entiendes tu ámbito de trabajo, que tienes experiencia, que eres consciente de la voluntad de Dios y que buscas la verdad más que nadie; y si piensas que por estas cosas deberías tener la última palabra, no debates nada con nadie, siempre haces lo que te da la gana, tratas de operar por tu cuenta y siempre quieres lucirte, entonces, ¿vas por la senda de entrada en la vida? (No). No, eso es ir en pos del estatus, ir por la senda de Pablo, no por la senda de entrada en la vida” (‘¿Cuál es el desempeño adecuado del deber?’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). “Esta era una persona con talento para difundir el evangelio. Padeció muchas dificultades mientras lo difundía e incluso la encarcelaron y condenaron a muchos años de prisión. Después de salir, continuó difundiendo el evangelio y convirtió a varios cientos de personas, algunas de las cuales resultaron ser de notable talento; algunas incluso fueron elegidas líderes u obreras. En consecuencia, esta persona se creía merecedora de grandes elogios y usaba esto como un capital del que se jactaba dondequiera que iba, mientras presumía y daba testimonio de sí misma: ‘Pasé ocho años en la cárcel y me mantuve firme en el testimonio. He convertido a muchas personas, algunas de las cuales son ahora líderes u obreras. En la casa de Dios merezco honor, he contribuido’. Allá donde estuviera difundiendo el evangelio, se aseguraba de jactarse ante los líderes u obreros del lugar. Además, decía: ‘Debéis escuchar lo que yo diga; incluso vuestros líderes superiores son educados cuando me hablan. Al que no lo sea, ¡le doy una lección!’. Esta persona es abusadora, ¿no? Si alguien así no hubiera difundido el evangelio y convertido a esa gente, ¿se le ocurriría ser tan flagrante? Esa es su naturaleza y esencia: tan arrogante que no tiene ni pizca de sentido común. Tras difundir el evangelio y convertir a algunas personas, su naturaleza arrogante se hincha y se vuelve aún más flagrante. Dichas personas se jactan de su capital dondequiera que van, tratan de reclamar el mérito dondequiera que van e incluso presionan a líderes de diversos niveles, con quienes intentan estar en igualdad de condiciones, y llegan a pensar que ellas mismas deberían ser líderes superiores en la casa de Dios. En función de lo que manifiesta la conducta de alguien así, todos debemos tener claro qué tipo de naturaleza tiene y cuál es su final probable. Cuando un demonio se infiltra en la casa de Dios, hace un poco de servicio antes de mostrar su verdadera cara; no escucha sin importar quién trate con él o lo pode, e insiste en luchar contra la casa de Dios. ¿Cuál es la naturaleza de sus actos? A ojos de Dios, se está ajusticiando a sí mismo y no descansará hasta que se haya matado. Esta es la única manera apropiada de decirlo” (‘Difundir el evangelio es el deber al que están obligados por honor todos los creyentes’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Esta lectura me metió mucho miedo en el cuerpo. Sentía que Dios me delataba cara a cara, que revelaba mi estado y los secretos que yo jamás había contado a nadie. Esos años, había predicado bien el evangelio, así que creía haber contribuido enormemente, que era indispensable, y llevaba la cuenta de todo cuanto había hecho. Creía tener un puesto de honor en la iglesia, que era un pilar. Lo consideraba mi capital personal y menospreciaba arrogantemente a todos. Además, me gustaba reprender con desdén a la gente, lo que limitaba a los hermanos y hermanas. No cooperaba en el deber, sino que era autoritario y hacía lo que quería, lo que demoraba gravemente la labor de la iglesia. No hice caso ni cuando la líder trató conmigo. Hasta alardeaba de mi preparación. Pensaba que ella no era mejor que yo y no quería aceptar ayuda. Quería decidirlo todo por mi cuenta. Abroncaba a los hermanos y hermanas cuando no me escuchaban y los amenazaba con echarlos si no cumplían correctamente con el deber. Eso los mantenía obsesionados con las tareas por miedo a perder su deber si metían la pata y a vivir sufriendo. ¿Eso era cumplir con el deber? ¿No era hacer el mal, resistirse a Dios? Esa idea me asustó mucho. Jamás imaginé que cometería semejante maldad, que heriría y frenaría tanto a los hermanos y hermanas, y entorpecería la labor hasta ese punto. Luchaba contra Dios, pero creía estar cumpliendo con el deber para satisfacerlo. ¡Era irracional! En las palabras de Dios descubrí que esa conducta supone ajusticiarte a ti mismo. Por el tono de las palabras de Dios, sobre todo en la frase “se está ajusticiando a sí mismo”, me hice una idea de cuánto repugna a Dios esa clase de persona. Era desgarrador, como si Dios me hubiera condenado a muerte. Me creía capaz de sacrificarlo todo por el deber, que siempre había cumplido con éxito con él, por lo que seguro que Dios me daba Su aprobación y apenas tenía importancia un poquito de arrogancia, pero luego me di cuenta de que, si no buscaba la verdad, por mucho que lograra en el deber o mucha experiencia que acumulara, eso a Dios le repugnaba. Él no lo reconocería. El juicio y castigo de las palabras de Dios me mostraron Su carácter justo, que no puede ser ofendido. Dios tiene unos principios perfectos para Sus actos. Si logro algunas cosas en el mundo, puede que tenga cierto capital y ventaja, pero en la casa de Dios imperan la verdad y la justicia. Aprovechar el capital y la ventaja supone ajusticiarte a ti mismo y ofende Su carácter.

Después me estuve preguntando por qué creí tener tanta ventaja tras lograr algunas cosas en el deber y empecé a ser tan dictatorial. ¿Qué clase de naturaleza me controlaba? Leí algo en las palabras de Dios. “Si, en el fondo, realmente comprendes la verdad, sabrás practicarla y obedecer a Dios y, naturalmente, te embarcarás en la senda de búsqueda de la verdad. Si la senda por la que vas es la correcta y conforme a la voluntad de Dios, la obra del Espíritu Santo no te abandonará, en cuyo caso serán cada vez menores las posibilidades de que traiciones a Dios. Sin la verdad es fácil hacer el mal, y no podrás evitar hacerlo. Por ejemplo, si tienes un carácter arrogante y engreído, que se te diga que no te opongas a Dios no sirve de nada, no puedes evitarlo, escapa a tu control. No lo haces intencionalmente, sino que esto lo dirige tu naturaleza arrogante y engreída. Tu arrogancia y engreimiento te harían despreciar a Dios y verlo como algo insignificante; harían que te ensalzaras a ti mismo, que te exhibieras constantemente; te harían despreciar a los demás, no dejarían a nadie en tu corazón más que a ti mismo; harían que te creyeras superior tanto a los demás como a Dios, y finalmente harían que te sentaras en el lugar de Dios y exigieras que la gente se sometiera a ti y venerara tus pensamientos, ideas y nociones como verdad. ¡Ve cuántas cosas malas te lleva a hacer esta naturaleza arrogante y engreída!” (‘Solo buscando la verdad puede uno lograr un cambio en el carácter’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). “La arrogancia es la raíz del carácter corrupto del hombre. Cuanto más arrogante es la gente, más propensa es a oponerse a Dios. ¿Hasta dónde llega la gravedad de este problema? Las personas de carácter arrogante no solo consideran a todas las demás inferiores a ellas, sino que lo peor es que incluso son condescendientes con Dios. Aunque algunas personas, por fuera, parezcan creer en Dios y seguirlo, no lo tratan en modo alguno como a Dios. Siempre creen poseer la verdad y tienen buen concepto de sí mismas. Esta es la esencia y la raíz del carácter arrogante, y proviene de Satanás. Por consiguiente, hay que resolver el problema de la arrogancia. Creerse mejor que los demás es un asunto trivial. La cuestión fundamental es que el propio carácter arrogante impide someterse a Dios, a Su gobierno y Sus disposiciones; alguien así siempre se siente inclinado a competir con Dios por el poder sobre los demás. Esta clase de persona no venera a Dios lo más mínimo, por no hablar de que ni lo ama ni se somete a Él. Las personas que son arrogantes y engreídas, especialmente las que son tan arrogantes que han perdido la razón, no pueden someterse a Dios al creer en Él e, incluso, se exaltan y dan testimonio de sí mismas. Estas personas son las que más se resisten a Dios” (La comunión de Dios). Las palabras de Dios me enseñaron que la arrogancia es la raíz de la rebeldía contra Dios. Cuando alguien es de naturaleza arrogante, no puede evitar resistirse a Dios. Mi conducta era fruto de estar controlado por mi naturaleza arrogante. Estaba exultante tras lograr algunas cosas y creía tener apitud y capacidad, ser indispensable, que la iglesia no podía prescindir de mí. Menospreciaba a los demás, aprovechaba mi puesto para reprenderlos y limitarlos y no me importaba nadie más. Era arbitrario y dictatorial en el deber y no debatía las cosas con nadie. Creía estar bien yo solo y poder decidir unilateralmente. No valoraba a mi compañero. Era sumamente arrogante y no tenía veneración por Dios. Cuando la líder trató conmigo, sí reconocí mi arrogancia, pero realmente no me preocupó. Incluso sentía que la arrogancia no era tan mala, que el que me calificaran así significaba que tenía aptitudes; si no, ¿qué me hacía ser arrogante? Era sumamente irracional y totalmente desvergonzado. Vivía según el veneno satánico de “yo soy mi propio señor en todo el cielo y la tierra”, hacía de líder en la iglesia y no me importaba nadie más. ¿En qué me diferenciaba del Partido Comunista? El Partido Comunista es arrogante y libertino y recurre a medios inauditos de represión violenta contra cualquiera que no le haga caso. Yo era dictatorial y terco en la iglesia y no aceptaba la supervisión de nadie. ¿Eso no era igual que el gran dragón rojo? Entonces comprendí lo arrogante que era, que no me importaba nadie, ni siquiera Dios, que iba por una senda contraria a Él. Si no me arrepentía, seguro que terminaría maldecido y corregido por Dios. Luego descubrí de veras la gravedad de las consecuencias de mi naturaleza arrogante, que mi problema no era simplemente una pequeña muestra de corrupción. Ese pensamiento me recordó cuánto había ninguneado a otros y me había encumbrado yo, que hablaba y me presentaba como si no hubiera nadie igual en el mundo. Sentí cierto asco, repugnancia por mí mismo. Decidí que tenía que empezar a buscar la verdad, los principios en todo, dejar de vivir arrogantemente y de resistirme a Dios.

Y después, buscando la forma adecuada de enfocar los éxitos que tuviera, leí un pasaje de las palabras de Dios. “Mientras cumplís con vuestro deber, ¿sois capaces de sentir la guía de Dios y el esclarecimiento del Espíritu Santo? (Sí). Si podéis percibir la obra del Espíritu Santo, seguís teniendo tan alto concepto de vosotros mismos y creyendo que poseéis la realidad, ¿qué está pasando entonces? (Cuando el cumplimiento de nuestro deber ha dado algún fruto, poco a poco empezamos a pensar que una mitad del mérito es de Dios y la otra nuestra. Magnificamos nuestra cooperación hasta un punto ilimitado, pensamos que nada es más importante que esta, y que el esclarecimiento de Dios no habría sido posible sin ella). Entonces, ¿por qué te esclareció Dios? ¿Puede Dios esclarecer también a otras personas? (Sí). Cuando Dios esclarece a alguien, es la gracia de Dios. ¿Y en qué consiste esa pequeña cooperación por tu parte? ¿Es algo por lo que mereces reconocimiento, o es acaso tu deber, tu responsabilidad? (Es el deber y la responsabilidad). Al reconocer que se trata de tu deber y responsabilidad, te hallas en el estado mental correcto, y no te plantearás tratar de apuntarte el tanto. Si siempre crees: ‘Este es mi capital. ¿Habría sido posible el esclarecimiento de Dios sin mi cooperación? Es necesaria la cooperación humana, ya que esta supone la parte principal de todo esto’, entonces es un error. ¿Cómo podrías haber cooperado si el Espíritu Santo no te hubiera esclarecido, y si Dios no hubiera hecho nada y nadie te hubiera comunicado los principios de la verdad? Tampoco sabrías lo que Dios requiere; ni siquiera conocerías la senda de práctica. Aunque quisieras obedecer a Dios y cooperar en Su obra, no sabrías cómo hacerlo. ¿Acaso esta ‘cooperación’ tuya no son palabras vacías? Sin una verdadera cooperación, solo actúas según tus propias ideas, en cuyo caso, ¿podría el deber que realizas estar a la altura del estándar? (No). No, lo cual indica un problema. ¿Qué problema es ese? Sea cual sea el deber de una persona, depende de la actuación de Dios para lograr resultados que lo satisfagan y reciban Su aprobación y para cumplir con el deber de forma óptima. Si cumples con tus responsabilidades, cumples con el deber, pero Dios no actúa ni te dice lo que tienes que hacer, entonces no conocerás tu senda, tu rumbo ni tus metas. ¿Cuál es el resultado último de eso? Sería un desperdicio de esfuerzo, no ganarías nada. Por lo tanto, ¡depende por completo de Dios que cumplas con el deber de forma óptima y sepas mantenerte firme en la casa de Dios, edificando a los hermanos y hermanas y recibiendo la aprobación de Dios! La gente no puede hacer más que aquello que personalmente es capaz de hacer, lo que debe hacer y lo que está dentro de sus propias capacidades, nada más. Por consiguiente, los resultados que finalmente cosechas de tu deber vienen determinados por la guía de las palabras de Dios y el esclarecimiento del Espíritu Santo, que te hacen entender la senda, las metas, el rumbo y los principios que provee Dios” (‘Los principios que deben guiar el comportamiento de una persona’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). En las palabras de Dios entendí que logré cosas en el deber únicamente por la gracia de Dios y el esclarecimiento del Espíritu Santo. También gracias a las enseñanzas de Dios para nosotros sobre la verdad y los principios, en absoluto porque yo tuviera aptitud o supiera hacer algo de trabajo. Sin la guía de las palabras de Dios o el esclarecimiento del Espíritu Santo, sin importar mi aptitud ni lo bien que hablara, jamás habría logrado nada. Y el poco trabajo que hice supuso cumplir con mi deber de ser creado. Es mi responsabilidad. Sea cual sea el deber, es lo que ha de hacer un ser creado. Ningún logro es contribución o capital personal nuestro. Sin embargo, no sabía qué clase de persona era. Creía que unos pocos logros significaban que se me daba bien lo que hacía y asumí aquello como algo que podía aprovechar. Estaba muy satisfecho de mí mismo y trataba de robarle la gloria a Dios. ¡Qué arrogante e irracional! Lo que logremos en el deber viene realmente del esclarecimiento del Espíritu Santo y de las palabras de Dios. No podemos hacer nada solos. Al recordarlo, no solo no logré nada cuando trabajaba desde la arrogancia, sino que demoré nuestra labor. Por ejemplo, cuando puse a la persona equivocada en un puesto de riego, lo que dejó a muchos hermanos y hermanas sin poder recibir el sustento que precisaban. Eso perturbó gravemente el trabajo de la casa de Dios. Y no buscaba los principios de la verdad ni guiaba a los demás para que siguieran los principios en el deber. Eso implicaba que no lográbamos cosas en el deber y demoraba el progreso del trabajo. Pero nunca reflexioné al respecto. En cambio, me congratulaba y me volví más arrogante, como si la iglesia no pudiera prescindir de mí. Pero si Dios podía darme esclarecimiento a mí, claro que podía dárselo a otros, con lo que la labor de la iglesia podría seguir como siempre tras mi destitución. Creía que la iglesia no podría prescindir de mí porque era muy vanidoso. Me acordé de Pablo en la Era de la Gracia. Creyó tener cierto capital después de trabajar un poco, por lo que no le importaba nadie. Dijo directamente que no era menos que otros discípulos, menospreciaba a Pedro y solía degradarlo. Al final, intentó pedirle a Dios una corona por su labor. Era tan arrogante que perdió la razón. Vi que yo era como Pablo, que iba por la misma senda que él. Sin el juicio y castigo estrictos de Dios, aún no sería consciente de mis problemas y me creería excelente. En vista de todo esto, me detesté enormemente. Quería confesarme y arrepentirme ante Dios.

Luego leí estas palabras de Dios: “¿Alguien sabe cuántos años lleva obrando Dios entre toda la humanidad y todas las cosas? Nadie sabe el número exacto de años que Dios lleva obrando y gestionando a toda la humanidad; Él no la informa sobre tales cosas. Sin embargo, si Satanás hiciera algo de esto, ¿lo anunciaría? Desde luego que sí. Satanás quiere llamar la atención, para así poder engañar a una mayor cantidad de gente y que más le den crédito. ¿Por qué no informa Dios sobre esta empresa? Hay un aspecto de la esencia de Dios que es humilde y oculto. ¿Qué cosas se oponen a la humildad y a lo oculto? La arrogancia, la insolencia y la ambición. […] Al guiar a la humanidad, Dios lleva a cabo una obra muy grande y preside todo el universo. Su autoridad y Su poder son enormes, pero Él nunca ha dicho: ‘Mi destreza es extraordinaria’. Él permanece oculto entre todas las cosas, presidiendo todo, alimentando y proveyendo a la humanidad, permitiendo que esta continúe generación tras generación. Pensemos en el aire y el sol, por ejemplo, o en todas las cosas materiales visibles necesarias para la existencia humana: todas ellas fluyen sin cesar. Que Dios provee al hombre es indiscutible. Entonces, si Satanás hiciera algo bueno, ¿lo mantendría en silencio y seguiría siendo un héroe sin reconocimiento? Jamás. Es como algunos anticristos en la iglesia que anteriormente llevaron a cabo un trabajo peligroso o que fue perjudicial para sus propios intereses, puede que incluso acabaran en la cárcel; otros también contribuyeron alguna vez en algún aspecto de la obra de la casa de Dios. Nunca olvidan estas cosas, creen que merecen crédito por ellas durante toda su vida, creen que son un capital que les durará siempre, lo cual demuestra lo pequeñas que son las personas. La gente es pequeña, y Satanás un desvergonzado” (‘Son malvados, insidiosos y mentirosos (II)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). “Dios ama a la humanidad, cuida de ella, y muestra preocupación por ella; provee, asimismo, constante e incesantemente para la humanidad. Él nunca siente en Su corazón que esto sea un trabajo adicional o algo que merezca mucho mérito. Tampoco estima que salvar a la humanidad, proveer para ella, y concederle todo, sea hacer una gran contribución a la humanidad. Él simplemente provee para la humanidad de forma tranquila y silenciosa, a Su manera y por medio de Su propia esencia, y de lo que Él es y tiene. No importa cuánta provisión y cuánta ayuda reciba la humanidad de Él, Dios nunca piensa en eso ni intenta obtener mérito. Esto viene determinado por Su esencia, y es también precisamente una expresión verdadera de Su carácter” (‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo I’ en “La Palabra manifestada en carne”). Medité las palabras de Dios y descubrí lo benevolentes que son Su carácter y esencia. Dios es el Creador que gobierna y sustenta absolutamente todo. Se ha hecho carne de nuevo, expresa verdades para salvar a la humanidad y paga un alto precio por nosotros, pero eso nunca le ha parecido una gran contribución a la humanidad. Y nunca ha ensalzado nada ni ha alardeado de ello. Tan solo realiza toda Su obra serenamente, sin ninguna exhibición de arrogancia. Es más que digno de nuestro amor y nuestra alabanza eterna. Yo soy un humano despreciable, nada en absoluto, pero era muy arrogante. Se me subía a la cabeza el más mínimo éxito como si fuera una obra maestra, una gran contribución. Menospreciaba a todos y todo tenía que estar a mi manera. Era tremendamente irracional, malvado y superficial. Dios es muy humilde y oculto, y Su esencia, muy benevolente. Percibí aún más lo repugnante de mi carácter arrogante y deseé sinceramente aprender la verdad para desecharlo pronto, vivir con semejanza humana.

Después, en una reunión, leí este pasaje de las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Hoy Dios os juzga, os castiga y os condena, pero debes saber que el propósito de tu condena es que te conozcas a ti mismo. Él condena, maldice, juzga y castiga para que te puedas conocer a ti mismo, para que tu carácter pueda cambiar y, sobre todo, para que puedas conocer tu valía y ver que todas las acciones de Dios son justas y de acuerdo con Su carácter y los requisitos de Su obra, que Él obra acorde a Su plan para la salvación del hombre, y que Él es el Dios justo que ama, salva, juzga y castiga al hombre” (‘Debes dejar de lado las bendiciones del estatus y entender la voluntad de Dios para traer la salvación al hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). Me conmovieron mucho las palabras de Dios y comprendí un poco mejor Su voluntad. Cumplía con el deber por arrogancia y provocaba problemas a la labor de la casa de Dios, por lo que me destituyeron según los principios. Pensé que Dios estaba usando la situación para delatarme y eliminarme, así que supuse que me iba a condenar y que no podría salvarme. Por fin comprendí que Dios hizo que me destituyeran del deber y usó el juicio de Sus palabras para que viera mi corrupción y que iba por la senda equivocada. ¡Dios me estaba salvando! Sufrí un poco durante ese juicio y ese castigo, pero eso fue muy valioso y profundo y me protegió. Fue el amor más sincero de Dios hacia mí. Sin importar cómo nos discipline Dios, se trata de Su salvación y amor.

Posteriormente me sinceré en una reunión acerca de lo arrogante que había sido en el deber, de cómo había dañado a los hermanos y hermanas y de lo que había reflexionado tras la destitución. Creía que los demás estarían disgustados conmigo por ser tan inhumano y no querrían tener nada que ver conmigo, pero, sorprendentemente, no me criticaron. Entonces me sentí todavía más en deuda con ellos. Había hecho daño a todos con mi arrogancia, fui tremendamente inhumano. Cuando volví a asumir un deber con los hermanos y hermanas, fui mucho más discreto. Dejé de menospreciar a la gente por sus fallos y enfocaba mejor las cosas. Me esforzaba conscientemente por escuchar las sugerencias ajenas sobre los problemas y dejé de confiar excesivamente en mí mismo. Cuando venían los líderes a preguntar por mi trabajo, cooperaba y lo admitía humildemente. Al cabo de un tiempo, mi estado cambió para bien y volví a ser supervisor. Supe que Dios me exaltaba y agraciaba con aquello. Antes había sido muy arrogante y perturbador en el deber, pero Dios no me había eliminado. Me dio otra oportunidad de cumplir con un deber tan importante. Experimenté realmente la misericordia y clemencia de Dios hacia nosotros. Después, en el deber, dejé de actuar arbitrariamente por arrogancia, pero tenía temor de Dios y le oraba constantemente. Cuando me topaba con algo confuso, lo debatía con los demás para poder buscar juntos la verdad. Tras hacerlo así durante un tiempo, comprobé que el rendimiento del equipo entero mejoró bastante. Cuando lo hacía todo yo solo, me resultaba muy agotador. No lo abarcaba todo y no conseguía buenos resultados. Pero ahora que debato con los hermanos y hermanas los problemas que surgen y nos ayudamos unos a otros, es muchísimo más fácil resolverlos. Y, al cooperar con los demás, vi que realmente sí tienen puntos fuertes. Algunos trabajan mucho y se esfuerzan. Otros tal vez no tengan gran aptitud, pero son diligentes y defienden la labor de la casa de Dios. Esos son puntos fuertes que yo no tengo. También he podido aprender de los hermanos y hermanas cosas que compensan mis fallos. Ha sido un forma de vivir mucho más libre y sencilla.

Aproximadamente un año después, un líder de la iglesia organizó una reunión general para que todos compartiéramos lo aprendido y experimentado ese año. Reflexioné un rato en silencio acerca de todo lo aprendido. Entonces me di cuenta de que Dios me salvó la vida haciendo que me despidieran, que esa fue mi mayor ganancia. De no haber sido por eso, seguiría sin ver la gravedad de mi arrogancia, que era autosuficiente y arbitrario solo por tener un par de dones. Al disciplinarme, juzgarme y castigarme Dios, me mostró mi naturaleza satánica. Eso también me enseñó algo acerca de la justicia de Dios y me infundió temor de Él. ¡Le estoy muy agradecido a Dios por salvarme!

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