Así me liberé de la arrogancia

21 Mar 2022

Por Qichen, Myanmar

En junio de 2019 acepté la obra de Dios Todopoderoso en los últimos días. Un año después empecé en el deber de líder de iglesia. Agradecida a Dios por darme esta oportunidad de practicar, me lancé al deber de buena gana, hacía seguimiento del trabajo, lo entendía y resolvía los problemas de mis hermanos y hermanas. Pasado un tiempo, la mayoría de los nuevos fieles asistía a reuniones con normalidad, difundía el evangelio y cumplía con el deber. Mi otro trabajo también daba algunos resultados y no podía evitar sentir un poco de orgullo. Pensaba: “En el deber de líder, no he tardado en resolver problemas prácticos y los hermanos y hermanas me respetan. Debo de ser mucho mejor que el anterior líder”. Después de una reunión, una hermana comentó que aún no comprendía los principios de admisión de la iglesia y que quería que yo los enseñara. La hermana Zhang, mi compañera, también quería escuchar, así que les enseñé al detalle los principios pertinentes y subrayé algunos puntos clave. Tras mi enseñanza, oí decir a la mayoría de los hermanos y hermanas que lo entendían, lo que me alegró mucho y me hizo creer que estos problemas me resultaban fáciles de resolver. Poco a poco, empecé a volverme arrogante. Al examinar el trabajo de otros, reparé en que algunos líderes de equipo no entendían la situación de sus equipos y postergaban sus deberes, y me impacienté mucho, por lo que los reprendí y no quería enseñarles. Al ver que algunos de ellos se sentían limitados por mí, al principio me sentía un poco culpable, pues me daba cuenta de que me mostraba enojada, pero pensé: “Trabajo en la iglesia y no puedo lograr resultados si no soy estricta”. Luego no hice introspección y se pasaron esos asuntos.

Antes de una reunión de evangelización, debatí el contenido de la reunión con los líderes del equipo de riego. Primero les pedí que compartieran sus opiniones, pero, al cabo de mucho rato, nadie decía nada y solo una hermana dio una pequeña enseñanza. En ese momento me enojé mucho. Me parecieron tan inútiles que ni siquiera conocían el contenido de la reunión y me dieron ganas de perder los nervios con ellos, pero temí que eso influyera en la reunión de esa tarde, así que oré a Dios para calmarme. Reflexioné: “Como ninguno tiene opinión, hablaré yo primero. En la reunión, si todos hablan aprovechando mis ideas, deberíamos poder lograr algunos resultados”. Con ello en mente, les hablé con tranquilidad y detalle de lo que pensaba. Dije que esa reunión era en torno a varios aspectos de la verdad, por lo que debían hablar primero de A y luego de B. Después añadí: “Si creen apropiado lo que yo diga, no duden en aprovecharlo, pero si tienen mejores ideas, pueden compartir lo que les plazca”. No obstante, en la reunión vi que algunas hermanas no hablaban como yo había indicado y otros no hablaron activamente lo más mínimo. Furiosa, me dieron ganas de perder los nervios, pero temía que los nuevos a la reunión se sintieran limitados, así que me controlé. Tras la reunión, no logramos los resultados esperados y me sentí muy triste. Al término de la reunión, pregunté: “¿Qué les parecen los resultados de la reunión de esta tarde? Díganme qué problemas o deficiencias han percibido”. Una hermana alegó que no se calmaba lo suficiente como para hablar; según otras, la reunión fue demasiado corta y los demás las secundaron diciendo que no dio suficiente tiempo… Al oírlo resurgió mi ira. Pensé: “Quería repasar con calma los errores con ustedes, pero no solo no recapacitaron sobre sus problemas, sino que, además, buscaron excusas. La verdad, debería darles una lección”. Luego les envié un pasaje de la palabra de Dios y lo utilicé para tratar con ellos. Señalé que habían sido muy pasivos al debatir el contenido de la reunión, que habían puesto excusas y no habían hecho introspección cuando la reunión no iba bien. Ningún hermano o hermana se atrevió a decir nada. Más tarde, recapacité acerca de si mis palabras habían sido demasido duras. Estuvo mal tratar con los hermanos y hermanas de ese modo. Sin embargo, luego pensé: “Lo hice para ayudarlos a conocerse”. Creía haber hecho lo correcto y no recapacité acerca de mis problemas. Después informé a mi líder de que los regadores tenían poca aptitud y ningún sentido de la responsabilidad en el deber. Quería que me mandara buenos regadores y hasta tenía ganas de destituir a una hermana. No obstante, mi líder habló conmigo: “Llevan poco tiempo creyendo en Dios y tienen poca estatura. No podemos pedir demasiado y es preciso que hablemos con ellos y los ayudemos”. Añadió que muchos nuevos fieles habían aceptado hacía poco la nueva obra de Dios, así que él no podía dejarme ningún regador. Al oírlo, lo acepté de mala gana.

Después descubrí que la hermana Zhang, mi compañera, no me hablaba mucho de trabajo. No le gustaba nada contarme problemas de trabajo y, en varias reuniones de colaboradores, unos cuantos diáconos no hablaron activamente, lo que me frustró. Pocos días más tarde, mi líder me señaló mis problemas: “Según la hermana Zhang, tiendes a reprender y tratar con la gente en las reuniones. Hablar en ese tono hace que la gente se sienta limitada, así que has de reflexionar debidamente al respecto…”. Pensé: “Les señalaba sus problemas. No se conocen a sí mismos y ahora dicen que se sienten limitados, pero yo nunca les pedí que se sintieran limitados. Problema suyo si se sienten así”. Luego también yo me sentí culpable y me di cuenta de que había exhibido corrupción al cooperar con mis hermanos y hermanas, lo que había hecho que se sintieran limitados. Acudí a la hermana Zhang para sincerarme y hablar, y le expliqué: “Soy una persona que habla directamente y suele enojarse. A veces no abordo debidamente la corrupción y los defectos de los hermanos y hermanas y hablo con gran dureza con las personas, por lo que se sienten limitadas”. La hermana Zhang me sorprendió: “Creo que eres arrogante, santurrona y de mal genio, y que te encanta menospreciar y reprender a otras personas”. Me quedé de piedra con aquello. Pensé: “Admito que soy arrogante, ¡pero seguro que no menosprecié a ninguno de ustedes! Acabo de sincerarme para hablar contigo, pero no te conoces y ahora escarbas en mis problemas”. Como no podía aceptar eso, yo también le señalé algunos problemas en su deber. Me quedé desconcertada cuando, de inmediato, la hermana Zhang admitió lo que dije. Avergonzada, y también un poco incómoda, oré a Dios así: “Dios mío, sé que este asunto forma parte de Tus instrumentaciones y disposiciones. Mi hermana me ha señalado mis problemas, pero yo no podía reconocerlos ni admitirlos. Dios mío, te pido esclarecimiento y que me ayudes a hacer introspección”. Luego, como la hermana Zhang había afirmado que era arrogante y santurrona y que menospreciaba a la gente, recapacité, pero, tras reflexionarlo durante tres días, aún no lo entendía. Acudí a la hermana Zhang a pedirle que me lo aclarara. Me explicó lo siguiente: “La última vez, al recapitular la reunión, no nos preguntaste qué problemas concretos teníamos y, de pronto, trataste con nosotros”. Yo pensé: “¿Por una única vez dices que soy arrogante y que me gusta menospreciar a otra gente?”. Me expliqué: “Tenía un motivo para tratar con ustedes. Al principio quería repasar los errores. Perdí los nervios al ver que ninguno se conocía a sí mismo”. Creía que la hermana Zhang lo entendería, pero inmediatamente replicó: “Me pareces demasiado arrogante. Consideras tus ideas la verdad y exiges que todos te escuchen”. Al oír eso, me sentí confundida. Creí haber oído mal, así que le pregunté de nuevo para confirmar y ella fue muy clara: “Eso es”. Empecé a sentir temor y pensé: “¡No dice más que tonterías! ¿Cómo se atreve a afirmar que considero mis ideas la verdad? Nunca he pensado de esa forma”. Pero yo sabía que los buenos propósitos de Dios estaban detrás de su trato conmigo, por lo que enseguida oré a Dios y le pedí esclarecimiento para poder recapacitar y conocerme. Más tarde, en mis devociones, leí dos pasajes de la palabra de Dios: “Algunas personas dicen que no tienen un carácter corrupto, que no son arrogantes. ¿Qué personas son esas? Se trata de personas sin razonamiento, y además son las más estúpidas y arrogantes de todas. De hecho, son más arrogantes y rebeldes que nadie. Cuanto más dice alguien que no es corrupto, más arrogante y santurrón es. ¿Por qué los demás son capaces de conocerse a sí mismos y de aceptar el juicio de Dios y sin embargo tú no? ¿Eres una excepción? ¿Eres un santo? ¿Vives en el vacío? No reconoces que la humanidad ha sido corrompida por Satanás, que la gente tiene un carácter corrupto, y por eso eres el más rebelde y arrogante de todos” (‘La naturaleza arrogante es la raíz de la oposición del hombre a Dios’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). “He observado que muchos líderes solo son capaces de sermonear a la gente, de predicarle desde una posición elevada, y no pueden comunicarse con ella al mismo nivel. Son incapaces de interactuar con la gente de manera normal. Cuando algunas personas hablan, es como si siempre estuvieran dando un discurso o haciendo un informe; sus palabras solo se dirigen a los estados de otras personas, y nunca se abren sobre sí mismos, nunca analizan sus propias actitudes corruptas, sino que solo analizan los problemas de otros para dárselos a conocer a los demás. ¿Y por qué hacen esto? ¿Por qué son propensos a predicar tales sermones, a decir tales cosas? Es una prueba de que no tienen conocimiento de sí mismos, de su gran carencia de razonamiento. Son demasiado arrogantes y engreídos. Piensan que su capacidad para reconocer las actitudes corruptas de los demás demuestra que están por encima de otros, que son mejores que nadie para discernir a las personas y las cosas, que son menos corruptos que el resto de personas. La capacidad de analizar y sermonear a todo el mundo, al tiempo que se es incapaz de ponerse al descubierto, de exponer y analizar sus propias actitudes corruptas, de mostrar su verdadero rostro ni decir nada sobre sus propias motivaciones, y limitarse a sermonear a los demás por no hacer lo correcto; todo esto es magnificarse y exaltarse a uno mismo” (‘Una charla sobre los decretos administrativos de Dios en la Era del Reino’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). La palabra de Dios revelaba mi verdadero estado. Satanás ha corrompido a toda la humanidad y esta rebosa actitudes satánicas. Desde luego, yo no vivo en un vacío. Satanás también me ha corrompido a mí. ¿Cómo no habría de tener un carácter corrupto? El que mi hermana tratara conmigo por ser arrogante y menospreciar fue fruto de Dios. Pero realmente me parecía que me habló de forma demasiado dura cuando trató conmigo. Yo era tan insensible que no me conocía en absoluto. Según la palabra de Dios, si los líderes no saben enseñar la verdad, proveer a los demás, analizar ni conocerse a sí mismos, sino que reprenden y menosprecian a los demás en los sermones y siempre se creen mejores que nadie, entonces son la gente más arrogante y rebelde. Me percaté de que así me comportaba yo en el deber. Cuando era eficaz el trabajo del que era responsable o los hermanos y hermanas me daban el visto bueno, comenzaba a valorarme y me creía mejor que mis hermanos y hermanas. Al comprobar que hacían despacio las cosas, pensaba que no llevaban una carga, por lo que perdía los nervios, los reprendía y culpaba, me parecían pésimos y sentía ganas de destituir a la hermana que yo creía poco apta sin tan siquiera fijarme en si era eficaz en el deber. Cuando debatimos el contenido de la reunión, los hermanos y hermanas se quedaron callados, pero, en vez de preguntar por sus dificultades, los obligué a hablar de determinada manera, lo que los hizo sentirse limitados. En la reunión, como no hablaban de acuerdo con mis ideas, me dieron ganas de perder los nervios y tratar con ellos. Cuando les señalé sus problemas, pero no los reconocieron, los desprecié y ninguneé para mis adentros y hasta traté con ellos con dureza. Para nada tuve en cuenta si su estatura estaba a la altura. Luego mi líder me informó que la hermana Zhang se sentía limitada por mí y me pidió que reflexionara, pero no me lo tomé en serio y pensaba que había tratado con la hermana Zhang para ayudarla a conocerse mejor. Recordé que la hermana Zhang me contó una vez que había un nuevo fiel que no se atrevía a hablar estando yo presente en las reuniones. Entonces no le di importancia. Era ahora cuando descubrí que todos mis hermanos y hermanas se sentían limitados por mí, pero yo no conocía mis problemas y los despreciaba por no llevar una carga. De verdad, ¡qué arrogante! No trataba a mis hermanos y hermanas como iguales ni procuraba entender ni tener en cuenta sus dificultades y defectos. En cambio, los reprendía con condescendencia. Cuando Dios utilizó a mis hermanos y hermanas para podarme, tratar conmigo y advertirme, yo no me conocía en absoluto e intenté defenderme y explicarme. Creía que solamente hablaba de forma directa y tenía mal genio. No podía admitir que era condescendiente y reprendía a la gente. Siempre pedía a los demás que se conocieran, pero no reflexionaba sobre mi corrupción. Siempre creía tener la razón y que la culpa era de los demás. Era muy arrogante e irracional. Fue entonces cuando percibí la misericordia y tolerancia de Dios hacia mí. Dios utilizó a la hermana Zhang para señalarme reiteradamente mis problemas, para que me conociera a mí misma, confesara mis pecados y me arrepintiera.

Después leí otro pasaje de la palabra de Dios: “Si, en el fondo, realmente comprendes la verdad, sabrás cómo practicarla y obedecer a Dios y, naturalmente, te embarcarás en la senda de búsqueda de la verdad. Si la senda por la que vas es la correcta y conforme a la voluntad de Dios, la obra del Espíritu Santo no te abandonará, en cuyo caso serán cada vez menores las posibilidades de que traiciones a Dios. Sin la verdad es fácil hacer el mal, y no podrás evitar hacerlo. Por ejemplo, si tienes un carácter arrogante y engreído, que se te diga que no te opongas a Dios no sirve de nada, no puedes evitarlo, escapa a tu control. No lo haces intencionalmente, sino que esto lo dirige tu naturaleza arrogante y engreída. Tu arrogancia y engreimiento te harían despreciar a Dios y verlo como algo insignificante; harían que te ensalzaras a ti mismo, que te exhibieras constantemente; te harían despreciar a los demás, no dejarían a nadie en tu corazón más que a ti mismo; harían que te creyeras superior tanto a los demás como a Dios, y finalmente harían que te sentaras en el lugar de Dios y exigieras que la gente se sometiera a ti y venerara tus pensamientos, ideas y nociones como verdad. ¡Ve cuántas cosas malas te lleva a hacer esta naturaleza arrogante y engreída!” (‘Solo buscando la verdad puede uno lograr un cambio en el carácter’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Con la palabra de Dios entendí que la gente de naturaleza arrogante y santurrona se enaltece, ningunea a otros y cree tener siempre la razón. Incluso considera sus ideas la verdad y puede hacer el mal o resistirse a Dios en cualquier momento. Me acordé de mi contacto anterior con los demás: no hablaba de mi experiencia ni analizaba mi corrupción para ayudarlos a conocerse a sí mismos, sino que los analizaba y revelaba con condescendencia. Como no entendían, me enojaba, los ninguneaba y trataba con ellos, por lo que se sentían limitados. No se atrevían a contarme sus problemas, lo que entorpecía su deber y repercutía en la efectividad de la vida de iglesia. Mi naturaleza arrogante provocó todo esto. Recordé cómo Dios expone la verdad para proveer a la gente y revelar nuestra corrupción. Dios jamás nos obliga a aceptar ni a practicar. En cambio, guía pacientemente a la gente y dispone el modo de que aquella experimente Sus palabras y Su obra. Con la experiencia, poco a poco la gente llega a conocerse a sí misma, a practicar la verdad y a madurar en la vida. Dios también tiene unos principios para tratar a la gente. Dios la trata justamente, según su estatura y aptitud. No exige más de lo que podemos hacer. Ni nos reverencia ni nos menosprecia. Yo no soy sino un minúsculo ser creado, pero solo por saber compartir cierto entendimiento en comunión, exigía que me escucharan. No consideraba las distintas situaciones de la gente y exigía mucho de todos. Cuando la gente no cumplía mis criterios, la despreciaba y ninguneba, y hasta esperaba destituir a alguien. Reflexioné sobre la esencia de lo que había hecho. Había considerado mis ideas la verdad, insistía en que mi perspectiva era correcta en todo momento y lugar y ordenaba a mis hermanos y hermanas que me escucharan. No cumplía para nada con el deber. ¿No me estaba resistiendo a Dios? No sabía que me controlaba mi naturaleza arrogante y santurrona e hice cosas malvadas con las que me resistí a Dios y lastimé a mis hermanos y hermanas. ¡Era terrible y merecía el castigo de Dios! Cuando lo comprendí, le estuve muy agradecida a Dios por protegerme permitiéndome hacer introspección a tiempo y no descarriarme gracias al consejo de mi hermana. Entonces descubrí que carecía de las realidades de la verdad. Aún era capaz de considerar mis opiniones y entendimiento la verdad y de hacer que los hermanos y hermanas me escucharan. Era demasiado arrogante y no sabía nada de mí misma.

Después, una hermana me envió un pasaje de la palabra de Dios. El primer pasaje de “Solo aquellos con la realidad-verdad pueden liderar”. “Si como líder u obrero de la iglesia debes guiar a los escogidos de Dios para que entren en la realidad de la verdad y den un testimonio apropiado de Dios, lo más importante es guiar a las personas para que pasen más tiempo leyendo Sus palabras y comunicando la verdad, para que los escogidos de Dios puedan tener un conocimiento más profundo de Sus objetivos en la salvación del hombre y el propósito de Su obra, y puedan entender la voluntad de Dios y Sus diversas exigencias hacia el hombre, permitiéndoles así entender la verdad. […] ¿Puedes hacer que la gente entienda la verdad y entre en su realidad si solo los tratas y los sermoneas? Si la verdad que comunicas no es real, si solo son palabras de doctrina, entonces no importa cuánto los trates y los sermonees, no servirá de nada. ¿Crees que el hecho de que la gente tenga miedo de ti y haga lo que le dices sin atreverse a llevarte la contraria equivale a que entienden la verdad y son obedientes? Ese es un gran error; la entrada en la vida no es tan sencilla. Algunos líderes son como un jefe nuevo que trata de causar una honda impresión, tratan de imponer a los escogidos de Dios su autoridad en cuanto la adquieren, para que todos se sometan a ellos, creyendo que eso facilitará su trabajo. Si careces de la realidad de la verdad, entonces en poco tiempo se revelará tu verdadero ser, tu verdadera estatura será expuesta, y puede que seas eliminado. En algunos trabajos administrativos, es aceptable un poco de trato, poda y disciplina. Sin embargo, si eres incapaz de proveer de verdad, si solo eres capaz de sermonear a la gente y lo único que haces es estallar de cólera, entonces esto es la revelación de tu carácter corrupto, y has mostrado la fea cara de tu corrupción. A medida que pasa el tiempo, los escogidos de Dios serán incapaces de recibir de ti la provisión de vida, no ganarán nada real, y por tanto sentirán repulsión y asco hacia ti y te evitarán” (“Discursos de Cristo de los últimos días”). Como líderes, Dios nos advierte que aprendamos a enseñar la verdad para resolver problemas y guiar a la gente para que comprenda la verdad, no que la reprendamos y tratemos con ella por cada ofensa, demostremos fuerza y le demos miedo. Estos son los actos de un falso líder. Dios me enalteció con un deber de líder, pero yo no solo no hice un trabajo práctico, sino que no promoví la entrada en la vida de los hermanos y hermanas de manera sustancial y siempre los reprendí y traté con ellos obcecadamente, por lo que se sentían limitados por mí, me temían y me evitaban. Me acordé de un falso líder destituido el mes anterior por no hacer un trabajo práctico, no saber resolver las dificultades de sus hermanos y hermanas en el deber y siempre tratar con las personas obcecadamente y acusarlas de trabajar mal, lo que les hacía llorar y decir que se sentían limitadas. Vivían en un estado débil y negativo y creían no saber cumplir con el deber. Los actos de este falso líder perjudicaron gravemente la labor de la casa de Dios y la entrada en la vida de sus hermanos y hermanas. ¿No era yo igual que este falso líder? No tenía las realidades de la verdad ni me centraba en buscarla ni en transformar mi carácter. Solo sabía reprender y tratar con la gente obcecadamente a partir de mi carácter arrogante. Iba por la senda de los falsos líderes y anticristos. Era peligroso continuar así.

Más tarde descubrí un pasaje de la palabra de Dios: “Los líderes y los obreros deben ser capaces de comunicar las palabras de Dios, deben ser capaces de hallar una senda para la práctica a partir de las palabras de Dios, y deben guiar a la gente en la comprensión de las palabras de Dios y en la experiencia y la entrada de las palabras de Dios en su vida diaria. Deben ser capaces de incorporar las palabras de Dios en su vida diaria, y cuando se topen con un problema, deben ser capaces de resolverlo utilizando las palabras de Dios. Además, deben ser capaces de utilizar las palabras de Dios para hacer frente a las diversas dificultades con las que se topan mientras cumplen con su deber” (‘Cómo identificar a los falsos líderes (1)’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Los líderes y obreros deben enseñar la verdad y los principios con frecuencia, a fin de guiar a los demás para que comprendan la verdad y entren en su realidad. Deben entender y resolver los problemas y dificultades que otros se encuentren en el deber para que estos, a medida que cumplan con él, así como en la vida real, aprendan a practicar la verdad y a progresar en la vida. Este es el trabajo de los líderes y obreros. Su trabajo no es, como hacía yo, no entender las dificultades de la gente, no enseñarle la verdad para resolver sus problemas y acusarla y exigirle siempre con actitud desdeñosa. Hasta la poda y el trato tienen unos principios. No podemos tratar con la gente con palabras de doctrina ni reprenderla condescendientemente por nuestras ideas o por ira. La poda y el trato requieren el discernimiento de distintas situaciones y antecedentes. Si alguien hace algo que perturba o interrumpe el trabajo de la casa de Dios, perjudica la entrada en la vida de sus hermanos y hermanas y no cambia tras enseñarle reiteradamente, hay que podarlo y tratar con él. Hay quienes suelen salir del paso en el deber y no se arrepienten aunque se les enseñe, y hay que podarlos y tratar con ellos. Cuando la gente peca a sabiendas o conoce la verdad pero no la practica, también hay que podarla y tratar con ella. Al tratar con otras personas, es preciso apreciar correctamente la esencia del problema y enseñar la verdad para que conozcan su error, la actitud corrupta que las controla y la esencia de sus actos. Además, al podar, tratar y destapar la corrupción de la gente, hemos de estar en pie de igualdad con nuestros hermanos y hermanas. No podemos excluirnos como si no fuéramos corruptos. Sin embargo, yo no comprendía los principios de la poda y el trato con la gente. Al ver que mis hermanos y hermanas salían del paso y postergaban su deber, en vez de enseñarles la verdad para ayudarlos, los reprendía y trataba con ellos. Por consiguiente, en lugar de aprender a conocerse, se sentían limitados por mí. De hecho, mis líderes me habían dicho que algunos hermanos y hermanas eran nuevos en el deber y no comprendían algunos principios, por lo que serían inevitables algunos errores y anomalías y no debía tratar con ellos en esas situaciones. En cambio, debía comprender sus deficiencias y problemas, sustentarlos y ayudarlos con amor y guiarlos para que comprendieran los principios de la verdad. Si yo los hubiera ayudado y guiado más, y si ellos sabían cómo practicar, pero no se arrepentían ni cambiaban, debía haberlos tratado como iguales, haber señalado la esencia de sus problemas y haberlos ayudado a conocerse según la palabra de Dios y los principios. Estos son la poda y el trato conformes a la voluntad de Dios, algo útil para la labor de la casa de Dios y la entrada en la vida de los hermanos y hermanas. De todas formas, la práctica acorde con la verdad es la única beneficiosa para la gente.

Un día, mi líder envió un mensaje al grupo para indagar sobre el estado de un trabajo, pero mi compañera y los líderes de equipo no respondieron a tiempo. Yo pensé: “¿Por qué no han respondido activamente mis hermanos y hermanas? Son demasiado pasivos respecto al deber”. A la hora de reunirnos, planteé esa pregunta y, como todos callaron, los acusé involuntariamente de ser demasido lentos y pasivos en el deber. Cuando acabé, seguían callados y reflexioné: “¿He vuelto a destapar mi carácter arrogante y a hacer sentirse limitados a mis hermanos y hermanas?”. En ese momento, miré la computadora y me di cuenta de que había tenido el micrófono en silencio mientras hablaba. Fue entonces cuando comprendí que Dios me protegía y estuvo evitando que lastimara a mis hermanos y hermanas. Di gracias a Dios en silencio, pero, al mismo tiempo, sentí un hondo remordimiento y me odié por haber vuelto a exhibir mi arrogancia. Activé el micrófono y les pregunté con calma por qué no habían respondido a tiempo al mensaje. Fue entonces cuando supe que mi compañera no tenía internet, y que los demás no captaban los principios ni entendían la situación y no sabían qué responder. Les enseñé pacientemente cómo poner en marcha este trabajo según los principios y luego informé a mi líder del estado del trabajo. Al practicar así me sentí algo más tranquila.

Más tarde leí otro pasaje de la palabra de Dios: “Después de que Dios conquiste a los seres humanos, el atributo básico de sentido con el que deben equiparse es el de asegurarse de no hablar con arrogancia. Deberían adoptar un estatus humilde, ‘como el estiércol sobre el suelo’, y decir algunas cosas que sean verdad, esto sería lo mejor. En especial, cuando das testimonio de Dios, si puedes decir algo con sustancia desde el corazón, sin un lenguaje vacío o altivo y sin mentiras ficticias, tu carácter habrá cambiado y ese es el cambio que debería ocurrir cuando Dios te ha conquistado. Si tan siquiera puedes poseer este grado de sentido, entonces realmente no tienes ninguna semejanza humana. Cuando Dios conquiste todas las naciones y regiones en el futuro, si en una inmensa reunión de alabanza a Dios empiezas a actuar de nuevo con arrogancia, serás desechado y eliminado. De ahora en adelante, el hombre debe comportarse siempre de manera apropiada, reconocer su estatus y posición, y no recaer en sus viejas formas” (‘Solo buscando la verdad puede uno lograr un cambio en el carácter’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Con la palabra de Dios entendí que soy un minúsculo ser creado, alguien hondamente corrompido, y que debo estar en pie de igualdad con mis hermanos y hermanas y cumplir correctamente con el deber. Eso es lo que significa ser sensata. Ahora, cuando hago seguimiento de la labor de la iglesia, ya no me enojo ni reprendo a los hermanos y hermanas precipitadamente. Me esfuerzo conscientemente por entender sus dificultades y busco la verdad con todos. Paulatinamente, los hermanos, las hermanas y yo fuimos capaces de cooperar en armonía. Estos cambios en mí son resultado del juicio y castigo de Dios y le agradezco a Dios que me salvara.

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