El daño que hacen los celos

23 Feb 2022

Por Yi Ning, China

Hace no mucho, me eligieron líder de iglesia y me encargué del trabajo de algunas iglesias. Pronto empecé a obtener resultados y muchos miembros de la iglesia me expresaron su apoyo. Estaba contentísima y orgullosa de mí misma, como si supiera trabajar realmente. Pensaba que, si los líderes superiores veían lo que había logrado, tal vez creyeran que era una líder bastante buena, que habían elegido bien. Unos meses después, la iglesia dispuso que la hermana Zhao trabajara conmigo. Creía que necesitaría mi ayuda, pero me sorprendió que se acostumbrara muy deprisa. En nuestros debates tenía buenas sugerencias prácticas, y yo sentía tanta admiración como envidia. Creía que tenía una aptitud excelente y competencias profesionales reales, que ya era muy capaz de resolver problemas mediante la enseñanza. ¿Opinarían todos que no estaba yo a su altura? ¿Eso no me haría parecer inadecuada? ¿Cómo podría entonces mirar a la cara a los hermanos y hermanas? Al día siguiente llevé a la hermana Zhao a una reunión de grupo en la que algunas personas plantearon cuestiones de trabajo. Yo compartí mi opinión, pero la respuesta de ella fue más completa y detallada y, además, encontró principios pertinentes que enseñar. Me llevé una sorpresa. Entendía esas cosas la primera vez que se unía a nosotros y dio una respuesta bastante amplia. Temí la imagen que me daría aquello, que los demás opinaran que yo llevaba más tiempo en ese deber, pero que no estaba a la altura de mi nueva compañera, que no había progresado nada. Cuanto más lo pensaba, más me sonrojaba, y no quería ni levantar la cabeza. Solo quería terminar la reunión.

Días después, la hermana Zhao dijo que a la hermana Lin, líder de equipo, le faltaba aptitud y que no sabía trabajar realmente, que había que destituirla. En realidad, yo ya había detectado esos problemas en ella, pero pensaba que era más o menos nueva en el deber, así que quería esperar a ver. Entendí que, como pensaba lo mismo la hermana Zhao, realmente había que destituirla. No obstante, al debatirlo con la hermana Zhao, se me ocurrió que, si yo destituía a la hermana Lin en ese momento y la líder se enteraba, tal vez creyera que era la hermana Zhao la que tenía perspicacia, la que enseguida hacía los cambios necesarios. Entonces parecería logro de ella. La líder podría pensar que yo no sabía trabajar realmente, que no cambiaba a la gente de deber cuando era preciso. Al pensarlo, no tuve prisa en destituir a la hermana Lin y lo pospuse unos días. Y, una vez, la hermana Zhao propuso un plan para mejorar nuestra eficiencia, pero, tras una prueba, me llegaron críticas de los hermanos y hermanas porque no iba demasiado bien. Estaba encantada. Pensaba que, como habían estado probando su plan de trabajo y perdiendo el tiempo sin lograr nada, seguro que dejaban de admirarla. La siguiente vez que vi a la hermana Zhao, hice todo tipo de referencias veladas al fracaso de su plan, a cuánto tiempo habíamos perdido sin ningún resultado. Muy molesta, simplemente agachó la cabeza. A decir verdad, me sentí satisfecha de verla así y creí haber recuperado por fin la dignidad. Pero me sorprendió que a la hermana Zhao no le afectara mucho esto. Descubrió los fallos suyos que habían llevado a ese fracaso y mejoró su eficiencia y los resultados de su trabajo. No me hacían ninguna gracia sus rápidos progresos. Pensaba que acababa de comenzar y no conocía del todo nuestro trabajo, por lo que necesitaba mi ayuda. ¿Qué utilidad tendría yo en breve, cuando ella aprendiera más? Llegué a sospechar que la líder ya había dispuesto que ella me relevara. Me deprimí cada vez más, empecé a pensar que me faltaban aptitud y habilidades y hasta culpé a Dios por no otorgarme unos dones así de buenos.

Durante un tiempo, perdí realmente la motivación por el deber y tenía sueño en las reuniones. Tenía prejuicios hacia la hermana Zhao y creía que me robaba el protagonismo. Antes de que viniera, los demás querían escuchar mis enseñanzas, pero, desde entonces, parecía que yo no sabía hacer nada bien. Si seguía trabajando con ella, creía que jamás tendría ocasión de brillar. Le tenía tantos celos que no podía ni verla, y cuando me enteraba de sus problemas personales o de algo que no hubiera hecho bien, tenía ganas de dejarla en mal lugar delante de las otras hermanas. Al ver a la hermana Zhao agachar la cabeza y admitir calladamente sus fallos ante mis críticas, sí me sentí algo culpable. Intentaba aprovecharme de un punto débil, pero también me parecía estar diciendo la verdad. Después de extenderme un rato sobre los fallos de la hermana Zhao, las demás hermanas también tuvieron prejuicios hacia ella. Parecía aislada y estaba cayendo en un estado cada vez peor, pero yo seguí sin hacer introspección. Más bien me puse peor, cada vez más intensa.

Aproximadamente un mes más tarde, el Partido Comunista detuvo a unos hermanos y hermanas. Por motivos de seguridad acerca del lugar donde se guardaban los libros de las palabras de Dios, había que trasladarlos. La líder le pidió a la hermana Zhao que se encargara. Pensé que, al llevar más tiempo que ella en ese deber, yo estaba más familiarizada con todo. Debía ser yo la que se encargara. ¿Creía la líder que no estaba a la altura de la hermana Zhao? Cada vez sentía más celos y resistencia al respecto, e incluso tuve el pensamiento tóxico de que no me responsabilizaría de ello. La hermana Zhao no conocía la situación, así que a ver cómo se las arreglaba sola. Dejé de prestar atención al trabajo de la hermana Zhao, y cuando me pedía indicaciones para ir a ver a otros miembros de la iglesia, pasaba de ella o respondía en pocas palabras. Al ver que parecía harta, dejó de preguntarme. Después me sentí culpable, como si no defendiera la labor de la casa de Dios. Me dije que no podía actuar así de nuevo, pero no pude evitarlo la siguiente vez que se presentó un problema. Lo hice en reiteradas ocasiones y nunca fui capaz de dominarme. Me resultaba muy doloroso vivir en ese estado, pero no sabía cómo salir de él. Vivía en un estado de celos. Sabía que la hermana Zhao no conocía a los miembros de la iglesia ni la zona, pero no procuraba ayudarla. Eso supuso la demora durante semanas del traslado de los libros y, además, repercutió en el trabajo de la iglesia. Sin embargo, en realidad yo no hice introspección al respecto.

Le tenía celos y quería competir con ella, lo que repercutía en el trabajo de la casa de Dios. La ira de Dios había caído sobre mí. Una tarde que la hermana Zhao y yo nos unimos a una reunión de grupo para ocuparnos de algo de trabajo, observé que sus enseñanzas eran muy detalladas y que daba muchas vueltas a cosas que no se me habían ocurrido; todo el mundo estaba agradecidísimo. Me sentí algo celosa y enfadada. Me preguntaba por qué tenía que entrar en tantos detalles, con lo que parecía haber pensado en todo y me dejaba en peor lugar a mí. Me enojaba cada vez más y no quise oír ni una palabra suya más. La corté: “¿Ya estás lista? Tengo más sitios a los que ir”. Aceptó a regañadientes, pero yo salí rápido sin ni siquiera esperarla. Pero la bici eléctrica me dejó de funcionar nada más ponerme en camino y tuve un accidente. Atrapada bajo la bici, no podía levantarme, pero, afortunadamente, me ayudó alguien que pasaba por allí. Sin embargo, al llegar a casa comprobé que no podía mover la mano derecha, que me había lesionado. Supe que se trataba de la disciplina de Dios sobre mí, pero estaba tan dormida que no hice introspección en serio. Era muy inflexible y rebelde. Transcurrido un tiempo, la mano no se me había mejorado y la policía me estaba siguiendo. Vinieron a mi puerta a detenerme y escapé gracias a la protección de Dios, pero tuve que dejar mi deber. Supe que la voluntad de Dios estaba en estas cosas que sucedían. No trabajaba tranquilamente con la hermana Zhao y no había pensado verdaderamente en ello ni había cambiado. Así pues, la justicia de Dios vino sobre mí. Sin embargo, me sentía tan negativa que creía que me estaban desenmascarando del todo y no sabía cómo seguir adelante. Con dolor, oré para pedirle a Dios esclarecimiento y guía para poder hacer introspección con sinceridad.

Un día leí estas palabras de Dios: “Hoy, se os da protección, porque sois castigados, juzgados y maldecidos. Se os protege, porque habéis sufrido mucho. De no ser así, el hombre habría caído hace mucho en la depravación. Esto no es dificultaros las cosas intencionadamente; la naturaleza del hombre es difícil de cambiar y tiene que ser así para que su carácter sea cambiado. […] Sin el oportuno castigo y las maldiciones de hoy, vuestro día final habría llegado hace mucho. Eso por no decir nada de vuestro destino; ¿no correría un mayor peligro inminente? Sin este castigo y juicio oportunos, quién sabe lo arrogantes y lo depravados que os volveríais. No tenéis la menor capacidad de autocontrol y autorreflexión. Este castigo y juicio os han traído hasta hoy y han preservado vuestra existencia. ¿No haríais mejor en aceptar el castigo y el juicio de hoy? ¿Qué otras elecciones tenéis?” (‘Estás protegido porque eres castigado y juzgado’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Leí una y otra vez este pasaje y cada palabra me llegaba directa al corazón. Me peleaba con la hermana Zhao por el estatus y perturbaba la labor de la casa de Dios. Si Dios no hubiera dispuesto numerosas situaciones con que corregirme, yo no habría parado, sino que, indudablemente, habría seguido peleándome con ella. Eso solo acarrearía una mayor repercusión en la labor de la iglesia. Dios dispuso esas situaciones para detener rápidamente mi maldad. Así me cuidó y salvó. Se trató del amor de Dios, no de que Él quisiera eliminarme. No debía estar deprimida, sino hacer introspección y arrepentirme ante Dios. Esto me aportó esclarecimiento y dejé de sentirme tan mal. Me presenté ante Dios a orar: “¡Oh, Dios mío, me equivoqué! Quiero arrepentirme sinceramente. Te ruego que me guíes para comprenderme a mí misma”.

Y un día leí unas palabras de Dios del cuarto pasaje de “Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad”. “Las nociones, imaginaciones, conocimiento, e intenciones y deseos personales que llenan vuestras cabezas permanecen iguales desde su forma original. Así que, si oyes que la casa de Dios cultivará diversos talentos y tan pronto como involucre posición, prestigio o reputación, el corazón de todos salta de emoción y cada uno quiere siempre sobresalir, ser famoso y ser reconocido. Nadie está dispuesto a ceder; en cambio, todos quieren siempre competir, aunque competir sea vergonzoso y no se permita en la casa de Dios. Sin embargo, si no hay controversia, no te sientes contento. Cuando ves que alguien sobresale, sientes celos, sientes odio, te vuelves resentido y te parece que es injusto. ‘¿Por qué yo no puedo sobresalir? ¿Por qué siempre es aquella persona la que logra sobresalir y nunca es mi turno?’ Luego surge el resentimiento en ti. Tratas de reprimirlo, pero no puedes. Oras a Dios y te sientes mejor por un rato, pero cuando te encuentras nuevamente con este tipo de situación, no puedes superarla. ¿No muestra esto una estatura inmadura? ¿No es una trampa la caída de una persona en tales estados? Son los grilletes de la naturaleza corrupta de Satanás que atan a los humanos” (“Discursos de Cristo de los últimos días”). “Los anticristos piensan en la obra de la casa de Dios, incluidos los intereses de la iglesia, como algo propio, como su propiedad personal que debe ser gestionada enteramente por ellos, sin que nadie interfiera. Y por tanto lo único que consideran cuando hacen la obra de la casa de Dios son sus propios intereses, su propio estatus y prestigio. Rechazan a cualquiera que, a sus ojos, sea una amenaza para su estatus y reputación. Los reprimen y los condenan al ostracismo; incluso excluyen y reprimen a las personas que son útiles y adecuadas para cumplir ciertos deberes especiales. […] Los anticristos también inventan mentiras y exageran los hechos entre los hermanos y hermanas, hablan mal de ciertas personas con intención de hundirlas, o buscan excusas para excluirlas y reprimirlas sin importarles el trabajo que hagan. Luego además las juzgan, dicen que son arrogantes y santurronas, que les gusta alardear, que albergan ambiciones. En realidad, todas estas personas tienen puntos fuertes, son gente que ama la verdad a la que vale la pena nutrir. En ellos solo se detectan pequeños defectos, manifestaciones ocasionales de un carácter corrupto; todos poseen una humanidad relativamente buena. En general, son aptos para cumplir con un deber, concuerdan con los principios propios de aquellos que cumplen un deber. A ojos de un anticristo, su pensamiento es: ‘De ninguna manera voy a soportar esto. Quieres desempeñar un papel en mi campo de acción, quieres competir conmigo. Eso es imposible, ni lo pienses. Eres más competente que yo, más elocuente, ilustrado y popular que yo. ¿Qué haría yo si me robaras el protagonismo? ¿Quieres que obre a tu lado? ¡Ni lo sueñes!’. ¿Están considerando los intereses de la casa de Dios? No. En lo único que están pensando es en cómo preservar su propio estatus, y por eso prefieren dañar los intereses de la casa de Dios que usar a tales personas. Eso es exclusión” (‘Querrían que se les obedeciera solo a ellos, no a la verdad ni a Dios (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Con las palabras de Dios aprendí que los anticristos son sumamente malvados y ruines por naturaleza. Valoran la reputación y el estatus y siempre quieren liderar cualquier grupo. Desean la admiración e idolatría de la gente allá donde estén, y si alguien impide que sobresalgan o amenaza su estatus, atacan, rechazan, juzgan y degradan a esa persona. No les importa cuánto puedan perjudicar la labor de la casa de Dios y no la defienden en absoluto. Me di cuenta de que actuaba como un anticristo. Cuando hice algunos progresos al principio de ser líder, me creí un talento digno de promoción, pero, cuando vino la hermana Zhao y vi que me superaba en todos los sentidos y caía muy bien a los demás, pensé que me robaba la gloria. Estaba celosa y empecé a competir disimuladamente con ella. Cuando advirtió que una líder de equipo no era adecuada, supe que había que relevar a esa líder, pero, por preservar mi reputación y estatus, me demoré y pospuse su destitución. Estaba dispuesta a que se resintiera el trabajo de la casa de Dios antes que poner en riesgo mi reputación. Me deleité en su fracaso cuando uno de sus planes de trabajo no fue bien, la culpé sutilmente y le hice quedar mal adrede. Peor aún, me puse más celosa cuando una líder le mandó asumir la responsabilidad de transportar los libros. Pensé que la líder la valoraba a ella más que a mí, así que, petulante, desatendí esa parte de nuestro trabajo. Cuando me preguntaba alguna duda, pasaba de ella y la ponía adrede en una posición difícil porque quería dejarla en mal lugar. Eso supuso que algunos libros no se trasladaran a tiempo. Al recordar nuestra relación, sentí que me había embriagado el deseo de reputación y estatus y que yo había provocado problemas entre nosotras a cada paso en beneficio de mi imagen. No me importaba cuánto perjudicara eso la labor de la casa de Dios. Llegué a armar un gran lío por cosas intrascendentes, a faltarle al respeto y a rechazarla. Otras hermanas la excluyeron influidas por mí. Recurría a tácticas así de ruines solo por preservar mi estatus y la atacaba y rechazaba con disimulo. Era algo solapado y malvado. ¿Dónde estaba mi humanidad? No era sino demoníaca. Me peleaba constantemente con la hermana Zhao por la reputación y la ganancia e ignoraba el trabajo de la casa de Dios. Sin la justicia de Dios, el accidente de mi bici eléctrica y mi casi arresto, que me supuso la suspensión del deber, no habría dejado de hacer el mal ni me habría presentado ante Dios a recapacitar. Dios me encumbró para que ejerciera de líder. No solo fracasé en mis responsabilidades, al llevar a cabo la comisión de Dios, sino que estaba obesionada con recibir admiración y con la valoración de la líder, con el hecho de sobresalir. Cosas como “una montaña no puede contener dos tigres” y “yo soy mi propio señor en todo el cielo y la tierra” eran venenos satánicos según los cuales vivía. Competía constantemente con la hermana Zhao como si solo pudiera haber una líder. Llegué a esperar que lo hiciera mal y la destituyeran. Me asustó lo que vi en mí: una naturaleza tremendamente ruin. Iba por la senda de un anticristo. La ponzoña de Satanás me envenenaba y me hacía anhelar la admiración como si ese fuera el único modo de vivir con dignidad, pero entendí que, en aras de la admiración, fui capaz de ignorar los intereses de la casa de Dios, de oprimir a una hermana. A Dios y a los demás les repugna esa manera de vivir. No tenía ni pizca de honor. Alguien con auténtica integridad sería capaz de cooperar en armonía, de aceptar la verdad, de defender los intereses de la casa de Dios y cumplir con el deber de un ser creado, pero yo vivía según una filosofía satánica y ni siquiera distinguía el bien del mal. Iba de cabeza por la senda equivocada, ¡una senda a la destrucción! Me detesté de veras cuando me di cuenta. Al mismo tiempo, le estaba muy agradecida a Dios por salvarme y comprobé cuánto me había rebelado contra Él, pero Dios no me trató en función de mis transgresiones. Dispuso situaciones que despertaran mi corazón, dormido y estúpido. Me abrumó la gratitud hacia Dios y quería aprovechar la ocasión para buscar realmente la verdad, a fin de corregir mi corrupción.

Leí este pasaje de las palabras de Dios durante mis devociones: “Con independencia de la dirección en que te esfuerces o de la meta por la que lo hagas, independientemente de lo exigente que seas contigo mismo para renunciar a tu estatus, mientras el estatus ocupe un lugar determinado en tu corazón y pueda controlar e influir en tu vida y en las metas por las que te esfuerzas, las transformaciones de tu carácter se verán enormemente comprometidas y la definición definitiva de Dios sobre ti será otra historia. Además, esa búsqueda del estatus afecta a tu capacidad de ser una criatura aceptable de Dios y, naturalmente, a tu capacidad de cumplir con el deber a un nivel aceptable. ¿Por qué digo esto? Nada es más aborrecible para Dios que el hecho de que la gente busque el estatus, pues la búsqueda del estatus es un carácter corrupto; nace de la corrupción de Satanás y, en opinión de Dios, no debería existir. Dios no dispuso que eso se le concediera al hombre. Si siempre compites y luchas por el estatus, si lo valoras constantemente, si siempre quieres usurparlo para tenerlo, ¿esto no comporta cierta naturaleza de animadversión hacia Dios? Dios no dispone que la gente tenga estatus; Él la provee de la verdad, el camino, y la vida, y al final la convierte en criaturas aceptables de Dios, pequeñas e insignificantes criaturas de Dios, no en personas con estatus y prestigio veneradas por miles de personas. Por ello, se mire por donde se mire, la búsqueda del estatus es un callejón sin salida. Por muy razonable que sea tu excusa para buscar el estatus, esta senda sigue siendo equivocada y Dios no la elogia. Por más que lo intentes o por mucho que sea el precio que pagues, si deseas estatus, Dios no te lo dará; si no te lo da Dios, fracasarás en tu lucha por conseguirlo, y si sigues luchando, solo se producirá un resultado: ¡la muerte! Esto es un callejón sin salida; lo entiendes, ¿verdad?” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (III)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Con las palabras de Dios aprendí que lo que más detesta Él es la búsqueda de reputación y estatus, y que esa es la senda totalmente equivocada. Quien sea consciente de que lucha por estas cosas y perjudica la labor de la iglesia, pero se niegue a arrepentirse, está destinado a que Dios lo condene y corrija. Las palabras de Dios eran muy incisivas y me asustaron. Percibí el carácter majestuoso y airado de Dios, que no tolera ofensa. Me faltaban muchas habilidades de trabajo y no sabía gestionar tantas cosas, pero la hermana Zhao era mejor en este sentido y podía compensar mis carencias. Debí haber aprendido de sus puntos fuertes para ayudar a quitarme mis puntos débiles, haber trabajado con ella por el bien del trabajo de la iglesia. En cambio, no comprendía la voluntad de Dios ni me centraba en buscar la verdad para mi deber. Simplemente me comparaba con ella y aprovechaba sus fallos para oprimirla. Eso le resultaba muy hiriente y obstaculizaba el trabajo de la casa de Dios. Dios me reprendía y disciplinaba una y otra vez, pero yo me empeñaba en luchar contra Él y me negaba a retroceder. No desperté hasta que Dios no dispuso unas situaciones que suspendieran mi deber. Descubrí que era sumamente terca y que no llevaba a Dios en el corazón. Sin embargo, al mismo tiempo, sentí la misericordia de Dios. Dios quería que pudiera aceptar la verdad y arrepentirme sinceramente, que fuera una persona que lo temiera a Él y se apartara del mal. Eso es lo que alegra a Dios. Además, comprendí que, incluso si me admiraba mucha gente, pero yo no tenía la aprobación de Dios, al final Él me delataría y eliminaría. Ir en pos de la reputación y el estatus y trabajar para recibir admiración es la senda equivocada. Ahora que soy creyente, debo buscar la verdad como Dios nos indica. Al darme cuenta de eso, oré porque ya no quería tener celos de la hermana Zhao ni andar tras la reputación y el estatus, sino someterme a las disposiciones de Dios, comer y beber de Sus palabras y hacer introspección en mi situación actual. Luego, poco a poco empecé a adentrarme en un estado mejor y se me fue curando la mano.

Me reeligieron líder en enero de 2021 y no me estuve regodeando en ello como antes, pensando en que la gente me admirara por mi estatus, sino que sentía que Dios me daba la ocasión de arrepentirme. Juré en silencio que valoraría este deber, que nunca más estaría celosa ni me pelearía por el estatus. No obstante, enseguida sucedió algo que me volvió a delatar. Un día recibí una carta de un líder superior firmada por la hermana Zhao. Al verla, le di vueltas a la cabeza y pensé que la habían promovido, mientras que yo estaba donde siempre. Realmente no era igual que ella. Empecé a sentirme muy molesta, pero esa vez me di cuenta de que de nuevo iba a competir con ella, así que me presenté rápidamente ante Dios en oración para pedirle que me guiara para salir de mi carácter corrupto de lucha por la reputación y la ganancia y para, por el contrario, ser capaz de someterme a Sus disposiciones y de cumplir correctamente con el deber. Me sentí más tranquila tras orar y reflexioné sobre mi trabajo con ella anteriormente: por haber estado celosa y haber competido con ella, le había hecho mucho daño y también mi vida se había resentido. Mediante este contacto con la hermana Zhao, Dios me daba una nueva ocasión de arrepentirme. No podía continuar viviendo en corrupción, manipulada por Satanás como antes. Quería practicar la verdad, renunciar a mí misma. Me acordé de unas palabras de Dios: “¿Cuáles son vuestros principios para comportaros? Debéis comportaros conforme a vuestro puesto, buscar el puesto adecuado para vosotros y manteneros firmes en él. A modo de ejemplo, hay personas que son buenas en una profesión y entienden los principios de esta, y son ellas las que deberían hacer las revisiones finales sobre este asunto; hay personas que pueden brindar ideas y percepciones, permitiendo que todos los demás tomen estas ideas como punto de partida y cumplan mejor con su deber, y, luego, deberían ser ellas las que brindasen ideas. Si podéis encontrar el puesto indicado para vosotros y trabajar en armonía con vuestros hermanos y hermanas, estaréis cumpliendo con vuestro deber y os estaréis comportando acorde a vuestro puesto” (‘Los principios que deben guiar el comportamiento de una persona’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Dios nos pide que permanezcamos en el lugar de un ser creado, que cumplamos con el deber como personas rectas y contribuyamos solo lo que podamos. Es el único modo de vivir como una persona auténtica. La aptitud que tuviera la había determinado Dios. Dios sabía lo que yo podía hacer, por lo que tenía que esforzarme al máximo en el deber, trabajar bien con mi hermana y defender juntas la labor de la iglesia. A Dios le basta con eso. Cuando ella era nueva en el trabajo de la iglesia y había muchas cosas que no sabía, debería haber estado dispuesta a ayudarla, a ayudar a informarle del trabajo, para poder averiguar nuestros problemas y resolverlos rápido. Darme cuenta de esto me supuso un alivio enorme. Después fui a debatir unos problemas de trabajo con la hermana Zhao y me dio buenas sugerencias. Las acepté de buena gana y las apliqué inmediatamente. Una vez que dejé de compararme con ella y puse en práctica las palabras de Dios, me sentía mucho más tranquila en el fondo y mejoró mucho nuestra relación.

Esta experiencia me ha enseñado lo doloroso que es estar gobernada por la reputación y el estatus. Ya me siento libre de esas cadenas. Sé practicar la verdad y tengo algo de semejanza humana. ¡Todo gracias al juicio y castigo de Dios! También he experimentado lo liberador de practicar la verdad. Es una maravillosa manera de vivir. Agradezco de todo corazón a Dios que me salvara.

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