Lo que yace detrás del “amor”

10 Ene 2022

Por Chen Yang, China

Antes de ser creyente, creía que “Una amistad larga y buena nace de callar los errores de los amigos”, “Nunca dar golpes bajos” y “Una palabra amable calienta el invierno; y una dura, enfría el verano” y vivía según esas frases. Nunca señalaba las deficiencias de las personas, y, de palabra y de obra, siempre consideré los sentimientos de otros y sus dificultades. Les caía bien a amigos y a compañeros de clase, y estaba muy satisfecha conmigo misma por llevarme tan bien con todos. Aun después de unirme a la fe, mantuve esta actitud, nunca señalaba ninguno de los problemas que veía en los hermanos. Incluso cuando veía que alguien estaba dañando a la iglesia por vivir dentro de su corrupción, tampoco decía nada. Sentía que, al ser tolerante, indulgente y amorosa con los demás, era una buena persona. Hasta que fui juzgada y castigada por Dios, entonces vi que, detrás de mi “amor”, se escondían intenciones malvadas. Vi que en verdad no era una buena persona para nada, sino que era egoísta, despreciable y astuta, disfrazada de buena. Gracias al juicio y castigo de Dios, y a la guía de Sus palabras, aprendí los principios para ser buena.

Empezó en julio de 2018, cuando era líder de iglesia. Descubrí que la hermana Liu, que trabajaba en producción de videos, era descuidada, siempre se retrasaba y no tenía sentido de carga. En una reunión, hallé palabras de Dios relevantes y compartí algunas enseñanzas simples. Ella reconoció que era descuidada en su deber y dijo que quería cambiar, pero, después, siguió siendo igual de descuidada. Entonces, pensé que si ella no cambiaba su actitud hacia su deber, sin dudas afectaría la eficacia de la obra y no la ayudaría con su propia entrada en la vida. Sentí que debía exponerla y enseñar claramente sobre su estado y conducta, y sobre la naturaleza y consecuencias por cumplir su deber así, para que pudiera ver la seriedad del problema y hacer cambios a tiempo. Pero luego pensé: “Si saco a relucir sus problemas, ¿será capaz de aceptarlo? ¿Dirá que carezco de amor y creerá que solo le dificulto todo? Si termina resintiéndose y se pone en mi contra, será difícil llevarse bien con ella. Olvídalo. No debería ser tan directa sobre esto. Solo lo señalaré un poco, y bastará para que vea su estado. De esa forma, no será vergonzoso para ella, y las cosas no serán muy incómodas entre nosotras”. Por eso, superficialmente dije: “Si no abordamos el estado de descuido, no hay forma de cumplir bien nuestro deber. La oportunidad de cumplir un deber es preciosa, hay que atesorarla mucho”. Siguió cumpliendo su deber descuidadamente, lo que no solo retrasó nuestra producción de videos, sino que también tuvo un impacto negativo en los demás hermanos. Otros empezaron a trabajar despacio en su deber sin ningún sentido de urgencia, y no se esforzaban para abordar las dificultades que tenían. Y cuando una hermana la podó y trató con ella, no se arrepintió ni cambió. Me puse nerviosa, y pensé: “La hermana Liu tiende a ser descuidada y no ha cambiado. No ha logrado nada en su deber. Según los principios, debería ser despedida, pero si la despido de esa forma, tal vez diga que no tengo nada de amor ni de paciencia, que carezco de humanidad”. Luego de sopesarlo, decidí no despedir a la hermana Liu, sino esforzarme por transferirla a otro deber. Así, no pensaría mal de mí y aún creería que soy una persona amorosa. Con la excusa de que despedir a la hermana Liu la volvería negativa y que la deprimiría, dispuse que organizara las filmaciones para la producción de videos. Pero como ella no tenía nada de comprensión de sí misma, su disciplina empeoró y descuidó más su nuevo deber. Hasta descuidó sus devocionales y oraciones. Como no asumía una carga por su deber, su filmación era algo caótica y cuando ella terminaba, otros reorganizaban. Una vez, hasta borró por accidente una filmación importante.

Cuando mi líder se enteró de esto, trató conmigo por no cumplir mi deber de acuerdo con los principios, por no practicar la verdad y por proteger mi propia imagen y mi estatus, lo que, al final, impactó en la obra de la iglesia. Oír eso fue devastador y me alteró mucho. Y después, leí un pasaje de las palabras de Dios que me hizo comprender la naturaleza de hacer las cosas así. Las palabras de Dios dicen: “La mayoría de las personas desean buscar y practicar la verdad, pero gran parte del tiempo simplemente tienen la determinación y el deseo de hacerlo; la verdad no se ha convertido en su vida. Como resultado, cuando se topan con las fuerzas del mal o se encuentran con personas malvadas y malas que cometen actos malvados o con falsos líderes y anticristos que hacen las cosas de una forma que viola los principios —y provocan que la obra de la casa de Dios sufra pérdidas y dañan a los escogidos de Dios— las personas pierden el coraje de plantarse y decir lo que piensan. ¿Qué significa cuando no tienes coraje? ¿Significa que sois tímidos o poco elocuentes? ¿O que no tenéis un entendimiento profundo y, por tanto, no tenéis la confianza necesaria para decir lo que pensáis? Nada de esto; lo que pasa es que estás siendo controlado por diversos tipos de actitudes corruptas. Una de estas actitudes es la astucia. Piensas primero en ti mismo y piensas: ‘Si digo lo que pienso, ¿cómo va a beneficiarme? Si digo lo que pienso y provoco que alguien se disguste, ¿cómo nos llevaremos bien en el futuro?’. Esta es una mentalidad astuta, ¿cierto? ¿No es esto resultado de un carácter astuto? Otra es una actitud egoísta y mezquina. Piensas: ‘¿Qué tiene que ver conmigo una pérdida para los intereses de la casa de Dios? ¿Por qué debería importarme? No tiene nada que ver conmigo. Aunque lo vea y oiga, no tengo que hacer nada. No es mi responsabilidad, no soy líder’. En tu interior se encuentran esas cosas, como si hubieran surgido de tu mente inconsciente y ocuparan posiciones permanentes en tu corazón; son las corruptas actitudes satánicas del hombre. Estas actitudes corruptas controlan tus pensamientos, te atan de pies y manos y controlan tu boca. Cuando quieres decir algo de corazón, las palabras llegan a tus labios, pero no las dices o, si hablas, lo haces con rodeos, con un margen de maniobra: no hablas claro en absoluto. Los demás no sienten nada cuando te oyen y lo que has dicho no ha resuelto el problema. Piensas para tus adentros: ‘Bueno, he hablado. Tengo la conciencia tranquila. He cumplido con mi responsabilidad’. En realidad, dentro de ti sabes que no has dicho todo lo que debías, que lo que has dicho no ha hecho efecto y que se mantiene el perjuicio a la obra de la casa de Dios. No has cumplido con tu responsabilidad, pero dices abiertamente que has cumplido con ella o que no tenías claro lo que estaba sucediendo. ¿No estás, entonces, completamente controlado por tus corruptas actitudes satánicas?” (‘Solo quienes practican la verdad temen a Dios’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Sentí vergüenza al ver cómo las palabras de Dios exponían mi carácter egoísta y astuto. Vi que la hermana Liu era descuidada en su deber y, a pesar de las críticas, no cambiaba, pero yo temía que dijera que me faltaba amor, así que solo señalé sus problemas muy delicadamente para proteger mi imagen y mi estatus en su corazón; como resultado, no le era ni remotamente útil a la hermana Liu, y la producción de videos se retrasó. Los principios requerían que la despidiera de su deber, pero yo quería parecer una persona buena y amorosa, así que no lo hice. Por el contrario, le asigné preparar filmaciones para los videos, lo que dañó gravemente la obra de la iglesia. Vi que estaba dispuesta a afectar a los hermanos y a dañar los intereses de la iglesia a cambio de mi posición en el corazón de los demás. ¿Eso era ser una buena persona? Era ser egoísta, despreciable, astuta y mala. ¿Cómo podía eso no disgustar a Dios? Después, no perdimos tiempo en echar a la hermana Liu de su deber, y hablé con ella sobre las palabras de Dios, exponiendo su conducta en su deber. Y tiempo después, ella ganó un poco de autoconocimiento gracias a que buscó la verdad, y pudo cambiar su estado. Volvió a cumplir su deber, y fue elegida para estar a cargo de un equipo. Cuando supe la noticia, me alegré por ella sinceramente, pero también sentí vergüenza y remordimiento. Antes, me preocupé por proteger mi imagen y estatus, no por practicar la verdad, lo que entorpeció su crecimiento en la vida y dañó la obra de la casa de Dios. ¡Eso fue muy malvado! Supe que, en el futuro, no podía ser complaciente a expensas de los hermanos y de la obra de la casa de Dios. Pero cuando se trataba de poner en práctica la verdad, mi corrupción aún me retenía.

En octubre de 2020, me di cuenta de que la hermana Lin, que cumplía deber de riego, no conseguía resultados porque carecía de calibre, por lo que estaba por cambiarla a otro deber. Luego descubrí que ella era muy arrogante, y, cuando no estaba de acuerdo con otros, en vez de buscar los principios de la verdad, ella solo quería que la obedecieran. Y pensé: “Si no resuelve su carácter arrogante, nunca podrá trabajar bien con otros, y no le irá bien en ningún deber que desempeñe. Y no será bueno para ella ni para la obra de la casa de Dios. Debería hablarle sobre este problema y compartir la mejor enseñanza que pueda”. Pero, después, al compartir enseñanza con ella, le dije: “Desde que te conozco, descubrí que tienes un problema de arrogancia. No aceptas las sugerencias de los demás ni trabajas bien con otros, y esto afecta los resultados de tu deber. ¿Qué opinas de esta situación?”. En cuanto terminé de hablar, la hermana Lin, afligida, dijo: “No seré buena en ningún deber por no trabajar bien con otros. Quiero pausar mi deber y reflexionar por un tiempo”. Al oírla decir esto, pensé: “Para empezar, no estaba en un muy buen estado. Si expongo y analizo su problema a detalle, ¿pensará que soy muy dura y que la ataco intencionalmente? Podría decir que soy insensible e indiferente. Eso podría dejarla con una mala impresión de mí antes de que se vaya. No voy a ser muy directa, solo le daré un poco de aliento. Seré breve sobre su problema, con eso bastará. Tal vez gane algo de entendimiento en su reflexión y pueda cambiar. Eso no causará rencores, y ella me verá como una líder de iglesia amorosa y tolerante”. Por eso, cambié mi tono y la consolé. Le dije: “De hecho, este cambio de deber también es el amor de Dios. Puedes seguir trabajando sobre ti misma, y si cambias tu arrogancia después de un tiempo, puedes volver al deber de riego. Debemos encararlo apropiadamente”. Luego hallé algunas palabras de Dios que exhortan y consuelan a la gente para la enseñanza, y al escucharlas, la preocupación desapareció de su rostro. Dijo que, en adelante, quería cumplir bien su deber y seguir mejorando.

Después de irme a casa, también lo consideré. Y pensé: “Al consolarla así, no fue negativa en ese momento, pero, ¿ganó algo de entendimiento real sobre su carácter corrupto? ¿Alcanzó un cambio en su deber para motivarla, para cambiarla? En unos días, pasará a otro deber. Si el mismo problema vuelve a surgir, ¿no afectará directamente su eficiencia?”. No me sentía cómoda por completo, y le pedí su opinión a la hermana Fang, con quien yo trabajaba. Ella me dijo: “Estoy de acuerdo contigo en que la hermana Lin no tiene un entendimiento real de su carácter corrupto. No tiene un sentido importante de remordimiento y deuda por el daño que le ha hecho a la obra de la iglesia. En cuanto te dijo que ya no quería cumplir su deber, tú solo la consolaste, pero no le enseñaste claramente sobre su arrogancia y la raíz de su incapacidad de trabajar bien con otros. Eso no la ayudará con su posterior reflexión y entrada”. La hermana Fang después dijo: “Desde que te conozco, siento que eres una ‘niñera’”. Al oír que me decía así, no supe si reír o llorar. Me pregunté cómo podía describirme de esa manera. Al ver mi incomodidad, se apresuró a explicarse: “Cuando los hermanos afectan su deber debido a su corrupción, vas a apaciguarlos, no te atreves a exponerlos con ningún hecho. Eres muy permisiva y en nada beneficias sus vidas. He trabajado con muchos líderes de iglesias, pero nunca he visto uno como tú…”. Sin embargo, lo que dijo de verdad señaló algo que siempre había sido un problema para mí, y me recordó cosas que ya habían pasado. Otra hermana había señalado esto de mí antes, diciendo: “Hace tiempo que trabajo contigo, pero nunca hablaste de mis problemas o deficiencias. Así que, nunca me ayudaste de verdad”. Las evaluaciones de estas hermanas eran muy dolorosas, y sentí mucha culpa. Hacía tiempo que trabajaba con los otros, pero nunca les había aportado nada verdaderamente útil. ¿Por qué siempre tenía miedo de señalar los defectos de los hermanos? Para buscar, oré a Dios: “Dios, casi nunca me atrevo a señalar los problemas de nadie, temo ofenderlos. Así, las personas no pueden aprender nada. Dios, no quiero ser este tipo de persona, pero no entiendo la raíz del problema. Por favor, guíame para que me conozca y aprenda esta lección”.

Luego, leí un pasaje que exponía a los anticristos que intentan caer en gracia. Me ayudó mucho. Las palabras de Dios dicen: “Algunos líderes de la iglesia, al ver a los hermanos o hermanas cumplir con sus deberes de forma descuidada y superficial, no los reprenden, aunque deberían hacerlo. Cuando ven algo claramente perjudicial para los intereses de la casa de Dios, hacen la vista gorda y no indagan para no ocasionar la más mínima ofensa a los demás. Su propósito y su objetivo reales no son mostrar consideración por las debilidades del prójimo; saben muy bien lo que pretenden: ‘Si sigo así y no ofendo a nadie, me considerarán buen líder. Tendrán una buena opinión, positiva, de mí. Me tendrán en consideración y les caeré bien’. Por mucho que se menoscaben los intereses de la casa de Dios, por más que se impida al pueblo escogido de Dios entrar en la vida o por más que se perturbe la vida de su iglesia, dichas personas se aferran a su filosofía satánica y no ofenden a nadie. Nunca sienten un reproche en su corazón; a lo sumo, puede que mencionen brevemente algún problema, así de pasada, y con eso basta. No comparten la verdad ni señalan la esencia de los problemas de los demás, y menos aún analizan minuciosamente los estados de la gente. No la guían para que entre en la realidad de la verdad y nunca comunican la voluntad de Dios, los errores que la gente suele cometer ni el tipo de carácter corrupto que revela la gente. No resuelven problemas prácticos como esos; en cambio, son siempre indulgentes con las debilidades y la negatividad de los demás, y hasta con su dejadez y superficialidad. Dejan pasar sistemáticamente las acciones y conductas de estas personas sin calificarlas como lo que son y, precisamente porque lo hacen, la mayoría llega a pensar: ‘Nuestro líder es como una madre para nosotros. Es incluso más comprensivo con nuestras debilidades que Dios. Nuestra estatura puede ser demasiado pequeña para estar a la altura de las exigencias de Dios, pero basta con que podamos estar a la altura de las de nuestro líder. Es un buen líder para nosotros. Si, un día, lo alto releva a nuestro líder, entonces debemos hacer oír nuestras voces y esgrimir nuestras diversas opiniones y deseos. Debemos intentar negociar con lo alto’. […] Cuando estos anticristos han hecho su trabajo de esta manera durante un tiempo, la gente desarrolla una impresión favorable de ellos, confían y llegan a apoyarse en ellos, pero ¿cuál será el desenlace? Las personas son incapaces de entender la verdad y no hacen ningún progreso en su entrada en la vida. Al contrario, acaban viendo a los anticristos como la fuente de su sustento, como sustitutos de Dios. Usurpan el lugar de Dios en el corazón de las personas” (‘Tratan de ganarse a la gente’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Por lo que revelan las palabras de Dios, entendí que los anticristos no ofenden a las personas ni exponen la corrupción ajena para ganarse el favor de los demás y consolidar su posición en sus corazones. ¿No era yo igual? En general, cuando veía que alguien hacía algo contrario a la verdad, que podía dañar la obra de la casa de Dios, no me atrevía a señalar la esencia del problema, pues temía arruinar la imagen que tenían de mí de ser una persona considerada y razonable. Por eso, eludía el problema real y era indulgente con las corrupciones y debilidades de los demás. Engañaba a la gente e intentaba caer en gracia con amabilidad superficial, para aferrarme al estatus que tenía con otros. Dañaba la entrada en la vida de los hermanos, y la obra de la iglesia. No ayudaba a nadie, pero ellos todavía hablaban bien de mí. ¿Acaso eso no era llevar a los hermanos ante mí? ¿Qué diferencia hay entre mis acciones y las de un anticristo? Al darme cuenta de esto, no pude evitar sentir miedo. Dios me había elevado a la posición de líder para que pudiera practicar enseñar la verdad para resolver problemas ajenos en la entrada en la vida, buscar la verdad y conocerme ante los problemas, luego arrepentirme ante Dios, practicar la verdad y someterme a Él. En cambio, era como un ladrón de caminos, usaba medios despreciables para ganarme el favor de otros y establecer mi posición entre ellos. ¿No haría eso un anticristo? Luchaba con Dios por Su pueblo, ¡lo que ofende Su carácter gravemente! Vi lo alarmante de la esencia y de las consecuencias de ser complaciente, y que, si no cambiaba, podía ser eliminada. Cuando entendí esto, fui ante la presencia de Dios para orar: “Dios mío, ahora veo que no soy buena persona en absoluto, solo intento caerles bien a todos. Siempre intento proteger la imagen que los demás tienen de mí, confundo y engaño a los hermanos. Y esto es desagradable para Ti. Dios, quiero arrepentirme ante ti, abandonarme y dejar de ser complaciente”.

Después de eso, Hablé con la hermana Fang del problema de la hermana Lin, y compartimos enseñanza con ella y la ayudamos. Hablamos de sus expresiones de arrogancia y sobre insistir con sus propias opiniones. Y hallamos palabras de Dios que trataban sobre el peligro de vivir arrogantemente, y sobre una senda de entrada y práctica. Después de la enseñanza, no se enojó con nosotras, y no era tan frágil como yo imaginaba. Dijo con sinceridad: “Ustedes tienen toda la razón sobre mis problemas. Me voy a concentrar en solucionar mi carácter arrogante…”. Oírla decir eso me hizo muy feliz. Vi que tratar a otros según los principios de la verdad y llevarlos ante Dios es verdadero amor y verdadera amabilidad. Pensaba siempre que ayudar a los hermanos con amor era recordarles y exhortarlos, apoyarlos y sostenerlos, sin ser muy directa sobre su corrupción. Creía que no lo aceptarían y se volverían negativos. Ahora entiendo que ser en verdad amoroso es ayudar a resolver la corrupción y las dificultades de los demás de acuerdo con la verdad y las palabras de Dios. Apoyar y sostener es un enfoque, pero podarlos y tratarlos es otro. Por ejemplo, a veces, cuando alguien tiene corrupción grave en un cierto aspecto y no cambia tras muchas enseñanzas, hay que analizar a detalle la esencia, la raíz y la severidad de las consecuencias según las palabras de Dios para que deban ir ante Dios para reflexionar y conocerse. Y al final, puedan arrepentirse de verdad. Sólo así se obtienen resultados. Mi supuesto amor por los demás se basaba en una filosofía mundana y llevaba mis propios motivos despreciables. Solo quería proteger la imagen que los demás tenían de mí. No asumía la responsabilidad por la vida de los hermanos, no era posible ser amorosa de verdad. Cuando lo entendí, sentí mucha vergüenza y me sentí lista para corregir mis prácticas erradas.

Luego empecé a pensar en por qué me costaba tanto decir una sola palabra sincera cuando descubría los defectos y la corrupción de los demás y debía practicar la verdad para exponerlos. Era como si mi boca estuviese sellada, y no pudiera abrirla. A veces, tenía algo en la punta de la lengua, pero me lo tragaba y decía algo con tacto. Me daba asco cuando no decía algo alineado con la realidad, era como si lo que sentía y lo que decía no estaban en sincronía. Era amable con los hermanos de un modo falso, pero no podía practicar la verdad. Y leí unos pasajes de las palabras de Dios, que me mostraron la raíz del problema. Dios Todopoderoso dice: “Todos vosotros tenéis una buena formación. Todos prestáis atención a ser refinados y discretos al hablar, así como a la forma cómo habláis: sois diplomáticos y habéis aprendido a no herir el amor propio y la dignidad de los demás. En vuestras palabras y acciones dejáis margen de maniobra a las personas. Hacéis todo lo posible para que las personas se sientan tranquilas. No ponéis al descubierto sus cicatrices o defectos y tratáis de no herirlas ni avergonzarlas. Ese es el principio que sigue la mayoría de la gente al actuar. Y ¿qué clase de principio es este? Es conspirador, escurridizo, astuto e insidioso. Los rostros sonrientes de la gente ocultan muchas cosas malévolas, insidiosas y despreciables. […] Y entonces, ¿son fiables las palabras de la gente? ¿Son dignas de confianza? La gente es demasiado poco fiable y no es digna de confianza, y eso se debe a que sus vidas, acciones y palabras, cada uno de sus actos y pensamientos más íntimos están basados en su naturaleza y esencia satánicas y en el carácter corrupto de Satanás” (‘Seis indicadores de crecimiento vital’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). “Sigue habiendo muchos venenos satánicos en la vida de las personas, en su conducta y comportamiento; apenas poseen verdad alguna. Por ejemplo, sus filosofías de vida, sus formas de hacer las cosas y sus máximas están todas llenas de los venenos del gran dragón rojo, y todas proceden de Satanás. Así pues, todas las cosas que fluyen a través de los huesos y la sangre de las personas son cosas de Satanás. Todos esos funcionarios, aquellos que están en el poder y quienes logran el éxito tienen sus propias sendas y sus propios secretos para llegar a él. ¿No son tales secretos perfectamente representativos de su naturaleza? Han hecho cosas muy grandes en el mundo, y nadie puede darse cuenta de los planes e intrigas que se esconden tras ellos. Esto muestra cuán insidiosa y venenosa es su naturaleza. Satanás ha corrompido profundamente a la humanidad. El veneno de Satanás fluye por la sangre de todas las personas, y se puede ver que la naturaleza del hombre es corrupta, malvada y reaccionaria, llena de las filosofías de Satanás e inmersa en ellas; es por entero una naturaleza que traiciona a Dios. Por este motivo la gente se resiste y se opone a Dios” (‘Cómo conocer la naturaleza del hombre’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). De lo que las palabras de Dios revelaban aprendí que no atreverse a exponer la corrupción de los hermanos se debía al control y el daño de los venenos satánicos. Pensé en cosas como: “Cada hombre para sí mismo, y sálvese quien pueda”, “Una amistad larga y buena nace de callar los errores de los amigos”, “Nunca des golpes bajos”, “Una palabra amable calienta el invierno, y una dura, enfría el verano” y “Piensa y mide tus palabras”, filosofías satánicas que vivía. Siempre mantenía mi propia imagen y mi propio estatus. Tras ganar mi fe, seguí viviendo según estas leyes de Satanás, manejaba mis relaciones con guantes, no ofendía a nadie, creía que podía establecerme así y ocupar un lugar en el corazón de los demás. Me controlaban estos venenos de Satanás, y, ante los problemas, sopesaba los riesgos y beneficios, tenía en cuenta mi nombre y estatus. Si me daba cuenta de que era posible dañar mi imagen personal, dejaba de lado los intereses de la casa de Dios y protegía mis propios intereses. Hasta decía que quería evitar que otros se volvieran negativos, engañaba a las personas para que creyeran que era amorosa y responsable. Entendí que era egoísta y astuto de mi parte vivir según estas filosofías satánicas. Era de una forma ante otros, pero sentía diferente. No enfrentaba a Dios con un corazón sincero, no era ni remotamente sincera con los hermanos. Estaba siendo demoniaca. Dañaba a los demás y la obra de la casa de Dios. Hacía años que era creyente y leía las palabras de Dios, pero no practicaba los principios de la verdad ni sostenía la obra de la iglesia. Ponía en práctica las falacias y mentiras de Satanás, mordía la mano que me daba de comer, me revolcaba en el cieno con Satanás. ¿Acaso no era de los que creen en Dios pero se resisten a Él? Si no cambiaba, sabía que desagradaría a Dios, y Él me castigaría. Al entender esto, decidí que ya no viviría según estas filosofías satánicas, sino que practicaría la verdad ante los problemas.

Un par de meses después, supe que la hermana Zhao, que cumplía deber de hospedaje, había tenido problemas con otros hermanos por nimiedades. Cuando alguien hacía algo que a ella no le gustaba, asumía una mala actitud, y los demás se sentían limitados. Había afectado a algunos en su deber, y ella necesitaba enseñanza de inmediato. La hermana Fang me preguntó si quería ocuparme, y pensé: “Hace cinco años que conozco a la hermana Zhao. Ha tenido una muy buena impresión de mí, si la expongo como arrogante y de humanidad pobre, ¿se enojará conmigo? ¿Eso no arruinaría nuestra relación? Tal vez la hermana Fang debería ir sola”. Pero luego recordé un pasaje de las palabras de Dios: “Debe haber un estándar para tener buena humanidad. No consiste en tomar la senda de la moderación, no apegarse a los principios, esforzarse por no ofender a nadie, ganarse el favor dondequiera que se vaya, ser suave y habilidoso con todo el que se encuentre y hacer que todos se sientan bien. Este no es el estándar. Entonces, ¿cuál es el estándar? Incluye tratar a Dios, a otras personas y acontecimientos con un corazón sincero, pudiendo asumir la responsabilidad y hacer todo esto de manera en que todos lo puedan ver y sentir. Además, Dios escudriña el corazón de la gente y la conoce, a todos y cada uno” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Tener buena humanidad no significa ser siempre afable y llevarse bien con todos, sino es aceptar el escrutinio de Dios en tus palabras y acciones, y practicar la verdad y ser sincero. Es acercarse a Dios y a los hermanos con un corazón sincero. Sólo así es la buena humanidad en verdad. Reflexioné: ¿Trataba a los hermanos con amor? ¿Practicaba la verdad? Sabía que la hermana Zhao no veía su propio problema, y tener una barrera y resentimientos hacia los demás es doloroso. Si fingía no verlo y, en cambio, era amable e indulgente, ¿no era vivir según un carácter satánico astuto y escurridizo? Ante este pensamiento, oré a Dios: “Dios mío, soy complaciente y de verdad carezco de humanidad. Veo que una hermana vive con corrupción y que Satanás jugó con ella, pero hago la vista gorda. Eso no es muy amoroso. Dios, quiero abandonarme y ya no vivir según mi carácter astuto, quiero abrirme en la enseñanza con la hermana Zhao con el problema que veo. Por favor, guíame”. Durante nuestra charla, traje algunas palabras de Dios para señalar cómo se expresaba su arrogancia y su falta de humanidad, y compartí enseñanza sobre sus peligrosas consecuencias. Ella pudo ver que era arrogante y que siempre quería hacer las cosas a su manera, lo que limitaba a los hermanos. También dijo que ese tipo de enseñanza le resultaba muy útil. Agradezco mucho a Dios por guiarme para liberarme de las restricciones de mi corrupción, y por experimentar que practicar la verdad y vivir según Sus palabras es la única forma de mostrar amor verdadero por los hermanos. Es la única forma sincera y tranquila de vivir.

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