Una forma de vivir maravillosa

7 Feb 2021

Por Xunqiu, Japón

Cuando era niña, mis padres me enseñaron a no ser demasiado directa con los demás y a no causar problemas. Esa era la filosofía de vida. Siempre viví de acuerdo con las filosofías satánicas de vida, como: “Callarse los errores de los buenos amigos hace la amistad larga y buena” y “Nunca des golpes bajos” con compañeros de clase, amigos y vecinos, con todos. Cuando veía que alguien hacía algo mal, no quería avergonzarlo e intentaba no exponer sus deficiencias. La gente siempre me felicitaba por ser comprensiva y considerada hacia los demás, y yo también creía que era una buena forma de ser, que era el principio más básico para llevarse bien con otros. Tras ganar la fe y experimentar el juicio y castigo de las palabras de Dios, me di cuenta de que eso, en realidad, no es ser una buena persona, sino actuar según las filosofías satánicas de vida. No ayuda a nadie, e incluso puede dañar a otras personas. Mi visión de las cosas cambió, y las palabras de Dios me dieron los principios de conducta.

Cuando me eligieron líder de la iglesia, en agosto de 2019, le agradecí mucho a Dios por la oportunidad. Resolví en silencio asumir la responsabilidad de ese deber. Un poco después, noté algunos problemas con la obra de los hermanos y hermanas. Por ejemplo, algunos eran descuidados en su deber, lo que llevó a problemas obvios en los videos en los que trabajaban. Algunos no trabajaban bien con otros, por lo que el trabajo de todos estaba fuera de sintonía, y la eficiencia sufría. Al ver esto, pensé: “Muestran corrupción en sus deberes. La obra de la casa de Dios sin dudas se verá afectada si nadie lo señala. Necesito hablar con ellos y analizarlo para que lo entiendan y cambien”. Pero luego pensé: “Si expongo los problemas de todos tras asumir este deber, ¿qué pensarán de mí? ¿Dirán que soy demasiado estricta con ellos, que soy muy dura, y que llevarse conmigo es difícil? ¿No se alienarán todos si les doy ese tipo de impresión? Olvídalo. No lo mencionaré por ahora. Primero estableceré una buena relación con todos”. Por eso, apenas trataba los problemas de todos los hermanos y hermanas, siempre con el temor de avergonzar a alguien o de ponerlo en apuros, lo que dañaría nuestra relación.

Una vez, una hermana me dijo que el hermano Wang era muy terco en su deber y que no aceptaba ninguna sugerencia, lo que dificultaba el avance del trabajo. Les pregunté a otros para tener más opiniones, y todos dijeron que el hermano Wang era arrogante, imperioso y condescendiente, y que la mayoría de quienes trabajaban con él se sentía limitada. Al oír estos comentarios, supe que el hermano Wang tenía un problema muy grave y que no lidiar con eso enseguida no ayudaría a su entrada en la vida ni a la obra de la casa de Dios. Tuve que buscarlo para hablar, para ayudarlo a entender la gravedad del problema. Pero cuando hablé con el hermano Wang, solo quería irme. Pensé: “Todos los problemas que los otros comentaron son las peores partes del hermano Wang. Si expongo cada problema, ¿no sentirá que lo estoy menospreciando como si no tuviera ningún mérito? ¿No será humillante? Si siente que lo estoy atacando personalmente, ¿no se resentirá conmigo por eso? Nos vemos constantemente, en las reuniones, al cumplir nuestro deber. ¿Cómo nos llevaremos si las cosas entre nosotros se vuelven tensas?”. Después pensé que, en las reuniones, él siempre decía que tenía un carácter arrogante, si yo lo mencionaba sin profundizar mucho ni tocar un punto sensible, no sería tan vergonzoso para él, y nuestra relación no sería incómoda. En nuestra enseñanza, lo mencioné superficialmente, dije que era arrogante y condescendiente hacia los demás. Me escuchó y admitió que tenía esos problemas, que estaba al tanto de ellos. Yo sabía que él no se había dado cuenta de la gravedad del problema, pero no dije nada más. Como él no había ganado nada de comprensión real sobre sí mismo, continuó igual de terco en su deber que siempre, sin poder trabajar con otros y causando retrasos. Más adelante, fue trasladado. Asumió otro deber, pero su carácter corrupto seguía estorbándole, y tampoco era muy eficiente allí. Un día, su supervisora me dijo, enojada: “¿Estabas al tanto de los problemas del hermano Wang? De ser así, ¿por qué no hablaste con él? Ha tenido un grave impacto en el avance de nuestra obra”. Sus duras palabras me hicieron sentir que Dios me reprendía a través de ella por no practicar la verdad. Me sentí muy mal y muy culpable. Si yo hubiera señalado sus problemas a tiempo y él hubiera reflexionado sobre ellos, tal vez habría podido cumplir su deber adecuadamente. Sin embargo, él no comprendía su naturaleza satánica, por lo que había fracasado en su deber anterior, y tampoco había cambiado después de su transferencia. Seguía dificultando la obra de la iglesia. ¿No estaba dañando yo a otros y retrasando la obra de la casa de Dios? Solía pensar que tenía una buena humanidad, pero ahora veía que tan solo mantenía mi relación con otros para no avergonzarlos ni causarles una mala impresión. Pero eso no era bueno para la entrada en la vida de los demás ni para la obra de la casa de Dios. ¿Era eso tener una buena humanidad?

Después, leí esto en las palabras de Dios: “Debe haber un estándar para tener buena humanidad. No consiste en tomar la senda de la moderación, no apegarse a los principios, esforzarse por no ofender a nadie, ganarse el favor dondequiera que se vaya, ser suave y habilidoso con todo el que se encuentre y hacer que todos se sientan bien. Este no es el estándar. Entonces, ¿cuál es el estándar? Incluye tratar a Dios, a otras personas y acontecimientos con un corazón sincero, pudiendo asumir la responsabilidad y hacer todo esto de manera en que todos lo puedan ver y sentir. Además, Dios escudriña el corazón de la gente y la conoce, a todos y cada uno. Algunas personas alardean de poseer buena humanidad, diciendo que nunca han hecho nada malo, no han robado las posesiones de los demás ni han codiciado las cosas del prójimo. Incluso llegan al extremo de permitir que otros que beneficien a su costa cuando hay una disputa sobre los intereses, prefiriendo perder a decir nada malo sobre nadie para que todos piensen que son buenas personas. Sin embargo, cuando llevan a cabo sus deberes en la casa de Dios, son maliciosos y escurridizos, siempre maquinando para sí mismas. Nunca piensan en los intereses de la casa de Dios, nunca tratan como urgentes las cosas que Dios considera urgentes ni piensan como Dios piensa, y nunca pueden dejar a un lado sus propios intereses a fin de llevar a cabo su deber. Nunca abandonan sus propios intereses. Aunque ven a los malvados hacer el mal, no los exponen; no tienen principio alguno. Esto no es un ejemplo de humanidad buena” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios dan los principios de conducta. Una verdadera buena persona no toma el camino de la moderación ni se queda callada sobre los problemas de otras personas. Tampoco busca la armonía total ni intenta mantener una relación perfecta con los demás. El estándar para ser una verdadera buena persona yace en tener principios y un sentido de justicia. Es sostener los principios sin temer ofender a otros para proteger la casa de Dios cuando sus intereses están en peligro. En mis interacciones con los hermanos y hermanas, solo me concentraba en no avergonzar ni ofender a nadie, creía que todos pensarían bien de mí siempre y cuando cuidara mis relaciones. Pero eso no estaba para nada de acuerdo con los principios de la verdad. Veía que otros hacían cosas debido a la corrupción y entorpecían la obra de la casa de Dios. Pero, como quería proteger mi buena imagen, no protegía los intereses de la iglesia, sino que hacía la vista gorda. Dejé pasar los problemas que veía de forma clara. Sobre todo, con el hermano Wang, sabía que sus problemas ya habían impactado la obra de la casa de Dios con severidad. Pero temía que él pudiera pensar que lo atacaba personalmente, que no aceptaría lo que yo dijera y que se pondría en mi contra. Cuando hablé con él, apenas mencioné las cosas, le quité importancia al problema. Como resultado, él no tomó sus problemas en serio. En la superficie, yo mantenía mi buena imagen de ser inofensiva. Pero, de hecho, dañaba la obra de la iglesia y la entrada en la vida de los hermanos y hermanas. Vi que solo era una “buena persona”, que complacía a la gente Y que era una completa mentirosa.

Después de eso, leí esto en las palabras de Dios en mis devocionales: “Algunos líderes de la iglesia no reprenden a los hermanos o hermanas a quienes ven cumplir con el deber de forma descuidada y superficial, aunque deberían hacerlo. Cuando ven algo claramente perjudicial para los intereses de la casa de Dios, hacen la vista gorda y no indagan para no ocasionar la más mínima ofensa a los demás. Su propósito y su objetivo reales no son mostrar consideración por las debilidades del prójimo; saben muy bien lo que pretenden: ‘Si sigo así y no ofendo a nadie, me considerarán buen líder. Tendrán una buena opinión, positiva, de mí. Me apoyarán y les caeré bien’. Por mucho que se menoscaben los intereses de la casa de Dios, por más que se impida al pueblo escogido de Dios entrar en la vida o por más que se perturbe la vida de su iglesia, dichas personas se aferran a su filosofía satánica de no ocasionar ofensas. Nunca sienten un reproche en su corazón; a lo sumo, puede que de pasada mencionen por casualidad algún problema, y listo. No comparten la verdad ni señalan la esencia de los problemas de los demás, y menos aún analizan los estados de la gente. No la guían para que entre en la realidad-verdad y nunca comunican la voluntad de Dios, los errores que la gente suele cometer ni el tipo de carácter corrupto que revelan las personas. No resuelven estos problemas prácticos; en cambio, son siempre indulgentes con las debilidades y la negatividad de los demás, y hasta con su dejadez y apatía. Dejan pasar sistemáticamente las acciones y conductas de estas personas sin calificarlas como lo que son y, precisamente porque lo hacen, la mayoría llega a pensar: ‘Nuestro líder es como una madre para nosotros. Comprende nuestras debilidades más incluso que Dios. Nuestra estatura puede ser demasiado pequeña para estar a la altura de las exigencias de Dios, pero basta con que podamos estar a la altura de las de nuestro líder. Es un buen líder para nosotros. Si, un día, lo Alto releva a nuestro líder, debemos hacernos oír y esgrimir nuestras opiniones y nuestros deseos diversos. Debemos intentar negociar con lo Alto’. Si la gente alberga dichos pensamientos —si tiene este tipo de relación con su líder y semejante impresión de él y ha desarrollado en su corazón semejantes sentimientos de dependencia, admiración, respeto y culto al líder—, ¿cómo debe sentirse entonces el líder? Si, en este asunto, él siente alguna clase de reproche, algo de inquietud y se siente en deuda con Dios, entonces no debería obsesionarse con su estatus ni con su imagen en el corazón de los demás. Debería dar testimonio de Dios y enaltecerlo para que tenga un hueco en el corazón de la gente y esta venere Su grandeza. Solo así su corazón estará verdaderamente en paz, y quien hace eso es alguien que busca la verdad. Ahora bien, si no es este el objetivo de sus actos y si, por el contrario, emplea estos métodos y técnicas para incitar a la gente a apartarse del camino verdadero y a abandonar la verdad, hasta el punto de consentir el cumplimiento negligente, superficial e irresponsable de su deber con el fin de ocupar un lugar determinado en su corazón y ganarse su beneplácito, ¿no es este un intento de ganarse a la gente? ¿Y no es algo malvado y abominable? ¡Es aberrante!” (‘Para los líderes y obreros, escoger una senda es de la mayor importancia (1)’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios revelaron la esencia de mis acciones y los motivos detrás de ellas. Desde que me convertí en líder, solo había andado en puntillas para llevarme bien con la gente. No sacaba a relucir los problemas de la gente, solo protegía su dignidad. Ni siquiera sentí urgencia cuando vi que el hermano Wang entorpecía y dificultaba la obra de la iglesia. En cambio, solo cuidaba lo que decía ante todos los demás porque quería mantener mi lugar entre ellos. Por fuera, parecía gentil e inofensiva, pero era una fachada que engañaba a los hermanos y hermanas. Usaba lo que la gente veía como una conducta y palabras agradables para ganar a la gente, para gustarles y que me admiraran. Así podía fortalecer mi posición. Quería allanar mi propio camino y lo hice a costa de los intereses de la casa de Dios. Fui en contra de los principios de verdad y dañé la obra de la casa de Dios. Seguía la senda de los anticristos. En ese punto, recordé estas palabras de Dios: “Quizás eres excepcionalmente amable y dedicado a tus parientes, tus amigos, tu esposa (o esposo), tus hijos e hijas y tus padres, y nunca te aprovechas de nadie, pero si eres incapaz de ser compatible con Cristo, si eres incapaz de relacionarte en armonía con Él, entonces, aun si gastas todo lo que tienes ayudando a tus vecinos, o si le brindas a tu padre, a tu madre y a los miembros de tu casa un cuidado meticuloso, te diría que sigues siendo un ser malvado y, más aún, lleno de trucos astutos” (‘Quienes son incompatibles con Cristo indudablemente se oponen a Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). La casa de Dios me dejó actuar como líder para que guiara a otros a practicar la verdad y a cumplir su deber, para sostener la obra de la casa de Dios, para enseñar sobre la verdad para resolver los problemas ajenos para que pudieran comprender su corrupción y aprender cómo cumplir su deber con principios. Esa era mi responsabilidad. Pero no cumplí mi deber como Dios exige. Solo me concentré en mis relaciones y en mantener mi prestigio con los demás, lo que, al final, dañó la obra de la iglesia y dificultó la entrada en la vida de los otros. Actuaba del lado de Satanás. Vi que era exactamente lo que Dios exponía en Sus palabras. No era una buena persona, y, además, era una persona poco confiable, egoísta, despreciable y malvada. Si no me arrepentía y cambiaba, solo me convertiría en una piedra de tropiezo para la entrada en la vida de los hermanos y hermanas. Por fin entendí mis reglas para la vida en mis interacciones con otros. De verdad vi que “Callarse los errores de los buenos amigos hace la amistad larga y buena” y “Nunca des golpes bajos” son venenos satánicos, no principios de conducta genuina. Fui a orar ante Dios, deseosa de arrepentirme y de corregir mi búsqueda equivocada.

Después, leí esto en las palabras de Dios: “Si quieres tener una relación normal con Dios, entonces debes volver tu corazón hacia Él. Con esto como fundamento, también tendrás una relación normal con otras personas. Si no tienes una relación normal con Dios, entonces no importa lo que hagas para mantener tus relaciones con otras personas, no importa qué tan duro trabajes o cuánta energía inviertas, todo esto solo se corresponderá con una filosofía humana de vida. Estás manteniendo tu posición entre las personas a través de una perspectiva y filosofía humanas para que la gente te alabe, pero no estás siguiendo la palabra de Dios para establecer relaciones normales con la gente. Si no te centras en tus relaciones con las personas, sino que mantienes una relación normal con Dios, si estás dispuesto a darle tu corazón a Dios y a aprender a obedecerle, entonces, de manera natural, tus relaciones con todas las personas serán normales. De esta manera, estas relaciones no se establecen en la carne sino sobre el fundamento del amor de Dios. Casi no hay interacciones carnales, pero en el espíritu hay comunicación mutua, así como mutuo amor, consuelo y provisión. Todo esto se hace sobre el fundamento de un corazón que complace a Dios. Estas relaciones no se mantienen por confiar en una filosofía humana de vivir, sino que se forman de una manera muy natural, llevando la carga de Dios. No requieren de un esfuerzo que provenga del hombre. Solo necesitas practicar según los principios-palabra de Dios” (‘Es muy importante establecer una relación normal con Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me mostraron que las relaciones interpersonales adecuadas no se pueden establecer usando filosofías de vida mundanas. Solo nutrir los espíritus ajenos según las palabras de Dios beneficia a todos. Al ver que otros cumplían su deber con corrupción que afectaba su obra, no debería haberme concentrado en mi estatus y en mi imagen. Debería haber aplicado las palabras de Dios al problema para ayudarlos a entender su carácter corrupto y debería haber hablado sobre la voluntad de Dios para que pudieran cumplir bien su deber. Dios lo habría aprobado. En las reuniones, el hermano Wang a menudo podía entenderse a la luz de las palabras de Dios, lo que significa que quería enfrentar sus problemas. Él no entendía la raíz del problema y no se odiaba a sí mismo de verdad, por lo que seguía viviendo dentro de su corrupción cuando surgían problemas. Si hubiera usado las palabras de Dios para analizar la esencia del problema para que él pudiera hallar una senda de práctica en ellas, eso lo habría ayudado de verdad. Al darme cuenta de esto, quise cambiar mi búsqueda equivocada y hacer las cosas según los requisitos de Dios. Después de eso, resumí los problemas del hermano Wang en su deber y los enumeré uno por uno. Hablé con él, diseccionamos su conducta y analizamos la raíz del problema. Después de eso, no me odió ni me evitó como creí que haría, sino que aceptó mi enseñanza. Después me mandó un mensaje que decía: “Es grandioso que me hablaras de esto, de otro modo, no habría visto la seriedad del problema”. Me conmovió mucho. Cuando corregí mis motivos, dejé de enfocarme en lo que otros pensaban de mí, practiqué las palabras de Dios y sostuve los principios, pude ofrecer apoyo práctico a los que me rodeaban. También me sentí tranquila y en paz.

Después, noté a una hermana que procrastinaba y era muy obstinada en su deber, lo que causaba muchos problemas. Ella veía estos problemas y era muy negativa al respecto. Vi que esos problemas surgían en gran medida por su actitud hacia el deber, por lo que quise mencionarlo. Pero pensé: “Ya se siente mal y desanimada. Si hablo sobre sus problemas, ¿no le estaría echando sal en la herida? Si se vuelve aún más negativa, las personas podrían decir que carezco de humanidad y que soy cruel, y podrían aislarme”. Pensé que sería suficiente si podía encontrar una forma de arreglar los problemas en su deber, así, no tendría que mencionar sus problemas. Entonces me di cuenta de que actuaba según esas filosofías satánicas otra vez, y que si no le mostraba sus problemas a esta hermana, ella no podría ver su propia corrupción, y eso tampoco la ayudaría. Oré a Dios y busqué las verdades en las que debía entrar en esa situación. Después, leí esto en las palabras de Dios: “Dios nunca está indeciso o inseguro en Sus acciones; los principios y propósitos detrás de Sus actos son todos claros y transparentes, puros y perfectos, sin ninguna estratagema o artimaña entretejida dentro en absoluto. En otras palabras, la esencia de Dios no contiene tinieblas o maldad” (‘Dios mismo, el único II’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Dios no se modera; no está contaminado por las ideas humanas. Para Él, uno es uno y dos son dos; el bien es el bien y el mal es el mal. No hay ambigüedad” (‘Sólo si se es verdaderamente obediente se tiene una creencia auténtica’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Esto me mostró que Dios tiene muchos principios en Sus palabras y acciones, que Él sabe qué le agrada y qué le desagrada. Dios aprueba cuando la gente hace cosas positivas, pero cuando la gente va contra la verdad y daña los intereses de la casa de Dios, Él lo detesta. Dios es muy claro en Sus acciones, no hay ambigüedad. Esto me hizo pensar en que, cuando crucificaron al Señor Jesús, Pedro dijo: “¡No lo permita Dios, Señor! Eso nunca te acontecerá” (Mateo 16:22). Pero el Señor dijo: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!” (Mateo 16:23). Al decir esto, Pedro, básicamente, entorpecía, la obra de Dios, y por eso Dios identificó como que esto era de Satanás. El Señor Jesús no se limitó por miedo de dañar la autoestima de Pedro o de alterarlo. Tomó una decisión clara con base en las acciones de Pedro para que este pudiera ver que la actitud de Dios era clara y conociera la naturaleza de sus acciones. La actitud de Dios hacia la gente me mostró los principios de la práctica. Algunos problemas de los hermanos y hermanas necesitan tolerancia y paciencia, pero si algo afecta su deber o dificulta la obra de la casa de Dios, eso requiere enseñanza y adherencia a los principios de la verdad. No podía seguir siendo moderada y complaciente. Sabía que la hermana se sentía negativa, pero con los motivos correctos, sin menospreciarla ni regañarla imperiosamente, sino con una enseñanza amorosa de la verdad para ayudarla a analizar sus problemas, ella podría comprender su corrupción. Luego podríamos buscar una senda de práctica, y mi deber sería cumplido según la voluntad de Dios. Después, la busqué para hablar sobre sus problemas y discutir sobre sus perspectivas equivocadas. También compartí mi propia experiencia para que sirviera como guía. Al principio, temía que ese tipo de enseñanza fuera demasiado dura y que ella, tal vez, no pudiera manejarla. Pero cuando terminé, ella no se deprimió más ni se puso en mi contra, como yo había pensado, sino que dijo, de modo muy sincero, que de verdad no había entendido sus problemas antes y que podía aceptar que la abordaran de ese modo Su actitud hacia su deber mejoró después de eso y empezó a buscar los principios de la verdad de modo consciente. Ver esto me alegró mucho. Practicar la verdad y cumplir mi deber según los requisitos de Dios se sentía muy bien.

En mis interacciones con otros, siempre temía avergonzar a la gente por ser muy agresiva, por eso, conducía mis relaciones según las filosofías mundanas. Era una forma de vida agotadora. A través de estas experiencias y la guía de las palabras de Dios, aprendí qué es ser una buena persona de verdad. También experimenté que es crucial sostener los principios de la verdad y practicar las palabras de Dios al interactuar con otros. Ese es el verdadero principio de buena conducta. ¡Gracias a Dios!

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