El resultado de no esforzarse en el deber

21 Mar 2022

Por Yichen, Italia

En 2019, a la hermana Zhang y a mí nos pusieron a cargo del equipo artístico. Cuando comencé en este deber, no captaba muchos principios, por lo que la hermana Zhang me enseñaba pacientemente y asumía la mayor parte del trabajo. Después me enteré de que llevaba dos años en este deber y de que tenía experiencia de trabajo, y en todo, desde enseñar en las reuniones hasta recapitular el trabajo, pensaba de forma más global que yo. Cuando los hermanos y hermanas planteaban preguntas, siempre tenía buenas soluciones. En comparación con ella, creía estar muy por detrás. Pensaba: “¿Cuánto sufrimiento y precio harán falta para ser como la hermana Zhang? Como tiene más experiencia y lleva más la carga, dejaré que haga más trabajo”.

En los resúmenes del trabajo me pedía que analizara cómo enseñar para resolver problemas, y reflexionaba: “Eso es mucho problema. Además de resumir los problemas actuales de nuestro deber, tengo que encontrar las palabras de Dios y los principios pertinentes que enseñar. Sobre todo en cuestiones profesionales, no tengo mucha experiencia. Para dar una solución, tendría que buscar muchísima información y pedir que me enseñaran lo que no entiendo. Eso supondría muchísimo tiempo y esfuerzo. La hermana Zhang conoce este campo, así que puede hacer los resúmenes. Se lo dejaré a ella”. Después no pensaba más en los resúmenes de trabajo. Luego, cuando la hermana Zhang me pedía opinión, le decía: “Como no conozco el campo, mejor haz tú los resúmenes”. A veces, cuando ella estaba planeando nuestro orden de estudio, me preguntaba si quería participar para que la aconsejara y ayudara a evitar posibles problemas. Yo pensaba: “La hermana Zhang siempre ha sido la responsable de este campo y yo entiendo menos que ella. Para participar tendría que reflexionarlo y estudiar las cosas que no sé. ¡Demasiado esfuerzo! Olvídate, no voy a participar”. Y, por tanto, desairaba a la hermana Zhang.

Más adelante aprendimos una técnica de dibujo. Teníamos multitud de dificultades y problemas, pero ella los debatía y resolvía con nosotros. Como yo no conocía bien el campo, seguía confundida tras dos explicaciones de las cosas y pensaba: “Es agotador aprender nuevas destrezas en este campo. No creo que participe esta vez. De todos modos, tenemos a la hermana Zhang, que nos puede ayudar a aprender”. Luego, cuando estudiaba, no escuchaba atentamente. Unas veces no decía nada; otras, me iba a trabajar en otras cosas. Cuando la hermana Zhang me pedía ideas y opiniones, siempre contestaba negligentemente que no tenía. Acabé descubriendo que cada vez llevaba menos carga en el deber. Cuanto más creía que no era lo bastante buena, menos problemas advertía. En esa época, mi corazón se sentía vacío cada día y me volví cada vez más negativa. Creía tener poca aptitud y no ser digna del deber. En ocasiones tenía bastante envidia de la hermana Zhang. Pensaba que ella cumplía bien con el deber porque tenía experiencia y aptitud, pero yo era distinta. Tenía poca aptitud y nada de experiencia, por lo que me costaba cumplir con el deber.

Un día, tras hablar con la hermana Zhang de mi trabajo, me comentó: “Ya llevas un tiempo en este deber, pero alegas que te falta experiencia o que no entiendes. Lo cierto es que no quieres llevar una carga ni hacer el esfuerzo. Yo tengo buenas ideas porque suelo orar, ampararme en Dios y buscar principios para comprender las cosas. Cuando no entendamos los aspectos profesionales, debemos estudiarlos. Si no, ¿cómo podemos cumplir bien con el deber?”. Después me habló de cómo se amparaba en Dios y buscaba soluciones ante las dificultades. Por desgracia, entonces no reparé en mi problema en absoluto. En cambio, sentí que la hermana Zhang no entendía mis dificultades, así que ni me tomé en serio sus sugerencias ni hice introspección más tarde.

Pronto pusieron a la hermana Zhang a cargo de otro trabajo. Yo estaba muy triste cuando se fue, pues, frente a tanto trabajo, tenía la mente en blanco. Me pregunté a mí misma: “Si ya llevo un año a cargo de este trabajo, ¿por qué soy todavía incapaz de asumirlo?”. Entonces recordé lo que me había dicho la hermana Zhang. ¿Realmente no había llevado una carga en el deber? Oré a Dios para pedirle que me guiara mientras hacía introspección. Luego leí este pasaje de la palabra de Dios: “La mayoría de las veces sois incapaces de responder cuando se os pregunta por cuestiones de trabajo. El trabajo implica a un gran número de personas, pero nunca habéis preguntado si va bien o no, ni siquiera lo habéis pensado. A tenor de vuestra aptitud y vuestro conocimiento, no deberíais no saber nada, ya que todos habéis participado en este trabajo. ¿Y por qué la mayoría de la gente no dice nada? Es posible que realmente no sepáis qué decir, que no sepáis si las cosas van bien o no. Hay dos razones para ello. Una es que sois totalmente indiferentes, nunca os habéis preocupado por estas cosas y solamente las habéis considerado una tarea que había que realizar. La otra es que no estáis dispuestos a preocuparos por estas cosas. Si tú te preocuparas sinceramente y estuvieras verdaderamente absorto, tendrías una opinión y una perspectiva de todo. A menudo, el no tener ninguna perspectiva ni opinión se deriva de ser indiferente y apático y de no asumir ninguna responsabilidad. No eres diligente hacia el deber que llevas a cabo, no asumes ninguna responsabilidad, no estás dispuesto a pagar un precio ni a implicarte, no te esfuerzas ni estás dispuesto a emplear más energía; simplemente deseas ser un subordinado, lo cual no difiere de cuando un incrédulo trabaja para su jefe. Dios no estima esta forma de cumplir con el deber, no la aprueba, la desprecia y, tarde o temprano, eliminará a esta persona” (‘Solo si se es honesto se puede vivir con auténtica semejanza humana’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). La palabra de Dios revelaba mi estado preciso. Cuando trabajaba y debatía con la hermana Zhang, yo nunca tenía opiniones ni ideas. Siempre había creído que se debía a que no conocía bien el campo ni el trabajo. Tras leer la palabra de Dios fue cuando entendí que se debía a mi desidia e irresponsabilidad. Al recordar la época en que fui compañera de la hermana Zhang, cada vez que tenía un problema profesional, no me preocupaba. Lo eludía excusándome en mi inexperiencia en el deber y mi escasa comprensión de los principios. Al debatir el trabajo, era una mera oyente. Nunca lo había pensado detenidamente. Solía decir delante de la hermana Zhang que no entendía y que ella tenía más experiencia de trabajo, pero solo eran mentiras y excusas. Mi verdadero propósito era recibir su compasión y comprensión para que ella hiciera más trabajo y yo pudiera seguir disfrutando de mi ocio. ¡Qué astuta y mentirosa! Llevaba un año en este deber y tenía base a nivel profesional, por lo que, de haber sido responsable y haber estudiado de forma diligente, habría tenido opiniones propias al debatir el trabajo. Quizá incluso habría podido asumirlo cuando trasladaron a la hermana Zhang. Lo único que había hecho era salir del paso en el deber y ser irresponsable, como si simplemente trabajara a cambio de un sueldo para subsistir y sobreviviera día a día con el menor esfuerzo o preocupación que pudiera. Nunca pensaba en cómo hacer adecuadamente las cosas, en hacerlo lo mejor posible y cumplir con mi responsabilidad. Simplemente salía de paso y no pensaba más que en eludir el sufrimiento carnal. No tenía en cuenta para nada la voluntad de Dios. ¿Cómo podía decir que llevaba a Dios en el corazón? ¿Cómo no habría de aborrecerme Dios por mi actitud hacia el deber?

Después leí otro pasaje de la palabra de Dios: “El Señor Jesús dijo en una ocasión: ‘Porque a cualquiera que tiene, se le dará más, y tendrá en abundancia; pero a cualquiera que no tiene, aun lo que tiene se le quitará’ (Mateo 13:12). ¿Qué significan estas palabras? Significan que, si ni siquiera cumples ni te dedicas a tu deber o trabajo, Dios te quitará lo que antes era tuyo. ¿Qué significa ‘quitar’? ¿Qué es lo que hace sentir a la gente? Puede ser que no hayas logrado lo que tu aptitud y tus dones te hubieran permitido, no hayas sentido nada y hayas vuelto al mismo estado que tenías cuando eras incrédulo. Todo esto te lo quitó Dios. Si en el deber eres negligente, no pagas un precio y no eres sincero, Dios te quitará lo que antes era tuyo, te retirará el derecho a cumplir con el deber, no te concederá este derecho. Como Dios te otorgó dones y aptitud, pero tú no cumpliste adecuadamente con el deber, no te esforzaste por Dios ni pagaste un precio y no te volcaste en ello, Dios no solo no te bendice, sino que, además, te quita lo que antes tenías. Dios le otorga dones al hombre y le da habilidades especiales, así como inteligencia y sabiduría. ¿Cómo debe el hombre utilizar estas cosas? (Debe utilizarlas para cumplir correctamente con el deber). Debes dedicar tus habilidades especiales, tus dones, tu inteligencia y tu sabiduría a tu deber. Debes utilizar tu corazón y devanarte los sesos aplicando todo lo que sabes, todo lo que entiendes, todo lo que puedes lograr y todo lo que piensas a tu deber. Al hacerlo, serás bendecido. ¿Qué significa ser bendecido por Dios? ¿Qué hace sentir esto a la gente? (Que hay una senda cuando cumple con el deber, que el Espíritu Santo le ha dado esclarecimiento). Que Dios le ha dado esclarecimiento y guía. A la gente le puede parecer que, dentro del ámbito de tus capacidades, tu aptitud y las cosas que has aprendido son insuficientes para que puedas hacer lo que deseas; pero si Dios obra y te da esclarecimiento, no solo eres capaz de comprender, sino también de mejorar. Tú te preguntas: ‘No era tan hábil. Parece que ahora tengo mucho más dentro de mí. ¿Por qué de pronto entiendo las cosas que nunca aprendí y soy capaz de hacer tanto? ¿Cómo es que de repente me he vuelto tan inteligente?’. No se puede explicar. Se trata del esclarecimiento y la bendición de Dios; así bendice Dios a la gente. Si no sientes esto cuando cumples con el deber o haces tu trabajo, entonces Dios no te ha bendecido. Si cumplir con el deber te parece siempre un sinsentido, si sientes que no hay nada que hacer y no te animas a contribuir, si nunca recibes esclarecimiento y crees no tener inteligencia ni sabiduría que aportar, esto es un problema: indica que no tienes las motivaciones adecuadas para cumplir con el deber, que lo haces descuidada e imprudentemente, que no vas por la senda correcta y que Dios no te da Su aprobación ni te bendice; este es el tipo de circunstancias en que has caído” (‘Solo si se es honesto se puede vivir con auténtica semejanza humana’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Tras meditar la palabra de Dios, entendí que Dios bendice a los honestos y a quienes se esfuerzan sinceramente por Él. Cuanto más diligente es una persona y más procura mejorar en el deber, más la guía el Espíritu Santo y más eficaz es en el deber. No obstante, si cumples con el deber con astucia, no eres diligente y no pagas ningún precio, nunca progresarás ni sacarás provecho del deber y puede que hasta pierdas lo que hayas logrado. Recordé entonces una experiencia de la que me habló la hermana Zhang. Al principio, ella no entendía mucho el trabajo, pero solía llevar sus dificultades ante Dios, oraba, buscaba, meditaba, hablaba de ellas con otras personas, recibía inconscientemente el esclarecimiento del Espíritu Santo y siempre tenía nuevas ideas. De manera continua, progresaba y era cada vez más eficaz en el deber. Sin embargo, yo trataba de mantener el mismo estado de cosas, no buscaba progresar, procuraba disfrutar del ocio y no quería sufrir ni pagar un precio. En consecuencia, nunca alcanzaba mi potencial. Como afirman las palabras de Dios, “a cualquiera que no tiene, aun lo que tiene se le quitará” (Mateo 13:12). Dios aborrecía mi actitud descuidada e irresponsable hacia el deber. Me di cuenta de que, si no me arrepentía, Dios me rechazaría y abominaría de mí, y al final yo perdería mi deber por completo. Al pensarlo sentí miedo, así que oré de inmediato a Dios para pedirle que me guiara hacia una senda de práctica y decirle que deseaba arrepentirme.

Leí este pasaje de la palabra de Dios: “¿Cómo deben entender las personas sus deberes? Es cuando el Creador, Dios, le da a alguien una tarea que tiene que realizar y, en ese momento, surge el deber de esa persona. Las tareas que Dios te da, las comisiones que Dios te da, esos son tus deberes. Cuando los persigues como tus objetivos y de verdad tienes un corazón que ama a Dios, ¿puedes seguir negándote? (No). No es cuestión de si puedes o no; no debes rechazarlas. Debes aceptarlas. Esta es la senda de práctica. ¿Qué es la senda de práctica? (La dedicación absoluta en todas las cosas). Sé dedicado en todas las cosas para cumplir la voluntad de Dios. ¿Dónde está el eje central de esto? ‘En todas las cosas’. ‘Todas las cosas’ no significa necesariamente las cosas que te gustan o que se te dan bien y, mucho menos, las cosas con las que estás familiarizado. Algunas veces no eres bueno en algo, algunas veces tienes que aprender, unas veces te enfrentarás a dificultades y otras debes sufrir. Sin embargo, independientemente de la tarea de que se trate, siempre y cuando venga ordenada por Dios, debes aceptarla de Él, verla como tu deber, dedicarte a cumplirla y cumplir la voluntad de Dios: este es el camino de la práctica” (‘Las personas solo pueden ser verdaderamente felices si son honestas’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Otro pasaje: “Cuando las personas tienen un carácter corrupto, a menudo son superficiales y descuidadas a la hora de cumplir con su deber. Entre todos los problemas, este es de los más graves. Si la gente quiere cumplir con su deber adecuadamente, primero debe abordar este problema de superficialidad y descuido. Mientras tengan una actitud tan superficial y descuidada, no podrán cumplir con su deber adecuadamente, por lo que resolver el problema de la superficialidad y el descuido es de vital importancia. Entonces, ¿cómo deben poner esto en práctica? En primer lugar, han de resolver el problema de su estado de ánimo; han de enfocar su deber correctamente, y hacer las cosas con seriedad y sentido de la responsabilidad, sin ser astutos ni superficiales. El deber se realiza para Dios, no para una persona; si las personas son capaces de aceptar el escrutinio de Dios, se hallarán en el estado mental correcto. Es más, después de hacer algo, la gente debe examinarlo y reflexionar sobre ello, y si tienen alguna duda en su corazón, y después de un análisis detallado, descubren que en verdad hay un problema, entonces deben hacer cambios. Una vez los hayan hecho, ya no albergarán ninguna duda en su corazón. Cuando las personas tienen dudas, esto evidencia que existe un problema, y deben examinar minuciosamente lo que han hecho, sobre todo en las etapas clave. Esa es una actitud responsable para cumplir con el deber propio. Cuando una persona puede ser seria, responsable, dedicada y trabajadora, el trabajo se hará apropiadamente. A veces estás en un estado mental equivocado, y no puedes encontrar ni descubrir un error que está claro como el agua. Si estuvieras en el estado mental correcto, entonces, con el esclarecimiento y la guía del Espíritu Santo, serías capaz de identificar el problema. Si el Espíritu Santo te guiara y te otorgara esa conciencia, permitiéndote sentir que algo está mal, pero tú estuvieras en un estado mental equivocado, distraído y descuidado, ¿serías capaz de notar el error? (No). No lo serías. ¿Qué observamos con esto? (Solo cuando los corazones de las personas están en paz ante Dios, y cumplen su deber con todo su corazón y fuerza, sus espíritus serán sagaces). Así es. Muestra que es muy importante que la gente coopere, e igual de importantes son sus corazones y donde dirigen sus pensamientos e intenciones” (La comunión de Dios). Tras meditar estas palabras de Dios, me ilusioné profundamente. Mi deber era una comisión de Dios, una tarea Suya para mí, y se me diera bien o no, fuera sencillo o complejo, había venido de Dios, así que tenía que ser responsable y todo lo leal que pudiera. No recibiría las bendiciones de Dios hasta que no me esmerara y cumpliera con mi responsabilidad. Me acordé de todas las veces que juré ante Dios que cumpliría lealmente con el deber para devolverle Su amor. Ahora que el deber era algo complicado y arduo y yo tenía que sufrir y pagar un precio, salía del paso y trataba de eludirlo. Al comprenderlo, me sentí en deuda con Dios e indigna de gozar de Su amor. No podía seguir así. Tenía que practicar según la palabra de Dios, atender mis deberes sinceramente y cumplir con mis responsabilidades para no lamentarlo en el futuro.

Por ello, empecé a estudiar y a familiarizarme con el trabajo que antes me confundía y ya no trataba de eludir algunos problemas complicados. Por el contrario, los debatía y compartía con mis hermanos y hermanas, y les pedía que me enseñaran cuando no los comprendía. A la larga, comencé a dominar los pormenores y era capaz de dar solución a las dificultades de otros. Al resumir nuestro trabajo, al principio no tenía ideas y quería evitarlo, pero recordaba lo que había leído en la palabra de Dios, así que abandonaba conscientemente la carne, pensaba en los problemas de nuestro deber y me esforzaba por buscar principios e información. Después de un tiempo practicando de esa forma, percibía claramente la bendición y la guía de Dios. Empecé a dominar cosas que no entendía o que me confundían y mis resúmenes de trabajo dieron algunos resultados. Mis hermanos y hermanas practicaron lo que había resumido y también progresaron.

Creía que mi actitud hacia el deber había cambiado un poco, pero cuando Dios me dispuso otro ambiente, volví a las andadas.

En septiembre de 2021, por necesidades del trabajo, tomé como compañera a la hermana Li para regar a nuevos fieles. Pensaba que este deber no implicaría cuestiones técnicas, por lo que sería menos molesto, pero, una vez que empecé en él, descubrí que no era fácil regar bien a los nuevos fieles. No solo tenía que comunicarme en inglés, sino que tenía que enseñar la verdad para corregir rápidamente sus nociones y su confusión. Veía que la hermana Li era muy competente en todos los aspectos del trabajo. Sabía encontrar enseguida la verdad pertinente para resolver los problemas de los nuevos fieles, pero a mí se me daba muy mal. A menudo no era capaz de enseñar claramente la verdad ni de resolver sus problemas. Para llegar al nivel de la hermana Li, era preciso que estudiara y me preparara durante mucho tiempo y pagara un precio notable. Pensaba: “Olvídate; la hermana Li es mi compañera ahora, así que no tengo que preocuparme de eso”. Cuando lo pensaba, no buscaba la verdad con tanto afán, y después de las reuniones no preguntaba a los nuevos fieles por sus problemas de manera activa. Un día recapacité acerca de que llevaba dos meses en el deber de riego, pero aún no sabía regar a un nuevo fiel yo sola. Siempre sentía que no entendía, pero no me esforzaba por pagar un precio. No pude evitar preguntarme: “¿Por qué, en cuanto me encuentro con un deber que no se me da bien, pongo por excusa que no sé para salir del paso del deber y no quiero pagar un precio?”. Llevé mi estado y mi confusión ante Dios y oré.

Un día, durante mis devociones, me encontré con dos pasajes de la palabra de Dios: “Cuando cumples con el deber, siempre eliges los trabajos fáciles, los no agotadores, los que no implican salir a la calle bajo el sol abrasador o la lluvia torrencial; esquivas las tareas arriesgadas y que implican esfuerzo, se las pasas a otro y te buscas una tarea fácil; buscas una excusa, dices que tienes poca aptitud, que eres incapaz para este trabajo, que no sabrías hacerlo, que eres tonto y que no sabrás abordar los problemas que surjan. Esta es una persona perezosa y la manifestación de la codicia por las comodidades de la carne. […] También están los que se quejan siempre mientras cumplen con el deber, que no quieren esforzarse, que, en cuanto tienen un pequeño tiempo muerto, tienen que descansar y charlar, y siguen quejándose en cuanto se ponen a trabajar, que retroceden ante cualquier cosa difícil y tratan de librarse buscando una razón o excusa, diciendo ‘¡No estoy a la altura, mi aptitud es demasiado escasa! Fulano tiene más aptitud que yo, es más perspicaz, más capaz, puede hacer satisfactoriamente este trabajo’, y se van en busca de un trabajo fácil para tener más tiempo de ocio. […] Esta es una persona que codicia las comodidades de la carne, ¿no? ¿Son estas las manifestaciones de la codicia por las comodidades de la carne? ¿Son estas personas aptas para cumplir con un deber? Si sacamos el tema del cumplimiento del deber, hablamos de pagar un precio y de sufrir penurias, no paran de negar con la cabeza: tienen demasiados problemas, les embargan las quejas, son negativas en todo. Esas personas son inútiles, no tienen derecho a cumplir con el deber y hay que eliminarlas” (‘Cómo identificar a los falsos líderes (2)’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). “Algunos falsos líderes sí tienen algo de aptitud, pero no hacen un trabajo real y codician las comodidades de la carne. Para Mí, los que codician las comodidades de la carne no difieren de los cerdos. Los cerdos se pasan el día comiendo y durmiendo. Tú, gustosamente, les das de comer tanto grano para poder comerte su carne en un futuro. Si los falsos líderes también son criados como cerdos, criados para ser grandes y gordos, pero son unos inútiles y no hacen ningún trabajo, ¿qué haces criándolos? ¿No deberían ser destituidos? Así pues, criar a un falso líder es más bajo que criar un cerdo. Aunque el cerdo no haga nada, coma y beba gratis tres veces al día, cuando te comes su carne a fin de año, sientes que el cerdo ha contribuido. Fue agotador darle de comer todo el año, fue un trabajo duro, pero todo este esfuerzo no fue baldío, no fue en vano; en el fondo sientes que valió la pena. ¿Pero los falsos líderes? Pueden tener el cargo de ‘líder’, pueden ocupar ese puesto, comer bien tres veces al día y disfrutar de muchas de las gracias de Dios, pero, en definitiva, a fin de año, cuando han comido hasta engordar, ¿cómo ha ido el trabajo? Observa todo lo que has logrado en el trabajo este año: ¿Qué tareas han sido fructíferas, qué trabajo real has realizado? La casa de Dios no te pide que hagas todas las tareas perfectas, pero debes hacer bien el trabajo clave: la labor evangelizadora, por ejemplo, o la audiovisual, los testimonios por escrito, etc. Todos ellos deben ser fructíferos. Transcurrido un año, observa qué trabajo de tu ámbito de responsabilidad ha salido mejor, en cuál pagaste el mayor precio y sufriste más. Observa tus logros: en el fondo deberías tener una idea de si, tras disfrutar de un año de la gracia de Dios, has conseguido algunos logros valiosos. ¿Qué hacías mientras comías el alimento de la casa de Dios y gozabas de Su gracia todo este tiempo? ¿Lograste algo? Si no lograste nada, eres un vago, un falso líder de verdad” (‘Cómo identificar a los falsos líderes (4)’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Conforme meditaba estas palabras de Dios, sentía que me habían traspasado el corazón. Fue entonces cuando comprendí que siempre me acobardaba ante la dificultad en el deber y que me protegía alegando que no entendía o no sabía cómo porque era excesivamente perezosa y anhelaba demasiado la comodidad carnal. Antes, cuando era supervisora con la hermana Zhang, siempre escogía tareas sencillas y fáciles y le daba a ella aquello en lo que yo no era hábil o que exigía pensar detenidamente. En el riego de nuevos fieles con la hermana Li, seguía sin querer preocuparme, sufrir o pagar un precio. Recapacité acerca de por qué me comportaba así y me percaté de que, principalmente, se debía a que me controlaban las filosofías satánicas. Cosas como “cada hombre para sí mismo, y sálvese quien pueda” y “aprovecha el momento, pues la vida es corta” habían arraigado a fondo en mi corazón. Siempre había creído que cada persona tenía que vivir para sí misma y que, cuando tenemos comodidad carnal y ninguna preocupación, estamos viviendo como es debido. Cuando llegué a la casa de Dios a cumplir con el deber, todavía tenía esta opinión, y cuando había dificultades o cosas que no se me daban bien, cuando tenía que sufrir o pagar un precio, me acobardaba como una gallina y priorizaba mi comodidad carnal. Con esa forma de vivir no me diferenciaba de un cerdo. Los cerdos no tienen pensamientos ni hacen nada. Solo saben comer, beber y dormir. Yo era igual, preocupada únicamente por la comodidad carnal. ¡Qué vida más vulgar tenía! Antes como supervisora, y ahora en el riego, Dios me había encumbrado enormemente, pero yo no trataba de progresar ni tenía para nada en cuenta mis responsabilidades y deberes. Era irresponsable hacia el trabajo de la iglesia y hacia la vida de mis hermanos y hermanas. ¡No tenía la más mínima conciencia! Evidentemente, no quería sufrir ni pagar un precio, sino que siempre ponía por excusa que no entendía o no sabía para dar lástima, para que los demás me creyeran capaz de admitir mis defectos y me consideraran sensata y honesta. Lo cierto es que con estas palabras disimulaba mi pereza e irresponsabilidad. Era tan astuta y mentirosa que engañaba a todos mis hermanos y hermanas. Aunque pudiera engañarlos durante un tiempo, Dios lo ve todo y es justo. Si intentaba engañar y mentir a Dios, ¿cómo no habría de aborrecerme? Por eso nunca encontré las bendiciones ni la guía de Dios en el deber durante aquella época. Cuando los problemas siempre te confunden y tu progreso no es evidente, ¡esas son señales de peligro!

Luego leí otro pasaje de la palabra de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Desde que Dios le confió la construcción del arca a Noé, este en ningún momento pensó para sí: ‘¿Cuándo va a destruir Dios el mundo? ¿Cuándo me va a dar la señal de que lo va a hacer?’. En lugar de ponderar estas cuestiones, Noé se esforzó por memorizar todo lo que Dios le había dicho, y luego llevarlo todo a cabo. Después de aceptar lo que Dios le había encomendado, Noé se dispuso a realizarlo y a cumplir con la construcción del arca, como si fuera lo más importante de su vida, sin pensar nunca en retrasarse. Los días pasaron, luego los años, el tiempo avanzó, año tras año. Dios nunca presionó a Noé, pero a lo largo de todo este tiempo, Noé perseveró en la importante tarea que Dios le había encomendado. Cada palabra y frase que Dios había pronunciado estaba inscrita en el corazón de Noé, como grabadas en una tabla de piedra. Sin tener en cuenta los cambios en el mundo exterior, las burlas de los que le rodeaban, las penurias, las dificultades que encontró, Noé perseveró en todo momento en lo que le había sido confiado por Dios, sin jamás desesperar ni pensar en rendirse. Las palabras de Dios estaban grabadas en el corazón de Noé, y se habían convertido en su realidad cotidiana. Noé localizó y almacenó cada uno de los materiales necesarios para construir el arca, y la forma y las especificaciones del arca ordenadas por Dios fueron tomando forma con cada golpe cuidadoso del martillo y el cincel de Noé. Contra el viento y la lluvia, y sin importarle cómo la gente se burlaba o lo calumniaba, la vida de Noé continuó de esta manera, año tras año. Dios observaba en secreto cada acción de Noé, sin dedicarle nunca una palabra, y con el corazón conmovido. Sin embargo, Noé no lo sabía ni lo sentía. De principio a fin, se limitó a construir el arca y a reunir a todas las especies de criaturas vivientes, con una fidelidad inquebrantable a las palabras de Dios. En el corazón de Noé no había ninguna instrucción superior que debiera seguir y llevar a cabo: las palabras de Dios eran su dirección y el objetivo de toda su vida. Así que, no importaba lo que Dios le dijera, le pidiera y le ordenara, Noé no solo no lo olvidó, no solo lo fijó en su mente, sino que lo convirtió en la realidad de su propia vida, y dedicó esta a aceptar y llevar a cabo la comisión de Dios. Y así, tabla a tabla, se construyó el arca. Todos los movimientos de Noé, todos sus días, estaban dedicados a las palabras y los mandamientos de Dios. Puede que no pareciera que Noé estuviera llevando a cabo una empresa trascendental, pero a ojos de Dios, todo lo que hizo, incluso cada paso que dio para conseguir algo, cada labor realizada por su mano, eran preciosos, merecían ser conmemorados y eran dignos de que esta humanidad los emulara. Noé se adhirió a lo que Dios le había confiado. Fue inquebrantable en su creencia de que toda palabra pronunciada por Dios era verdad; de eso no le cabía duda. Y a consecuencia de ello, el arca se completó y todas las especies de criaturas vivientes lograron vivir en ella” (‘Digresión dos: Cómo escucharon Noé y Abraham las palabras de Dios y lo obedecieron (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Conforme meditaba las palabras de Dios, me emocioné mucho. Noé fue obediente y considerado para con Dios. Cuando Dios mandó a Noé que construyera el arca, Noé valoró Su comisión y obedeció Sus exigencias. Al principio no sabía cómo construir el arca y la dificultad de hacerlo era excesiva. Noé tuvo que sufrir y pagar un precio en cada fase, pero fue fiel a la comisión de Dios. Para consumar la comisión de Dios, sufrió, pagó el precio y construyó el arca clavo a clavo. Noé perseveró 120 años y finalmente consumó la comisión de Dios. Aunque Noé sufrió mucho para construir el arca y no gozó de la comodidad carnal, había llevado a cabo la comisión de Dios, lo había satisfecho y se había ganado Su aprobación. ¡La vida de Noé tuvo mucho sentido! En comparación con Noé, entendí que yo no tenía humanidad. No valoré la comisión de Dios, no fui leal. Era perezosa y astuta, solo anhelaba la comodidad carnal y no estaba dispuesta a sufrir nada. Era indigna de la comisión de Dios, ¡verdaderamente despreciable! Si continuaba así y no cambiaba, al final perdería mi deber de parte de Dios, lo que lamentaría el resto de mi vida.

En días posteriores organicé mi tiempo, y cada día me dotaba de verdades acerca del riego a nuevos fieles. Un día, en una reunión, los hermanos y hermanas plantearon un problema del trabajo de riego, y cuando yo oía algo que no entendía, deseaba eludirlo. Pensaba en dejar que lo resolvieran ellos. Sin embargo, esta vez fui consciente de que quería salir del paso y no responsabilizarme. Me acordé de la actitud seria y responsable de Noé hacia su comisión y entonces corregí conscientemente mi estado incorrecto. Escuché atentamente cómo enseñaron la verdad para resolver el problema, y cuando recapitularon les di un consejo. Me soprendió que dijeran que mi consejo era bueno. Cuando regaba a nuevos fieles con la hermana Li, practicaba la resolución de las dificultades prácticas que tenían, y si había problemas que no sabía resolver, le pedía ayuda inmediatamente. Con el tiempo, yo también pude regar a nuevos fieles por mi cuenta. Aunque aún tengo muchos fallos y defectos, noto que estoy madurando y aprendiendo y me siento más tranquila. El entendimiento y los beneficios que he recibido son, todos ellos, resultado de la obra de Dios. ¡Gracias a Dios!

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