Reflexiones sobre cómo perdí mi deber

10 Ene 2022

Por Wang Lin, Corea del Sur

Ya que tengo habilidades para soldar, en 2017 se me asignaron algunos asuntos de la iglesia. Se trataba de una tarea físicamente demandante y había horas extra involucradas. A veces no comía ni asistía a las reuniones a tiempo. Al principio, no me importó, pues pensaba que tener la oportunidad de hacer uso de esa habilidad en mi deber era un honor para mí. Quería poner todo mi esfuerzo en ello. Más adelante, nuestro equipo tuvo más ocupaciones y también mi deber. Me fatigué después de un tiempo y comencé a sentirme un tanto resentido.

En una ocasión, en una reunión una hermana nos pidió descargar algunos materiales. Pero yo no quería hacerlo. ¿No podía esperar hasta después de la reunión? Y, si era tan urgente, ¡alguien más podía hacerlo! ¿Por qué teníamos que ser nosotros? ¿Acaso éramos solo mano de obra contratada? Con esta sensación de resistencia interna, aunque fui, en realidad lo estaba haciendo con desgano. No puse todo mi esfuerzo al hacerlo, sino que actuaba por inercia. Todos los demás trabajaban horas extra cuando surgieron las cosas de último momento. Si yo podía lograr hacer menos, eludía el trabajo pesado, pero yo tomaba atajos siempre que tenía la oportunidad. Cuando tenía que trabajar algunas horas extra, me sentía como si se cometiera una terrible injusticia conmigo. En apariencia, hacía el trabajo, pero lo hacía a regañadientes. Me lo tomaba con calma después de terminar la tarea que el líder me había asignado. y no quería ayudar a los demás que aún no habían terminado. Era su asunto y no tenía nada que ver conmigo. El líder del equipo me reprendió y trató conmigo, al ver mi desgano, pero pensaba que buscaba fallas a todo y no reflexioné sobre mí. Llevaba a cabo mi deber de una manera muy pasiva, contentándome con cumplir con lo mínimo. Los otros hermanos estaban trabajando muy duro, y yo no solo no los envidiaba, sino que me reía en secreto. En una ocasión, mientras transportaba madera, cargaba solo un bulto, mientras que otro hermano cargaba dos a la vez. Pensé: “¿Por qué te estás matando? Eres un idiota. No hay necesidad de hacerlo aunque tengas la fuerza. Vas a agotarte”. Yo era más joven, así que cargar dos a la vez no habría sido problema para mí, pero cargar tanto en el hombro me habría lastimado. Yo no iba a hacerlo. Cuando me vieron holgazaneando en mi trabajo, los otros hermanos me reprocharon y me dijeron que fuera más atento en mi deber, pero a mí no me importó. Sentía que estaba haciendo mi deber, no hacía ningún daño. Ya que me rehusé a corregir mi actitud hacia mi deber, el juicio y el castigo de Dios vinieron sobre mí.

El 21 de julio de este año, cuando estaba a mitad del trabajo, el líder del equipo me dijo de repente que mi humanidad era deficiente y que había sido flojo en mi deber, así que yo no era apto para el puesto. Sentí como un hoyo en la boca del estómago al recibir la noticia. ¿No estaba yo acabado si no tenía un deber? ¿Tenía alguna esperanza de salvación? Mi malestar era cada vez mayor y caí en una profunda depresión. Me arrodillé ante Dios en oración: “¡Oh, Dios! Sé que Tú has permitido que esto me ocurriera, pero yo no comprendo Tu voluntad en esto y no sé qué lección se supone que aprenda. ¡Cuida de mi corazón para que yo pueda someterme a Tu obra y no ponga peros!” Me sentí mucho más calmado después de mi oración. Con mis cosas empacadas, a punto de irme, volteé a ver a los otros hermanos a la distancia, que trabajaban de un lado a otro con entusiasmo, mientras yo estaba a punto de marcharme. Me sentí terrible. Había sido creyente durante más de 10 años y siempre había sentido que yo era alguien que buscaba la verdad, que podía hacer sacrificios. Nunca imaginé que me despedirían de un deber. Si yo no era apto siquiera para llevar a cabo un deber, ¿qué podía hacer? No comprendía por qué mi humanidad era deficiente. Yo no tenía ningún tipo de conflicto con los demás, y, en su mayor parte, me llevaba bien con todos. Sentía que mi humanidad no tenía nada de malo. En cuanto a mi deber, sentía que había invertido bastante energía en él. Pero me vino a la mente que Dios es justo, y si hubiera hecho bien mi deber, no me habrían despedido. Después de perder mi deber, no tenía que estar tan ocupado ni trabajar tan duro todo el tiempo, pero me sentía desilusionado. Iba delante de Dios en oración todo el tiempo, y le pedía que me esclareciera para conocerme. Leí esto en las palabras de Dios: “Algunas personas alardean de poseer buena humanidad, diciendo que nunca han hecho nada malo, no han robado las posesiones de los demás ni han codiciado las cosas del prójimo. Incluso llegan al extremo de permitir que otros que beneficien a su costa cuando hay una disputa sobre los intereses, prefiriendo perder a decir nada malo sobre nadie para que todos piensen que son buenas personas. Sin embargo, cuando llevan a cabo sus deberes en la casa de Dios, son maliciosos y escurridizos, siempre maquinando para sí mismas. Nunca piensan en los intereses de la casa de Dios, nunca tratan como urgentes las cosas que Dios considera urgentes ni piensan como Dios piensa, y nunca pueden dejar a un lado sus propios intereses a fin de llevar a cabo su deber. Nunca abandonan sus propios intereses. Aunque ven a los malvados hacer el mal, no los exponen; no tienen principio alguno. Esto no es un ejemplo de humanidad buena. No prestes atención a lo que dice una persona así; debes ver qué vive, qué revela y cuál es su actitud cuando lleva a cabo sus deberes, así como cuál es su condición interna y qué ama” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Cuando reflexioné sobre esto, vi que creía que tenía una buena humanidad porque en apariencia hacía cosas buenas, pero esto no estaba en sintonía con la verdad. Dios juzga la humanidad de una persona con base en su desempeño y actitud hacia su deber. Tiene que ver con si dejas tus intereses personales y defiendes los de la casa de Dios. Alguien con una humanidad buena está dedicado a Dios en su deber. Sufre y paga un precio. En los momentos críticos abandona su carne y defiende la obra de la casa de Dios. Después de eso, comencé a reflexionar sobre si en verdad yo poseía humanidad o no, y sobre mi actitud en mi deber.

Leí este pasaje: “Todo lo que deriva de las peticiones de Dios, los diversos aspectos de la labor y el trabajo que se relacionan con los requisitos de Dios, requieren de la cooperación del hombre, todo es deber del hombre. El alcance de los deberes es muy amplio. Son tu responsabilidad, son lo que debes hacer, y si siempre te muestras esquivo con ellos, entonces hay un problema. Por decirlo suavemente, eres demasiado perezoso, demasiado astuto, eres ocioso, amas el placer y odias el trabajo. Si lo decimos con mayor seriedad, no estás dispuesto a cumplir con tu deber, no tienes compromiso, no tienes obediencia. Si ni siquiera puedes esforzarte en esta pequeña tarea, ¿qué puedes hacer? ¿Qué eres capaz de hacer bien? Si una persona es realmente devota y tiene sentido de la responsabilidad hacia su deber, mientras sea requerido por Dios, y cuando sea necesario para la casa de Dios, hará cualquier cosa que se le pida, sin elegir; emprenderá y completará cualquier cosa que pueda y deba hacer. ¿Es esto lo que la gente debe entender y lo que debe lograr? (Sí). Algunas personas no se muestran de acuerdo y dicen: ‘No tenéis que soportar todo el día el viento helado o el sol abrasador, no sufrís ninguna dificultad. Os resulta fácil asentir y aceptar, pero ¿asentirías si te dijeran que salieras bajo el sol abrasador durante unas horas?’. Estas palabras son acertadas; todo es más fácil de decir que de hacer. Cuando las personas actúan de verdad, por un lado, hay que mirar su personalidad y, por otro, hay que mirar cuánto aman la verdad. Hablemos primero de la humanidad de las personas. Si una persona tiene buena personalidad, ve el lado positivo de todo, acepta las cosas y trata de percibirlas desde una perspectiva positiva y proactiva. Es decir, su corazón, su personalidad y su temperamento son justos desde la perspectiva de la personalidad. El otro aspecto es cuánto aman la verdad. ¿Con qué se relaciona esto? Lo que significa es que independientemente de hasta qué punto se correspondan con la verdad en tu cabeza las opiniones, los pensamientos y los puntos de vista sobre algo, independientemente de cuánto entiendas, eres capaz de aceptarlo de Dios; basta con que seas obediente y sincero. Cuando eres obediente y sincero, no aflojas cuando trabajas, te esfuerzas de verdad. Cuando pones tu corazón en tu trabajo, tus manos lo siguen. Cuando te desanimas, cuando dejas de esforzarte, empiezas a ser astuto y empiezas a pensar: ‘¿Cuándo es la hora de cenar? ¿Todavía es tan temprano? Es una lata; ¿cuándo acabaré con este trabajo interminable? No soy tonto; haré lo mínimo, no dedicaré todo mi esfuerzo a esto’. ¿Qué pasa con la personalidad de esta persona? ¿Son justas sus intenciones? (No). Han quedado al descubierto. ¿Aman estas personas la verdad? ¿Cuánto la aman? Apenas tienen una ligera voluntad de trabajar. Su conciencia no es tan mala, siguen siendo capaces de hacer un poco, pero en realidad no se esfuerzan, siempre intentan holgazanear, solo quieren encargarse de las cosas que les hacen quedar bien. Cuando llega el momento de trabajar aparecen sus pérfidas maquinaciones y sus malvadas intenciones, surgen sus malvados pensamientos, y siguen exponiéndose. La gente así trabaja de manera lenta e ineficiente. Siempre andan rompiendo herramientas y equipos. Puede que otras personas tarden en descubrirlo, pero en cuanto aparece un pensamiento malvado en su mente, en cuanto nace en ellos una idea que entra en conflicto con la verdad, Dios lo sabe, Dios lo ve. Y, sin embargo, piensan para sí: ‘Mira qué listo soy. Los dos hemos comido lo mismo, pero a mí no me ha costado nada. Después de terminar vuestro trabajo, estáis todos molidos; pero miradme a mí, yo lo llevo mucho mejor. El listo soy yo, los que trabajan duro son todos tontos’. De hecho, los ‘tontos’ son los inteligentes. ¿Qué les hace ser inteligentes? Dicen: ‘No hago nada que Dios no me pida, y hago todo lo que Él me pide. Hago cualquier cosa que Él me pide, y pongo en ello mi corazón, le doy mi 120%, dedico todo lo que puedo a ello, sin nada de trucos. No lo hago por ninguna persona, lo hago por Dios y ante Dios para que Él lo vea; no lo hago para que lo vea ninguna persona’. ¿Y cuál es el resultado? Un grupo elimina gente, pero los ‘tontos’ permanecen; en otro grupo algunas personas son expuestas, pero los ‘tontos’ no. En cambio, su estado crece cada vez más, y son protegidos por Dios en todo lo que les acontece. ¿Y qué les hace ganarse esta protección? Su corazón es honesto. No temen las dificultades ni el cansancio, y no son quisquillosos con nada de lo que se les confía. No preguntan por qué, simplemente hacen lo que se les dice, obedecen, sin examinar ni analizar, sin tener en cuenta nada más. No tienen intenciones ocultas, sino que son capaces de obedecer en todas las cosas. Su estado interior es siempre muy normal. Dios les protege cuando se enfrentan al peligro. Cuando les sobreviene una enfermedad o una plaga, Dios también les protege: están muy bendecidos” (‘Desprecian la verdad, desacatan públicamente los principios e ignoran las disposiciones de la casa de Dios (IV)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Después de leer esto, quedé convencido. Las palabras de Dios expusieron mi perspectiva, mi actitud y el estado de mi deber. Dios ve lo profundo de nuestra alma. Observa nuestras acciones, movimientos y cada uno de nuestros pensamientos. Cuando apenas comenzaba mi deber, estaba decidido a esforzarme por Dios y retribuir Su amor. Pero pasó un tiempo, y al invertir más esfuerzo y sufrir más, mi verdadera naturaleza se reveló. Tomé atajos en mi deber para salirme con la mía haciendo menos. Me volví renuente y me sentí perjudicado cuando tenía trabajo extra y soportaba dificultades físicas. Cuando estábamos trabajando, todos los demás se entregaban, sin miedo a agotarse, pero yo hacía las cosas con desgano, escogiendo las tareas más fáciles. Cuando vi a aquel hermano trabajando tan duro, me reí de él en silencio por ser tonto, pues me consideré el inteligente. Yo hacía mi deber sin desgastarme y disfrutaba de las bendiciones de Dios, teniendo lo mejor de ambos mundos. Incluso calculaba mis ganancias y pérdidas en mi deber. ¡Era tan engañoso, tan despreciable! Las palabras de Dios me mostraron que cuando yo me reía de los demás por hacer todo ese esfuerzo, yo era el verdadero tonto. De entre esos otros hermanos que yo pensaba que eran tontos, ninguno había perdido su deber, pero yo había sido despedido, pensando que era muy inteligente, y había perdido mi oportunidad de servir. Yo era la víctima de mi propia “astucia”. Yo era quien merecía ser llamado tonto, y hacer mi deber así era repugnante para Dios. Llevar a cabo bien su deber debería ser el llamado, la misión de vida de un ser creado, y es algo que el Creador encomienda a la humanidad. Pero yo había estado actuando como si no fuera más que un jornalero que salía del paso y no asumía ninguna responsabilidad. Perdí la conciencia y la razón que un ser creado debería tener. y valía menos que un perro vigía. Al menos, un perro puede servir a su amo, cuidar su patio, y será leal a él sin importar cómo sea tratado. Sin embargo, yo comía y bebía lo que Dios proveía, y disfrutaba las bendiciones de Su gracia, pero no realizaba las tareas que Él me había asignado. Era indigno de ser llamado humano. Ser despedido de mi deber fue una manifestación del carácter justo de Dios. Fue motivado totalmente por mi rebeldía. No cabía duda.

Después, leí esto en las palabras de Dios: “Si no hay un precio real y no hay lealtad cuando lleváis a cabo vuestro deber, entonces no está a la altura. Si no os tomáis vuestra fe en Dios y el desempeño de vuestro deber en serio, si siempre hacéis las cosas mecánicamente y sois superficiales en vuestras acciones, como un no creyente que trabaja para su jefe; si solo hacéis un esfuerzo simbólico y salís del paso cada día según se presenten las cosas; si ignoráis el desorden cuando lo veis, si veis algo derramado y no lo limpiáis y si desestimáis indiscriminadamente todo lo que no es para vuestro beneficio, entonces, ¿no es esto un problema? ¿Cómo podría alguien así ser miembro de la casa de Dios? Tales personas son ajenas; no son de la casa de Dios. En tu corazón tienes claro si estás siendo leal, si estás siendo serio cuando llevas a cabo tu deber, y Dios también lleva la cuenta. Así pues, ¿alguna vez habéis tomado en serio el desempeño de vuestro deber? ¿Alguna vez os lo habéis tomado a pecho? ¿Lo habéis tratado como vuestra responsabilidad, como vuestra obligación? ¿Os habéis responsabilizado de ello? ¿Alguna vez os habéis manifestado al descubrir un problema a la hora de realizar vuestro deber? Si jamás os habéis manifestado después de descubrir un problema y tampoco habéis pensado en hacerlo; si sois reacios a preocuparos por tales cosas y pensáis que entre menos problemas tengáis, mejor; si ese es el principio que adoptáis frente a ellos, entonces no estáis realizando vuestro deber; estáis viviendo por el sudor de vuestra frente, estáis haciendo servicio. Los hacedores de servicio no pertenecen a la casa de Dios. Son empleados; después de terminar su trabajo toman su dinero y se van, y cada uno se va por su lado y se convierte en un extraño para el otro. Esa es su relación con la casa de Dios. Los miembros de la casa de Dios son diferentes: son muy diligentes en todo en la casa de Dios, asumen la responsabilidad, sus ojos ven lo que necesita hacerse en la casa de Dios y tienen en su mente esas tareas, recuerdan todo lo que piensan y ven, sienten que llevan una carga, tienen un sentido de responsabilidad; estos son los miembros de la casa de Dios. ¿Habéis llegado a este punto? (No). Entonces, todavía tenéis un largo camino por recorrer, ¡así que debéis seguir buscando! Si no te consideras a ti mismo como un miembro de la casa de Dios y te descartas a ti mismo, entonces ¿cómo te ve Dios? Dios no te trata como una persona ajena; eres tú quien se coloca lejos de Su puerta. Así pues, hablando objetivamente, ¿qué tipo de persona eras exactamente? No estás en Su casa. ¿Tiene esto algo que ver con lo que Dios dice o determina? Eres tú quien ha colocado tu propósito y tu posición fuera de la casa de Dios. ¿A quién más hay que culpar?” (‘Realizar bien el deber requiere, por lo menos, conciencia’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Cuando medité en las palabras de Dios, me di cuenta de que considerar los intereses de la casa de Dios en todo y ver Su casa como la mía era la única forma de agradar a Dios y darle consuelo. Es la única forma de ser un miembro de Su casa. Yo había estado realizando mi deber en la casa de Dios, pero debido a mi actitud y a la forma como abordaba mi deber, no era un miembro de Su familia. Yo era como un empleado de la casa de Dios, que hacía labores de manera superficial sin poner mi corazón. No me involucraba en nada que no me afectara directamente. Me di cuenta de que estaba desprovisto de humanidad y no tenía integridad. No era ni un digno hacedor de servicio: era un incrédulo. Era indigno de realizar algún deber en la iglesia.

Entonces, estuve apelando y orando a Dios sin cesar, pensando en lo que me había poseído para tener ese tipo de actitud en mi deber. Leí estas palabras de Dios: “Mientras las personas no hayan experimentado la obra de Dios y hayan obtenido la verdad, la naturaleza de Satanás es la que toma las riendas y las domina desde el interior. ¿Qué cosas específicas conlleva esa naturaleza? Por ejemplo, ¿por qué eres egoísta? ¿Por qué proteges tu propia posición? ¿Por qué tienes emociones tan fuertes? ¿Por qué te gustan esas cosas injustas? ¿Por qué te gustan esas maldades? ¿Cuál es la base para que te gusten estas cosas? ¿De dónde proceden? ¿Por qué las aceptas de tan buen grado? Para este momento, todos habéis llegado a comprender que esto se debe, principalmente, al veneno de Satanás que hay dentro de vosotros. En cuanto a qué es el veneno de Satanás, se puede expresar por completo con palabras. Por ejemplo, si preguntas ‘¿Cómo debería vivir la gente? ¿Para qué debería vivir?’, te responderán: ‘Cada hombre por sí mismo y sálvese quien pueda’. Esta sola frase expresa la raíz del problema. La lógica de Satanás se ha convertido en la vida de las personas. Pase lo que pase, la gente solo va a lo suyo. Por lo tanto, solo viven para sí mismos. ‘Cada hombre por sí mismo y sálvese quien pueda’: esta es la vida y la filosofía del hombre y también representa la naturaleza humana. Estas palabras de Satanás son precisamente el veneno de Satanás, y cuando la gente lo internaliza, se convierte en su naturaleza. La naturaleza de Satanás queda expuesta a través de estas palabras; lo representan por completo. Este veneno se convierte en la vida de las personas y en el fundamento de su existencia, y la humanidad corrompida ha sido sistemáticamente dominada por este veneno durante miles de años” (‘Cómo caminar por la senda de Pedro’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Esto me ayudó a comprender que vivía según las leyes de supervivencia de Satanás, como “Cada hombre para sí mismo y sálvese quien pueda”, “Deja las cosas como están si no te afectan”. O como: “Saca ventaja y no te lleves la peor parte”. Estas cosas estaban arraigadas en mi interior y se habían convertido en mi naturaleza. Vivía de acuerdo con ellas y me había vuelto egoísta y despreciable. Solo pensaba en mis intereses en mi deber, en qué me beneficiaría; y hacía lo que me fuera más fácil. No prestaba atención a cómo cuidar la voluntad de Dios en mi deber. Pensaba en cómo Dios se hizo carne y vino a la tierra, humillado y sufriendo para expresar las verdades y purificar y salvar a la humanidad, pero Dios nunca ha pedido a la humanidad que le retribuya. Su amor por nosotros es inmenso. Yo disfrutaba de las provisiones materiales y del riego de las palabras de Dios sin ninguna sensación de gratitud y resentía hasta la más leve dificultad en mi deber. Estaba desprovisto de conciencia y razón. Como carecía de calibre, no podía hacer ningún deber importante, pero Dios no me rechazó. Él me dispuso un deber adecuado y me dio la oportunidad de obtener la verdad y ser salvo. Este era el amor de Dios. Cuando lo pensé, me llené de arrepentimiento y me odié por ser tan perezoso y descuidado en mi deber. Me odiaba por lo profundo de mi corrupción satánica y mi falta de humanidad, pero ya no quería vivir así. Decidí que, sin importar qué deber se me asignara, pondría todo mi corazón, todo mi esfuerzo, y dejaría de engañar a Dios. Fui ante Dios en oración: “¡Dios! Gracias por Tu juicio y Tu castigo que me permitieron ver que tomaba mi deber a la ligera, que era egoísta, despreciable y desprovisto de humanidad. Admito mi falta y me arrepiento. Trabajaré duro para llevar a cabo mi deber y saldaré mi deuda contigo para consolar Tu corazón”. Después de eso, comencé a poner todo mi tiempo y esfuerzo en compartir el evangelio, y quería hacerlo bien para compensar mis faltas del pasado.

Tras un poco más de un mes, el líder me vio en un mejor estado y que había mejorado mi actitud, y me llamó para informarme que podía regresar y retomar mi deber. Yo estaba muy emocionado y dije en silencio: “Doy gracias a Dios por darme otra oportunidad de realizar mi deber”. Me brotaron lágrimas de los ojos cuando colgué el teléfono. Mi corazón desbordaba gratitud hacia Dios y tuve la sensación de estar en deuda. Pensé en mi actitud y en la rebeldía que tuve en mi deber en el pasado, me llené de arrepentimiento y vergüenza. Me arrodillé ante Dios en oración, simplemente llorando, sin saber qué decirle. Me parecía inadecuada cualquier cosa que yo pudiera decir. Así que repetí una y otra vez: “¡Oh, Dios! ¡Te doy las gracias!” Solo pensaba en cuánta obra había realizado Dios en mí, castigándome, purificándome y salvándome. Todo lo que podía hacer era expresar mi gratitud. Lo único que quería era ofrecerme por completo a Dios y poner todo mi esfuerzo en mi deber para retribuir el amor de Dios. Cuando recuperé mi deber, aprendí a atesorarlo y comprendí lo que Dios dijo: “Todo lo que deriva de las peticiones de Dios, los diversos aspectos de la labor y el trabajo que se relacionan con los requisitos de Dios, requieren de la cooperación del hombre, todo es deber del hombre”. Ya no pienso que esforzarme en mi trabajo sea sufrir ni degradante, sino que es un honor. Es una comisión de Dios. Es lo que Él requiere, y es mi deber. Solía tener la impresión equivocada de que era igual realizar obra en la casa de Dios y afuera en el mundo; solo era un trabajo agotador. Sin embargo, esta experiencia me enseñó que trabajar afuera en el mundo es solo para ganarse la vida, y que cualquier dificultad es para una ganancia personal. Es irrelevante. Y aunque en la casa de Dios también era realizar una labor, era llevar a cabo mi deber. Cualquier dificultad tiene valor y obtiene la aprobación de Dios.

Este ajuste de mi deber me permitió experimentar el amor de Dios. No quería ser solo un empleado en Su casa, sino buscar formar parte de la familia. Desde entonces, he estado desbordando energía en mi deber. A veces, las cosas son un poco difíciles o cansadas, pero ya no me quejo. Puedo empeñar todo mi corazón en realizar un buen trabajo. Agradezco el juicio y el castigo de Dios para transformar mi actitud y por resolver mi perspectiva absurda al respecto. También ha cambiado un poco mi carácter corrupto.

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