El juicio es el amor de Dios

31 Ene 2022

Por Sien, Estados Unidos

Las palabras de Dios dicen: “¿Qué testimonio de Dios da el hombre en última instancia? El hombre testifica que Dios es el Dios justo, que Su carácter es la justicia, la ira, el castigo y el juicio; el hombre da testimonio del carácter justo de Dios. Dios usa Su juicio para perfeccionar al hombre; Él lo ha amado y lo ha salvado, pero ¿cuánto contiene Su amor? Hay juicio, majestad, ira y maldición. Aunque Dios maldijo al hombre en el pasado, no lo arrojó por completo al abismo, sino que usó ese medio para refinar su fe; no ejecutó al hombre, sino que actuó con la intención de perfeccionarlo. La sustancia de la carne es aquello que es de Satanás —Dios lo dijo de forma exacta— pero las acciones que Dios lleva a cabo no se completan de acuerdo con Sus palabras. Él te maldice para que puedas amarlo y para que puedas conocer la sustancia de la carne; te castiga con el propósito de que despiertes, para permitirte que conozcas las deficiencias que hay dentro de ti y para que conozcas la indignidad absoluta del hombre. Por tanto, las maldiciones de Dios, Su juicio y Su majestad e ira, todo ello es con el fin de perfeccionar al hombre. Todo lo que Dios hace en la actualidad y el carácter justo que hace evidente dentro de vosotros, todo es con el fin de perfeccionar al hombre. Tal es el amor de Dios” (‘El juicio de Dios es amor’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Cuando la gente hablaba del amor de Dios, me acordaba de Su misericordia y compasión, de Su gracia y Sus bendiciones. Realmente no entendía Su amor del juicio y el castigo. Pero tras una experiencia personal con ello, descubrí su importancia y que las palabras de Dios son la verdad y muy prácticas. En verdad, el juicio es el amor de Dios a la humanidad y la mejor salvación.

Era responsable del equipo de riego, y en septiembre del año pasado me destituyeron por no hacer un trabajo práctico. El líder de la iglesia dispuso a la hermana Wang para mi trabajo. Eso me hizo sentir algo que no sé expresar. Había supervisado anteriormente la labor de la hermana Wang y ahora ella iba a supervisar la mía. ¿Eso no me hacía parecer incompetente? Había pasado de mandar a ser una miembro normal del equipo de riego. ¿No sería humillante que se enteraran los hermanos y hermanas que me conocían? Lamenté mucho no cumplir bien con el deber. Más adelante, en un debate de trabajo del equipo, todos estuvieron un buen rato callados y, a medida que pasaba el tiempo, pensaba que, pese a no estar ya a cargo, sí tenía experiencia en la labor de riego, por lo que debía asumir más y expresar mis opiniones. Así todos verían que aún desempeñaba un papel importante y podrían admirarme. Por ello, empecé a aportar activamente mis opiniones e ideas y, tras algunos debates, la mayoría coincidía conmigo. Como en casi todos los debates optábamos por mis ideas, creía que mis capacidades destacaban mucho en el equipo. No tenía el cargo de supervisora, pero, de todos modos, podía ocuparme de esa labor. Pensaba que los demás me admirarían y algún día me promoverían nuevamente. Luego comencé a hacer aportaciones más activas, y antes de las reuniones me acercaba a preguntar por el estado de todos y a buscar palabras de Dios pertinentes. Llevaba mucho tiempo y energía, pero suponía que un buen trabajo demostraría mi capacidad, por lo que valía la pena pagar ese precio.

En esa época descubrí algunos problemas en nuestro trabajo y la mayoría aceptaba las soluciones y sugerencias que yo ofrecía. A mi parecer, todos podían observar lo que me esforzaba, así que tal vez me promovieran cuando el líder revisara nuestra labor y viera cómo lo hacía. Sin embargo, pasó el tiempo y el líder no parecía tener intención de promoverme. Advertí que cada vez se unía más gente a la iglesia, así que hacía falta más personal para los puestos, pero no parecía que hubiera ánimo de promoverme a mí. Empecé a deprimirme un poco. Creía haber hecho algunos cambios y cumplir muy bien con el deber. Ya que la iglesia andaba tan falta de personal, ¿por qué no me daba otra oportunidad? Tras una destitución, ¿nunca tendría otra oportunidad de estar al frente? No le encontraba lógica. No sabía por qué no se me recompensaba todo mi esfuerzo. ¿Qué me faltaba? Posteriormente pensé que no debía de esforzarme bastante o lo suficientemente bien o que no lograba lo suficiente. Supuse que tenía que seguir esforzándome y no centrarme solamente en los logros en el deber, sino también en la entrada en la vida y la búsqueda de la verdad, para que los demás vieran mi progreso personal. Dios se apiadaría entonces de mí y me daría una oportunidad. Pensé que con una “búsqueda” adecuada se produciría un cambio algún día y que, aunque no me promovieran, podría destacar en el equipo y ganarme la admiración de los demás hermanos y hermanas. Así pues, me lancé a la labor de riego del equipo y, cuando tenían problemas los nuevos, los meditaba detenidamente para buscar palabras de Dios que enseñar. Cuando no entendía algo, oraba y buscaba fervientemente. Con el tiempo, cada vez me iba mejor regando a los nuevos. Tiempo después, en una reunión, el líder del equipo dijo que yo había asumido una carga en el deber y que resolvía bien los problemas de los nuevos creyentes. Me sentí muy satisfecha de mí misma. Creía que todos empezarían a ver lo bien que lo hacía y que, si podía mejorar más mi desempeño, podría ganarme su admiración. Tendría posibilidades de ser promovida. Después de eso me lancé de veras a ello. Aparte de mis responsabilidades, asumí también todo el trabajo que pude del equipo y aportaba observaciones y ayuda al supervisor cuando descubría algún problema. Tampoco me relajé en la búsqueda de la verdad, sino que leía las palabras de Dios en los ratos libres. Cuando me sentía mal, me presentaba ante Él a orar y buscar y enseñaba activamente en las reuniones.

Pero siguieron sin promoverme tras mucho tiempo esforzándome. Creía que, por más que me esforzara o por muy bien que lo hiciera, Dios nunca me premiaría y el líder nunca me promovería. Entonces, ¿qué sentido tenía todo? Después dejé de esforzarme tanto, y al ver que los nuevos no se reunían con regularidad, preguntaba despreocupadamente por ello sin consultar los pormenores ni ayudar. A veces, cuando la hermana Wang me pedía que buscara palabras de Dios para los estados concretos de los hermanos y hermanas, no me parecía que fuera labor mía y nadie se percataría por muy bien que lo hiciera, así que la evadía con alguna excusa. Empezó a deteriorarse mi estado y no sabía qué decir en oración. Leer las palabras de Dios no me aportaba esclarecimiento y a veces me daba sueño. Percibía una oscuridad real de espíritu y no la obra del Espíritu Santo. Pronto descubrí que habían promovido a otros hermanos y hermanas, mientras yo aún era una humilde miembro del equipo de riego. Me desanimé todavía más. Había creyentes como yo que eran líderes de iglesia y de equipo, y a quienes admiraban, pero a mí nunca me promovían. ¿Significaba eso mi fracaso como creyente y en el deber? Me esforzaba mucho, pero estaba estancada donde siempre. No creía tener ninguna esperanza de promoción. Me volví tan negativa que no conseguía motivarme para nada.

Por entonces me preguntaba por qué estaba tan deprimida. ¿Por qué solo vivía por el estatus? ¿Había ido exclusivamente en pos de él en todos mis años de fe? Al meditarlo me di cuenta de lo patética que era. Como ser humano, ¿por qué me obsesionaba tanto el estatus? Me detestaba enormemente. Me arrodillé ante Dios en oración para decirle: “Dios mío, quiero buscar la verdad en mi fe, devolverte Tu amor y cumplir con el deber de un ser creado. ¿Por qué me preocupa tanto el estatus? No quiero vivir en este estado, pero no puedo evitarlo. He caído en las garras del deseo de estatus. Dios mío, te pido que me esclarezcas y que me salves para poder entender mi problema y resolverlo”. Después de orar leí este pasaje de las palabras de Dios: “Un anticristo tiene carácter y esencia de anticristo, y eso es lo que los distingue de una persona normal. Desde fuera, puede parecer que se someten voluntariamente a su despido, que son capaces de aceptar esta realidad, pero hay algo que nunca cambia: da igual dónde estén cumpliendo un deber, ni con qué grupo de personas se mezclen, quieren destacar entre la multitud, ser mirados y admirados por los demás. Incluso si no tienen un puesto y un título legítimos como líder de la iglesia o de un equipo, siguen queriendo estar por encima de los demás en cuanto a posición y estatus. Independientemente de su capacidad de trabajo, de su humanidad o de su experiencia vital, inventarán métodos de todo tipo y harán todo lo posible para hallar oportunidades de elevarse, para comprar los corazones de la gente, para ganarse a los demás, engañarlos y seducirlos, con el fin de obtener su admiración. ¿Qué admiración merecen? ‘Un camello flaco sigue siendo más grande que un caballo’. Aunque hayan sido despedidos, siguen siendo un águila que sobrevuela las gallinas. ¿No es esta la arrogancia y la santurronería del anticristo, y su excepcionalidad? No logran hacerse a la idea de no tener estatus, de ser creyentes normales, personas normales y corrientes. No pueden simplemente cumplir con su deber con los pies en la tierra y permanecer en su lugar, hacer un buen trabajo en su propio deber, dedicarse a él y hacerlo lo mejor posible. Estas cosas no les satisfacen en absoluto. ¿Dónde residen sus ambiciones? En ser admirados, ser mirados y tener poder. Por eso, aunque no lleve un título particular unido a su nombre, un anticristo se esforzará, hablará y se justificará a sí mismo, hará todo lo que pueda para montar un espectáculo, para mostrar lo que puede hacer, y le aterra pasar desapercibido. Se abalanzarán sobre cualquier oportunidad de ser más conocidos, de aumentar su prestigio, de que más personas vean sus dones y fortalezas, que son superiores a los demás. En todo lo que hace, un anticristo está dispuesto a pagar cualquier precio para alardear y elogiarse a sí mismo, para hacer que todos piensen que, aunque ya no sea un líder y ya no tenga estatus, sigue siendo superior a la gente común. Un anticristo logra su objetivo de esta manera. No está dispuesto a ser una persona normal y corriente. Quiere poder y prestigio, ser exaltado” (‘Quieren echarse atrás cuando no hay ninguna posición ni esperanza de recibir bendiciones’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Para mí, las palabras de Dios daban realmente en el clavo. Parecía que Dios estuviera justo ahí denunciándome. Dios afirma que los que son como los anticristos quieren reputación, estatus, poder y la admiración ajena a toda costa. A fin de colmar esa loca ambición, los anticristos pagan cualquier precio para hacerse notar, enaltecerse y ganarse a la gente. Descubrí que mi búsqueda era justo como la de un anticristo. Dentro de mi fe quería tener estatus, ser líder o supervisora. Quería sobresalir del grupo y que me admiraran y respaldaran. Tras mi destitución no abordé mi deseo de ser supervisora. Participaba activamente en los debates de trabajo, presentaba sugerencias. y se lo comentaba a los líderes en cuanto descubría los problemas para que supieran que no solo los descubría, sino que también daba soluciones, que tenía una mente despierta. Entonces sería candidata a la promoción. Me esforzaba en el deber para que los demás hermanos y hermanas vieran que sabía hacer un trabajo práctico, y una vez recibida su aprobación, tendría posibilidades de ser promovida. Era activa en el trabajo hasta cuando no se trataba de mi principal responsabilidad, dispuesta a dedicar gran parte de mi tiempo y mi energía. Tampoco me relajaba en la búsqueda de la verdad. Lo hacía para que todos vieran la carga que soportaba, que podía asumir una pesada carga y, pese a ello, buscar la verdad, y así me dieran el visto bueno. Buscaba cualquier oportunidad de demostrar mis cualidades, lucirme y ganarme a la gente. ¿No es esa la conducta de un anticristo denunciada por Dios?

Leí otro pasaje de las palabras de Dios que describe muy a fondo la esencia corrupta de los anticristos. Dios Todopoderoso dice: “El objetivo y la motivación detrás de todo lo que hace un anticristo giran en torno a estas dos cosas: el estatus y la reputación. Ya sea su forma de hablar, actuar o comportarse de cara al exterior, o un tipo de pensamiento y punto de vista o una forma de buscar, todo gira en torno a su reputación y estatus. Para un anticristo, atacar o dañar su reputación y estatus es algo incluso más grave que intentar quitarles la vida. Da igual cuántos sermones escuchen o cuántas palabras de Dios lean, no les causan tristeza o arrepentimiento por no haber practicado nunca la verdad y haber tomado la senda del anticristo, ni por poseer la naturaleza y la esencia de un anticristo. Por el contrario, siempre se devanan los sesos buscando formas de ganar estatus y aumentar su reputación. Se puede decir de este tipo de personas que todo lo hacen delante de los demás y no delante de Dios. ¿Por qué lo digo? Porque estas personas están tan enamoradas del estatus que lo consideran como su propia vida, como su objetivo y dirección en la vida. Además, como aman tanto el estatus, nunca creen en la existencia de la verdad. Esto implica que debido a que tales personas tienen este tipo de esencia y naturaleza, no albergan en absoluto ninguna creencia en la existencia de Dios. Por tanto, da igual cómo calculen y traten de usar las falsas apariencias para engañar a la gente y a Dios, en lo más profundo de sus corazones no sienten ninguna culpa ni ningún sentido de conciencia, y mucho menos ansiedad alguna. Así, todo el tiempo, mientras buscan sistemáticamente y sin escrúpulos el estatus y la reputación, también han estado repudiando todo lo que hace Dios. En lo profundo de su corazón, en su mente subconsciente, tienen un cierto entendimiento. Piensan: ‘El estatus de una persona y todo lo demás dependen solo de su propio esfuerzo. Solo reafirmándose ante la gente y ganando el poder absoluto y el estatus más alto puede la vida de uno tener algún valor, solo entonces puede uno vivir como un humano. Por el contrario, sería cobarde vivir de una manera en la que se someta, como en la palabra de Dios, a la soberanía y la disposición de Dios en todo, que se pusiera voluntariamente en la posición de la creación, y que viviera como una persona normal: nadie la admiraría. El estatus, la reputación y la felicidad de una persona deben ser ganados a través de sus propias luchas, se debe luchar por ellos y acometerlos con una actitud positiva y activa. Nadie más te los va a dar, esperar de manera pasiva es inútil’. […] En su búsqueda y en el ámbito de su conocimiento, creen que los únicos objetos verdaderos de la creación son los que tienen estatus, y que tener estatus significa ser capaz de obtener todo y hace que una persona viva con una semejanza humana. ¿Cómo ven los anticristos el estatus? Lo ven como la verdad, lo consideran el objetivo más elevado que debe buscar la gente normal. ¿Acaso no es eso un problema? Creen que la búsqueda de la verdad, la búsqueda de la obediencia a Dios, la búsqueda de la honestidad son procesos sin sentido, que se hacen para que Dios los vea y no son las normas habituales de conducta. Esta concepción es absurda y ridícula. Solo los absurdos que no aman la verdad pueden concebir una idea tan ridícula” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (III)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Me resultó muy doloroso leer este pasaje de las palabras de Dios. Parecía que Dios hubiera sacado a la luz todo lo que ocultaba en mi interior. Sentía que no podía esconderme. Me puse a hacer introspección, y cuanta más hacía, más me parecía mi mentalidad como la de un anticristo. Todas mis palabras y acciones se centraban en el estatus y todo lo hacía para recibir admiración. Para mí, el estatus era más importante que nada. Antes de recibir la fe, siempre quería sobresalir de la multitud y me encantaba ganarme el respaldo y la aprobación ajenos. Cuando recibí la fe, no dejé de ir en pos de los puestos de líder para que me admiraran y desempeñar un papel importante en la iglesia. Una vez que perdí el puesto de supervisora, me lancé al deber y me esforcé por recuperar un papel de importancia. Al no conseguirlo tras cierto esfuerzo, me desanimé. Perdí interés por el deber después de tanto esfuerzo y de haber hecho un buen trabajo sin que nadie se percatara. Al no conseguir estatus, perdí el empuje para cumplir bien con el deber. Llegué a malinterpretar y culpar a Dios, con quien razonaba y a quien me resistía. Me dejé llevar por las ideas de la reputación y el estatus. Había perdido la conciencia y razón propias de un ser creado. Me destituyeron por no hacer un trabajo práctico, pero no lamentaba mis errores del pasado. No pensaba en arrepentirme y cumplir bien con el deber para devolverle a Dios lo que le debía. Solo aproveché la oportunidad de cumplir con un deber para lucirme y abocarme a conseguir estatus. No me conformaba con ser una miembro normal del equipo, sino que era malvada y desvergonzada como un anticristo, totalmente irracional. Me ayudaron mucho estas palabras de Dios: “Creen que la búsqueda de la verdad, la búsqueda de la obediencia a Dios, la búsqueda de la honestidad son procesos sin sentido, que se hacen para que Dios los vea y no son las normas habituales de conducta” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (III)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Esto me sentó realmente como una bofetada. La búsqueda y práctica de la verdad es una cosa positiva y nuestro deber como personas. Debemos buscar la verdad en la vida y vivir según las palabras de Dios. Sin embargo, yo utilizaba la búsqueda y práctica de la verdad como moneda de cambio del estatus personal. A cambio, quería un puesto. ¿Eso no es tratar la verdad como un juguete, algo que pisotear? Dios nunca daría el visto bueno a una motivación tan vil en mi deber. Las palabras de Dios me enseñaron lo absurdo de mi perspectiva de las cosas. Creía que mi vida solo podría tener valor si tenía estatus y poder, si me respetaban y era conocida y admirada. Sin estatus como creyente, ser una seguidora normal era una forma lamentable de vivir y un fracaso. ¡Qué mentalidad más loca! Pura lógica satánica. Dios nos exige que seamos seres creados aptos, que estemos en nuestro sitio, nos sometamos obedientes a Su soberanía y disposiciones y que ejerzamos las responsabilidades de un ser creado. Pero yo di la espalda a los principios fijados por el Creador para que seamos buenas personas. No quería permanecer en mi sitio, sino ser una persona grande en un trabajo importante, tener una posición elevada y, así, recibir más admiración. Eso es un carácter satánico. Estaba bastante familiarizada con la labor de riego, por lo que podía presentar ideas y sugerencias en los debates. Es totalmente normal y parte de mi deber. No obstante, tenía este loco deseo de aprovechar eso para presumir y ser promovida. Me molestaba no conseguir lo que quería y creía que Dios no veía mi esfuerzo. Me creí una fracasada en mi fe cuando no conseguí estatus y perdí interés por el deber. Confundí la ambición con la devoción por Dios. Esa supuesta devoción estaba muy viciada, era deshonesta y una transacción. ¿Qué tenía de práctica de la verdad y cumplimiento del deber? Trataba de utilizar y engañar a Dios e iba justo por la senda de un anticristo contra Él. Dios examina nuestro corazón y nuestra mente y es justo y santo. Iba de cabeza por la senda equivocada. ¿Cómo iba a recibir la obra del Espíritu Santo? Mi estado se deterioraba y estaba en tinieblas. Así me castigó y apartó Dios. Descubrí entonces lo aterrador que es realmente buscar la reputación y el estatus. No me conocía ni sabía si podría hacer un trabajo práctico. No dejaba de ir en pos de un puesto superior. Satanás me había corrompido tanto que había perdido la razón normal y no me conocía. La verdad, no conocía mi sitio. Por eso tropezaba y luchaba con dolor. Mi corrupción jugaba conmigo y me hacía daño. Satanás nos corrompe y hace daño con la búsqueda de reputación y estatus. No es una buena senda que seguir, y aunque sí consigamos estatus, si no buscamos la verdad, ineludiblemente acabaremos eliminados. Debemos buscar la verdad y cumplir con el deber de un ser creado para salvarnos. Luego recordé un pasaje de las palabras de Dios: “Todos reconoceréis un día que la fama y la ganancia son grilletes monstruosos que Satanás usa para atar al hombre. Cuando llegue ese día, te resistirás por completo al control de Satanás y a los grilletes que Satanás usa para atarte. Cuando llegue el momento en que desees deshacerte de todas las cosas que Satanás ha inculcado en ti, romperás definitivamente con Satanás y detestarás verdaderamente todo lo que él te ha traído. Sólo entonces la humanidad sentirá verdadero amor y anhelo por Dios” (‘Dios mismo, el único VI’ en “La Palabra manifestada en carne”). Me pareció una gran verdad. Entendí que toda mi desdicha se debía a Satanás. Iba sin cesar en pos del estatus mientras Satanás jugaba conmigo y me atormentaba. Había perdido la guía del Espíritu Santo y vivía en tinieblas. Ese deseo mío me estaba matando realmente. Detesté lo obstinada e inflexible que era. Durante toda aquella época había ido por la senda de un anticristo contra Dios. Merecía el castigo y la eliminación, pero Dios no me quitó la oportunidad de salvarme. No dejó de regarme y sustentarme pacientemente con Sus palabras, lo que me dio la oportunidad de tener un deber, para que detectara el problema de mi búsqueda y me echara atrás. Sin embargo, no lo comprendí. Seguí estando negativa y culpé a Dios. Era tremendamente irracional. Al darme cuenta, me abrumó la culpa y oré así: “Dios mío, gracias por Tu juicio y castigo, que me han permitido conocerme. No quiero buscar la reputación y el estatus, sino la verdad para corregir mi corrupción, y arrepentirme de veras”.

Leí otro pasaje de las palabras de Dios, el último apartado de “El correcto cumplimiento del deber requiere de una cooperación armoniosa”. “Lo que Dios requiere de las personas no es la capacidad de completar cierto número de tareas o realizar algún proyecto grande, y tampoco necesita que lideren ningún gran proyecto. Lo que Dios quiere es que la gente sea capaz de hacer todo lo que esté a su alcance de manera práctica y que viva según Sus palabras. Dios no necesita que seas grande u honorable, ni que hagas un milagro, ni tampoco quiere ver ninguna sorpresa agradable en ti. Dios no necesita estas cosas. Lo único que Dios necesita es que practiques con constancia según Sus palabras. Cuando escuches las palabras de Dios, haz lo que has entendido, lleva a cabo lo que has comprendido, recuerda lo que has visto, y entonces, cuando sea el momento correcto, practica como dice Dios, para que las palabras de Dios se conviertan en lo que vives y se conviertan en tu vida. Así Dios estará satisfecho. Tú siempre buscas la grandeza, la nobleza y la dignidad; siempre buscas la exaltación. ¿Cómo se siente Dios cuando ve esto? Lo detesta y no quiere ni verlo. Cuanto más busques cosas como la grandeza, la nobleza y la superioridad sobre los demás; ser distinguido, destacado y notable, más repugnante serás para Dios. Si no reflexionas sobre ti mismo y te arrepientes, entonces Dios te despreciará y te abandonará. Asegúrate de no ser alguien a quien Dios encuentra repugnante, de ser una persona a la que Dios ama. Entonces, ¿cómo se puede alcanzar el amor de Dios? Recibiendo la verdad con los pies en la tierra, colocándote en la posición de un ser creado, apoyándote firmemente en la palabra de Dios para ser una persona honesta y cumplir con tus deberes, y viviendo a semejanza de un verdadero ser humano. Con eso es suficiente. Asegúrate de no tener ambiciones ni sueños vanos, no busques la fama, la ganancia y el estatus ni destacar entre la multitud. Además, no intentes ser una persona con grandeza o sobrehumana, que sea superior entre los hombres y haga que los demás la adoren. Ese es el deseo de la humanidad corrupta, y es la senda de Satanás; Dios no salva a tales seres creados. Si algunas personas siguen buscando la fama, la ganancia y el estatus y se niegan a arrepentirse, entonces no existe cura para ellos, y solo hay un desenlace posible: ser eliminados” (“Discursos de Cristo de los últimos días”). Con las palabras de Dios entendí que Él no quiere que seamos famosos, grandiosos ni elevados. Quiere que seamos sensatos, cumplamos con el deber y tan solo nos sometamos a Él. Pero yo no me comprendía a mí misma ni cumplía fiel con el deber. Quería admiración y elogios, un hueco en el corazón de los demás. Eso era justo lo contrario a lo que exige Dios. Soy un ser creado, hondamente corrompido por Satanás, pero no me conformaba con ser una persona normal. Únicamente quería estatus y sobresalir. Era muy arrogante y no tenía nada de autoconciencia. Dios es el Creador, intrínsecamente grande y majestuoso. Se ha hecho carne personalmente para venir a la tierra a expresar la verdad que salva a la humanidad, pero nunca presume ni asume la posición de Dios. En cambio, realiza, muy discreto, Su obra para salvar a la humanidad. Dios es muy humilde y oculto y Su esencia es sumamente hermosa. Sentí una gran vergüenza cuando reflexioné sobre esto y decidí renunciar a la carne y practicar la verdad definitivamente.

Después me lancé sin reservas al deber y pensaba mucho en cómo regar a los nuevos creyentes. Me olvidé del estatus, pero estaba contenta siendo una persona normal y cumpliendo con el deber lo mejor que podía. Cuando me volqué en ello, Dios me dio esclarecimiento y una senda en mi trabajo de riego. Para cuando quise darme cuenta, me iba mejor en el deber. Me sentía mucho mejor practicando así. Recuerdo que una vez teníamos que organizar una reunión de nuevos creyentes, pero la hermana nueva del equipo de riego no los entendía muy bien y no sabía cómo acercarse a ellos. Sabía que tenía que tomar las riendas para ayudar, pero pensé que el trabajo previo de contactar con la gente era realmente banal. ¿No me rebajaría si me ofrecía a hacerlo? Entendí entonces que me equivocaba, que los deberes no difieren en importancia y comunicarse también es un deber. Entonces, ¿por qué no podía hacerlo? Me ofrecí a ayudar para contactar con los hermanos y hermanas. Comprendí que, en todo deber, mientras tengas la intención correcta y sepas hacerlo de corazón ante Dios, te sentirás a gusto, en paz. A veces, cuando veía muy ocupado al supervisor y los hermanos y hermanas preguntaban por los pormenores de la labor de riego, yo no pensaba en el estatus, sino que quería trabajar bien con todos los demás y cumplir correctamente con el deber. Por tanto, hacía todo lo posible por enseñar y resolver las cosas. Con el tiempo, una vez que cambié de mentalidad, todo cambió en el deber. Sentía más responsabilidad, descubría más problemas y mi estado fue mejorando.

Un día me buscó una líder para decirme que quería que me responsabilizara del trabajo de una iglesia con otra hermana. Me sorprendió mucho aquello. No sabía cómo calificar mis sentimientos. Sentí desaparecer en un instante todos mis malentendidos y mi distancia de Dios. Siempre había sido estrecha de miras y malinterpretado a Dios. Creía que, al haber fracasado anteriormente en el deber, por más que me esforzara después, nadie lo vería. Dios no se apiadaría de mí ni me daría más oportunidades. Sin embargo, Dios siempre esperó que cambiara. Él estaba acomodando las cosas para que encontrara mi sitio y aceptara las disposiciones del Creador. Siempre había tratado de luchar por el estatus y había fracasado a cada paso. Cuando renuncié a eso y dejé de pensar en mi posición, Dios me dio otra comisión. Descubrí lo amable y hermosa que es la esencia de Dios. Dios jamás ha destruido a nadie por algo así, y aunque Su juicio y castigo albergan Su ira, también están rebosantes de Sus grandes expectativas. Él espera que, tras Su castigo, tras haber sufrido, la persona madure en la vida. ¡Este es el inestimable amor de Dios! Doy sinceras gracias a Dios por Su salvación.

Siempre iba sin descanso en pos de la reputación y el estatus, lo que me dejaba mortificada y exhausta. Sin el juicio, las pruebas y las revelaciones de las palabras de Dios, no habría descubierto lo a fondo que me corrompía Satanás ni lo que me importaba el estatus. Habría seguido peleando por esas cosas, mientras Satanás jugaba conmigo, y sin semejanza humana. He experimentado personalmente que el juicio y castigo de Dios son Su mejor protección y salvación y Su amor más sincero. Como dice Dios: “En su vida, si el hombre quiere ser limpiado y lograr cambios en su carácter, si quiere vivir una vida que tenga sentido y cumplir su deber como criatura, entonces debe aceptar el castigo y el juicio de Dios, y no debe dejar que se aparten de él la disciplina de Dios ni Sus azotes, para que se pueda liberar de la manipulación y la influencia de Satanás y pueda vivir en la luz de Dios. Sabe que el castigo y el juicio de Dios son la luz, y la luz de la salvación del hombre, y que no hay mejor bendición, gracia o protección para el hombre” (‘Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio’ en “La Palabra manifestada en carne”).

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