Libre de la esclavitud de los celos

1 Feb 2022

Por Joylin, Filipinas

En enero de 2018 acababa de aceptar la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Pronto me asignaron el deber de solista en los videos musicales de himnos. Al principio, muchos hermanos y hermanas se fijaron en mí y dijeron que cantaba bien, y allá donde iba me reconocían. Esto me alegraba, pues me sentía como una estrella. Unos meses después, me eligieron líder de la iglesia. Había muchos nuevos fieles que regar y mucha labor evangelizadora que seguir. A fin de gestionar mejor los problemas de los nuevos fieles, solía mirar películas evangélicas para dotarme de la verdad de la obra de Dios y comprenderla, y cada vez que tenían determinadas nociones o problemas que no entendían, era capaz de comunicarme con ellos y resolverlos. Además, siempre celebraba reuniones grandes y, a menudo, mis hermanos y hermanas elogiaban mi aptitud y entendimiento. Estaba muy contenta de ganarme la aprobación de mis hermanos y hermanas. No obstante, no seguía eficazmente la labor evangelizadora. Cada vez que los líderes examinaban la eficacia de la labor evangelizadora de cada iglesia, mi iglesia siempre era la peor. Después trasladaron a la hermana Cathy a predicar el evangelio en nuestra iglesia. Vi que enseguida la hermana Cathy se adaptó al trabajo, que era capaz de hablar y resolver cualquier problema de los demás en el deber y, asimismo, que enseñaba de forma activa cuando organizaba reuniones. Debería haberme alegrado de que la hermana Cathy fuera tan responsable en el deber, pero, por motivos que ignoro, no me caía bien. Cada vez que la hermana Cathy hablaba con los hermanos y hermanas, no quería ni verla. Especialmente cuando decían que la hermana Cathy les parecía tan buena que querían elegirla diacionisa de evangelización, yo me incomodaba todavía más. Pensaba: “Antes de que llegaras, todos los hermanos y hermanas me elogiaban por mi aptitud, mi entendimiento y mi riego y todos me admiraban, pero ahora creen que tú eres la mejor y te admiran a ti. ¿Quién me admirará a mí ahora?”. A partir de entonces, empecé a tener celos de la hermana Cathy y me preocupaba que ocupara mi lugar en el corazón de los hermanos y hermanas.

Luego vi que, con frecuencia, la hermana Cathy llamaba preguntando por los estados de los nuevos fieles y muchos de ellos también la buscaban para que resolviera sus problemas. En una ocasión, una hermana que yo regaba tenía dificultades en la labor evangelizadora y me pidió opinión. Tras hablar con ella, acudió a la hermana Cathy. Me entristecí al enterarme de que había ido a la hermana Cathy. Pensé que tal vez no se había tomado en serio mis sugerencias, que creería que la hermana Cathy era mejor que yo y ya no me admiraría más. Con tristeza, reflexioné: “Como se me da tan mal la labor evangelizadora, tengo que superar mis carencias. Entonces ya no seré peor que la hermana Cathy, y en un futuro, si los hermanos y hermanas tienen problemas, vendrán a mí, y no a ella”. Los siguientes días, observé que la hermana Cathy cenaba tarde a diario, que estaba ocupada en el deber y que a veces trabajaba toda la noche. Por ello, yo también intenté trasnochar por el deber. De ese modo, los hermanos y hermanas verían que yo también era responsable y para nada peor que ella. Más adelante, la iglesia celebró elecciones a diácono de evangelización. En realidad, en todos los sentidos, la hermana Cathy era la mejor para este deber, pero yo no quería elegirla. Pensaba que, si tenía una posición en la iglesia, tal vez la atención de todos se desplazara poco a poco hacia ella y la creerían más capaz que a mí, pero teniendo en cuenta que los líderes de iglesia no pueden hacer todo el trabajo solos y necesitan diáconos que los ayuden, me preguntaba si debía elegir a la hermana Cathy. Si la elegía, seguro que los hermanos y hermanas acudirían a ella y me dejarían en paz. Sin embargo, tenía que admitir que la hermana Cathy tenía gran aptitud y podía atender los deberes de una diaconisa de evangelización. Lo pensé durante mucho tiempo y al final la elegí a regañadientes.

Una vez, la iglesia estaba buscando un hermano o hermana que hablara bien filipino e inglés para grabar en el grupo de videos musicales. La hermana Cathy hablaba bien tanto el filipino como el inglés y los hermanos y hermanas terminaron eligiéndola. Muy frustrada, pensé: “Yo también hablo bien filipino e inglés; entonces, ¿por qué la eligieron a ella, y no a mí?”. Estaba muy celosa de ella y, además, en el fondo sentía odio. En aquella época, como la hermana Cathy tenía un carácter algo arrogante, nuestros líderes estaban examinando cómo cumplía con el deber y me pidieron que redactara una evaluación de ella. Estaba muy contenta y tenía ganas de plantear más defectos suyos para que los líderes le asignaran otros deberes y no tuviera que estar más con ella. No obstante, también sabía que estaba mal pensar así y que debía tratarla correctamente. Nuestro líder también nos comunicó que, aunque la hermana Cathy tuviera actitudes corruptas, teníamos que tratarla justamente según los principios, pero yo, en el fondo, quería que se fuera para no tener que preocuparme de si los hermanos y hermanas la admiraban. Pensé: “Antes de que llegaras, todos los hermanos y hermanas me consultaban en busca de respuestas, pero ahora que estás aquí, parece que siempre te consultan a ti en vez de a mí”. Esa reflexión me hizo sentir agraviada y desdichada. No quería verla ni durante nuestros deberes juntas. Por entonces, los celos se habían adueñado realmente de mi corazón.

Después tuve mucha presión en el seguimiento del trabajo de la iglesia y algunos problemas, pero no percibía la voluntad de Dios ni sabía cómo resolverlos. Era muy agotador. No percibía la obra y guía del Espíritu Santo y era ineficaz en el deber. No me di cuenta en absoluto de que mi estado negativo ya estaba repercutiendo en mi deber hasta que no vi estas palabras de Dios Todopoderoso en una reunión: “Para ser líder de la iglesia, uno no solo debe aprender a usar la verdad para resolver los problemas, sino también a descubrir y cultivar a la gente de talento, a la que en absoluto se debe reprimir o envidiar. Ese cumplimiento del deber es el estándar, y los líderes y obreros que lo satisfacen están a la altura. Si llegáis a ser capaces de actuar en todas las cosas según los principios, entonces estaréis viviendo a la altura de vuestra lealtad. Algunos siempre tienen miedo de que otros sean mejores y más elevados que ellos, que otros obtengan reconocimiento mientras ellos son ignorados. Esto lleva a que ataquen y excluyan a los demás. ¿Acaso no están celosas de las personas más capaces que ellas? ¿No es egoísta y despreciable este comportamiento? ¿Qué tipo de carácter es este? ¡Es malicioso! Pensar solo en los intereses propios, satisfacer solo los deseos propios, sin mostrar consideración por los deberes de los demás o los intereses de la casa de Dios: las personas así tienen mal carácter y Dios no las ama. Si realmente puedes ser considerado con la voluntad de Dios, entonces podrás tratar a otras personas de manera justa. Si abogas por una buena persona y la nutres para que sea competente, por lo que la casa de Dios gana una persona talentosa, entonces ¿no será más sencillo tu trabajo? ¿No habrás estado entonces a la altura de tu lealtad en este deber? Se trata de una buena obra ante Dios, es el mínimo de conciencia y sentido que debe poseer un líder” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Tras leer la palabra de Dios, comprendí que cumplía con el deber por la reputación y el estatus, para que me respetaran y admiraran. Cuando llegó a la iglesia la hermana Cathy, vi que sabía enseñar la verdad y resolver problemas, y cuando los demás la buscaban a ella para hablar, y no a mí, temía que ocupara mi lugar, por lo que estaba celosa y competía con ella a cada paso. Quería demostrar que comprendía la verdad y que sabía enseñar y resolver los problemas de la gente para que los hermanos y hermanas me admiraran. Cuando la iglesia iba a elegir diácono de evangelización, sabía que la hermana Cathy tenía capacidad para este trabajo, pero temía que me robara la gloria, así que no quería elegirla y en el fondo la odiaba y despreciaba. Llegué a tener intenciones crueles y traté de averiguar sus defectos. Me alegraba cuando veía que revelaba corrupción y quería escribir cosas malas en su evaluación para que la enviaran lejos y mis hermanos y hermanas descubrieran mis puntos fuertes. Solo gracias a las revelaciones de la palabra de Dios, supe que estaba celosa de su capacidad y que no soportaba que fuera mejor que yo, y lo que yo evidenciaba era un carácter ruin. Aparentemente cumplía de forma activa con el deber, pero en el fondo no pensaba en el trabajo de la casa de Dios. La hermana Cathy ayudaba en el trabajo de la casa de Dios y hacía la labor evangelizadora más eficaz. Sin embargo, yo no pensaba más que en cómo ser mejor que ella. Dios examina nuestros corazones y nuestras actitudes hacia el deber. Cumplía con el deber sin temer a Dios y solo me importaba ir en pos de la reputación, la ganancia y el estatus. Esta conducta disgusta a Dios.

Luego leí otro pasaje de la palabra de Dios: “Las nociones, imaginaciones, conocimiento, e intenciones y deseos personales que llenan vuestras cabezas permanecen iguales desde su forma original. Así que, si oyes que la casa de Dios cultivará diversos talentos y tan pronto como involucre posición, prestigio o reputación, el corazón de todos salta de emoción y cada uno quiere siempre sobresalir, ser famoso y ser reconocido. Nadie está dispuesto a ceder; en cambio, todos quieren siempre competir, aunque competir sea vergonzoso y no se permita en la casa de Dios. Sin embargo, si no hay controversia, no te sientes contento. Cuando ves que alguien sobresale, te pones celoso, sientes odio, te quejas y sientes que es injusto. ‘¿Por qué yo no puedo sobresalir? ¿Por qué siempre es aquella persona la que logra sobresalir y nunca es mi turno?’ Luego surge el resentimiento en ti. Tratas de reprimirlo, pero no puedes. Oras a Dios y te sientes mejor por un rato, pero cuando te encuentras nuevamente con este tipo de situación, no puedes superarla. ¿No muestra esto una estatura inmadura? ¿No es una trampa la caída de una persona en tales estados? Son los grilletes de la naturaleza corrupta de Satanás que atan a los humanos” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios revelaban mi estado. Estaba celosa de mi hermana por mi fuerte deseo de reputación y estatus y porque quería destacar y tener un hueco en el corazón de la gente. Recuerdo que, en la universidad, para ganarme los elogios y la admiración ajenos, competía con mis compañeros de clase y, mientras pudiéramos destacar, daba igual si nos perjudicábamos unos a otros. Cuando empecé a creer en Dios, también buscaba igual en Su casa. Al ver que la hermana Cathy era mejor que yo, quise desbancarla y hasta la odiaba, ya que deseaba la aprobación de más personas y esperaba ambiciosamente que la gente me admirara e idolatrara, lo que indicaba lo arrogante que era. Además, descubrí que yo iba en pos de la reputación y el estatus, motivo por el que no podía cumplir correctamente con el deber, no podía recibir la obra del Espíritu Santo y notaba que mi mente se estrechaba. Como revela la palabra de Dios, “Son los grilletes de la naturaleza corrupta de Satanás que atan a los humanos”. Recuerdo lo que afirma la Biblia: “Las pasiones son podredumbre de los huesos” (Proverbios 14:30). Es verdad. Los celos son expresión de un carácter satánico; pueden conseguir que la gente odie y hasta haga cosas irracionales.

Posteriormente, descubrí otro pasaje de la palabra de Dios que me ayudó a entender la esencia y las consecuencias de ir en pos de la reputación y el estatus. Dios Todopoderoso dice: “Si siempre vives por la carne, si constantemente satisfaces tus deseos egoístas, entonces tal persona no posee la realidad de la verdad. Esta es la marca de alguien que deshonra a Dios. Dices: ‘No he hecho nada, ¿cómo he avergonzado a Dios?’. No hay nada en tu mente que no sea malvado, eres alguien que pertenece a Satanás. En las intenciones, objetivos y motivos que están detrás de tus acciones y en las consecuencias de lo que has hecho, en todas las formas posibles estás satisfaciendo a Satanás, siendo su hazmerreír y dejando que obtenga algo de ti. Ni remotamente posees el testimonio que deberías tener como cristiano. Deshonras el nombre de Dios en todas las cosas y no posees un testimonio auténtico. ¿Recordará Dios las cosas que has hecho? Al final, ¿qué conclusión sacará Dios acerca de tus actos y del deber que llevaste a cabo? ¿Acaso no debe salir algo de eso, algún tipo de declaración? En la Biblia, el Señor Jesús dice: ‘Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?”. Y entonces les declararé: “Jamás os conocí; apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad”’ (Mateo 7:22-23). ¿Por qué dijo el Señor Jesús esto? ¿Por qué aquellos que sanan a los enfermos y echan fuera demonios en nombre del Señor, que viajan para predicar en nombre del Señor, se han convertido en hacedores de maldad? ¿Quiénes son estos hacedores de maldad? ¿Acaso son quienes no creen en Dios? Todos ellos creen en Dios y lo siguen. También abandonan cosas por Dios, se entregan a Dios y llevan a cabo su deber. Sin embargo, al llevar a cabo su deber carecen de devoción y testimonio, así que eso se ha vuelto hacer el mal. Esa es la razón por la que el Señor Jesús dice: ‘Apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad’” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Tras leer este pasaje de la palabra de Dios Todopoderoso, me sentí juzgada y avergonzada. Entendí que mis ideas, pensamientos, intenciones y motivaciones no pretendían satisfacer a Dios en absoluto, sino únicamente hacer que los demás me admiraran. Al comprobar que los hermanos y hermanas prestaban más atención a la hermana Cathy que a mí, sentí celos y ganas de competir, quería desbancarla e incluso esperaba que la trasladaran a otra iglesia. Vi que, como líder de iglesia, no me centraba en capacitar a la gente para el trabajo en ella, descuidaba mi deber, estaba tomando la senda equivocada, celosa del talento, y vivía en un estado de búsqueda de reputación y estatus. Soy igual que los malhechores condenados por el Señor Jesús. Aunque sufrían y trabajaban, no tenían lealtad a Dios ni testimonio y se esforzaban por conservar su reputación y estatus y por hacer que los admiraran. Yo era igual. Sufría y me esforzaba para ganarme el elogio de mis hermanos y hermanas y para conservar mi reputación y estatus. Ocupada en alardear, mis intenciones en el deber ya no eran correctas, lo que hacía imposible que recibiera la obra del Espíritu Santo. No había luz en mis enseñanzas ni sabía resolver los problemas de los nuevos fieles. Estar celosa es algo muy malvado que Dios desprecia. El Señor Jesús dijo: “Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’. Y entonces les declararé: ‘Jamás os conocí; apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad’” (Mateo 7:22-23). Dios detesta verdaderamente a quienes aparentan desplazarse y sufrir por Él, pero que en realidad solo trabajan para satisfacer sus intenciones y motivaciones. Lo que hacen es en beneficio propio, no para satisfacer a Dios ni dar testimonio de Él en absoluto. Por eso han trabajado tanto, pero Dios no lo reconoce. Me vi a mí misma haciendo lo mismo. Aparentemente cumplía con el deber, pero no buscaba la verdad ni trataba de recapacitar y conocerme y no intentaba aprender de los puntos fuertes de mi compañera. Por el contrario, tomé la senda equivocada de búsqueda de reputación y estatus, así que no era distinta de aquellos malhechores. Creer en Dios, no para buscar la verdad, sino reputación y estatus, es la senda de resistencia a Él. Por mucho que, aparentemente, nos abandonemos y esforcemos, Dios jamás lo aprobará. Me acordé de cuánto se esforzaba Pablo simplemente para ganar coronas y hacer que lo admiraran e idolatraran. Nunca aspiró a cambiar sus actitudes corruptas y lo que hacía no era dar testimonio de Dios, sino de sí mismo. Al final, Dios lo castigó por ello. Si seguía cumpliendo con el deber con mis deseos egoístas, perjudicaría y perturbaría la labor de la casa de Dios, me volvería inconscientemente una malhechora como Pablo y Dios me rechazaría y eliminaría. Comprendido esto, me presenté ante Dios y oré: “Dios Todopoderoso, vivo en un estado de búsqueda de reputación y estatus. Tengo celos de mi hermana y me comparo y compito con ella. Dios mío, no quiero que mi carácter corrupto interfiera en mi deber, sino corregirlo y trabajar con mi hermana para cumplir con el deber. Dios mío, te pido que me guíes para que pueda resolver este problema”.

Luego leí otro pasaje de la palabra de Dios. “No siempre hagas las cosas para tu propio beneficio y no consideres constantemente tus propios intereses; no consideres tu propio estatus, prestigio o reputación. Tampoco tengas en cuenta los intereses humanos. Primero debes tener en cuenta los intereses de la casa de Dios y hacer de ellos tu principal prioridad. Debes ser considerado con la voluntad de Dios y empezar por contemplar si has sido impuro o no en el cumplimiento de tu deber, si has hecho todo lo posible para ser leal, por completar tus responsabilidades, y lo has dado todo, y si has pensado de todo corazón en tu deber y en la obra de la casa de Dios. Debes meditar sobre estas cosas. Piensa en ellas con frecuencia y te será más fácil cumplir bien con el deber. Si tu calibre es bajo, cuando tu experiencia es superficial o cuando no eres experto en tu ocupación profesional, puede haber algunos errores o deficiencias en tu obra y los resultados pueden no ser muy buenos, pero habrás hecho todo lo posible. Cuando no estás pensando en tus propios deseos egoístas o considerando tus propios intereses en las cosas que haces, y en su lugar le estás dedicando una consideración constante a la obra de la casa de Dios, pensando en sus intereses, y llevando a cabo bien tu deber, entonces estarás acumulando buenas obras delante de Dios. La gente que hace estas buenas obras es la que posee la realidad de la verdad y, por tanto, ha dado testimonio” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). La palabra de Dios me dio una senda de práctica. No debemos cumplir con el deber delante de los demás para que nos elogien y admiren. Debemos dejar de lado la reputación, pensar en los intereses de la casa de Dios y priorizar el deber. Esto concuerda con la voluntad de Dios. La hermana Cathy hacía bien la labor evangelizadora y era responsable en el deber. No debí haberle tenido celos. Debí haber aprendido de sus puntos fuertes para compensar mis defectos, haberme llevado bien con ella y haber cumplido juntas con el deber.

En una ocasión, quería predicarle el evangelio a mi primo, pero él tenía hondas nociones religiosas y yo no sabía cómo darle testimonio de la obra de Dios en los últimos días y, además, me preocupaba que mi enseñanza no fuera clara, por lo que quería encontrar una hermana que me acompañara y pensé en la hermana Cathy, pero dudé. Reflexioné: “Si la llevo de compañera, ¿no demuestra eso que yo soy peor? ¿Que no sé dar testimonio de la obra de Dios ni corregir nociones religiosas? Si se enteraran los hermanos y hermanas, ¿me despreciarían? Si la hermana Cathy corrigiera las nociones religiosas de mi primo, seguro que los hermanos y hermanas la admirarían”. Al pensarlo me percaté de que competía otra vez con ella por la reputación y la ganancia, así que oré en silencio a Dios. Después recordé un pasaje de la palabra de Dios: “Debes aprender a dejar ir estas cosas y hacerlas a un lado, a recomendar a otros y permitirles sobresalir. No luches ni te apresures a sacar ventaja tan pronto como te encuentres con una oportunidad para sobresalir u obtener la gloria. Debes aprender a retroceder, pero no debes demorar el desempeño de tu deber. Sé una persona que trabaja en silencio y fuera de la mirada de la gente y que no alardea delante de los demás mientras lleva a cabo su deber con lealtad. Cuanto más dejes ir tu prestigio y estatus y más hagas a un lado tus propios intereses, más tranquilo estarás, más espacio se abrirá en tu corazón y más mejorará tu estado. Cuanto más luches y compitas, más oscura será tu condición. Si no lo crees, ¡inténtalo y observa!” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). La palabra de Dios me dio esclarecimiento. Tenía que dejar mi orgullo y cooperar con ella. Esta práctica me ayudaría en el deber. Si me mantenía celosa y competía con ella por la reputación y la ganancia, mi estado solo se volvería más negativo y tenebroso, pues la búsqueda de reputación y estatus es la senda de Satanás. Oré a Dios: “Dios Todopoderoso, sé que aún tengo un carácter corrupto. Tengo celos de mi hermana y pienso en competir con ella por la reputación y la ganancia, pero debería dejar de lado mi reputación y estatus. Te pido que me guíes para renunciar a la carne y practicar la verdad para satisfacerte”. Tras orar me sentí más relajada y me dirigí a la hermana Cathy para explicarle la situación. Accedió inmediatamente y habló conmigo de cómo enfocarla. Eso me conmovió mucho. Recordé que siempre vivía por la reputación y fingía llevarme bien con la hermana Cathy, pero ella nunca supo mis auténticos pensamientos. Así pues, decidí abrirme a la hermana Cathy.

Después de cenar, hablé con ella y compartí todo acerca de la corrupción que yo exhibía. Tras oírme, me dijo: “Da igual. En realidad, yo soy más corrupta que tú en este sentido. Es muy bueno compartir de esta manera”. Después de sincerarme, yo también me sentí bastante aliviada y pude renunciar a mis celos de ella. Ahora puedo cumplir con el deber con la hermana Cathy y tengo una profunda sensación de seguridad y liberación. Todo esto fue el resultado del juicio de la palabra de Dios. La práctica de la verdad nos hace sentir en paz y a gusto. ¡Demos gracias a Dios!

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