Reflexiones sobre la búsqueda de reputación y ganancia

1 Feb 2022

Por Marcial, Francia

En mayo de 2021 asumí los deberes de líder del equipo de riego. Tenía la responsabilidad de regar dos grupos de hermanos y hermanas y el líder no tardó en ordenarme que regara a más. Me puse contentísima cuando me enteré. Pensé que, regando a mis hermanos y hermanas, recibiría mucho esclarecimiento, una experiencia más rica y la comprensión de más verdad. Si sabía resolver sus problemas de entrada en la vida, seguro que mis hermanos y hermanas dirían que era buena y alguien que comprende la verdad, y podría convertirme en un pilar de la casa de Dios. Así pues, me consagré al deber, iba a menudo a las reuniones a enseñar, y cuando mis hermanos y hermanas tenían dificultades, buscaba cómo ayudarlos en la palabra de Dios. Pasado un tiempo, mis hermanos y hermanas venían a mí para que los enseñara si tenían alguna pregunta, y estaba muy contenta.

Luego, a medida que más gente aceptaba la obra de Dios en los últimos días, el número de personas en la iglesia fue en aumento. Un día, en una reunión, me enteré de que iba a venir una líder de la iglesia a regar a los nuevos fieles y a seguir mi labor. Si los hermanos y hermanas tenían problemas que resolver, también podrían preguntarle a ella. No me hizo ninguna gracia que fuera a venir una líder para ser compañera mía. Esta líder me había regado anteriormente y tenía aptitud. Entendía más cosas que yo y también enseñaba bien la palabra de Dios. Le resultaba fácil resolver los problemas de los hermanos y hermanas, y pensé: “Ahora viene esta para ser mi compañera; ¿y vendrán a mí los hermanos y hermanas con preguntas como antes? ¿Me harán de lado y le preguntarán a mi líder? ¿Quién me admirará en lo sucesivo? Desaparecerá la buena imagen que guardan de mí los hermanos y hermanas”. Al considerar esto, no tuve ninguna gana de cooperar con la líder. Al mismo tiempo, tuve una sensación de crisis. Me dije: “No puedo permitirlo. He de conservar mi lugar en el corazón de los hermanos y hermanas. Tengo que decirles que si tienen algún estado o necesitan encontrar un pasaje de la palabra de Dios, pueden preguntarme y yo puedo ayudarlos”. Desde entonces, cuando sabía que había hermanos y hermanas en un estado negativo o con dificultades, corría a hablar con ellos por temor a que mi líder llegara allí primero. Además, contactaba uno por uno con los hermanos y hermanas para preguntarles si necesitaban ayuda y les decía que si tenían alguna pregunta o confusión, podían buscar mi ayuda. De ese modo, pensaba, cuando contactara la líder con ellos, los hermanos y hermanas dirían que yo los había ayudado. Sin embargo, las cosas no fueron tan viento en popa como planeé. Me faltaba clarividencia en muchos de los problemas por los que me preguntaron y no supe resolverlos, pero no quise preguntar a la líder. Recapacité: “Si pregunto a la líder, ¿no pensará que no comprendo la verdad y que no leo mucho la palabra de Dios? ¿No le parecerá que no sé resolver problemas? Si la líder resuelve los problemas de los hermanos y hermanas, ¿no creerán que soy una incompetente y que no sé ayudarlos? No quiero demostrarles que no sé. Quiero que mis hermanos y hermanas sepan que sé cumplir con este deber para que sigan preguntándome a mí cuando tengan alguna cuestión”. Pero me resultaba difícil ayudar yo sola a mis hermanos y hermanas. Había cosas que no había experimentado y no sabía cómo enseñar, a veces tardaba varios días en encontrar fragmentos de la palabra de Dios para resolver sus problemas, y cuando venían a mí otros hermanos y hermanas con preguntas, no tenía tiempo para ellos. Enseguida se pasó un mes como si tal cosa, y por no saber ayudar a tiempo a mis hermanos y hermanas, sus problemas continuaban sin resolverse y ellos, en un estado negativo. Si le hubiera hablado a la líder de estos problemas que no comprendía, podríamos haber consultado juntas la palabra de Dios para ayudarlos y se podrían haber resuelto rápidamente sus problemas. Sin embargo, no lo hice porque solo quería conservar la imagen que guardaban de mí. Al hacer esto, me sentí algo culpable. Sabía que, de seguir haciéndolo, estorbaría gravemente la entrada en la vida de mis hermanos y hermanas y no cumpliría correctamente con este deber.

Un dia descubrí un pasaje de las palabras de Dios que revelaba las actitudes incorrectas de la gente hacia el deber. “Los deberes son tareas que Dios encomienda a las personas, misiones que la gente debe cumplir. Sin embargo, un deber no es, desde luego, tu negocio que gestionas personalmente ni un contrapeso para que destaques entre la multitud. Algunos utilizan sus deberes como una oportunidad para dedicarse a su propia gestión y formar camarillas; otros, para satisfacer sus deseos; otros, para llenar sus vacíos internos y, otros más, para satisfacer su mentalidad de confiar en la suerte, y piensan que, siempre que cumplan con sus deberes, participarán de la casa de Dios y del maravilloso destino que Dios dispone para el hombre. Dichas actitudes respecto al deber son incorrectas; causan repugnancia a Dios y deben corregirse urgentemente” (‘¿Cuál es el desempeño adecuado del deber?’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Con la palabra de Dios entiendo que nuestro deber es una comisión otorgada por Dios, no un asunto personal, y que no debemos considerar el deber como un medio para que nos admiren ni ir en pos de la reputación y el estatus para que otros nos sigan. Debemos considerar el deber como una obligación y cumplir con ella como lo exige Dios. No obstante, ¿qué actitud tenía yo hacía el deber? Cumplía con él para perseguir la reputación y la ganancia y satisfacer mis deseos. Quería que mis hermanos y hermanas me admiraran e idolatraran y que vinieran a mí con sus problemas. No tenía sinceridad hacia ellos y realmente no quería ayudarlos, sino que tuvieran una buena impresión de mí para que, cuando hablaran de mí, dijeran que los ayudaba y que era muy agradable y amable. Así, podría estar satisfecha. Utilizaba el deber para ir en pos de la reputación, la ganancia y el estatus a fin de que la gente me llevara en el corazón, viniera a mí con sus problemas y dejara a Dios de lado. Estaba explotando una empresa personal. Fue entonces cuando comprendí que mi actitud hacia el deber era un error. Aunque supiera ayudar a los hermanos y hermanas, mi intención no era cumplir bien con el deber y esto jamás daría satisfacción a Dios.

Después vi un pasaje en el que Dios exponía a los anticristos y que encajaba bien con mi estado. “Independientemente del contexto, de dónde esté cumpliendo con su deber, el anticristo tratará de dar la impresión de que no es débil, de que siempre es fuerte, que está lleno de confianza, nunca es negativo. Jamás revelan su verdadero punto de vista o su auténtica actitud hacia Dios. En el fondo de su corazón, ¿de verdad creen que no hay nada que no puedan hacer? ¿De verdad piensan que no tienen debilidad, negatividad ni brotes de corrupción? Por supuesto que no. Se les da bien fingir, son expertos en ocultar cosas. Les gusta mostrar a la gente su lado fuerte y honorable, no quieren que perciban su lado débil y oscuro. Su propósito es obvio, sencillamente quieren mantener su imagen ante los demás, proteger el lugar que ocupan en el corazón de estas personas. Piensan que si se abren a los demás sobre su propia negatividad y debilidad, si revelan su lado rebelde y corrupto, esto supondrá una grave amenaza para su estatus y reputación, causará más problemas de los necesarios. Así que prefieren mantener su debilidad y rebeldía estrictamente para sí mismos. Y si llega un día en el que todo el mundo percibe su lado débil y rebelde, han de seguir fingiendo. Consideran que si admiten que tienen un carácter corrupto, que son personas normales, pequeñas e insignificantes, perderán entonces su lugar en el corazón de los demás y habrán fracasado por completo. Por eso, pase lo que pase, no pueden abrirse a la gente. En ningún caso pueden entregar a nadie su poder y su estatus. En cambio, se esfuerzan al máximo por competir y nunca se darán por vencidos” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (X)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Tras leer este pasaje, entendí que a los anticristos les gusta el estatus. Para conservar la buena imagen que guardan los demás de ellos, jamás cuentan a nadie sus dificultades por miedo a que todos descubran sus faltas. Incluso cuando tienen dificultades en el deber, fingen para que los demás los consideren omnipotentes y personas que comprenden la verdad. Este era mi estado. No pedía ayuda ni siquiera cuando no sabía resolver los problemas de mis hermanos y hermanas. Quería crear una buena imagen en el corazón de los demás para que mis hermanos y hermanas pensaran que no tenía faltas ni defectos y que sabía ayudarlos a resolver sus problemas, de modo que nunca tuvieran necesidad de preguntar a nadie más. También me daba miedo que nuestra líder los ayudara, lo que me haría perder mi posición e imagen en sus corazones. Para conservar mi posición, fingía saber resolver problemas que no sabía resolver. Optaba por dedicar mucho tiempo a consultar cosas en vez de buscarlas con la líder. En consecuencia, era ineficaz en el deber y estorbaba la entrada en la vida de mis hermanos y hermanas. Vi que mi carácter corrupto era grave y que yo era hipócrita. Recordé que, en la Era de la Gracia, los fariseos eran aparentemente humildes y tolerantes. Solían orar en los cruces de caminos o explicar las Escrituras a otros. El pueblo guardaba una buena imagen de ellos, pero, por dentro, eran hipócritas, arrogantes y malvados, no tenían obediencia a Dios ni temor de Él y lo que hacían no era obedecer Su palabra. En cambio, engañaban al pueblo con buenas conductas y lo ilusionaban para que los demás los idolatraran y admiraran. Descubrí que yo era tan hipócrita como los fariseos y que iba por la senda de resistencia a Dios del anticristo.

Más adelante, vi un pasaje de la palabra de Dios. “La esencia del comportamiento de los anticristos es usar constantemente varios medios y métodos para lograr su objetivo de tener estatus, de atrapar a las personas y hacer que estas los sigan y los veneren. Es posible que, en lo profundo de su corazón, no estén compitiendo deliberadamente con Dios por la humanidad, pero algo es seguro: aunque no compitan con Dios por los humanos, sí quieren tener estatus y poder entre ellos. Incluso si llega el día en que se den cuenta de que compiten con Dios por estatus y se refrenen, usarán otros métodos para ganar estatus en la iglesia, creyendo que podrán obtener legitimidad ganándose la aprobación y el beneplácito de otros. En resumen, aunque todo lo que los anticristos hacen parece comprender un desempeño leal de sus deberes, y aunque ellos parecen ser verdaderos seguidores de Dios, su ambición por controlar a las personas —y por ganar estatus y poder entre ellas— nunca cambiará. Sin importar qué diga o haga Dios y qué les pida a las personas, ellos no hacen lo que deben hacer ni cumplen sus deberes de un modo que se corresponda con Sus palabras y Sus requisitos ni renuncian a su búsqueda de poder y estatus como consecuencia de comprender Sus declaraciones y la verdad. De principio a fin, su ambición los consume, los controla, dirige sus conductas y pensamientos y determina la senda que recorren. Es el arquetipo del anticristo. ¿Qué se pone de relieve aquí? Algunas personas preguntan: ‘¿No son anticristos aquellos que compiten con Dios por ganar a las personas, y aquellos que no lo reconocen?’. Tal vez reconozcan a Dios, tal vez genuinamente reconozcan Su existencia y crean en ella y tal vez estén dispuestos a seguirlo y a buscar la verdad, pero hay algo que nunca cambiará: nunca renunciarán a su ambición de poder y estatus ni abandonarán su búsqueda de esas cosas debido a su entorno o a la actitud de Dios hacia ellos. Estas son las características de los anticristos” (‘Engañan, atraen, amenazan y controlan a la gente’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Dios dice que los anticristos van en pos de la reputación y el estatus para que la gente los siga y lograr su ambición por controlarla y poseerla. Compiten con Dios para poseer a la gente. Esta era precisamente la senda por la que iba yo. Creía en Dios y quería amarlo, y también sabía que Él tiene la soberanía de todo y está por encima de todo. Es el Creador y debemos adorarlo, no competir con Él por el estatus y por la gente. Pero yo quería que me admiraran e idolatraran gracias a mi deber para tener un lugar propio en el corazón de la gente. ¿Esto no era competir con Dios por Su pueblo escogido? Cuando la gente me idolatra a mí, no lleva a Dios en su corazón, y cuando tiene problemas, en vez de orar y ampararse en Dios, viene a mí. Había atraído a la gente a mí e iba por la senda del anticristo. Me acordé de los pastores y ancianos del mundo religioso y de que, aunque prediquen el evangelio, interpreten la Biblia, den bendiciones y hagan algunas buenas acciones, el propósito de todo esto es que los creyentes los admiren y los sigan. Siempre que tienen preguntas los creyentes, van a los pastores y aceptan su orientación. Incluso cuando oyen hablar de la venida del Señor y quieren buscar y estudiar, buscan el consentimiento del pastor. ¿Esto no es hacer que la gente los trate como a Dios? Estos líderes religiosos ejercen un firme control de la gente, no llevan a Dios en el corazón y son abiertamente hostiles a Él. Yo era igual. Quería que mis hermanos y hermanas me siguieran, no quería una compañera y, para incitarlos y ganar estatus entre ellos, les decía que podían venirme con cualquier problema y que los ayudaría. ¿No significaba esto que yo también los quería controlar? En realidad, llevaba poco tiempo creyendo y tenía poca experiencia. Me faltaba clarividencia respecto a los estados y problemas de mis hermanos y hermanas. Yo sola no sabía ayudarlos nada bien, pese a lo cual no le pedía ayuda a la líder. Era sumamente arrogante e irracional. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que revelaba y de que me comportaba como un anticristo. Antes, cuando hablaba de los anticristos en las reuniones, siempre me ponía nerviosa por miedo a volverme un anticristo, pero también creía que solo los líderes de alto nivel tenían la probabilidad de volverse anticristos y que yo, líder de equipo sin un estatus elevado, no iría por esa senda. No obstante, me di cuenta de que esta opinión era un error. Nunca lo habría sabido sin el juicio de la palabra de Dios, y tal vez habría cometido más maldad y Dios me habría rechazado y eliminado como a los fariseos. Di gracias a Dios por darme esclarecimiento y guía para comprender esto y supe que tenía que arrepentirme, dejar de perseguir la reputación, la ganancia y el estatus y cumplir con el deber según las exigencias de Dios.

Luego leí otro pasaje de las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Lo que Dios requiere de las personas no es la capacidad de completar cierto número de tareas o realizar algún proyecto grande, y tampoco necesita que lideren ningún gran proyecto. Lo que Dios quiere es que la gente sea capaz de hacer todo lo que esté a su alcance de manera práctica y que viva según Sus palabras. Dios no necesita que seas grande u honorable, ni que hagas un milagro, ni tampoco quiere ver ninguna sorpresa agradable en ti. Dios no necesita estas cosas. Lo único que Dios necesita es que practiques con constancia según Sus palabras. Cuando escuches las palabras de Dios, haz lo que has entendido, lleva a cabo lo que has comprendido, recuerda lo que has visto, y entonces, cuando sea el momento correcto, practica como dice Dios, para que las palabras de Dios se conviertan en lo que vives y se conviertan en tu vida. Así Dios estará satisfecho. Tú siempre buscas la grandeza, la nobleza y la dignidad; siempre buscas la exaltación. ¿Cómo se siente Dios cuando ve esto? Lo detesta y no quiere ni verlo. Cuanto más busques cosas como la grandeza, la nobleza y la superioridad sobre los demás; ser distinguido, destacado y notable, más repugnante serás para Dios. Si no reflexionas sobre ti mismo y te arrepientes, entonces Dios te despreciará y te abandonará. Asegúrate de no ser alguien a quien Dios encuentra repugnante, de ser una persona a la que Dios ama. Entonces, ¿cómo se puede alcanzar el amor de Dios? Recibiendo la verdad con los pies en la tierra, colocándote en la posición de un ser creado, apoyándote firmemente en la palabra de Dios para ser una persona honesta y cumplir con tus deberes, y viviendo a semejanza de un verdadero ser humano. Con eso es suficiente. Asegúrate de no tener ambiciones ni sueños vanos, no busques la fama, la ganancia y el estatus ni destacar entre la multitud. Además, no intentes ser una persona con grandeza o sobrehumana, que sea superior entre los hombres y haga que los demás la adoren. Ese es el deseo de la humanidad corrupta, y es la senda de Satanás; Dios no salva a tales seres creados. Si algunas personas siguen buscando la fama, la ganancia y el estatus y se niegan a arrepentirse, entonces no existe cura para ellos, y solo hay un desenlace posible: ser eliminados. Hoy, si sois raudos para dar marcha atrás y practicar el arrepentimiento, aún os queda tiempo; pero cuando llegue el día en que termine la obra de Dios y lluevan las catástrofes, los que buscan la fama, las ganancias y el estatus y se niegan a arrepentirse serán todos eliminados. Debéis tener todos claro a qué clase de personas salva la obra de Dios, y cuál es el significado de Su salvación del hombre. Es responsabilidad del hombre presentarse ante Dios para escuchar Sus palabras, para actuar y vivir como Dios dice y ordena, no para actuar y vivir según tus propias intenciones o la lógica de Satanás. Si no aceptas las palabras de Dios y sigues viviendo según las filosofías y el carácter de Satanás, si te niegas a arrepentirte, entonces no eres de la clase de persona que salva Dios. Cuando sigues a Dios, tú también has sido escogido por Él, así que ¿cuál es el significado de que Dios te haya escogido? Implica que te conviertes en alguien que confía en Él, que sigue verdaderamente a Dios, que puede dejarlo todo por Dios, y que es capaz de seguir Su camino, alguien que ha dejado de lado la lógica de Satanás, que se ha despojado de su carácter satánico y no vive bajo un carácter corrupto. Si sigues a Dios y cumples con un deber en la casa de Dios, y sin embargo te opones a Él en todos los aspectos y ni actúas ni vives de acuerdo con Sus palabras, ¿podría darte Dios Su aprobación? Desde luego que no. ¿Qué quiero decir con esto? Cumplir con un deber no es realmente difícil, ni tampoco lo es hacerlo con devoción y con un estándar aceptable. No tienes que sacrificar tu vida ni hacer nada problemático, simplemente tienes que seguir las palabras e instrucciones de Dios con honestidad y firmeza, sin añadir tus propias ideas o ir por tu cuenta: solo has de caminar por la senda correcta. Si la gente puede hacer esto, básicamente tiene semejanza humana. Cuando tiene verdadera obediencia a Dios, y se ha convertido en una persona honesta, poseerá la semejanza con un ser humano” (‘El correcto cumplimiento del deber requiere de una cooperación armoniosa’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios me hicieron entender Su voluntad. Hoy día, Dios ha expresado muchas palabras para salvar a la gente con la esperanza de que las escuchemos y practiquemos, tomemos nuestro lugar como seres creados, cumplamos con el deber según Sus palabras y Su voluntad, desechemos nuestro carácter corrupto y nos salvemos. Debemos tener los propósitos adecuados en el deber y no dedicarnos a empresas personales para conservar la reputación y el estatus. En cambio, debemos buscar diligentemente la verdad y cumplir con nuestro deber como seres creados. Gracias a la guía de las palabras de Dios descubrí una senda de práctica.

Varios días después, una hermana me habló de sus dificultades y me dijo que necesitaba ayuda. El problema era un poco difícil para mí. No sabía cómo resolverlo, pero también me di cuenta de que no podía comportarme como antes y negarme a cooperar con mi líder para demostrar mi competencia, así que le pregunté a mi líder por este problema. Le dije: “No sé resolver este problema. ¿Puedes ayudarme?”. La líder buscó unos fragmentos apropiados de la palabra de Dios, me los mandó y, juntas, resolvimos el problema de la hermana. Después, siempre que tenía problemas, le consultaba a mi líder, cooperaba con ella y ya no hacía las cosas yo sola como antes. Noto que mi actitud al ayudar a los hermanos y hermanas es distinta a la de antes. Anteriormente, lo hacía por proteger mi imagen y mi reputación y nunca le preguntaba a mi líder. Temía que resolviera ella el problema y nadie me admirara a mí. Ahora ya no pienso en si me admiran o no, sino en cómo resolver mejor los problemas de mis hermanos y hermanas, y coopero activamente con mi líder. Esta forma de practicar me aporta una gran sensación de desahogo.

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