Aprendí a someterme por medio del deber

31 Ene 2022

Por Novo, Filipinas

En 2012, cuando trabajaba en Taiwán, acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Luego supe que fui de las primeras personas de Filipinas en aceptarla. Estaba emocionado y me sentía bendecido. Tras volver a Filipinas en 2014, empecé a predicar el evangelio del reino de Dios Todopoderoso en mi país. Enseguida, muchos filipinos aceptaron la obra de Dios de los últimos días. Estaba muy contento y orgulloso de poder cumplir con el deber de predicar el evangelio. Para mí, predicar el evangelio y dar testimonio de Dios era un deber especial que no todo el mundo sabía hacer, pues la gente ha de comprender algo de la verdad para cumplir con él. Normalmente, cuando me reunía con los hermanos y hermanas, me envidiaban por ser de los primeros en aceptar la obra de Dios en Filipinas. Les parecía muy afortunado y me admiraban por poder predicar el evangelio y dar testimonio de Dios. Ante su envidia y admiración, siempre tenía una sensación de superioridad y creía merecer un deber tan importante como el de predicar el evangelio.

Un día supe que el hermano encargado del trabajo diario y de conducir en la iglesia tenía que renovar el permiso y no podía conducir de momento. Nuestro líder sabía que yo sabía conducir y me preguntó si podía asumir temporalmente el deber de aquel hermano: ir en coche a comprar cosas para la iglesia y asumir el trabajo diario de aquella. En ese momento sentí preocupación y angustia. Pensé: “¿Por qué quieres de repente que conduzca? Si me convierto en conductor, ¿qué opinarán de mí los hermanos y hermanas?”. Para mí, predicar el evangelio y dar testimonio de Dios era un deber importante que podía llevar ante Dios a muchos que anhelan Su aparición, pero conducir solo era un trabajo cotidiano, un deber normal; básicamente, una tarea que no daba testimonio de Dios ni haría que me admiraran. Cualquier sabe hacer una tarea sencilla, pero no todo el mundo sabe predicar el evangelio y dar testimonio de Dios. Me decepcionó mucho que me ubicaran en ese puesto. El deber de conducir no me parecía apropiado para mí. No entendía por qué me sucedía esto y me preocupaba que mi líder me mandara seguir en ese deber. Tenía muchos pensamientos negativos, no era capaz de cumplir obedientemente con ese deber y ni siquiera quería que mis hermanos y hermanas supieran que había cambiado de deber. Al día siguiente, me saludaron unos hermanos y hermanas, y me dijeron: “He oído que ahora cumples con el deber de conducir, ¿no?”. Al oír sus palabras me sentí muy avergonzado y deprimido. No quería para nada ese deber. Creía que debía estar predicando el evangelio, lo que podría darme buena reputación. No quería que me despreciaran mis hermanos y hermanas. Me sentía agraviado, desobediente y lleno de pensamientos negativos, pero aparentemente fingía que no me importaba. Como no quería que vieran mi debilidad y me despreciaran, les respondí: “Esto lo ha dispuesto Dios y le estoy agradecido por ello”. Al decirlo, me di cuenta de que, aunque conocía la frase “Dios es soberano de todas las cosas”, cuando Dios creó un ambiente en concreto, yo no admití realmente Su soberanía. Mis palabras no coincidían con mi pensamiento. Aparentemente obedececía, pero en realidad no quería aceptar ni obedecer el ambiente creado por Dios. No podía evitar pensar: “¿Por qué experimento de repente todo esto? ¿Se equivocó el líder al disponer que yo fuera conductor? Este deber no es nada adecuado para mí. Debería estar predicando el evangelio; ¿cómo voy a ser conductor?”. Me sentía muy negativo. Creía que se debía a que, a mi líder, le parecía inadecuado para predicar el evangelio y por eso me nombró conductor. Puesto que, para mí, conducir solo precisaba de mis manos, no la entrada en la vida ni buscar los principios de la verdad, y solo era un trabajo físico, simplemente iba en coche a comprar cosas para la iglesia, tal como me mandaban. Con el tiempo, no recibía la entrada en la vida, estaba harto de ello y mi deber como conductor me parecía cada vez menos soportable.

Un día me llamó un hermano que antes predicaba el evangelio conmigo, y me preguntó: “Hermano, ¿qué tal te va últimamente? ¿Te has acostumbrado a tu nuevo deber? Queremos que vayas a un sitio. ¿Cuándo tendrás tiempo de llevarnos?”. Me sentí triste y avergonzado al oír aquello. Pensé: “A lo mejor, para mi hermano soy un mero conductor sin estatus. Sin duda alguna, me desprecia”. Me sentía muy desdichado, negativo y sin motivación en el deber. No quería leer las palabras de Dios ni ir a reuniones y a menudo me preguntaba qué opinaban de mí mis hermanos y hermanas. En aquella época, aunque cumplía con el deber y no mostraba desobediencia alguna, estaba alborotado por dentro y no podía aceptar ese deber. Pese a saber en teoría que, pase lo que pase, debo cumplir con mis deberes de ser creado, no podía escapar de mi estado negativo y pasivo. Poco a poco, dejé de percibir la obra del Espíritu Santo y el deber me parecía un trabajo mundano: fichar al entrar y al salir y esperar a que se pasara el día. Mi corazón estaba repleto de tinieblas y desdicha, no tenía esclarecimiento del Espíritu Santo en las reuniones y siempre me sentía vacío. Oré a Dios: “Dios mío, sé que mi estado es malo, pero cuando conduzco para repartir cosas, sigue importándome lo que opinen de mí mis hermanos y hermanas. Te pido que me guíes para poder obedecer y aceptar este deber”.

Luego leí unas palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “¿Qué es la sumisión genuina? Cuando Dios hace algo de acuerdo a tus deseos y estás satisfecho con todo y sientes que es correcto, y se te permite destacar, sientes que es bastante glorioso y dices ‘gracias, Dios’, y te puedes someter a la orquestación y planeación de Dios. Pero cuando se te asigna un puesto común donde nunca puedes destacar, y en el que nadie nunca te reconoce, entonces dejas de sentirte feliz y te resulta difícil someterte. […] Someterse bajo circunstancias favorables por lo general es fácil. Si también te puedes someter bajo circunstancias adversas —aquellas en las que las cosas no salen como tú quieres y tus sentimientos resultan heridos, que te debilitan, que te hacen sufrir en la carne y sufrir un golpe en tu reputación, que no pueden satisfacer tu vanidad ni tu orgullo y que te hacen sufrir psicológicamente— entonces has crecido realmente” (La comunión de Dios). La palabra de Dios revelaba mi corrupción interior. Me acordé de cómo oré a Dios cuando acepté Su obra de los últimos días: “Sea cual sea el ambiente que dispongas, y sin importar que me tope con dificultades o experimente grandes pruebas, aceptaré y obedeceré. Pase lo que pase, te seguiré”. Sin embargo, ahora había llegado un ambiente real, pero no era capaz de obedecerlo. De pronto comprendí que mi obediencia a la soberanía y las disposiciones de Dios era mera palabrería. Al principio, cuando la iglesia dispuso que predicara el evangelio, creía que hacía falta alguien especial para cumplir con ese deber, y tener un deber tan importante me daba buena imagen. Además, los hermanos y hermanas me halagaban y admiraban. Como me gustaba mucho mi deber, tenía gran entusiasmo y me esforzaba mucho en él. No obstante, cuando el líder dispuso que condujera, sentí que, en un instante, pasaba de ser muy valorado por todos a ser un conductor que a nadie le importa, y eso era un tremendo bochorno. Encima, creía que conducir no era muy importante y que nadie lo admiraba. Si cumplía con ese deber, mis hermanos y hermanas no me admirarían como antes, por lo que, sinceramente, no podía aceptarlo. No podía obedecer la soberanía y las disposiciones de Dios, e incluso pensaba que lo dispuesto por mi líder estaba mal. Me tomaba mi dignidad y mi estatus demasiado en serio, era exigente y consideraba mis deberes en función de mis preferencias. Quería un deber en el que pudiera lucirme y ser admirado, no uno discreto e invisible. Cuando el deber dispuesto para mí no me granjeaba la admiración ajena, mi corazón se llenó de resistencia y quejas. Aparentemente no me oponía a él, pero por dentro no me animaba a obedecer, con lo que perdí la obra del Espíritu Santo y vivía en tinieblas. Con la palabra de Dios entendí que, si quería hacerme sinceramente obediente a Él y tener verdadera estatura, tenía que obedecer Sus disposiciones, no solo cuando el ambiente me conviniera, sino, sobre todo, cuando no. Aunque perdiera prestigio o mis hermanos y hermanas no me admiraran, tenía que aceptar y obedecer.

Posteriormente, en una reunión, hablé abiertamente de mi estado y mis hermanos y hermanas me enviaron un pasaje de la palabra de Dios que me ayudó a entender la causa de mi desobediencia. Dios Todopoderoso dice: “¿Qué usa Satanás para mantener al hombre firmemente bajo su control? (La fama y la ganancia). De modo que Satanás usa fama y ganancia para controlar los pensamientos del hombre hasta que todas las personas solo puedan pensar en ellas. Por la fama y la ganancia luchan, sufren dificultades, soportan humillación, y sacrifican todo lo que tienen, y harán cualquier juicio o decisión en nombre de la fama y la ganancia. De esta forma, Satanás ata a las personas con cadenas invisibles y no tienen la fuerza ni el valor de deshacerse de ellas. Sin saberlo, llevan estas cadenas y siempre avanzan con gran dificultad. En aras de esta fama y ganancia, la humanidad evita a Dios y le traiciona, y se vuelve más y más perversa. De esta forma, entonces, se destruye una generación tras otra en medio de la fama y la ganancia de Satanás. Consideremos ahora las acciones de Satanás, ¿no son sus siniestros motivos completamente detestables? Tal vez hoy no podáis calar todavía sus motivos siniestros, porque pensáis que uno no puede vivir sin fama y ganancia. Creéis que, si las personas dejan atrás la fama y la ganancia, ya no serán capaces de ver el camino que tienen por delante ni sus metas, que su futuro se volverá oscuro, tenue y sombrío. Sin embargo, poco a poco, todos reconoceréis un día que la fama y la ganancia son grilletes monstruosos que Satanás usa para atar al hombre. Cuando llegue ese día, te resistirás por completo al control de Satanás y a los grilletes que Satanás usa para atarte. Cuando llegue el momento en que desees deshacerte de todas las cosas que Satanás ha inculcado en ti, romperás definitivamente con Satanás y detestarás verdaderamente todo lo que él te ha traído. Sólo entonces la humanidad sentirá verdadero amor y anhelo por Dios” (‘Dios mismo, el único VI’ en “La Palabra manifestada en carne”). Tras meditar la palabra de Dios, comprendí que no era capaz de obedecer los deberes que me llegaban porque creía que perjudicaban mi dignidad y estatus, lo que era un daño provocado por Satanás. Satanás controla el corazón de la gente a través de la reputación y la fortuna. Hace que la gente se esfuerce y lo sacrifique todo por ellas. Además, seguía inconscientemente las filosofías satánicas en mi vida. Recordé que, de niño, mis padres me enseñaron a ganarme el respeto y la admiración de los demás, por lo que, de joven, creía que debía superar al resto y ser excepcional. También la sociedad y los medios promueven estas opiniones y veía que algunas personas famosas, ricas y de alto estatus gozan de mejor trato que la gente normal, así que estaba decidido a progresar y ser admirado por todos. Cuando acepté la obra de Dios en los últimos días, aún vivía según esos puntos de vista, cumplía con el deber sin centrarme en buscar la voluntad de Dios ni la verdad, y creía equivocadamente que cumplir con un deber tan importante como el de predicar el evangelio era la única vía para ganarme la admiración y el respeto ajenos. En mi opinión, nadie valora los deberes de quienes trabajan. Yo consideraba los deberes mejores o peores y quería cumplir con uno que me permitiera destacar. Cuando mi líder dispuso que condujera por las necesidades de nuestra labor, en el fondo de mi corazón no podía aceptar ni obedecer y me sentía apto para predicar el evangelio, no para el deber de conducir. Solo me preocupaban mi imagen y mi estatus, pero no buscaba la voluntad de Dios ni pensaba en las necesidades de la labor de la iglesia. ¡Qué egoísta y despreciable! Querer continuar en el deber de predicar el evangelio no era realmente tener en consideración la voluntad de Dios. Simplemente quería el deber como trampolín para ganarme la admiración de todos. Lo quería para presumir y hacer que me admiraran, de modo que alcanzara reputación y fortuna y disfrutara del honor que me acarreara. Cuando el líder me dispuso este deber, se hizo añicos mi ambición de ser muy valorado, así que me aparté de forma pasiva y hasta me faltaba energía para cumplir con el deber. Vi cómo habían arraigado en mi interior estas ideas y opiniones satánicas y que ya eran mi naturaleza. Controlaban lo que decía y hacía y mi consideración hacia el deber, e hicieron que me rebelara y resistiera contra Dios. Mi búsqueda de reputación y fortuna me había hecho perder toda razón. Me acordé de que algunos hermanos y hermanas tenían un estatus mundano y mucha gente que los apoyaba, pero una vez que creyeron en Dios y asumieron sus deberes, fueron capaces de renunciar a la reputación y el estatus y, sin importar lo que dispusiera la iglesia, incluso deberes humildes, eran capaces de aceptar y obedecer. Comparado con ellos, sentía vergüenza. No era un auténtico creyente en Dios. No llevaba a Dios en el corazón ni tenía la obediencia más elemental hacia Él. Ahora me daba cuenta de lo desvergonzado y despreciable que era ir en pos de la reputación y la fortuna. Si seguía buscando así, nunca comprendería la verdad y, antes o después, sería eliminado.

Luego leí unas palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “No es sencillo entrar en la realidad de la verdad. La clave es centrarse en buscar la verdad y ponerla en práctica. Has de tener estas cosas en tu corazón cada día. Independientemente de los problemas a los que te enfrentes, no protejas siempre tus propios intereses; más bien, aprende a buscar la verdad y a reflexionar sobre ti mismo. No importa qué corrupciones se revelen en ti, no puedes soltarlas sin control; es mejor si puedes reflexionar y reconocer tu esencia corrupta. Si en las situaciones cotidianas tus pensamientos se centran en cómo resolver tu carácter corrupto, en cómo practicar la verdad y en qué son los principios de la verdad, entonces serás capaz de aprender a utilizar la verdad para resolver tus problemas de acuerdo con las palabras de Dios. Al hacerlo, lograrás cambios en el carácter, y así entrarás poco a poco en la realidad de la verdad. Si tu mente está llena de pensamientos sobre cómo alcanzar una posición superior, o de cómo actuar frente a los demás, de cómo hacer que te admiren, entonces estás en la senda equivocada. Significa que estás haciendo cosas para Satanás; están prestando servicio. Si tu mente está llena de pensamientos sobre cómo cambiar para ser cada vez más como un ser humano, estar de acuerdo con las intenciones de Dios, ser capaz de someterte a Él y venerarlo, y aceptar Su escrutinio en todo lo que hagas, entonces tus condiciones mejorarán cada vez más. Esto es lo que significa ser alguien que vive ante Dios. Así, existen dos caminos: uno meramente enfatiza el comportamiento, satisfacer las ambiciones, deseos, intenciones y planes propios; esto es vivir ante Satanás y bajo su campo de acción de Satanás. El otro camino enfatiza cómo satisfacer la voluntad de Dios, entrar en la realidad de la verdad, someterse a Dios y no tener ninguna idea equivocada ni desobediencia hacia Él, para venerar a Dios y cumplir con el propio deber. Se trata de alguien que siempre vive ante Dios” (‘Solo al practicar la verdad se puede poseer una humanidad normal’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Tras leer la palabra de Dios, comprendí que, si quería recibir la verdad y escapar de la corrupción, tenía que dejar de perseguir el objetivo equivocado. Sin importar si podía presumir o recibir admiración en el deber o no, debía aceptarlo y cumplir lealmente con él. Esta es la actitud hacia el deber y la razón que deben tener los seres creados. Si cumplía con el deber solo para ganarme el respeto de los hermanos y hermanas, estaría trabajando al servicio de Satanás, pues Satanás hace que la gente vaya en pos de la reputación, la fortuna y el estatus, que se aparte de Dios y lo traicione. Si no cambiaba mi objetivo de perseguir la reputación y la fortuna ni transformaba mi carácter corrupto, al final solo podría resultar eliminado. Buscar la verdad y la transformación del carácter, aceptar las disposiciones de Dios, renunciar a mis ideas de ir en pos de la reputación y la fortuna, actuar según las exigencias de Dios y cumplir correctamente con el deber era la única vía para vivir ante Dios, y estas búsquedas, el único modo de transformar mis actitudes corruptas. Entendido esto, tenía un rumbo. Supe que tenía que buscar la verdad en mi fe en Dios y en mis deberes y me dispuse a aceptarlos. Tanto si la gente me admiraba como si no, tenía que cumplir con ellos lo mejor posible.

Después leí otro pasaje de la palabra de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Hoy en día, cuando realizáis un deber en la casa de Dios, ya sea grande o pequeño, ya implique un trabajo físico o el uso de vuestro cerebro, ya se haga fuera o dentro de la iglesia, el deber que realizáis no es por accidente; no es elección tuya, lo dirige Dios. Solo te mueve el encargo de Dios, tienes este sentido de la misión y la responsabilidad, y eres capaz de realizar este deber. Entre los incrédulos, hay muchos que son atractivos, inteligentes o capaces. ¿Pero les favorece Dios? (No). Dios solo os favorece a vosotros, a este grupo de personas. Él os hace desempeñar todo tipo de papeles, llevar a cabo toda clase de deberes y responsabilidades en Su obra de gestión y cuando, al final, el plan de gestión de Dios llegue a su término y se complete, ¡cuánta gloria y honor! Y así, cuando en el cumplimiento de su deber hoy, las personas sufren una pequeña dificultad, cuando tienen que renunciar a cosas y esforzarse, cuando pagan un precio, cuando pierden estatus, fama y fortuna en el mundo, parece como si Dios les hubiera quitado esas cosas, sin embargo, han ganado algo más grande y mejor. ¿Qué han ganado de Dios? Solo cuando has cumplido bien con tu deber, cuando has completado el encargo de Dios, cuando vives toda tu vida en aras de tu misión y tu encargo, cuando vives una vida que vale la pena, ¡solo entonces eres una persona real! ¿Y por qué digo que eres una persona real? Como Dios te ha escogido, te ha permitido realizar el deber de una criatura de Dios en Su gestión, y no puede haber mayor valor o sentido para tu vida” (‘Los principios de práctica relativos a la sumisión a Dios’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). “Si deseas dedicarte en todo lo que haces para cumplir la voluntad de Dios, entonces no puedes realizar meramente un deber; debes aceptar cualquier comisión que Dios te encomiende. Ya sea que concuerde con tus gustos o no, que corresponda a tus intereses, que sea algo que no disfrutes o que nunca hayas hecho o algo difícil, aun así, debes seguir aceptándolo y someterte. No solo debes aceptarlo, sino que debes cooperar proactivamente, aprender de ello y lograr la entrada. Incluso si sufres y no has podido destacar y brillar, aun así debes seguir mostrando tu devoción. Debes verlo como el deber que tienes que cumplir; no como un asunto personal, sino como tu deber. ¿Cómo deben entender las personas sus deberes? Es cuando el Creador, Dios, le da a alguien una tarea que tiene que realizar y, en ese momento, surge el deber de esa persona. Las tareas que Dios te da, las comisiones que Dios te da, esos son tus deberes. Cuando los persigues como tus objetivos y de verdad tienes un corazón que ama a Dios, ¿puedes seguir negándote? (No). No es cuestión de si puedes o no; no debes rechazarlas. Debes aceptarlas. Esta es la senda de práctica. ¿Qué es la senda de práctica? (La dedicación absoluta en todas las cosas). Sé dedicado en todas las cosas para cumplir la voluntad de Dios. ¿Dónde está el eje central de esto? ‘En todas las cosas’. ‘Todas las cosas’ no significa necesariamente las cosas que te gustan o que se te dan bien y, mucho menos, las cosas con las que estás familiarizado. Algunas veces no eres bueno en algo, algunas veces tienes que aprender, unas veces te enfrentarás a dificultades y otras debes sufrir. Sin embargo, independientemente de la tarea de que se trate, siempre y cuando venga ordenada por Dios, debes aceptarla de Él, verla como tu deber, dedicarte a cumplirla y cumplir la voluntad de Dios: este es el camino de la práctica. Sin importar lo que te ocurra, siempre debes buscar la verdad, y una vez estés seguro de qué tipo de práctica está en línea con la voluntad de Dios, debes practicarla. Solo si actúas de esta manera estás practicando la verdad, y solo actuar así es entrar en la realidad de la verdad” (‘Las personas solo pueden ser verdaderamente felices si son honestas’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Tras leer la palabra de Dios, comprendí que ningún deber llega a mí por casualidad ni dispuesto por una persona. Provienen de la soberanía y la decisión de Dios. Aunque conducir no era un deber que me gustara ni interesara, se dispuso para mí en función de las necesidades de la labor de la iglesia, así que no podía obedecer mis preferencias. Aunque por ello sufriera o no me admiraran, no tenía motivo para rechazarlo. Debía hacer lo prudente y obedecer, pues este deber viene de Dios. Dios me otorgó un deber; es decir, una responsabilidad y una misión, por lo que, por difícil que fuera, debía cumplir con él de todo corazón, cumplir con mi deber de ser creado y con la comisión de Dios. Esta manera de vivir tiene sentido y no es vana. Antes me hipnotizaban la reputación y la fortuna, no comprendía la soberanía de Dios, por lo que no podía considerar el deber de forma correcta, y consideraba los deberes mejores y peores. La verdad, no hay deberes mejores ni peores en la casa de Dios, simplemente realizamos funciones distintas. Tanto predicar el evangelio como conducir un coche son elementos necesarios de la labor de la iglesia. Sea cual sea nuestro deber en la casa de Dios, Él quiere que busquemos la entrada en la vida. Si cumplía con el deber para que me admiraran y conseguir reputación y fortuna, no estaría cumpliendo con el deber de un ser creado, sino maquinando para mis propios fines. Aunque otros me admiraran, Dios no lo daría por bueno. Cuando mi líder me dispuso el deber de conducir, aunque no tenía estatus entre la gente y era algo cansado, ese ambiente me enseñó a obedecer, me ayudó a comprender la verdad y, poco a poco, me permitió renunciar a mi deseo de reputación y fortuna. Fue la salvación de Dios para mí. De hecho, una vez que recapacité al respecto, cuando conducía para ocuparme de asuntos de la iglesia, me topaba con cosas diversas que implicaban considerar los intereses de la casa de Dios, todo lo cual exigía buscar la verdad y actuar según los principios. ¿No era una buena oportunidad para que practicara la verdad y cumpliera con el deber para satisfacción de Dios? Cuando lo comprendí, oré a Dios: “Dios mío, te ruego que perdones mi ignorancia. Te he decepcionado en muchas cosas. De ahora en adelante, lo dejaré todo en manos de Tus disposiciones, aceptaré que me observes y cumpliré con el deber con un corazón rebosante de amor por Ti”. Después de orar tuve una sensación de liberación y confianza para cumplir adecuadamente con el deber.

En una ocasión llevé a mis hermanos y hermanas a comprar cosas para la iglesia. Observé que elegían los productos muy detenidamente, comparando precios y calidades, para que no se resintieran los intereses de la familia de Dios. Recordé que, desde que había empezado a conducir, como no se satisfacía mi deseo de admiración, tenía la actitud incorrecta hacia el deber. Simplemente hacía lo que se disponía cada día, no me lo planteaba en serio ni pensaba en cómo cumplir correctamente con el deber. Cuando compraba, rara vez buscaba alta calidad a bajo precio y adquiría lo que parecía lo suficientemente bueno. Casi nunca compraba con tanto detenimiento. Realmente no me volcaba en ello. Ya no quería ser un hacedor de servicio. Posteriormente, ya no me preocupaba si los demás me admiraban en el deber. En cambio, recapacitaba sobre él y sobre los intereses de la iglesia y, además, era cuidadoso y pausado al comprar cosas para la iglesia. Cumpliendo así con el deber, me sentía en paz y ya no era cansado. Aprendí mucho de mi experiencia y entendí que Dios me otorgó un deber que no me gustaba para que recapacitara y comprendiera que mi búsqueda de reputación y estatus está mal. Él me estaba llevando por la senda de búsqueda de la verdad. Todo esto fue Su amor por mí. Experimenté los buenos propósitos de Dios y descubrí que, disponga lo que disponga, incluso cuando eso no encaje con mis nociones, todo es beneficioso para mi vida. No podía rebelarme más contra Dios. Tenía que hacerme obediente a Él para satisfacerlo.

No mucho después, mi hermano obtuvo un nuevo permiso y volvió para continuar conduciendo, y el líder dispuso que me encargara de los asuntos generales. Cuando recibí la noticia, pensé: “Esta vez no puedo dejar que mis preferencias dicten mi forma de considerar el deber. Debo aceptar y obedecer las instrumentaciones y disposiciones de Dios. Sé que esta es otra oportunidad que Él me ha dado para que practique, para perfeccionarme con Su palabra y Su obra y para permitirme experimentar y practicar Sus palabras en distintos deberes”. Con mi experiencia previa, no tenía más pensamientos negativos en mi nuevo deber, ya no lo despreciaba ni buscaba la admiración ajena. Por el contrario, cumplía con el deber de manera realista y trataba de satisfacer la voluntad de Dios. Leí unas palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Para todos los que cumplen con su deber, ya sea profundo o superficial su entendimiento de la verdad, la manera más sencilla de entrar en la realidad de la verdad es pensar en los intereses de la casa de Dios en todo, y renunciar a los deseos egoístas, a las intenciones, motivos, reputación y estatus individuales. Poned los intereses de la casa de Dios en primer lugar; esto es lo menos que debéis hacer. Si una persona que lleva a cabo su deber ni siquiera puede hacer esto, entonces ¿cómo puede decir que está llevando a cabo su deber? Esto no es llevar a cabo el propio deber. Primero debes considerar los intereses de la casa de Dios, los propios intereses de Dios y considerar Su obra y poner estas consideraciones antes que nada; solo después de eso puedes pensar en la estabilidad de tu estatus o en cómo te ven los demás. ¿No sientes que se facilita un poco cuando lo divides en estos pasos y alcanzas algunos acuerdos? Si haces esto por un tiempo, llegarás a sentir que satisfacer a Dios no es difícil. Además, deberías ser capaz de cumplir con tus responsabilidades, llevar a cabo tus obligaciones y deberes, dejar de lado tus deseos egoístas y tus propias intenciones y motivos, tener consideración de la voluntad de Dios y poner primero los intereses de Dios y de Su casa. Después de experimentar esto durante un tiempo, considerarás que esta es una buena forma de vivir: es vivir sin rodeos y honestamente, sin ser una persona vil o un bueno para nada, y vivir justa y honorablemente en vez de ser de mente estrecha y despreciable. Considerarás que así es como una persona debe vivir y actuar. Poco a poco disminuirá el deseo dentro de tu corazón de gratificar tus propios intereses” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). La palabra de Dios me alegró el corazón. Cuando cumplamos con el deber, debemos aceptar que Dios nos observe, renunciar a nuestros deseos, ofrendar nuestro corazón sincero, hacer las cosas a beneficio de la casa de Dios y lo mejor que podamos en toda obligación que tengamos. Esto es cumplir con el deber de un ser creado, vivir de forma recta y hacer lo que debe hacer la gente. Al practicar de este modo, me sentía muy firme y a gusto. Ahora soy muy feliz en el deber y he aprendido mucho. Sé que, sin exponerme a la realidad y al juicio de la palabra de Dios, no reconocería mi corrupción. Para tratar mi corrupción, mi rebeldía y mis opiniones erróneas sobre la búsqueda, Dios me puso en un ambiente que no me gustaba para que me conociera a mí mismo y para hacerme entender la clase de actitud y de perspectivas hacia el deber que son conformes a Su voluntad. Tras experimentar esto, también comprendí que Dios dispone el deber que yo cumpla en función de mis necesidades de entrada en la vida, así que debo aceptar y obedecer, cumplir con él de todo corazón y con toda mi mente, buscar la verdad mientras tanto y convertirme en una persona que obedezca sinceramente a Dios y se gane Su aprobación.

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