Ante la enfermedad terminal de mi hijo

10 Ene 2022

Por Liang Xin, China

Hace dos años, a mi hijo le dio de repente un horrible dolor en la cintura. Fuimos a que se lo miraran y, según el médico, los resultados de la prueba eran preocupantes y debíamos ir al hospital provincial, más grande, para más pruebas. Me dio un vuelco el corazón cuando dijo eso y creí que mi hijo podría tener una enfermedad grave. Sin embargo, luego pensé que llevaba mucho tiempo cumpliendo con el deber, sacrificándome por Dios y sufriendo mucho. Ni siquiera ante la opresión y las detenciones terribles del Partido Comunista y ante el ridículo y la difamación de mis familiares, jamás me acobardé, sino que me mantuve firme en el deber. Suponía que, a tenor de todo lo que había hecho por Dios, Él protegería a mi hijo de cualquier cosa grave. Los resultados: tenía cáncer y cirrosis en el hígado. El médico dijo que le quedaban de 3 a 6 meses más de vida. Fue un baldazo de agua fría, y yo ahí sentada, paralizada. Sencillamente, no podía admitir esa realidad. Solo tenía 37 años; ¿cómo había podido enfermar así? Sujetando los resultados de las pruebas, me temblaban las manos. Me preguntaba si el diagnóstico del médico estaba equivocado. Estaba sentada, atónita, al borde de la cama y no me recuperé hasta después de un rato. Se me caían las lágrimas y pensaba: “Tan joven, ¿cómo es posible que esté gravemente enfermo? Cualquier cosa de estas sería mortal, ¿pero dos? Él es nuestro pilar. ¿Qué haría la familia sin él? Lo más doloroso en la vida de alguien es enterrar a un hijo”. Estaba cada vez más triste. Mis familiares y amigos me retaban diciendo: “¿Cómo es que ha enfermado tu hijo, si tú crees en Dios? Si ese Dios tuyo no lo ha protegido, ¿de qué sirve?”. También me decían que me olvidara de la fe y me quedara en casa cuidando a mi hijo. Sus reproches me hacían sentir muy desdichada. Estaba constantemente al borde del llanto y aturdida. Ni siquiera quería orar o leer las palabras de Dios. Estaba realmente en tinieblas. Oré: “Dios mío, con mi hijo tan gravemente enfermo, estoy pasándolo mal y no puedo controlarlo. Te pido que me guíes para comprender Tu voluntad”.

Un día leí esto en las palabras de Dios: “Cuando las personas atraviesan pruebas, es normal que sean débiles, internamente negativas o que carezcan de claridad sobre la voluntad de Dios o sobre la senda en la que practicar. Pero en cualquier caso, como Job, debes tener fe en la obra de Dios, y no negarlo. Aunque Job era débil y maldijo el día de su propio nacimiento, no negó que Jehová le concedió todas las cosas en la vida humana, y que también es Él quien las quita. Independientemente de cómo fue probado, él mantuvo esta creencia. […] Dios realiza la obra de perfección en la gente y ellos no pueden verla ni sentirla; es en tales circunstancias en las que se requiere tu fe. Se exige la fe de las personas cuando algo no puede verse a simple vista, cuando no puedes abandonar tus propias nociones. Cuando no tienes clara la obra de Dios, lo que se requiere es tu fe y que adoptes una posición firme y mantengas el testimonio” (‘Los que serán hechos perfectos deben someterse al refinamiento’ en “La Palabra manifestada en carne”). Según las palabras de Dios, la grave enfermedad de mi hijo era una especie de prueba para mí y tenía que ampararme en la fe para superarla. Me acordé de Job, a quien le robaron toda su riqueza y su abundante ganado, cuyos hijos murieron y que se llenó de llagas. Incluso ante semejante prueba, estaba dispuesto a maldecirse antes que culpar a Dios y alababa el nombre de Jehová. Dio un hermoso testimonio de Dios. Y cuando estaba pasando por todo esto, sus amigos se burlaban de él, su esposa lo criticaba y le dijo que abandonara a Dios y muriera. A primera vista parecía que su esposa y sus amigos lo reprendían, pero, por detrás, Satanás tentaba a Job con sus palabras para que negara y traicionara a Dios. Sin embargo, Job no cayó en la trampa y llegó a acusar a su esposa de insensata. Supe que los trucos de Satanás estaban detrás de los ataques de mis familiares y amigos. Como Job, tenía que mantenerme firme en el testimonio de Dios. No podía hacer caso de sus disparates. En ese momento no me sentía ya tan triste y desamparada.

Lo operaron un par de semanas después y pudieron controlar el cáncer. Pensé que igual Dios se apiadaba de él por mi fe, que podía curarse si Dios hacía un milagro. Esperaba que se recuperara del todo y pensaba en lo fabuloso que sería eso. Luego recordé este pasaje de las palabras de Dios: “Lo que buscas es poder ganar la paz después de creer en Dios, que tus hijos no se enfermen, que tu esposo tenga un buen trabajo, que tu hijo encuentre una buena esposa, que tu hija encuentre un esposo decente, que tu buey y tus caballos aren bien la tierra, que tengas un año de buen clima para tus cosechas. Esto es lo que buscas. Tu búsqueda es solo para vivir en la comodidad, para que tu familia no sufra accidentes, para que los vientos te pasen de largo, para que el polvillo no toque tu cara, para que las cosechas de tu familia no se inunden, para que no te afecte ningún desastre, para vivir en el abrazo de Dios, para vivir en un nido acogedor. Un cobarde como tú, que siempre busca la carne, ¿tiene corazón, tiene espíritu? ¿No eres una bestia? Yo te doy el camino verdadero sin pedirte nada a cambio, pero no buscas. ¿Eres uno de los que creen en Dios? Te otorgo la vida humana real, pero no la buscas. ¿Acaso no eres igual a un cerdo o a un perro?” (‘Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios revelaban de forma muy incisiva mis perspectivas sobre la fe y mis motivaciones problemáticas por las bendiciones. Sentí una gran vergüenza. Cuando creía en el Señor, iba en pos de las bendiciones y de la gracia con la esperanza de que bendijera a toda mi familia. Desde que acepté la obra de Dios de los últimos días, nunca oraba descaradamente a Dios para pedirle Su gracia, pero no buscaba la verdad ni comprendía realmente a Dios. Me equivocaba al desear cien veces más en la era presente y vida eterna en la era por venir. Creía que, al haberme sacrificado por Dios, Él me recordaría y bendeciría, que debía proteger a mi familia de la enfermedad y el desastre, y hacernos la vida fácil y libre de cualquier percance terrible. Así, dejé a un lado mi hogar y mi empleo por el deber, muy feliz de soportar todo sufrimiento. Pero cuando las pruebas de mi hijo dieron positivo por cáncer, me sumí por completo en el dolor de verlo enfermo y perdí el estímulo en el deber. Echaba cuentas, mezquinamente, de cuánto me había esforzado y sufrido, debatía con Dios y lo culpaba por no proteger a mi hijo. La situación que afrontaba y las palabras de juicio y revelación de Dios me enseñaron que mi perspectiva de búsqueda en la fe era errónea. No renunciaba a las cosas por mi fe para buscar la verdad y despojarme de la corrupción, sino a cambio de la gracia y las bendiciones de Dios. Negociaba con Dios, a quien utilizaba y engañaba. Obstinada, aspiraba a que Dios protegiera a mi familia para librarnos de la tempestad, la enfermedad y el desastre. ¿En qué me diferenciaba de esas personas religiosas que comen los panes y se sacian? Entendí la vileza de mi perspectiva de búsqueda. En ese punto me sentí muy en deuda con Dios y me presenté ante Él en oración para poner en Sus manos la salud de mi hijo y someterme a Su soberanía y Sus disposiciones.

Después, a mi hijo lo operaron tres o cuatro veces, una tras otra, y parecía estar cada vez mejor. Comía bien y podía hacer algunas actividades suaves. Estaba loca de contenta, sobre todo cuando lo veía cantar y bailar con su hijo con un aspecto totalmente sano. Me parecía que había esperanza para él. Había creído que, desde una perspectiva humana, su enfermedad era una sentencia de muerte y no duraría seis meses más, pero ya había pasado más tiempo y estaba muy bien. Eso era la bendición y protección de Dios. De continuar así las cosas, parecía que se recuperaría del todo. No obstante, las cosas no salieron como pensé. De pronto empezó a no poder retener la comida, se le comenzó a hinchar el abdomen cada vez más y le costaba sentarse. Le hicieron un chequeo y, aunque el cáncer no se había extendido, la cirrosis estaba empeorando y tenía ascitis hepática. Sentía que, poco a poco, se acercaba su muerte, y volví a desesperarme. Como la enfermedad de mi hijo había mejorado de manera patente, no entendía por qué iba a peor otra vez. Era un hijo buenísimo, se llevaba bien con todos y nunca había hecho nada malo. Familiares, amigos y vecinos hablaban maravillas de él. No estaba demasiado contento con mi fe, pero tampoco se interponía. ¿Por qué contrajo una enfermedad mortal? Más adelante, pensé en que yo, como creyente, siempre había predicado el evangelio, en primer plano de todo lo que surgiera en la iglesia. Mi familia comenzó a oponerse a mi fe por la represión y las detenciones del partido, pero, ante cualquier opresión, jamás di marcha atrás. Seguí cumpliendo con el deber. Si había renunciado a tanto, ¿por qué me enfrentaba a esto? ¿Esto recibía a cambio de todos mis años de sacrificio? No lo decía, pero me superaba la sensación de que Dios era injusto. Estaba pesimista, deprimida y aturdida todo el tiempo. Me sentía sin esperanza. Sufría horrores y lloraba constantemente.

Leí este pasaje: “La justicia no es en modo alguno justa ni razonable; no se trata de igualitarismo, de concederte lo que merezcas en función de cuánto hayas trabajado, de pagarte por el trabajo que hayas hecho ni de darte lo que merezcas a tenor de tu esfuerzo. Esto no es justicia. Supongamos que Dios hubiera descartado a Job después de que este diera testimonio de Él: Dios también habría sido justo entonces. ¿Por qué se denomina justicia a esto? Desde un punto de vista humano, si algo concuerda con las nociones de la gente, a esta le resulta muy fácil decir que Dios es justo; sin embargo, si considera que no concuerda con sus nociones —si es algo que no comprende—, le resultará difícil decir que Dios es justo. Si Dios hubiera destruido a Job en aquel entonces, la gente no habría dicho que Él era justo. En realidad, no obstante, tanto si la gente ha sido corrompida como si no, ¿tiene que justificarse Dios cuando la destruye? ¿Debe explicar a las personas en qué se basa para hacerlo? ¿Debería fundamentar Su decisión en lo siguiente: ‘Si son útiles, no las destruiré; si no lo son, lo haré’? No hay necesidad de ello. A ojos de Dios, puede tratar a alguien corrupto como quiera; lo que Dios haga será acertado y todo está dispuesto por Él. […] La esencia de Dios es la justicia. Aunque no es fácil comprender lo que hace, todo cuanto hace es justo, solo que la gente no lo entiende. Cuando Dios entregó a Pedro a Satanás, ¿cómo respondió Pedro? ‘La humanidad es incapaz de comprender lo que haces, pero todo cuanto haces tiene Tu benevolencia; en todo ello hay justicia. ¿Cómo sería posible que no alabara Tus sabias obras?’. Hoy has de entender que Dios no destruye a Satanás para enseñar a los seres humanos cómo los ha corrompido Satanás y cómo los salva Dios; al final, como las personas han sido corrompidas demasiado profundamente por Satanás, estas contemplarán el monstruoso pecado de la corrupción de Satanás en ellas y, cuando Dios destruya a Satanás, contemplará la justicia de Dios y verá que contiene Su carácter y sabiduría. Todo cuanto hace Dios es justo. Aunque pueda resultarte incomprensible, no debes juzgarlo a tu antojo. Si alguna cosa que haga te parece irracional o tienes nociones al respecto y por eso dices que no es justo, estás siendo completamente irracional. Tú ya ves que a Pedro le parecían incomprensibles algunas cosas, pero estaba seguro de que la sabiduría de Dios estaba presente y que esas cosas albergaban Su benevolencia. Los seres humanos no pueden comprenderlo todo; hay muchísimas cosas que no pueden entender. Por lo tanto, no es fácil conocer el carácter de Dios” (‘Cómo conocer el justo carácter de Dios’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios me enseñaron que Su justicia no es como creía, totalmente imparcial e igualitaria, ni implicaba recibir exactamente lo invertido. Dios es el Creador y Su propia esencia es justa, por lo que, tanto si da como si quita, tanto si nos bendice como si sufrimos en las pruebas, todo tiene Su sabiduría. Todo es revelación de Su carácter justo. Job siguió el camino de Dios al temerlo y evitar el mal toda su vida. A ojos de Dios era una persona perfecta, pese a lo cual Dios lo probó. Su fe y veneración hacia Dios aumentaron prueba a prueba, y al final dio rotundo testimonio de Dios y venció del todo a Satanás. Después, Dios se le apareció y lo bendijo muchísimo más. Eso reveló el carácter justo de Dios. También me acordé de Pablo. Padeció mucho y viajó por todas partes a difundir el evangelio del Señor, pero no tenía sometimiento ni veneración reales hacia Dios. Solo quería las bendiciones de Dios a cambio de su esfuerzo. Después de bastante trabajo, afirmó: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe. En el futuro me está reservada la corona de justicia” (2 Timoteo 4:7-8). Las aportaciones de Pablo eran transacciones plagadas de sus ambiciones y deseos. Su carácter no se transformó en absoluto e iba por una senda contraria a Dios. Dios terminó por castigarlo. Vemos que Dios no se fija en cuánto parece trabajar la gente, sino en si lo ama y se somete a Él sinceramente, en si cambia su carácter vital. Esta es una mejor manifestación del carácter santo y justo de Dios. Creía que Él me compensaría por lo que había dado, que recuperaría algo igual a mi aportación. Esa es una perspectiva humana negociadora, totalmente distinta de la justicia de Dios. Había hecho algunos sacrificios y cosas buenas como creyente, pero mi perspectiva de búsqueda era errónea y no tenía auténtico sometimiento a Dios. Culpé y me opuse igualmente a Él cuando enfermó mi hijo. No había cambiado mi carácter, sino que era una persona de Satanás, opuesta a Dios. No merecía para nada Sus bendiciones. Reparé en que no comprendía el carácter justo de Dios, sino que creía que, por haberme sacrificado en el deber, Dios debía proteger a mi hijo y velar por él. ¿No juzgaba a Dios desde una perspectiva humana negociadora? Recordé estas palabras de Dios: “Todos tienen un destino adecuado. Estos destinos se determinan según la esencia de cada individuo y no tienen nada que ver con otras personas. La conducta malvada de un hijo o una hija no puede ser transferida a sus padres, y la justicia de un hijo o una hija no puede ser compartida con sus padres. La conducta malvada de los padres no puede ser transferida a los hijos, y la justicia de los padres no puede compartirse con los hijos. Cada cual carga con sus respectivos pecados y cada cual disfruta de su respectiva fortuna. Nadie puede sustituir a nadie; esto es justicia” (‘Dios y el hombre entrarán juntos en el reposo’ en “La Palabra manifestada en carne”). Creía que, por haber renunciado a cosas en mi fe, Dios debía curar a mi hijo. Si no lo hacía, lo consideraría injusto. ¡Algo totalmente absurdo! Por mucho precio que hubiera pagado, ese era mi deber y lo que debía hacer como ser creado. Eso no tenía nada que ver con la enfermedad, el sino ni el destino de mi hijo. No debía aprovecharlo para negociar, para hacer tratos con Dios. Me resultó muy liberador entender esto.

Un día leí otro pasaje de las palabras de Dios que me ayudó a comprender la esencia de mi perspectiva errónea. Dios Todopoderoso dice: “No importa cuántas cosas le sucedan, el tipo de persona que es un anticristo nunca trata de abordarlas buscando la verdad en las palabras de Dios, y mucho menos trata de ver las cosas a través de ellas, lo cual se debe completamente a que no creen que cada renglón de las palabras de Dios sea la verdad, y no aceptan la actitud correcta que Dios dice que la gente debe tener en todos los asuntos. Solo hay un tipo de Dios en el que creen: el Dios sobrenatural que muestra señales y maravillas, similar a dioses falsos como Guan Yin y Buda que también muestran señales y maravillas menores. […] En las mentes de los anticristos, Dios debe ser adorado mientras se esconde detrás de un altar, comiendo los alimentos que la gente ofrenda, inhalando el incienso que queman, extendiendo una mano amiga cuando se hallan en problemas, ofreciendo ayuda y satisfaciendo sus peticiones en la medida que pueda, si son honestos en sus súplicas. Para los anticristos, solo un dios semejante es Dios. Mientras tanto, todo lo que Dios hace en la actualidad se encuentra con el desprecio de los anticristos. ¿Y por qué? A juzgar por la naturaleza y la esencia de los anticristos, lo que ellos requieren no es la obra de riego, pastoreo y salvación que el Creador realiza sobre las criaturas de Dios, sino prosperidad y éxito en todas las cosas, no ser castigados en esta vida y ascender al cielo cuando mueran. Su punto de vista y sus necesidades confirman su esencia de hostilidad a la verdad” (‘No creen en la existencia de Dios y niegan la esencia de Cristo (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Cada palabra de Dios daba realmente en el clavo. Reflexionando, comprendí que siempre había creído que Dios debía compensarme, bendecirme por todo lo que había hecho en mi fe, que debía conservar a mi familia sana y salva. Por ello, cuando mi hijo estaba mejorando muchísimo tras las operaciones, creí que era una bendición de Dios y estaba agradecida y llena de alabanza. Pero cuando volvió a empeorar, quise que Dios obrara el milagro de su curación. Cuando Dios no hizo lo que yo quería, pasé de la sonrisa permanente a la ira permanente, enfadada con Dios por no tener todos mis sacrificios en cuenta para proteger y curar a mi hijo. Llegué a lamentar todo cuanto había dado. Mi estado de ánimo giraba en torno a si ganaba o perdía algo. En mi fe no adoraba a Dios ni me sometía a Él como Creador, sino que lo consideraba un objeto para cumplir mis exigencias y bendecirme. ¿En qué me diferenciaba de los incrédulos que idolatran a Buda o a Guanyin? ¡Eso no es creer de verdad! Dios se ha encarnado y venido a la tierra dos veces, en las que ha soportado una brutal humillación, la condena, la oposición, la rebeldía y los malentendidos de la gente. Todo para comunicarnos Sus palabras y Su verdad para que sean nuestra vida, vivamos de acuerdo con ellas, escapemos a la corrupción y, al final, nos salvemos. Dios ha pagado un enorme precio por la humanidad. He gozado de buena parte de la gracia y las bendiciones de Dios a lo largo de mis años de fe, en los que he recibido el riego y sustento de muchas verdades, pero no era nada sincera con Dios. ¡Qué doloroso y decepcionante para Él! Empecé a sentirme cada vez más en deuda con Dios, y me arrodillé ante Él con lágrimas de pesar y culpa rodando por mi rostro. Oré y me arrepentí así ante Dios: “Dios mío, he sido creyente todos estos años sin buscar la verdad. No me he mantenido firme en el testimonio para Ti en la enfermedad de mi hijo, sino que te he decepcionado. Dios mío, estoy en deuda contigo. Deseo arrepentirme ante Ti y, mejore o no mi hijo, estoy dispuesta a someterme a Tu soberanía y Tus disposiciones. Te ruego que me des fe y estés conmigo”. Sentí que me había quitado un enorme peso de encima tras aquella oración. Me sentía mucho más liviana y menos ansiosa que antes por la enfermedad de mi hijo.

Un día leí otro pasaje de las palabras de Dios que me aportó una nueva comprensión de todo esto. “No existe correlación entre el deber del hombre y que él sea bendecido o maldecido. El deber es lo que el hombre debe cumplir; es la vocación que le dio el cielo y no debe depender de recompensas, condiciones o razones. Solo entonces el hombre está cumpliendo con su deber. Ser bendecido es cuando alguien es perfeccionado y disfruta de las bendiciones de Dios tras experimentar el juicio. Ser maldecido es cuando el carácter de alguien no cambia tras haber experimentado el castigo y el juicio; es cuando alguien no experimenta ser perfeccionado, sino que es castigado. Pero, independientemente de si son bendecidos o maldecidos, los seres creados deben cumplir su deber, haciendo lo que deben hacer y haciendo lo que son capaces de hacer; esto es lo mínimo que una persona, una persona que busca a Dios, debe hacer. No debes llevar a cabo tu deber solo para ser bendecido y no debes negarte a actuar por temor a ser maldecido. Dejadme deciros esto: lo que el hombre debe hacer es llevar a cabo su deber, y si es incapaz de llevar a cabo su deber, esto es su rebeldía. Es por medio del proceso de llevar a cabo su deber que el hombre es cambiado gradualmente, y es por medio de este proceso que él demuestra su lealtad. Así pues, cuanto más puedas llevar a cabo tu deber, más verdad recibirás y más real será tu expresión” (‘La diferencia entre el ministerio de Dios encarnado y el deber del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). Esto me enseñó que cumplir con el deber no tiene nada que ver con ser bendecidos o maldecidos. Como ser creado, he de cumplir con el deber para compensar a Dios por Su amor. Es lo justo y apropiado. Es como los padres que crían a sus hijos hasta la edad adulta; los hijos deben respetarlos. No debe ser algo condicional ni depender de la herencia de bienes. Es el deber más básico de una persona. Sin embargo, yo no pensaba en cómo devolverle a Dios Su amor en el deber, sino que quería aprovechar el deber que Dios me había dado para hacer tratos con Él, para pedirle gracia y bendiciones por lo poquito que yo había dado. Si no, culpaba a Dios. No tenía conciencia y decepcioné mucho a Dios. Cuando enfermó mi hijo, no hacía más que exigir y siempre malinterpretaba y culpaba a Dios. Al pensarlo me odié de veras. Decidí en silencio que, mejorara o no mi hijo, jamás volvería a culpar a Dios. Después, mi hijo empeoró cada vez más. Era evidente que su salud decaía día a día. Me dolía y sufría, pero me sentía mucho más libre por dentro.

Un día leí estas palabras de Dios: “Dios ya ha planeado completamente la génesis, el nacimiento, el tiempo de vida y el final de todas las criaturas de Dios, así como su misión en la vida y el papel que desempeñan en toda la humanidad. Nadie puede cambiar estas cosas, tal es la autoridad del Creador. El nacimiento de cada criatura, el tiempo que vive, su misión en la vida, todas estas leyes, cada una de ellas, son ordenadas por Dios, al igual que ordenó la órbita de cada uno de los cuerpos celestes; cuál siguen, durante cuántos años, cómo lo hacen y qué leyes lo rigen. Todo esto fue ordenado por Dios hace mucho tiempo, sin que haya habido cambios en miles ni en decenas de miles de años. Está ordenado por Dios, y es Su autoridad” (‘Solo al buscar la verdad se pueden conocer las obras de Dios’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Cierto. Dios es el Creador y el curso de nuestra vida está en Sus manos. Lo mucho que vivamos, suframos o seamos bendecidos está en las manos de Dios. Dios no alarga la vida de alguien por haber hecho buenas acciones ni acaba antes con ella porque haya cometido mucha maldad. Sea buena o mala una persona, cuando se termina su tiempo predestinado, Dios le quita la vida. Eso no se puede cambiar. Hace mucho que Dios decidió cuánto duraría la vida de mi hijo. Todo lo que Él haga es justo y solo he de someterme a Su soberanía y Sus disposiciones. Entenderlo alivió un poco mi dolor. Sabía que, le fuera como le fuera a mi hijo, yo tenía que hacer el deber de un ser creado y devolverle a Dios Su amor.

En marzo de ese año despedí a mi hijo para siempre, pero, guiada por las palabras de Dios, supe afrontar correctamente su partida y sufrí mucho menos. En estos dos años desde que enfermó mi hijo, he sufrido bastante, pero con todo esto he visto mis objetivos despreciables y mi corrupción al buscar las bendiciones en mi fe. He descubierto lo a fondo que me ha corrompido Satanás, y que, si no corrijo esta corrupción, seguiré culpando a Dios y oponiéndome a Él. Esta experiencia me ha enseñado de veras cuánto me ha beneficiado este sufrimiento en la vida. Cuanto más lejos estén las obras de Dios de nuestras nociones, más verdad hay que buscar en ellas y más pretenden salvarnos.

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