Las impurezas de mis sacrificios por Dios

10 Ene 2022

Por Jiang Ping, China

En abril, de repente un día, noté un atroz dolor en la espalda. Creí que solo sería una distensión, así que no me preocupé y pensé que me pondría bien con un parche medicinal, pero el parche no hizo nada. El dolor de espalda solo empeoró. Era como si me clavaran una aguja, un dolor punzante entre pecho y espalda. Cuando empeoraba, parecía que me desgarraba la carne y todos los huesos. El dolor era tan intenso que realmente no sé describirlo. Durante varias noches, me dolía mucho como para dormir. Sentía que ya no podía soportarlo y quería ir con el médico, pero ya tenía un compromiso para predicarles el evangelio a varios Sin duda, un chequeo me retrasaría con eso. Pensaba ir unos días después de la reunión, y que, además, todo estaba en manos de Dios. Solo debía seguir con mi deber, y quizá me sentiría mejor en unos días. Así que me fortalecí ante el dolor y fui al hospital después de aquel encuentro. El médico que me vio me dijo muy serio: “¿A qué estaba esperando para venir? Esto no es poca cosa. Es un herpes provocado por un virus, un herpes interno. Incluso ya se ve sobre la piel. Si no se lo trata inmediatamente y el virus se adentra en la médula, hasta podría ser letal”. Estaba muy sorprendida. Jamás imaginé que fuera tan grave como para poder costarme la vida. Pensé: “Hace unos años que comparto el evangelio y cumplo con el deber; ¿cómo es que ha podido pasarme esto? Aparte, he dejado mi hogar y mi empleo para cumplir el deber, he pagado un precio. Nunca he traicionado a Dios, ni siquiera cuando el PCCh me detuvo y torturó. Seguí con el deber tras salir de la cárcel. ¿Por qué no me protege Dios?”. Más lo pensaba, más me angustiaba. Me resistía a llorar y me sentía vacía. Lo que tengo es una enfermedad crónica, así que solamente se puede controlar con medicación adecuada. Además, estábamos ocupadísimos en la iglesia, por lo que continué en el deber durante el tratamiento. Cuando salía en bicicleta para movilizarme, cualquier bache en carretera me provocaba un dolor insoportable. A veces me entraban sudores y había ocasiones en que me daba un repentino ataque de dolor insoportable. Me acostaba cuando llegaba a casa después de mi deber, pues sentía que no me quedaba fuerza y ni siquiera podía hablar.

Sabía que me estaba ocurriendo con el permiso de Dios. Oraba, buscaba y recapacitaba sobre lo que podría no ajustarse a la voluntad de Dios, pero todavía me aferraba a una pizca de esperanza en que, siempre y cuando viera mi error y cumpliera mi deber, tal vez Dios decidiría sanarme. Sin embargo, enseguida se pasaron dos meses y no mejoré en lo absoluto. Estaba muy preocupada. Llevaba mal mucho tiempo; ¿qué haría si no me mejoraba nunca? Además, no había dejado para nada mi deber. Compartía el evangelio aun estando muy enferma; entonces, ¿por qué no me sanaba Dios? Más lo pensaba, más me agraviaba y afligía. Si nunca me recuperaba, tal vez un día ya no podría cumplir con ningún deber. Si no podía hacer buenas acciones, ¿cómo podría salvarme? Me preguntaba si sería en vano todo lo que ya había dado. Supuse que debía reservar mi energía para mi salud. Después ya no me esforcé tanto en el deber. En las reuniones grupales, preguntaba poco sobre posibles objetivos de evangelización y, si nadie necesitaba ayuda, me iba a descansar. Me daba mucho miedo agotarme y ponerme peor. En aquella época estaba toda preocupada por mi enfermedad y en un estado muy deprimido. No recibía luz de las palabras de Dios y mis enseñanzas eran muy pobres. Me sentía muy distante de Dios. Con dolor, le oraba a Dios: “¡Dios mío! Soy muy desdichada y me siento muy débil. No tengo vigor para el deber y hasta te guardo rencor. Te pido que me guíes para que entienda Tu voluntad. Quiero someterme, hacer introspección y aprender”.

Buscando, leí este pasaje de las palabras de Dios: “Primero, cuando las personas comienzan a creer en Él, ¿quién de ellas no tiene sus propios objetivos, motivaciones y ambiciones? Aunque una parte de ellas crea en la existencia de Dios y la haya visto, su creencia en Él sigue conteniendo esas motivaciones, y su objetivo final es recibir Sus bendiciones y las cosas que desean. […] Toda persona hace, constantemente esas cuentas en su corazón, y le ponen exigencias a Dios que incluyen sus motivaciones, sus ambiciones y una mentalidad de transacciones. Es decir, el hombre le está poniendo incesantemente a prueba en su corazón, ideando planes sobre Él, defendiendo ante Él su propio fin, tratando de arrancarle una declaración, viendo si Él puede o no darle lo que quiere. Al mismo tiempo que busca a Dios, el hombre no lo trata como tal. El hombre siempre ha intentado hacer tratos con Él, exigiéndole cosas sin cesar, y hasta presionándolo a cada paso, tratando de tomar el brazo cuando le dan la mano. A la vez que intenta hacer tratos con Dios, también discute con Él, e incluso los hay que, cuando les sobrevienen las pruebas o se encuentran en ciertas circunstancias, con frecuencia se vuelven débiles, pasivos y holgazanes en su trabajo, y se quejan mucho de Él. Desde el momento que empezó a creer en Él por primera vez, el hombre lo ha considerado una cornucopia, una navaja suiza, y se ha considerado Su mayor acreedor, como si tratar de conseguir bendiciones y promesas de Dios fuera su derecho y obligación inherentes, y la responsabilidad de Dios protegerlo, cuidar de él y proveer para él. Tal es el entendimiento básico de la ‘creencia en Dios’ de todos aquellos que creen en Él, y su comprensión más profunda del concepto de creer en Él” (‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II’ en “La Palabra manifestada en carne”). Me sentí muy culpable al meditar las palabras de Dios. Sencillamente, no consideraba a Dios como tal en mi fe, sino que solo quería Sus bendiciones. Desde que era creyente, consideré a Dios una navaja multiusos, una cornucopia, creía que, mientras me esforzara por Dios, seguro que Él me mantendría sana y salva, yo jamás afrontaría enfermedades ni tragedias y lograría escapar a toda clase de desastres. Al final me salvaría y tendría un hermoso destino. Había dejado mi hogar y mi empleo para cumplir con el deber, había sufrido y dado mucho y nunca me había echado atrás, ni siquiera cuando me detuvo y torturó el PCCh. Pero cuando enfermé, sobre todo al ver que se prolongaban mis problemas de salud, culpé a Dios y traté de razonar con Él. Hacía cálculos de todo mi sufrimiento, pues creía haber desperdiciado todo lo que había dado, y empecé a holgazanear en el deber. Entendí que, en todos mis años de fe, nunca pretendí recibir la verdad y obedecer a Dios, sino intercambiar mi sufrimiento y esfuerzo por Su gracia y Sus bendiciones. Mi intención era aplicar una perspectiva humana negociadora a Dios. ¿Acaso eso no era engañarlo y utilizarlo? ¡Qué egoísta y despreciable! Pensé en cómo salva Dios a la humanidad. Nos ha dado muchísimas palabras de sustento y hasta crea toda clase de situaciones para que experimentemos Su obra y, así, nos libremos de nuestra corrupción. Sin embargo, no sabía devolverle a Dios su amor. En cambio, lo utilizaba y siempre calculaba. Cuando Él no hizo lo que yo quería, empecé a cumplir mecánicamente con el deber, sin preocuparme. No era nada sincera con Dios. ¡Realmente no tenía conciencia ni razón! Entonces me presenté ante Dios a orar: “Dios mío, Te he utilizado y te he estado engañando en mi fe. Soy muy egoísta y vil. ¡Apenas soy humana! Dios mío, quiero arrepentirme ante Ti. Te pido que me guíes”.

Leí un pasaje de “La senda surge al meditar la verdad con frecuencia”: “En muchos casos, las pruebas de Dios son cargas que les da a las personas. Por muy grande que sea la carga que Dios te haya dado, ese es el peso que debes asumir, pues Dios te comprende y sabe que podrás soportarlo. La carga que Dios te ha dado no superará tu estatura ni los límites de tu resistencia, por lo que no hay duda de que podrás soportarla. Sea cual sea el tipo de carga, la clase de prueba, que Dios te dé, recuerda: tanto si comprendes la voluntad de Dios como si no, recibas o no esclarecimiento e iluminación del Espíritu Santo después de orar, tanto si esta prueba es que Dios te está disciplinando como si te está advirtiendo, da igual que no lo entiendas. Mientras no dejes de cumplir con el deber que has de llevar a cabo y seas capaz de cumplirlo fielmente, Dios estará satisfecho y te mantendrás firme en el testimonio. […] Si, en tu fe en Dios y tu búsqueda de la verdad, eres capaz de decir: ‘Ante cualquier enfermedad o acontecimiento desagradable que Dios permita que me suceda, haga Dios lo que haga, debo obedecer y mantenerme en mi sitio como un ser creado. Ante todo, he de poner en práctica este aspecto de la verdad, la obediencia, aplicarlo y vivir la realidad de la obediencia a Dios. Además, no debo dejar de lado la comisión de Dios para mí ni el deber que he de llevar a cabo. Debo cumplir con el deber hasta mi último aliento’, ¿esto no es dar testimonio? Con esta determinación y este estado, ¿puedes quejarte igualmente de Dios? No” (“Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Al meditar las palabras de Dios, comprendí Su voluntad. Sin importar qué clase de dificultades tenga que afrontar, todo lo permite Dios y Él me da una carga para que la lleve, acepte y obedezca, y debo mantener testimonio. Me acordé de Pedro, capaz de obedecer siempre a Dios sin importar lo que pasara. Padeció la enfermedad y vivió con privaciones, pero siempre fue devoto a Dios y jamás se quejó. Así como Pedro, yo tenía que ocupar el lugar de un ser creado, someterme a lo dispuesto por Dios y aprender una lección. Seguía tomando medicación mientras cumplía con el deber y no me sentía tan limitada por la salud. Tras unos meses de recuperación paulatina, desapareció la enfermedad. Estaba muy agradecida a Dios.

En septiembre. Un día llegué a casa de predicar el evangelio, y él se veía muy mal. Me contó que el día anterior había ido a un chequeo regular y el médico le mandó volver al otro día para una resonancia. Esta situación me resultó muy inquietante, pues no es habitual que te manden a hacerte una resonancia. Me preguntaba si mi marido tendría algo grave. Esa noche estaba dando vueltas en la cama sin poder dormir. Trataba de consolarme pensando que tal vez no era gran cosa. También él era creyente y yo estaba mucho fuera de casa por un deber, así que Dios debía protegerlo. Al día siguiente yo lo acompañé al hospital. Sorprendentemente, resultó tener cáncer de páncreas. Estaba completamente atónita con la noticia. Me sorprendió que fuera cáncer, y de páncreas. Había oído que es muy difícil de tratar y que avanza muy rápido. Tiene una tasa de mortalidad alta y hay gente que no dura ni unos meses con ello. Él parecía lleno de vida, pero tal vez le quedaban unos pocos meses. Sentí el cielo derrumbarse sobre mí. Pensé: “Apenas me he recuperado, y ahora mi marido tiene cáncer. ¿Por qué no nos protege Dios?”. Cada vez que pensaba en el cáncer de mi esposo, no hacía más que llorar. Oré a Dios con dolor para pedirle que velara por mi corazón y me guiara para que entendiera Su voluntad.

Después leí un pasaje de las palabras de Dios: “En su creencia en Dios, lo que las personas buscan es obtener bendiciones para el futuro; este es el objetivo de su fe. Todo el mundo tiene esta intención y esta esperanza, pero la corrupción en su naturaleza debe resolverse por medio de pruebas. En los aspectos en los que no estás purificado, en esos aspectos debes ser refinado: este es el arreglo de Dios. Dios crea un entorno para ti y te fuerza a ser refinado en ese entorno para que puedas conocer tu propia corrupción. Finalmente, llegas a un punto en el que preferirías morir y renunciar a tus planes y deseos, y someterte a la soberanía y el arreglo de Dios. Por tanto, si las personas no pasan por varios años de refinamiento, si no soportan una cierta cantidad de sufrimiento, no serán capaces de deshacerse de la esclavitud de la corrupción de la carne en sus pensamientos y en su corazón. En aquellos aspectos en los que sigues sujeto a la esclavitud de Satanás y en los que todavía tienes tus propios deseos y tus propias exigencias, esos son los aspectos en los que debes sufrir. Solo a través del sufrimiento pueden aprenderse lecciones; es decir, puede obtenerse la verdad y comprenderse la voluntad de Dios. De hecho, muchas verdades se entienden al experimentar pruebas dolorosas. Nadie puede comprender la voluntad de Dios, reconocer la omnipotencia de Dios y Su sabiduría o apreciar el carácter justo de Dios cuando se encuentra en un entorno cómodo y fácil o cuando las circunstancias son favorables. ¡Eso sería imposible!” (‘Cómo debe uno satisfacer a Dios en medio de las pruebas’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Hice introspección a la luz de esto. Cuando me encontraba enferma, gracias al juicio de las palabras de Dios comprendí que estaba equivocada al buscar bendiciones, y me dispuse a someterme mejorara o no. Creí que había renunciado a mi deseo de bendiciones, pero cuando mi marido contrajo un cáncer, no pude evitar culpar y malinterpretar a Dios. Creía que Dios debía protegernos por ser creyentes. Vi lo arraigada que estaba mi motivación por las bendiciones. Nunca me habría dado cuenta si no me hubiera desenmascarado así Dios. Comprendí entonces que tenía que aprender una lección de la enfermedad de mi marido y dejar de culpar a Dios. Recapacité con calma acerca de por qué no pude evitar quejarme y malinterpretar a Dios cuando mi esposo contrajo cáncer, por qué seguía yendo en pos de las bendiciones.

Luego miré un vídeo de una lectura de las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “A ojos de los anticristos, en sus mentes y en su forma de ver las cosas, deben existir ciertos beneficios para seguir a Dios. No se molestarán en mover un dedo si no hay un incentivo. Si no existe la posibilidad de gozar de la fama, la ganancia o el estatus, no tiene sentido creer en Dios. Los primeros beneficios que una persona debe recibir son las promesas y bendiciones de las que se hablan en las palabras de Dios, y también deben gozar de la fama, la ganancia y el estatus dentro de la iglesia. Los creyentes en Dios deben destacarse entre los demás, y deben ser especiales. Los incrédulos no deben recibir tales cosas, y los creyentes deben disfrutarlas. Si no, aparece alguna duda sobre si este Dios es Dios. ¿Acaso la lógica de los anticristos no convierte en verdad las palabras: ‘Los que creen en Dios deben disfrutar de las bendiciones y la gracia de Dios’? (Sí). ¿Son verdad estas palabras? Estas palabras no son verdad, son falacia, son la lógica de Satanás, y no tienen ninguna relación con la verdad. ¿Ha dicho Dios alguna vez: ‘Si la gente cree en Mí, seguramente será bendecida; esto es verdad’? Dios nunca ha dicho ni hecho tal cosa.

Cuando se trata de bendiciones y adversidades, existe verdad que puede buscarse. ¿Cuáles son las palabras sabias a las que la gente debería adherirse? Job dijo: ‘¿Aceptaremos el bien de Dios y no aceptaremos el mal?’ (Job 2:10). ¿Son verdad estas palabras? Son las palabras de un hombre; no deben ser elevadas a las alturas de la verdad, aunque en parte se ajusten a ella. ¿Qué parte de ellas se ajusta a la verdad? Que las personas sean bendecidas o sufran adversidades está todo en manos de Dios, está todo bajo el dominio de Dios. Esto es verdad. ¿Es esto lo que creen los anticristos? (No). ¿Por qué no lo creen, por qué no lo reconocen? Como creyentes en Dios, los anticristos desean ser bendecidos y evitar la adversidad. Cuando ven a alguien que es bendecido, que se ha beneficiado, que ha sido agraciado, que ha recibido grandes beneficios, y que ha recibido más comodidades materiales y un mejor trato en este sentido, creen que esto es obra de Dios. Si no, estas no son las acciones de Dios. La implicación es: ‘Si eres Dios, entonces solo puedes bendecir a la gente, no puedes enviarles desastres o sufrimiento. Solo entonces tiene valor y sentido que la gente crea en Ti. Si, después de seguirte, la gente sigue acuciada por la adversidad, si sigue sufriendo, entonces ¿por qué deberían creer en Ti?’. No admiten que todo está en manos de Dios, que Dios lo manda todo. ¿Y por qué no lo admiten? Porque los anticristos temen la adversidad. Solo quieren beneficiarse, ser favorecidos, ser bendecidos, no desean aceptar la soberanía de Dios ni Sus disposiciones, sino solo recibir beneficios de Dios. Tal es su punto de vista egoísta y despreciable” (‘Desprecian la verdad, desacatan públicamente los principios e ignoran las disposiciones de la casa de Dios (VI)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). “Todos los humanos corruptos viven para sí mismos. Cada hombre por sí mismo y sálvese quien pueda; este es el resumen de la naturaleza humana. La gente cree en Dios para sí mismos; abandonan las cosas, se esfuerzan por Él y le son fieles, pero aun así, todo lo que hacen es para sí mismos. En resumen, su único propósito es ganarse bendiciones para sí mismos. En la sociedad, todo se hace para beneficio personal; se cree en Dios solamente para lograr bendiciones. La gente lo abandona todo y puede soportar mucho sufrimiento para obtener bendiciones. Todo esto es una prueba empírica de la naturaleza corrupta del hombre” (‘La diferencia entre los cambios externos y los cambios en el carácter’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). Sus palabras revelan la idea de los anticristos sobre las bendiciones y desgracias. Van en pos de las bendiciones en su fe y piensan que, por la fe que tienen, deberían recibirlas. Si no, creen que no tiene demasiado sentido tener fe y hasta pueden traicionar y dejar a Dios. Me di cuenta de que yo tenía la misma perspectiva de fe. Creía que, por haber hecho aquellos sacrificios, Dios debía bendecirnos a mi familia y a mí con paz y buena salud. Así, tanto si enfermaba yo como si lo hacía mi esposo, culpaba y malinterpretaba a Dios. Llegué a hacerle exigencias irracionales porque quería que nos curara a mí y a mi marido. En cuanto Dios hizo algo que a mí no me gustó, ya no tuve ganas de abocarme al deber. Comprendí lo absurda que había sido mi perspectiva de fe. En verdad, Dios jamás ha dicho que no vayan a pasarnos cosas malas a los creyentes. Él lo gobierna todo: la muerte, la enfermedad y la salud están en Sus manos y los creyentes no somos la excepción. Recibimos bendiciones de Dios y también desgracias. El deber es la obligación más básica de un ser creado y no tiene que ver con recibir bendiciones. Yo estaba tan corrompida por Satanás. Cosas como “cada hombre para sí mismo, y sálvese quien pueda” y “no muevas un dedo sin recompensa” eran venenos satánicos que me regían. Pensaba solo en mí y usaba a Dios. Quería bendiciones de Dios a cambio de mi sufrimiento y mi esfuerzo. Cuando Dios puso en riesgo mis intereses personales, me invadieron las quejas y los malentendidos hacia Él, y llegué a razonar con Él y a oponerme a Él. ¿Qué clase de creyente era yo? ¡Una incrédula, una persona egoísta, envilecida y mezquina! Me asusté mucho al percatarme de esto. Vi que no me había centrado en buscar la verdad en mi fe, sino en ir en pos de la gracia. Iba por una senda contraria a Dios. Así nunca se transformaría mi carácter corrupto. ¡Y finalmente acabaría eliminada! Entonces entendí realmente que, con esa situación, Dios me estaba juzgando y desenmascarando. Si Él no me hubiera desenmascarado así, yo no habría descubierto mi corrupción y mi fe viciada. No me habría purificado y transformado. Le di sinceras gracias a Dios por Su salvación.

Más tarde leí otro pasaje del quinto párrafo de “Los que serán hechos perfectos deben someterse al refinamiento”. “Puedes pensar que creer en Dios consiste en sufrir o en hacer todo tipo de cosas por Él; podrías pensar que el propósito de creer en Dios tiene como fin que tu carne esté en paz o que todo en tu vida funcione sin problemas, o que te sientas cómodo y a gusto con todo. Sin embargo, ninguno de estos son propósitos que la gente debería vincular a su creencia en Dios. Si crees por estos propósitos, entonces tu perspectiva es incorrecta y resulta simplemente imposible que seas perfeccionado. Las acciones de Dios, el carácter justo de Dios, Su sabiduría, Su palabra, y lo maravilloso e insondable que Él es, todas son cosas que las personas deben tratar de entender. Como posees este entendimiento, debes utilizarlo para librar a tu corazón de todas las demandas, esperanzas y nociones personales. Solo eliminando estas cosas puedes cumplir con las condiciones exigidas por Dios, y solo haciendo esto puedes tener vida y satisfacer a Dios. El propósito de creer en Dios es satisfacerlo y vivir el carácter que Él requiere, para que Sus acciones y Su gloria se manifiesten a través de este grupo de personas indignas. Esta es la perspectiva correcta para creer en Dios, y este es también el objetivo que debes buscar” (“La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me enseñaron lo que realmente debía buscar. No debía buscar bendiciones ni ciertos beneficios en mi fe, sino tratar de conocer y satisfacer a Dios para ser como Job, sin ninguna petición a Dios. Job creía que Dios le había dado todo cuanto tenía, así que, tanto si Dios le daba como si le quitaba, tuviera bendiciones o desgracias, Job lo obedecía sin reservas y alababa Su justicia. Y cuando Satanás probó a Job, le robaron a este todas sus posesiones, murieron sus hijos, le salieron llagas en todo el cuerpo y se sentó entre cenizas a rascárselo con un tiesto. Jamás se quejó de Dios, sino que continuó alabándolo. Hiciera lo que hiciera Dios, Job se mantenía en el lugar de un ser creado, sometiéndose a Él y adorándolo. Así pues, la fe de Job merece Su elogio. Al entender esto obtuve una senda de práctica. Mejorara o no mi esposo, tenía que someterme a Dios sin quejarme.

Después leí estas palabras de Dios: “Dios ya ha planeado completamente la génesis, el nacimiento, el tiempo de vida y el final de todas las criaturas de Dios, así como su misión en la vida y el papel que desempeñan en toda la humanidad. Nadie puede cambiar estas cosas, tal es la autoridad del Creador. El nacimiento de cada criatura, el tiempo que vive, su misión en la vida, todas estas leyes, cada una de ellas, son ordenadas por Dios, al igual que ordenó la órbita de cada uno de los cuerpos celestes; cuál siguen, durante cuántos años, cómo lo hacen y qué leyes lo rigen. Todo esto fue ordenado por Dios hace mucho tiempo, sin que haya habido cambios en miles ni en decenas de miles de años. Está ordenado por Dios, y es Su autoridad” (‘Solo al buscar la verdad se pueden conocer las obras de Dios’ en “Registro de las charlas de Cristo de los últimos días”). En las palabras de Dios entendí que nuestra existencia y nuestro destino están en manos del Creador. Dios ordena cuándo moriremos y nadie puede escapar a eso. Aunque contraigamos un cáncer, no moriremos antes de tiempo. Esta es la autoridad de Dios y nadie la puede cambiar. Gracias a que comprendí eso pude relajarme un poco. La salud de mi marido dependía de Dios y lo único que yo podía hacer era obedecer Sus disposiciones y cumplir con el deber. Recibió quimio durante un tiempo en el hospital de la ciudad y la sorpresa fue que no tenía células cancerosas. Los marcadores eran normales. Además, desapareció medio tumor. El médico señaló que era muy excepcional un caso así, tan bien controlado. Nuestro hijo dijo que el papá de un compañero tuvo el mismo cáncer. Recibió quimio, no la aguantó y murió unos meses después. Cuando supe todo esto, le di muchas gracias a Dios. Lo que más me alegró fue que mi marido siempre había creído de palabra, en pos del dinero, pero, tras el cáncer, comprendió la omnipotencia y soberanía de Dios y compartió su testimonio de las obras de Dios con familiares y amigos. Vi lo práctica que es la obra de Dios para salvar a la humanidad. Pasar por toda esta experiencia, fue muy doloroso en su momento, pero aprendí una lección, me conocí a mí misma y corregí mi búsqueda en la fe en Dios. ¡Estos son el amor y la bendición de Dios! Acabo de acordarme de un himno de las palabras de Dios, “Busca tener amor verdadero por Dios”. “Ahora, para creer en el Dios práctico, debes tomar el camino correcto. Si crees en Dios, no debes buscar solo bendiciones, sino amar y conocer a Dios. Por medio de Su esclarecimiento, mediante tu búsqueda individual, puedes comer y beber Su palabra, desarrollar un entendimiento real de Dios y tener un amor real por Dios procedente del fondo de tu corazón. En otras palabras, cuando tu amor por Dios es el más genuino y nadie puede destruirlo o interponerse en el camino de tu amor por Él, entonces estás en el camino correcto de la fe en Dios. Esto prueba que perteneces a Dios, porque Dios ya ha tomado posesión de tu corazón y nada más puede poseerte” (“Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”).

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¡Gracias al castigo y al juicio de Dios por salvarme y permitirme renacer! En mi camino futuro de creer en Dios no voy a escatimar ningún esfuerzo en ir tras la verdad, en recibir más castigo y juicio de Dios, y en despojarme por completo de las toxinas de Satanás para lograr la purificación, obtener un verdadero conocimiento de Dios y convertirme en una persona que ama a Dios genuinamente.

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