Nunca volveré a quejarme de mi destino

24 Feb 2024

Por Chen Xiao, China

De niña, mi familia era relativamente pobre. No teníamos nunca garantizadas las necesidades básicas. A menudo, mi madre tenía que pedirle grano a nuestro vecino para alimentarnos, y casi toda mi ropa estaba llena de parches. Solían meterse conmigo y discriminarme, los otros niños me llamaban pobre. Me sentía ofendida, y pensaba que debía tener un mal destino por no haber nacido rica. Estudiaba mucho en la escuela, pensando: “Si ahora trabajo duro, haré la prueba para entrar en la universidad y conseguiré un buen trabajo, seguro que luego cambiará mi suerte y viviré como la élite”. Estudiaba hasta bien entrada la noche y acabé entre los mejores de mi clase. Pensaba que tal vez esa era mi ruta hacia una vida mejor. Pero ya en secundaria, me diagnosticaron miopía severa, así como cataratas, ojo vago y astigmatismo. No podía cuidar de mí misma y tuve que dejar la escuela. En aquel momento, me quedé totalmente destrozada y pensé que mi vida acababa ahí, que mi destino estaba sellado. Me quejé por dentro de la injusticia del Cielo y pensé que tenía un mal destino. Y así, me hundí en la depresión.

Tras aceptar la obra de Dios de los últimos días y ver que nuestro líder organizaba reuniones donde comunicaba sobre la verdad para resolver problemas, me entró envidia. Pensé: “Qué maravilloso sería convertirme algún día en diaconisa o líder, resolver los problemas de los hermanos y hermanas y ganarme su respeto y apoyo”. Así que me esforcé aun más en leer las palabras de Dios, acepté cualquier tarea que la iglesia me asignara, y soporté adversidades y trabajos difíciles, con la esperanza de llegar algún día a ser líder o diaconisa. Pero pasados varios años, no me habían seleccionado aún para ningún puesto. A una hermana que aceptó conmigo esta etapa de la obra de Dios la hicieron líder al poco de entrar en la fe. Al ver a esta hermana compartiendo palabras de Dios en las reuniones para resolver problemas, pensé: “Aceptamos juntas esta etapa de la obra y no mucho después de llegar a la casa de Dios, ella ya sirve como líder y se ha ganado el respeto y el apoyo de todos. En cuanto a mí, por mucho que lo intente, sigo sin ser líder. Así que supongo que tengo un mal destino”. A veces, cuando no se implementaban las sugerencias que hacía, pensaba: “Bueno, de todos modos nunca llegaré a ser líder, mejor me quedo en este pequeño grupo. Ya sea en mi profesión o en la casa de Dios, mi destino es sufrir y nunca destacaré en esta vida”. Tras llegar a esta conclusión, poco a poco fui menos entusiasta en la lectura de las palabras de Dios y la búsqueda de la verdad.

Tiempo después, el líder reparó en que tenía cierto talento literario y me encargó un deber de redacción. Estaba sumamente feliz, pensando que al fin tenía ocasión de destacar. Trabajé horas extra y obtuve buenos resultados en el deber. Poco después, me ascendieron. Estaba muy feliz y me sentía incluso más motivada con mi deber. Pero entonces empecé a tener problemas de cervicales y fueron empeorando, así que no podía cumplirlo adecuadamente. Me vi obligada a volver a mi iglesia original, donde hacía lo que podía. Estaba muy deprimida: “Este problema cervical es difícil de curar y puedo recaer si me esfuerzo mucho. Con esta traba, me resultará muy difícil destacar. Estoy destinada a no poder cumplir con deberes importantes. Es que tengo un mal destino, nada me resulta fácil. Debí nacer con mala estrella, porque tengo una mala suerte terrible”. Con este pensamiento en mente, me volví negativa y me relajé en el deber, e incluso me limité a mí misma al pensar que mis perspectivas eran nefastas. Acudí luego ante Dios para reflexionar sobre mí misma: ¿por qué me parecía siempre que mi destino era malo y vivía en tal agonía? Durante mi búsqueda, me topé con un pasaje de las palabras de Dios que me aportó algo de perspectiva sobre mi estado.

Dios Todopoderoso dice: “El abatimiento de un tipo de persona puede surgir de su constante creencia en su propio mal sino. ¿No es esta una causa? (Sí). Desde que era joven, vivía en el campo o en una región pobre, su familia no era próspera y, aparte del simple mobiliario, no poseía nada de mucho valor. Poseía quizás uno o dos conjuntos de ropa, que tenía que usar incluso después de que se gastaran, y por lo general, nunca comía decentemente, sino que tenía que esperar al Año Nuevo o a las fiestas para comer carne. A veces pasaba hambre o su ropa no la abrigaba; tener una comida suntuosa parecía una aspiración improbable, incluso comprar una pieza de fruta era un lujo. Al vivir en ese entorno se sentía diferente a otras personas que residían en la gran ciudad, aquellos cuyos padres eran acomodados, que podían comer cualquier cosa que les apeteciera y ponerse cualquier prenda de ropa, que tenían al momento lo que quisieran y poseían conocimiento sobre todo. Pensaba: ‘Esa gente tiene un sino tan bueno. ¿Por qué el mío es tan malo?’. Siempre quería destacar entre la multitud y cambiar su sino. Sin embargo, no es fácil cambiar el propio sino. Cuando uno nace en esa situación, aunque lo intente, ¿cuánto puede cambiar y mejorar su sino? Después de convertirse en adulto, se ve frenado por obstáculos allá donde va en la sociedad, lo acosan dondequiera que va, así que siempre se siente muy desafortunado. Piensa: ‘¿Por qué soy tan desafortunado? ¿Por qué siempre me encuentro con personas malas? Tuve una vida dura de niño y las cosas eran así. Ahora que soy mayor, sigue siendo muy mala. Siempre quiero mostrar lo que puedo hacer, pero nunca tengo oportunidad. Si nunca la tengo, que así sea. Solo quiero trabajar duro y ganar suficiente dinero para tener una buena vida. ¿Por qué ni siquiera puedo hacer eso? ¿Por qué es tan difícil tener una buena vida? No hace falta tener una vida superior a la de los demás. Al menos quiero vivir la vida de alguien de ciudad, que nadie me menosprecie, no ser un ciudadano de segunda o tercera clase. Como poco, que cuando la gente me llame no me grite: “¡Eh, tú, ven aquí!”. Por lo menos que me llamen por mi nombre y se dirijan a mí con respeto. Sin embargo, no puedo disfrutar siquiera de que se dirijan a mí con respeto. ¿Por qué es tan cruel mi sino? ¿Cuándo terminará?’. Cuando una persona así no cree en Dios, considera cruel su sino. Tras empezar a creer en Dios y darse cuenta de que este es el camino verdadero, piensa: ‘Todo ese sufrimiento merecía la pena. Todo lo orquestó y lo hizo Dios, ¡y Él lo hizo muy bien! Si no hubiera sufrido así, no habría llegado a creer en Dios. Ahora que creo en Él, si puedo aceptar la verdad, mi sino debería cambiar a mejor. Ahora puedo llevar una vida en igualdad de condiciones en la iglesia con mis hermanos y hermanas, y la gente me llama “hermano” o “hermana”, y se dirigen a mí con respeto. Ahora disfruto de la sensación de contar con el respeto de los demás’. Parece como si su sino hubiera cambiado, y como si ya no sufrieran ni tuvieran un mal sino. Después de llegar a creer en Dios, se proponen realizar adecuadamente su deber en la casa de Dios: soportar las dificultades y trabajar duro, aguantar más que nadie en cualquier asunto, y esforzarse por ganarse la aprobación y la estima de la mayoría de la gente. Les parece que incluso pueden llegar a ser elegidos líderes, supervisores o líderes del equipo, y ¿no estarán entonces honrando a sus antepasados y a su familia? ¿No habrán cambiado su sino? Sin embargo, la realidad no está a la altura de sus deseos y se sienten abatidos y piensan: ‘Llevo años creyendo en Dios y me relaciono muy bien con mis hermanos y hermanas, pero ¿cómo es posible que cada vez que llega el momento de elegir a un líder, a un supervisor o a un líder del equipo nunca me toca a mí? ¿Será porque mi aspecto es muy sencillo o porque no he rendido lo suficiente y nadie se ha fijado en mí? Cada vez que hay una elección, siento un leve atisbo de esperanza e incluso me alegraría que me eligiesen líder del equipo. Me entusiasma mucho retribuirle a Dios, pero acabo decepcionado cada vez que hay una elección y me dejan fuera de todo. ¿Qué es lo que pasa? ¿Será que en realidad solo soy capaz de ser una persona mediocre, corriente, alguien anodino toda mi vida? Cuando recuerdo mi infancia, mi juventud y mis años de mediana edad, esta senda que he recorrido siempre ha sido muy mediocre y no he hecho nada digno de mención. No es que no posea ninguna ambición o que mi calibre sea escaso, y no es que no me esfuerce lo suficiente o que no pueda soportar mucha adversidad. Tengo determinación y metas, e incluso puede decirse que también ambición. Entonces, ¿por qué nunca puedo destacar entre la multitud? A fin de cuentas, simplemente tengo un mal sino y estoy condenado a sufrir, y así es como Dios ha dispuesto las cosas para mí’. Cuanto más piensan en ello, más creen que su sino es malo. En el desempeño ordinario de sus funciones, si hacen algunas sugerencias o expresan algunos puntos de vista y siempre acaban refutados, si nadie los escucha ni los toma en serio, se sienten aún más abatidos, y piensan: ‘¡Oh, qué malo es mi sino! En todos los grupos en los que estoy siempre hay alguna persona mala que me impide avanzar y me oprime. Nadie me toma en serio y nunca puedo destacar. Al fin y al cabo, todo se reduce a esto: simplemente tengo un mal sino’. Da igual lo que les ocurra, siempre lo atribuyen a que tienen un mal sino; le dedican un esfuerzo constante a esta idea de tener un mal sino, se esfuerzan por tener una comprensión y una apreciación más profundas de ella y, a medida que le dan vueltas en su mente, sus emociones se vuelven más abatidas. Cuando cometen un pequeño error en el cumplimiento de su deber, piensan: ‘Oh, ¿cómo voy a cumplir bien con mi deber si tengo un sino tan malo?’. En las reuniones, sus hermanos y hermanas comunican mientras ellos meditan las cosas una y otra vez, pero no entienden, y piensan: ‘Oh, ¿cómo voy a entender las cosas si tengo un sino tan malo?’. Cuando ven a alguien que habla mejor que ellos, que debate sobre su comprensión de una manera más clara e iluminada, se sienten aún más abatidos. Cuando ven a alguien que puede soportar penurias y pagar el precio, que muestra resultados en el cumplimiento de su deber, que recibe la aprobación de sus hermanos y hermanas y consigue ascensos, sienten infelicidad en su corazón. Cuando ven a alguien convertirse en líder u obrero, se sienten aún más abatidos, e incluso al ver que alguien canta y baila mejor que ellos, se sienten inferiores a esa persona y se sienten abatidos. No importa con qué personas, acontecimientos o cosas se encuentren, o cualquier situación con la que se topen, siempre responden a ellos con esta emoción de abatimiento. Incluso cuando ven a alguien que lleva ropa un poco más bonita que la suya o cuyo peinado es un poco mejor, siempre se sienten tristes, y los celos y la envidia surgen en su corazón hasta que, finalmente, regresan al abatimiento. ¿Qué razones se les ocurren? Piensan: ‘Oh, ¿no será porque mi sino es malo? Si fuera un poco más apuesto, si fuera tan digno como ellos, si fuera alto y tuviera una bonita figura, con buena ropa y mucho dinero, con buenos padres, ¿no serían las cosas diferentes a como son ahora? ¿Acaso la gente no me tendría en alta estima, me envidiaría y sentiría celos de mí? Al fin y al cabo, mi sino es malo y no puedo culpar a nadie de ello. Con un sino tan malo, nada me sale bien, y no puedo caminar a ningún lado sin caerme encima de algo. Es solo mi mal sino, y no puedo hacer nada al respecto’. Igualmente, cuando se les poda o cuando los hermanos y hermanas les reprochan o critican, o les hacen sugerencias, responden a ello con abatimiento. En cualquier caso, ya sea por algo que les ocurre o por todo lo que les rodea, siempre responden con varios pensamientos, puntos de vista, actitudes y planteamientos negativos que surgen de su abatimiento(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). Las palabras de Dios revelan mi situación a la perfección. En otro tiempo pensaba que vivir la vida de la élite y ganarse el respeto y el apoyo de los demás significaba tener un buen destino, mientras que ser de familia pobre, vivir una vida humilde y miserable y que los demás no te respeten significaba contar con un mal destino. Crecí en la pobreza y nunca tuve garantizadas las necesidades básicas. Los demás no me tenían en alta estima y me discriminaban y menospreciaban. Por ello, solía pensar que tenía un mal destino. Con tales antecedentes, me propuse estudiar duro para cambiar mi destino y vivir la vida de la élite. Pero entonces, en secundaria, me diagnosticaron miopía severa y tuve que interrumpir mis estudios. Así que pensé que me había quedado sin esperanzas de hacer mis sueños realidad y me sentí muy decepcionada. Tras ingresar en la fe, no me conformaba con ser una creyente corriente y traté de convertirme en líder u obrera. Creía que me ganaría el respeto y apoyo de todo el mundo si lograba estatus, y que tener estatus y reputación implicaba tener un buen destino. Trabajé duro y busqué lograr mi meta, pero pasaron los años y aún no me había convertido en líder ni obrera. Cuando enseguida nombraron líder a una hermana que aceptó esta etapa de la obra a la vez que yo, me convencí aun más de que tenía un mal destino. A veces, cuando no se ponían en práctica mis sugerencias y no conseguía ganarme el respeto de la gente, ya no me atrevía a expresar mis opiniones y me encerraba en mí misma, maldiciendo mi mal destino en silencio. Luego, cuando me ascendieron para cumplir con el deber de redacción, me puse muy feliz. Pero al desarrollar un problema en las cervicales que afectó a mi desempeño, me vi obligada a regresar a mi iglesia original y a hacer allí el deber que pudiera. Me parecía que tenía muy mala suerte, que simplemente tenía un mal destino. Creía que no volvería a tener ocasión de destacar, que nunca me ascenderían ni me otorgarían un papel importante, y que los demás nunca me apoyarían ni respetarían. Así que me deprimí y no era meticulosa en mi deber, actuaba solo por inercia y sobrellevaba los días. Noté que solo buscaba estatus y el apoyo y respeto de los demás en todos los aspectos. Cuando las cosas no iban como deseaba, me quejaba de mi mal destino, perdía entusiasmo por el deber, cesaba activamente de compartir mi opinión en las reuniones, no aceptaba las situaciones a las que Dios me enfrentaba ni hacía introspección. A raíz de ello, mi entrada en la vida se detuvo. ¿Acaso mi estado negativo no era una especie de protesta silenciosa contra Dios? En todos mis años de fe, siempre decía que todo lo que ocurre a diario es resultado de las instrumentaciones y los arreglos de Dios, pero cuando las cosas no iban como yo quería, no me sometía ni confiaba en la soberanía de Dios. ¿Acaso no eran estos los puntos de vista de un no creyente?

Más adelante, seguí buscando: ¿por qué sentía constantemente que tenía un mal destino? ¿Qué tenía de malo mi punto de vista? Entonces, encontré otros dos pasajes de las palabras de Dios: “El arreglo de Dios sobre cuál va a ser el sino de una persona, ya sea bueno o malo, no es algo que se deba contemplar o evaluar con los ojos desnudos del hombre o con los ojos de un adivino, ni tampoco que se deba evaluar en función de cuánta riqueza y gloria esa persona disfruta en su tiempo de vida, del sufrimiento que experimenta o de si su búsqueda de perspectivas, fama y provecho marcha o no sin contratiempos. Sin embargo, este es precisamente el grave error que cometen quienes dicen tener un mal sino; desde luego, es también una forma de evaluar si su sino es bueno o malo que usa la mayoría de la gente. Entonces, ¿cómo deberíamos medir si el sino de una persona es bueno o malo? ¿Cómo lo miden las personas mundanas? Principalmente, se basan en si a esa persona le va bien en la vida o no, si puede disfrutar o no de la riqueza y la gloria, si puede vivir una vida superior a la de los demás, cuánto sufre y cuánto disfruta durante su vida, cuánto vive, qué carrera tiene y si es esforzada o cómoda y fácil. Estas y otras cosas son las que usan para evaluar si el sino de una persona es bueno o malo. ¿Lo evaluáis vosotros así también? (Sí). Entonces, cuando la mayoría de vosotros os topéis con algo que no marche sin contratiempos, cuando los tiempos sean duros o no seáis capaces de vivir una vida superior a la de los demás, también pensaréis que tenéis un mal sino y también os hundiréis en el abatimiento(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). “Hace mucho que Dios predestinó los sinos de las personas, y son inmutables. Este ‘buen sino’ y este ‘mal sino’ difieren de una persona a otra, y dependen del entorno, de cómo se sienten las personas y de lo que buscan. Por eso el sino no es ni bueno ni malo. Puede que vivas una vida muy dura, pero tal vez pienses: ‘No busco vivir una vida de lujo. Me contento con solo tener ropa y comida. Todo el mundo sufre a lo largo de su vida. La gente mundana dice: “No puedes ver un arcoíris a menos que esté lloviendo”, así que el sufrimiento tiene su valor. Esto no es tan malo, y mi sino no es malo. El Cielo me ha dado algo de dolor, algunas pruebas y tribulaciones. Eso es porque Él me tiene en alta estima. Este es un buen sino’. Algunas personas piensan que el sufrimiento es algo malo, que implica que tienen un mal sino, y que solo una vida sin sufrimiento, con comodidad y tranquilidad, significa que tienen un buen sino. Los no creyentes llaman a esto ‘una cuestión de opinión’. ¿Cómo consideran los creyentes en Dios esta cuestión del ‘sino’? ¿Hablamos de tener un ‘buen sino’ o un ‘mal sino’? (No). No decimos cosas así. Digamos que tienes un buen sino porque crees en Dios. Si por no seguir la senda correcta en tu fe, acabas siendo castigado, revelado y descartado, ¿significa eso que tienes un buen o un mal sino? Si no crees en Dios, es imposible que se te revele o descarte. Los no creyentes y la gente religiosa no hablan de revelar o discernir a la gente, y tampoco de echarla o descartarla. Debería significar que las personas tienen un buen sino cuando son capaces de creer en Dios, pero si al final son castigadas, ¿significa entonces que tienen un mal sino? Su sino es bueno en un momento y malo al siguiente, así que ¿cuál de los dos es? Si alguien tiene un buen sino o no, no es algo que se pueda juzgar, la gente no puede juzgar este asunto. Todo lo hace Dios y todo lo que Él dispone es bueno. Lo único que ocurre es que la trayectoria del sino de cada individuo, o su entorno, y las personas, los acontecimientos y las cosas con las que se encuentra, y la senda vital que experimenta a lo largo de su vida son todos diferentes; estas cosas difieren de una persona a otra. El entorno vital y en el que crece cada persona, ambos dispuestos para ella por Dios, son todos diferentes. Las cosas que cada individuo experimenta durante su vida son todas diferentes. No existe un supuesto sino bueno o sino malo: Dios lo arregla y lo hace todo. Si consideramos el asunto desde la perspectiva de que todo lo hace Dios, todo es bueno y correcto. Lo que ocurre es que, desde la perspectiva de las predilecciones, los sentimientos y las elecciones de las personas, algunas eligen vivir una vida cómoda, tener fama, provecho, una buena reputación y tener prosperidad en el mundo y llegar a lo más alto. Creen que eso significa que tienen un buen sino, y que una vida de mediocridad y de no tener éxito, viviendo siempre en lo más bajo de la sociedad, es un mal sino. Así es como se ven las cosas desde la perspectiva de los no creyentes y de la gente mundana que busca cosas mundanas y vivir en el mundo, y así es como surge la idea del buen sino y del mal sino. Esta idea solo surge de la estrecha comprensión de los seres humanos y de su percepción superficial del sino y, entre otras cosas, de los juicios de la gente sobre cuánto sufrimiento físico soportan, cuánto disfrute tienen, y cuánta fama y provecho obtienen. De hecho, si lo miramos desde la perspectiva de los arreglos y la soberanía de Dios sobre el sino del hombre, no existen tales interpretaciones de buen o mal sino. ¿Acaso esto no es exacto? (Sí). Si consideras el sino del hombre desde la perspectiva de la soberanía de Dios, entonces todo lo que Él hace es bueno, y es lo que cada individuo necesita. Esto se debe a que la causa y el efecto desempeñan un papel en las vidas pasadas y presentes, están predestinados por Dios, Él tiene soberanía sobre ellos y los planifica y arregla: la humanidad no tiene elección. Si lo consideramos desde este planteamiento, la gente no debería juzgar su propio sino como bueno o malo, ¿verdad?(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). Las palabras de Dios señalaban incisivamente lo absurdo de esa idea del “buen” y “mal” destino. La gente juzga su destino según lo bien que les va la vida, si logran estatus y riqueza y si consiguen o no fama y fortuna. Tomar determinaciones según tus preferencias personales es el punto de vista de un incrédulo y no concuerda con la verdad. Para Dios no hay nada semejante a un buen o un mal destino. Dios decide el destino de la gente según su vida pasada y presente. Es Él quien predetermina y arregla su destino. Me di cuenta de que mi punto de vista no era diferente al de un incrédulo. Me pasé la vida buscando riqueza y estatus, destacar y lograr fama y fortuna. Pensé que conseguir respeto y apoyo era señal de un buen destino, mientras que mi vida promedio, corriente, viviendo en la pobreza y sin lograr respeto y que me tomaran en serio estuvo marcada por un mal destino. Observé entonces que mi punto de vista era erróneo y provenía de Satanás. Se trataba de un entendimiento limitado del destino, fomentado por los incrédulos. Me di cuenta de que aquellos que consiguen fama y grandes riquezas puede que tengan honor, gloria y el respeto y apoyo de los demás, y un aparente buen destino, pero están vacíos espiritualmente, sufren, su vida les parece aburrida, y algunos incluso acaban tomando drogas y suicidándose. Otros causan problemas, hacen el mal y vulneran la ley, alentados por su propia autoridad, y acaban entre rejas, con la reputación arruinada. ¿De verdad tienen buen destino esas personas? Vi que el destino de una persona no se basa en si disfrutó de riqueza y gloria o de cuánto sufrimiento padeció. Dios determina y dispone lo rica o pobre que será una persona. Él predetermina nuestras vidas según nuestras necesidades y todos Sus arreglos son buenos. Para Dios no existe el concepto de buen o mal destino. En cuanto a mí, a pesar de crecer en la pobreza, padecer penurias y reveses y sufrir bastante, todas mis experiencias endurecieron mi resolución ante el sufrimiento; se trata de una habilidad enormemente valiosa para mí en la vida. Es más, anhelo demasiado la reputación y el estatus. Si hubiera entrado en la universidad y logrado fama y fortuna, habría caído sin duda en esa tendencia maligna. ¿Habría entonces acudido ante el Creador y recibido Su salvación? Dios también predeterminó que yo no iba a ser líder. Contaba con cierta capacidad para entender las palabras de Dios y sabía identificar algunos problemas en mis hermanos y hermanas, pero no era muy competente y no podía asumir una carga excesiva. Los líderes asumen mucho trabajo, y si los problemas no se manejan bien, eso irá en detrimento del trabajo de la iglesia. Ahora cumplo los deberes que soy capaz de hacer, lo cual me beneficia a mí y al trabajo de la iglesia. He visto intenciones muy sinceras en la situación que Dios ha instrumentado para mí. Solía vivir según puntos de vista absurdos, deseando vivir la vida de la élite. Cuando las cosas no iban como yo quería y no vivía acorde a mis deseos, me quejaba de mi mal destino, me sumía en la depresión y me rebelaba contra Dios. Como creyente, no me atenía a las palabras de Dios sino a los puntos de vista erróneos de los incrédulos. ¡Me rebelaba y me resistía a Él! Al darme cuenta, me horrorizó un poco lo que había hecho, así que acudí a Dios en oración: “¡Oh, Dios! No entiendo la verdad y no me he sometido a Tu soberanía y arreglos. Soy realmente arrogante e irracional. Estoy dispuesta a rectificar mis puntos de vista absurdos, a someterme a Tu soberanía y arreglos y a no resistirme más a Ti”.

Más adelante, me encontré dos pasajes de las palabras de Dios que me dieron algo de entendimiento sobre las consecuencias dañinas de las emociones negativas. Las palabras de Dios dicen: “Aunque estas personas que piensan que tienen un mal sino creen en Dios, son capaces de renunciar a cosas, se gastan por Él y lo siguen, no obstante son igualmente incapaces de cumplir con su deber en la casa de Dios de un modo libre, liberado y relajado. ¿Por qué no pueden hacerlo? Porque en su interior albergan una serie de pensamientos y puntos de vista anormales y extremos que hacen que surjan en ellos emociones extremas. Estas son la causa de que su manera de juzgar las cosas, su manera de pensar y sus puntos de vista sobre las cosas provengan de un planteamiento extremo, incorrecto y distorsionado. Consideran los asuntos y a las personas desde este punto de vista extremo e incorrecto, con lo que se someten repetidamente al efecto y la influencia de esta emoción negativa mientras viven, ven a las personas y las cosas, y se comportan y actúan. Al final, parecen muy cansados vivan como vivan, y no son capaces de reunir nada de entusiasmo por su fe en Dios y su búsqueda de la verdad. Con independencia de cómo elijan vivir su vida, no pueden hacer su deber de manera positiva o activa, y a pesar de llevar muchos años creyendo en Dios, nunca se concentran en realizar su deber con todo el corazón y la mente o hacerlo de una manera acorde al estándar y, por supuesto, mucho menos persiguen la verdad ni practican de acuerdo con los principios-verdad. ¿A qué se debe? En última instancia, se debe a que siempre piensan que tienen un mal sino, lo cual los lleva a un profundo abatimiento. Acaban totalmente desanimados, lánguidos, como un cadáver andante, sin ninguna vitalidad, sin mostrar ningún comportamiento positivo u optimista, y mucho menos ninguna determinación o perseverancia para dedicar la devoción que deberían a su deber, a sus responsabilidades y a sus obligaciones. Más bien, luchan a regañadientes día a día con una actitud negligente, y pasan los días así, de manera atolondrada, aturdidos, e incluso sin sentir nada al respecto. No tienen ni idea de cuánto tiempo van a seguir así. Al final, no les queda más remedio que reprenderse a sí mismos y decirse: ‘Oh, seguiré saliendo del paso mientras pueda. Si un día no puedo más y la iglesia quiere expulsarme y descartarme, que me descarte y ya está. ¿Qué podría hacer yo respecto de mi mal sino?’. Como ves, son hasta muy aletargados en su hablar. Este abatimiento no solo da lugar a un simple estado de ánimo, sino que, lo que es más importante, causa un impacto devastador en los pensamientos, en el corazón y en la búsqueda de las personas. Si no puedes dar un giro a tu abatimiento a tiempo y con rapidez, no solo afectará a toda tu vida, sino que también la destruirá y te conducirá a la muerte. Aunque creas en Dios, no podrás obtener la verdad ni alcanzar la salvación y, al final, perecerás(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). “Esta clase de abatimiento no es una rebeldía simple o pasajera, ni tampoco es la revelación temporal de un carácter corrupto, ni mucho menos es la revelación de un estado corrupto. Más bien, es un desafío silencioso en contra de Dios, y un desafío silencioso fruto de la insatisfacción con el sino que Dios ha dispuesto para ellos. Aunque se trate de una simple emoción negativa, las consecuencias que acarrea a las personas son más graves que las que conlleva un carácter corrupto. No solo te impide adoptar una actitud positiva y correcta ante el deber que debes cumplir y ante tu propia vida cotidiana y trayectoria vital, sino que, lo que es más grave, también puede hacerte perecer de abatimiento(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). Mediante las palabras de Dios, observé que si alguien piensa que tiene un mal destino, cuando cree en Dios, cumple con su deber y trata a las personas o las cosas que se encuentra desde este punto de vista erróneo y extremo, es probable que caiga en la negatividad y la depresión, se vuelva despistado en sus deberes, actúe por inercia, desconecte y le falte el deseo de avanzar. Sumirse en la depresión puede llevar a una espiral descendente que resulte en la destrucción de cualquier posibilidad de salvación. Me di cuenta de que si no abandonaba esta opinión, las consecuencias serían terribles. Pensé en cómo vivía con esta idea de tener un buen destino. Cuando tuve que dejar los estudios por mis problemas en la vista, mis sueños de buscar fama y fortuna se esfumaron, ya no podría llevar la vida respetable de una persona rica, así que sufrí mucho y perdí las ganas de vivir. Tras hacerme creyente y cumplir con mi deber, seguí buscando un alto estatus, y cuando no me ascendieron ni me eligieron líder, no reflexioné sobre mis deficiencias, no llegué a conocerme a mí misma, en cambio, me seguí quejando sobre mi mal destino y viví en un estado negativo, reacia a buscar la verdad. Después, cuando me surgió el problema en las cervicales, pensé que ya nunca destacaría en el futuro, así que descuidé los deberes, me resigné al fracaso y poco a poco me distancié de Dios. Fui consciente de que esta idea de tener un buen o un mal destino me ataba, me encadenaba con fuerza, que no podía someterme a la soberanía y los arreglos de Dios y me resistía cada vez más. Pensé en aquellos incrédulos que siempre decían lo malos que eran sus destinos. Como eran pobres y no tenían poder, vivían en la clase más baja de la sociedad, los demás no les respetaban y se metían con ellos a menudo. Ellos hacían todo lo posible por cambiar su destino, pero si nada salía como esperaban, se planteaban acabar con su vida. Otros incrédulos pasaban años aplicándose en los estudios, pero al no ganar estatus ni riqueza llegaban a pensar que tenían un mal destino y algunos caían en profundas depresiones y se desquiciaban. Percibí que cuando la gente no entiende la verdad y vive según puntos de vista absurdos no se tratan a sí mismos correctamente ni contemplan de forma adecuada a las personas, acontecimientos y cosas, lo que acaba sumiéndolos en la depresión. Estos puntos de vista provienen de Satanás. Este se sirve de opiniones absurdas para engañar y hacer daño a las personas, provoca que se depriman, degeneren, no busquen la verdad y se les acabe descartando. Tras entender todo esto, me di cuenta de que no podía seguir viendo las cosas según el punto de vista de que hay buenos y malos destinos. Si continuaba así, me mataría. Así que me presenté ante Dios en oración: “¡Oh, Dios! Instrumentas todas las situaciones con intenciones sinceras y yo voy a someterme a ellas. Resolveré mi corrupción mientras desempeño mi deber y buscaré mejorar en ello”.

En mi búsqueda, me encontré con este pasaje de las palabras de Dios: “¿Qué actitud debe tener la gente hacia el sino? Debes cumplir con los arreglos del Creador, así como buscar activa y diligentemente el propósito y el significado detrás de que el Creador arregle todas estas cosas, de modo que logres la comprensión de la verdad, desempeñes la mayor función en esta vida que Dios ha arreglado para ti, cumplas los deberes, responsabilidades y obligaciones de un ser creado, y vuelvas tu vida más significativa y más valiosa, hasta que finalmente el Creador te acepte y te recuerde. Por supuesto, sería aún mejor si pudieras trabajar con afán para alcanzar la salvación por medio de buscar y aceptar la verdad; eso sería lo mejor. En cualquier caso, con respecto al sino, la actitud más apropiada que debería tener la humanidad creada no es la del juicio y la definición arbitrarios, ni la de utilizar métodos extremos para enfrentarse a dicho sino. Por supuesto, mucho menos deberían las personas intentar resistirse, rechazar o cambiar su porvenir, sino que deberían usar su corazón para apreciarlo, buscarlo, tantearlo y obedecerlo, y luego afrontarlo positivamente. Por último, en el entorno vital y en el periplo vital que Dios ha dispuesto para ti, debes buscar la forma de conducta propia que Él te enseña, buscar la senda que Dios te exige que sigas, y experimentar el sino que Dios ha dispuesto para ti de esta forma, y al final, serás bendecido. Cuando experimentas el sino que el Creador ha dispuesto para ti de esta manera, lo que llegas a experimentar no es solo tristeza, pena, lágrimas, dolor, reveses y fracaso; lo que es más importante, experimentarás paz, alegría y consuelo, así como el esclarecimiento y la iluminación que te ha otorgado el Creador en lo que se refiere a la verdad. Es más, en tu senda en la vida, cuando te pierdas o te enfrentes a reveses y fracasos, así como a tomar decisiones, experimentarás la guía del Creador. Al final alcanzarás la comprensión, la experiencia y la apreciación de cómo vivir la vida con mayor sentido(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). Mediante las palabras de Dios, comprendí Su voluntad y vi lo amable que es Su corazón. Aunque afrontemos dificultades y decepciones en la vida, eso no significa que debamos intentar resistirnos o cambiar nuestro destino. En cambio, debemos someternos a lo que ha predeterminado Dios, aprender de otras personas, acontecimientos y cosas que Él instrumenta para nosotros y obtener la verdad. Solo entonces encontraremos verdadera paz y consuelo. Pensé que, si no me eligieron líder, fue con el permiso de Dios. Me faltaba capacidad de trabajo y servía mejor para desempeñar un único deber, para ser una seguidora corriente, ese era el puesto más adecuado para mí. Ahora la iglesia me había asignado un deber de riego. Gracias a este deber, he leído muchas palabras de Dios sobre conocer Su obra, he llegado a captar ciertos principios respecto a la difusión del evangelio y a discernir a las personas, he obtenido cierto conocimiento de mi carácter corrupto y ahora soy capaz de someterme a las situaciones que Dios instrumenta para mí. Todo esto son beneficios reales y las riquezas más preciadas. Ahora me doy cuenta de que Dios arregla y predetermina la totalidad de nuestras vidas. Solo podemos tener un buen destino real si nos sometemos, buscamos y ganamos la verdad en toda clase de situaciones, logrando una transformación de carácter y alcanzando la salvación de Dios. Tras ello, actué de acuerdo con las palabras de Dios, cumpliendo con mi deber con lealtad y devoción, y haciendo introspección y aprendiendo de los reveses y fracasos. Practicar de esta manera me trajo paz y alegría.

Nuestro líder nos pidió hace poco que recomendáramos a hermanos y hermanas con talento, y pensé: “Sería un orgullo recibir un ascenso. Podría contribuir a la expansión del evangelio del reino y los demás sin duda me envidiarían y admirarían al enterarse de mi ascenso”. Sin embargo, el líder me dijo que no era apta para un deber que requería salir por ahí, debido a mi enfermedad. Me deprimí un poco y me quejé: “Todos mis hermanos y hermanas parecen sanos, pueden recibir ascensos y tienen más ocasiones de practicar, mientras que yo tengo que quedarme en casa y no tengo oportunidad de destacar o alcanzar la gloria. Eso es que tengo un mal destino”. Cuando esos pensamientos empezaron a aflorar, observé que me hallaba de nuevo en un mal estado, así que me presenté ante Dios en oración y búsqueda. Vi estas palabras de Dios: “Dios no ordena que la gente tenga estatus; Él provee a la gente de la verdad, el camino y la vida, para que, al final, se conviertan en seres creados acordes al estándar, pequeños e insignificantes, no gente que tenga estatus y prestigio y sea venerada por miles de personas. Por ello, se mire por donde se mire, la búsqueda del estatus es un camino a la ruina. Por muy razonable que sea tu excusa para buscar el estatus, esta senda sigue siendo equivocada y Dios no la aprueba. No importa cuánto te esfuerces o el precio que pagues, si deseas estatus, Dios no te lo dará; si Dios no te lo da, fracasarás en tu lucha por conseguirlo y, si sigues luchando, solo se producirá un resultado: que serás revelado y descartado; te hallarás en el camino a la ruina. Entendéis esto, ¿verdad?(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9 (III)). “La casa de Dios ha descartado a muchos anticristos y personas malvadas y algunos de los que persiguen la verdad, tras contemplar el fracaso de los anticristos, piensan sobre la senda que esa gente tomó, además de reflexionar y conocerse a sí mismos. A partir de ahí, adquieren una comprensión de la intención de Dios, deciden ser seguidores corrientes y se concentran en perseguir la verdad y hacer bien su deber. Incluso si Dios dice que son servidores o humildes donnadies, a ellos no les importa. Solo intentarán ser gente humilde y unos seguidores pequeños e insignificantes a ojos de Dios, que al final Él los acabará llamando seres creados acordes al estándar. Las personas así son las buenas y las que Dios aprueba(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9 (III)). Mediante las palabras de Dios, me di cuenta de que el hombre es solo una criatura pequeña e insignificante de Dios a la que le falta estatus real. Como persona sensata, debo ser práctico y quedarme en mi lugar, buscar ganar la verdad y transformar mi carácter de vida, pues eso es lo que elogia Dios. Si buscara reputación y estatus constantemente, Dios me acabaría descartando. Pensé en aquellos a los que solía admirar y respetar como personas con un buen destino, como Zhao Xue, una antigua compañera. Estaba dotada, hablaba muy bien, y la ascendieron a una posición importante. Pero mientras cumplía con su deber, siempre buscaba reputación y estatus, lo que interrumpía gravemente el trabajo de la iglesia. No se arrepintió cuando la sustituyeron, y la expulsaron por hacer toda clase de maldades. Su fracaso fue para mí una advertencia. Observé que cuando la gente no busca la verdad y siempre lucha por la reputación y el estatus, queda en evidencia y se la descarta. Como debido a mi condición no podía hacer deberes en los que hubiera que salir, empecé a quejarme para mis adentros. Mi deseo de reputación y estatus estaba asomando de nuevo la cabeza. Pensaba que podría destacar si salía a hacer deberes y que eso significaría que tenía un buen destino. Seguía buscando reputación y estatus y caminando por una senda opuesta a Dios. La voluntad de Dios es que yo exista como Su criatura; da igual que salga o me quede en casa, siempre puedo cumplir con mi deber y buscar la verdad y la transformación del carácter. Sabía que debía someterme a las instrumentaciones de Dios y cumplir sinceramente con mi deber, solo eso podía darme tranquilidad.

Mediante esta experiencia, gané algo de conocimiento sobre mis puntos de vista equivocados, y entendí que las quejas sobre mi supuesto mal destino suponen rebelarse contra Dios y negarse a someterme a Su soberanía y arreglos. Si seguía así, perdería la ocasión de salvarme. En adelante, me he propuesto dejar de lado mis puntos de vista equivocados, someterme y cumplir bien con mi deber.

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