Buscar la verdad me cambió

23 Oct 2022

Por Ou Lin, Myanmar

En mayo de 2018, me fui de casa para unirme al ejército. En el ejército, cuando un líder daba una orden, los rangos inferiores acataban obedientes. Cuando supervisaban nuestro trabajo, las líderes nos mandoneaban, eran imponentes. Las admiraba de verdad. La líder superior entre las soldados tenía dinero y poder. Cuando llevaba a su hija a nuestro ejército, todas la saludábamos con sonrisas. La líder superior solía decirnos que debíamos estar motivadas, y así podríamos llegar a ser como ella. En ese momento, me juré que me esforzaría por llegar a líder. Creí que tener estatus y admiración sería tener prestigio. Desde ese momento, me esforcé por verme bien, y obedecí al pie de la letra todo lo que me decían las líderes. Me desempeñaba muy bien frente a las líderes, y a ellas les caía muy bien. Pronto, me ascendieron a jefa de unidad. Yo estaba eufórica. Después de mi ascenso, obedecía a mis líderes aun más. Dirigía nuestro trabajo cotidiano y no me atrevía a holgazanear. Cuando veía que soldados de menor rango holgazaneaban, las miraba con dureza y las amenazaba con las consecuencias. A algunas no les gustaba y decían cosas desagradables de mí a mis espaldas. Yo pensaba que debía seguir esforzándome para destacar y ascender más para que las soldados de menor rango me obedecieran. Gracias a mi esfuerzo, ascendí otra vez, a líder de escuadrón. Sentía que era muy respetable. Además, las soldados empezaron a obedecerme cuando me convertí en líder de escuadrón. Pero las líderes de escuadrón aún deben hacer trabajos, y eso era agotador, por lo que pensaba que debía seguir ascendiendo. Con un rango más alto, tendría más poder y ya no tendría que hacer trabajos. ¡Eso sería genial! Para alcanzar un rango más alto, agaché la cabeza y me esforcé cada día, y urgí a las soldados a hacer lo mismo. Siempre completábamos antes de tiempo las tareas que nos asignaban las líderes. Las líderes estaban muy contentas con mi trabajo, y pronto me ascendieron a líder de pelotón.

Buscaba formas de hacer que las soldados me obedecieran para proteger mi posición como líder de pelotón para asegurarme de que nuestro pelotón no quedara detrás de los demás. Cuando las soldados no me obedecían, como castigo las hacía poner de pie o hacer flexiones de brazos. Después de eso, me obedecían más. Ya no se atrevían a holgazanear frente a mí y eran muy respetuosas. Yo estaba muy contenta. Pero también tenía mucha presión, y la líder superior me reprendía si no hacía un buen trabajo. Para evitar críticas y ganar más elogios, siempre reprendía a las soldados con tono severo cuando cumplían tareas. Después de un tiempo, a ellas no les gustaba mi temperamento y de verdad me odiaban. Me decían cosas agradables de frente, pero decían muchas cosas desagradables por detrás. Cuando me enteré, me sentí muy incómoda. Además, a veces, cuando no completábamos nuestras tareas, yo enfrentaba las críticas de las líderes. En ese momento pensaba que, si tuviera un rango más alto, ya no me reprenderían, y yo no tendría tanta presión. Entonces también ganaría más respeto de la gente. Empecé a trabajar por ese objetivo en silencio.

Entonces, un día, la capitana me dijo con alegría que, de todas las líderes de pelotón, confiaba más en mí, y que si algún día dejaba de ser capitana, yo ocuparía su lugar. Me entusiasmó mucho oír eso. Nunca supe cuánto confiaba en mí. Pronto asumí el cargo de capitana. Cada vez más soldados me admiraban, y me respetaban adonde fuera. Ya no hacía trabajos y tenía más tiempo libre. De verdad disfrutaba la sensación de superioridad que me daba el cargo de capitana. Pero pronto algunas que habían sido ascendidos a líder de pelotón conmigo se pusieron celosas y no obedecían mis órdenes. Yo estaba muy enojada y sentía que había perdido autoridad, por lo que pensé en muchas formas de hacer que me obedecieran. Pero seguían sin hacerlo. Sentía que no podía controlarlas, pero, por mi estatus, debía obligarme a resistir. Pensaba que tener un puesto superior con mucho poder no era tan distinguido como había creído. Siempre disciplinaba a mis subordinadas cuando no me obedecían, y cada vez tenía peor temperamento. Además, solía preocuparme que las líderes superiores dijeran que no podía controlar a las soldados, y que pensaran que yo era incompetente. Podría perder mi puesto de capitana. Era muy estresante y agotador. De verdad quería renunciar, pero pensaba que a muchas personas les encantaría ser capitanas y no me había sido fácil llegar, ¿no sería una pena renunciar? Me sentía desamparada, por lo que toleraba el estrés y me arrastraba cada día.

En agosto de 2020, tuve la buena suerte de aceptar la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Empecé a leer las palabras de Dios a diario, y asistía a reuniones con hermanos y hermanas. Estaba muy feliz y lo disfrutaba mucho. Un día, leí un pasaje de las palabras de Dios. “Satanás usa un tipo de método muy sutil, un método muy de acuerdo con las nociones de las personas, que no es radical en absoluto, a través del cual hace que las personas acepten sin querer su forma de vivir, sus normas de vida, y para establecer metas y una dirección en la vida, y al actuar así, llegan, sin saberlo, a tener ambiciones en la vida. Independientemente de lo grandes que estas ambiciones parezcan, están inextricablemente vinculadas a la ‘fama’ y la ‘ganancia’. Todo lo que cualquier persona importante o famosa y, en realidad, todas las personas, siguen en la vida solo se relaciona con estas dos palabras: ‘fama’ y ‘ganancia’. Las personas piensan que una vez que han obtenido la fama y la ganancia, pueden sacar provecho de ellas para disfrutar de un estatus alto y de una gran riqueza, y disfrutar de la vida. Piensan que la fama y ganancia son un tipo de capital que pueden usar para obtener una vida de búsqueda del placer y disfrute excesivo de la carne. En nombre de esta fama y ganancia que tanto codicia la humanidad, de buena gana, aunque sin saberlo, las personas entregan su cuerpo, su mente, todo lo que tienen, su futuro y su destino a Satanás. Lo hacen sin dudarlo ni un momento, ignorando siempre la necesidad de recuperar todo lo que han entregado. ¿Pueden las personas conservar algún control sobre sí mismas una vez que se han refugiado en Satanás de esta manera y se vuelven leales a él? Desde luego que no. Están total y completamente controladas por Satanás. Se han hundido de un modo completo y total en un cenagal y son incapaces de liberarse a sí mismas” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único VI). Las palabras de Dios me mostraron que las vidas de las personas son dolorosas y estresantes solo debido a sus formas de vivir y a las sendas equivocadas que deciden tomar. Tras ser corrompidos por Satanás, todos intentan destacar en la multitud y ganar poder. Creen que con estatus y poder, ganarán respeto y admiración, que la gente los obedecerá y que vivirán en la gloria. Toda la gente ama la fama y la ganancia, adora y persigue tener estatus. Yo era así. Tras unirme al ejército, quise ser la número uno entre las soldados y ganar la admiración ajena. Para llegar a ese objetivo, subí en el escalafón paso a paso, ascendí a líder de pelotón y luego a capitana. A medida que mi rango crecía y yo supervisaba a más gente, hablaba y actuaba de forma entrometida, me gustaba mandar a la gente y regañarla. Sin importar si yo tenía razón o no, las soldados debían obedecer. Para asentar mi posición, cuando las líderes de pelotón no me obedecieron, usé mi poder para reprimirlas y castigué a las soldados de muchos modos. Siempre daba órdenes y no tenía empatía por los demás. Poco a poco, las soldados comenzaron a alejarse de mí y no querían interactuar conmigo. Vi que tras obtener algo de estatus, me convertí en alguien atemorizante. A veces quería hablar con sinceridad con alguien, pero no sabía con quién. Para que las líderes no me reprendieran, era servil con ellas y toleraba cualquier humillación. Mi vida era estresante y dolorosa todos los días, y de verdad quería renunciar, pero cuando pensaba en cuánto me beneficiaba mi estatus, no quería rendirme. Estaba atascada en el embrollo de fama y ganancia, que era agotador y lamentable. En ese momento me di cuenta de que es una de las formas en que Satanás corrompe y daña a las personas. Buscar estatus infla cada vez más los salvajes deseos de las personas, las hace cada vez más arrogantes y despectivas hacia los demás, para que no puedan tener relaciones normales. Antes de ser creyente, Siempre pensé que perseguir la fama y buscar destacar sobre los demás era ser ambicioso y prometedor. Ahora comprendo que perseguir fama y estatus no es la senda correcta. Al darme cuenta de esto, oré y le pedí a Dios que me guiara para librarme de las ataduras de la fama y el estatus.

Entonces, un día, fui a la página de la Iglesia de Dios Todopoderoso para descargar himnos y vi uno nuevo llamado “Sólo soy un pequeño ser creado”:

1 ¡Oh, Dios! Tenga estatus o no, ahora me entiendo a mí mismo. Si mi estatus es alto, se debe a Tu elevación; y si es bajo, se debe a Tu ordenación. Todo está en Tus manos. No tengo ninguna elección ni ninguna queja. Tú ordenaste que yo naciera en este país y entre esta gente, y lo único que debería hacer es ser absolutamente obediente bajo Tu dominio, porque todo está incluido en lo que Tú has ordenado.

2 No pienso en el estatus; después de todo, solo soy una criatura. Si Tú me colocas en el abismo sin fondo, en el lago de fuego y azufre, no soy más que una criatura. Si Tú me usas, soy una criatura. Si Tú me perfeccionas, sigo siendo una criatura. Si Tú no me perfeccionas, te seguiré amando, pues no soy más que una criatura.

3 No soy más que una criatura minúscula, creada por el Señor de la creación, tan solo una de entre todos los seres humanos creados. Fuiste Tú quien me creó, y ahora me has vuelto a colocar en Tus manos, para hacer conmigo Tu voluntad. Estoy dispuesto a ser Tu herramienta y Tu contraste, porque todo es lo que Tú has ordenado. Nadie puede cambiarlo. Todas las cosas y todos los acontecimientos están en Tus manos.

de Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos

Tras escuchar este himno, sentí que la letra era muy novedosa. Me di cuenta de que Dios determina si tenemos estatus o no, que está en Sus manos, y yo no debería perseguirlo. Yo era capitana, pero, ante Dios, solo era un ser creado insignificante sin estatus. No debía oprimir a otros. Al pensar qué había limitado a las soldados, me sentí muy culpable y alterada. Quería renunciar a mi estatus y llevarme bien con ellas. Oré a Dios y le pedí que me ayudara. Poco a poco, pude dejarme a un lado e intentar comunicarme con ellas, y dejar de regañarlas y de darles órdenes. Cuando apliqué las palabras de Dios a mi vida real, gané una gran sensación de paz.

Después, una mañana, tuvimos una reunión. Una líder de pelotón a mi cargo no se fijó si todo su pelotón estaba presente y no controló el presentismo. Nuestra unidad estaba por llegar tarde y era la más lenta de todas las unidades. Me preocupaba que el líder superior pensara que carecía de habilidades de liderazgo y qué pensarían las soldados. Tras la reunión, le pregunté, muy enojada: “¿Dónde estabas? ¿Por qué no pediste tiempo? Nadie revisaba el presentismo de tu pelotón. Retrasas a toda nuestra unidad”. Pero ella no lo toleró y me interrumpió. Empezamos a discutir. La instructora vino y preguntó por qué peleábamos. Cada una explicó su posición, y la instructora dijo que no sabía qué hacer ni quién se había equivocado. Oír eso me enfureció y pensé que no me había escuchado y, además, me había interrumpido, ¿no implicaba eso que ella estaba equivocada? Además, yo era su superior, ella debería haberme escuchado. ¿No era ridículo que la instructora no supiera quién estaba equivocada? Estaba tan enojada que me fui dando un portazo. Volví a las barracas. Me sentía tan perjudicada que no pude evitar llorar. Cuando la comandante se enteró de nuestra discusión, dijo a la líder de pelotón: “Ella es tu capitana, lo que ella diga está bien y debes obedecerla”. Cuando la líder de pelotón siguió defendiéndose, la comandante, enojada, le respondió: “En nuestra compañía, la capitana tiene el derecho a decirte cómo son las cosas, y si no obedeces, estás equivocada”. Al oír que la comandante le decía eso, sentí que había descargado mis sentimientos. Estaba muy contenta y sentí que había ganado algo de autoridad.

Pero un día, en mis devocionales diarias, leí algunas palabras de Dios que me ayudaron a notarlo. Las palabras de Dios dicen: “Una vez que el hombre tiene estatus, encontrará frecuentemente difícil controlar su estado de ánimo y disfrutará aprovechándose de oportunidades para expresar su insatisfacción y dar rienda suelta a sus emociones; a menudo estallará de furia sin razón aparente, como para revelar su capacidad y hacer que otros sepan que su estatus e identidad son diferentes de los de las personas ordinarias. Por supuesto, las personas corruptas, sin estatus alguno, también pierden a menudo el control. Su enojo es a menudo provocado por un daño a sus intereses privados. Con el fin de proteger su propio estatus y dignidad, darán frecuentemente rienda suelta a sus emociones y revelarán su naturaleza arrogante. El hombre estallará de ira y descargará sus emociones a fin de defender la existencia del pecado, y estas acciones son las formas en las que el hombre expresa su insatisfacción; rebosan de impurezas; de conspiraciones e intrigas, de la corrupción y la maldad del hombre y, más que otra cosa, rebosan de las ambiciones y los deseos salvajes del hombre. […] El desahogo del hombre es un escape para las fuerzas malignas, una expresión de la conducta malvada descontrolada e imparable del hombre carnal” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único II). “Hay muchos tipos de actitudes corruptas incluidas en el carácter de Satanás, pero el más obvio y que más destaca, es el carácter arrogante. La arrogancia es la raíz del carácter corrupto del hombre. Cuanto más arrogante es la gente, más irracional es, y cuanto más irracional es, más propensa es a oponerse a Dios. ¿Hasta dónde llega la gravedad de este problema? Las personas de carácter arrogante no solo consideran a todas las demás inferiores a ellas, sino que lo peor es que incluso son condescendientes con Dios y no tienen temor de Él en su corazón. Aunque las personas parezcan creer en Dios y seguirlo, no lo tratan en modo alguno como a Dios. Siempre creen poseer la verdad y tienen buen concepto de sí mismas. Esta es la esencia y la raíz del carácter arrogante, y proviene de Satanás. Por consiguiente, hay que resolver el problema de la arrogancia. Creerse mejor que los demás es un asunto trivial. La cuestión fundamental es que el propio carácter arrogante impide someterse a Dios, a Su gobierno y Sus disposiciones; alguien así siempre se siente inclinado a competir con Dios por el poder sobre los demás. Esta clase de persona no venera a Dios lo más mínimo, por no hablar de que ni lo ama ni se somete a Él. Las personas que son arrogantes y engreídas, especialmente las que son tan arrogantes que han perdido la razón, no pueden someterse a Dios al creer en Él e, incluso, se exaltan y dan testimonio de sí mismas. Estas personas son las que más se resisten a Dios y no tienen temor alguno de Él” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Las palabras de Dios son muy claras. La gente se descontrola y se vuelve arrogante cuando tiene estatus. Suelen revelar un mal temperamento y regañar a la gente para proteger su fama y estatus, y para hacer alarde de su autoridad. Es el control de un carácter arrogante. Cuando me uní al ejército, buscaba ser oficial y ganar la estima de los demás. Tras ganar rango y poder, sentía que mis palabras tenían autoridad y que tenía prioridad. Era la capitana, tenía el poder de controlar a las líderes de pelotón y a las soldados. Ellas deberían obedecerme, y si no lo hacían, yo las regañaba y las ponía en su lugar. Era muy arrogante. Cuando la líder de pelotón no controló el presentismo a tiempo, lo que retrasó el progreso de nuestra unidad, le dije lo que pensaba, y ella no solo no me obedeció, además, me interrumpió. Sentía que ella no me respetaba, que me despreciaba y que me hacía quedar mal delante de todos. Usé eso como excusa para hacer un escándalo, regañarla y descargar mi insatisfacción. También para advertir a las soldados que debían ser obedientes. Desde mi punto de vista, yo era la capitana y ella era una líder de pelotón, por lo que debía obedecerme. Si no lo hacía, e incluso me contradecía, yo debía regañarla y mostrarle cómo eran las cosas. Era muy arrogante y estaba fuera de control. Cuando tuve estatus, en cuanto alguien no me obedecía, yo estallaba, usaba mi rango para oprimirlas y obligarlas a hacer lo que yo quería. Como resultado, nadie quería saber nada conmigo. Yo era creyente, pero no había cambiado. Era irracionalmente arrogante y carecía de semejanza humana, por lo que la gente me despreciaba y evitaba, y eso disgustaba a Dios, que lo odiaba.

Hablé sobre mis experiencias con una hermana, y ella me envió un pasaje de las palabras de Dios que me dio una senda de práctica. “Como una de las criaturas, el hombre debe mantener su propia posición y comportarse concienzudamente. Debes guardar con sumisión aquello que el Creador te ha confiado. No hagas nada fuera de lugar ni cosas más allá de tu capacidad o que le resulten aborrecibles a Dios. No trates de ser grandioso, ni de convertirte en un superhombre ni de estar por encima de los demás o de buscar convertirte en Dios. No es así como las personas deberían desear ser. Buscar ser grandioso o un superhombre es absurdo. Procurar convertirse en Dios es incluso más vergonzoso; es repugnante y despreciable. Lo que es elogiable, y a lo que las criaturas deberían aferrarse más que a cualquier otra cosa, es a convertirse en una verdadera criatura; este es el único objetivo que todas las personas deberían perseguir” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único I). Tras leer las palabras de Dios, entendí que intentar ser elevado y ganar la admiración y estima de la gente es algo vergonzoso. Deberíamos quedarnos en nuestro lugar y comportarnos con conciencia. Eso es lo que Dios nos pide. Yo intentaba progresar, ser un oficial con poder, mandar a otros, ser admirada y que me obedecieran. Eso es algo que Dios desprecia. Si no me arrepentía y seguía persiguiendo fama y estatus, sería exactamente igual que un incrédulo. Los incrédulos buscan dinero, reputación y estatus. Se matan y pelean entre sí por estas cosas. Como creyente, no debería permanecer en la senda de un incrédulo. Debería perseguir la verdad y tomar mi lugar como ser creado. Al darme cuenta de esto, decidí que estaba dispuesta a perseguir la verdad y a actuar según las palabras de Dios en mi vida cotidiana. Debería estar en pie de igualdad con los demás y dejar de dar órdenes desde el puesto de capitana. Oré a Dios: “Oh, Dios, quiero dejar de buscar fama y estatus, y quiero dejar de vivir según mi carácter arrogante. Por favor, guíame para que practique la verdad”.

Después, empecé a hablarles todos los días y a mostrar preocupación por ellas. Cuando hacían algo mal y la líder quería que las disciplinara, yo no actuaba como antes, regañando y blandiendo mi autoridad para mantener mi estatus, sino que podía conectar con ellas, decirles en qué se habían equivocado y darles una oportunidad de mejorar. Después de un tiempo de hacer las cosas así, tenía una buena relación con las líderes de escuadrón, con las líderes de pelotón y con las soldados. Algunas soldados me dijeron que solía tener un temperamento extraño, que me tenían miedo, siempre les preocupaba que las reprendiera por un error. Pero ahora estaba mucho mejor y empezaba a preocuparme por ellas. Se sentían mejor al hablar conmigo. Al oír esto, di gracias a Dios y les dije: “¿Saben por qué cambié así? Es porque acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Las palabras de Dios Todopoderoso me cambiaron, es la única razón por la que cambié. Antes de ir ante Dios, perseguía el estatus y la admiración ajena. Siempre las reprendía para mantener mi posición. Tras hacerme creyente, y gracias a la lectura de las palabras de Dios Todopoderoso, aprendí que regañar con arrogancia a los demás no está bien, que surge de un carácter corrupto, y que no debería hacerlo. Este cambio que experimenté no era algo que podría haber hecho sola. Se debe a mi fe en Dios Todopoderoso. Sus palabras me cambiaron”. Debe haberles costado creerlo. Seguí compartiendo el evangelio con ellas, y algunas soldados empezaron a sonreír. Se interesaron por explorar la obra de Dios de los últimos días. Después, algunas líderes de pelotón, líderes de escuadrón y soldados aceptaron la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Nos reuníamos, comíamos y bebíamos las palabras de Dios, nos llevábamos muy bien y compartíamos el evangelio y dábamos testimonio. ¡Gracias a Dios Todopoderoso!

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