Descubrí mi hartazgo de la verdad

15 Jul 2022

Por Li Xiang, Estados Unidos

A principios de año, un día descubrí que una nueva fiel recién incorporada a la iglesia ya se había perdido dos reuniones, así que le pregunté a la líder del grupo por qué, pero no me respondió. Como luego vi que la nueva fiel había empezado a venir a las reuniones otra vez, no le pregunté el motivo a la líder del grupo. Pensé: “Mientras la nueva fiel asista regularmente a las reuniones, bien. Ahora estoy ocupadísima en el deber y un seguimiento detallado me llevaría mucho tiempo y esfuerzo. Volveré a preguntar por ello cuando tenga tiempo”. Por tanto, me olvidé de esa cuestión. Más adelante advertí que esta nueva fiel se marchó en mitad de otra reunión. Pregunté por qué a la líder del grupo, pero siguió sin responderme, y nunca ahondé en el asunto. Tampoco fui a preguntarle a la nueva fiel si estaba pasando por algún estado o dificultad. Transcurrido un tiempo, advertí otra vez que esta nueva fiel no había asistido a varias reuniones seguidas. Fue entonces cuando empecé a preocuparme. Enseguida contacté con la nueva fiel, pero no respondía. Me preocupaba que la nueva fiel se fuera de la iglesia, por lo que contacté rápidamente con la líder del grupo para ver si podía ponerse en contacto con ella, pero la líder del grupo me comentó: “Esta nueva fiel nunca aceptó mi solicitud de amistad, así que no puedo contactar con ella”. Me arrepentí un poco en ese momento. Si lo hubiera investigado antes, habría podido pensar en el modo de remediarlo, pero ya era demasiado tarde. Todo era culpa mía por no hacer seguimiento. Leí entero el chat con la nueva fiel con la esperanza de saber más de su situación. Me di cuenta de que, tras unas palabras para saludarla, nunca le hablé de nada más. No sabía nada de ella. Comprendí que la esperanza de recuperar a esta nueva fiel era remota. Todo esto había ocurrido porque yo salía del paso. Sin embargo, por entonces no hice introspección en serio. Solo lo pensé brevemente, admití que fui un poco negligente y pasé página.

La supervisora no tardó en preguntarme por esta nueva fiel y por qué se había ido de la iglesia. Eso me puso muy nerviosa. Pensé: “Ay, no, me va a revelar. Cuando se entere la supervisora de lo que pasó realmente, seguro que dice que yo salía del paso en el deber y que no era confiable. ¿Qué haría si me destituyeran?”. Efectivamente, la supervisora me señaló mi problema cuando conoció la situación y me dijo que yo solo cumplía con las formalidades y que no me importó ni traté de conocer el estado de la nueva fiel. Al oír esto, enseguida intenté justificarme: “La nueva fiel no respondió a mi saludo, así que no pude continuar la conversación”. La supervisora trató conmigo: “No es que no pudieras continuar la conversación, sino que no te importaba nada la nueva fiel”. Me preocupaba que, si admitía que salía del paso, tuviera que asumir la responsabilidad, por lo que me apresuré a explicar: “La líder del grupo era la principal responsable de esa nueva fiel. Como creía que estaba en contacto con ella, no pregunté por su situación a tiempo. Pregunté a la líder del grupo, pero no me contestó a su debido tiempo”. Le enseñé a la supervisora los mensajes que había enviado a la líder del grupo para demostrar que realmente me importaba la nueva fiel. También le enseñé los mensajes que envié después a la nueva fiel para demostrar que, tras descubrir que no venía regularmente a las reuniones, intenté ponerme en contacto con ella en tiempo y forma, pero no me había respondido. Incluso encontré un motivo para alegar que no pude contactar por teléfono con la nueva fiel porque el predicador del evangelio no había facilitado el teléfono de aquella. Aporté muchos motivos objetivos y desvié la culpa sin cesar, esperando que la supervisora creyera que el problema se había producido por algo, que no había sido culpa mía, o que al menos había sido una culpa compartida con otros, no totalmente mía. En vista de que no admitía mis problemas y eludía mi responsabilidad, la supervisora trató conmigo: “Esta nueva fiel ha estado en varias reuniones, lo que evidencia que anhela la verdad, pero no le preguntaste a tiempo por su estado y sus dificultades, y ahora eludes la responsabilidad diciendo que no pudiste contactar con ella porque no tenías su número. ¡Esto es demasiado irracional!”. Me di cuenta de que la supervisora tenía claros mis problemas y yo no podía eludir la responsabilidad. Preocupada, reflexioné: “¿Qué opinará la supervisora de mí? ¿Dirá que no hago un trabajo práctico? ¿Me destituirán?”. Estaba muy ansiosa y no podía calmarme. Más tarde repasé mentalmente todo lo que había conducido a esto y comprendí que no era una persona honesta en esta cuestión y que no aceptaba la poda y el trato. Era obvio que no había cumplido bien con el deber, que había salido del paso, pero seguía haciendo trampas y poniendo excusas para justificarme. Llegué a intentar culpar al predicador del evangelio por no facilitar el teléfono. Me negaba a admitir que había salido del paso en el deber y no hacía introspección. Me incomodaba recordar mi conducta. Aunque comía y bebía de la palabra de Dios a diario, cuando me sobrevino una situación de verdad y cuando me podaron y trataron, continué viviendo de acuerdo con mis actitudes corruptas y no acepté la verdad. Mi corrupción me parecía muy profunda y pensaba que me resultaría difícil cambiar, así que me sentía algo negativa.

Luego leí un pasaje de las palabras de Dios: “Buscar la verdad es voluntario; si amas la verdad, obra el Espíritu Santo. Con el amor a la verdad como base, examinando y conociéndote a ti mismo cuando las cosas te suceden, buscando proactivamente los principios de la verdad y al final llegando a ser capaz de practicar de acuerdo con esos principios, esta serie de comportamientos y entradas es del todo voluntaria; nadie te está forzando a hacerlo, y no existe ninguna condición adicional. Habiendo hecho estas cosas, al final lo que ganas es la verdad, y en lo que entras es en la realidad de la verdad. […] Sean cuales sean tus razones, no importa si son adecuadas, o si son viables a la luz del día: si no buscas la verdad, el resultado final será que Dios te trate basándose en que no has buscado la verdad. Tus razones no son válidas; Dios las ignora categóricamente. ¿Qué significa que ‘las ignora’? Significa que a Él no le importan tus razones. Complícate como quieras; intenta razonar como quieras, ¿acaso le importa a Dios? ¿Conversaría Dios con una persona así? ¿Discutiría y debatiría Él contigo? ¿Consultaría contigo? ¿Qué respuesta hay para eso? No. No lo haría en absoluto. Tus razones no son válidas, por muy sólidas que sean. La gente no debe malinterpretar la voluntad de Dios, al pensar que pueden ofrecer todo tipo de razones y excusas para no buscar la verdad. Dios quiere que busques la verdad en todos los ambientes y en todos los asuntos que se te presenten, logrando finalmente hacerte entrar en la realidad de la verdad y obtenerla. Las circunstancias específicas que Dios ha dispuesto para ti, la gente y los eventos que te encuentras, y el ambiente en el que vives, son precisamente las lecciones que debes aprender en la búsqueda de la verdad. Debes orar a Dios y buscar la verdad para encontrar una solución. Si buscas siempre dar excusas, ser evasivo, negarte, resistirte, entonces Dios se rendirá contigo. Será inútil que te muestres intratable, o que seas una persona difícil, o que aportes tus razonamientos; Dios no va a prestarte ninguna atención” (“Discursos de Cristo de los últimos días”). En la palabra de Dios descubrí que no es difícil corregir un carácter corrupto y entrar en la realidad de la verdad. La clave radica en qué elige la gente y en si busca y practica la verdad, o no. Sea cual sea la situación, trátese de la poda y el trato o de los fracasos y reveses, la gente debe ser capaz de reflexionar para conocerse y buscar activamente la verdad. Una vez que la comprendas un poco, ponla en práctica y actúa según sus principios. Hazlo, y crecerás y te transformarás. Ahora bien, cuando te podan y tratan, si siempre lo eludes, lo niegas y pones excusas, no solo no alcanzarás la verdad, sino que, además, Dios te despreciará y rechazará. Fijándome de nuevo en mí, cuando me podaron y trataron, no lo acepté, no obedecí, no me hice responsable honestamente, no medité mi problema ni busqué activamente la verdad para corregir mi carácter corrupto. Por el contrario, me volví negativa, me opuse y creí que cambiar sería difícil. ¿No estaba siendo irracional y rechazando el entorno dispuesto por Dios? ¡No era una actitud de aceptación de la verdad! Al reconocerlo, no quise vivir más en un estado negativo y limitarme a mí misma. Quería buscar la verdad para resolver mis problemas. Me puse a reflexionar y me pregunté por qué normalmente hablaba de forma tan agradable, pero cuando me podaban y trataban, no lo aceptaba y me volvía negativa e insolente. ¿Qué carácter revelaba?

En mi búsqueda leí dos pasajes de la palabra de Dios: “Hay personas que pueden llegar a admitir que son demonios, Satanás, vástagos del gran dragón rojo, que hablan muy bien de su conocimiento de sí mismos, pero cuando revelan su carácter corrupto, y alguien los expone, los trata y los poda, intentan con todas sus fuerzas justificarse y no aceptan la verdad en lo más mínimo. ¿Qué es lo que ocurre aquí? En esto, una persona queda totalmente expuesta. Dicen cosas muy bonitas cuando hablan de conocerse a sí mismos, así que ¿por qué cuando se enfrentan a la poda y a ser tratados no pueden aceptar la verdad? Aquí hay un problema. ¿No es bastante común este tipo de cosas? ¿Es fácil de identificar? De hecho, lo es. Hay bastantes personas que admiten que son demonios y Satanás cuando hablan de su autoconocimiento, pero después no se arrepienten ni cambian. Entonces, ¿es verdadero o falso ese discurso de autoconocimiento? ¿Es el suyo un conocimiento sincero, o es una treta para engañar a los demás? La respuesta es evidente. Por lo tanto, para saber si una persona se conoce a sí misma con sinceridad, no hay que limitarse a escuchar lo que dice sobre ese conocimiento, sino que hay que fijarse en su actitud y en si puede aceptar la verdad cuando se enfrenta a la poda y a ser tratada. Eso es lo más importante. Quien no acepta ser tratado y podado posee una esencia de no aceptar la verdad, de negarse a aceptarla. Su carácter es el de estar harto de la verdad. Esto está fuera de toda duda. Algunas personas, por mucha corrupción que hayan revelado, no permiten que otros traten con ellas. Nadie puede podarles ni tratar con ellos. Les parece bien hablar de su propio autoconocimiento y dirán cualquier cosa, pero si otra persona los expone o los critica o los trata, aunque sea de forma objetiva o factual, no lo aceptan. Cualquiera que sea el aspecto de su carácter que se revele, son muy recalcitrantes e insisten en dar justificaciones engañosas de sí mismos, sin ni siquiera un poco de verdadera sumisión” (“Discursos de Cristo de los últimos días”). “Las maneras principales en que se manifiesta el hartazgo de la verdad no son solo los sentimientos de aversión a la verdad cuando uno la oye; también incluyen la falta de voluntad para ponerla en práctica. Cuando llega el momento de poner en práctica la verdad, una persona así se retrae, y la verdad no tiene nada que ver con ella. Cuando algunas personas comunican durante las reuniones, parecen muy animadas, les gusta repetir palabras de doctrina y hacer declaraciones altisonantes para ganarse a los demás; eso les hace quedar bien y sentirse bien, por eso no paran de hablar. Y luego están los que se pasan ocupados todo el día con asuntos de fe: leyendo las palabras de Dios, orando, escuchando himnos, tomando notas, como si no pudieran estar separados de Dios ni siquiera por un momento. Desde el amanecer hasta la madrugada, están ocupados cumpliendo con sus deberes. Entonces, ¿aman realmente la verdad estas personas? ¿No tienen un carácter de hartazgo hacia ella? ¿Cuándo puede uno ver su verdadero estado? (Cuando llega el momento de practicar la verdad, se apartan de ella, y cuando se enfrentan a ser tratados y podados, no están dispuestos a aceptarlo). ¿No será porque no entienden lo que oyen o porque no entienden la verdad que no están dispuestos a aceptarla? Ni lo uno ni lo otro: se rigen por su naturaleza, y el problema es de carácter. En sus corazones, saben muy bien que las palabras de Dios son la verdad y son cosas positivas, que la práctica de la verdad puede provocar un cambio en el carácter de la persona y llevarla a satisfacer la voluntad de Dios, pero simplemente no las aceptan ni las practican. Eso es estar harto de la verdad” (‘Hay que entender seis aspectos de un carácter corrupto para poder transformarlo’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”).

En la palabra de Dios descubrí que la gente tiene un carácter de estar harta de la verdad, en cuyo caso manifiesta una negativa a aceptarla, a ser podada y tratada, y a practicar la verdad. Hice introspección y me di cuenta de que, aunque comía y bebía de las palabras de Dios y cumplía con el deber cada día, y aunque en las reuniones podía admitir que tenía actitudes corruptas según las palabras de Dios, pertenecía a Satanás, era hija del gran dragón rojo y demás. De puertas afuera parecía aceptar la verdad, pero, cuando me podaban y trataban por salir del paso en el deber, trataba de justificarme y de desviar la culpa, y no admitía mi corrupción. Comprendí que no era una persona que aceptara ni practicara para nada la verdad y que revelaba el carácter satánico de hartazgo de la verdad en todo. Sabía que, como regadora, el requisito mínimo es ser responsable y paciente. Los nuevos fieles aún no han echado raíces en el camino verdadero, son como recién nacidos y muy frágiles en la vida. Si no vienen a las reuniones, tenemos que investigar su estado y hallar el modo de regarlos y sustentarlos rápidamente. Entendía estos principios, pero a la hora de practicarlos, sufrir y pagar el precio, no quería hacerlo. Tenía clara la verdad, pero no la practicaba. Con la excepción de las pocas veces que saludé a aquella nueva fiel, no le brindé riego ni sustento. Cuando me enteré de que no asistía a las reuniones con regularidad, no sentí ansiedad, no pensé en cómo podría contactar pronto con ella ni llegué a comprender sus problemas y dificultades. Como fui negligente e irresponsable, se fue de la iglesia. Ni siquiera entonces hice introspección. Cuando la supervisora me señaló mis problemas, procuré por todos los medios poner excusas sobre por qué había salido del paso con la esperanza de responsabilizar a la líder del grupo y al predicador del evangelio. ¿Esa era una actitud de aceptación y obediencia a la verdad? ¡Lo único que revelé fue un carácter de estar harta de la verdad!

Leí otro pasaje de la palabra de Dios: “Independientemente de las circunstancias que causan que alguien sea tratado o podado, ¿qué actitud es fundamental tener al respecto? En primer lugar, debes aceptarlo, no importa quién te trate, por qué razón, si es duro o cuál es el tono y la formulación, debes aceptarlo. Luego, debes reconocer qué has hecho mal, qué carácter corrupto has expuesto, y si has actuado de acuerdo con los principios de la verdad. Cuando se te poda y trata, antes que nada, esta es la actitud que debes tener. ¿Y poseen los anticristos tal actitud? No; de principio a fin, la actitud que irradian es de resistencia y aversión. Con una actitud así, ¿pueden presentarse ante Dios y permanecer callados, escuchar atentamente y ser receptivos con modestia? No es posible. Entonces, ¿qué harán? En primer lugar, discutirán enérgicamente y ofrecerán justificaciones, defendiendo y argumentando contra los errores que han cometido y el carácter corrupto que han revelado, con la esperanza de ganarse la comprensión y el perdón de la gente, para no tener que asumir ninguna responsabilidad ni aceptar las palabras que los tratan y los podan. ¿Cuál es la actitud que demuestran cuando se enfrentan a ser tratados y podados? ‘No he pecado. No he hecho nada malo. Si cometí un error, existió una razón para ello; si cometí un error, no lo hice a propósito; si cometí un error, no debería tener que asumir la responsabilidad por ello. ¿Quién no comete errores?’. Se aferran a estas afirmaciones y frases, se agarran fuertemente a ellas y no las sueltan, pero no buscan la verdad ni reconocen el carácter corrupto que revelaron al cometer su transgresión, y por supuesto no reconocen que tienen tal esencia. […] No importa que los hechos saquen a la luz su carácter corrupto, no lo reconocen, sino que siguen con su desafío y resistencia. Digan lo que digan los demás, no lo aceptan ni lo reconocen, sino que piensan: ‘Veamos quién puede hablar más que el otro; veamos quién discute mejor’. Este es el tipo de actitud con la que los anticristos consideran ser tratados y podados” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (VIII)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Con lo revelado en la palabra de Dios, entendí que, cuando se poda y se trata con la gente normal, esta es capaz de recibirlo de parte de Dios, de aceptarlo y obedecerlo, de hacer introspección y de lograr arrepentirse y transformarse de verdad. Aunque no lo admita en el momento, luego, con la búsqueda y la reflexión continuas, es capaz de aprender lecciones de la poda y el trato. Sin embargo, un anticristo está harto de la verdad y la aborrece por naturaleza. Cuando se lo poda y trata, jamás hace introspección. Solamente exhibe una actitud de resistencia, rechazo y odio. Al reflexionar sobre mi conducta, era evidente que había salido del paso y no había hecho seguimiento de la nueva fiel a tiempo, por lo que se marchó de la iglesia. Esto ya fue una transgresión. Cualquiera con conciencia y razón se sentiría desdichado y culpable, reflexionaría sobre sus problemas y no diría más sobre el asunto. Pero yo no solo no me sentía en deuda, sino que tampoco admitía mis problemas. Ante una realidad tan obvia, todavía traté de eludir adrede la responsabilidad alegando al principio que la nueva fiel no me respondía, luego, que la líder del grupo era irresponsable y, finalmente, culpando al predicador del evangelio con la esperanza de zafarme de toda responsabilidad y conseguir la comprensión de la supervisora. Frente a lo que revelaba Dios y a la poda y el trato, no hacía introspección en absoluto. En cambio, me resistía, me oponía y buscaba excusas varias para justificarme y defenderme porque no quería responsabilizarme. ¿En qué sentido tenía yo algo de humanidad o de razonamiento? Supe que lo que revelaba eran unas actitudes de obstinación y hartazgo de la verdad. No tenía temor de Dios. Vi que, tras tantos años de fe en Dios, mi carácter no se había transformado para nada, y me sentí triste.

Leí después un pasaje de las palabras de Dios que me hizo conocer mejor mi problema de no aceptación del trato y la poda. Dios Todopoderoso dice: “La actitud arquetípica de los anticristos hacia el trato y la poda consiste en negarse vehementemente a aceptarlos o admitirlos. Por más maldad que hayan cometido, por mucho daño que hayan causado a la obra de la casa de Dios y la entrada en la vida del pueblo escogido de Dios, no sienten el menor remordimiento ni que deban algo. Desde este punto de vista, ¿tienen humanidad los anticristos? De ninguna manera. Han causado toda clase de daño al pueblo escogido de Dios, han perjudicado tanto la obra de la iglesia, esto es sumamente evidente para el pueblo escogido de Dios, y este ha visto los actos malvados de los anticristos, uno tras otro. Y sin embargo los anticristos no aceptan ni reconocen este hecho; con obstinación, se niegan a reconocer que están equivocados o que son responsables. ¿Acaso no es esto un indicio de que están hartos de la verdad? Este es el extremo hasta el cual los anticristos están hartos de la verdad, y por mucha maldad que cometan, se niegan a admitirlo y permanecen inflexibles hasta el final. Esto demuestra que ellos jamás han tomado en serio la obra de la casa de Dios ni han aceptado la verdad. No han venido por creer en Dios; son esbirros de Satanás que vinieron a perturbar e interrumpir la obra de la casa de Dios. Solo hay reputación y estatus en el corazón de los anticristos. Creen que si llegaran a reconocer su error, tendrían que asumir la responsabilidad y, entonces, su estatus y prestigio se verían gravemente comprometidos. Como consecuencia, se resisten con una actitud de ‘negar hasta la muerte’, y por muchas relevaciones o análisis minuciosos que haga la gente, hacen todo lo posible por negarlo. En resumidas cuentas, sea su negación intencional o no, esto expone, por un lado, la naturaleza y esencia de hartazgo y odio hacia la verdad de los anticristos. Por el otro, muestra lo mucho que valoran los anticristos su propio estatus, su prestigio y sus intereses. ¿Cuál es, entretanto, su actitud hacia la obra y los intereses de la iglesia? Es una actitud de desprecio y negación de la responsabilidad. Carecen de toda conciencia y razón. Que los anticristos eludan su responsabilidad, ¿es demostración de estos problemas? Por una parte, eludir la responsabilidad prueba su esencia y naturaleza de estar hartos de la verdad y detestarla, mientras que por otra, muestra su falta de conciencia, razón y humanidad. Por mucho que se perjudique la entrada a la vida de los hermanos y las hermanas por su interferencia y actos malvados, no se lo recriminan a sí mismos y nunca se inquietarían por ello. ¿Qué clase de criaturas son estas? Incluso admitir su parte de culpa en el error contaría como tener un poco de conciencia y sentido, pero los anticristos ni siquiera tienen ese pequeño grado de humanidad. Entonces, ¿qué os parece a vosotros que son? La esencia de los anticristos es el diablo. Por mucho daño que hayan hecho a los intereses de la casa de Dios, no se dan cuenta; no se inquietan ni remotamente por dentro ni se hacen reproches, y ni mucho menos se sienten en deuda. Esto no es para nada lo que se debería atisbar en la gente normal. Esto es el diablo y este carece de toda conciencia y sentido” (‘Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (III)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). En la palabra de Dios descubrí que los anticristos no aceptan el trato y la poda por su naturaleza de hartazgo y aborrecimiento de la verdad, y también porque valoran especialmente sus propios intereses. Una vez que algo afecta y perjudica su reputación y estatus, hacen todo lo posible por justificarse y buscan motivos para desviar la responsabilidad. Ni siquiera cuando sus actos perjudican los intereses de la casa de Dios o la vida espiritual de los hermanos y hermanas sienten ellos vergüenza o remordimiento. Si se descubre que hacen estas cosas, se niegan obstinadamente a confesar por temor a que admitir su responsabilidad perjudique su reputación y estatus. Vi que los anticristos son especialmente egoístas y despreciables, carentes de humanidad y, básicamente, unos diablos. Al observar la palabra “diablo”, me sentí fatal, pues mi conducta y las actitudes que revelaba eran las de un anticristo. Era obvio que había errado y perjudicado la labor de la iglesia, pero aún no lo admitía. Cuando me podaban y trataban, me justificaba y trataba de desviar la responsabilidad. Pensé en lo difícil que es para cada nuevo fiel aceptar el evangelio. Lo aceptan porque Dios dispone un entorno adecuado y les da esclarecimiento y guía, y por el tiempo y esfuerzo invertidos por los hermanos y hermanas. Dios es especialmente responsable de todos. De cien ovejas, si pierde una sola, deja las 99 restantes para buscar la oveja perdida y valora profundamente la vida de toda persona. Sin embargo, cuando yo fui responsable del riego de nuevos fieles, lo abordé de forma negligente. Al ver que la nueva fiel no asistía a las reuniones, no me preocupé ni me importó. A veces cumplía con la formalidad de preguntar, y al hacer seguimiento del trabajo de la líder del grupo, salía del paso y era irresponsable. Cuando no me respondió en varias ocasiones, no le pregunté encarecidamente por qué ni investigué si tenía problemas o dificultades. Traté a la nueva fiel con una actitud negligente e irresponsable y no me tomé para nada en serio su vida. Pero ni siquiera entonces sentí remordimiento o culpa ni intenté remediar el asunto. Cuando la supervisora señaló que salía del paso y era una irresponsable, me empleé a fondo en discutir y justificarme, y busqué motivos para eludir la responsabilidad porque me daba miedo asumirla si admitía mis problemas, darle una mala impresión a la supervisora y ser destituida. Desde un principio, jamás tuve en cuenta el trabajo de la iglesia ni si yo perjudicaría la vida de la nueva fiel. Solamente tenía en cuenta si se verían perjudicados mis intereses y si podría conservar mi imagen y estatus. Descubrí que era especialmente egoísta y despreciable, y que no protegía sino mis intereses personales. En verdad, no tenía humanidad y Dios me aborrecía. Me presenté ante Dios a orar: “Dios mío, salía del paso en el deber, provoqué graves consecuencias y no lo admití. No pensaba en la vida de la nueva fiel, sino en mi reputación y estatus. ¡Realmente no tengo humanidad! Dios mío, deseo arrepentirme”.

Más tarde, leí más palabras de Dios y hallé una senda de práctica. Dios Todopoderoso dice: “Obtener la verdad no es difícil, ni tampoco lo es entrar en la realidad de la verdad, pero si las personas están siempre hartas de la verdad, ¿son capaces de obtenerla? No pueden. Por lo tanto, debes acudir siempre ante Dios, examinar tus estados internos de hartazgo de la verdad, comprobar qué muestras das de ello, qué maneras de hacer las cosas exponen hartazgo de la verdad y en qué cosas tienes tal actitud; debes reflexionar a menudo sobre esas cosas” (“Discursos de Cristo de los últimos días”). “Si quieres seguir a Dios y cumplir bien con tu deber, primero debes aprender a no ser impulsivo cuando las cosas no te salgan como quieres. Primero cálmate y permanece tranquilo ante Dios, y órale y búscale en tu corazón. No seas testarudo; primero llega a someterte. Solo con esa mentalidad se pueden resolver mejor los problemas. Si puedes perseverar en la vida ante Dios, y te ocurra lo que te ocurra eres capaz de orarle y buscarle, y enfrentarte a tal cosa con una mentalidad de sumisión, entonces no importa cuántas expresiones haya de tu carácter corrupto, ni importan tus transgresiones pasadas: podrás resolverla buscando la verdad. No importan las pruebas que te sobrevengan, serás capaz de mantenerte firme. Mientras tengas la mentalidad correcta, seas capaz de aceptar la verdad y obedezcas a Dios de acuerdo con Sus requerimientos, entonces serás totalmente capaz de poner la verdad en práctica. Aunque a veces seas un poco rebelde y te resistas, y a veces ofrezcas razonamientos a la defensiva y seas incapaz de someterte, si puedes orar a Dios y cambiar tu estado de rebeldía, entonces puedes aceptar la verdad. Una vez hecho esto, reflexiona sobre por qué surgió en ti la rebeldía y la resistencia. Encuentra la razón, luego busca la verdad para resolverla, y así ese aspecto de tu carácter corrupto podrá ser purificado. Después de varias recuperaciones de tales tropiezos y caídas, hasta que puedas poner en práctica la verdad tu carácter corrupto se irá eliminando poco a poco. Y entonces, la verdad reinará dentro de ti y se convertirá en tu vida, y no habrá más obstáculos para tu práctica de la verdad. Serás capaz de someterte verdaderamente a Dios y vivirás la realidad de la verdad” (“Discursos de Cristo de los últimos días”). En la palabra de Dios entendí que, para corregir el carácter de estar harta de la verdad, debo hacer introspección a menudo y examinar si mis declaraciones, prácticas, intenciones, actitudes y opiniones demuestran hartazgo de la verdad. Cuando sucedan las cosas, estén o no en consonancia con lo que quiero, primero debo calmarme y no resistirme. Si no puedo admitir lo que digan otros y deseo buscar motivos para justificarme, es preciso que me presente ante Dios, ore y busque la verdad más, me fije en lo que afirman las palabras de Dios y haga introspección con ellas o hable con hermanos y hermanas que comprendan la verdad. Así, de manera progresiva, podré aceptar la verdad y entrar en sus realidades, y será entonces cuando, poco a poco, podré despojarme de mi carácter corrupto. Una vez comprendida la senda de práctica, decidí transformarme.

Sabedora de que ya era una transgresión que no investigara a tiempo la situación de esta nueva fiel, me apresuré a cambiar las cosas. Comprobé si me había quedado por conocer la situación de algún nuevo fiel del que fuera responsable. Charlando con una nueva fiel, descubrí que ella no comprendía muy bien la verdad del regreso del Señor y las tres etapas de la obra de Dios. Pregunté a mi líder si debería hablar con ella el predicador del evangelio, pero me dijo que lo hiciera yo. Aunque sabía que era responsabilidad mía resolver pronto los problemas de los nuevos fieles, aún era muy reacia. Tuve ganas de discutir y no obedecer. Creía que esto había pasado porque el predicador del evangelio no había hablado claro; entonces, ¿por qué era yo la responsable del seguimiento? Con tantos nuevos fieles, no tenía tiempo suficiente, por lo que debía ser el predicador del evangelio quien hablara con ella. Luego entendí que mi estado no era correcto. De hecho, lo que dijo mi líder fue apropiado. Si su sugerencia era correcta, ¿por qué no la aceptaba? ¿Por qué seguía con tantas ganas de discutir? ¿Por qué no podía obedecer? Así pues, oré a Dios para pedirle que me guiara para someterme, no pensar en mis intereses carnales y ser responsable de la vida de la nueva fiel. Pensé que cada cual tiene una capacidad de recibir. Hay quienes oyen hablar a un predicador del evangelio y lo entienden en el momento, pero después no están claros algunos aspectos. Se requiere que los regadores hagan seguimiento y compensen las carencias. Esto es cooperar en armonía. Como regadora, debo resolver los problemas cuando los descubra. No debo ser exigente, hacer lo fácil ni dejar los problemas difíciles para los demás, ni tampoco tratar únicamente de ahorrarme trabajo y relajarme. No debo empeñarme en unas condiciones ni poner excusas en el deber. Si se me asigna un nuevo fiel, soy responsable de regarlo debidamente, de asegurarme de que comprenda la verdad y de sentar las bases sobre el camino verdadero. Esta es la comisión de Dios, mi deber. Esto supone practicar sinceramente la verdad y una transformación real. Mi corazón se sintió brillar al pensarlo. Me apresuré a buscar a esta nueva fiel para hablarle de su problema. Conforme practicaba de este modo, no solo no notaba resistencia alguna, sino que era muy feliz. Comprendí que la práctica de la verdad no es un acto externo. Implica, en cambio, aceptar de corazón las palabras de Dios, practicar los principios de la verdad y utilizar la palabra de Dios y la verdad como criterios para contemplar a las personas y materias, actuar y comportarse. Así, nuestras intenciones y opiniones equivocadas, además de nuestras actitudes corruptas, se verán inconscientemente sustituidas por la palabra de Dios y la verdad.

Posteriormente, cuanto más reflexionaba, más imprescindible me parecía ser revelados, podados y tratados. Dios nos advierte que no buscamos la verdad principalmente porque tenemos unas actitudes de obstinación y hartazgo de la verdad. Sin embargo, yo antes no sabía que tenía esta clase de actitudes. Si Dios no hubiera dispuesto un entorno en el que dejarme en evidencia ni me hubiera juzgado y revelado con Su palabra, jamás habría reconocido mi carácter de estar harta de la verdad ni me habría arrepentido ni transformado. Continuar así habría obstaculizado enormemente mi búsqueda de la verdad y mi crecimiento vital. La revelación y el juicio de la palabra de Dios fueron tan buenos para mí que ¡gracias a Dios!

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