Cuando hablaba de doctrina exponía mi miseria

23 Oct 2022

Por Aubin, Costa de Marfil

En julio de 2019 acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. El líder enseñaba muy bien las palabras de Dios en las reuniones, y los hermanos y hermanas decían “amén” y asentían con la cabeza. Tenía envidia y creía que enseñar bien las palabras de Dios implicaba tener la realidad de la verdad. Por eso solía leer las palabras de Dios e imitaba a quienes veía que enseñaban bien. Posteriormente, algunos elogiaron mis enseñanzas. Contentísimo, creía comprender bien las palabras de Dios y la verdad. Sin embargo, poco a poco me volví más arrogante y engreído. Hasta más adelante, guiado por las palabras de Dios, no llegué a conocerme un poco.

La hermana Deryles y yo asistíamos al mismo grupo. Observaba que a veces solo hablaba un poco de las palabras de Dios. Yo creía que tenía poca aptitud y una mala comprensión de las palabras de Dios. No se podía comparar con mis enseñanzas. Ahora bien, cuando cumplíamos juntos con el deber, era muy eficaz, y el líder la mentaba cada vez que hablábamos de trabajo. En esas ocasiones pensaba: “Si no habla mucho en las reuniones, ¿por qué es tan eficaz, pero yo no estoy a su altura?”. No lo entendía. En las reuniones, el líder le pedía que hablara, y yo pensaba: “Si es poco apta, ¿qué puede enseñar?”. No quería escucharlo. Creía comprender la verdad mejor que ella, que tenía aptitud y que podía hablar más de las palabras de Dios. Por tanto, daba un buen espectáculo en cada reunión. No obstante, lo que no esperaba era que pronto la eligieran líder del grupo. Me costaba aceptarlo. ¿Por qué la eligieron a ella en vez de a mí? Me creía más adecuado para ser líder de grupo.

En mayo de 2020 me eligieron diácono de evangelización. En aquel momento me dije que tenía lo necesario para ese deber. Cuando algunos hermanos y hermanas tenían problemas, les enviaba unas palabras de Dios. Tras leerlas, decían: “Las palabras que elegiste eran estupendas, abordaban verdaderamente mi estado”. Creía comprender la verdad, saber resolver problemas con ella y ser adecuado para este cargo. En otras ocasiones, después de que hubiera enseñado, otros afirmaban: “Tu enseñanza nos ayudó mucho”. Me sentía muy feliz y creía que el Espíritu Santo había iluminado mi enseñanza y que esta podía ayudar a mis hermanos y hermanas. Con el tiempo dejé de centrarme en reflexionar sobre las palabras de Dios que había enseñado, pues creía que ya las había leído y comprendido, pero cuando me encontraba con problemas complejos, no sabía cómo gestionarlos. Por ejemplo, cuando algunos hermanos y hermanas no daban abasto con su deber habitual a causa del trabajo o las clases, enseñara lo que enseñara, no era capaz de resolver sus problemas. Algunas personas eran muy entusiastas en las reuniones, pero su entusiasmo decaía en uno o dos días y no sabía cómo hablarles para ayudarlas. En esa época solía reflexionar: “Si sé enseñar las palabras de Dios, ¿por qué no puedo resolver los problemas de mis hermanos y hermanas?”.

A menudo buscaba a Dios en oración y un día leí un par de pasajes de Sus palabras. Dios Todopoderoso dice: “Tomar las palabras de Dios y poder explicarlas descaradamente no significa que poseas la realidad; las cosas no son tan simples como te las imaginas. Tener la realidad no se basa en lo que dices, sino en lo que vives. Solo cuando las palabras de Dios se convierten en tu vida y en tu expresión natural, se puede decir que tienes la realidad, y solo entonces puede contarse como haber recibido el verdadero conocimiento y la estatura real” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Solo se posee la realidad si se pone en práctica la verdad). “Dios no exige a las personas la simple habilidad de hablar de la realidad. Eso sería demasiado fácil, ¿verdad? ¿Por qué entonces habla Dios de la entrada en la vida? ¿Por qué habla de transformación? Si las personas solo son capaces de hablar palabras vacías sobre la realidad, entonces ¿pueden lograr una transformación en su carácter? Los buenos soldados del reino no están entrenados para ser un grupo de personas que solo puedan hablar de la realidad o alardear, sino más bien están entrenadas para vivir las palabras de Dios en todo momento, para permanecer inflexibles a pesar de los contratiempos a los que se enfrenten, y vivir constantemente de acuerdo con las palabras de Dios y no volver al mundo. Esta es la realidad de la que Dios habla; esta es la exigencia de Dios para el hombre. Por lo tanto, no consideres que la realidad hablada por Dios es demasiado simple. La sola iluminación del Espíritu Santo no es igual a poseer la realidad. Esta esta no es la estatura del hombre, sino la gracia de Dios, a la que el hombre no contribuye nada. Cada persona debe soportar los sufrimientos de Pedro y, aún más, poseer la gloria de Pedro, que es lo que las personas viven después de haber recibido la obra de Dios. Solo esto se puede llamar realidad” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Solo se posee la realidad si se pone en práctica la verdad). “¿Piensas que poseer conocimiento equivale a poseer la verdad? ¿No es este un punto de vista confundido? Tú eres capaz de hablar de tantos temas del conocimiento como granos de arena hay en una playa, pero nada de eso contiene una senda verdadera. ¿Acaso no estás intentando engañar a las personas al hacer esto? ¿No estás armando un espectáculo vacío, sin sustancia que lo respalde? ¡Todo este comportamiento es perjudicial para las personas! Cuanta más alta la teoría y más desprovista está de la realidad, más incapaz es de llevar a las personas a la realidad. Cuanta más alta la teoría, más te hace desafiar y oponerte a Dios. No consideres un tesoro la teoría espiritual, ¡no sirve de nada! Algunas personas llevan décadas hablando de la teoría espiritual y se han convertido en gigantes de la espiritualidad, pero, al final, siguen sin entrar en la realidad de la verdad. Como no han practicado ni experimentado las palabras de Dios, no tienen principios ni una senda de práctica. Las personas así son en sí mismas carentes de la realidad de la verdad, así que ¿cómo pueden llevar a otras hacia la seda correcta de la fe en Dios? No pueden más que extraviar a la gente. ¿Así no se perjudican a sí mismos y a los demás? Como mínimo, debes ser capaz de resolver los problemas reales que tienes justo en frente de ti. Es decir, debes ser capaz de practicar y experimentar las palabras de Dios y de poner en práctica la verdad. Esa es la única obediencia a Dios. Solo cuando has entrado en la vida eres apto para trabajar para Dios, y solo cuando te esfuerzas sinceramente por Él puedes recibir Su aprobación. No hagas siempre grandes declaraciones ni hables de teorías altisonantes; eso no es real. Pontificar sobre la teoría espiritual para hacer que la gente te admire no es dar testimonio de Dios, sino más bien alardear. No beneficia en absoluto a las personas ni las edifica, y fácilmente puede llevarlas a adorar la teoría espiritual y a no centrarse en practicar la verdad; ¿y no eso extraviar a la gente?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Enfócate más en la realidad). Las palabras de Dios describían mi estado preciso. Creía que, si enseñaba un montón de formas de entender las palabras de Dios y mi razonamiento era claro, eso significaba que comprendía la verdad y tenía realidades. Pero ya por fin comprendía que tener realidades no depende de lo bien que enseñes, sino que la clave es si eres capaz o no de practicar las palabras de Dios en cualquier situación y si aquellas se han convertido en tu punto de referencia para contemplar y hacer las cosas. En las reuniones solo compartía formas de entendimiento que había recibido a partir de las palabras de Dios, una mera comprensión literal de Sus palabras. Eso no significaba que ya hubiera practicado ese aspecto de la verdad ni que entendiera realmente el sentido de las palabras de Dios. Sin embargo, como no era consciente de mi auténtica estatura, me sobrevaloraba. Así pues, al ver que la hermana Deryles no enseñaba mucho en las reuniones, menos que yo, empecé a despreciarla, pues creía que no comprendía las palabras de Dios, que era poco apta y que no había que formarla como líder de grupo. En realidad, aunque no dijera mucho la hermana Deryles, lo que sí decía sobre las palabras de Dios no era su sentido literal y sus enseñanzas se basaban en la experiencia práctica. En el deber se centraba en practicar las palabras de Dios y obtenía resultados reales. ¿Pero yo? Solo usaba la cabeza para interpretar la palabra escrita, pero, ante los problemas y dificultades de la vida real de otras personas, no sabía resolverlos con la verdad. Recordé que los estados de algunas personas se veían afectados y no podían cumplir bien con el deber por el trabajo, las clases u otros problemas de la vida. En las reuniones solamente sabía compartir palabras de aliento con las que les decía que se tomaran en serio el deber, pero cuando yo me encontraba con problemas similares, no sabía cómo salir adelante y vivía en la negatividad, sin volcarme en el deber. En estas situaciones no buscaba la verdad ni una senda hacia la solución, y no tenía experiencias y conocimiento prácticos. Entonces, ¿cómo podría resolver los problemas y dificultades ajenos? También me di cuenta de que, aunque enseguida era capaz de enseñar las palabras de Dios, luego no practicaba lo enseñado. Me conformaba con hablarles a los demás y ganarme su admiración y estima. Ante las circunstancias reales, me daba cuenta de que no comprendía la verdad. No entendía más que la doctrina, el sentido literal de las palabras de Dios.

Más adelante leí un pasaje de las palabras de Dios. “Como persona usada por Dios, cada hombre es digno de trabajar para Él; es decir, todos tienen la oportunidad de ser usados por el Espíritu Santo. Sin embargo, hay algo que debéis entender: cuando el hombre lleva a cabo la obra encargada por Dios, se le ha dado la oportunidad de ser usado por Él, pero lo que dice y lo que sabe no corresponde del todo a su estatura. Lo único que podéis hacer es conocer mejor vuestras deficiencias en el transcurso de vuestra obra y llegar a poseer un mayor esclarecimiento por parte del Espíritu Santo. De esta manera, se os permitirá obtener una mejor entrada en el transcurso de vuestra obra. Si el hombre considera la guía que viene de Dios como su propia entrada y como algo que es inherente a sí mismo, entonces no hay potencial para que la estatura del hombre crezca. El esclarecimiento que el Espíritu Santo lleva a cabo en el hombre ocurre cuando este se encuentra en un estado normal; en momentos así, las personas a menudo confunden el esclarecimiento que reciben con su propia estatura real, porque la forma como el Espíritu Santo esclarece es excepcionalmente normal, y Él utiliza lo que es inherente al hombre. Cuando las personas obran y hablan, o cuando están orando y llevando a cabo sus devociones espirituales, una verdad se les aclarará de forma repentina. Sin embargo, lo que el hombre ve en realidad es tan solo el esclarecimiento del Espíritu Santo (naturalmente, este esclarecimiento está conectado con la cooperación del hombre) y no representa su verdadera estatura. Después de un periodo de experiencia en el que el hombre se encuentra con algunas dificultades y pruebas, la verdadera estatura del hombre se pone de manifiesto bajo tales circunstancias. Solo en ese momento el hombre descubre que su estatura no es tan grande y surge su egoísmo, surgen sus consideraciones personales y su avaricia. Solo después de varios ciclos de experiencias como esta, muchos de los que son despertados en su espíritu se dan cuenta de que lo que experimentaron en el pasado no fue su propia realidad individual, sino una iluminación momentánea del Espíritu Santo, y que el hombre solo había recibido esta luz. Cuando el Espíritu Santo esclarece al hombre para que entienda la verdad, con frecuencia lo hace de un modo claro y nítido, sin explicar cómo se produjeron las cosas o hacia dónde van. Es decir, en lugar de incorporar las dificultades del hombre en esta revelación, Él revela directamente la verdad. Cuando el hombre se encuentra con dificultades en el proceso de entrada y luego incorpora el esclarecimiento del Espíritu Santo, esto se convierte en la verdadera experiencia del hombre” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La obra y la entrada (2)). Tras meditar estas palabras, entendí que saber buscar palabras de Dios adecuadas a los demás que tener esclarecimiento al enseñar no significaba que tuviera aptitud ni estatura, sino que se trataba del esclarecimiento y la guía del Espíritu Santo. No obstante, como no conocía adecuadamente mi aptitud y estatura, confundía la obra del Espíritu Santo con mi estatura real, pues creía haber recibido la verdad, por lo que no trataba de progresar ni me centraba en esforzarme en buscar la verdad. Era muy arrogante y me faltaba mucho autoconocimiento. También recordé que, una vez convertido en diácono de evangelización, solía enseñar las palabras de Dios, pero rara vez las reflexionaba detenidamente después porque pensaba que, como ya había leído esas palabras de Dios, sabía qué significaban y no me hacía falta meditarlas. Y al ver que otros no enseñaban mucho, los despreciaba y no escuchaba detenidamente lo que decían. Sin embargo, en realidad, sin la obra y el esclarecimiento del Espíritu Santo, no comprendería las palabras de Dios ni sabría enseñar mi entendimiento de ellas. ¡No reconocía para nada la obra del Espíritu Santo! Igual que Pablo. Se ganó a muchos predicando el evangelio y era muy eficaz, pero todo esto era la obra y la guía del Espíritu Santo. Pablo no reconocía la obra del Espíritu Santo porque creía que ello era fruto de su aptitud y sus dotes. Se atribuía a sí mismo el éxito. En consencuencia, se volvió más arrogante y engreído, dijo que no estaba por debajo de ningún apóstol, e, incluso, al final dio testimonio de que, para él, el vivir era Cristo. Terminó siendo castigado por Dios por ofender Su carácter. ¡Qué peligroso no reconocer la obra del Espíritu Santo! Comprendido esto, me presenté ante Dios a orar: “Dios mío, confundía Tu esclarecimiento con mi estatura real y lo utilizaba para echarme flores y adquirir estatus en el corazón de los demás. Hoy por fin comprendí que Tú aborreces esto. Oh, Dios mío, deseo arrepentirme. Busco Tu ayuda”. Después de orar me eché a llorar. Vi mi arrogancia y mi ausencia de razón y cómo eso hacía que Dios me despreciara. Me odié a mí mismo. No tenía experiencia y conocimiento prácticos y no sabía resolver problemas prácticos. ¿Cómo podía creer que tenía la realidad de la verdad? Me dio vergüenza lo arrogante e ignorante que era.

Posteriormente me desituyeron por ineficaz en el deber. Me sentía algo negativo y molesto, pero sabía que me cambiaban de destino por la voluntad de Dios y que debía obedecerlo. Luego empecé a predicar el evangelio. Me enteré de que la hermana Deryles era supervisora, responsable de la labor evangelizadora de la iglesia. Me escandalicé: ¿cómo pudo llegar a supervisora así como así? ¿Eso no fue demasiado rápido? Ella no destacaba especialmente por su aptitud. Un supervisor debe ser un orador elocuente y buen organizador, pero ella no hablaba mucho en las reuniones. Entonces, ¿por qué nos dirigía? No lo podía admitir. Más adelante me envió un mensaje de seguimiento de mi trabajo, pero lo ignoré. Además, esperaba la ocasión de encontrar defectos en su enseñanza para poder cuestionarla y dejarla en mal lugar.

Una vez, en una reunión, se abrió acerca de su estado y señaló que había quienes, como yo, no contestaban sus mensajes. Se sentía un poco herida y bastante deprimida. Me sentí fatal cuando oí aquello. Comprendí que no era la forma correcta de tratarla. Luego leí un par de pasajes de las palabras de Dios. Dios dice: “No seas santurrón; toma las fortalezas de los demás para compensar tus propias deficiencias, observa cómo otros viven según las palabras de Dios y mira si vale la pena emular sus vidas, sus acciones y sus palabras. Si consideras que los demás son menos que tú, entonces eres santurrón, presuntuoso y no beneficias a nadie” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Declaraciones de Cristo en el principio, Capítulo 22). “La arrogancia es la raíz del carácter corrupto del hombre. Cuanto más arrogante es la gente, más irracional es, y cuanto más irracional es, más propensa es a oponerse a Dios. ¿Hasta dónde llega la gravedad de este problema? Las personas de carácter arrogante no solo consideran a todas las demás inferiores a ellas, sino que lo peor es que incluso son condescendientes con Dios y no tienen temor de Él en su corazón. Aunque las personas parezcan creer en Dios y seguirlo, no lo tratan en modo alguno como a Dios. Siempre creen poseer la verdad y tienen buen concepto de sí mismas. Esta es la esencia y la raíz del carácter arrogante, y proviene de Satanás. Por consiguiente, hay que resolver el problema de la arrogancia. Creerse mejor que los demás es un asunto trivial. La cuestión fundamental es que el propio carácter arrogante impide someterse a Dios, a Su gobierno y Sus disposiciones; alguien así siempre se siente inclinado a competir con Dios por el poder sobre los demás. Esta clase de persona no venera a Dios lo más mínimo, por no hablar de que ni lo ama ni se somete a Él. Las personas que son arrogantes y engreídas, especialmente las que son tan arrogantes que han perdido la razón, no pueden someterse a Dios al creer en Él e, incluso, se exaltan y dan testimonio de sí mismas. Estas personas son las que más se resisten a Dios y no tienen temor alguno de Él. Si las personas desean llegar al punto en que veneren a Dios, primero deben resolver su carácter arrogante. Cuanto más minuciosamente resuelvas tu carácter arrogante, más veneración tendrás por Dios, y solo entonces podrás someterte a Él y obtener la verdad y conocerle. Solo los que obtienen la verdad son auténticamente humanos” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Con las palabras de Dios me di cuenta de que me oponía a que la hermana Deryles fuera supervisora porque yo tenía una naturaleza arrogante y siempre me creí un poco mejor o más capaz que ella. Como la hermana Deryles hablaba menos que otra gente, la despreciaba. La creía inferior a mí, de menor estatura, y que no enseñaba tan bien como yo, por lo que no me satisfacía que fuera líder. Cuando me envió un mensaje de seguimiento del trabajo, hice oídos sordos y la ignoré. Hasta procuraba encontrar defectos que criticar en su enseñanza para demostrar que no se podía comparar conmigo y que no debía ser supervisora. Por eso se volvió negativa y se sintió refrenada. Yo tenía un carácter demasiado arrogante: no sentía mucho aprecio por nadie. No tenía una humanidad normal. A decir verdad, en la iglesia, la selección o el ascenso de alguien no depende de lo bien que aparente enseñar, sino de si practica la verdad, la busca y tiene una buena humanidad, o no. ¿Pero yo? Solo me fijaba en lo poco que enseñaba esta hermana y la despreciaba. Si me fijo en mí, aunque aparentemente fuera buen orador, rara vez practicaba las palabras de Dios. Me conformaba con comprender la palabra escrita y me creía inteligente, apto y más capaz que los demás. ¿Cómo podía ser tan insolente y presumido? ¡No me conocía en absoluto! En este momento comprendí que la hermana Deryles llegó a supervisora por la voluntad de Dios y que debía procurar ver sus puntos positivos, aprender de ella y mejorar mis debilidades. Luego, al relacionarme con ella, me percaté de que se tomaba en serio el deber y era responsable. Ante las dificultades de su deber, buscaba la verdad, oraba y se amparaba en Dios para vencerlas; no como yo, que caía en la negatividad en las situaciones difíciles, no buscaba la verdad y era descuidado en el deber. Lo que más me impactó fue que ella tenía un trabajo de electricista que se interponía mucho en su deber, por lo que, para que este no se resintiera, optó por dejar su empleo y lo puso todo en manos de Dios. Yo no era capaz de hacer eso. También me di cuenta de que era muy detallista en el deber. Entendía al detalle las circunstancias de sus receptores potenciales del evangelio y organizaba el trabajo que tenía que hacer cada día. Por eso era eficaz en el deber. Sin embargo, yo solo me fijaba en la capacidad aparente para enseñar y rara vez practicaba la verdad. Rara vez buscaba los principios de la verdad en el deber, por lo que era ineficaz en él. Frente a la realidad, yo no era para nada mejor que ella. Ni siquiera era consciente de mi estatura real ni de la pasta de la que estaba hecho, pero siempre me creía estupendo. ¡Cuánta razón me faltaba! A partir de entonces, sin importar con qué problemas me topara en el deber, pedía ayuda a la hermana Deryles y compartía mi estado real con ella. Siempre me enseñaba pacientemente y me aconsejaba. Sus sugerencias me resultaban muy útiles. ¡Sentí que este era el amor de Dios por mí!

Un día leí un pasaje de las palabras de Dios: “El problema más difícil de solucionar para la humanidad corrupta es el de cometer los mismos errores de siempre. Para evitarlo, la gente debe ser consciente en primer lugar de que aún no ha recibido la verdad, de que no se ha producido ninguna transformación de su carácter vital y de que, aunque crea en Dios, todavía vive bajo el campo de acción de Satanás y no se ha salvado; es susceptible de traicionar a Dios y de apartarse de Él en cualquier momento. Si la gente tiene esta sensación de crisis en su interior —si, como a menudo dice, está preparada para la guerra en tiempos de paz—, entonces será capaz de contenerse un poco, y cuando sí le ocurra algo, orará a Dios, confiará en Él y podrá evitar cometer los mismos errores de siempre. Debes ver con claridad que tu carácter no se ha transformado, que la naturaleza de la traición a Dios continúa profundamente arraigada en ti y no se ha expulsado, que todavía estás en riesgo de traicionar a Dios y te enfrentas a la constante posibilidad de sufrir la perdición y ser destruido. Esto es real, así que debéis tener cuidado. Hay tres puntos importantísimos que hay que tener en cuenta: en primer lugar, aún no conoces a Dios; en segundo lugar, no se ha producido ninguna transformación de tu carácter; y en tercer lugar, todavía has de vivir a auténtica imagen del hombre. Estas tres cosas se ajustan a los hechos, son reales y debes tenerlas claras, debes conocerte. Si tienes la voluntad de solucionar este problema, debes elegir un lema: por ejemplo, ‘soy el estiércol de la tierra’, ‘soy el diablo’, ‘suelo volver a las andadas’ o ‘siempre estoy en peligro’. Cualquiera de ellos puede servir de lema personal y te ayudará si te lo recuerdas en todo momento. No dejes de repetírtelo, reflexiona sobre él, y es muy posible que cometas menos errores o que dejes de cometerlos; pero lo más importante es que dediques más tiempo a leer las palabras de Dios y a comprender la verdad, a conocer tu naturaleza y a escapar de tu carácter corrupto; será entonces cuando estarás a salvo” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo buscando la verdad puede uno lograr un cambio en el carácter). Con las palabras de Dios entendí que me había corrompido Satanás, tenía una naturaleza arrogante y rebosaba inmundicia y corrupción. No tenía auténtica semejanza humana. Con esta experiencia me percaté de mi estatura real. Dejé de sobrevalorarme y de confiar demasiado en mí mismo. A su vez, me di cuenta de que, sea cual sea mi aptitud o habilidad, eso no significa que comprenda la verdad y haya entrado en ella. Aunque era capaz de enseñar algunas palabras de Dios, la mayoría eran doctrina. Me faltaba experiencia práctica y tenía muchos defectos. Debo recordar siempre las muchas faltas que aún tengo y tener una actitud de humilde búsqueda frente a la verdad. Debo reflexionar y conocerme más. Es el único modo de prevenir la arrogancia, el engreimiento y el amor propio. ¡Demos gracias a Dios!

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