El misterio de la encarnación (4)

Deberíais conocer la historia real detrás de la Biblia y su creación. Quienes no han aceptado la nueva obra de Dios no poseen este conocimiento. No lo saben. Si les explicaras claramente estas cuestiones esenciales, ellos no serían insistentes contigo en relación con la Biblia. Constantemente están indagando sobre lo que se ha profetizado: ¿ha llegado a ocurrir esta afirmación? ¿Ha sucedido la otra? Su aceptación del evangelio es acorde con la Biblia y predican el evangelio según la Biblia. Su creencia en Dios se basa en las palabras de la Biblia; sin la Biblia, no creerán en Dios. Así es como viven, sometiendo la Biblia a un escrutinio quisquilloso. Cuando vuelvan a escudriñar la Biblia y te pidan explicaciones, diles: “Primero, no verifiquemos cada afirmación, sino que miremos cómo obra el Espíritu Santo. Comparemos con la verdad para ver si la senda por la que transitamos es ciertamente la obra del Espíritu Santo, y usemos Su obra para comprobar si ese camino es correcto. En cuanto a si esta o aquella afirmación ha llegado a ocurrir como se predijo, nosotros, los humanos, no deberíamos inmiscuirnos. Es mejor que, en su lugar, hablemos de la obra del Espíritu Santo y de la obra más reciente que Dios ha estado llevando a cabo”. Las profecías en la Biblia son palabras de Dios transmitidas en aquel tiempo por los profetas y que escribieron personas a las que Dios usó, que recibieron revelaciones; solo Dios mismo puede explicar esas palabras, solo el Espíritu Santo puede revelar el sentido de ellas, y solo Dios mismo puede romper los siete sellos y abrir el rollo. Dices: “Tú no eres Dios y yo tampoco; así pues, ¿quién se atreve a explicar a la ligera las palabras de Dios? ¿Te atreves a explicar esas palabras? Aunque los profetas Jeremías, Juan y Elías vinieran, no se atreverían a intentarlo, porque ellos no son el Cordero. Solo el Cordero puede romper los siete sellos y abrir el rollo y nadie más puede explicar Sus palabras. Yo no me atrevo a usurpar el nombre de Dios, y, menos aún, a intentar explicar las palabras de Dios. Yo solo puedo ser alguien que se somete a Dios. ¿Eres tú Dios? Ninguno de los seres creados se atreve a abrir el rollo ni explicar esas palabras y, por tanto, yo no me atrevo a explicarlas tampoco. Será mejor que no intentes explicarlas. Ninguno de nosotros debe intentarlo. Hablemos de la obra del Espíritu Santo; esto es lo que el hombre puede hacer. Yo conozco un poco de la obra de Jehová y de Jesús, pero como no tengo experiencia personal en relación con esa obra, solo puedo hablar un poco de ella. En cuanto al significado de las palabras pronunciadas por Isaías o Jesús en su época, no daré explicación alguna. Yo no estudio la Biblia, sino que sigo la obra presente de Dios. Consideras la Biblia como el pequeño rollo, pero ¿acaso no es algo que solo puede abrir el Cordero? Además de Él, ¿quién más puede abrirlo? Tú no eres el Cordero, y yo me atrevo menos aún a declarar que soy Dios mismo, así que no analicemos la Biblia ni la sometamos a un escrutinio quisquilloso. Es mejor hablar sobre la obra realizada por el Espíritu Santo; es decir, la obra actual que lleva a cabo Dios mismo. Veamos cuáles son los principios a través de los cuales Dios obra y cuál es la esencia de Su obra, y utilicémoslos para verificar si la senda por la que transitamos hoy es correcta, y, de esta forma, asegurémonos de ello”. Si deseáis predicar el evangelio, en particular, a quienes están en el mundo religioso, debéis entender la Biblia y tener un firme entendimiento de la historia real detrás de la Biblia; de lo contrario, no habrá forma de que prediquéis el evangelio. Una vez que domines el panorama general y dejes de escudriñar las palabras muertas de la Biblia de una manera quisquillosa y solo hables de la obra de Dios y de la verdad-vida; entonces serás capaz de ganar a quienes buscan con un corazón sincero.

La obra de Jehová, las leyes que Él estableció y los principios por los cuales Él guio a las personas para que vivieran su vida, el contenido de la obra que Él llevó a cabo en la Era de la Ley, el significado de que Él estableciera Sus leyes, el significado de Su obra para la Era de la Gracia y la obra que Dios realiza en esta etapa final, esas son las cosas que debéis comprender. La primera etapa es la obra de la Era de la Ley, la segunda etapa es la obra de la Era de la Gracia y la tercera es la obra de los últimos días. Debéis entender claramente estas etapas de la obra de Dios. De principio a fin, hay tres etapas en total. ¿Cuál es la esencia de cada etapa de la obra? ¿Cuántas etapas se llevan a cabo en la obra del plan de gestión de seis mil años? ¿Cómo se llevan a cabo estas etapas, y por qué se realiza cada una a su manera? Todas estas preguntas son cruciales. La obra de cada era tiene un valor representativo. ¿Qué obra llevó a cabo Jehová? ¿Por qué la llevó a cabo de esa forma particular? ¿Por qué se le llamó Jehová? Una vez más, ¿qué obra llevó a cabo Jesús en la Era de la Gracia, y cómo la realizó? ¿Qué aspectos del carácter de Dios representa cada etapa de la obra y cada era? ¿Qué aspectos de Su carácter se expresaron en la Era de la Ley? ¿Y en la Era de la Gracia? ¿Y, después, en la era final? Estas cuestiones esenciales son las que debéis entender con claridad. La totalidad del carácter de Dios se ha revelado a lo largo del plan de gestión de seis mil años. No se ha revelado únicamente en la Era de la Gracia, ni únicamente en la Era de la Ley, y, menos aún, únicamente en este período de los últimos días. La obra realizada en los últimos días representa el juicio, la ira y el castigo. No puede reemplazar la obra de la Era de la Ley o la de la Era de la Gracia. Sin embargo, las tres etapas, que se interconectan, forman una sola entidad y son la obra de un solo Dios. Naturalmente, la ejecución de esta obra se divide en eras independientes. La obra realizada en los últimos días lo concluye todo; la obra que se llevó a cabo en la Era de la Ley fue la obra inicial, y la obra realizada en la Era de la Gracia fue la obra de redención. En cuanto a las visiones de la obra en todo este plan de gestión de seis mil años, nadie puede obtener percepción o entendimiento; Tales visiones siempre han sido enigmas. En los últimos días, solo la obra de la palabra se lleva a cabo para dar paso a la Era del Reino, pero no representa todas las eras. Los últimos días no son más que los últimos días y no más que la Era del Reino, y no representan la Era de la Gracia ni la Era de la Ley. Es solo que, durante los últimos días, la totalidad de la obra en el plan de gestión de seis mil años se os revela. Es la revelación del misterio. Este tipo de misterio es algo que ningún hombre puede desvelar. Por mucho entendimiento que el hombre tenga de la Biblia, se queda en las meras palabras, porque el hombre no entiende la esencia de la Biblia. Cuando el hombre lee la Biblia, puede comprender algunas verdades, explicar algunas palabras o someter algunos pasajes y capítulos famosos a intenso escrutinio, pero nunca podrá descifrar el significado contenido en esas palabras, porque todo lo que el hombre ve son palabras muertas, no las escenas de la obra de Jehová y de Jesús, y el hombre es incapaz de descifrar el misterio de esa obra. Por tanto, el misterio del plan de gestión de seis mil años es el más grande de los misterios, el más profundamente oculto y totalmente insondable para el hombre. Nadie puede entender directamente las intenciones de Dios, a no ser que Él mismo las explique y las revele al hombre, de lo contrario, estas cosas seguirán siendo por siempre acertijos, misterios que permanecen por siempre sellados para el hombre. Y ni hablar de los del mundo religioso; si no se os hubiese dicho hoy, tampoco lo habríais comprendido. Esta obra de seis mil años es más misteriosa que todas las profecías de los profetas. Es el mayor misterio desde la creación hasta el presente y ningún profeta a lo largo de las eras ha sido nunca capaz de desentrañarlo, porque este misterio solo se desvela en la era final y no se ha revelado nunca. Si podéis entender este misterio y sois capaces de comprenderlo en su totalidad, todas las personas religiosas serán conquistadas por este misterio. Solo esta es la mayor de las visiones; es lo que el hombre más profundamente anhela entender, pero también lo que le resulta más confuso. Cuando estabais en la Era de la Gracia, no sabíais en qué consistía la obra hecha por Jesús ni la realizada por Jehová. Las personas no entendían por qué Jehová estableció leyes, por qué pidió a la multitud que las obedeciera ni por qué debía edificarse el templo, y, menos aún, por qué fueron conducidos los israelitas desde Egipto hasta el desierto y, seguidamente, a Canaán. Recién hoy se han revelado estos asuntos.

La obra en los últimos días es la última etapa de las tres. Es la obra de otra nueva era y no representa toda la obra de gestión. El plan de gestión de seis mil años se divide en tres etapas de la obra. Ninguna etapa por sí sola puede representar la obra de las tres eras, sino solo una parte de un todo. El nombre “Jehová” no puede representar la totalidad del carácter de Dios. El hecho de que Él llevara a cabo Su obra en la Era de la Ley no demuestra que Dios solo pueda ser el Dios bajo la ley. Jehová estableció leyes para el hombre, le entregó mandamientos, y le pidió a este que edificase el templo y los altares; la obra que Él hizo solo representa la Era de la Ley. La obra que realizó no demuestra que Dios sea solo un Dios que pide al hombre guardar la ley, o que Él sea el Dios en el templo, o el Dios delante del altar. Decir esto sería falso. La obra realizada bajo la ley solo puede representar una era. Por tanto, si Dios solo hubiera llevado a cabo la obra en la Era de la Ley, el hombre delimitaría a Dios y diría: “Dios es el Dios en el templo, y, para servirle, debemos ponernos túnicas sacerdotales y entrar en el templo”. Si la obra de la Era de la Gracia nunca se hubiera llevado a cabo y la Era de la Ley hubiera continuado hasta el presente, el hombre no sabría que Dios también es misericordioso y amoroso. Si la obra en la Era de la Ley no se hubiera realizado y en vez de ello solo se hubiera llevado a cabo la obra en la Era de la Gracia, entonces todo lo que el hombre sabría es que Dios solo redime al hombre y que Dios perdona sus pecados. El hombre solo sabría que Él es santo e inocente, y que puede sacrificarse y ser crucificado en aras del hombre. El hombre solo sabría esto, pero no tendría entendimiento de nada más. Por tanto, cada era representa una parte del carácter de Dios. La Era de la Ley representa ciertos aspectos del carácter de Dios, igual que la Era de la Gracia y esta etapa actual; solo cuando las tres etapas se han integrado en un todo pueden revelar la totalidad del carácter de Dios. Solo cuando el hombre ha llegado a conocer las tres etapas puede comprenderlo plenamente. Ninguna de las tres etapas puede omitirse. Solo verás el carácter de Dios en su totalidad después de que llegues a conocer estas tres etapas de la obra. El hecho de que Dios haya completado Su obra en la Era de la Ley no demuestra que Él sea solamente el Dios bajo la ley, y el hecho de que Él haya completado Su obra de redención no significa que Dios vaya a redimir para siempre a la humanidad. Todas estas son delimitaciones que hace el hombre. Una vez que la Era de la Gracia ha llegado a su fin, no puedes decir que Dios es solo el Dios de la cruz y que la cruz por sí sola representa la salvación de Dios. Hacerlo sería delimitar a Dios. En la etapa actual, Él está llevando a cabo, principalmente, la obra de la palabra, pero no puedes decir que Dios nunca ha sido misericordioso con el hombre y que todo lo que ha traído es castigo y juicio. La obra en los últimos días pone al descubierto la obra de Jehová y la de Jesús, así como todos los misterios no entendidos por el hombre, con lo cual revela el destino y el desenlace de la especie humana y concluye toda la obra de salvación en medio de la humanidad. Esta etapa de la obra en los últimos días pone fin a todo. Todos los misterios que el hombre no comprende deben desvelarse para permitirle desentrañarlos y tener un entendimiento de todos ellos en su corazón. Solo entonces pueden las personas ser ordenadas según su clase. Solo después de que el plan de gestión de seis mil años se haya completado, llegará el hombre a entender el carácter de Dios en su totalidad, porque Su gestión habrá llegado entonces a su fin. Ahora que habéis experimentado la obra de Dios en la era final, ¿cuál es exactamente el carácter de Dios? ¿Te atreves a decir que Dios es el Dios que solo pronuncia palabras, y nada más? No te atreverías a llegar a delimitar así a Dios. Algunos dirían que Dios es el Dios que revela misterios, que Dios es el Cordero y quien rompe los siete sellos. Pero nadie se atreve a delimitar a Dios así. Otros podrían decir que Dios es la carne encarnada, pero esto seguiría siendo incorrecto. Otros más podrían decir que Dios encarnado solo pronuncia palabras y que no obra señales ni maravillas, pero tú te atreverías aún menos a hablar de esta forma, porque Jesús se hizo carne y obró señales y maravillas, así que no te atreverías a definir a Dios tan a la ligera. Toda la obra llevada a cabo a lo largo del plan de gestión de seis mil años ha llegado a su fin apenas ahora. Solo después de que toda esta obra le haya sido revelada al hombre y se haya llevado a cabo en medio de la humanidad, esta conocerá la totalidad del carácter de Dios y lo que Él tiene y es. Cuando la obra de esta etapa se haya completado plenamente, todos los misterios no entendidos por el hombre se habrán revelado, todas las verdades no entendidas anteriormente habrán quedado claras, y se le habrá comunicado a la raza humana su senda y su destino futuros. Esta es la totalidad de la obra que debe realizarse en la etapa actual. Aunque la senda que el hombre recorre hoy es también la senda de la cruz y del sufrimiento, lo que el hombre hoy practica y lo que come, bebe y disfruta es muy distinto a lo del hombre bajo la ley y en la Era de la Gracia. Lo que se le pide al hombre hoy es diferente de lo que se le pidió en el pasado y más diferente aún de lo que se le requería en la Era de la Ley. Ahora bien, ¿qué se le pedía al hombre bajo la ley cuando Dios llevaba a cabo Su obra en Israel? Tan solo que guardara el Sabbat y las leyes de Jehová. Nadie debía trabajar en el Sabbat ni transgredir las leyes de Jehová. Pero ahora no es así. En el Sabbat, el hombre trabaja, se reúne y ora como de costumbre y no se le imponen limitaciones. Quienes vivían en la Era de la Gracia debían ser bautizados y, además, se les pedía que ayunaran, partieran el pan, bebieran vino, se cubrieran la cabeza y les lavaran los pies a otros. Ahora, estos preceptos se han abolido, pero se le han impuesto al hombre unas exigencias más elevadas, porque la obra de Dios cada vez es más profunda y la entrada del hombre llega cada vez más alto. En el pasado, Jesús imponía Sus manos sobre la persona y oraba, pero ahora que se ha dicho todo, ¿de qué sirve la imposición de manos? Las palabras pueden lograr resultados por sí solas. Cuando, en el pasado, Él imponía las manos sobre las personas, lo hacía para bendecirlas y también para curarlas de sus enfermedades. Así es como obraba el Espíritu Santo en aquel entonces, pero ahora no es así. Actualmente, el Espíritu Santo utiliza palabras para obrar y obtener resultados. Sus palabras os han quedado claras y deberíais ponerlas en práctica, tal y como se os ha dicho que hagáis. Sus palabras son Sus intenciones; son la obra que Él desea llevar a cabo. Por medio de Sus palabras, entenderás Sus intenciones y lo que Él te pide que logres, y simplemente puedes poner Sus palabras en práctica de manera directa, sin necesidad de la imposición de manos. Algunos pueden decir: “¡Impón Tus manos sobre mí! Impón Tus manos sobre mí de forma que pueda recibir Tu bendición y de modo que pueda participar de Ti”. Esta es una práctica del pasado que ahora está obsoleta porque la era ha cambiado. El Espíritu Santo obra de acuerdo con la era, no al azar ni aplicando preceptos. La era ha cambiado, y una nueva era necesariamente trae consigo obra nueva. Esto es así en cada etapa de la obra, y, así, Su obra nunca se repite. En la Era de la Gracia, Jesús llevó a cabo mucho de ese tipo de obra, como curar enfermedades, expulsar demonios, imponer Sus manos sobre el hombre para orar por él y bendecirlo. Sin embargo, hacerlo nuevamente no respondería a ningún propósito en el presente. El Espíritu Santo obraba de esa forma en ese momento, porque era la Era de la Gracia, y había suficiente gracia para que el hombre disfrutara de ella. Este no tenía que pagar ningún precio y recibiría la gracia mientras creyera. Todos recibían un trato muy benevolente. Ahora, la era ha cambiado, y la obra de Dios ha progresado más; a través de Su castigo y Su juicio, la rebeldía del hombre y las cosas inmundas en su interior se desecharán. Como era la etapa de la redención, Dios tenía que obrar de esa manera, mostrando al hombre suficiente gracia que disfrutar, de forma que el hombre pudiera ser redimido del pecado. Por medio de Su gracia, Él le perdonó sus pecados al hombre. La etapa actual tiene como objetivo exponer las cosas injustas dentro del hombre por medio del castigo, el juicio, el golpe de las palabras, la disciplina y la exposición de las mismas, de modo que la humanidad pueda ser salva después. Esta obra es más profunda que la redención. La gracia que había en la Era de la Gracia era suficiente para el disfrute del hombre; ahora que ya la ha experimentado, ya no habrá de disfrutar más de ella. Esa obra ha quedado obsoleta y ya no se hará más. Ahora, el hombre ha de ser salvado por medio del juicio de la palabra. Después de que el hombre es juzgado, castigado y refinado, su carácter, por ende, cambia. ¿No se debe todo esto a las palabras que he hablado? Cada etapa de la obra se lleva a cabo de acuerdo con el progreso de toda la raza humana y de acuerdo con la era. La obra es totalmente significativa; todo se lleva a cabo en aras de la salvación final para que la especie humana pueda tener un buen destino en el futuro y para que al final las personas sean ordenadas según su clase.

La obra de los últimos días consiste en pronunciar palabras. A través de las palabras se pueden llevar a cabo grandes cambios en el hombre. Los cambios efectuados ahora en estas personas a partir de su aceptación de estas palabras son mucho mayores que los llevados a cabo en las personas a partir de la aceptación de las señales y maravillas en la Era de la Gracia. Porque, en la Era de la Gracia, los demonios eran expulsados fuera del hombre con la imposición de manos y la oración, pero las actitudes corruptas dentro del hombre aún permanecían. El hombre fue curado de su enfermedad y se le perdonaron sus pecados, pero en lo que se refiere a cómo el hombre podría desechar las actitudes satánicas corruptas que había en su interior, esa obra todavía no se había realizado en él. El hombre solo fue salvo y se le perdonaron sus pecados por su fe, pero su naturaleza pecaminosa no fue eliminada y aún permaneció en él. Los pecados del hombre fueron perdonados a través de la encarnación de Dios, pero eso no significó que el hombre ya no tuviera pecado en su interior. Los pecados del hombre podían ser perdonados por medio de la ofrenda por el pecado, pero en lo que se refiere a cómo puede lograrse que el hombre no peque más, cómo pueden desecharse por completo sus actitudes corruptas y su naturaleza pecaminosa y cómo se puede cambiar en cierta medida su carácter-vida, él no tiene forma de resolver este problema. Los pecados del hombre han sido perdonados y esto se debe a la obra de la crucifixión de Dios, pero el hombre sigue viviendo en sus viejas actitudes satánicas corruptas. Así pues, el hombre debe ser completamente salvado de sus actitudes satánicas corruptas, su naturaleza pecaminosa debe ser completamente desechada y no desarrollarse nunca más, así como su carácter debe experimentar una transformación. Esto requiere que el hombre entienda la senda del crecimiento en la vida, el camino de la vida, y el camino del cambio de su carácter. También requiere que el hombre practique de acuerdo con esa senda, de forma que su carácter pueda ser cambiado gradualmente y él pueda vivir bajo el brillo de la luz, de tal modo que todo lo que haga pueda ser conforme a las intenciones de Dios, para que el hombre pueda despojarse de sus actitudes satánicas corruptas y liberarse de la influencia de las tinieblas de Satanás, emergiendo así totalmente del pecado. Solo entonces habrá recibido el hombre la salvación completa. En la época en la que Jesús estaba llevando a cabo Su obra, el conocimiento que el hombre tenía de Él seguía siendo vago y poco claro. El hombre siempre creyó que Él era el hijo de David y dijo que era un gran profeta y el Señor bondadoso que redimía los pecados del hombre. Algunos, por la fuerza de su fe, fueron sanados simplemente al tocar el borde de Su manto; los ciegos pudieron ver e incluso los muertos pudieron ser devueltos a la vida. Sin embargo, el hombre fue incapaz de descubrir las actitudes satánicas corruptas profundamente arraigadas en su interior y tampoco sabía cómo desecharlas. El hombre recibió mucha gracia, como la paz y la felicidad de la carne, bendiciones sobre toda la familia por la fe de uno solo de sus miembros, la curación de las enfermedades, etc. El resto fueron las buenas obras del hombre y su apariencia piadosa; si alguien podía vivir con base en eso, se le consideraba un creyente acorde al estándar. Solo ese tipo de creyentes podían entrar en el cielo tras su muerte, lo que significaba que eran salvos. Pero durante su vida, estas personas no entendieron en absoluto el camino de la vida. Simplemente cometían pecados y después los confesaban, en un ciclo constante sin una senda para cambiar su carácter: esa era la condición del hombre en la Era de la Gracia. ¿Ha recibido el hombre la salvación completa? ¡No! Por tanto, después de completarse esa etapa de la obra, aún quedaba la obra de juicio y castigo. Esta etapa tiene como objetivo purificar al hombre por medio de la palabra y, así, darle una senda que seguir. Esta etapa no sería fructífera ni tendría sentido si continuase con la expulsión de demonios, porque la naturaleza pecaminosa del hombre no sería extirpada y el hombre se detendría en el perdón de los pecados. A través de la ofrenda por el pecado, al hombre se le han perdonado sus pecados, porque la obra de la crucifixión ya ha llegado a su fin y Dios ha vencido a Satanás. Pero las actitudes corruptas del hombre siguen en él y este todavía puede pecar y resistirse a Dios y Dios no ha ganado a la especie humana. Esa es la razón por la que en esta etapa de la obra Dios usa la palabra para desenmascarar las actitudes corruptas del hombre y hacerle practicar según la senda apropiada. La obra de esta etapa es más significativa que la anterior y también más fructífera, porque ahora la palabra es la que provee directamente a la vida del hombre y permite que su carácter sea completamente renovado; es una etapa de obra mucho más exhaustiva. Así pues, la encarnación en los últimos días ha completado el sentido de la encarnación de Dios y ha finalizado plenamente el plan de gestión de Dios para la salvación del hombre.

La salvación del hombre por parte de Dios no se lleva a cabo directamente por medio del Espíritu y con la identidad del Espíritu, porque el hombre no puede ni tocar ni ver Su Espíritu, ni tampoco acercarse a Él. Si Él tratara de salvar al hombre directamente como el Espíritu, el hombre sería incapaz de recibir Su salvación. Si Dios no se hubiera vestido con la forma externa de un ser humano creado, no habría forma de que el hombre recibiera esta salvación, pues el hombre de ninguna manera tiene forma de acercarse a Él, igual que nadie podía acercarse a la nube de Jehová. Solo volviéndose un ser humano creado, es decir, solo poniendo Su Palabra en la carne en la que está a punto de convertirse, puede Él obrar personalmente la Palabra en todos los que lo siguen. Solo entonces puede el hombre oír y ver personalmente Su Palabra y también ganar Su Palabra y, por este medio, llegar a ser totalmente salvo. Si Dios no se hubiera hecho carne, nadie de carne y hueso podría recibir una salvación tan grande ni se salvaría una sola persona. Si el Espíritu de Dios obrara directamente en medio de la humanidad, la humanidad entera sería derribada o, sin una forma de entrar en contacto con Dios, Satanás la tomaría totalmente cautiva. La primera encarnación fue para redimir al hombre del pecado; para redimirlo por medio de la carne de Jesús; es decir, Él salvó al hombre de la cruz, pero las actitudes corruptas satánicas todavía permanecían en el hombre. La segunda encarnación ya no tiene como propósito servir como ofrenda por el pecado, sino, más bien, salvar por completo a los que fueron redimidos del pecado. Esto se hace de tal forma que aquellos cuyos pecados han sido perdonados puedan ser liberados del pecado y purificados completamente, y logren un cambio de carácter, y así sean liberados de la influencia de la oscuridad de Satanás y regresen delante del trono de Dios. Solo así puede el hombre ser plenamente santificado. Después de que la Era de la Ley llegó a su fin y al comenzar la Era de la Gracia, Dios comenzó la obra de salvación, la cual continúa en los últimos días, cuando Dios realiza la obra de juzgar y castigar a la raza humana por su rebeldía, de modo que purificarán completamente a la especie humana. Solo después de esto Dios concluirá Su obra de salvación y entrará en el reposo. Por tanto, en las tres etapas de la obra, Dios solo se ha hecho carne dos veces para llevar a cabo Él mismo Su obra entre los hombres. Esto se debe a que solo una de las tres etapas de la obra consiste en guiar a las personas sobre cómo debe llevar su vida, mientras que, las otras dos, consisten en la obra de salvación. Solo haciéndose carne puede Dios vivir junto al hombre, experimentar el sufrimiento del mundo, y vivir en un cuerpo normal de carne. Solo de esta forma puede proveer a las personas de la Palabra práctica que necesitan como seres creados. El hombre recibe la salvación plena de Dios a través de la encarnación de Dios, no directamente del cielo en respuesta a sus oraciones. El hombre es de carne y hueso, no tiene forma de ver al Espíritu de Dios y, mucho menos, de acercarse a Su Espíritu, así que lo único con lo que puede entrar en contacto es con la carne encarnada de Dios. Solo a través de esto es el hombre capaz de entender toda la Palabra y todas las verdades y recibir la salvación plena. La segunda encarnación es suficiente para librar al hombre de sus pecados y purificarlo plenamente. Por tanto, con la segunda encarnación se pondrá fin a la totalidad de la obra de Dios en la carne y se completará el sentido de la encarnación de Dios. A partir de ahí, la obra de Dios en la carne habrá llegado plenamente a su fin. Después de la segunda encarnación, Él no se hará carne una tercera vez para Su obra. Ya que toda Su gestión habrá llegado a su fin, la encarnación de los últimos días habrá ganado totalmente a las personas que ha seleccionado y, en los últimos días, la especie humana habrá sido ordenada según su tipo. Él ya no hará más la obra de salvación ni regresará a la carne para llevar a cabo obra alguna. En la obra de los últimos días, el poder de la palabra es mayor que el de la manifestación de señales y maravillas, y la autoridad de la palabra sobrepasa la de las señales y las maravillas. La palabra expone todas las actitudes corruptas enterradas en lo profundo del corazón del hombre. No tienes forma de descubrirlas por ti mismo. Cuando sean expuestas por medio de la palabra, llegarás a descubrirlas de forma natural; tendrás que concederles tu reconocimiento, y estarás totalmente convencido. ¿No es esta la autoridad de la palabra? Este es el resultado alcanzado por la obra actual de la palabra. Por tanto, el hombre no puede salvarse totalmente de sus pecados por medio de la curación de la enfermedad y la expulsión de los demonios, y no puede ser hecho totalmente completo por medio de la manifestación de señales y maravillas. La autoridad para sanar enfermedades y expulsar demonios solo le otorga gracia al hombre, pero la carne del hombre sigue siendo propia de Satanás y de las actitudes satánicas corruptas todavía permanecen dentro del hombre. En otras palabras, el hombre que no se ha purificado sigue perteneciendo al pecado y la inmundicia. Solo después de que el hombre haya sido purificado por medio de la palabra podrá ser ganado por Dios y ser santificado. Cuando expulsaron a los demonios del hombre y lo redimieron, esto solo significó que él fue arrebatado de las manos de Satanás y devuelto a Dios. Sin embargo, el hombre todavía no ha sido purificado ni cambiado por Dios y sigue siendo corrupto. Dentro del hombre todavía existen la inmundicia, la resistencia y la rebeldía; el hombre solo ha vuelto a Dios por medio de Su redención, pero no tiene el más mínimo conocimiento de Él y todavía es capaz de resistirse a Él y traicionarle. Antes de que el hombre fuera redimido, muchos de los venenos de Satanás ya habían sido plantados en su interior, y, después de miles de años de ser corrompido por Satanás, el hombre ya tiene dentro de sí una naturaleza que se resiste a Dios. Por tanto, cuando se redimió al hombre, no se trataba más que de un caso de redención. Es decir, se compró al hombre a un alto precio, pero la naturaleza venenosa en su interior no se eliminó. El hombre que es tan inmundo debe pasar por un cambio antes de volverse digno de servir a Dios. Por medio de esta obra de juicio y castigo, el hombre llegará a conocer plenamente la esencia inmunda y corrupta de su interior, y podrá cambiar completamente y ser purificado. Solo así, el hombre puede ser digno de regresar delante del trono de Dios. Toda la obra actual se realiza con el fin de que el hombre pueda ser purificado y cambiado; es para que el hombre deseche su corrupción y sea purificado por medio del juicio y el castigo de la palabra, así como del refinamiento. En lugar de considerar que esta etapa de la obra es la de la salvación, sería más apropiado decir que es la obra de purificación. En verdad, esta etapa es también la obra de conquista, así como la segunda etapa en la obra de salvación. Es por medio del juicio y el castigo por la palabra como Dios gana al hombre, y es por medio del refinamiento, el juicio y el desenmascaramiento por la palabra que todas las impurezas, las nociones, los motivos y las esperanzas personales dentro del corazón del hombre se revelan completamente. Aunque el hombre haya sido redimido y perdonado de sus pecados, esto solo puede considerarse que Dios no recuerda sus transgresiones y no lo trata de acuerdo con estas. Sin embargo, el hombre vive en la carne sin liberarse del pecado y solo puede continuar pecando, revelando interminablemente sus actitudes satánicas corruptas. Esta es la vida que lleva el hombre, un ciclo sin fin de pecar y ser perdonado. La mayor parte de las personas peca de día y confiesa de noche. Y por tanto, aunque la ofrenda por el pecado siempre es efectiva para el hombre, no puede salvarlo del pecado. Solo se ha completado la mitad de la obra de salvación, porque el hombre sigue teniendo actitudes corruptas. Por ejemplo, cuando las personas se enteraron de que descendían de Moab, se quejaron, dejaron de buscar la vida, y se volvieron totalmente negativas. ¿No muestra esto que el hombre sigue siendo incapaz de someterse plenamente al dominio de Dios? ¿Acaso no son estas precisamente las actitudes satánicas corruptas del hombre? Cuando no estabas siendo sometido al castigo, levantabas tu mano más alto que todas las demás, incluidas las de Jesús. Y clamabas en voz alta: “¡Seamos un hijo amado de Dios! ¡Seamos un íntimo de Dios! ¡Mejor sería morir antes que inclinarnos ante Satanás! ¡Nos rebelamos contra el viejo Satanás! ¡Nos rebelamos contra el gran dragón rojo! ¡Que el gran dragón rojo caiga del poder de una vez! ¡Que Dios nos haga completos!”. Gritaste más fuerte que todos los demás. Pero entonces llegó el tiempo del castigo y, una vez más, se revelaron tus actitudes corruptas. Tus gritos cesaron y perdiste la determinación. Esta es la corrupción del hombre; es algo más profundo que el pecado; algo plantado por Satanás y profundamente arraigado dentro del hombre. No resulta fácil para el hombre ser consciente de sus pecados y no tiene forma de reconocer su propia naturaleza profundamente arraigada. Solo se puede lograr este resultado por medio del juicio de la palabra. Solo así puede el hombre ser transformado gradualmente a partir de ese momento. El hombre gritaba así en el pasado, porque no tenía entendimiento de sus actitudes corruptas. Estas son las impurezas que hay dentro del hombre. A lo largo de un período de juicio y castigo tan prolongado, el hombre vivía en una atmósfera de tensión. ¿No se consiguió todo esto por medio de la palabra? ¿No clamaste tú también en voz muy alta, antes de la prueba de los servidores? “¡Hemos entrado en el reino! ¡Todos los que acepten este nombre han entrado en el reino! ¡Todos han participado de Dios!”. Cuando vino la prueba de los servidores, tú no clamaste más. Al principio, todos gritaron: “¡Oh, Dios! Allí donde me pongas, me someteré a Tus orquestaciones”. Al leer las palabras de Dios, “¿Quién será Mi Pablo?”, la gente dijo: “¡Yo estoy dispuesto a serlo!”. Después vieron las palabras: “¿Cómo era la fe de Job?” y dijeron: “Yo estoy dispuesto a poseer la fe de Job. ¡Dios, por favor, ponme a prueba!”. Cuando vino la prueba de los servidores, se vinieron abajo inmediatamente, y apenas pudieron levantarse de nuevo. Después de eso, disminuyeron poco a poco las impurezas en su corazón. ¿Acaso no se logró esto a través de la palabra? Por tanto, lo que habéis experimentado hoy son los resultados logrados a través de la palabra, incluso mayores que los conseguidos mediante las señales y las maravillas obradas por Jesús. La gloria de Dios y la autoridad de Dios mismo que tú ves no son vistas solo a través de la crucifixión, la curación de la enfermedad y la expulsión de los demonios, sino, mucho más, por medio del juicio de Su palabra. Esto te demuestra que la autoridad y el poder de Dios no consisten únicamente en obrar señales, curar la enfermedad y expulsar a los demonios, sino que el juicio de la palabra de Dios es capaz de representar mejor la autoridad de Dios y revelar Su omnipotencia.

Lo que el hombre ha conseguido ahora —su estatura actual, su conocimiento, su amor, su lealtad, su sumisión y su perspicacia— es el resultado alcanzado a través del juicio de la palabra. Que seas capaz de tener lealtad y permanecer firme hasta este día se consigue a través de la palabra. Ahora el hombre ve que la obra de Dios encarnado es, ciertamente, extraordinaria, y que hay mucho en ella que el hombre no puede lograr y que son misterios y maravillas. Por tanto, muchos se han sometido. Algunos nunca se han sometido a ningún hombre desde el día de su nacimiento, pero cuando ven las palabras de Dios hoy, se someten totalmente sin darse cuenta de que lo han hecho y no se atreven a examinar o a decir nada más. La humanidad ha caído bajo la palabra y yace postrada bajo el juicio de la misma. Si el Espíritu de Dios le hablara directamente al hombre, la especie humana entera se sometería a la voz, postrándose sin que Dios necesitara dejar en evidencia al hombre con Sus palabras, como cuando Pablo cayó al suelo en medio de la luz de camino a Damasco. Si Dios continuara obrando de esta forma, el hombre nunca sería capaz de llegar a conocer su propia corrupción a través del juicio de la palabra y, así, alcanzar la salvación. Solo haciéndose carne puede Dios transmitir personalmente Sus palabras a los oídos de todos los seres humanos, de forma que todos los que tengan oídos puedan oír Sus palabras y aceptar Su obra de juicio por la palabra. Este es el resultado verdadero logrado mediante Su palabra, no que el Espíritu se manifieste para abrumar al hombre con miedo. Solo a través de esta obra práctica, pero extraordinaria, pueden las antiguas actitudes del hombre, escondidas profundamente en su interior durante muchos años, ser dejadas en evidencia plenamente de forma que el hombre pueda reconocerlas y experimentar un cambio. Todas estas cosas constituyen la obra práctica de Dios encarnado, en la que Él habla y ejecuta el juicio de una manera totalmente práctica, y entonces consigue los resultados del juicio sobre el hombre por la palabra. Esta es la autoridad de Dios encarnado y el sentido de Su encarnación. Se lleva a cabo para revelar la autoridad de Dios encarnado, los resultados obtenidos por la obra de la palabra y que el Espíritu ha venido en la carne; además, demuestra Su autoridad a través de juzgar al hombre por medio de la palabra. Aunque Su carne es la forma externa de una humanidad común y normal, los resultados conseguidos por Sus palabras muestran al hombre que Él está lleno de autoridad, que es Dios mismo y que Sus palabras son la expresión de Dios mismo. Por medio de esto, se muestra a toda la humanidad que Él es Dios mismo, que es Dios mismo hecho carne, que nadie puede cometer una ofensa contra Él ni superar Su juicio por medio de la palabra, así como que ninguna fuerza de la oscuridad puede prevalecer sobre Su autoridad. La sumisión del hombre a Él se debe por entero a que Él es la Palabra hecha carne, todo se debe a Su autoridad y a Su juicio por medio de la palabra. La obra traída por Su carne encarnada es la autoridad que Él posee. La razón por la que Él se hace carne es que la carne también puede poseer autoridad, y Él es capaz de llevar a cabo la obra entre los hombres de una manera práctica, de modo que sea visible y tangible para el hombre. Esta obra es mucho más práctica que la realizada directamente por el Espíritu de Dios, quien posee toda la autoridad, y sus resultados también son evidentes. Esto se debe a que la carne encarnada de Dios puede hablar y obrar de una forma práctica. La forma externa de Su carne no tiene autoridad y los hombres pueden acercarse a ella, mientras que Su esencia conlleva autoridad, pero esta no es visible para nadie. Cuando Él habla y obra, el hombre es incapaz de detectar la existencia de Su autoridad; esto le facilita llevar a cabo Su obra práctica. Toda esta obra práctica puede producir resultados. Aunque ningún hombre es consciente de que Él tiene autoridad ni ve que ninguna ofensa puede ser cometida contra Él ni ve Su ira, Él alcanza los resultados deseados de Sus palabras a través de Su autoridad velada, de Su ira oculta y de las palabras que Él pronuncia abiertamente. Dicho de otra forma, el hombre se convence plenamente por medio de Su tono de voz, de la severidad de Su discurso y de toda la sabiduría de Sus palabras. De esta forma, el hombre se somete a la palabra de Dios encarnado, quien, aparentemente, no tiene autoridad, con lo cual se cumple el objetivo de Dios de salvar al hombre. Este es otro aspecto del sentido de Su encarnación: para hablar de forma más práctica para permitir que la realidad de Sus palabras logre sus resultados en el hombre y permitir al hombre presenciar el poder de la palabra de Dios. Así pues, si esta obra no se hubiera hecho por medio de la encarnación, no habría obtenido los más mínimos resultados y no habría sido capaz de salvar por completo a las personas pecadoras. Si Dios no se hiciera carne, se quedaría como el Espíritu invisible e inaccesible para el hombre. El hombre es una criatura de carne, y él y Dios pertenecen a dos mundos diferentes y poseen distinta naturaleza. El Espíritu de Dios es incompatible con el hombre, quien es de carne, y sencillamente no hay forma de establecer relaciones entre ellos; el hombre, entretanto, es incapaz de volverse espíritu. Así pues, el Espíritu de Dios debe convertirse en un ser creado para llevar a cabo Su obra original. Dios puede tanto ascender al lugar más elevado como humillarse para convertirse en un ser humano creado, obrando y viviendo entre la humanidad, pero el hombre no puede ascender hasta el lugar más elevado y volverse un espíritu, y, mucho menos, descender hasta el lugar más bajo. Por esta razón Dios debe hacerse carne para llevar a cabo Su obra. Al igual que, durante la primera encarnación, solo la carne de Dios encarnado podía redimir al hombre a través de Su crucifixión, mientras que no habría habido forma de que el Espíritu de Dios fuera crucificado como una ofrenda por el pecado para el hombre. Dios podía hacerse carne directamente para servir como una ofrenda por el pecado para el hombre, pero este no podía ascender directamente al cielo para tomar la ofrenda por el pecado que Dios había preparado para él. Así pues, lo único posible sería pedirle a Dios que fuera y viniera unas cuantas veces entre el cielo y la tierra, y no hacer que el hombre asciendera al cielo para tomar esta salvación, porque el hombre había caído y, además, simplemente no podía ascender al cielo, y, mucho menos, obtener la ofrenda por el pecado. Por tanto, era necesario que Jesús viniera entre la humanidad y realizara personalmente la obra que el hombre simplemente no podía llevar a cabo. Cada vez que Dios se hace carne, es por absoluta necesidad. Si el Espíritu de Dios hubiera podido llevar a cabo directamente cualquiera de las etapas, no se habría sometido a las quejas y la indignidad que vinieron con estar encarnado.

En esta etapa final de la obra, los resultados se logran a través de la palabra. A través de la palabra, el hombre llega a entender muchos misterios y la obra que Dios ha llevado a cabo a lo largo de generaciones pasadas; a través de la palabra, el Espíritu Santo esclarece al hombre; a través de la palabra, el hombre llega a entender los misterios nunca antes desvelados por las generaciones pasadas, así como la obra de los profetas y apóstoles de tiempos pasados, y los principios por los que obraron; a través de la palabra, el hombre también llega a comprender el carácter de Dios mismo, llega a enterarse de la rebeldía y la resistencia del hombre, y llega a conocer su propia esencia. A través de estos pasos de la obra y de todas las palabras pronunciadas, el hombre llega a conocer la obra del Espíritu, la obra que lleva a cabo la carne encarnada de Dios, y, aún más, la totalidad de Su carácter. Tu conocimiento de la obra de gestión de Dios a lo largo de seis mil años también lo obtuviste a través de la palabra. ¿No obtuviste también a través de la palabra el conocimiento de tus antiguas nociones y tu éxito al hacerlas a un lado? En la etapa anterior, Jesús obró señales y maravillas, pero no hay ni señales ni maravillas en esta etapa. ¿No obtuviste también a través de la palabra tu entendimiento de por qué Dios no revela señales y maravillas? Por tanto, las palabras pronunciadas en esta etapa sobrepasan la obra realizada por los apóstoles y los profetas de generaciones pasadas. Ni siquiera las profecías hechas por los profetas podrían haber conseguido este resultado. Los profetas solo hicieron profecías, hablaron de lo que acontecería en el futuro, pero no de la obra que Dios deseaba hacer en ese momento. Tampoco hablaron para guiar a la especie humana en su vida o para concederle verdades a esta o para revelarle misterios, y, mucho menos, para otorgar vida. En las palabras pronunciadas en esta etapa hay profecía y verdad, pero las mismas sirven principalmente para otorgarle vida al hombre. En el presente, las palabras son diferentes a las profecías de los profetas. Esta es una etapa de la obra y se lleva a cabo en aras de la vida del hombre, para cambiar su carácter-vida y no en aras de hablar profecías. La primera etapa fue la obra de Jehová: Su obra consistió en preparar una senda para que el hombre adorara a Dios en la tierra. Fue la obra de inicio y tenía la intención de encontrar un lugar de origen en la tierra para la obra. En aquella época, Jehová enseñó a los israelitas a observar el Sabbat, honrar a sus padres y vivir pacíficamente los unos con los otros. Esto se debió a que las personas de esa época no entendían qué constituía al hombre ni cómo vivir en la tierra. Era necesario que, en la primera etapa de la obra, Él guiara a la humanidad sobre cómo llevar su vida. La especie humana no había conocido ni poseído previamente todo lo que Jehová le dijo a los israelitas. En aquella época, Dios levantó a muchos profetas para que hablaran profecías, y todos lo hicieron así bajo la guía de Jehová. Esto era, simplemente, un elemento en la obra de Dios. En la primera etapa, Dios no se hizo carne, por lo que instruyó a todas las tribus y naciones por medio de los profetas. Cuando Jesús llevó a cabo obra en Su época, no habló tanto como en el presente. Esta etapa de la obra de la palabra en los últimos días nunca se ha hecho antes en eras y generaciones pasadas. Aunque Isaías, Daniel y Juan pronunciaron muchas profecías, estas fueron totalmente diferentes a las palabras habladas ahora. Lo que ellos pronunciaron fueron solo profecías, pero las palabras actuales no lo son. Si Yo convirtiera en profecías todo lo que digo ahora, ¿seríais capaces de entender? Suponiendo que aquello de lo que hablé tratara sobre asuntos posteriores a mi marcha, ¿cómo podríais entonces obtener entendimiento? La obra de la palabra nunca se llevó a cabo en la época de Jesús ni en la Era de la Ley. Quizás algunos dirán: “¿No pronunció palabras Jehová también en la época de Su obra? Además de curar enfermedades, expulsar demonios y obrar señales y maravillas, ¿no pronunció Jesús también palabras en ese tiempo en el que estaba obrando?”. Existen diferencias entre lo que se dijo. ¿Cuál fue la esencia de las palabras pronunciadas por Jehová? Él solo estaba guiando a la humanidad sobre cómo llevar su vida en la tierra, sin involucrarse en los asuntos espirituales de la vida. ¿Por qué se dice que, cuando Jehová habló, fue para instruir a las personas de todas partes? La palabra “instruir” significa decir explícitamente y ordenar directamente. Él no proveyó de vida al hombre; más bien, lo tomó simplemente de la mano y le enseñó cómo temerlo, casi sin usar parábolas. La obra que Jehová llevó a cabo en Israel no tenía como objetivo podar al hombre ni disciplinarlo ni implementar el juicio y el castigo; era guiarlo. Jehová le ordenó a Moisés que dijese a Su pueblo que recogiera maná en el desierto. Cada mañana antes del amanecer, debían recoger maná, únicamente lo suficiente para comer ese día. El maná no podía guardarse para el día siguiente, porque enmohecería. Él no daba sermones a las personas ni exponía su naturaleza, y tampoco sus ideas y sus pensamientos. No cambiaba a la gente, sino que la guiaba sobre cómo llevar su vida. En esa época, las personas eran como unos niños; no entendían nada y solo podían realizar algunos movimientos mecánicos básicos; por ello, Jehová solo decretó leyes para guiar a las multitudes.

Con el fin de difundir el trabajo evangélico para que todos aquellos que busquen con un corazón sincero puedan obtener conocimiento de la obra realizada en el presente y se convenzan plenamente, debes entender la historia real, la esencia y la relevancia de la obra realizada en cada etapa. Hazlo de tal forma que, al escuchar lo que compartas, otros puedan entender la obra de Jehová, la obra de Jesús y, más aún, toda la obra de Dios actual, así como las conexiones y las diferencias entre las tres etapas de la obra. Hazlo de modo que, después de que terminen de escuchar, otros vean que ninguna de las tres etapas trastorna a las demás, sino que todas son obra del mismo Espíritu y, aunque Ellos obran en eras diferentes, el contenido de Su obra es diferente y las palabras que Ellos dicen son diferentes, los principios por los que obran son los mismos. Estas cosas son las visiones más grandes que todas las personas que siguen a Dios deben entender.

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