Palabras diarias de Dios | Fragmento 191 | "La obra y la entrada (4)"

Palabras diarias de Dios | Fragmento 191 | "La obra y la entrada (4)"

189 |26 Jul 2020

Dios está encarnado en el continente chino, lo que los compatriotas de Hong Kong y Taiwán llaman el interior. Cuando Dios descendió de lo alto a la tierra, nadie lo supo en el cielo ni aquí abajo, porque este es el verdadero significado de que Dios regrese de un modo oculto. Durante largo tiempo ha estado obrando en la carne y viviendo, aunque nadie se ha enterado. Incluso hasta el día de hoy, nadie lo reconoce. Tal vez seguirá siendo un enigma eterno. Esta vez, la venida de Dios en carne no es algo de lo que cualquiera pueda ser consciente. Independientemente de que la obra del Espíritu sea a gran escala y poderosa, Dios siempre mantiene la compostura, sin delatarse nunca. Se puede decir que es como si esta etapa de Su obra se está llevando a cabo en el ámbito celestial. Aunque sea algo perfectamente obvio para todos, nadie lo reconoce. Cuando Dios acabe esta etapa de Su obra, todos despertarán de su largo sueño y revertirán su actitud del pasado. Recuerdo que Dios dijo una vez: “Venir esta vez a la carne es como caer en la guarida del tigre”. Lo que esto significa es que, al ocurrir que en esta ronda de la obra de Dios Él haya venido en carne y haya nacido en la morada del gran dragón rojo, Su venida a la tierra esta vez está acompañada por peligros extremos. Se enfrenta a cuchillos, pistolas y porras; a la tentación; a multitudes con miradas asesinas. Se arriesga a que lo maten en cualquier momento. Dios vino con ira. Sin embargo, vino para realizar la obra de perfección, con la intención de llevar a cabo la segunda parte de Su obra que sigue después de la obra redentora. Por el bien de esta etapa de Su obra, Dios ha dedicado Su mayor pensamiento y cuidado, y está usando todos los medios concebibles para evitar los asaltos de la tentación, ocultándose con humildad y sin alardear jamás de Su identidad. Al rescatar al hombre de la cruz, Jesús sólo estaba cumpliendo la obra de redención; no estaba realizando la obra de perfección. Así, sólo se estaba llevando a cabo la mitad de la obra de Dios, y acabar la obra redentora sólo fue la mitad de la totalidad de Su plan. Cuando la nueva era estaba a punto de empezar y la vieja se desvanecía, Dios Padre empezó a reflexionar sobre la segunda parte de Su obra y a prepararse para ella. En el pasado, esta encarnación de los últimos días puede no haber sido profetizada y, por tanto, esto estableció el cimiento para el secretismo incrementado que rodea esta vez la venida de Dios en carne. Al amanecer, sin que nadie lo supiera, Dios vino a la tierra e inició Su vida en la carne. Las personas fueron totalmente inconscientes de ese momento. Quizás estaban todos dormidos; tal vez muchos de los que estaban despiertos y vigilantes esperaban, y es posible que muchos estuvieran orando en silencio a Dios en el cielo. Sin embargo, entre toda esta cantidad de personas, nadie supo que Dios ya había llegado a la tierra. Él obró así para llevar a cabo Su obra sin contratiempos y lograr mejores resultados, y también para evitar más tentaciones. Cuando se rompa el sueño primaveral del hombre, la obra de Dios llevará ya mucho tiempo acabada y Él se marchará, poniendo fin a Su vida de ambular por la tierra y residir en ella. Ya que la obra de Dios requiere que Él actúe y hable personalmente, y porque el hombre no tiene forma de ayudar, Dios ha soportado un dolor extremo para venir a la tierra a hacer Él mismo la obra. El ser humano es incapaz de sustituir a Dios en Su obra. Por tanto, Él corrió peligros varios millares de veces mayores que los de la Era de la Gracia, para bajar donde mora el gran dragón rojo y hacer Su propia obra, poner todo este pensamiento y cuidado en redimir a este grupo de gente empobrecida, redimiendo a estas personas que estaban tapadas por una montaña de estiércol. Aunque nadie sepa de la existencia de Dios, a Él no le preocupa, porque beneficia en gran manera a Su obra. Todos son atrozmente malvados, así que ¿cómo puede alguien tolerar la existencia de Dios? Por ello, Dios está siempre callado en la tierra. Independientemente de lo excesivamente cruel que es el hombre, Dios no se lo toma a pecho, sino que sigue haciendo la obra que necesita realizar para cumplir la mayor comisión que el Padre celestial le dio. ¿Quién de entre vosotros ha reconocido la hermosura de Dios? ¿Quién muestra más consideración por la carga de Dios Padre que Su Hijo? ¿Quién es capaz de entender la voluntad de Dios Padre? En el cielo, el Espíritu de Dios Padre está a menudo preocupado, y Su Hijo en la tierra ora con frecuencia sobre la voluntad de Dios Padre, con una preocupación que hace pedazos Su corazón. ¿Hay alguien que conozca el amor de Dios Padre por Su Hijo? ¿Alguien sabe cuánto echa de menos el Hijo amado a Dios Padre? Sin poder decidir entre el cielo y la tierra, ambos están constantemente mirando de manera fija al otro desde lejos, uno al lado del otro en Espíritu. ¡Oh humanidad! ¿Cuándo tendréis en consideración el corazón de Dios? ¿Cuándo comprenderéis Su intención? El Padre y el Hijo siempre han dependido el uno del otro. ¿Por qué deberían separarse, uno arriba, en el cielo, y el otro abajo, en la tierra? El Padre ama a Su Hijo así como el Hijo ama a Su Padre. ¿Por qué debería tener que esperar, pues, con tantos anhelos y suspirar con tanta angustia? Aunque no han estado separados durante largo tiempo, ¿sabe alguien que el Padre ya ha estado añorando, angustiado, durante tantos días y noches, y hace mucho que espera el rápido regreso de Su amado Hijo? Observa, está sentado en silencio, espera. Todo es por el pronto retorno de Su amado Hijo. ¿Cuándo volverá a estar con el Hijo que está vagando por la tierra? Aunque una vez juntos, lo estarán por toda la eternidad, ¿cómo puede Él soportar los miles de días y noches de separación, el uno arriba, en el cielo, y el otro abajo en la tierra? Decenas de años en la tierra son como miles de años en el cielo. ¿Cómo podría Dios Padre no preocuparse? Cuando Dios viene a la tierra, experimenta las muchas vicisitudes del mundo humano exactamente igual que el hombre. Dios mismo es inocente, de modo que ¿por qué permitir que sufra el mismo dolor que el hombre? No es de sorprender que Dios Padre anhele con tanta urgencia a Su Hijo; ¿quién puede entender el corazón de Dios? Él le ha dado demasiado al hombre; ¿cómo puede el hombre corresponderle suficientemente al corazón de Dios? Con todo, el ser humano le da muy poco a Dios; ¿cómo podría Él, pues, no preocuparse?

Extracto de “La Palabra manifestada en carne”

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