Palabras diarias de Dios: Las tres etapas de la obra | Fragmento 18

13 Mar 2021

La obra que llevó a cabo Jehová en los israelitas estableció entre la humanidad el lugar de origen terrenal de Dios, que también era el lugar sagrado donde Él se encontraba presente. Limitó Su obra al pueblo de Israel. Al principio, no obró fuera de Israel, sino que escogió al pueblo que Él consideró apropiado para limitar el alcance de Su obra. Israel es el lugar donde Dios creó a Adán y Eva, y del polvo de aquel lugar Jehová hizo al hombre; este lugar se convirtió en la base de Su obra en la tierra. Los israelitas, descendientes de Noé y también de Adán, fueron el fundamento humano de la obra de Jehová en la tierra.

La importancia, el propósito y los pasos de la obra de Jehová en Israel en esta época fueron iniciar Su obra en la tierra entera; dicha obra tomó a Israel como su centro y paulatinamente se fue extendiendo entre las naciones gentiles. Este es el principio según el cual Él obra en todo el universo: establecer un modelo, y, posteriormente, ampliarlo hasta que toda la gente en el universo haya recibido Su evangelio. Los primeros israelitas fueron los descendientes de Noé. A estas personas se les dotó solamente con el aliento de Jehová y entendían lo suficiente como para ocuparse de las necesidades básicas de la vida, pero no sabían qué clase de Dios era Jehová ni cuál era Su voluntad para el hombre, y, mucho menos, cómo debían venerar al Señor de toda la creación. En cuanto a si había normas y leyes que debían ser obedecidas, o si había algún deber que los seres creados debían llevar a cabo para el Creador, los descendientes de Adán no sabían nada de tales cosas. Lo único que sabían era que el marido debía sudar y trabajar para mantener a su familia, y que la esposa debía someterse a su marido y perpetuar la raza humana que Jehová había creado. En otras palabras, este pueblo, que tenía solamente el aliento y la vida de Jehová, no sabía nada de cómo seguir las leyes de Dios o cómo satisfacer al Señor de toda la creación. Entendía muy poco. Así pues, aunque no había nada torcido ni deshonesto en su corazón y pocas veces surgían los celos o los conflictos entre ellos, carecían del conocimiento o el entendimiento de Jehová, Señor de toda la creación. Estos antepasados del hombre solo sabían comer y disfrutar las cosas de Jehová, pero no sabían venerarlo; no sabían que Jehová era Aquel a quien debían adorar arrodillados. ¿Cómo, entonces, podían ser llamados Sus criaturas? De ser esto así, ¿acaso las palabras: “Jehová es el Señor de toda la creación” y “Él creó al hombre para que este lo manifestara, lo glorificara y lo representara” se han pronunciado en vano? ¿Cómo podrían las personas que no veneran a Jehová convertirse en un testimonio de Su gloria? ¿Cómo podrían convertirse en manifestaciones de Su gloria? ¿No se convertirían, entonces, las palabras de Jehová “Yo creé al hombre a Mi imagen” en un arma en las manos de Satanás, el maligno? ¿Acaso no se convertirían estas palabras en una señal de humillación para la creación que hizo Jehová del hombre? Para poder completar esa etapa de la obra, después de crear a los hombres, Jehová no los instruyó ni los guio, desde Adán hasta Noé. Más bien, no fue sino hasta que el diluvio destruyó al mundo que Él comenzó a guiar formalmente a los israelitas, quienes eran los descendientes de Noé, así como de Adán. Su obra y Sus declaraciones en Israel brindaron guía a todo el pueblo de Israel mientras vivía su vida en la tierra de Israel y, de esta manera, Jehová mostró a la humanidad que no solo podía insuflar aliento en el hombre para que recibiera vida de Él y se levantara del polvo para convertirse en un ser humano creado, sino que también podía incinerar a la humanidad, maldecirla y utilizar Su vara para gobernarla. Así, también vieron que Jehová podía guiar la vida del hombre en la tierra, y hablar y obrar entre los seres humanos conforme a las horas del día y la noche. Llevó a cabo esta obra solamente para que Sus creaturas pudieran conocer que el hombre vino del polvo, recogido por Él, y que, además, había sido hecho por Él. No solo eso, sino que primero llevó a cabo Su obra en Israel para que otros pueblos y naciones (que, de hecho, no eran independientes de Israel, sino ramas de los israelitas y que seguían siendo descendientes de Adán y Eva) pudieran recibir el evangelio de Jehová desde Israel, para que todos los seres creados en el universo pudiesen venerar a Jehová y engrandecerlo. Si Jehová no hubiera comenzado Su obra en Israel, sino que, habiendo creado a los hombres, les hubiese permitido llevar una vida despreocupada en la tierra, en ese caso, debido a la naturaleza física del hombre (“naturaleza” significa que el hombre jamás podrá conocer lo que no puede ver; es decir, que no sabría que fue Jehová quien creó a la humanidad y, aún menos, por qué lo hizo), jamás sabría que fue Jehová quien creó a la humanidad y que Él es el Señor de toda la creación. Si Jehová hubiera creado al hombre y lo hubiera colocado en la tierra, y simplemente se hubiera sacudido el polvo de las manos y se hubiese ido, en lugar de quedarse entre los hombres para darles guía durante un tiempo, entonces la humanidad entera hubiese regresado a la nada; incluso el cielo y la tierra y las innumerables cosas que Él creó, así como toda la humanidad, habrían regresado a la nada y, además, habrían sido pisoteados por Satanás. De esta manera, el deseo de Jehová de que “Sobre la tierra —es decir, en medio de Su creación— Él tuviese un lugar donde poner Sus pies, un lugar santo” habría sido destrozado. Así, después de crear a los seres humanos, Él pudo quedarse entre ellos para guiarlos en su vida y hablarles mientras estaba entre ellos, todo esto para realizar Su deseo y cumplir Su plan. La obra que Él llevó a cabo en Israel tenía únicamente como objetivo ejecutar el plan que había establecido antes de crear todas las cosas, de manera que la obra que llevó a cabo primero entre los israelitas y Su obra de creación de todas las cosas no estaban en conflicto, sino que ambas se realizaron por el bien de Su gestión, de Su obra y de Su gloria, y para profundizar el significado de Su creación de la humanidad. Él guio la vida del hombre en la tierra durante dos mil años después de Noé, tiempo durante el cual les enseñó a los hombres a entender cómo venerar a Jehová, el Señor de toda la creación, cómo llevar su vida y cómo seguir viviendo, y, ante todo, cómo actuar como testigos de Jehová, cómo obedecerlo y cómo venerarlo, incluso, alabándolo con música como hicieron David y sus sacerdotes.

Extracto de “La Palabra manifestada en carne”

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