40. Dios está a mi lado

Por Guozi, Estados Unidos

Nací en una familia cristiana y, cuando tenía un año, mi madre aceptó la nueva obra del retorno del Señor Jesús, Dios Todopoderoso, aunque mi abuela se oponía rotundamente. Recuerdo que, de pequeña, mi abuela casi siempre me decía: “Si no te sientes bien o no sabes hacer la tarea, simplemente ora al Señor Jesús. Te concederá inteligencia y sabiduría y te mantendrá a salvo”. Sin embargo, mi madre solía decirme: “Dios creó este mundo y creó a la humanidad. Siempre está con nosotros. Acuérdate de orar a Dios Todopoderoso ante cualquier problema y Él velará por ti y te protegerá”. Con frecuencia oía esta disparidad de voces. Una vez le pregunté con inseguridad a mi madre: “La abuela quiere que ore al Señor Jesús y tú quieres que ore a Dios Todopoderoso. ¿A quién hago caso?”. Me contestó: “En realidad, el Señor Jesús y Dios Todopoderoso son el mismo Dios. Lo que pasa es que son épocas diferentes, los nombres que adopta Dios son diferentes y la obra que realiza también lo es. El Señor Jesús llevó a cabo la obra de la Era de la Gracia y Dios Todopoderoso realiza la obra de la Era del Reino. Cambia Su forma de obrar en cada era y también cambia de nombre. No obstante, por más que cambien Su nombre y Su obra, Su esencia no cambia. Por ejemplo, si tú vas hoy de rojo a la escuela y mañana vas de azul a un restaurante, aunque lleves distinta ropa y hagas cosas distintas en lugares distintos, seguirás siendo tú. Pero con la llegada de la nueva era de Dios tenemos que estar al tanto de Su nueva obra. Por eso debemos orar a Dios Todopoderoso en este momento”. Pese a que había escuchado la explicación de mi madre, seguía muy desconcertada y albergando ciertas dudas sobre la nueva obra de Dios Todopoderoso.

En agosto de 2014 vine a estudiar a los Estados Unidos. Mi madre también vino unos meses después y se puso en contacto con la Iglesia de Dios Todopoderoso en los EE. UU. A partir de entonces, poco a poco empecé a percibir la existencia de Dios Todopoderoso. Nada más llegar a los EE. UU. para estudiar, me costó mucho adaptarme a la vida de aquí, especialmente a vivir por mi cuenta en casa de otra persona. Soy muy asustadiza, por lo que me daba miedo dormir sola. Mi madre me dijo: “Debemos creer que la autoridad de Dios es excepcional. Satanás y los demonios también están bajo Su autoridad; por tanto, cuando te asustes por la noche, simplemente ora a Dios. Mientras lleves a Dios en tu corazón, Satanás no podrá acercarse a ti”. Cada vez que escuchaba el testimonio de mi madre, me sentía mucho más tranquila y en paz.

En diciembre de 2015 empecé a asistir a reuniones en la Iglesia de Dios Todopoderoso, pero, como aún no tenía mucho entendimiento en cuestiones de fe, con frecuencia tenía que forzarme a asistir. Más adelante, a raíz de dos sucesos que viví, fue cuando llegué a apreciar en la práctica la verdadera existencia de Dios, tras lo cual pude confirmar de todo corazón que Dios Todopoderoso es el único Dios verdadero y que siempre está a mi lado...

Era viernes por la tarde y solo me quedaba una clase de Dibujo para terminar la jornada escolar y poder irme a casa. De pronto, una compañera me dijo: “Saltémonos la última clase para ir al centro a comer y ver escaparates. Me he enterado de que hay una nueva marisquería que está muy bien”. Al oírlo estuve tentada: no había almorzado y tenía mucha hambre. Me rugía el estómago casi como si me estuviera apremiando a ir a la marisquería. No obstante, seguía indecisa. “Nunca me he saltado una clase”, pensé. “¿Y si me descubren?”. Pero entonces pensé: “Xiaoli, de nuestra clase, se salta incluso las clases importantes y lo ha hecho muchísimas veces sin ser descubierto, por lo que tampoco me descubrirán a mí”. Así pues, acepté ir con mi compañera y le pedí al profesor de Dibujo que excusara mi asistencia porque tenía que ir al médico aquella tarde y necesitaba salir antes. Después, mi compañera y yo tomamos un taxi al centro para ir a ver escaparates y comer y no llegué a casa hasta las ocho o nueve de la noche. A mi regreso recibí un correo electrónico de un tutor del alumnado extranjero que me pedía que llevara la documentación de mi visita al médico la siguiente vez que fuera a la escuela. Al verlo me alarmé y me apresuré a comentárselo a mis compañeros. Una me dijo: “No tienes que entregar ninguna documentación al profesor. Eso es privado”. Creía que tenía razón, pero, como yo había actuado mal, me daba vergüenza mostrarme indignada. Por lo tanto, le pedí a mi casera que me ayudara a pensar en una solución. Me dijo que fuera a ver al tutor y admitiera mi error. Tras escucharla estaba hecha un lío dentro de mí: no sabía si admitir mi culpa o continuar con el engaño. Aquella noche di vueltas en la cama sin poder dormir. Quería admitir mi culpa, pero temía lo que pensaran de mí mi profesor y mis compañeros, que en un abrir y cerrar de ojos quedara destruida la imagen positiva que solía mantener. En medio de mi sufrimiento, me presenté ante Dios a orar y buscar, y luego leí este pasaje de Sus palabras: “Pero las personas astutas no actúan de esta manera. Viven según su propia filosofía de Satanás y su naturaleza y esencia astuta, tienen que ser cautos en todo lo que hacen para que los demás no tenga nada que reprocharles. En todo lo que hacen, han de servirse de sus propios medios, de su propia manipulación astuta y retorcida, para así proteger y tapar su verdadera cara, por miedo a que tarde o temprano quede al descubierto; pero cuando muestren su verdadera cara, intentarán darle la vuelta a las cosas. Cuando intenten cambiar las cosas, a veces no resulta tan fácil; cuando no puedan, empezarán a sentir preocupación. Temen que los demás vean a través de ellas. Cuando esto ocurre, sienten que se han avergonzado a sí mismas, y entonces tienen que pensar en formas de decir algo para subsanar la situación. […] En su mente, siempre están pensando en cómo impedir que las malinterpretes, en cómo conseguir que escuches lo que están diciendo y consideres lo que hacen de un modo que logre los objetivos de sus motivaciones. De modo que le dan vueltas y vueltas en su cabeza. Cuando no pueden dormir por la noche, piensan en ello; durante el día, si no pueden comer están pensando en ello; durante las discusiones con los demás, lo deliberan. Siempre disimulan para que no pienses que son esa clase de persona, para que pienses que son buenos y no creas que era eso lo que querían decir” (‘La práctica verdaderamente fundamental de ser una persona honesta’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Una detrás de otra, cada palabra de Dios revelaba mis más ocultos pensamientos como si de repente brillara una luz en el lado oscuro de mi corazón, lo expusiera y me dejara terriblemente avergonzada y sin saber dónde meterme. “¡Es cierto!”, pensé. “Me salté una clase, mentí y luego no solo no tuve la iniciativa de admitir mi error, sino que me devané los sesos buscando una manera de encubrir mi mentira, de disimular la verdad. No sentía la menor culpa ni el menor remordimiento. Incluso me parecía que el tutor del alumnado extranjero tendría que meterse en sus propios asuntos. ¡Oh! ¡Esta clase de conducta es de rebeldía hacia Dios y a Él le repugna! Ni uno solo de mis pensamientos ni de mis actos concuerda remotamente con las exigencias de Dios; ¡así no se comporta un creyente en Dios! No, no debo resolver mis problemas como lo hacen los incrédulos. Tengo que arrepentirme ante Dios y actuar conforme a Sus exigencias. Tengo que hablar con honestidad y ser una persona honesta”.

Así pues, al siguiente día de escuela me acerqué al profesor y admití mi error al haber faltado a clase. Me sorprendió que el tutor no me criticara en absoluto, ¡sino que me dijera que yo era muy honesta y que era bueno saber admitir un error! No obstante, aun así tenía que haber un castigo por faltar a clase, así que el profesor me castigó durante una hora al final de la jornada escolar para que pensara en lo que había hecho. Aunque recibí muy poco castigo por faltar a clase y mentir, sentí que Dios me estaba protegiendo. Posteriormente lo hablé con mi hermana de la iglesia en una reunión. Después de escuchar mi relato, me leyó este pasaje de las palabras de Dios: “Si crees en el gobierno de Dios, entonces tienes que creer que las cosas que ocurren todos los días, sean buenas o malas, no son ocurrencias al azar. No es que alguien esté siendo intencionalmente duro contigo o teniéndote en la mira; es en realidad que todo está dispuesto por Dios. ¿Para qué orquesta Dios estas cosas? No es para revelar tus defectos o para exponerte; exponerte no es la meta final. La meta final consiste en perfeccionarte y salvarte. ¿Cómo hace Dios eso? En primer lugar, Él te hace consciente de tu propio carácter corrupto, de tu naturaleza y esencia, de tus defectos y tus carencias. Solo si conoces estas cosas y las entiendes en tu corazón, puedes buscar la verdad y, gradualmente, deshacerte de tu carácter corrupto. Esto es Dios que te está brindando una oportunidad” (‘Para alcanzar la verdad, debes aprender de las personas, los asuntos y las cosas que te rodean’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Con el testimonio de las palabras de Dios llegué a entender por qué no había pasado nada aunque mis compañeros hubieran faltado a clase tantísimas veces, mientras que a mí el profesor me había descubierto a la primera: en realidad, se debía a la soberanía de Dios. Dios había creado en la práctica un ambiente donde desenmascararme, castigarme y disciplinarme; lo había hecho para que comprendiera mi naturaleza satánica, conociera mi carácter corrupto de mentiras y engaños y, en consecuencia, buscara la verdad, fuera una persona honesta y viviera como un ser humano. ¡Se trataba del amor y la salvación de Dios! Antes todos me alababan por ser una buena chica y yo también pensé siempre que así era. Sin embargo, cuando las palabras de Dios revelaron los hechos, me juzgaron y desenmascararon, acabé dándome cuenta de la perversidad y falsedad de mi naturaleza. Era capaz de mentir y engañar descaradamente y tenía poquísima estatura; en todo momento y lugar, era capaz de seguir la corriente a los incrédulos y vivir inmersa en mis actitudes corruptas, lo que deshonraba el nombre de Dios. El profesor me castigó después de clase; aunque padecí algo de sufrimiento carnal, eso me hizo recordar esta lección y, en lo sucesivo, nunca jamás volvería a mentir ni a engañar. Si mi ausencia de clase hubiera quedado impune en aquella ocasión, enseguida habría querido hacerlo de nuevo ante las pruebas y las tentaciones. Entonces habría mentido reiteradamente, siendo cada vez más deleznable y ruin, y Satanás habría terminado por arrebatarme por completo. Para entonces ya Dios ni siquiera me reconocería, pues Él ama y salva a los honestos y odia y descarta a los mentirosos. ¡En aquel momento por fin tuve claro cuánto daño hace la mentira y lo crucial e importante que es ser una persona honesta!

Poco después de aquello tuvimos examen de Matemáticas. Mientras repasaba la noche anterior, descubrí que todavía había muchos temas que no dominaba. Habida cuenta de que el examen era al día siguiente, me puse muy nerviosa. Como las calificaciones de ese trimestre eran las más importantes para entrar en la universidad, mirarían mis notas de aquel año y, si suspendía Matemáticas, todo mi esfuerzo anterior habría sido en vano. Cuanto más lo pensaba, más me estresaba. Al día siguiente, literalmente minutos antes del examen, de repente me di cuenta de que se me había olvidado la libreta en la que había escrito todas las fórmulas. Estaba totalmente confundida. Había escrito a escondidas muchas preguntas de ejemplo en esa libreta, pero, como la había perdido, seguro que iba a suspender el examen. Miré por todos lados con la esperanza de que, sin querer, se me hubiera caído al suelo en alguna parte. Mientras la buscaba por doquier, espié las respuestas del examen del compañero de al lado. Me alegré de este golpe de suerte, a la vez que percibí un repentino rayo de esperanza. Miré furtivamente de reojo al profesor y vi que estaba absorto en su trabajo delante de la computadora. Entonces respondí rápidamente todas las preguntas del examen de Matemáticas, le di un golpecito al compañero de al lado y le hice una señal para comparar nuestras respuestas. Aunque le había dicho que quería compararlas, en realidad quería copiar las suyas en mi examen. Con el alma continuamente en vilo, me pasé todo el examen de Matemáticas actuando con este disimulo.

Creía que al final había aprobado la materia en que menos sobresalía y planeaba pasármelo muy bien en cuanto comenzaran las vacaciones. Sin embargo, para mi sorpresa, la escuela celebró una reunión de padres y tutores unos días después, y mi casera fue por mí a buscar mi boletín de notas. Me dijo que había 0btenido buenas notas en todo, pero que no habían incluido la de Matemáticas con las demás porque la escuela sospechaba que podría haber un problema de integridad académica. Nada más oír esto se me cayó el alma a los pies: estaba preocupada y aturdida y no sabía qué hacer. No hacía más que pensar: “¿Un problema de integridad académica? ¿Se habrán dado cuenta de que copié las respuestas de mi compañero? Si es así, ¿qué hago? Copiar es un problema muy grave y podría incluso influir en mis posibilidades de entrar en la universidad. No obstante, por ahora, la escuela solo lo sospecha, así que todavía tengo esperanza. Saldré de esta siempre y cuando sepa dar una explicación clara, pero ¿cómo lo explico? La verdad es que copié. ¿Acaso debo admitirlo sin más?”. Le di vueltas a esto una y otra vez en mi mente. Mis compañeros me aconsejaron que no lo admitiera bajo ningún concepto, que solamente se me tenía que ocurrir una excusa y que saliera del apuro con alguna tontería. Pero entonces pensé: “Un creyente en Dios no debería hacer eso. ¿Qué demonios voy a hacer?”. Casualmente había reunión en la iglesia aquella tarde, así que me abrí a mis hermanas para hablarles de la situación en que me hallaba. Una de ellas me mandó leer un pasaje de las palabras de Dios: “Hasta ahora, las personas han escuchado muchos sermones sobre la verdad, y han experimentado mucho de la obra de Dios. Sin embargo, bajo las interferencias y obstrucciones de muchos factores y circunstancias diferentes, la mayoría de las personas no consigue poner en práctica la verdad ni satisfacer a Dios. Las personas son cada vez más vagas y menos confiadas. […] Su único deseo es entregarle estas verdades, infundirle Su camino y disponer después diversas circunstancias con el fin de ponerle a prueba de diferentes maneras. Su objetivo consiste en tomar estas palabras, estas verdades, y Su obra, y dar lugar a un desenlace en el que el hombre pueda temer a Dios y apartarse del mal. La mayoría de las personas que he visto sólo toman Su palabra y la consideran como doctrinas, letras, reglas a observar. Cuando abordan cosas y hablan, o se enfrentan a pruebas, no consideran que el camino de Dios sea el camino a observar. Esto es especialmente cierto cuando las personas se enfrentan a pruebas importantes; no he visto a nadie que practicara en la dirección de temer a Dios y apartarse del mal” (‘Cómo conocer el carácter de Dios y los resultados que logrará Su obra’ en “La Palabra manifestada en carne”). Me culpé para mis adentros tras leer estas palabras. Aunque entendía un poco la verdad sobre las personas honestas y no hacía mucho que había experimentado el castigo y disciplina de Dios al respecto, en cuanto encaré otra prueba seguí siendo incapaz de poner en práctica la verdad. Tenía muy claro que copiar estaba mal, pero, para obtener buenas calificaciones, me olvidé totalmente de que la verdad de Dios nos exige honestidad. No solo no di testimonio, sino que había avergonzado a Dios. Aquella noche no dormí, mientras le daba vueltas una y otra vez en la cabeza. Al final decidí ser una persona honesta y no deshonrar más el nombre de Dios por defender mis intereses personales. Una vez tomada esa decisión, salté de la cama, encendí la computadora y escribí una autocrítica en la que confesaba mi mala actuación. A la mañana siguiente llegué a la escuela muy temprano, le entregué mi autocrítica al profesor, le pedí disculpas por mi conducta y le aseguré que, en lo sucesivo, no copiaría nunca más. Me preparé para recibir un cero en Matemáticas y estaba dispuesta a aceptar cualquier castigo por parte de la escuela. Jamás hubiera imaginado que, sorprendentemente, el profesor optaría por dejarme tomar el examen de nuevo. En ese momento no pude evitar expresar mi agradecimiento y alabanza a Dios desde el fondo de mi corazón: ¡gracias a Dios por mostrarme Su misericordia! Esto me demostró que Dios ahonda en lo más íntimo del corazón del hombre y, cuando dejé de lado mis intereses personales y practiqué la verdad de la honestidad, Dios me dio una salida y permitió que el profesor me dejara volver a tomar el examen. Percibí sinceramente que Dios estaba a mi lado observando cada uno de mis movimientos y disponiendo las personas, los sucesos, las cosas y los ambientes de mi entorno para que pudiera experimentar personalmente Su auténtica existencia. ¡Cuán real es el amor de Dios por mí!

Aún más sorprendente fue que, días después, hubo un consejo escolar de entrega de diplomas de honor a los alumnos sobresalientes de aquel trimestre. Cuando el profesor anunció mi nombre, pensé que era un error. Solo cuando algunos de mis compañeros me dijeron algo me di cuenta de que realmente iba a recibir un diploma de honor. Todos mis compañeros se sorprendieron mucho y se preguntaban cómo podía recibir un diploma de honor después de haber copiado en el examen de Matemáticas. Exclamé en silencio para mis adentros: “¡Todo esto es obra de Dios! Sé que este diploma no es por mis notas, sino un premio de Dios por practicar la honestidad”. Esto me confirmó más aún que, en verdad, Dios está a mi lado velando por mí en todo momento. Todo lo que Dios dispone para mí siempre da el mejor resultado.

Ahora disfruto cada vez más de las reuniones y la lectura de las palabras de Dios. Aunque sigo revelando mis actitudes corruptas en la vida, ante cualquier cosa siempre puedo hablar con mis hermanas y buscar la verdad de las palabras de Dios para resolver mis problemas. A través del trabajo conjunto y la cooperación práctica, he llegado a comprender cada vez más verdades y las pongo en práctica con una fuerza creciente. Creo que Dios está a mi lado, que puede desenmascararme en cualquier momento por medio de diversas personas, circunstancias y cosas, y que con Sus palabras también me guía y orienta para que entre en la verdad. Ahora siento que mi relación con Dios es cada vez más estrecha y estoy absolutamente segura de que Dios Todopoderoso es el Dios verdadero y de que, en todo momento y lugar, ¡Él es el Dios que vela junto a mí, me cuida y me protege!

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