50. Lo que oculta una “buena imagen”

Por Wei Chen, Corea del Sur

En diciembre trabajaba como diaconisa de evangelización en la iglesia. Cuando los líderes veían problemas en el cumplimiento del deber por parte de los hermanos y hermanas, se los señalaban directamente, a veces en tono muy duro. Me parecía bien que señalaran estas cosas, pero su método era humillante y podría ofender fácilmente. No quería ser como ellos. Había que decir esas cosas con más tacto para dar buena impresión a la gente. Así me ganaría el apoyo de todos y me resultaría más fácil mi trabajo. Entonces podría probar suerte en las siguientes elecciones a líderes. Con eso en mente, era muy cuidadosa en mi relación con los hermanos y hermanas. Trataba de ser muy diplomática y no ofender a nadie para que todo fuera más agradable.

Hubo un momento en que noté que la hermana Cheng seleccionaba las tareas más fáciles, rehuía las difíciles y se echaba atrás cuando tenía que predicar el evangelio a alguien con muchas nociones o mala actitud. Luego no se equipaba con las verdades adecuadas para corregir sus nociones. Veía que no tenía la actitud apropiada hacia el deber y que era imposible que cumpliera correctamente con él si seguía así. Se lo iba a comentar en comunión, pero, justo cuando estaba a punto de enviarle un mensaje, pensé que, aunque se echaba atrás ante las dificultades, por lo general conseguía cosas en el deber. Si le comentaba su problema, podría alegar que era demasiado exigente y volverse en mi contra. ¿Y qué haría yo si no estaba de acuerdo con las órdenes que yo diera después en el trabajo? Si no cumplía bien con mi deber, ¿no dirían los líderes que no era competente para mi trabajo? Para no ofenderla, no le dije ni una palabra sobre su problema, sino que le envié un mensaje de ánimo: “Algunos de aquellos a quienes predicamos el evangelio tienen muchas nociones, pero son creyentes sinceros. Hemos de tener amor y paciencia, orar y confiar más en Dios. Cuantas más dificultades afrontemos, más puede perfeccionarse nuestra fe. No podemos acobardarnos nunca”. En ese momento estuvo de acuerdo, pero, sin comprender su problema, siguió apartándose de lo difícil. No cambió nada. Sin embargo, yo no era consciente del problema en aquella época y creía que hacía un gran trabajo. Cada vez que me topaba con algo similar, lo abordaba de ese modo. No trataba a la gente ni destapaba su corrupción o sus fallos, así que los hermanos y hermanas trabajaban felices conmigo y me buscaban para contarme sus estados. Eso me daba aún más confianza en mi método y creía que los hermanos y hermanas me apreciaban, que todos me apoyaban de verdad.

Posteriormente noté que la hermana Xia era bastante arrogante y santurrona. Era terca y no trabajaba bien con los demás, lo que afectaba a nuestra labor evangelizadora. Pensaba que la hermana Xia era muy arrogante y no aceptaba sugerencias ajenas, lo cual después afectaba a su deber. Me parecía que debía planteárselo para que pudiera cambiar. No obstante, luego dudé: si se lo hacía ver y no lo admitía, sino que se enojaba, ¿qué haría yo entonces? Una vez, en una reunión, la había oído evaluarme muy positivamente, por lo que temía que, si la ofendía, eso podría estropear su buena imagen de mí. Si cambiaba su impresión sobre mí, eso podría afectar a mis opciones de convertirme en líder. Tras reflexionar al respecto, acabé por no comentarle a la hermana Xia su corrupción y sus fallos. Le dije, en cambio: “Entiendo que no logres resultados en el deber o tengas dificultades, pero tienes que hacer introspección y pensar por qué. Además, es preciso que trabajemos bien con los hermanos y hermanas”. Esquivé el problema principal y solo le di algunos consejos y ánimos. Días más tarde, un líder me consultó nuestro trabajo y le comenté que la hermana Xia era arrogante y santurrona y que no trabajaba bien con los demás. La siguiente vez que me vio la hermana Xia, me dijo: “Cuando el líder te preguntó por nuestro trabajo hace unos días, pasaba por allí y casualmente oí que le contabas que soy arrogante y santurrona y que no trabajo bien con los demás. Eres muy consciente de que tengo un problema grave, pero no me has dicho nada al respecto. Tan solo has sido complaciente. Ya he reparado en que nunca pierdes los estribos ni reprendes a la gente, sino que siempre la apaciguas. Te creía muy buena persona. Ahora me doy cuenta de que eres muy ‘hábil’, de que tienes tus tácticas. Hablando claro, eres una hipócrita”. Ante su desafío tan directo, por un momento noté que me ruborizaba. Las palabras “hipócrita” y “tácticas” se me habían grabado en el cerebro. Me disgusté mucho y me presenté ante Dios en oración para pedirle que me ayudara a entender mi carácter corrupto.

En mis devocionales del día siguiente miré una lectura de las palabras de Dios. “La falsedad suele evidenciarse al exterior. Cuando se dice que alguien es muy socarrón y agudo de palabra, eso es falsedad. ¿Y cuál es la principal característica de la iniquidad? La iniquidad se da cuando lo que dice la gente es especialmente agradable al oído, cuanto todo parece correcto, irreprochable y bueno lo mires por donde lo mires, pero sus actos son particularmente inicuos, sumamente disimulados y nada fáciles de percibir. La gente a menudo emplea palabras adecuadas y frases que suenan bien, así como ciertas doctrinas, argumentos y técnicas en consonancia con los sentimientos de las personas para darles gato por liebre; simulan que van en una dirección, pero en realidad van en otra, valiéndose de acciones aparentemente buenas y correctas, en consonancia con los sentimientos de las personas y con los principios, para lograr sus objetivos secretos. Esto es iniquidad. La gente suele creer que es falsedad. Tiene menos conocimiento de la iniquidad y, además, la analiza menos; la iniquidad es, de hecho, más difícil de identificar que la falsedad, ya que es más oculta y los métodos y técnicas que conlleva son más ‘ingeniosos’. Cuando la gente tiene un carácter falso en su interior, normalmente solo tardas dos o tres días en ver que es falsa o que sus actos y la clase de cosas que dice son indicativos de un carácter falso. Ahora bien, cuando se dice que alguien es inicuo, no es algo que se pueda percibir en uno o dos días, pues si no sucede nada significativo o concreto a corto plazo, con solo escuchar sus palabras creerías que es buena persona, que es capaz de dejarlo todo para esforzarse, que entiende las cosas espirituales y tiene razón en todo, y tendrías dificultades para saber cómo es realmente. Muchos dicen lo correcto, hacen lo correcto y saben soltar una doctrina tras otra. Después de dos o tres días con esa persona, la consideras alguien que entiende las cosas espirituales, que ama a Dios de corazón, que actúa con conciencia y sentido. Sin embargo, luego empiezas a confiarle tareas y pronto te das cuenta de que no es honesta, de que es más ruin que la gente falsa, de que es inicua. Con frecuencia escoge las palabras adecuadas, palabras que encajan con la verdad, en consonancia con los sentimientos de la gente y con la humanidad; palabras que suenan agradables y palabras cautivadoras para conversar con la gente, por un lado, para hacerse hueco, y por otro, para engañar al prójimo, lo que les da estatus y prestigio entre la gente. Todo ello hechiza fácilmente a los ignorantes, que tienen una comprensión superficial de la verdad, no entienden las cosas espirituales y les falta base en su fe en Dios. Esto hacen las personas de carácter inicuo” (‘Para los líderes y obreros, escoger una senda es de la mayor importancia (3)’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Al contrastar mi conducta con las palabras de Dios, me di cuenta de que mi malvado carácter dirigía mis actos. Cuando en el deber de los hermanos y hermanas observaba problemas que afectaban a su trabajo, no los desenmascaraba ni se los planteaba para que todos dijeran que era agradable y hablaran bien de mí. Tenía claro que la hermana Cheng no tenía la actitud apropiada en el deber, que solamente hacía lo fácil y rehuía lo difícil. También veía que la hermana Xia era arrogante y santurrona, lo que afectaba negativamente al trabajo evangelizador de la iglesia. Debería haberles comentado estas cosas y haberlas ayudado en comunión. Sin embargo, me preocupaba lo que pensaran de mí, que no me apoyaran en el trabajo y luego los líderes pensaran mal de mí si mi desempeño se resentía. Así pues, simplemente las animaba diciéndoles cosas agradables y falsas. De este modo podía mantener la relación con ellas y mi imagen y seguía pareciéndoles bien mi labor; mataba dos pájaros de un tiro. Era muy artera y manipuladora y había embaucado a las personas. Las había engañado al hacerles creer que era muy atenta y comprensiva, y me admiraban e idolatraban de verdad. Fue entonces cuando entendí que tenía un carácter malvado y astuto. De no haber sido por el desafío de la hermana Xia y las revelaciones de las palabras de Dios, habría continuado sin comprender mi malvado carácter y sin saber lo grave que era. Vi lo malvados e indignos que habían sido mis actos, ¡cosa que le repugnaba a Dios e irritaba a los demás!

Luego leí esto en las palabras de Dios: “Algunos líderes de la iglesia no reprenden a los hermanos o hermanas a quienes ven cumplir con el deber de forma descuidada y superficial, aunque deberían hacerlo. Cuando ven algo claramente perjudicial para los intereses de la casa de Dios, hacen la vista gorda y no indagan para no ocasionar la más mínima ofensa a los demás. Su propósito y su objetivo reales no son mostrar consideración por las debilidades del prójimo; saben muy bien lo que pretenden: ‘Si sigo así y no ofendo a nadie, me considerarán buen líder. Tendrán una buena opinión, positiva, de mí. Me apoyarán y les caeré bien’. Por mucho que se menoscaben los intereses de la casa de Dios, por más que se impida al pueblo escogido de Dios entrar en la vida o por más que se perturbe la vida de su iglesia, dichas personas se aferran a su filosofía satánica de no ocasionar ofensas. Nunca sienten un reproche en su corazón; a lo sumo, puede que de pasada mencionen por casualidad algún problema, y listo. No comparten la verdad ni señalan la esencia de los problemas de los demás, y menos aún analizan los estados de la gente. No la guían para que entre en la realidad-verdad y nunca comunican la voluntad de Dios, los errores que la gente suele cometer ni el tipo de carácter corrupto que revelan las personas. No resuelven estos problemas prácticos; en cambio, son siempre indulgentes con las debilidades y la negatividad de los demás, y hasta con su dejadez y apatía. Dejan pasar sistemáticamente las acciones y conductas de estas personas sin calificarlas como lo que son y, precisamente porque lo hacen, la mayoría llega a pensar: ‘Nuestro líder es como una madre para nosotros. Comprende nuestras debilidades más incluso que Dios. Nuestra estatura puede ser demasiado pequeña para estar a la altura de las exigencias de Dios, pero basta con que podamos estar a la altura de las de nuestro líder. Es un buen líder para nosotros’. […] Si la gente alberga dichos pensamientos —si tiene este tipo de relación con su líder y semejante impresión de él y ha desarrollado en su corazón semejantes sentimientos de dependencia, admiración, respeto y culto al líder—, ¿cómo debe sentirse entonces el líder? Si, en este asunto, él siente alguna clase de reproche y que en el fondo lleva una carga, y se siente en deuda con Dios, entonces no debería obsesionarse con su estatus ni con su imagen en el corazón de los demás. Debería dar testimonio de Dios y enaltecerlo para que tenga un hueco en el corazón de la gente y esta venere Su grandeza. Solo así su corazón estará verdaderamente en paz, y quien hace eso es alguien que busca la verdad. Ahora bien, si no es este el objetivo de sus actos y si, por el contrario, emplea estos métodos y técnicas para incitar a la gente a apartarse del camino verdadero y a abandonar la verdad, hasta el punto de consentir el cumplimiento negligente, superficial e irresponsable de su deber con el fin de ocupar un lugar determinado en su corazón y ganarse su beneplácito, ¿no es este un intento de ganarse a la gente? ¿Y no es algo malvado y abominable? ¡Es aberrante!” (‘Para los líderes y obreros, escoger una senda es de la mayor importancia (1)’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Ante lo revelado por las palabras de Dios, entendí que, al comportarme en función de mi malvado carácter, básicamente engañaba y me ganaba a la gente con el fin de adueñarme de ella y controlarla. ¡Era algo contrario a Dios y justo como se comportaba un anticristo! No pude evitar asustarme con este pensamiento. Para mantener mi posición en el corazón de los demás y mis opciones de ser elegida líder, cuando veía problemas en el deber de los hermanos y hermanas, nunca se los señalaba directamente ni les hablaba de la verdad para resolverlos. Por el contrario, les decía cosas agradables para caerles bien y parecerles servicial y amable. Sin darme cuenta acumulaba seguidores y, al final, aquellos a los que había engañado no solo no veían ni corregían sus problemas, sino que su entrada en la vida se había visto afectada y hasta me admiraban e idolatraban. ¡Qué malvado e indigno de mí! Mi total indiferencia por la vida de los hermanos y hermanas y haberlos acostumbrado mal mientras cumplían con el deber con un carácter corrupto habían afectado negativamente a nuestra labor. Actuaba como toda una esbirra de Satanás que interrumpía y subvertía la labor de la casa de Dios. Al darme cuenta empecé a odiar de todo corazón mi corrupción. Me presenté ante Dios a orar y arrepentirme. Le dije: “Oh, Dios mío, Tus palabras me han hecho ver la gravedad de mi malvado carácter y que voy por la senda de un anticristo. Quiero arrepentirme, renunciar a mis motivaciones personales y no actuar más en función de mi malvado carácter”.

Tras orar recordé estas palabras de Dios: “‘Y Jehová Dios le ordenó y le dijo: De cada árbol del jardín puedes comer libremente, pero no debes comer del árbol del conocimiento del bien y el mal porque el día que comas de él, definitivamente morirás’.* […] En estas breves palabras que pronunció Dios, ¿puedes ver algo del carácter de Dios? ¿Son ciertas estas palabras de Dios? ¿Hay algún engaño? ¿Hay alguna falsedad? ¿Hay intimidación? (No). Dios le dijo al hombre con honestidad, veracidad y sinceridad lo que podía comer y lo que no, Dios habló clara y directamente. ¿Existe algún significado oculto en estas palabras? ¿Acaso no son directas? ¿Hay alguna necesidad de conjeturas? (No). No hay necesidad de adivinanzas. Su sentido es obvio a primera vista. Al leerlas, uno tiene totalmente claro su significado. Es decir, lo que Dios quiere decir y expresar sale de Su corazón. Las cosas que Dios expresa son limpias, directas y claras. No hay motivos encubiertos ni significados ocultos. Él le habla al hombre directamente, le dice qué puede comer y qué no” (‘Dios mismo, el único IV’ en “La Palabra manifestada en carne”). Leí esto y verdaderamente sentí lo sincero que es Dios con nosotros. En Sus órdenes a Adán, Dios fue muy claro respecto a lo que se podía y no se podía comer para que el hombre tuviera claro qué hacer. En las palabras de Dios no había nada confuso ni engañoso y no había artificio ni mentira. Dios solo quería lo mejor para la humanidad. Pensaba de verdad en nosotros. Habló al hombre con total sinceridad. Comprobé que la esencia de Dios es sincera, santa, benévola y amable. Realmente merece nuestra confianza y admiración. Sin embargo, yo no era nada sincera con los hermanos y hermanas. Lo que decía y hacía estaba viciado por mis motivaciones personales. Era mentirosa y falsa. Solo engañaba y utilizaba a la gente, y al final perjudicaba a los hermanos y hermanas. ¡Qué maldad por mi parte! Me sentí tremendamente culpable y llena de pesar al pensarlo. Después fui a buscar a la hermana Xia y la hermana Cheng y me sinceré con ellas acerca de mi carácter corrupto. También les hablé de los problemas que había detectado en su deber. No pensaron mal de mí en absoluto, pero me dijeron que haberles señalado sus problemas con esa nitidez las ayudaría a tomárselos en serio; si no, no se habrían dado cuenta de la gravedad de sus problemas. También me dijeron que no dudara en informarles si detectaba algún problema en el futuro. Posteriormente vi que habían cambiado y empezaron a cumplir mejor con el deber. Esto me alegró mucho.

Luego, en mis devocionales busqué soluciones a mi carácter corrupto en las palabras de Dios. Leí esto en las palabras de Dios: “Tanto si actualmente cumples con el deber como si estás en las etapas iniciales de la transformación de tu carácter, sean cuales sean las actitudes corruptas que reveles, debes buscar la verdad para corregirlas. [...] Si, por ejemplo, siempre tratas de camuflarte tras unas palabras agradables, si siempre deseas hacerte hueco en el corazón de los demás y que te admiren, si tienes estos propósitos, eso significa que tu carácter te controla. ¿Debes decir estas palabras agradables? (No). Si no las dices, ¿simplemente las reprimes? Si encontraras una expresión más ingeniosa, una expresión distinta con la que los demás no puedan detectar tus propósitos, esto sigue siendo un problema de tu carácter. ¿De qué carácter? Del carácter del mal. ¿Es el carácter corrupto fácil de resolver? Esto afecta a la esencia-naturaleza de uno. La gente tiene esta esencia, esta raíz, y debe ser desenterrada poco a poco. Debe ser extraída de cada estado, de la intención detrás de cada palabra que se dice. Debe ser analizada y entendida a partir de las palabras que dices. Cuando esa conciencia se vuelve cada vez más clara y tu espíritu más astuto, puedes lograr un cambio” (‘Sólo cuando te conoces a ti mismo puedes buscar la verdad’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). “Todo lo que haces —cada acción, cada intención y cada reacción— debe ser llevado delante de Dios. Incluso tu vida espiritual diaria —tus oraciones, tu cercanía con Dios, cómo comes y bebes las palabras de Dios, tu comunicación con tus hermanos y hermanas y tu vida dentro de la iglesia, además de tu servicio en colaboración— puede ser llevado delante de Dios para Su escrutinio. Es esta práctica la que te ayudará a crecer en la vida. El proceso de aceptar el escrutinio de Dios es el proceso de la purificación. Cuanto más puedas aceptar el escrutinio de Dios, más eres purificado y más estás de acuerdo con la voluntad de Dios, de modo que no serás atraído hacia el libertinaje y tu corazón vivirá en Su presencia. Cuanto más aceptes Su escrutinio, mayor es la humillación de Satanás y tu capacidad de abandonar la carne. Así pues, la aceptación del escrutinio de Dios es una senda de práctica que las personas deben seguir. No importa lo que hagas, incluso cuando tienes comunión con tus hermanos y hermanas, si llevas tus actos delante de Dios y tienes como meta obedecer a Dios mismo; esto hará que tu práctica sea mucho más correcta. Solo si llevas todo lo que haces delante de Dios y aceptas Su escrutinio, puedes ser alguien que vive en la presencia de Dios” (‘Dios perfecciona a quienes son conforme a Su corazón’ en “La Palabra manifestada en carne”). Al pensar en las palabras de Dios me quedó claro que, ante un problema, tenía que escrutar mis pensamientos, reflexionar sobre las motivaciones de mis palabras y actos, llevarlos ante Dios y aceptar Su escrutinio, analizarme y conocerme cuando revelara un carácter malvado, orar y renunciar a mí misma sin demora. Luego sería menos propensa a actuar en función de mi malvado carácter y poco a poco se purificaría ese aspecto de mi corrupción.

Más adelante observé que una hermana parecía débil y no estaba dispuesta a pasar por dificultades. Se echaba atrás ante los problemas en su labor evangelizadora. Pensé que no se responsabilizaba del deber y que tenía que hablarle inmediatamente para cambiar las cosas. Sin embargo, reapareció mi problema. Creía que, si le comentaba el suyo, podría pensar que estaba siendo demasiado dura, resistirse y enemistarse conmigo. Me preguntaba cómo presentárselo para que le resultara aceptable y no tomara partido contra mí. Cuando lo pensé me di cuenta de que de nuevo estaba protegiendo mi estatus e imagen ante los hermanos y hermanas. Oré a Dios en mi interior: “Oh, Dios mío, estoy preparada para aceptar Tu escrutinio y renunciar a mis motivaciones personales. Quiero enseñar la verdad a mi hermana para ayudarla y cumplir con el deber”. Después hablé con esta hermana para analizar su problema y se conoció un poco a sí misma. Alcancé mucha paz interior tras poner en práctica esto. Ahora tengo discernimiento acerca de mi malvado carácter y, ante un problema, busco conscientemente la verdad y renuncio a mis motivaciones egoístas. Sé actuar según las palabras de Dios. Si he llegado a cambiar relativamente, lo he conseguido gracias al juicio de las palabras de Dios. ¡Qué agradecida estoy por la salvación de Dios!

Las citas bíblicas marcadas (*) han sido traducidas de AKJV.

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