81. Los sufrimientos son las bendiciones de Dios

Por Wang Gang, China

Durante una tarde del invierno de 2008, dos hermanas y yo estábamos dando testimonio de la obra de Dios de los últimos días a un grupo de creyentes potenciales, cuando fuimos delatados por personas malvadas. Seis agentes de policía usaron la excusa de que necesitaban comprobar nuestro permiso de residencia para entrar a la fuerza en la casa de la persona a la que íbamos a predicar el evangelio. Cuando entraron por la puerta, gritaron: “¡No se muevan!”. Dos de los policías parecían estar totalmente fuera de sí mientras se abalanzaban sobre mí. Uno me agarró de la ropa a la altura del pecho y el otro me tomó de los brazos y empleó toda su fuerza para apretarlos contra mi espalda, luego preguntó violentamente: “¿Qué estás haciendo? ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres?”. Respondí preguntando: “¿Qué estáis haciendo? ¿Por qué me estáis arrestando?”. Cuando oyeron mis preguntas, se enojaron mucho y dijeron agresivamente: “¡No importa el motivo, tú eres a quien buscamos y vendrás con nosotros!”. Luego, la policía nos llevó a mí y a las dos hermanas y nos metió con un empujón dentro del vehículo policial.

Cuando llegamos a la Oficina de Seguridad Pública, los policías me encerraron en un cuarto pequeño, me ordenaron que me pusiera de cuclillas en el piso y designaron a cuatro de ellos para que me vigilaran. Como había estado en esa posición durante mucho tiempo, estaba tan cansado que ya no lo podía resistir. Al intentar ponerme de pie, se acercaron e hicieron presión sobre mi cabeza para evitar que me levantara. Al poco rato, oí unos gritos espeluznantes de alguien que estaba siendo torturado en el cuarto de al lado y, en ese momento, sentí mucho temor: ¡no sabía qué tortura usarían conmigo después! Comencé urgentemente a orar a Dios en mi corazón: “Oh, Dios Todopoderoso, ahora siento mucho temor, por favor, dame fe y fuerzas, hazme firme y valiente. Estoy dispuesto a mantenerme firme en el testimonio para Ti. ¡Si no puedo soportar su tortura cruel, prefiero suicidarme mordiéndome la lengua que traicionarte como Judas!”. Después de orar, sentí fuerza surgiendo de mí, y mi miedo se calmó.

Esa noche después de las 7 de la tarde, me esposaron los brazos a la espalda, me llevaron a la sala de interrogatorios arriba y me empujaron al suelo. Había toda clase de instrumentos de tortura como sogas, palos de madera, garrotes, látigos, etc. Un policía sostenía una picana eléctrica en los manos, que chasqueaba y zumbaba, y me exigía información amenazándome: “¿Cuánta gente hay en vuestra iglesia? ¿Cuál es vuestro lugar de reunión? ¿Quién está a cargo? ¿Cuántas personas hay en la zona predicando el evangelio? ¡Habla! ¡Si no, ya verás lo que te ocurrirá!”. Observé el peligro inminente de la picana eléctrica y volví a mirar la sala repleta de instrumentos de tortura. No pude evitar sentirme nervioso y temeroso. No sabía si podría superar esta tortura, así que seguí clamando a Dios. Al ver que no decía nada, se enfureció y violentamente me aplicó la picana eléctrica en el lado izquierdo del pecho. Me dio una descarga durante casi un minuto. De inmediato sentí como si me hirviera la sangre. Sentí un dolor insoportable de los pies a la cabeza y rodé por el piso gritando sin cesar. Pero él aún no había acabado conmigo y de repente empezó a estirar de mí hacia arriba y con un garrote en la barbilla me levantó la cabeza, gritando: “¡Habla! ¿No vas a confesar nada?”. Al enfrentar el loco tormento de estos demonios, solo temía traicionar a Dios por no poder soportar su tortura y por tanto oré a Dios en mi corazón desesperadamente. En ese momento, pensé en las palabras de Dios: “Aquellos en el poder pueden parecer despiadados desde afuera, pero no tengáis miedo, ya que esto es porque tenéis poca fe. Siempre y cuando vuestra fe crezca, nada será demasiado difícil” (‘Capítulo 75’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron fe y poder nuevamente, y reconocí que, aunque la policía malvada que estaba frente a mí estuviera enloquecida y desenfrenada, estaba manejada por la mano de Dios. Sin el permiso de Dios, no podrían matarme. Siempre que me apoyara en la fe y confiara en Dios y no sucumbiera ante ellos, fracasarían inevitablemente con humillación. Al pensar en esto, reuní toda la fuerza de mi cuerpo y respondí en voz alta: “¿Por qué me habéis traído aquí? ¿Por qué me estáis electrocutando con una picana eléctrica? ¿Qué delito he cometido?”. El policía maligno súbitamente se transformó en un venado asustado y parecía estar abrumado por la culpa de su conciencia. Tartamudeaba y no podía decir nada. Luego se fueron con el rabo entre las piernas. Al ver la vergonzosa situación del dilema de Satanás, me conmoví hasta las lágrimas. En esta situación difícil, realmente experimenté el poder y la autoridad de las palabras de Dios Todopoderoso. Mientras pusiera en práctica la palabra de Dios, entonces vería las obras de Dios. Dos policías llegaron cinco o seis minutos después, pero esta vez intentaron otra táctica. Un oficial delgado me dijo muy amablemente, “Solo coopera un momento. Responde nuestras preguntas, de lo contrario no podremos soltarte”. No dije ni una palabra, así que trajo un papel para que lo firmara. Al ver las palabras “reeducación por el trabajo” escritas en él, me negué. El otro agente me dio un fuerte golpe en la oreja izquierda, tan fuerte que casi me tira al suelo. Mi oído estuvo zumbando por un rato y me tomó bastante tiempo recuperar la claridad. Me esposaron de nuevo y me encerraron en esa pequeña habitación.

Cuando regresé al cuarto pequeño, estaba magullado y golpeado y el dolor era insoportable. Mi corazón no podía evitar sentir tristeza y debilidad: Predicaba el evangelio con buenas intenciones, le mostraba a la gente que el Salvador había venido y que tenía que apresurarse y buscar la verdad y ser salvada, y aun así estaba sufriendo esta persecución de manera inesperada. Al pensar en esto, sentí aún más que me habían tratado injustamente. Clamé a Dios en oración en mi sufrimiento, diciendo: “Oh, Dios, mi estatura es demasiado pequeña y soy demasiado débil. Dios, quiero apoyarme en Ti y mantenerme firme en el testimonio por Ti. Por favor, guíame”. Más tarde, pensé en un himno de las palabras de Dios: “No te desanimes, no seas débil; y Yo te aclararé las cosas. El camino que lleva al reino no es tan fácil. ¡Nada es tan simple! Queréis que las bendiciones vengan a vosotros fácilmente. Hoy, todos tendréis que enfrentar pruebas amargas. Sin esas pruebas, el corazón amoroso que tenéis por Mí no se hará más fuerte ni sentiréis verdadero amor hacia Mí. Aun si estas pruebas consisten únicamente en circunstancias menores, todos deben pasar por ellas; es solo que la dificultad de las pruebas variará de una persona a otra. Las pruebas son una bendición proveniente de Mí. ¿Cuántos de vosotros venís a menudo delante de Mí y suplicáis de rodillas que os dé Mis bendiciones? Siempre pensáis que unas cuantas palabras favorables cuentan como Mi bendición, pero no reconocéis que la amargura es una de Mis bendiciones” (‘El dolor de las pruebas es una bendición de Dios’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Gracias a las palabras de Dios comprendí que enfrentarme a esta persecución y a la dificultad era para que Dios pudiera perfeccionar mi fe y mi amor. Ese entorno era la bendición de Dios. ¿Cómo podría quejarme y culpar a Dios? Fui arrestado y torturado, pero durante todo el calvario Dios me guio con Sus palabras; esto era el amor de Dios. Canté ese himno en mi corazón, y cuanto más lo cantaba más vigoroso me sentía. También me devolvió la fe y juré a Dios: “Dios, no importa cómo me torture la policía, deseo mantenerme firme en el testimonio y nunca traicionarte. Estoy decidido a seguirte hasta el final”.

En el centro de detención, los policías siguieron usando todo tipo de métodos de tortura conmigo y con frecuencia incitaban a los demás prisioneros a que me pegaran. En el helado frío del invierno, les ordenaban a los prisioneros que vertieran baldes de agua fría sobre mí y me obligaban a tomar duchas heladas. Temblaba de frío de los pies a la cabeza. Tenía palpitaciones y sudaba, mi corazón me dolía hasta el punto de que mi espalda también estaba en agonía. Los prisioneros de allí eran máquinas de ganar dinero para el Partido Comunista de China y no tenían ningún derecho legal. No tenían otra opción que soportar la opresión y ser tratados como esclavos. Durante el día, los guardias de la prisión me obligaban a imprimir billetes utilizados como ofrendas quemadas para los muertos. Al principio, establecieron una norma por la que tenía que imprimir 1.000 billetes por día, luego la aumentaron a 1.800 y después a 3.000. Esta cantidad era imposible de completar incluso para alguien experimentado, mucho menos para quien no lo era, como yo. De hecho, intencionalmente lo ordenaron así para que no pudiera llegar a esa cifra y tener entonces una excusa para atormentarme y azotarme. Cuando no podía cumplir con la cantidad requerida, los oficiales de policía me colocaban grilletes que pesaban más de 5 kilos en las piernas, y me ponían esposas que unían las manos con los pies. Lo único que podía hacer era quedarme sentado allí, agachar la cabeza y doblar la espalda, sin poder moverme. Es más, esa policía inhumana e insensible no preguntaba ni le interesaba saber nada acerca de mis necesidades básicas. Aunque el baño estaba dentro de la celda, no podía siquiera caminar hasta él y usarlo. Solo podía rogarles a mis compañeros de celda que me alzaran y me llevaran al baño. En el caso de que fueran prisioneros algo mejores, me levantaban, y si nadie me ayudaba no tenía otra opción que aguantarme. El peor momento era la hora de la comida, porque tenía las manos y los pies esposados juntos. Solo podía bajar la cabeza con toda mi fuerza y levantar las manos y los pies. Esta era la única forma de poder poner un pan en la boca. Gastaba mucha energía en cada bocado. Las esposas me rozaban las manos y los pies, provocándome un inmenso dolor. Después de un largo tiempo, se me formaron callos oscuros, duros y brillantes en las muñecas y los tobillos. Con frecuencia no podía comer cuando estaba encerrado y, en raras ocasiones, los prisioneros me daban dos panes pequeños. La mayoría de las veces ellos comían mi porción y yo me quedaba con el estómago vacío. Incluso recibía menos agua para beber. Al principio, a todos nos daban solo dos cuencos de agua por día, pero yo estaba encerrado y no podía moverme, así que muy pocas veces podía beber agua. Fui sometido a ese tipo de tortura inhumana cuatro veces, que duró un total de diez días. Incluso en esas condiciones, los agentes me hicieron trabajar en el turno de noche. Pasé mucho tiempo sin poder comer hasta saciarme; el hambre me dejaba a menudo con palpitaciones, náuseas y opresión en el pecho. También me había convertido en un saco de huesos. Cuando mi hambre llegó al punto de no poder soportarlo, pensé en algo que el Señor Jesús le dijo a Satanás en medio de una tentación: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Eso me dio una sensación de alivio, y me sentí listo para experimentar personalmente esas palabras de Dios en la persecución de Satanás contra mí. Me tranquilicé ante Dios para orar y reflexionar sobre Sus palabras, y antes de que me diera cuenta, mi dolor y mi hambre se habían calmado. Una vez un prisionero me dijo: “Había un joven que estaba esposado y muerto de hambre así antes. He visto que no has comido mucho durante varios días y todavía estás de tan buen humor”. Al escuchar sus palabras, en silencio di gracias a Dios. Sentí profundamente que era el poder de la vida en las palabras de Dios lo que me apoyaba. Esto realmente me hizo creer que la palabra de Dios es la verdad, el camino y la vida, y que ciertamente es el fundamento en el que debía confiar para sobrevivir. Por lo tanto, mi fe en Dios aumentó inconscientemente. En este ámbito de sufrimiento verdaderamente pude experimentar la realidad de la verdad de que “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Esta es en verdad la riqueza más preciada de la vida que Dios me ha otorgado, y es también mi don extraordinario. Es más, nunca lo hubiera obtenido en un entorno donde no tuviera que preocuparme de la comida o la ropa. ¡Este sufrimiento tenía tanto significado y valor!

Esta experiencia de persecución y tortura intensificó el odio que tenía en mi corazón por el Partido Comunista. Fui arrestado y sometido a toda clase de torturas por nada más que creer en Dios. Fue un abuso inhumano; ¡fue terriblemente malvado! Pensé en un pasaje de las palabras de Dios que había leído antes: “El rostro de lo profundo es caótico y oscuro, mientras que la gente común que sufre tanta aflicción clama al cielo y se queja en la tierra. ¿Cuándo será capaz el hombre de mantener erguida su cabeza? El hombre está flaco y demacrado, ¿cómo podría contender con este diablo cruel y tirano? ¿Por qué no entrega su vida a Dios lo antes posible? ¿Por qué todavía vacila? ¿Cuándo puede terminar la obra de Dios? Así, sin rumbo, intimidado y oprimido, finalmente habrá pasado toda su vida en vano; ¿por qué tiene tanta prisa por llegar, y está tan apresurado por irse? ¿Por qué no guarda algo precioso que darle a Dios? ¿Ha olvidado los milenios de odio?” (‘La obra y la entrada (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Esta experiencia me mostró la verdadera esencia del Partido Comunista como un enemigo de Dios, un enemigo de la verdad. Reforzó mi determinación de ser testigo de Dios.

Un mes más tarde, la policía del PCCh me acusó sin fundamentos de “perturbar el orden de la sociedad y de destruir la implementación de la ley” y fui sentenciado a un año de reforma mediante la realización de trabajos forzados. Una vez que entré al campo de trabajo, los agentes de policía me obligaron a trabajar todos los días. Mientras estaba en el taller contando bolsas, lo hacía de cien en cien y luego las ataba. Los prisioneros siempre venían intencionalmente y tomaban una o varias bolsas de las que había contado y decían que yo no las había contado bien y aprovechaban la oportunidad para golpearme y patearme. Cuando el capitán del grupo me veía golpeado, se acercaba a mí e hipócritamente me preguntaba qué estaba sucediendo y los prisioneros presentaban falsa evidencia de que yo no estaba contando suficientes bolsas. Entonces, debía soportar un bombardeo de fuertes críticas por parte del capitán del grupo. Cada vez que me sentía agraviado y con dolor, cantaba un himno de las palabras de Dios mientras trabajaba: “Durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis caminar hasta el final e, incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y estar a merced de Él; solo esto es amar verdaderamente a Dios y solo esto es el testimonio sólido y rotundo” (‘Busca amar a Dios sin importar lo mucho que sufras’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Mientras cantaba y cantaba, empecé a sentirme conmovido e inspirado, y no pude evitar que las lágrimas fluyeran por mis mejillas. Me decidí a que, sin importar cuánto sufriera, me mantendría firme en el testimonio por Dios. Había otro hermano de mi misma edad que estaba encerrado conmigo en ese momento. No se nos permitía hablar cuando trabajábamos durante el día, pero por la noche escribíamos en secreto pasajes de las palabras de Dios e himnos que memorizábamos e intercambiábamos entre nosotros. Después de un tiempo se nos asignó trabajar juntos, así que teníamos comunión en silencio, ayudándonos y animándonos mutuamente. Realmente ayudó a aliviar el sufrimiento.

Además, me obligaron memorizar las “normas de conducta” todas las mañanas, y, si no lo hacía, me golpeaban. También me obligaron a cantar canciones que alababan al Partido Comunista. Si advertían que no cantaba o que mis labios no se movían, entonces inevitablemente iba a recibir una golpiza por la noche. También me castigaban haciéndome fregar el suelo, y si no lo hacía de acuerdo a sus expectativas, entonces me golpeaban con violencia. En una oportunidad, algunos prisioneros comenzaron a pegarme y a patearme de repente. Después de pegarme, me preguntaron: “Jovencito, ¿sabes por qué te pegamos? Porque no te pusiste de pie ni saludaste al alcaide cuando vino aquí”. Cada vez que me golpeaban, me enojaba, pero no me atrevía a decir nada. Solamente podía llorar y orar en silencio a Dios, hablándole acerca del resentimiento y la angustia que tenía dentro de mi corazón. En este lugar anárquico e irracional no había racionalidad, solo violencia. No había personas aquí, ¡solo demonios dementes! Todos los días sentía tanto dolor y tanta presión viviendo en esta situación desesperada que no quería permanecer ni un minuto más allí. Cada vez que caía en una condición de debilidad y dolor, pensaba en las palabras de Dios Todopoderoso: “¿Alguna vez habéis aceptado las bendiciones que os han sido dadas? ¿Alguna vez habéis buscado las promesas que se hicieron por vosotros? Con toda seguridad, bajo la guía de Mi luz, os abriréis paso entre el dominio de las fuerzas de la oscuridad. En medio de la oscuridad, ciertamente no perderéis la luz que os guía. Con seguridad seréis el amo de toda la creación. Con seguridad seréis un vencedor delante de Satanás. Con seguridad, cuando caiga el reino del gran dragón rojo, os erguiréis entre las grandes multitudes para ser testigos de Mi victoria. Con seguridad permaneceréis firmes e inquebrantables en la tierra de Sinim. A través de los sufrimientos que soportéis, heredaréis Mis bendiciones, y, con seguridad, irradiaréis Mi gloria por todo el universo” (‘Capítulo 19’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me alentaron. Entendí que todo lo que Dios había hecho en mí era para proveerme y salvarme; era para introducir la verdad en mí y convertir la verdad en mi vida. Dios permitió que me sucediera la persecución y la tribulación, y aunque sufrí mucho físicamente, me permitió ver claramente la esencia maligna del gran dragón rojo de resistir y odiar a Dios, lo detesté y lo abandoné, escapé completamente de la influencia de Satanás, y me volví completamente a Dios y me convertí en un vencedor por Dios. También me permitió poder experimentar de verdad que Dios está conmigo. Me hizo gozar realmente que las palabras de Dios se convirtieran en el pan de mi vida y en la lámpara a mis pies y en la luz para mi camino, conduciéndome paso a paso por este oscuro agujero del infierno. Este es el amor y la protección de Dios que disfruté y obtuve durante la persecución y la tribulación. En ese momento, pude ver que yo estaba muy ciego. Al creer en Dios, solo sabía cómo gozar de la gracia y la bendición de Dios y no buscaba la verdad ni la vida de ninguna manera. Cada vez que mi carne sufría una pequeña dificultad, me quejaba sin cesar. Simplemente, no entendía la voluntad de Dios y no buscaba comprender Su obra. Siempre le causaba angustia y dolor a Dios. ¡No tenía conciencia! Sintiendo remordimiento y culpándome a mí mismo, oré a Dios en silencio: “Oh, Dios Todopoderoso, puedo ver que todo lo que haces es salvarme y obtenerme. Detesto verdaderamente ser tan rebelde y ciego. Siempre te he malinterpretado y no he sido considerado con Tu voluntad. Oh, Dios, hoy Tu palabra ha despertado mi corazón y mi espíritu adormecidos y me ha hecho comprender Tu voluntad. Ya no quiero cumplir mis propios deseos y exigencias; solo me someteré a Tus arreglos. Independientemente de cuánto sufrimiento tenga que soportar, daré testimonios de Ti en las persecuciones de Satanás”. Luego de orar, comprendí las buenas intenciones de Dios, y supe que cada ámbito en el que Dios me permitiera experimentar sería Su mayor amor y salvación para mí. Por lo tanto, ya no pensaría en alejarme de Él con miedo ni en malinterpretarlo. Aunque la situación fuera la misma, mi corazón estaba en verdad lleno de gozo y placer. Sentía que era un honor poder pasar por malos momentos y persecución por mi creencia en Dios, y que era un don único para mí, una persona corrupta; era una bendición especial y una gracia.

Luego de haber experimentado un año de dificultades en prisión, veo que era muy pequeño de estatura y que carezco de mucha verdad. Dios Todopoderoso realmente ha compensado mis deficiencias a través de este entorno único y me ha permitido crecer. En mi adversidad, Él ha hecho que obtuviera la riqueza más preciada en la vida y que comprendiera muchas verdades que yo no entendía en el pasado y que viera claramente los crímenes atroces cometidos por el PPCh al perseguir y atormentar a los cristianos. He reconocido el aspecto repulsivo de Satanás, el demonio, y la esencia reaccionaria de su resistencia a Dios. Sinceramente he experimentado la gran salvación y misericordia que Dios Todopoderoso tiene para mí, una persona corrupta, y he sentido que el poder y la vida en las palabras de Dios Todopoderoso pueden traerme luz y ser mi vida y conducirme a prevalecer sobre Satanás y a alejarme tenazmente del valle de sombra de muerte. ¡Gracias a Dios!

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