358 El Hijo del hombre encarnado es Dios mismo

I

Cuando la divinidad de Dios se hizo carne y sangre,

Su presencia fue menos difusa

y el hombre se pudo acercar a Dios.

Pudo captar la voluntad de Dios y entender Su divinidad

por las palabras, actos y obras del Hijo del hombre.

Con Su humanidad,

el Hijo del hombre expresó la voluntad y divinidad de Dios,

y al mostrar Su voluntad y carácter,

reveló a la gente el Dios en el reino espiritual,

que no se puede ver ni tocar.

Vieron a un Dios de carne y hueso.

II

Así, el Hijo del hombre encarnado

hizo que el carácter de Dios, la identidad,

y mucho más, sean humanos y tangibles.

Ya sea Su humanidad o divinidad,

no podemos negar que Él es el estado y la identidad de Dios.

Con Su humanidad,

el Hijo del hombre expresó la voluntad y divinidad de Dios,

y al mostrar Su voluntad y carácter,

reveló a la gente el Dios en el reino espiritual,

que no se puede ver ni tocar.

Vieron a un Dios de carne y hueso.

III

Durante ese tiempo, Dios obró y habló encarnado.

Con la identidad del Hijo del hombre,

se presentó ante la humanidad,

la cual pudo conocer las palabras y la obra de Dios,

con la humildad le mostró Su grandeza y divinidad.

El hombre siente y comprueba la realidad de Dios;

el hombre capta lo que significa.

Con Su humanidad,

el Hijo del hombre expresó la voluntad y divinidad de Dios,

y al mostrar Su voluntad y carácter,

reveló a la gente el Dios en el reino espiritual,

que no se puede ver ni tocar.

Vieron a un Dios de carne y hueso.

IV

Aunque la obra, las formas y el hablar del Señor Jesús

eran distintos de la persona real de Dios en el reino del espíritu,

Él era Dios como nunca antes se había visto.

Esto no se puede negar, no se puede negar.

Con Su humanidad,

el Hijo del hombre expresó la voluntad y divinidad de Dios,

y al mostrar Su voluntad y carácter,

reveló a la gente el Dios en el reino espiritual,

que no se puede ver ni tocar.

Vieron a un Dios de carne y hueso.


Adaptado de ‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo III’ en “La Palabra manifestada en carne”

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