Selección de los cuatro pasajes de la palabra de Dios sobre “El misterio de la encarnación”

1. En la Era de la Gracia, Juan allanó el camino para Jesús. No podía llevar a cabo la obra de Dios mismo y simplemente cumplió con el deber del hombre. Aunque Juan fue el precursor del Señor, no podía representar a Dios; sólo era un hombre usado por el Espíritu Santo. Después del bautismo de Jesús, “descendió el Espíritu Santo sobre Él, como paloma”. Fue entonces cuando empezó Su obra, es decir, comenzó a desempeñar el ministerio de Cristo. Por esta razón asumió la identidad de Dios, porque vino de Él. No importa cómo fuera Su fe antes de esto —quizás haya sido débil en ocasiones, o fuerte en otras— todo eso perteneció a la vida humana normal que Él llevaba antes de llevar a cabo Su ministerio. Después de ser bautizado (es decir, ungido), tuvo inmediatamente el poder y la gloria de Dios con Él, y por tanto comenzó a desempeñar Su ministerio. Podía obrar señales y maravillas, realizar milagros, tenía poder y autoridad, porque obraba directamente en el nombre de Dios mismo; hacía la obra del Espíritu en Su lugar y expresaba Su voz; así pues, Él era Dios mismo. Esto es indiscutible. El Espíritu Santo usó a Juan. Este no podía representar a Dios ni le era posible hacerlo. Si hubiera deseado hacerlo, el Espíritu Santo no lo habría permitido, porque no podía hacer la obra que Dios mismo pretendía realizar. Quizás había mucho en él de la voluntad del hombre o había algo desviado en él; bajo ninguna circunstancia podía representar directamente a Dios. Sus equivocaciones y errores lo representaban sólo a él, pero su obra era representativa del Espíritu Santo. Sin embargo, no se puede afirmar que su totalidad representara a Dios. ¿Podían su desviación y sus errores representar también a Dios? Equivocarse al representar al hombre es normal, pero si se desviaba en la representación de Dios, ¿no sería una deshonra para Él? ¿No sería una blasfemia contra el Espíritu Santo? Este no permite al hombre ocupar el lugar de Dios a voluntad, aunque otros le exalten. Si no es Dios, sería incapaz de mantenerse firme al final. ¡El Espíritu Santo no le permite al hombre representar a Dios como a él le plazca! Por ejemplo, el Espíritu Santo dio testimonio de Juan y también reveló que era quien allanaría el camino para Jesús, pero la obra realizada en él por el Espíritu Santo estaba bien medida. Todo lo que se le pidió a Juan fue que allanase el camino para Jesús, que lo preparara. Es decir, el Espíritu Santo sostuvo su obra de abrir el camino y sólo le permitió llevar a cabo dicha obra y ninguna otra. Juan representaba a Elías, y representaba al profeta que allanaba el camino. El Espíritu Santo lo sostuvo; mientras que su trabajo consistió en abrir camino, Él lo sostuvo. Sin embargo, si hubiera reivindicado ser Dios mismo y venir a terminar la obra de redención, el Espíritu Santo lo habría disciplinado. Por muy grande que fuera la obra de Juan, y por mucho que el Espíritu Santo la sostuviera, esta permanecía dentro de sus límites. Es realmente cierto que el Espíritu Santo sostuvo su obra, pero el poder que se le dio en ese momento se limitó a allanar el camino. No podía realizar otra obra en absoluto, porque sólo era Juan quien allanó el camino, no Jesús. Por tanto, el testimonio del Espíritu Santo es fundamental, pero la obra que este le permite hacer al hombre es aún más crucial. ¿No se dio un gran testimonio de Juan en ese momento? ¿No fue grande su obra también? Pero la obra que él hizo no podía superar la de Jesús, porque él no era más que un hombre usado por el Espíritu Santo, y no podía representar directamente a Dios; por lo tanto la obra que hizo fue limitada. Después de que él terminara la obra de allanar el camino, nadie continuó manteniendo su testimonio, ninguna obra nueva lo siguió, y partió cuando la obra de Dios mismo comenzó.

de ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

2. Algunos están poseídos por espíritus malignos y claman persistentemente “¡Soy Dios!”. Pero al final, son revelados porque lo que representan es incorrecto. Representan a Satanás y el Espíritu Santo no les presta atención. Por muy alto que te exaltes o por muy fuerte que clames, sigues siendo un ser creado, que pertenece a Satanás. Yo nunca clamo: “¡Soy Dios, soy el amado Hijo de Dios!”. Pero la obra que hago es la de Dios. ¿Debo gritar? No hay necesidad de exaltación. Dios hace Su obra por sí mismo y no necesita que el hombre le conceda un estatus o un título honorífico, y Su obra es suficiente para representar Su identidad y estatus. Antes de Su bautismo, ¿no era Jesús Dios mismo? ¿No era la carne encarnada de Dios? ¿Es acaso cierto que pueda decirse que Él sólo se convirtió en el único Hijo de Dios después de que se dio testimonio de Él? ¿Acaso no había un hombre llamado Jesús mucho antes de que Él comenzase Su obra? No puedes traer nuevos caminos o representar al Espíritu. No puedes expresar la obra del Espíritu o las palabras que Él habla. No puedes realizar la obra de Dios mismo ni la del Espíritu. No puedes expresar la sabiduría, la maravilla y lo insondable de Dios ni todo el carácter por medio del cual Él castiga al hombre. Así pues, tus repetidas reivindicaciones de ser Dios no importan; sólo tienes el nombre y nada de la esencia. Dios mismo ha venido, pero nadie lo reconoce, y aun así Él sigue en Su obra y lo hace en representación del Espíritu. Independientemente de que lo llames hombre o Dios, Señor o Cristo, o hermana, todo está bien. Pero la obra que Él hace es la del Espíritu y representa la de Dios mismo. No le importa el nombre con el que el hombre lo denomine. ¿Puede ese nombre determinar Su obra? Independientemente de cómo lo llames, desde la perspectiva de Dios, Él es la carne encarnada del Espíritu de Dios; representa al Espíritu y este lo aprueba. No puedes dejar paso a una nueva era ni finalizar la antigua, ni iniciar la nueva, ni hacer una nueva obra. Por tanto, ¡no se te puede llamar Dios!

de ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

3. Ni siquiera un hombre usado por el Espíritu Santo puede representar a Dios mismo. Y esto no sólo quiere decir que tal hombre no puede representar a Dios, sino que la obra que hace no puede representarle directamente. Es decir, la experiencia del hombre no puede colocarse directamente dentro de la gestión de Dios ni puede representar Su gestión. Toda la obra que Dios mismo lleva a cabo es la que Él pretende hacer en Su propio plan de gestión y guarda relación con la gran gestión. La obra realizada por el hombre (es decir, el hombre usado por el Espíritu Santo) consiste en proveer su experiencia personal. Consiste en encontrar una nueva senda de experiencia a partir de la que caminaron los que fueron delante de él y guía a los hermanos y hermanas bajo la dirección del Espíritu Santo. Lo que estos hombres proveen es su experiencia individual o los escritos espirituales de hombres espirituales. Aunque el Espíritu Santo los usa, lo que ellos hacen no tiene relación con la gran obra de gestión en el plan de seis mil años. Simplemente, el Espíritu Santo los levanta en diferentes períodos para guiar a las personas en Su corriente hasta que hayan cumplido su función o su vida llegue a su fin. La obra que hacen es tan sólo preparar un camino apropiado para Dios mismo o continuar un elemento en la gestión de Dios mismo en la tierra. Esos hombres son incapaces de hacer la obra más grande en Su gestión, y no pueden abrir nuevas salidas, mucho menos concluir toda la obra de Dios desde la era anterior. Por tanto, la obra que realizan representa sólo a un ser creado que cumple su función y no puede representar a Dios mismo llevando a cabo Su ministerio. Esto se debe a que la obra que hacen es diferente a la realizada por Dios mismo. El hombre no puede realizar la obra de introducir una nueva era en lugar de Dios. Nadie aparte de Él mismo puede hacerlo. Toda la obra que hace el hombre consiste en cumplir su deber como ser creado, y se realiza cuando es movido o iluminado por el Espíritu Santo. La dirección que esos hombres proveen consiste completamente en enseñar al hombre el camino de la práctica en la vida diaria y cómo actuar en armonía con la voluntad de Dios. La obra del hombre no implica la gestión de Dios ni representa la obra del Espíritu. Como ejemplo, la obra de Witness Lee y Watchman Nee consistió en liderar el camino. Fuera el camino nuevo o viejo, la obra se hizo sobre la base del principio de permanecer dentro de la Biblia. Se restauraran o se construyeran iglesias locales, la obra de ellos consistió en establecer iglesias. La obra que hicieron continuó la obra que Jesús y Sus discípulos no habían finalizado o no habían desarrollado adicionalmente en la Era de la Gracia. Lo que hicieron en su obra consistió en la restauración de lo que Jesús había pedido en Su obra temprana a las generaciones después de Él, como lo era mantener sus cabezas cubiertas, el bautismo, el romper el pan, o el tomar el vino. Podría decirse que su obra fue atenerse a la Biblia y buscar caminos sólo dentro de ella. No hicieron progreso nuevo en absoluto. Por lo tanto, uno puede ver en su obra sólo el descubrimiento de nuevos caminos dentro de la Biblia, como también prácticas mejores y más realistas. Pero uno no puede encontrar en su obra la voluntad presente de Dios, ni mucho menos la obra nueva que Dios realizará en los últimos días. Esto se debe a que el camino que anduvieron todavía era antiguo; no hubo progresos ni nada nuevo. Continuaron manteniendo el hecho de “la crucifixión de Jesús”, la práctica de “pedirles a las personas que se arrepintieran y confesaran sus pecados”, el dicho de que “el que persevere hasta el fin será salvo”, y el de que “el hombre es la cabeza de la mujer, y la mujer debe obedecer a su esposo”. Además, mantuvieron la noción tradicional de que “las hermanas no pueden predicar y que sólo pueden obedecer”. Si esa clase de liderazgo continuaba, el Espíritu Santo nunca hubiera sido capaz de llevar a cabo nueva obra, liberar al hombre de la doctrina ni guiarlo a la esfera de la liberta y la belleza. Por lo tanto, esta etapa de la obra para el cambio de la era deberá ser hecha y hablada por Dios mismo, de otro modo ningún hombre puede hacerla en Su lugar. Hasta ahora, toda la obra del Espíritu Santo fuera de esta corriente se ha paralizado, y los que eran usados por el Espíritu Santo han perdido el rumbo. Así, como la obra de los hombres usados por el Espíritu Santo es diferente de la llevada a cabo por Dios mismo, sus identidades y en nombre de quien actúan son igualmente distintas. Esto se debe a que la obra que el Espíritu Santo pretende hacer es diferente, y confiere de este modo identidades y estatus diferentes a aquellos que obran. Los hombres usados por el Espíritu Santo también pueden hacer alguna obra nueva y eliminar alguna otra llevada a cabo en la era anterior, pero su obra no puede expresar el carácter y la voluntad de Dios en la nueva era. Trabajan sólo para quitar la obra de la era anterior, no para hacer la nueva con el objetivo de representar directamente el carácter de Dios mismo. Así pues, independientemente de cuántas prácticas obsoletas abolan o cuántas nuevas introduzcan, siguen representando al hombre y a los seres creados. Sin embargo, cuando el propio Dios lleva a cabo la obra, no declara abiertamente la abolición de prácticas de la era antigua ni declara directamente el comienzo de una nueva. Él es directo y claro en Su obra. Es franco llevando a cabo la obra que pretende; esto es, expresa directamente la obra que ocasionó, la hace directamente como pretendió en un principio, expresando Su ser y Su carácter. Tal como el hombre lo ve, Su carácter, y también Su obra, son diferentes a los de eras pasadas. No obstante, desde la perspectiva de Dios mismo, esto es simplemente una continuación y un desarrollo adicional de Su obra. Cuando Dios mismo obra, expresa Su palabra y trae directamente la nueva obra. Por el contrario, cuando el hombre obra, lo hace por medio de la deliberación y el estudio, o es el desarrollo del conocimiento y la sistematización de la práctica que se edifican sobre el fundamento de la obra de otros. Es decir, la esencia de la obra hecha por el hombre es atenerse a las convenciones y “caminar por sendas antiguas con zapatos nuevos”. Esto significa que incluso la senda transitada por los hombres usados por el Espíritu Santo se edifica sobre la que Dios mismo abrió. Por tanto, el hombre es después de todo hombre, y Dios es Dios.

de ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

4. Juan nació por la promesa, de forma muy parecida a como Isaac le nació a Abraham. Él allanó el camino para Jesús e hizo mucha obra, pero no era Dios. En su lugar, se le considera un profeta porque sólo allanó el camino para Jesús. Su obra también fue grande, y no fue hasta que él allanó el camino que Jesús empezó oficialmente Su obra. En esencia, simplemente trabajó para Jesús, y su trabajo fue en servicio de la obra de Jesús. Después de que él allanara el camino, Jesús empezó Su obra, una obra más nueva, más específica y con mayor detalle. Juan sólo hizo la obra inicial; Jesús hizo más de la nueva obra. Juan también realizó nueva obra, pero no fue él quien dio entrada a la nueva era. Juan nació por la promesa, y un ángel le dio su nombre. En ese momento, algunos quisieron llamarlo como su padre, Zacarías, pero su madre habló, diciendo: “Este niño no puede llamarse así. Debe llamarse Juan”. El Espíritu Santo lo ordenó. Entonces, ¿por qué no se llamó Dios a Juan? Jesús también recibió Su nombre por la dirección del Espíritu Santo, y Él nació de este y de Su promesa. Jesús era Dios, Cristo, y el Hijo del hombre. La obra de Juan también fue grande, ¿pero por qué no se le llamó Dios? ¿Cuál era exactamente la diferencia entre la obra realizada por Jesús y la de Juan? ¿Acaso la única razón fue que Juan venía a allanar el camino para Jesús? ¿O sería porque Dios lo había predestinado? Aunque Juan también anunció: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se acerca”, y predicó también el evangelio del reino de los cielos, su obra no fue profunda y constituía simplemente un comienzo. Por el contrario, Jesús dio entrada a una nueva era y finalizó una antigua, pero también cumplió la ley del Antiguo Testamento. La obra que hizo fue mayor que la de Juan: Él vino a redimir a toda la humanidad; Él realizó esta etapa de la obra. Juan simplemente preparó el camino. Aunque su obra fue grande, sus palabras muchas, y los discípulos que lo siguieron numerosos, su obra sólo trajo al hombre un nuevo comienzo. Este nunca recibió de él vida, el camino, o verdades más profundas ni tampoco obtuvieron un entendimiento de la voluntad de Dios a través de él. Juan fue un gran profeta (Elías) que exploró un nuevo territorio para la obra de Jesús y preparó a los escogidos; fue el precursor de la Era de la Gracia. Esos asuntos no pueden discernirse simplemente observando su apariencia humana normal. Juan también hizo, en especial, una obra bastante grande, nació por la promesa del Espíritu Santo, y este sostuvo su obra. Por tanto, la distinción entre sus respectivas identidades sólo puede hacerse por medio de su obra, porque no hay manera de distinguir entre la esencia de un hombre y su apariencia externa, ni hay manera de que el hombre determine cuál es el testimonio del Espíritu Santo. La obra realizada por Juan y la llevada a cabo por Jesús no eran parecidas y su naturaleza era diferente. Esto es lo que debe determinar si él es o no Dios. La obra de Jesús debía comenzar, continuar, concluir, y cumplirse. Jesús llevó a cabo cada uno de estos pasos, mientras la obra de Juan no fue otra que la de un comienzo. Al principio, Jesús difundió el evangelio y predicó el camino del arrepentimiento, después prosiguió bautizando al hombre, curando enfermedades, y expulsando demonios. Al final, redimió a la humanidad del pecado y completó Su obra durante toda la era. Predicó a los hombres y difundió el evangelio del reino de los cielos en todas partes. Esto mismo ocurrió con Juan, con la diferencia de que Jesús dio entrada a una nueva era y trajo la Era de la Gracia al hombre. De Su boca salió la palabra sobre qué debería practicar el hombre y el camino en que este debería seguir en la Era de la Gracia y, al final, terminó la obra de la redención. Juan nunca podría haber realizado esa obra. Y así, Jesús fue quien hizo la obra de Dios mismo, Él es Dios mismo y lo representa directamente. Las concepciones del hombre afirman que todos los que nacieron por la promesa, los que nacieron del Espíritu, que fueron sostenidos por el Espíritu Santo, y que abrieron nuevas salidas son Dios. Según este razonamiento, Juan también sería Dios, y Moisés, y Abraham, y David..., ellos también serían Dios. ¿No es esto un gran chiste?

de ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

5. Las personas creen que el Dios que viene en la carne no vive en absoluto como lo hace el hombre normal; creen que está limpio sin tener que lavarse los dientes o la cara, porque es una persona santa. ¿No son puramente estas concepciones humanas? La Biblia no habla de la vida de Jesús como hombre, sólo de Su obra, pero esto no demuestra que Él no tuviese una humanidad normal o que no viviese una vida humana normal antes de los treinta años de edad. Oficialmente, Él comenzó Su obra a la edad de 29 años, pero no puedes negar toda Su vida como hombre anterior a la misma. La Biblia simplemente omitió esa etapa de sus registros; como era Su vida como un hombre ordinario y no la etapa de Su obra divina, no había necesidad de escribirla. Porque antes del bautismo de Jesús, el Espíritu Santo no hizo Su obra inmediatamente, sino que simplemente mantuvo Su vida como un hombre ordinario hasta el día en que debía llevar a cabo Su ministerio. Aunque Él era Dios encarnado, experimentó el proceso de madurar como lo hace un hombre corriente. La Biblia omitió este proceso, porque al no poder proporcionar gran ayuda para el crecimiento del hombre en la vida, lo suprimió. Antes de Su bautismo hubo una etapa oculta en la que no obró señales ni maravillas. Sólo después de Su bautismo comenzó Jesús toda la obra de redención de la humanidad, obra que fue ricamente abundante en gracia, verdad, amor y misericordia. El inicio de esta obra fue también el comienzo de la Era de la Gracia; por esta razón, se escribió y transmitió hasta el presente. Ello abrió una salida, y lo llevó todo a buen término para que aquellos en la Era de la Gracia transitaran el camino de esa era y el camino de la cruz. Aunque eso proviene de registros escritos por el hombre, todos son hechos, excepto que aquí y allá se encuentran algunos pequeños errores. De todas formas, no se puede decir que estos no sean veraces. Las cosas son enteramente basadas en los hechos, sólo que, al escribirlas, el hombre cometió errores. Hay algunos que dirán que si Jesús fue alguien con humanidad normal y ordinaria; ¿cómo pudo ser que Él fuera capaz de obrar señales y maravillas? Los cuarenta días de tentación que Jesús experimentó son una señal milagrosa, una que el hombre ordinario sería incapaz de lograr. Sus cuarenta días de tentación fueron la obra del Espíritu Santo; ¿cómo puede uno decir, entonces, que no hay nada sobrenatural en Él? Que Él obrara señales y maravillas no muestra que no fuera un hombre ordinario, sino trascendente; es, simplemente, que el Espíritu Santo obraba en un hombre corriente como Él, y hacía posible por tanto que llevara a cabo milagros e hiciera una obra mayor. Antes de que Jesús llevara a cabo Su ministerio, o como se dice en la Biblia, antes de que el Espíritu descendiese sobre Él, Jesús no era sino un hombre ordinario que no poseía nada sobrenatural. Cuando el Espíritu Santo descendió sobre Él, es decir, cuando Él comenzó a llevar a cabo Su ministerio, quedó impregnado de lo sobrenatural. De esta manera, el hombre llega a creer que la carne encarnada de Dios no tiene humanidad normal y, aún más, piensa erradamente que Dios encarnado no tiene humanidad. Sin duda, cuando Dios viene a la tierra, Su obra y todo lo que el hombre ve de Él son sobrenaturales. Lo que observas con tus ojos y oyes con tus oídos es todo sobrenatural, porque Su obra y Sus palabras son incomprensibles e inalcanzables para el hombre. Si algo del cielo es traído a la tierra, ¿cómo puede ser cualquier cosa que no sea sobrenatural? Cuando los misterios del reino de los cielos son traídos a la tierra, misterios que son incomprensibles e inimaginables para el hombre, que son demasiado asombrosos y sabios, ¿acaso no son todos sobrenaturales? Sin embargo, debes saber que sin importar cuán sobrenatural esto sea, todo se lleva a cabo dentro de Su humanidad normal. La carne encarnada de Dios está impregnada con humanidad, de lo contrario no sería tal.

de ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

6. La obra del Espíritu de Dios en la carne también es gobernada por sus propios principios. Sólo cuando Él esté equipado con una humanidad normal, podría acometer la obra y asumir la carga del Padre. Sólo entonces pudo comenzar Su obra. En Su niñez, Jesús no podía comprender en absoluto mucho de lo que había acontecido en la antigüedad, y sólo llegó a entender haciendo preguntas a los maestros en la sinagoga. Si hubiera empezado Su obra justo después de haber aprendido a hablar, ¿cómo habría sido posible no cometer ningún error? ¿Cómo podría Dios dar un mal paso? Por tanto, no comenzó Su obra hasta que fue capaz de obrar; no realizó ninguna obra hasta que fue totalmente capaz de acometerla. A la edad de 29 años, Jesús ya era bastante maduro y Su humanidad suficiente para emprender la obra que debía hacer. Sólo entonces, el Espíritu Santo, que había estado escondido durante treinta años, comenzó a revelarse, y el Espíritu de Dios empezó de manera oficial a obrar en Él. En ese momento, Juan se había preparado durante siete años y le abrió camino a Él, y tras concluir su obra, fue encarcelado. Toda la carga recayó entonces sobre Jesús. Si Él hubiera emprendido esta obra a la edad de 21 o 22 años, cuando tenía carencias en Su humanidad y acababa de entrar en la edad adulta temprana, aún sin entendimiento en muchas cosas, habría sido incapaz de tomar el control. En ese momento, Juan ya había llevado a cabo su obra durante algún tiempo antes de que Jesús comenzase Su obra en Su madurez. A esa edad, Su humanidad normal era suficiente para acometer la obra que debía hacer.

de ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

7. La obra de Dios, encarnado en la carne, tiene muchos principios. Hay mucho que el hombre simplemente no entiende, pero este usa constantemente sus propias concepciones para medirlo o ponerle excesivas exigencias. Incluso ahora hay muchos que no son conscientes en absoluto de que su conocimiento no contiene más que sus propias concepciones. Cualesquiera que sean la era o el lugar en los que Dios se encarne, los principios para Su obra en la carne siguen sin cambiar. Él no puede hacerse carne y sin embargo trascenderla para obrar; es más, no puede hacerse carne y sin embargo no obrar dentro de la humanidad normal de esta. De lo contrario, el sentido de la encarnación de Dios se reduciría a la nada, y la Palabra hecha carne no significaría absolutamente nada. Además, sólo el Padre en el cielo (el Espíritu) sabe de la encarnación de Dios; nadie más, ni siquiera la propia carne ni los mensajeros del cielo. Así, la obra de Dios en la carne es aún más normal y más capaz de demostrar que el Verbo se hace carne, la Palabra se hace carne en realidad; la carne supone un hombre normal y ordinario.

de ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

8. Algunos pueden preguntarse, ¿por qué debe dar entrada Dios mismo a la era? ¿No puede hacerlo un ser creado en Su lugar? Todos sabéis que Él se hace carne expresamente con el propósito de dar entrada a una nueva era; por supuesto, cuando hace esto último, ha concluido la era anterior al mismo tiempo. Dios es el principio y el fin; es Él mismo quien pone en marcha Su obra y, por tanto, debe ser Él mismo quien concluya la era anterior. Esa es la prueba de que derrota a Satanás y conquista el mundo. Cada vez que Él mismo obra entre los hombres, es el comienzo de una nueva batalla. Sin el comienzo de una nueva obra no habría naturalmente conclusión de la antigua, y el que no concluya la antigua es prueba de que la batalla contra Satanás aún no ha llegado a su final. Sólo si Dios mismo viene, y lleva a cabo la nueva obra entre los hombres, el hombre puede liberarse totalmente del campo de acción de Satanás y obtener una nueva vida y un nuevo comienzo. De otro modo, el ser humano vivirá para siempre en la era antigua y bajo la antigua influencia de Satanás. Con cada era dirigida por Dios se libera una parte del hombre, y así el hombre avanza junto a la obra de Dios hacia la nueva era. La victoria de Dios es una victoria para todos aquellos que le siguen. Si la humanidad de la creación estuviera encargada de concluir la era, desde el punto de vista del hombre o de Satanás, no sería más que un acto que se opone a Él o lo traiciona y no de obediencia a Dios, y la obra del hombre se convertiría en una herramienta para Satanás. Sólo si el hombre obedece y sigue a Dios en una era introducida por Él mismo, Satanás se convencería totalmente, porque esa es el deber de un ser creado. Y por eso digo que sólo necesitáis seguir y obedecer, y no se os pide nada más. Eso es lo que se pretende con que cada uno cumpla con su deber y desempeñe su función. Dios hace Su propia obra y no necesita que el hombre la haga en Su lugar, ni se involucra en la obra de los seres creados. El hombre cumple su propio deber y no interfiere en la obra de Dios, y sólo esto es obediencia y la prueba de la derrota de Satanás. Después de que Dios mismo haya dado entrada a la nueva era, Él ya no obra en medio del hombre. Sólo entonces entra este oficialmente en la nueva era para cumplir su deber y llevar a cabo su misión como un ser creado. Estos son los principios de obra que nadie puede transgredir. Sólo obrar de esta forma es sensato y razonable. Dios mismo hace Su obra. Él es quien la pone en marcha, y también quien la concluye. Él es quien planea la obra, y también quien la gestiona, y aún más, Él es quien la hace llegar a buen término. Es como se declara en la Biblia: “Yo soy el principio y el fin; soy el Sembrador y el Segador”. Todo lo relacionado con la obra de Su gestión, lo hace Él mismo. Él es el Gobernador del plan de gestión de seis mil años; nadie puede hacer Su obra en Su lugar o dar por concluida Su obra, porque Él es quien lo controla todo. ¡Como Él creó el mundo, llevará al mundo entero a vivir en Su luz, y concluirá la era completa para que todo Su plan llegue a buen término!

de ‘El misterio de la encarnación (1)’ en “La Palabra manifestada en carne”

9. En la época en que Jesús obró en Judea, lo hizo abiertamente, pero ahora obro y hablo entre vosotros en secreto. Los incrédulos lo ignoran por completo. Mi obra entre vosotros está cerrada a quienes se encuentran fuera. Estas palabras, estos castigos y estos juicios los conocéis únicamente vosotros y nadie más. Toda esta obra se lleva a cabo entre vosotros y se abre únicamente a vosotros; ninguno de los incrédulos está al tanto de esto, pues la hora aún no ha llegado. Estas personas están cerca de la compleción tras soportar castigos, pero los de fuera no saben nada de ello. ¡Esta obra está demasiado oculta! Para ellos, Dios hecho carne está oculto, pero para quienes están en esta corriente, se puede decir que Él está abierto. Aunque todo en Dios está abierto, revelado y liberado, esto únicamente se aplica a quienes creen en Él; en lo que a los demás se refiere, a los incrédulos, no se da a conocer nada. La obra que se realiza aquí es estrictamente cerrada para evitar que lo sepan. Si tomaran conciencia de esta obra, todo lo que harían sería condenarla y someterla a persecución. No creerían en ella. Obrar en la nación del gran dragón rojo, este lugar tan extremadamente retrasado, no es una tarea sencilla. Si esta obra se mostrara abiertamente, sería imposible continuarla. Esta fase de obra simplemente no se puede realizar en este lugar. Si esta obra se realizara abiertamente, ¿cómo iban a permitir que continuase? ¿Esto no pondría la obra incluso en mayor riesgo? Si esta obra no estuviera oculta, sino que se realizara como en la época de Jesús, cuando sanaba enfermos y expulsaba demonios de manera espectacular, ¿acaso no lo habrían “tomado prisionero” los demonios hace ya mucho tiempo? ¿Acaso serían capaces de tolerar la existencia de Dios? Si Yo entrara ahora en las salas a predicar y enseñar al hombre, ¿no me habrían roto en pedazos hace tiempo? Y si esto hubiera ocurrido, ¿cómo habría continuado Mi obra? La razón por la que no se manifiestan en absoluto señales y milagros abiertamente es para lograr esta ocultación. Entonces, para los incrédulos Mi obra no se puede ver, saber ni descubrir. Si esta fase de la obra se hiciera de la misma manera de Jesús en la Era de la Gracia, no podría ser tan estable como lo es actualmente. Entonces, obrar de esta manera, en secreto, supone un beneficio para vosotros y para la obra en su totalidad. Cuando la obra de Dios en la tierra llegue a su fin, es decir, cuando esta obra secreta concluya, entonces esta fase de la obra explotará públicamente. Todos sabrán que hay un grupo de vencedores en China; todos sabrán que Dios hecho carne está en China y que Su obra ha llegado a su final. Sólo entonces se darán cuenta: ¿por qué será que China aún no ha mostrado declive o caída? Resulta que Dios mismo está llevando a cabo Su obra en China y ha perfeccionado un grupo de personas para hacerlos vencedores.

de ‘El misterio de la encarnación (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”

10. Dios hecho carne únicamente se manifiesta a una parte de las personas que lo siguen durante este período en el que Él lleva a cabo Su obra personalmente y no a todas las criaturas. Se volvió carne sólo para completar una fase de Su obra y no con el fin de mostrar Su imagen al hombre. Sin embargo, Su obra debe llevarla a cabo Él mismo, por lo tanto es necesario que lo haga en la carne. Cuando esta obra concluya, partirá del mundo humano; no puede permanecer a largo plazo entre la humanidad para no interferir en la obra futura. Lo que le manifiesta a la multitud es únicamente Su justo carácter y todas Sus acciones, y no la imagen de Su cuerpo cuando se hizo carne dos veces, pues la imagen de Dios únicamente se puede mostrar por Su carácter y no se puede reemplazar con Su imagen hecha carne. La imagen de Su carne únicamente se muestra a una cantidad limitada de personas, únicamente a quienes lo siguen según obra en la carne. Por esta razón, la obra actual se realiza en secreto. De la misma manera, Jesús se mostró únicamente a los judíos cuando hizo Su obra y no se mostró públicamente a ninguna otra nación. Por lo tanto, una vez hubo completado Su obra, rápidamente partió del hombre y no se quedó; más adelante no fue Él, esta imagen humana, quien se mostró a las personas, sino el Espíritu Santo quien llevó a cabo la obra directamente. Una vez que la obra de Dios hecho carne se finaliza por completo, parte del mundo mortal y nunca más vuelve a obrar de manera similar a como lo hizo cuando estaba en la carne. Después de esto, la obra la hace toda directamente el Espíritu Santo. Durante este período, el hombre apenas puede ver la imagen de Su cuerpo carnal; Él no se muestra en absoluto al hombre, sino que permanece oculto para siempre. El tiempo de la obra de Dios hecho carne es limitado. Se lleva a cabo en una era, un período, una nación específicos y entre personas concretas. Esta obra representa únicamente la obra del período de la encarnación de Dios y es particular a esa era; representa la obra del Espíritu de Dios en una era específica y no la totalidad de Su obra. Por lo tanto, la imagen de Dios hecho carne no se mostrará a todos los pueblos. Lo que se muestra a la multitud es la justicia de Dios y Su carácter en su totalidad, en vez de Su imagen de las dos veces que se hizo carne. No se muestra a las personas una imagen única ni las dos imágenes combinadas. Por lo tanto, es imperativo que la carne encarnada de Dios parta de la tierra tras completar la obra que necesita hacer, pues viene únicamente a hacer el trabajo que ha de hacer y no a mostrar Su imagen a las personas. Aunque Dios ya cumplió la relevancia de la encarnación al convertirse en carne dos veces, todavía no se manifestará abiertamente a ninguna nación que no lo haya visto antes.

de ‘El misterio de la encarnación (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”

11. Una vez finalice la obra de las dos encarnaciones de Dios, empezará a mostrar Su justo carácter por todas las naciones gentiles y le permitirá a la multitud ver Su imagen. Manifestará Su carácter y de esta manera dejará claro el final de las diferentes categorías de hombre, dando fin por completo a la era antigua. La razón por la que Su obra en carne no se extiende a un gran alcance (como Jesús únicamente obró en Judea y actualmente Yo obro únicamente entre vosotros) es que Su obra en carne tiene límites. Únicamente lleva a cabo una obra durante un período reducido en la imagen de carne normal y corriente; no usa esta encarnación para la obra de la eternidad o la de aparecer ante los pueblos de las naciones gentiles. La obra en la carne únicamente puede tener un alcance limitado (como trabajar únicamente en Judea o entre vosotros) y, entonces, mediante la obra realizada dentro de estos límites, su alcance se puede expandir posteriormente. Por supuesto, la obra de expansión la debe realizar directamente Su Espíritu y ya no será tarea de Su carne encarnada, pues la obra en la carne tiene limitaciones y no se extiende a todos los rincones del universo; esto es algo que no puede lograr. Mediante la obra en la carne, Su Espíritu lleva a cabo la obra que viene a continuación. Por lo tanto, la obra realizada en la carne es de una naturaleza inaugural que se lleva a cabo dentro de ciertos límites; después de esto, es Su Espíritu quien continúa con esta obra y además lo hace con un mayor alcance.

de ‘El misterio de la encarnación (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”

12. La obra que Dios viene a realizar en esta tierra es únicamente guiar la era, inaugurar una era nueva y poner fin a la anterior. No vino a vivir el curso de la vida de un hombre en la tierra, a experimentar por Sí mismo las alegrías y los pesares de la vida como hombre ni a perfeccionar a una persona concreta por Su mano ni a observar el crecimiento de una persona determinada. Esta no es Su obra: Su obra es únicamente inaugurar la era nueva y poner fin a la antigua. Es decir, Él mismo inaugurará una era, Él mismo pondrá fin a la anterior y derrotará a Satanás al llevar a cabo Su obra en persona. Cada vez que realiza Su obra en persona, es como si estuviera poniendo pie en el campo de batalla. Primero, vence al mundo y prevalece sobre Satanás en la carne; toma posesión de toda la gloria y levanta la cortina que cubre la totalidad de la obra de los dos mil años, y lo hace para que todos los hombres de la tierra tengan el camino correcto para andar y una vida de paz y alegría por vivir. Sin embargo, Dios no puede vivir mucho tiempo en la tierra con el hombre, puesto que Dios es Dios y, después de todo, distinto del hombre. No puede vivir la vida de un hombre normal, es decir, no puede residir en la tierra como un hombre que no es nada extraordinario, puesto que tiene únicamente una parte diminuta de la humanidad normal de un hombre corriente para mantener Su vida humana. En otras palabras, ¿cómo podría Dios fundar una familia, tener una carrera y criar hijos en la tierra? ¿No sería esto una desgracia para Él? El que esté provisto de humanidad normal tiene la única finalidad de llevar a cabo la obra de una manera normal, no de permitirle tener una familia y una carrera como un hombre corriente. Su sentido normal, Su mente normal y la alimentación y la vestimenta normales para Su carne son suficientes para demostrar que tiene una humanidad normal; no es necesario que tenga familia ni carrera para demostrar que está provisto de una humanidad normal. ¡Esto sería completamente innecesario! La venida de Dios a la tierra es el Verbo hecho carne; simplemente le está permitiendo al hombre entender Su verbo y ver Su verbo, es decir, le permite al hombre ver la obra realizada por la carne. Su intención no es que las personas traten Su carne de una manera concreta, sino únicamente que sean obedientes hasta el final, es decir, que obedezcan todas las palabras que salgan de Su boca y que se sometan a toda la obra que Él haga. Únicamente está obrando en la carne; Él no está pidiendo intencionadamente que el hombre exalte la grandeza y la santidad de Su carne, sino que está mostrando al hombre la sabiduría de Su obra y toda la autoridad que ejerce. Por lo tanto, aunque tiene una humanidad extraordinaria, no hace anuncios y se centra únicamente en la obra que tiene que hacer. Vosotros debéis saber por qué Dios se hizo carne y aún así no lo publica ni testifica de Su humanidad normal, sino que simplemente lleva a cabo la obra que desea realizar. Por lo tanto, todo lo que podéis ver del Dios encarnado es lo que es Él divinamente; esto se debe a que nunca proclama lo que es humanamente para que lo emule el hombre. Únicamente el hombre, cuando lidera al hombre, habla de lo que es humanamente con el fin de ganarse su admiración y sumisión y, de esa manera, lograr el liderazgo sobre otros. Dios, en cambio, conquista al hombre únicamente mediante Su obra (es decir, obra inalcanzable para el hombre); no hay duda de que el hombre lo admira o de que hace que el hombre lo adore. Todo lo que hace es inculcar en el hombre un sentimiento de veneración por Él o una sensación de lo insondable de Él. Dios no tiene necesidad de impresionar al hombre; todo lo que necesita es que lo veneres cuando hayas sido testigo de Su carácter. La obra que realiza Dios es suya; no la puede hacer el hombre en su lugar ni la puede alcanzar el hombre. Sólo Dios mismo puede realizar Su propia obra y marcar el inicio de una nueva era para llevar al hombre a una vida nueva. La obra que realiza es la de permitir que el hombre adquiera una vida nueva y entre en una era nueva. El resto de la obra se entrega a aquellos hombres con una humanidad normal y que son admirados por otros. Por lo tanto, en la Era de la Gracia, completó la obra de dos mil años en sólo tres años y medio de Sus treinta y tres años en la carne. Cuando Dios viene a la tierra para llevar a cabo Su obra, siempre completa la obra de dos mil años o de toda una era en un plazo muy breve de unos pocos años. No desperdicia el tiempo y no se demora; simplemente condensa la obra de muchos años para que se complete en apenas unos pocos años. Esto es porque la obra que realiza en persona es exclusivamente para la apertura de un camino nuevo y el comienzo de una era nueva.

de ‘El misterio de la encarnación (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”

13. La obra del Dios encarnado es diferente a la de los hombres usados ​​por el Espíritu Santo. Cuando Dios viene a hacer Su obra en la tierra, sólo se preocupa por el cumplimiento de Su ministerio. En cuanto a todos los demás asuntos que no se relacionan con Su ministerio, Él casi no toma parte en ellos, incluso hasta el punto de hacerse de la vista gorda. Él simplemente lleva a cabo la obra que debe realizar y, menos aún, está preocupado por la obra que el hombre debe llevar a cabo. La obra que Él hace es únicamente la que pertenece a la era en la que se encuentra y al ministerio que Él debe cumplir, como si todos los demás asuntos estuvieran fuera de Su alcance. Él no se proporciona más conocimiento básico acerca de vivir como un hombre, ni aprende más habilidades sociales, ni se equipa con alguna otra cosa que el hombre entienda. Todo lo que el hombre debe poseer no le concierne en absoluto y Él simplemente hace la obra que es Su deber realizar. Y así, como el hombre lo ve, el Dios encarnado es deficiente en tanto que ni siquiera presta atención a muchas de las cosas que el hombre debe tener y, además, no tiene entendimiento alguno de tales asuntos. Cosas como el conocimiento común sobre la vida, así como los principios que rigen la conducta personal y la interacción con otros, parecen no tener ninguna relación con Él. Pero tú simplemente no puedes detectar del Dios encarnado el más mínimo indicio de anormalidad. Es decir, Su humanidad sólo mantiene Su vida como un hombre común y el razonamiento normal de Su cerebro, que le da la habilidad para discernir entre el bien y el mal. Sin embargo, Él no está provisto con nada más, todo lo cual es lo que los hombres (los seres creados) sólo deben poseer. Dios se hace carne sólo para cumplir Su propio ministerio. Su obra está dirigida a una era completa, no a una persona o lugar en particular, sino a todo el universo. Esta es la dirección de Su obra y el principio por el cual Él obra. Nadie puede alterar esto y el hombre no tiene forma de involucrarse en ello. Cada vez que Dios se hace carne, trae consigo la obra de esa era y no tiene intención alguna de vivir junto a los hombres por veinte, treinta, cuarenta o hasta setenta u ochenta años, con el fin de que ellos lo puedan entender mejor y obtener una profunda percepción de Él. ¡No hay necesidad de eso! Hacerlo así de ninguna manera profundizaría el conocimiento que el hombre tiene del carácter inherente de Dios; en cambio, sólo aumentaría sus nociones y haría que sus nociones y pensamientos se fosilizaran. Por lo que les corresponde a todos vosotros entender exactamente cuál es la obra del Dios encarnado. ¿Seguramente no podéis fallar en haber entendido las palabras que os hablé: “No ha sido para experimentar la vida de un hombre común que Yo he venido”? ¿Habéis olvidado las palabras: “Dios no viene a la tierra a vivir la vida de un hombre común”? No entendéis el propósito de Dios en hacerse carne, ni conocéis el significado de: “¿Cómo podría Dios venir a la tierra con la intención de experimentar la vida de un ser creado?”. Dios viene a la tierra únicamente para terminar Su obra, por lo que Su obra en la tierra es de corta duración. Él no viene a la tierra con la intención de hacer que el Espíritu de Dios cultive Su cuerpo carnal en un hombre superior que guiará la iglesia. Cuando Dios viene a la tierra, es la Palabra haciéndose carne; el hombre, sin embargo, no sabe de Su obra y le atribuye cosas por la fuerza. Pero todos vosotros os debéis daros cuenta de que Dios es la “Palabra hecha carne”, no un cuerpo carnal que ha sido cultivado por el Espíritu de Dios para asumir el papel de Dios por el momento. Dios mismo no es el producto de ser cultivado, sino que es la Palabra hecha carne y hoy Él oficialmente lleva a cabo Su obra entre todos vosotros.

de ‘El misterio de la encarnación (3)’ en “La Palabra manifestada en carne”

14. Dios se hace carne únicamente para guiar la era y poner en marcha una nueva obra. Es necesario que entendáis este punto. Esto es muy diferente de la función del hombre y las dos cosas no pueden mencionarse en conjunto. El hombre necesita ser cultivado y perfeccionado por un largo período de tiempo antes de que pueda ser usado para llevar a cabo la obra, y el tipo de humanidad que se necesita es de un orden especialmente elevado. El hombre no sólo debe ser capaz de mantener su poder humano normal de razonamiento, sino que además debe entender muchos de los principios y de las reglas que rigen su conducta en relación con los demás y, además, se debe comprometer a estudiar aún más sobre la sabiduría y el conocimiento ético del hombre. Esto es lo que se le debe proveer al hombre. Sin embargo, esto no es así para que Dios se haga carne porque Su obra ni representa al hombre ni es la obra del hombre; es, más bien, una expresión directa de Su ser y una implementación directa de la obra que Él debe hacer. (Naturalmente, Su obra se lleva a cabo en el momento apropiado, y no casualmente ni al azar, y se inicia cuando sea el momento de cumplir con Su ministerio). Él no participa en la vida del hombre o en la obra del hombre, es decir, Su humanidad no está provista de ninguno de estos (aunque esto no afecta Su obra). Él sólo cumple Su ministerio cuando es hora de que lo haga; cualquiera que sea Su estatus, Él simplemente sigue adelante con la obra que debe hacer. Cualquier cosa que el hombre sepa de Él y cualquiera sea la opinión que el hombre tenga de Él, Su obra no se ve afectada en su totalidad. Por ejemplo, cuando Jesús llevó a cabo Su obra, nadie sabía con exactitud quién era Él, sino que Él simplemente siguió adelante en Su obra. Nada de esto le impidió llevar a cabo la obra que debía realizar. Por lo tanto, al principio Él no confesó ni proclamó Su propia identidad y simplemente hizo que el hombre lo siguiera. Naturalmente, esto no fue sólo la humildad de Dios, también fue la manera en la que Dios obró en la carne. Él sólo podía obrar de esta manera porque el hombre no tenía manera de reconocerlo a simple vista. Y aunque el hombre lo hubiera reconocido, no habría sido capaz de ayudarlo en Su obra. Además, Él no se hizo carne para que el hombre llegara a conocer Su carne; lo hizo para llevar a cabo la obra y cumplir Su ministerio. Por esta razón, no le dio importancia a hacer pública Su identidad. Cuando Él hubo completado toda la obra que debía hacer, toda Su identidad y estatus de manera natural se volvieron claros para el hombre. Dios hecho carne guarda silencio y nunca hace ninguna proclamación. No le hace caso ni al hombre ni a cómo el hombre se las está arreglando para seguirlo, sino que simplemente sigue adelante con el cumplimiento de Su ministerio y en llevar a cabo la obra que debe realizar. Nadie puede interponerse en Su obra. Cuando llegue el momento de que Él concluya Su obra, sin falta esta será concluida y llevada a su fin, y nadie podrá dictar lo contrario. Sólo después de que Él se aparte del hombre al terminar Su obra, el hombre entenderá la obra que Él realiza, aunque todavía no con entera claridad. Y pasará mucho tiempo antes de que el hombre entienda completamente la intención con la cual Él primero llevó a cabo Su obra. En otras palabras, la obra de la era del Dios encarnado se divide en dos partes: una parte consiste en la obra que realiza la carne encarnada de Dios mismo y en las palabras que habla la carne encarnada de Dios mismo. Una vez que el ministerio de Su carne se haya cumplido totalmente, la otra parte de la obra queda pendiente de ser llevada a cabo por aquellos usados por el Espíritu Santo. Es en este momento que el hombre debe cumplir con su función porque Dios ya ha abierto el camino y necesita ser transitado por el hombre mismo. Es decir, Dios hecho carne lleva a cabo una parte de la obra y luego el Espíritu Santo, así como aquellos usados por el Espíritu Santo, lo sucederán para completarla. Por lo tanto, el hombre debe saber cuál es la obra que se debe llevar a cabo principalmente por Dios hecho carne en esta etapa, y debe entender exactamente cuál es el significado de que Dios se haga carne y cuál es la obra que Él debe hacer, en lugar de hacer exigencias a Dios de acuerdo a las exigencias hechas al hombre. Aquí es donde radica el error del hombre, su noción y, aún más, su desobediencia.

de ‘El misterio de la encarnación (3)’ en “La Palabra manifestada en carne”

15. Dios se hace carne, no con la intención de permitir que el hombre conozca Su carne o para permitir que el hombre distinga las diferencias entre la carne de Dios encarnado y la del hombre; ni Dios se hace carne para entrenar la habilidad de discernimiento del hombre ni, mucho menos aún, lo hace con la intención de permitir que el hombre adore la carne encarnada de Dios, con fines de obtener una gran glorificación. Ninguna de estas cosas es la intención original de Dios en hacerse carne. Tampoco Dios se hace carne con el fin de condenar al hombre, ni para revelarlo deliberadamente, ni para hacerle las cosas difíciles. Ninguna de estas cosas es la intención original de Dios. Cada vez que Dios se hace carne, es una forma de obrar que es inevitable. Es por el bien de Su obra más importante y de Su gestión más importante que Él actúa como lo hace y no por las razones que el hombre imagina. Dios viene a la tierra sólo según lo requiera Su obra y sólo cuando sea necesario. Él no viene a la tierra con la intención de vagar por la tierra, sino para llevar a cabo la obra que Él debe realizar. ¿Por qué sino asumiría Él una carga tan pesada y correría riesgos tan grandes para llevar a cabo esta obra? Dios se hace carne sólo cuando tiene que hacerlo y siempre con un significado único. Si sólo fuera en aras de permitir que los hombres lo vieran y para abrir sus horizontes, entonces Él, con absoluta certeza, nunca vendría tan a la ligera entre los hombres. Él viene a la tierra por el bien de Su gestión y de Su obra más importante, y con el fin de obtener más hombres. Él viene a representar la era, Él viene a derrotar a Satanás y, con el fin de derrotar a Satanás, se pone la carne. Aún más, Él viene para guiar a toda la raza humana a vivir sus vidas. Todo esto concierne a Su gestión y a la obra de todo el universo. Si Dios se hiciera carne simplemente para permitir que los hombres llegaran a conocer Su carne y para abrir los ojos de los hombres, entonces ¿por qué no viajaría a todas las naciones? ¿No es esto un asunto de excesiva comodidad? Pero Él no lo hizo así, más bien eligió un lugar adecuado en el cual establecerse y comenzar la obra que Él debía realizar. Sólo esta carne por sí sola es de considerable significado. Él representa toda una era y también lleva a cabo la obra de una era completa; Él lleva la era anterior a su fin, como también marca el comienzo de la nueva. Todo esto es un asunto importante que concierne a la gestión de Dios y es el significado de una etapa de la obra que Dios viene a la tierra para llevar a cabo.

de ‘El misterio de la encarnación (3)’ en “La Palabra manifestada en carne”

16. Todo el carácter de Dios se ha revelado a lo largo del plan de gestión de seis mil años. No se ha revelado únicamente en la Era de la Gracia, sólo en la Era de la Ley, o menos incluso, sólo en este período de los últimos días. La obra realizada en los últimos días representa el juicio, la ira y el castigo. No puede reemplazar la obra de la Era de la Ley y la de la Era de la Gracia. Sin embargo, las tres etapas se interrelacionan en una sola entidad y son toda la obra hecha por un Dios. Naturalmente, la ejecución de esta obra se divide en eras independientes. La obra realizada en los últimos días lo concluye todo; lo hecho en la Era de la Ley es el comienzo; y lo hecho en la Era de la Gracia es la redención. En cuanto a las visiones de la obra en todo este plan de gestión de seis mil años, nadie puede obtener perspectiva o entendimiento. Tales visiones siempre han permanecido como misterios. En los últimos días, sólo la obra de la palabra se hace para dar entrada a la Era del Reino, pero no representa a todas las eras. Los últimos días no son más que los últimos días y no más que la Era del Reino, que no representan a la Era de la Gracia o la Era de la Ley. Los últimos días son simplemente la época en la que toda la obra del plan de gestión de seis mil años se os revela. Esta es la revelación del misterio, que ningún hombre puede desvelar. Por mucho entendimiento que el hombre tenga de la Biblia, sigue sin ser nada más que palabras, porque el hombre no entiende la esencia de la Biblia. Cuando el hombre lee la Biblia, puede recibir algunas verdades, explicar algunas palabras o escrutar algunos pasajes y citas famosos, pero nunca podrá desenredar el significado contenido en esas palabras, porque todo lo que el hombre ve son palabras muertas, no las escenas de la obra de Jehová y Jesús, y el hombre es incapaz de descifrar el misterio de esa obra. Por tanto, el misterio del plan de gestión de seis mil años es el más grande, el más oculto y totalmente inconcebible para el hombre. Nadie puede entender directamente la voluntad de Dios, a no ser que Él mismo la explique y la abra al hombre, porque de lo contrario seguirán siendo por siempre un acertijo y misterios sellados para el hombre. No se preocupen los del mundo religioso; si no se os dijese hoy, ninguno de vosotros sería capaz de entender.

de ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

17. La obra en los últimos días es la última etapa de las tres. Es la obra de otra nueva era y no representa toda la obra de gestión. El plan de gestión de seis mil años se divide en tres etapas de la obra. Ninguna etapa por sí sola representa la obra de las tres eras, sino que sólo puede representar una parte de un todo. El nombre Jehová no puede representar todo el carácter de Dios. El hecho de que llevase a cabo obra en la Era de la Ley no demuestra que Dios sólo pueda ser Dios bajo la ley. Jehová estableció leyes para el hombre y entregó mandamientos, pidiendo a este que edificase el templo y altares; la obra que Él hizo sólo representa la Era de la Ley. La obra que hizo no demuestra que Dios es el Dios que pide al hombre guardar la ley, el Dios en el templo, o el Dios delante del altar. Esto no puede decirse. La obra bajo la ley sólo puede representar una era. Por tanto, si Dios sólo hizo la obra en la Era de la Ley, el hombre lo definiría diciendo: “Dios es el Dios en el templo. Para servirle, debemos ponernos túnicas sacerdotales y entrar en el templo”. Si la obra de la Era de la Gracia nunca se hubiera llevado a cabo y la Era de la Ley hubiera continuado hasta el presente, el hombre no sabría que Dios también es misericordioso y amoroso. Si la obra en la Era de la Ley no se hubiera hecho y en vez de ello sólo se hubiera llevado a cabo la obra en la Era de la Gracia, entonces todo lo que el hombre sabría es que Dios sólo puede redimir al hombre y perdonar sus pecados. Sólo sabría que Él es santo e inocente, que puede sacrificarse y ser crucificado por el hombre. Este sólo sabría esto y no tendría entendimiento de todo lo demás. Así pues, cada era representa una parte del carácter de Dios. La Era de la Ley representa algunos aspectos, la Era de la Gracia algunos aspectos, y la era presente algunos aspectos. El carácter de Dios sólo puede revelarse plenamente a través de la combinación de las tres etapas. Sólo cuando conoce las tres etapas puede el hombre recibirlo plenamente. Ninguna de las tres etapas puede omitirse. Sólo verás el carácter de Dios en su totalidad una vez conozcas estas tres etapas de la obra. El hecho de que Dios haya completado Su obra en la Era de la Ley no demuestra que Él es solamente el Dios bajo la ley, y el hecho de que Él haya completado Su obra de redención no significa que Dios redimirá para siempre a la humanidad. Todas estas son conclusiones sacadas por el hombre. Después que la Era de la Gracia ha llegado a su fin, no puedes decir entonces que Dios sólo pertenece a la cruz y que sólo la cruz representa la salvación de Dios. Si lo haces, estás definiendo a Dios. En esta etapa, Él está haciendo principalmente la obra de la palabra, pero no puedes decir que nunca ha sido misericordioso para con el hombre y que todo lo que ha traído es castigo y juicio. La obra en los últimos días deja al descubierto la de Jehová y la de Jesús así como todos los misterios no entendidos por el hombre. Además, revela el destino y el final de la humanidad, y concluye toda la obra de salvación en medio de la humanidad. Esta etapa de la obra en los últimos días pone fin a todo. Todos los misterios no entendidos por el hombre deben descifrarse para permitir al hombre obtener una perspectiva de los mismos y tener un entendimiento claro en su corazón. Sólo entonces puede el hombre ser dividido según sus tipos. Sólo después de que el plan de gestión de seis mil años se haya completado, llegará el hombre a entender el carácter de Dios en su totalidad, porque Su gestión habrá llegado entonces a su fin.

de ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

18. Lo que se le pide al hombre hoy es diferente de lo que se le pedía en el pasado e incluso más de lo que se le requería en la Era de la Ley. ¿Y qué se le pedía al hombre bajo la ley cuando se llevaba a cabo la obra en Israel? Tan sólo que guardara el día de reposo y las leyes de Jehová. Nadie debía trabajar en el día de reposo ni transgredir las leyes de Jehová. Pero ahora no es así. En el día de reposo, el hombre trabaja, se reúne y ora como de costumbre, y no se imponen restricciones. Los de la Era de la Gracia debían ser bautizados y, además, se les pidió que ayunaran, partieran el pan, bebieran vino, cubrieran sus cabezas y lavaran los pies de otros por ellos. Ahora, estas normas se han abolido y se le han impuesto al hombre unas exigencias más elevadas, porque la obra de Dios se profundiza continuamente y la entrada del hombre llega incluso más alto. En el pasado, Jesús imponía Sus manos sobre la persona y oraba, pero ahora que se ha dicho todo, ¿cuál es el uso de la imposición de manos? Las palabras pueden lograr resultados por sí solas. Cuando Él imponía las manos en el pasado, lo hacía para bendecir y curar al hombre. Así es como obraba el Espíritu Santo en ese momento, pero ahora no es así. En el presente, utiliza palabras en Su obra para obtener resultados. Él ya os ha dejado claras Sus palabras, y vosotros deberíais simplemente ponerlas en práctica. Ellas son Su voluntad y la obra que Él hará. Por medio de Sus palabras, puedes entender Su voluntad y lo que Él te pide que consigas. Simplemente pones Sus palabras en práctica directamente sin necesitar la imposición de manos. Algunos pueden decir: “¡Impón Tus manos sobre mí! Impón Tus manos sobre mí de forma que pueda recibir Tu bendición y participar de Ti”. Estas son todas prácticas anteriores obsoletas que ahora están prohibidas, porque la era ha cambiado. El Espíritu Santo obra de acuerdo con la era, no a voluntad o según normas establecidas. La era ha cambiado, y una nueva debe traer con ella obra nueva. Esto es cierto de cada etapa de la obra, y así la misma nunca se repite. En la Era de la Gracia, Jesús hizo mucho de esa obra, como curar enfermedades, expulsar demonios, imponer Sus manos sobre el hombre para orar por él y bendecirlo. Sin embargo, continuar haciéndolo no respondería a ningún propósito en el presente. El Espíritu Santo obraba de esa forma en ese momento, porque era la Era de la Gracia, y se mostró suficiente gracia al hombre para su disfrute. Este no tenía que pagar ningún precio y podía recibir la gracia mientras tuviera fe. Todos recibían un trato muy misericordioso. Ahora, la era ha cambiado, y la obra de Dios ha progresado más; a través de Su castigo y Su juicio, la rebeldía del hombre y las cosas inmundas en su interior se echarán fuera. Como era la etapa de la redención, Dios tenía que hacer esa obra, mostrando al hombre suficiente gracia que disfrutar, de forma que el hombre pudiera ser redimido del pecado y, por medio de la gracia, ser perdonado de sus pecados. Esta etapa actual es para exponer la injusticia dentro del hombre por medio de la reprensión, el juicio, el herir de las palabras, así como la disciplina y la revelación de las palabras, de forma que pueda ser salvos después. Esta obra es más profunda que la redención. En la Era de la Gracia, el hombre disfrutaba de suficiente gracia y ya la ha experimentado, y por tanto el hombre ya no debe disfrutarla más. Esa obra ha quedado ahora obsoleta y ya no se hará más. Ahora, el hombre es salvado por medio del juicio por la palabra. Tras el hombre ser juzgado, castigado y refinado, su carácter cambia. ¿No se debe esto a las palabras que he hablado? Cada etapa de la obra coincide con el progreso de toda la humanidad y con la era. Toda obra tiene su sentido; se realiza para la salvación final, para que la humanidad tenga un buen destino en el futuro, y para que los hombres sean divididos según su tipo al final.

de ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

19. La obra en los últimos días es pronunciar palabras. Estas pueden dar lugar a grandes cambios en el hombre. Los cambios efectuados ahora en estas personas al aceptar estas palabras son mucho mayores que los de las personas en la Era de la Gracia al aceptar aquellas señales y maravillas. Porque, en la Era de la Gracia, los demonios salían del hombre con la imposición de manos y la oración, pero los caracteres corruptos del hombre permanecían. El hombre fue curado de su enfermedad y se le perdonaron sus pecados, pero no se hizo en él la obra para poder expulsar los caracteres satánicos corruptos. El hombre sólo fue salvo y se le perdonaron sus pecados por su fe, pero su naturaleza pecaminosa no le fue quitada y permaneció en él. Los pecados del hombre fueron perdonados a través del Dios encarnado, pero eso no significa que el hombre no tenga pecado en él. Los pecados del hombre podían ser perdonados por medio de una ofrenda por el pecado, pero el hombre ha sido incapaz de resolver el problema de cómo no pecar más y cómo poder desechar completamente su naturaleza pecaminosa y ser transformado. Los pecados del hombre fueron perdonados gracias a la obra de la crucifixión de Dios, pero el hombre siguió viviendo en el viejo carácter satánico y corrupto. Así pues, el hombre debe ser completamente salvo de este carácter satánico corrupto para que la naturaleza pecadora del hombre sea del todo desechada y no se desarrolle más, permitiendo así que el carácter del hombre cambie. Esto requiere que el hombre entienda la senda del crecimiento en la vida, el camino de la vida, y el camino del cambio de su carácter. También necesita que el hombre actúe de acuerdo con esa senda, de forma que su carácter pueda ser cambiado gradualmente y él pueda vivir bajo el brillo de la luz y que pueda hacer todas las cosas de acuerdo con la voluntad de Dios, desechar el carácter satánico corrupto, y liberarse de la influencia satánica de las tinieblas, aflorando de este modo totalmente del pecado. Sólo entonces recibirá el hombre la salvación completa. Cuando Jesús estaba haciendo Su obra, el conocimiento que el hombre tenía de Él seguía siendo vago y poco claro. Siempre creyó que Él era el hijo de David y proclamó que era un gran profeta y el Señor benevolente que redimía los pecados del hombre. Algunos, basándose en la fe, se curaron simplemente tocando el borde de Sus vestiduras; los ciegos podían ver e incluso los muertos ser restaurados a la vida. Sin embargo, el hombre no podía descubrir el carácter satánico corrupto profundamente arraigado en él ni sabía cómo desecharlo. El hombre recibió mucha gracia, como la paz y la felicidad de la carne, la bendición de toda la familia sobre la fe de uno, la curación de las enfermedades, etc. El resto era las buenas obras del hombre y su apariencia piadosa; si este podía vivir en base a eso, se le consideraba un buen creyente. Sólo tales creyentes podrían entrar en el cielo tras la muerte, lo que significa que fueron salvos. Pero durante su vida, no entendieron en absoluto el camino de la vida. Simplemente cometían pecados y después confesaban, en un ciclo continuo sin camino alguno hacia un carácter cambiado; así era la condición del hombre en la Era de la Gracia. ¿Ha recibido el hombre la salvación completa? ¡No! Por tanto, después de completarse esa etapa, aún queda la obra de juicio y castigo. Esta etapa hace al hombre puro por medio de la palabra al darle una senda que seguir. La misma no sería fructífera ni tendría sentido si continuase con la expulsión de demonios, porque la naturaleza pecaminosa del hombre no sería abandonada y el hombre sólo se detendría tras el perdón de los pecados. A través de la ofrenda por el pecado, estos se le han perdonado al hombre, porque la obra de la crucifixión ya ha llegado a su fin y Dios ha vencido a Satanás. Pero el carácter corrupto del hombre sigue en él y este todavía puede pecar y resistir a Dios; Dios no ha ganado a la humanidad. Esa es la razón por la que en esta etapa de la obra Dios usa la palabra para revelar el carácter corrupto del hombre y pide a este que practique de acuerdo con el camino adecuado. Esta etapa es más significativa que la anterior y también más fructífera, porque, ahora, la palabra es la que provee directamente la vida del hombre, y permite que su carácter sea completamente renovado; es una etapa de obra más concienzuda. Así pues, la encarnación en los últimos días ha completado el sentido de la encarnación de Dios y ha terminado por completo el plan de gestión de Dios para la salvación del hombre.

de ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

20. La salvación del hombre por parte de Dios no tiene lugar directamente a través de los medios del Espíritu o como el Espíritu, porque el hombre no puede tocar ni ver Su Espíritu, ni tampoco acercarse a Él. Si Él tratara de salvar al hombre directamente en la manera del Espíritu, el hombre sería incapaz de recibir Su salvación. Y de no ser porque Dios asumió la forma exterior de un hombre creado, sería incapaz de recibir esta salvación. Porque el hombre no puede acercarse a Él en absoluto, como nadie podría ir cerca de la nube de Jehová. Sólo volviéndose un hombre de la creación, esto es, poniendo Su verbo en la carne en la que se haría, puede obrar personalmente el verbo en todos los que le siguen. Sólo entonces puede el hombre oír por sí mismo Su verbo, verlo, recibirlo, y sólo a través de esto ser totalmente salvo. Si Dios no se hubiera hecho carne, ningún hombre de carne recibiría una salvación tan grande ni se salvaría un solo hombre. Si el Espíritu de Dios obrara directamente entre el hombre, sería herido de muerte o Satanás lo llevaría cautivo, porque el hombre es incapaz de relacionarse con Dios.

de ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

21. La primera encarnación fue para redimir al hombre del pecado por medio de la carne de Jesús, esto es, Él salvó al hombre desde la cruz, pero el carácter satánico corrupto todavía permaneció en el hombre. La segunda encarnación ya no es para que sirva de ofrenda por el pecado, sino para salvar por completo a los que fueron redimidos del pecado. Esto se hace de tal forma que los perdonados puedan ser librados de sus pecados, ser purificados completamente, y alcanzar un cambio de carácter, liberándose así de la influencia de las tinieblas de Satanás y regresando delante del trono de Dios. Sólo así puede el hombre ser plenamente santificado. Dios comenzó la obra de salvación en la Era de la Gracia, después de que la Era de la Ley llegara a su fin. No es sino hasta los últimos días, cuando Dios haya purificado totalmente a la humanidad, mediante la obra de juicio y castigo del hombre por la rebeldía, que Dios concluirá Su obra de salvación y entrará en el reposo. Por tanto, en las tres etapas de la obra, Dios sólo se hizo carne dos veces para llevar a cabo Su obra por sí mismo entre los hombres. Esto se debe a que sólo una de las tres etapas de la obra consiste en guiar al hombre en su vida, mientras las otras dos son la obra de salvación. Sólo si Dios se hace carne puede vivir junto al hombre, experimentar el sufrimiento del mundo, y vivir en una carne ordinaria. Sólo de esta forma puede proveer al hombre de Su creación con el verbo práctico que necesita. El hombre recibe la salvación total de Dios gracias al Dios encarnado, no directamente de sus oraciones al cielo. Y es que el hombre es de carne; el hombre es incapaz de ver al Espíritu de Dios y mucho menos de acercarse a Él. Todo aquello con lo que el hombre puede relacionarse es la carne encarnada de Dios; sólo a través de Él puede el hombre entender todo el verbo y todas las verdades, y recibir la salvación plena. La segunda encarnación es suficiente para eliminar los pecados del hombre y purificarlo plenamente. Así pues, la segunda encarnación pondrá fin a toda la obra de Dios en la carne y completará el sentido de la encarnación de Dios. A partir de ahí, la obra de Dios en la carne habrá llegado totalmente a su fin. Después de la segunda encarnación, no se hará carne de nuevo por Su obra. Porque toda Su gestión habrá llegado a su fin. En los últimos días, Su encarnación habrá ganado totalmente a Su pueblo escogido, y todos los hombres en los últimos días habrán sido catalogados según su tipo. Él ya no hará más la obra de salvación ni regresará a la carne para llevar a cabo obra alguna.

de ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

22. En la obra de los últimos días, la palabra es más poderosa que la manifestación de señales y maravillas, y la autoridad de la palabra sobrepasa la de señales y maravillas. La palabra revela todos los caracteres corruptos en el corazón del hombre. Eres incapaz de reconocerlos por ti mismo. Cuando te son revelados por medio de la palabra, llegarás a una comprensión de forma natural; no serás capaz de negarlos, y estarás totalmente convencido. ¿No es esta la autoridad de la palabra? Este es el resultado conseguido por la obra presente de la palabra. Por tanto, el hombre no puede salvarse totalmente de sus pecados por la curación de la enfermedad y la expulsión de demonios, y no puede ser hecho totalmente completo por la manifestación de señales y maravillas. La autoridad para sanar a los enfermos y expulsar demonios sólo le da al hombre gracia, pero la carne del hombre sigue perteneciéndole a Satanás y el carácter satánico corrupto permanece dentro del hombre. En otras palabras, lo que no se ha purificado sigue perteneciendo al pecado y la inmundicia. Hasta que el hombre no se haya purificado por medio de las palabras no podrá ser ganado por Dios ni ser santificado. Cuando los demonios fueron echados fuera del hombre y él fue redimido, esto sólo significó que él fue arrebatado de las manos de Satanás y devuelto a Dios. Sin embargo, Dios no lo ha purificado ni cambiado, y sigue siendo corrupto. Dentro del hombre todavía existen la inmundicia, la oposición y la rebeldía; el hombre sólo ha vuelto a Dios por medio de la redención, pero no tiene conocimiento de Él y sigue resistiéndose a Él y traicionándolo. Antes de que el hombre fuera redimido, muchos de los venenos de Satanás ya fueron plantados dentro de él. Después de miles de años de corrupción de Satanás, el hombre ya tiene dentro de sí una naturaleza que resiste a Dios. Por tanto, cuando ha sido redimido, no es nada más que una redención en la que se le ha comprado por un alto precio, pero la naturaleza venenosa de su interior no se ha eliminado. El hombre que está tan inmundo debe pasar por un cambio antes de ser digno de servir a Dios. Por medio de esta obra de juicio y castigo, el hombre llegará a conocer plenamente la esencia inmunda y corrupta de su interior, y podrá cambiar completamente y ser purificado. Sólo de esta forma puede ser el hombre digno de regresar delante del trono de Dios. Toda la obra realizada este día es con el fin de que el hombre pueda ser purificado y cambiado; por medio del juicio y el castigo por la palabra, así como del refinamiento, el hombre puede desechar su corrupción y ser hecho puro. En lugar de considerar que esta etapa de la obra es la de la salvación, sería más apropiado decir que es la obra de purificación. En verdad, esta etapa es la de conquista así como la segunda etapa de la salvación. Dios gana al hombre por medio del juicio y el castigo por la palabra; por medio del uso de la palabra para refinar, juzgar y revelar, todas las impurezas, las nociones, los motivos y las esperanzas individuales dentro del corazón del hombre se revelan completamente. Aunque el hombre ha sido redimido y se le han perdonado sus pecados, sólo se considera que Dios no recuerda sus transgresiones y no lo trata de acuerdo con estas. Sin embargo, cuando el hombre vive en la carne y no ha sido liberado del pecado, sólo puede continuar pecando, revelando interminablemente el carácter satánico corrupto. Esta es la vida que el hombre lleva, un ciclo sin fin de pecado y perdón. La mayoría de los hombres pecan durante el día y se confiesan por la noche. Así, aunque la ofrenda por el pecado siempre sea efectiva para ellos, no podría salvarlos del pecado. Sólo se ha completado la mitad de la obra de salvación, porque el hombre sigue teniendo un carácter corrupto. Por ejemplo, cuando las personas supieron que descendían de Moab, pronunciaron palabras de queja, dejaron de buscar la vida, y se volvieron totalmente pasivas. ¿No muestra esto que siguen siendo incapaces de someterse plenamente al dominio de Dios? ¿No es precisamente este el carácter satánico corrupto? Cuando no estabas siendo sometido al castigo, tus manos se levantaban más alto que todas las demás, incluidas las de Jesús. Y clamabas en voz alta: “¡Sé un hijo amado de Dios! ¡Sé un íntimo de Dios! ¡Mejor sería morir antes que someternos a Satanás! ¡Nos rebelamos contra el viejo Satanás! ¡Nos rebelamos contra el gran dragón rojo! ¡Que el gran dragón rojo caiga completamente del poder! ¡Que Dios nos haga completos!”. Tus gritos eran más fuertes que todos los demás. Pero entonces llegaron los periodos de castigo y, una vez más, se manifestó el carácter corrupto de las personas. Entonces, sus gritos cesaron, y ellas ya no tuvieron determinación. Esta es la corrupción del hombre; esta es más profunda que el pecado, plantada por Satanás y profundamente arraigada dentro del hombre. No resulta fácil para el hombre ser consciente de sus pecados; es incapaz de reconocer su propia naturaleza profundamente arraigada. Tales efectos sólo pueden conseguirse a través del juicio por la palabra. Sólo así puede el hombre ser cambiado gradualmente de ahí en adelante. El hombre gritaba así en el pasado, porque no tenía entendimiento de su carácter corrupto original. Esas son las impurezas que hay en el hombre. A lo largo de un período de juicio y castigo tan prolongado, el hombre vivía en una atmósfera de tensión. ¿No se consiguió todo esto por medio de la palabra? ¿No clamaste tú también en voz muy alta, antes de la prueba de los hacedores de servicio? “¡Entra en el reino! ¡Todos los que acepten este nombre entrarán en el reino! ¡Todos participarán de Dios!”. Cuando vino la prueba de los hacedores de servicio, tú no clamaste más. Al principio, todos gritaron: “¡Dios! Allí donde me pongas, me someteré a Tu dirección”. Al leer las palabras de Dios, “¿Quién será Mi Pablo?”, el hombre dijo: “¡Yo estoy dispuesto!”. Después vio las palabras, “¿Y qué hay de la fe de Job?”. Entonces dijo: “Yo estoy dispuesto a tomar la fe de Job. ¡Dios, por favor ponme a prueba!”. Cuando vino la prueba de los hacedores de servicio, se derrumbó inmediatamente, y casi no pudo levantarse de nuevo. Después de eso, disminuyeron gradualmente las impurezas en el corazón del hombre. ¿No se logró esto a través de la palabra? Por tanto, lo que habéis experimentado en el presente son los resultados logrados a través de la palabra, incluso mayores que los conseguidos mediante las señales y las maravillas obradas por Jesús. La gloria de Dios y la autoridad de Dios mismo que tú ves no son vistas sólo a través de la crucifixión, la curación de la enfermedad y la expulsión de demonios, sino mucho más por medio de Su juicio por la palabra. Esto te demuestra que no sólo la realización de señales, la curación de la enfermedad y la expulsión de demonios son la autoridad y el poder de Dios, sino que el juicio por la palabra es capaz de representar mejor la autoridad de Dios y revelar Su omnipotencia.

de ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

23. Lo que el hombre ha conseguido ahora, la estatura del hombre hoy, su conocimiento, amor, lealtad, obediencia, así como su visión, es el resultado alcanzado a través del juicio por la palabra. Que seas capaz de tener lealtad y permanecer firmes hasta este día se consigue a través de la palabra. Ahora el hombre ve que la obra de Dios encarnado es realmente extraordinaria. Hay mucho que el hombre no puede alcanzar; hay misterios y maravillas. Por tanto, muchos se han sometido. Algunos nunca se han rendido a ningún hombre desde los días de sus nacimientos, pero cuando ven las palabras de Dios en este día, lo hacen totalmente sin darse cuenta de que lo han hecho y no se atreven a escrutar o decir nada más. La humanidad ha caído bajo la palabra y yace postrada bajo el juicio por la palabra. Si el Espíritu de Dios hablara directamente al hombre, todos se someterían a la voz, cayendo sin palabras de revelación, como cuando Pablo cayó a tierra en medio de la luz durante su viaje a Damasco. Si Dios continuara obrando de esta forma, el hombre nunca sería capaz de reconocer su propia corrupción a través del juicio por la palabra y alcanzar la salvación. Sólo haciéndose carne puede Él transmitir personalmente Sus palabras a los oídos de todos de forma que todos los que tienen oídos puedan oír Sus palabras y recibir Su obra de juicio por la palabra. Sólo ese es el resultado obtenido por Su palabra, en lugar de la emergencia del Espíritu que atemoriza al hombre para que se someta. Sólo a través de esa obra práctica y extraordinaria puede el antiguo carácter del hombre, escondido profundamente en su interior durante muchos años, ser revelado plenamente de forma que el hombre pueda reconocerlo y cambiarlo. Esta es la obra práctica de Dios encarnado; Él habla y ejecuta el juicio de una manera práctica para conseguir los resultados del juicio sobre el hombre por la palabra. Así son la autoridad de Dios encarnado y el sentido de Su encarnación. Se hace para dar a conocer la autoridad de Dios encarnado, los resultados obtenidos por la obra de la palabra, y que el Espíritu ha venido en carne; Él demuestra Su autoridad por medio del juicio sobre el hombre por la palabra. Aunque Su carne es la forma externa de una humanidad ordinaria y normal, los resultados conseguidos por Sus palabras muestran al hombre que Él está lleno de autoridad, que es Dios mismo y que Sus palabras son la expresión de Dios mismo. Esto muestra a todos los hombres que Él es Dios mismo, Dios mismo hecho carne, y que por nadie puede ser ofendido. Nadie puede sobrepasar Su juicio por la palabra, y ninguna fuerza de las tinieblas puede prevalecer sobre Su autoridad. El hombre se somete a Él completamente debido a que Él es el Verbo hecho carne, debido a Su autoridad y debido a Su juicio por la palabra. La obra que trajo Su carne encarnada es la autoridad que Él posee. Él se hace carne, porque esta también puede poseer autoridad, y Él puede llevar a cabo la obra entre los hombres de una manera práctica, visible y tangible para el hombre. Esa obra es mucho más realista que cualquier otra hecha directamente por el Espíritu de Dios que posee toda autoridad, y sus resultados también son evidentes. Esto se debe a que el carne encarnada de Dios puede hablar y obrar de una forma práctica; la forma externa de Su carne no tiene autoridad y los hombres pueden acercarse. Su esencia conlleva autoridad, pero esta no es visible para nadie. Cuando Él habla y obra, el hombre es incapaz de detectar la existencia de Su autoridad; esto es incluso más favorable para Su obra práctica. Y toda ella puede obtener resultados. Aunque ningún hombre es consciente de que Él tiene autoridad ni ve que no se le puede ofender, ni ve Su ira, a través de Su autoridad y Su ira veladas, y de Su discurso público, Él consigue los resultados pretendidos de Sus palabras. Dicho de otra forma, el hombre se convence totalmente por medio de Su tono de voz, la severidad del discurso, y toda la sabiduría de Sus palabras. De esta forma, el hombre se somete a la palabra de Dios encarnado, que aparentemente no tiene autoridad, alcanzando de esta forma el objetivo de Dios de la salvación del hombre. Este es otro sentido de Su encarnación: hablar de forma más realista y permitir que la realidad de Sus palabras tenga un efecto sobre el hombre de forma que este dé testimonio del poder de la palabra de Dios. Así pues, esta obra, si no se hace por medio de la encarnación, no obtendrá los más mínimos resultados y no sería capaz de salvar totalmente a los pecadores. Si Dios no se hace carne, se queda como el Espíritu invisible e intangible para el hombre. Este es una criatura de carne, y el hombre y Dios pertenecen a dos mundos diferentes y son de distinta naturaleza. El Espíritu de Dios es incompatible con el hombre de carne, y no se pueden establecer relaciones entre ellos; además, el hombre no puede volverse espíritu. Así, el Espíritu de Dios debe pasar a ser una de las criaturas y hacer Su obra original. Dios puede ascender al lugar más elevado y humillarse volviéndose un hombre de la creación, obrando y viviendo entre los hombres, pero estos no pueden ascender hasta el lugar más elevado y volverse un espíritu, y mucho menos descender hasta el lugar más bajo. Por tanto, Dios debe hacerse carne para llevar a cabo Su obra. Como en la primera encarnación, sólo la carne de Dios podía redimir al hombre a través de Su crucifixión, mientras no era posible que el Espíritu de Dios fuera crucificado como una ofrenda por el pecado para el hombre. Dios podía hacerse carne directamente para servir como una ofrenda por el pecado para el hombre, pero este no podía ascender directamente al cielo para tomar la ofrenda por el pecado que Dios había preparado para él. Así, Dios debe viajar de aquí para allá entre el cielo y la tierra, en lugar de dejar que el hombre ascienda al cielo para tomar esta salvación, porque el hombre había caído y no podía ascender al cielo, mucho menos obtener la ofrenda por el pecado. Por tanto, era necesario que Jesús viniera entre los hombres y realizara personalmente la obra que estos simplemente no podían cumplir. Cada vez que Dios se hizo carne, fue absolutamente necesario que lo hiciera. Si el Espíritu de Dios hubiera podido llevar a cabo directamente cualquiera de las etapas, no habría soportado las indignidades de ser encarnado.

de ‘El misterio de la encarnación (4)’ en “La Palabra manifestada en carne”

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