449 Dios es Dios, el hombre es el hombre

Si abres el libro de las palabras de Dios

para investigar o aceptarlo

no lo dejes a un lado.

Léelo todo para que sus palabras cambien tu parecer,

dependiendo de tus motivos y lo que llegues a entender.

Pero hay algo que debes saber:

la palabra de Dios no es la del hombre,

la del hombre no es la de Dios.

El hombre que usa Dios no es Dios encarnado,

Dios encarnado no es el hombre que usa Dios.

En esto hay una diferencia esencial.

Al fin y al cabo, Dios es Dios, el hombre es el hombre.

Dios tiene la esencia de Dios,

el hombre la esencia del hombre.

Las palabras de Dios

no son solo el esclarecimiento del Espíritu Santo;

la obra de apóstoles y profetas no es la de Dios.

Es un error del hombre creer que lo son.


Quizás, si tras leer estas palabras,

no las aceptas como las de Dios,

sino como el esclarecimiento del hombre,

te ciega la ignorancia.

Las palabras de Dios no son lo mismo

que el esclarecimiento del hombre.

Las palabras de Dios encarnado

pueden iniciar una nueva era,

iniciar una nueva era.

Pueden guiar a la humanidad,

revelar misterios, mostrar el camino.

El esclarecimiento que el hombre gana

sirve solo para practicar y entender.

No puede guiar al hombre a una nueva era

ni revelar los secretos de Dios.

Al fin y al cabo, Dios es Dios, el hombre es el hombre.

Dios tiene la esencia de Dios,

el hombre la esencia del hombre.

Las palabras de Dios

no son solo el esclarecimiento del Espíritu Santo;

la obra de apóstoles y profetas no es la de Dios.

Es un error del hombre creer que lo son.


Nunca confundas lo bueno y lo malo,

lo elevado y lo bajo, lo profundo y lo superficial,

nunca refutes la verdad.

Mira los problemas, acepta la nueva obra

y palabras de Dios desde la perspectiva

de Su ser creado.

Haz esto si crees en Dios,

si no lo haces, Dios te eliminará.

Al fin y al cabo, Dios es Dios, el hombre es el hombre.

Dios tiene la esencia de Dios,

el hombre la esencia del hombre.

Las palabras de Dios

no son solo el esclarecimiento del Espíritu Santo;

la obra de apóstoles y profetas no es la de Dios.

Es un error del hombre creer que lo son.


Adaptado de ‘Prefacio’ en “La Palabra manifestada en carne”

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