86. Día tras día en la prisión del PCCh

Por Yang Yi, China

Dios Todopoderoso dice: “En muchos lugares, Dios ha profetizado que Él va a ganar a un grupo de vencedores en la tierra de Sinim. Como es en la parte oriental del mundo que se han de ganar a los vencedores, entonces el lugar donde Dios pone Sus pies en Su segunda encarnación es, sin lugar a duda, la tierra de Sinim, el lugar exacto donde descansa enrollado el gran dragón rojo. Allí ganará Dios a los descendientes del gran dragón rojo para que quede totalmente derrotado y avergonzado. Dios va a despertar a estas personas tan cargadas de sufrimiento, las activará por completo hasta que estén completamente despiertas, y para que salgan de la niebla y rechacen al gran dragón rojo. Despertarán de su sueño, reconocerán la sustancia del gran dragón rojo, se volverán capaces de entregar su corazón por entero a Dios, se levantarán de la opresión de las fuerzas de la oscuridad, se pondrán de pie en el Oriente del mundo y se convertirán en la prueba de la victoria de Dios. Solo de esta manera ganará Dios la gloria” (‘La obra y la entrada (6)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Después de leer estas palabras, pensé en cuando me detuvo el Partido Comunista Chino hace más de una década.

Era el 23 de enero de 2004. Me levanté temprano para visitar a una hermana de la iglesia. Sin embargo, el PCCh me detuvo ilegalmente cuando iba para ahí. Revisaron mi bolso y encontraron materiales de la iglesia, un teléfono móvil y un localizador, cosas así. Más tarde me llevaron a la Oficina de Seguridad Pública. Cuando llegamos allí, la policía me llevó a una habitación. Uno de ellos empezó a toquetear mi localizador y mi celular en busca de pistas. Encendió el móvil, pero tenía poca batería, y después estaba completamente agotada. Por más que intentaba, no podía conseguir encenderlo. Sostenía el teléfono y parecía preocupado. Yo también estaba desconcertada —lo había cargado justo esa mañana—. ¿Cómo era posible que no tuviera batería? De repente fui consciente de que Dios había dispuesto esto milagrosamente para evitar que la policía encontrara información sobre los demás hermanos y hermanas. También entendí las palabras pronunciadas por Dios: “Todas las cosas, vivas o muertas, cambiarán, se transformarán, se renovarán y desaparecerán, de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios preside sobre todas las cosas” (‘Dios es la fuente de la vida del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). En realidad, todas las cosas y todos los sucesos están en manos de Dios. Estén vivas o muertas, todas las cosas cambian de acuerdo con los pensamientos de Dios. En este momento, gané un verdadero entendimiento de cómo Dios tiene soberanía sobre todas las cosas y las maneja. Además, gané la confianza que necesitaba para confiar en Dios para enfrentarme al inminente interrogatorio. Mientras señalaba hacia las cosas de mi bolso, el oficial de policía preguntó en tono acusador: “Estas cosas demuestran claramente que no eres una miembro corriente de la iglesia. Debes de ser alguien de la alta dirección, alguien importante, porque los líderes de menor rango no tienen buscapersonas ni teléfonos móviles. ¿Estoy en lo correcto?”. “No entiendo lo que están diciendo”, contesté. “¡Estás fingiendo!”, gritó él, y después me ordenó que me pusiera en cuclillas para hablar. Al ver que yo no iba a colaborar, me rodearon y empezaron a darme puñetazos y patadas —como si quisieran matarme—. Con la cara ensangrentada e hinchada, con un dolor insoportable en el cuerpo, caí al suelo. Estaba furiosa. Quería razonar con ellos, dar mis argumentos: ¿Qué he hecho mal? ¿Por qué me golpeasteis así? Pero no tuve forma de hablar con ellos con sensatez, porque el Gobierno del PCCh no es nada sensato. Estaba confundida, pero no quería ceder ante sus golpes. Justo cuando me sentía perdida, de repente pensé en que, como estos oficiales malvados del Gobierno del PCCh estaban siendo tan absurdos, como no me estaban dejando razonar, yo no necesitaba decirles nada. Era mejor que me mantuviera en silencio, de esa forma no les sería útil. Cuando pensé esto, dejé de prestar atención a lo que estaban diciendo. Al ver que esta estrategia no surtía efecto en mí, los policías malvados se pusieron furiosos e incluso más salvajes: recurrieron a la tortura para sacarme una confesión. Me esposaron a una silla metálica atornillada al suelo en una posición en la que no podía estar en cuclillas ni de pie. Uno de ellos me puso la mano no esposada en la silla y la golpeó con un zapato, y sólo paró cuando el dorso de la mano se había puesto morado; otro me aplastó los dedos de los pies con su zapato de cuero, y entonces experimenté que el dolor en los dedos se refleja directamente en el corazón. Después de eso, seis o siete policías se turnaron conmigo. Uno de ellos se concentró en mis articulaciones, y las apretó con tanta fuerza que un mes después seguía sin poder doblar el brazo. Otro me agarró del pelo y me sacudió la cabeza de lado a lado, después tiró de ella hacia atrás y me quedé mirando hacia arriba. “¡Mira al cielo a ver si hay un Dios!”, dijo vilmente. Siguieron hasta el anochecer. Al ver que no iban a conseguir nada de mí, y como era el Año Nuevo chino, me enviaron directamente al centro de detención.

Cuando llegué al centro de detención, los guardias me pusieron en una celda y esparcieron rumores sobre mí para alentar a las demás presas a atormentarme. Las prisioneras lo hacían todos los días: cuando la temperatura era de 8 o 9 grados bajo cero, empapaban mis zapatos; echaban agua sin hervir en mi comida a escondidas; por la noche, cuando yo dormía, empapaban mi chaqueta de algodón acolchado; me hacían dormir al lado de los aseos, me quitaban frecuentemente la colcha por la noche, me tiraban del pelo, para evitar que durmiera; me quitaban mis bollos al vapor; me obligaban a limpiar los aseos, me metían los residuos de su medicina en la boca, no me dejaban hacer mis necesidades y muchas cosas más. Si yo no hacía lo que ellas decían, se juntaban y me pegaban y a menudo en tales ocasiones los supervisores o los vigilantes se apresuraban a desaparecer o fingían no haber visto nada; a veces incluso se escondían a cierta distancia y observaban. Si pasaban algunos días sin que las presas me atormentaran, las carceleras las incitaban a golpearme. El tormento brutal de los guardias me llenó de odio hacia ellos. Si no hubiera visto esto con mis propios ojos y no lo hubiera experimentado, nunca habría creído que el Gobierno del PCCh, que se supone que está lleno de benevolencia y moralidad, podía ser tan oscuro, terrorífico y horrible, nunca habría visto su verdadero rostro, un rostro fraudulento y engañoso. Todo su discurso de “servir al pueblo, crear una sociedad civilizada y armoniosa” no son más que mentiras diseñadas para engañar y embaucar a la gente, un medio, un truco para embellecerse y obtener un prestigio que no merece. En ese momento, pensé en las palabras de Dios: “Poco sorprende, pues, que el Dios encarnado permanezca totalmente escondido: en una sociedad oscura como esta, donde los demonios son inmisericordes e inhumanos, ¿cómo podría el rey de los demonios, que mata a las personas sin pestañear, tolerar la existencia de un Dios hermoso, bondadoso y además santo? ¿Cómo podría aplaudir y vitorear Su llegada? ¡Esos lacayos! Devuelven odio por amabilidad, han desdeñado a Dios desde hace mucho tiempo, lo han maltratado, son en extremo salvajes, no tienen el más mínimo respeto por Dios, roban y saquean, han perdido toda conciencia, van contra toda conciencia, y tientan a los inocentes para que sean insensibles. ¿Antepasados de lo antiguo? ¿Amados líderes? ¡Todos ellos se oponen a Dios! ¡Su intromisión ha dejado todo lo que está bajo el cielo en un estado de oscuridad y caos! ¿Libertad religiosa? ¿Los derechos e intereses legítimos de los ciudadanos? ¡Todos son trucos para tapar el pecado!” (‘La obra y la entrada (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Para obligarme a negar y traicionar a Dios, el PCCh no se detuvo ante nada a la hora de torturarme y destrozarme, sin embargo, no podía imaginarse que cuanto más me torturaba, con más claridad veía yo su rostro diabólico, y más lo despreciaba y rechazaba en lo más profundo de mi corazón. Estaba más decidida a seguir a Dios.

Al ver que no iban a conseguir que yo dijera nada de lo que ellos querían que dijera, no escatimaron en gastos —ya sea en mano de obra o en recursos materiales o económicos— para ir por todas partes buscando pruebas de que yo era una creyente en Dios. Tres meses después, todos sus movimientos se habían quedado en nada. Al final, quemaron su último cartucho: encontraron a un interrogador experto. Se decía que todos los que habían sido llevados a él habían sido sometidos a sus tres formas de tortura, y que todos habían confesado. Un día, vinieron cuatro oficiales de policía y me dijeron: “Hoy, te llevamos a un nuevo hogar”. Después, me metieron a empujones en una camioneta de transporte de presos, me esposaron las manos por detrás de la espalda y me pusieron una capucha en la cabeza. No sabía cómo planeaban torturarme, así que me sentí un poco nerviosa. En ese momento, pensé en las palabras del Señor: “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:25). Las palabras del Señor me dieron fe y fuerza. Si queremos creer y seguir a Dios en la ciudad fantasma de China, debemos tener la valentía de ofrecer nuestras vidas. Estaba preparada para morir por Dios. Para sorpresa mía, después de entrar en la camioneta, oí sin querer una conversación que mantenía la policía malvada. Parecía que me llevaban a otro lugar para interrogarme. ¡Ah! No me llevaban a ejecutarme, ¡y yo había estado preparándome para morir como mártir por Dios! Justo cuando estaba pensando esto, por alguna razón desconocida uno de los policías apretó las cuerdas de la capucha que me tapaba la cabeza. Poco después, empecé a sentirme incómoda, sentí como si me asfixiaran. Empecé a echar espuma por la boca, y después no pude parar de vomitar. Sentía como si fuera a vomitar todas mis entrañas. Me sentía mareada, mi cabeza vacía, y no podía abrir los ojos. No tenía fuerza en ningún punto del cuerpo, como si estuviera paralizada. Sentía como si tuviera algo pegajoso en la boca que no podía sacar. Siempre había sido frágil, y después de que abusaran de mí de esta forma sentía que estaba en problemas, que podía dejar de respirar en cualquier momento. En medio del dolor, le oré a Dios: “¡Oh Dios! Te pido que protejas mi corazón. Viva o muera, no te traicionaré”. Un tiempo después, la camioneta llegó a un hotel. Me llevaron a una habitación aislada. Poco después, llegó el “experto en interrogatorios” del que había hablado la policía. Caminó hacia mí y me agarró. Después de abofetearme una docena de veces, me dio varios puñetazos fuertes en el pecho y la espalda, después se quitó uno de sus zapatos de cuero y me pegó en la cara con él. Después de que me golpeara así, perdí la sensación de que había algo que no podía sacarme de la boca o del estómago. El aturdimiento abandonó mi cabeza y pude abrir los ojos. Mis miembros recuperaron gradualmente la sensibilidad y mi cuerpo empezó a recobrar fuerzas. Seguidamente, él me agarró con dureza por los hombros y me empujó contra la pared, y me ordenó que lo mirara y respondiera sus preguntas. Ver que yo no le estaba prestando ninguna atención lo enfureció, e intentó hacerme reaccionar vilipendiando, difamando y blasfemando a Dios. Usó los medios más deleznables y despreciables para hostigarme, y dijo ominosamente: “Te estoy atormentando deliberadamente con lo que es insoportable para tu carne y alma, para que sufras un dolor que ninguna persona normal podría sufrir, vas a desear haber muerto. Al final, me rogarás que te deje ir, y entonces será cuando hablarás con sentido, y dirás que tu destino no está en las manos de Dios —está en las mías—. Si yo quiero que mueras, ocurrirá inmediatamente; si quiero que vivas, vivirás; y cualquiera que sea la dificultad que quiera que sufras, eso es lo que sufrirás. Tu Dios Todopoderoso no puede salvarte, solo vivirás si nos ruegas que te salvemos”. Frente a estos matones despreciables, sinvergüenzas, deleznables, animales salvajes, y demonios malignos, yo quería luchar realmente contra ellos. “Todas las cosas en el cielo y en la tierra son creadas por Dios y controladas por Él”, pensé. “Mi destino también está sujeto a la soberanía y los arreglos de Dios. Él es el árbitro de la vida y la muerte; ¿crees que voy a morir solo porque tú así lo quieras?”. En ese momento mi corazón se llenó de furia. Todos los actos despreciables que los policías habían perpetrado contra mí, y todas las cosas blasfemas y que se oponían a Dios que habían dicho hoy, exponían claramente su esencia demoníaca como odiadores de la verdad y opositores a Dios, y serían la prueba necesaria para justificar la condena, castigo y destrucción de Dios.

Mi negativa a confesar había hecho perder mucho prestigio al supuesto experto. Me torció con furia uno de los brazos por detrás de la espalda y tiró del otro hacia detrás de mi hombro, después me esposó con fuerza las manos. Menos de media hora después, grandes gotas de sudor caían por mi rostro, y me impedían abrir los ojos. Al ver que yo iba a seguir sin contestar sus preguntas, me tiró al suelo y después me levantó por las esposas que tenía por detrás de la espalda. Sentí un dolor tremendo en los brazos, como si se hubieran roto. Me dolía tanto que apenas podía respirar. Después, me empujó contra la pared y me hizo estar de pie contra ella. El sudor me nublaba los ojos. Me dolía tanto que todo mi cuerpo estaba cubierto en sudor, incluso mis zapatos estaban empapados. Siempre había sido frágil, y en este momento me derrumbé. Parecía que había perdido la capacidad de respirar por la nariz. Lo único que podía hacer era jadear con la boca abierta. Sentí una vez más que la muerte se me acercaba, quizás esta vez moriría realmente. Pero en ese momento, pensé en Lucas, uno de los discípulos de Jesús, y en su experiencia al ser colgado. En mi corazón, recobré espontáneamente la fuerza y seguí diciendo lo mismo una y otra vez para recordármelo a mí misma: “Lucas murió al ser colgado. Yo, también, debo ser Lucas, debo ser Lucas, ser Lucas… Obedezco de buen grado las orquestaciones y disposiciones de Dios, deseo serle leal hasta la muerte como Lucas”. Justo cuando el dolor se volvía insoportable y yo estaba a punto de morir, oí a uno de los policías malvados decir que varios hermanos y hermanas que creían en Dios Todopoderoso habían sido arrestados. Me consterné en mi corazón: van a torturar a más hermanos y hermanas. Serán especialmente duros con los hermanos. Mi corazón se llenó de preocupación. Seguí orando por ellos en silencio. Quizás estuviera tocada por el Espíritu Santo; cuanto más oraba, más inspirada estaba. Olvidé inconscientemente mi dolor. Sabía muy bien que estas eran las sabias disposiciones de Dios; Él era consciente de mi debilidad y me estaba guiando en mi momento más doloroso. Esa noche, ya no me importó cómo me trataba la policía, y no presté la más mínima atención a sus preguntas. Al ver lo que estaba aconteciendo, los malvados policías usaron los puños para golpear salvajemente mi rostro, después enrollaron el pelo de mi sien en sus dedos y tiraron de él. Mis orejas estaban hinchadas porque me las retorcieron, mi cara era irreconocible, la parte baja y alta de mis piernas quedaron magulladas y despellejadas cuando me pegaron con un trozo grueso de madera, y mis dedos también habían quedado amoratados tras ser aplastados con un trozo de madera. Después de colgarme por las esposas durante seis horas, cuando los malvados policías las abrieron, estas habían arrancado la carne por debajo de mi pulgar izquierdo, sólo me quedaba una fina capa antes del hueso. Las esposas también me habían dejado las muñecas cubiertas de ampollas amarillas, y no hubo manera de volver a ponérmelas de nuevo. En ese momento, entró una mujer oficial de policía de aspecto importante. Me miró de arriba abajo, y les dijo: “No podéis pegarle más a esta, está a punto de morir”. La policía me encerró en una de las habitaciones del hotel. Las cortinas se mantenían bien cerradas veinticuatro horas al día. Pusieron a alguien de guardia en la puerta, y nadie del personal de servicio podía entrar, como tampoco nadie podía ver las escenas de sus torturas y ataques salvajes dentro. Se turnaban para interrogarme sin tregua. No me dejaron dormir durante cinco días con sus noches, no me dejaban sentarme o estar en cuclillas ni comer mi ración de comida. Solo me permitían estar de pie apoyada contra la pared. Un día, vino un oficial a interrogarme. Al ver que yo lo estaba ignorando, se enfureció y me mandó volando debajo de la mesa de una patada. Después, me sacó de un tirón y me dio un puñetazo, provocando que me saliera sangre de la comisura de los labios. Para encubrir su salvajismo, cerró rápidamente la puerta para que nadie entrara. Después cogió un puñado de pañuelos de papel y limpió la sangre, me quitó con agua la de la cara y limpió la del suelo. Yo dejé deliberadamente parte de la sangre en mi jersey blanco. Sin embargo, cuando volví al centro de detención, la policía malvada dijo a las otras presas que la sangre de mi ropa era de cuando me examinaron en el hospital mental, y que allí es donde yo había estado los últimos días. Las heridas y la sangre de mi cuerpo las habían provocado los pacientes; ellos, la policía, no me habían tocado… Estos hechos crueles me mostraron la crueldad, la astucia insidiosa y la falta de humanidad de la “policía del pueblo”, y al mismo tiempo, realmente sentí la protección y el cuidado de Dios por mí. Cada vez que mi dolor llegaba a su peor momento, Dios me esclarecía y me guiaba, aumentando mi fe y mi fuerza, dándome la valentía para mantenerme firme por Él. Cuando el salvajismo de la policía malvada me dejó a las puertas de la muerte, Dios me permitió oír las noticias del arresto de otros hermanos y hermanas, y lo usó para moverme más a orar por ellos, de forma que olvidé mi dolor y vencí sin saberlo los obstáculos de la muerte. Con Satanás como contraste malvado, vi que solo Dios es la verdad, el camino, y la vida, y que solo Su carácter es el símbolo de la justicia y la bondad. Solo Dios lo gobierna todo, y lo dispone todo, y usó Su gran poder y sabiduría para guiar cada uno de mis pasos en la derrota del asedio de multitudes de demonios, en la victoria sobre la debilidad de la carne y los obstáculos de la muerte, permitiéndome sobrevivir tenazmente en esta oscura guarida. Cuando pensaba en el amor y la salvación de Dios, me sentía inspirada en gran manera, y me decidí a luchar contra Satanás hasta el final. Aunque me pudriera en la cárcel, me mantendría firme en mi testimonio y satisfaría a Dios.

Después de intentar todo lo que pudieron, los policías malvados no habían conseguido nada de mí. Al final, dijeron convencidos: “El PCCh está hechos de acero, pero los que creen en Dios Todopoderoso son de diamante, están en un nivel superior que el PCCh en todos los aspectos”. Tras oír estas palabras, no pude evitar alegrarme y alabar a Dios: ¡Oh Dios, te doy gracias y te alabo! Con Tu omnipotencia y sabiduría has vencido a Satanás y derrotado a Tus enemigos. Eres la autoridad más alta, ¡que la gloria sea para ti! Solo en ese momento entendí que da igual lo cruel que sea el gobierno del PCCh, ya que está controlado y orquestado por las manos de Dios. Como dicen Sus palabras: “Todas las cosas en los cielos y sobre la tierra deben venir bajo Su dominio. No pueden tener ninguna elección y deben someterse todas a Sus orquestaciones. Esto fue decretado por Dios y es Su autoridad” (‘El éxito o el fracaso dependen de la senda que el hombre camine’ en “La Palabra manifestada en carne”).

Un día, los policías malvados vinieron para interrogarme una vez más. Esta vez, todos parecían un poco extraños. Me miraban cuando hablaban, pero no parecían estar hablándome a mí. Parecían estar discutiendo algo. Como en las ocasiones anteriores, este interrogatorio acabó en fracaso. Más tarde, la policía malvada me llevó de vuelta a mi celda. Por el camino, de repente los oí decir que parecía que me liberarían el primer día del mes siguiente. Al oír esto, mi corazón casi estalla de entusiasmo: ¡Esto significa que estaré fuera en tres días! ¡Puedo marcharme finalmente de este infierno demoníaco! Reprimí la alegría en mi corazón y esperé y aguardé que pasara cada segundo. Tres días parecieron tres años. ¡Finalmente, llegó el primer día del mes! Ese día, miraba hacia la puerta, esperando que alguien dijera mi nombre. Pasó la mañana, y no ocurrió nada. Puse todas mis esperanzas en marcharme por la tarde, pero cuando llegó la noche, siguió sin ocurrir nada. A la hora de la cena, no tenía ganas de comer. Tenía un sentimiento de derrota en mi corazón; en ese momento, era como si mi corazón hubiera caído del cielo al infierno. “¿Por qué no come?”, preguntó el guardia a las demás presas. “No ha comido mucho desde que volvió del interrogatorio aquel día”, respondió una de las presas. “Pónganle la mano en la frente; ¿está enferma?”, dijo el guardia. Una presa vino y lo hizo. Dijo que estaba ardiendo, que yo tenía fiebre. Y la tenía de verdad. La enfermedad había aparecido de forma muy repentina, y era muy grave. En ese momento, desfallecí. En el transcurso de dos horas, la fiebre empeoró más y más. ¡Yo lloraba! Todos ellos, incluyendo el guardia, me veían llorar. Estaban todos perplejos: opinaban de mí que yo era alguien que nunca se dejó seducir por la zanahoria ni intimidar por el palo, que no había derramado una sola lágrima cada vez que hizo frente a una dolorosa tortura, que me habían colgado por las esposas durante seis horas sin que soltara ni un gemido. Pero hoy, sin ninguna tortura, lloraba. No sabían de dónde venían mis lágrimas, simplemente pensaron que yo debía de estar muy enferma. En realidad, solo Dios y yo sabíamos la razón. Todo esto se debía a mi rebeldía y desobediencia. Estas lágrimas fluían porque sentí desesperación cuando mis expectativas se habían quedado en nada y mis esperanzas se habían frustrado. Eran lágrimas de rebeldía y queja. En ese momento, ya no quería poner más mi determinación en dar testimonio de Dios. Ni siquiera tenía la valentía para ser puesta a prueba así de nuevo. Esa noche, lloré lágrimas de aflicción porque ya había tenido bastante de la vida en la cárcel, despreciaba a estos demonios y aún más que eso, odiaba estar en este lugar terrible. No quería pasar ni un segundo más allí. Cuanto más pensaba en ello, más desanimada estaba, y más tenía un gran sentimiento de agravio, lástima, y soledad. Me sentía como si fuera una barca solitaria en el mar, que el agua podía tragarse en cualquier momento; además, sentía que los que estaban a mi alrededor eran tan insidiosos y espantosos que podrían descargar su ira sobre mí en cualquier momento. Le oré a Dios una y otra vez, y estas palabras Suyas se me ocurrieron: “Para cualquiera que aspire a amar a Dios, no hay verdades imposibles de conseguir y ninguna justicia por la que no puedan permanecer firmes. ¿Cómo deberías vivir tu vida? ¿Cómo debes amar a Dios y usar ese amor para satisfacer Su deseo? No hay asunto mayor en tu vida. Sobre todo, debes tener este tipo de aspiraciones y perseverancia, y no debes ser como esos invertebrados, esos que son débiles. Debes aprender cómo experimentar una vida que tenga sentido y cómo experimentar verdades significativas, y de esa manera no deberías tratarte a ti mismo a la ligera” (‘Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me dieron fe. Pensé en cómo había jurado solemnemente ante Dios que no importaría cuánto sufriera, me mantendría firme en el testimonio y avergonzaría a Satanás. Pero cuando iba a enfrentarme a la tortura de la policía durante mucho tiempo, perdí mi determinación y solo esperaba el día en que pudiera escapar de ese miserable lugar. ¿Cómo podría eso ser sumisión? ¿Cómo podría eso ser un testimonio? En una oración a Dios, juré que aunque esto significara pasar toda mi vida en prisión, nunca sucumbiría a Satanás. Me mantendría firme en el testimonio y humillaría a Satanás. Luego, el 6 de diciembre de 2005, fui liberada, poniendo fin a esa infernal vida en prisión.

Después de experimentar este arresto y persecución, aunque mi carne había soportado alguna dificultad, yo había desarrollado perspectiva y discernimiento, y había visto realmente que el Gobierno del PCCh es la personificación de Satanás el diablo, una banda de asesinos que mataría personas en un abrir y cerrar de ojos, pero también había llegado a entender la omnipotencia y la sabiduría de Dios, así como Su justicia y santidad, había llegado a apreciar los buenos propósitos de Dios al salvarme, así como Su cuidado y protección hacia mí, permitiéndome, durante el salvajismo de Satanás, vencerlo paso a paso, y mantenerme firme en mi testimonio. Desde ese día en adelante, deseo dar todo mi ser completamente a Dios, y lo seguiré fielmente, para poder ser ganada por Él lo antes que se pueda.

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