87. La cruel tortura fortaleció mi fe en Dios

Por Zhao Rui, China

En la primavera de 2009, el Partido Comunista de China llevó a cabo una campaña de arrestos a gran escala dirigida a los miembros de la Iglesia de Dios Todopoderoso. Líderes de iglesias de todo el país fueron arrestados y encarcelados uno tras otro. Alrededor de las nueve de la noche del 4 de abril, una hermana con la que estaba colaborando en el desempeño de nuestras tareas y yo acabábamos de salir de la casa de la hermana Wang y caminábamos en dirección a la carretera cuando tres hombres vestidos de civil saltaron de repente desde detrás de nosotros y nos arrastraron de los brazos con fuerza, mientras gritaban: “¡Vamos! ¡Os venís con nosotros!”. Antes de que nos diera tiempo a reaccionar, nos metieron en la parte trasera de un sedán negro que estaba estacionado a un lado de la carretera. Fue como cuando en las películas los gánsteres vienen y secuestran a alguien en plena luz del día, salvo que ahora nos estaba sucediendo en la vida real, y era absolutamente aterrador. Me sentía completamente abrumada y lo único que podía hacer era clamar en silencio a Dios una y otra vez: “¡Dios mío! ¡Sálvame! Oh, Dios, por favor, sálvame…”. Antes de que recuperara la compostura, el sedán entró en el patio de la Oficina Municipal de Seguridad Pública. Fue entonces cuando me di cuenta de que habíamos caído en manos de la policía. Poco después, trajeron también a la hermana Wang. Nos llevaron a las tres a una oficina en el segundo piso y una agente, sin la más mínima explicación, nos quitó los bolsos y nos colocó de pie delante de la pared. Luego nos obligó a desnudarnos para registrarnos. Confiscaron por la fuerza algunos materiales de nuestra obra en la iglesia, recibos del dinero de la iglesia que guardábamos, nuestros teléfonos móviles, más de 5.000 yuanes en efectivo, una tarjeta bancaria y un reloj, además de otras pertenencias personales que llevábamos encima y en nuestros bolsos. Mientras sucedía todo esto, siete u ocho policías varones entraban y salían de la habitación y dos de los agentes que nos estaban vigilando incluso se echaron a reír y me señalaron: “Esta es un pez gordo de la iglesia, parece que hoy hemos atrapado a una importante”. Poco después, cuatro policías vestidos de civil me esposaron, me taparon los ojos con un gorro y me llevaron a una sucursal de la Oficina de Seguridad Pública en las afueras de la ciudad.

Cuando entré en la sala de interrogatorios y vi esa ventana alta con rejas de hierro y aquella horrible y fría silla de hierro, me vinieron a la mente las horripilantes historias de los hermanos y hermanas que habían sido torturados en el pasado. Al pensar en la tortura desconocida a la que los malvados agentes de policía me someterían a continuación, me asusté mucho y me empezaron a temblar involuntariamente las manos. En aquella situación desesperada, pensé en las palabras de Dios: “Todavía llevas miedo en tu corazón. ¿No está entonces tu corazón todavía lleno de las ideas de Satanás?”. “¿Qué es un vencedor? Los buenos soldados de Cristo deben ser valientes y depender de Mí para ser espiritualmente fuertes; deben pelear para volverse guerreros y combatir hasta la muerte a Satanás” (‘Capítulo 12’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). El esclarecimiento de las palabras de Dios calmó poco a poco el pánico en mi corazón y me permitió darme cuenta de que mi miedo tenía su origen en Satanás. Pensé para mis adentros: “Satanás quiere torturar mi carne para que capitule ante su tiranía. No puedo caer en su confabulación. En todo momento, Dios siempre será mi respaldo incondicional y mi apoyo eterno. Esta es una batalla espiritual y es imperativo que me mantenga firme en el testimonio de Dios. Debo estar de Su lado y no puedo rendirme a Satanás”. Al darme cuenta de esto, le oré en silencio a Dios: “¡Oh, Dios Todopoderoso! Se debe a Tus buenas intenciones que haya caído hoy en manos de estos malvados policías. Sin embargo, mi estatura es demasiado pequeña y siento pánico y miedo. ¡Ruego que me des fe y valor para que pueda liberarme de las restricciones de la influencia de Satanás, no someterme a ella y mantener un firme testimonio de Ti!”. Tras terminar de orar, mi corazón se llenó de valor y ya no tenía tanto miedo de aquellos policías de aspecto malvado.

Justo entonces, dos agentes me arrojaron a la silla de hierro y me inmovilizaron manos y pies. Uno de ellos, un bruto alto y corpulento, señaló unas palabras en la pared que decían “Cumplimiento civilizado de la ley” y luego dio un golpe en la mesa y gritó: “¿Sabes dónde estás? ¡La Oficina de Seguridad Pública es la rama del gobierno chino que se especializa en la violencia! ¡Si no confiesas, te daremos tu merecido! ¡Habla! ¿Cómo te llamas? ¿Qué edad tienes? ¿De dónde eres? ¿Qué puesto ocupas en la iglesia?”. Al ver su comportamiento me llené de rabia. Pensé: “Siempre dicen ser la ‘policía del pueblo’ y que su objetivo es ‘acabar de raíz con los malvados y permitir que los que respetan la ley vivan en paz’, pero en realidad no son más que un puñado de matones, bandidos y sicarios de los bajos fondos. ¡Son demonios que atacan a la justicia y castigan a ciudadanos buenos y honrados! Estos policías hacen la vista gorda a los que infringen la ley y cometen delitos, permitiéndoles vivir por encima de la ley. Sin embargo, a pesar de que lo único que hacemos es creer en Dios, leer Su palabra y caminar por la senda correcta de la vida, nos hemos convertido en el blanco principal de la violencia de este grupo de salvajes. No cabe duda de que el gobierno del PCCh es perverso y opuesto a la justicia”. Aunque odiaba a aquellos policías malvados con todo mi corazón, sabía que mi estatura era demasiado pequeña y que sería incapaz de soportar su cruel tortura, así que clamé a Dios una y otra vez para rogarle que me diera fuerzas. Justo en ese momento, Sus palabras me esclarecieron: “La fe es como un puente de un solo tronco: aquellos que se aferran miserablemente a la vida tendrán dificultades para cruzarlo, pero aquellos que están dispuestos a sacrificarse pueden pasar con paso seguro y sin preocupación” (‘Capítulo 6’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). El consuelo y el aliento de las palabras de Dios me ayudaron a mantenerme firme, y pensé: “Ahora debería estar dispuesta a arriesgarlo todo: si llegado el peor de los casos, he de morir, que así sea. Si esta banda de demonios cree que va a saber por mí del dinero de la iglesia, de la obra o de nuestros líderes, ¡que se les quite esa idea de la cabeza!”. Después, no importó cuánto me interrogaran o que trataran de extorsionarme, no dije ni una palabra.

Al ver que me negaba a hablar, los demás agentes se enfurecieron y, después de golpear la mesa, se abalanzaron contra mí, le dieron una patada a la silla de hierro en la que estaba sentada y me sacudieron la cabeza mientras gritaban: “¡Dinos lo que sabes! No te pienses que no sabemos nada. Si no, ¿cómo crees que fuimos capaces de capturaros a las tres con tanta facilidad?”. El agente de policía alto rugió: “¡No pruebes mi paciencia! Si no te hacemos sufrir un poco, pensarás que son solo amenazas vacías. ¡Levántate!”. En cuanto dijo aquello, me arrastró desde la silla hasta debajo de una ventana muy alta en la pared, que tenía una reja de hierro. Me colocaron unas esposas con púas en las muñecas y me engancharon un extremo a las manos y el otro a la reja de hierro, de modo que quedé colgada de la ventana y solo podía tocar el suelo con la punta de los pies. Uno de ellos encendió el aire acondicionado para bajar la temperatura de la habitación y luego me dio un despiadado golpe en la cabeza con un libro enrollado. Cuando vio que aún permanecía en silencio, en un ataque de rabia, gritó: “¿Vas a hablar o no? ¡Si no hablas, te daremos un poco de ‘columpio’!”. Dicho esto, usó un largo cinturón de embalaje de tipo militar para atarme las piernas y luego fijarlas a la silla de hierro. Entonces tiraron de la silla para apartarla de la pared, de modo que quedé suspendida en el aire. A medida que mi cuerpo avanzaba, las esposas se deslizaban hacia la base de mis muñecas y las púas de dentro se me clavaban en el dorso de las manos. El dolor era insoportable, pero me mordí el labio para no gritar porque no quería que esos policías malvados se rieran a costa mía. Uno de ellos dijo con una siniestra sonrisa: “¡Parece que no te duele! Deja que te lo suba un poco”. Dicho esto, levantó la pierna y me pisó fuerte las pantorrillas y luego me balanceó el cuerpo de un lado a otro. Aquello provocó que las esposas se me apretaran cada vez más fuerte contra las muñecas y el dorso de las manos. El dolor fue ya tan grande que no pude evitar gritar, lo que les provocó un ataque de risa. Solo entonces paró de columpiarme las piernas y me dejó suspendida en el aire. Pasados unos veinte minutos, de repente pateó la silla de nuevo hacia mí provocando un horrible chirrido, y solté un grito mientras mi cuerpo volvía a la misma posición de antes, colgando de la pared y con solo las puntas de los pies tocando el suelo. Simultáneamente, las esposas se deslizaron de nuevo sobre mis muñecas. Al aflojarse de repente la tensión de las esposas, me sobrevino un dolor punzante causado por la sangre que volvía a circular rápidamente desde mis manos al resto del brazo. Se rieron con crueldad al notar mi sufrimiento y luego procedieron a interrogarme: “¿Cuánta gente hay en tu iglesia? ¿Dónde guardan el dinero?”. Dio igual lo que me preguntaran, me negué a hablar hasta que se enfadaron tanto que empezaron a soltar blasfemias: “¡Maldita sea! ¡Eres un hueso duro de roer! ¡Veremos cuánto tiempo aguantas!”. Entonces, volvieron a apartar la silla de la pared para dejarme de nuevo suspendida en el aire. Esta vez las esposas me presionaron con fuerza las heridas ya abiertas en el dorso de las manos, y estas enseguida se me hincharon de sangre tanto que parecían a punto de explotar. El dolor era aún más intenso que la primera vez. Los agentes pintaron vívidos retratos de sus “gloriosas hazañas del pasado” torturando y castigando a los prisioneros. Esto continuó durante quince minutos hasta que al fin volvieron a patear la silla contra la pared y retomé mi posición anterior, colgada directamente de la ventana con solo las puntas de los pies tocando el suelo. Durante ese tiempo, un dolor desgarrador se apoderó de mí una vez más. En aquel momento, un agente bajito y regordete entró y preguntó: “¿Ha hablado ya?”. Los dos agentes respondieron: “¡Es una auténtica Liu Hulan!”. El policía gordo y malvado se acercó y me dio una bofetada fuerte en la cara, diciendo con maldad: “¡Veamos lo dura que eres! Déjame aflojarte las manos”. Me miré la mano izquierda y noté que estaba muy hinchada y había adquirido un color negro púrpura. En ese momento, el policía me agarró los dedos de esa mano y comenzó a sacudirlos de un lado a otro, a frotarlos y pellizcarlos hasta que el entumecimiento volvió a dar paso al dolor. Luego reajustó las esposas para que estuvieran lo más apretadas posible y les hizo señas a esos dos agentes para que me levantaran de nuevo. Una vez más, me suspendieron en el aire y me dejaron en esa posición durante veinte minutos antes de bajarme. Continuaron subiéndome y volviéndome a bajar una y otra vez, torturándome hasta el punto en que anhelaba morir para escapar del dolor. Cada vez que las esposas se deslizaban arriba y abajo era más dolorosa que la anterior. Al final, las púas de las esposas se me clavaron profundamente en las muñecas y me quebraron la piel del dorso de las manos, que sangraban en abundancia. Se me había cortado por completo la circulación en las manos y las tenía hinchadas como globos. La cabeza me palpitaba a causa de la falta de oxígeno y tenía la sensación de que estaba a punto de reventar. Pensaba que iba a morir, no me cabía duda.

Justo cuando creía que ya no podía más, un pasaje de las palabras de Dios me vino a la mente: “En el camino hacia Jerusalén, Jesús estaba sufriendo, como si le estuvieran retorciendo un cuchillo en el corazón, pero no tenía la más mínima intención de volverse atrás en Su palabra; siempre había una poderosa fuerza que lo empujaba hacia adelante hacia el lugar de Su crucifixión” (‘Cómo servir en armonía con la voluntad de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me otorgaron una repentina oleada de fuerza y pensé en cómo había sufrido el Señor Jesús en la cruz. Los soldados romanos lo azotaron, ridiculizaron y humillaron, lo golpearon de manera sangrienta y, no obstante, le hicieron cargar esa pesada cruz, la misma a la que finalmente lo clavaron vivo, hasta que derramó hasta la última gota de sangre de Su cuerpo. ¡Qué tortura tan cruel! ¡Qué sufrimiento inimaginable! Sin embargo, el Señor Jesús lo soportó todo en silencio. Aunque el dolor sin duda fue inmenso, indescriptible, el Señor Jesús se puso voluntariamente en manos de Satanás para la redención de toda la humanidad. Pensé para mí: “Hoy, Dios se ha encarnado por segunda vez y ha venido al país ateo de China. Aquí, Él se ha encontrado con amenazas mucho más peligrosas que las que enfrentó en la Era de la Gracia. Desde que Dios Todopoderoso apareció y comenzó a realizar Su obra, el gobierno del PCCh ha utilizado todos los medios posibles para calumniar, blasfemar, perseguir frenéticamente y capturar a Cristo, esperando en vano derrumbar la obra de Dios. El sufrimiento por el que Dios ha pasado en Sus dos encarnaciones va más allá de lo que cualquiera podría imaginar, y mucho menos soportar. Dado que Él ha soportado tanto sufrimiento por nosotros, debo tener más conciencia; debo satisfacer a Dios y darle consuelo, aunque eso signifique mi muerte”. En ese momento, las aflicciones de todos los santos y profetas a lo largo de los siglos pasaron por mi mente: Daniel en el foso del león, Pedro colgado boca abajo en la cruz, Santiago decapitado… Sin una sola excepción, todos estos santos y profetas dieron testimonio rotundo de Dios al borde de la muerte, y me di cuenta de que debía tratar de emular su fe, devoción y sumisión a Dios. Así, en silencio le oré: “¡Dios mío! Tú eres inocente del pecado, pero te crucificaron para nuestra salvación. Luego te encarnaste en China para realizar Tu obra, arriesgando Tu vida. Tu amor es tan grande que nunca podría retribuírtelo. Para mí es el mayor honor sufrir hoy junto a Ti y estoy dispuesta a mantener un firme testimonio para consolar Tu corazón. Incluso si Satanás me quita la vida, nunca pronunciaré una sola palabra de queja”. Al enfocar mi mente en el amor de Dios, el dolor de mi cuerpo parecía disminuir significativamente. La segunda mitad de esa noche, los malvados policías continuaron torturándome por turnos. Tardaron hasta las nueve de la mañana siguiente en desatarme las piernas y dejarme colgada de la ventana. Tenía los dos brazos completamente entumecidos y carentes de sensación y todo mi cuerpo estaba hinchado. Para entonces, habían llevado a la hermana con la que había estado cumpliendo con mi deber a la sala de interrogatorios de al lado. De repente, ocho o nueve agentes aparecieron en mi sala y un policía bajito y corpulento entró enrabietado y preguntó a los policías malvados que se estaban ocupando de mí: “¿Ha hablado ya?”. “Aún no”, respondieron. En cuanto oyó esa respuesta, se me acercó, me golpeó dos veces en la cara y me gritó iracundo: “¡Sigues sin cooperar! Sabemos cómo te llamas y que eres una líder importante en la iglesia. ¡No tengas la ingenuidad de pensar que no sabemos nada! ¿Dónde pusiste el dinero?”. Al ver que permanecía en silencio, me amenazó diciendo: “Si no confiesas, será aún peor para ti cuando lo averigüemos. Teniendo en cuenta tu posición dentro de la iglesia, te sentenciarán a veinte años de prisión”. Más tarde, me robaron la tarjeta bancaria y me pidieron el nombre y el número de pin. Pensé para mí: “Que lo vean todo, a quién le importa. Mi familia no pasaba mucho dinero a esa cuenta de todos modos. Tal vez si lo ven, no me sigan molestando con los fondos de la iglesia”. Decidido esto, les dije mi nombre y el número de pin.

Más adelante, pedí ir al baño y fue entonces cuando al fin me bajaron de allí. Llegado ese momento había perdido completamente el control de mis piernas, así que me llevaron al baño e hicieron guardia fuera. Sin embargo, carecía de toda sensación en las manos, a las que no llegaban las órdenes de mi cerebro, así que me quedé allí apoyada contra la pared, completamente incapaz de desabrocharme los pantalones. Como llevaba tanto tiempo sin salir, uno de los policías abrió de una patada la puerta y me gritó con una sonrisa lasciva: “¿Todavía no has terminado?”. Al notar que no podía mover las manos, se acercó a mí, me desabrochó los pantalones y me los volvió a abrochar cuando terminé. Un grupo de agentes varones se había reunido en la puerta del baño para hacer todo tipo de comentarios sarcásticos y humillarme con su sucio lenguaje. La injusticia de que estos matones y demonios humillaran a una joven inocente de veintitantos años como yo me abrumó de repente y me eché a llorar. También se me pasó por la cabeza que, si de verdad tenía las manos paralizadas y no iba a poder ocuparme de mí misma en el futuro, estaría mejor muerta. Si en aquel momento hubiera sido capaz de caminar bien, habría saltado del edificio para acabar allí mismo con todo. Cuando más débil me sentía, me vino a la mente un himno de la iglesia, “Deseo ver el día en que Dios gane la gloria”, que dice: “Ofreceré mi amor y lealtad a Dios y cumpliré con mi misión para glorificarlo. Estoy decidido a mantenerme firme en mi testimonio de Dios y a no rendirme jamás a Satanás. ¡Oh! Tal vez me parta la cabeza y corra la sangre, pero el pueblo de Dios no puede perder el temple. La exhortación de Dios descansa en el corazón y yo decido humillar al diablo, Satanás. Dios predestina el dolor y las penalidades. Le seré fiel y obediente hasta la muerte. Dios nunca volverá a derramar una lágrima ni a preocuparse por mi culpa” (“Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Una vez más, el esclarecimiento y la iluminación de Dios me infundió fe y se fortaleció mi espíritu. Pensé: “No puedo dejarme engañar por los trucos de Satanás y no debería acabar con mi vida por algo así. Me humillan y se burlan de mí para que haga algo que pueda herir y traicionar a Dios. Si muero, estaría cayendo en su plan conspiratorio. No puedo permitir que la confabulación de Satanás tenga éxito. Aunque me haya quedado lisiada, mientras quede aliento dentro de mí debo seguir viviendo para dar testimonio de Dios”.

Cuando volví a la sala de interrogatorios, caí desmayada al suelo a causa del agotamiento. Los policías me rodearon y me gritaron, ordenándome que me levantara. El agente bajito y gordo que me había golpeado en la cara se me acercó, me dio una patada violenta y me acusó de estar fingiendo. En ese momento, mi cuerpo empezó a temblar, me faltó el aire y comencé a hiperventilar. Mi pierna izquierda y el lado izquierdo de mi pecho se convulsionaban y se contraían entre sí. El cuerpo entero se me quedó frío y rígido, y por mucho que dos agentes tiraban de mí y lo intentaban, no podían enderezarme. En mi mente, sabía que Dios estaba usando este dolor y aflicción para proporcionarme una salida, de lo contrario habrían continuado torturándome cruelmente. Solo después de ver el estado precario en el que me encontraba, los malvados agentes dejaron de golpearme. Luego me fijaron a la silla y se fueron a la sala adyacente a torturar a mi hermana de la iglesia, dejando a dos agentes atrás para que me vigilaran. Al escuchar los gritos espeluznantes de mi hermana, deseaba con todo mi ser cargar contra esos demonios y luchar hasta la muerte, pero tal como estaban las cosas, desplomada en la silla y totalmente exhausta, lo único que podía hacer era orar a Dios, rogarle que le concediera fuerza a mi hermana y la protegiera para poder mantenerse firme en su testimonio. Al mismo tiempo, maldije con rencor a aquel malvado y perverso partido que había hundido a su pueblo en las profundidades del sufrimiento y le pedí a Dios que castigara a estas bestias con apariencia humana. Más tarde, al verme allí derrumbada, en apariencia a punto de expirar, y sin querer lidiar con una moribunda durante su guardia, acabaron enviándome al hospital. Una vez allí, de nuevo las piernas y el pecho comenzaron a convulsionar y a contraerse entre sí e hicieron falta varias personas para colocar mi cuerpo en una posición más recta. Tenía las manos hinchadas como globos y cubiertas de sangre coagulada. Mis manos estaban dilatadas a causa del pus y no pudieron ponerme una vía porque en cuanto insertaban la aguja, la sangre salía de la vena, perfundía el tejido circundante y sangraba desde el punto de inyección. Cuando el médico se dio cuenta de lo que estaba pasando, dijo: “¡Tenemos que quitarle las esposas!”. Le recomendó también a la policía que me enviaran al hospital municipal para que me hicieran más pruebas, porque le preocupaba que tuviera un problema cardíaco. Aquellos policías malvados no querían hacer nada para ayudarme, pero después de eso ya no me volvieron a esposar. Al día siguiente, el agente que me interrogaba escribió una declaración verbal llena de blasfemias y calumnias contra Dios y me exigió que la firmara. Cuando me negué a firmar la declaración, se exasperó, me agarró la mano y me obligó a poner mi huella dactilar en ella.

Al atardecer del 9 de abril, el director de la división y otros dos policías varones me condujeron al centro de detención. Cuando el médico de allí vio que tenía todo el cuerpo hinchado, no podía caminar, no sentía los brazos y parecía estar al borde de la muerte, se negaron a ingresarme, temiendo que muriera. Después, el director de la división negoció con el gobernador del centro de detención durante casi una hora y le prometió que, si algo me sucedía, el centro no sería considerado responsable. Solo entonces accedió finalmente el gobernador a ponerme bajo custodia.

Más de diez días después, trasfirieron a una docena de policías malvados desde otras comisarías y los estacionaron temporalmente en el centro de detención para interrogarme por turnos, día y noche. Existen límites en cuanto al tiempo que un preso puede ser interrogado, pero la policía consideraba que era un caso grave e importante, de naturaleza muy seria, así que no me dejaron en paz. Como tenían miedo de que si me interrogaban durante demasiado tiempo, dado mi frágil estado, pudiera tener algún tipo de emergencia médica, concluían su interrogatorio alrededor de la una de la madrugada, me enviaban de vuelta a mi celda de la cárcel y me convocaban a la mañana siguiente al amanecer. Me interrogaron durante dieciocho horas al día, tres días seguidos. Sin embargo, todo eso dio igual, no dije ni una palabra. Cuando vieron que las tácticas violentas no funcionaban, cambiaron a otras más afables. Comenzaron a mostrar preocupación por mis lesiones y me compraban medicamentos y aplicaban ungüentos en las heridas. Ante esta repentina muestra de “bondad”, bajé la guardia, pensando: “Si les digo algo intrascendente sobre la iglesia, seguramente no pase nada…” Al instante, las palabras de Dios aparecieron en mi mente: “No actuéis de modo imprudente, sino acercaos más a Mí cuando las cosas os sobrevengan; sed más cuidadosos y cautos en todos los aspectos para evitar ofender Mi castigo y caer en las conspiraciones astutas de Satanás” (‘Capítulo 95’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). De repente me di cuenta de que había caído en el astuto complot de Satanás. ¿Acaso no eran estas las mismas personas que me habían estado torturando días atrás? Podían cambiar su comportamiento, pero su naturaleza malvada era inalterable: si has sido un demonio, siempre lo serás. Las palabras de Dios me despertaron al hecho de que solo eran lobos con piel de cordero, y que siempre albergaban intenciones ocultas. En el futuro, por mucho que me tentaran o interrogaran, no diría ni una palabra más. Poco después, Dios me reveló sus verdaderas intenciones; un agente al que llamaban capitán Wu me interrogó ferozmente: “¿Eres una líder de la iglesia y no sabes dónde está el dinero? ¡Si no nos lo dices, tenemos formas de averiguarlo!”. Un viejo y demacrado policía irrumpió en un torrente de insultos y gritó: “¡Maldita sea, te damos la mano y coges el brazo! Si no hablas, te sacaremos de aquí y te colgaremos de nuevo. ¡Veremos entonces si quieres seguir siendo una Liu Hulan y ocultarnos información! ¡Tengo muchas maneras de ocuparme de ti!”. Cuanto más me hablaba de esa manera, más decidida estaba yo a guardar silencio. Finalmente acabó exasperado, se acercó y, al tiempo que me daba un empujón, me dijo: “¡Con este tipo de comportamiento, veinte años sería una sentencia leve!”. Dicho esto, salió furioso de la habitación, frustrado. Después, vino a interrogarme un agente del Departamento Provincial de Seguridad Pública, a cargo de asuntos de seguridad nacional. Hizo muchas afirmaciones atacando y oponiéndose a Dios y alardeando sin parar de lo experimentado y entendido que era, algo que provocó los elogios de los otros agentes. Ante su engreída y autocomplaciente fealdad, tras escuchar todas sus mentiras para pervertir la verdad y crear rumores y sus falsas acusaciones, sentí odio y repugnancia por aquel agente. Ni siquiera soportaba mirarlo, así que fijé la vista en la pared frente a mí y refuté cada uno de sus argumentos en mi cabeza. Su discurso duró toda la mañana y cuando al fin terminó, me preguntó qué pensaba. Perdida la paciencia, dije: “No tengo educación, así que no tengo ni idea de lo que ha estado diciendo”. Enfurecido, les dijo a los otros interrogadores: “No tiene remedio. Creo que ya ha sido beata, ¡está acabada!”. Tras decir eso se escabulló desanimado.

Cuando la malvada policía me arrastró a mi celda en el centro de detención y vi en ella a la hermana Wang, mi corazón se llenó de calidez al ver a aquel ser querido. Supe que se debía a la orquestación y el arreglo de Dios, que Su amor estaba cuidando de mí, y supe que Dios había hecho esto porque en ese momento yo estaba prácticamente lisiada; tenía los brazos y las manos muy hinchados y dilatados con pus; había perdido la sensación en los dedos, que estaban gruesos como salchichas y duros al tacto; apenas podía mover las piernas y todo mi cuerpo estaba débil y destrozado por el dolor. Durante ese tiempo, mi hermana me cuidaba todos los días: me cepillaba los dientes, me lavaba la cara, me bañaba, me peinaba y me daba de comer… Un mes después, liberaron a mi hermana y a mí me informaron que había sido formalmente arrestada. Tras la liberación de mi hermana, al pensar que seguía siendo incapaz de cuidar de mí misma y sin tener idea de cuánto tiempo más estaría encerrada, me sentí increíblemente desamparada y desolada. No pude evitar clamar a Dios: “Oh, Dios, me siento como una inválida, ¿cómo voy a seguir así? Te ruego que protejas mi corazón para que pueda superar esta situación”. Justo cuando estaba a punto de perder la cabeza y me sentía totalmente perdida, pensé en las palabras de Dios: “¿Habéis acaso considerado que, un día, vuestro Dios os pondrá en un lugar muy poco familiar? ¿Podéis imaginar lo que será de vosotros cuando, un día, os lo arrebate todo? ¿Tendríais entonces la misma energía que ahora? ¿Reaparecería vuestra fe?” (‘Debéis entender la obra, ¡no sigáis confundidos!’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios eran como un faro resplandeciente que iluminaba mi corazón y me permitía entender Su voluntad. Pensé para mí: “El entorno al que me enfrento ahora es el que menos conozco. Dios quiere que experimente Su obra en este tipo de situación para perfeccionar mi fe. Aunque mi hermana me haya dejado, ¡sin duda Dios no lo ha hecho! Si recuerdo la senda que he recorrido, ¡Él me ha guiado a cada paso! Si confío en Dios, no hay dificultad que no pueda ser superada”. Vi que me faltaba fe, por lo que, le oré así: “Querido Dios, estoy dispuesta a ponerme enteramente en Tus manos y someterme a Tus orquestaciones. No importa a qué situaciones me enfrente en el futuro, me someteré a Ti y no me quejaré”. Después de concluir mi oración, sentí una sensación de serenidad y calma. La tarde del día siguiente, el agente del correccional trajo a una nueva reclusa. Cuando se dio cuenta de mi situación, empezó a cuidarme sin que yo se lo pidiera. En esto, vi lo maravilloso y fiel que es Dios; Él no me había abandonado, todas las cosas en el cielo y en la tierra están en manos de Dios, incluidos los pensamientos del hombre. Si no hubiera sido por las orquestaciones y arreglos de Dios, ¿por qué esta mujer que no conocía de nada era tan amable conmigo? Después de eso, presencié incluso más del amor de Dios. Cuando aquella mujer fue liberada del centro de detención, Dios inspiró a una mujer tras otra, mujeres que no conocía de nada, a ir pasándose el relevo de mi cuidado las unas a las otras. Algunas reclusas incluso transfirieron dinero a mi cuenta tras ser liberadas. Durante este tiempo, aunque mi cuerpo sufrió un poco, pude experimentar de primera mano la sinceridad del amor de Dios por el hombre. No importa en qué tipo de situación se encuentre el hombre, Dios nunca lo abandona, sino que le sirve de ayuda constante. Mientras el hombre no pierda la fe en Dios, sin duda podrá ser testigo de Sus actos.

Pasé detenida un año y tres meses y luego fui acusada por el gobierno del PCCh de “obrar a través de una organización xie jiao para obstruir la aplicación de la ley” y condenada a tres años y seis meses de prisión. Tras mi sentencia, fui trasladada a la prisión provincial de mujeres para cumplir mi condena. En la cárcel éramos sometidas a un trato aún más inhumano. Nos veíamos obligadas a realizar trabajo manual todos los días y la carga diaria que nos exigían superaba con creces la que cualquiera podía completar razonablemente. Si no podíamos terminar nuestro trabajo, éramos sometidas a castigos corporales. Prácticamente todo el dinero ganado a través de nuestro trabajo iba a parar a los bolsillos de los guardias de la cárcel. Solo nos daban unos pocos yuanes al mes como supuesto subsidio de manutención. La explicación oficial que daba la prisión era que estaban reeducando a los reclusos a través del trabajo, pero en realidad éramos sus máquinas de hacer dinero, sus sirvientes no remunerados. En apariencia, las normas de la prisión para reducir las penas de los reclusos parecían muy humanas: al cumplir ciertas condiciones, los reclusos podían tener derecho a una reducción adecuada de la pena. Pero la verdad es que era solo una fachada para guardar las apariencias. En realidad, lo que llamaban sistema humanitario no era más que palabras vacías sobre el papel. Las órdenes emitidas personalmente por los guardias eran las únicas leyes reales. La prisión controlaba estrictamente la reducción anual de la pena para garantizar una capacidad “de mano de obra” suficiente y que los ingresos de los guardias penitenciarios no disminuyeran. La “reducción de pena” era una técnica empleada por la prisión para aumentar la productividad laboral. De los varios centenares de reclusos de la prisión, solo unos diez conseguían la “reducción de pena” y, por tanto, la gente se dejaba el alma trabajando y conspiraban los unos contra otros para conseguirla. Sin embargo, la mayoría de los reclusos que terminaban recibiendo la reducción de la pena eran los que tenían conexiones con la policía y ni siquiera realizaban trabajo manual. Los reclusos no tenían más remedio que guardarse el resentimiento para sí. Algunos se suicidaron a modo de protesta, pero después de esos sucesos, la prisión inventaba historias al azar para apaciguar a las familias de las víctimas, con lo que sus muertes fueron en vano. En la cárcel, los guardias nunca nos trataban como a seres humanos; si queríamos hablar con ellos, teníamos que ponernos en cuclillas y mirar hacia arriba y, si algo no era de su agrado, nos regañaban e insultaban con obscenidades. Cuando los tres años y medio de mi condena llegaron a su fin y regresé a casa, mi familia no pudo disimular la angustia que sintió al verme como un esqueleto humano, tan frágil y agotada que les resultaba irreconocible; se derramaron muchas lágrimas. Sin embargo, nuestros corazones estaban llenos de gratitud por Dios. Le agradecimos que siguiera viva y por haberme protegido para salir de ese infierno en la tierra sana y salva.

Al regresar a casa me enteré de que, mientras estaba detenida, la malvada policía había venido dos veces a saquearla y registrarla arbitrariamente. Mis padres, que creen en Dios, habían abandonado nuestra casa y se pasaron casi dos años huyendo para evitar ser capturados por el gobierno. Cuando al fin regresaron, las malas hierbas del patio eran tan altas como la propia casa, parte del techo se había derrumbado y todo el lugar estaba hecho un desastre. La policía también había recorrido nuestro pueblo difundiendo mentiras sobre nosotros; contaban que yo había estafado a alguien una cantidad que rondaba el millón de yuanes o incluso más y que mis padres habían estafado a otra persona varios cientos de miles de yuanes para enviar a mi hermano pequeño a la universidad. Aquellos demonios eran una banda de mentirosos profesionales titulados, ¡los mejores en ese juego! De hecho, como mis padres habían huido de casa, mi hermano pequeño tuvo que usar el dinero de la beca y los préstamos para pagar su matrícula y terminar la universidad. Es más, cuando se fue de casa para trabajar, primero tuvo que ahorrar poco a poco para los gastos del viaje, vendiendo las cosechas de grano que nuestra familia cultivaba y recogiendo bayas de espino para venderlas. Sin embargo, esos demonios actuaron de manera desmedida, incriminando a mi familia con falsedades, rumores que siguen circulando el día de hoy. Incluso ahora, sigo siendo despreciada en mi pueblo debido a mi reputación como delincuente política, convicta y estafadora. Odio profundamente al PCCh; ¡es una banda de demonios!

Al recordar los años que pasé siguiendo a Dios, solo había aceptado Sus palabras que exponen la naturaleza demoníaca y la esencia del gobierno del PCCh a nivel teórico, pero nunca las había entendido de verdad. Como desde muy joven me inculcaron los principios de la educación patriótica, que me condicionaron y engañaron sistemáticamente para que pensara de cierta manera, creí incluso que las palabras de Dios eran una exageración, pero no me atreví a abandonar la idolatría de nuestro país, pensando que el Partido Comunista siempre tenía razón, que el ejército protegía a nuestra patria, que la policía castigaba y erradicaba los elementos malignos de la sociedad y salvaguardaba los intereses del público. Solo a través de la experiencia de la persecución a manos de aquellos demonios llegué a ver la verdadera cara del gobierno del PCCh; es sumamente engañoso e hipócrita y ha embaucado al pueblo de China y al mundo entero con sus mentiras durante años. Afirma repetidamente que defiende la libertad de creencia y los derechos legales democráticos, pero en realidad persigue a conciencia las creencias religiosas. Con lo único que cumple es con su propia tiranía, control forzado y despotismo. Aunque mi carne había resultado malherida en el curso de la cruel persecución del PCCh, y estuve dolorida y débil, las palabras de Dios constantemente me esclarecieron y me concedieron fe y fuerza, de modo que pude ver claramente las argucias de Satanás y mantenerme firme en el testimonio de Dios. Al mismo tiempo, experimenté un profundo sentido del amor y la bondad de Dios y mi fe de seguir a Dios se fortaleció. Tal como dice la palabra de Dios Todopoderoso: “Ahora es el momento: el hombre lleva mucho tiempo reuniendo todas sus fuerzas; ha dedicado todos sus esfuerzos y ha pagado todo precio por esto, para arrancarle la cara odiosa a este demonio y permitir a las personas, que han sido cegadas y han soportado todo tipo de sufrimiento y dificultad, que se levanten de su dolor y le vuelvan la espalda a este viejo diablo maligno” (‘La obra y la entrada (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Ahora he regresado a la iglesia y cumplo con el deber de difundir el evangelio. ¡Doy gracias a Dios!

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