88. La adversidad de la prisión

Por Xiao Fan, China

Un día, en mayo de 2004, estaba en una reunión con algunos hermanos y algunas hermanas, cuando más de 20 policías irrumpieron. Dijeron que eran de la Brigada Municipal de Seguridad Nacional y que hacía cuatro meses que monitoreaban mi teléfono celular. Dijeron que eran parte de unas medidas severas en toda la provincia y que habían arrestado a muchos creyentes de Dios Todopoderoso. Me llevaron a una Escuela del Partido Comunista en la ciudad para interrogarme. En cuanto entré, me ordenaron que me quitara los zapatos y me pusiera en cuclillas. Después de un rato, mis piernas estaban entumecidas, pero cuando quería cambiar de postura, la policía me ladraba que no podía mover ni un músculo. Me tuvieron en cuclillas más de dos horas antes de empezar a interrogarme. “¿Quién es tu líder? ¿Dónde guardan el dinero de la iglesia?”. No dije nada. El capitán de la Brigada de Seguridad Nacional vino con un par de esposas y dijo ferozmente: “No pierdan el tiempo con ella. ¡Dejen que pruebe esto!”. Luego, me dijo: “¿Oyes lo que pasa en el cuarto de al lado?”. Podía oír que una hermana gritaba en el cuarto de al lado, y de inmediato me sentí nerviosa y asustada, pensaba: “Estos policías van a torturarme así. ¿Cómo voy a soportarlo?”. Luego, oré a Dios en silencio, le pedí que me diera fuerza y dije que estaba dispuesta a apoyarme en Él y mantenerme firme en el testimonio. Justo entonces, el capitán me pateó al piso, me esposó las manos detrás de la espalda y las sacudió hacia arriba y abajo. Después de que me arrastraran y me empujaran unas cuantas veces, sentía tanto dolor que mi sudor caía. Siguieron haciendo esto durante diez minutos hasta que pararon. Cuando vieron que esto no funcionaba, decidieron intentar otra cosa. Trajeron a algunos policías de otra área y a algunos policías antidisturbios de la ciudad, quienes empezaron a interrogarme de a un grupo por vez. Había cuatro policías en cada grupo, y se turnaban para vigilarme día y noche, me atormentaban evitando que durmiera. Cuando ya no podía mantener más los ojos abiertos y empezaba a dormirme, la policía me arrojaba agua fría a la cara y me tiraba del cabello para intentar quebrar mi determinación, que entregara a mis hermanos y a mis hermanas, y que traicionara a Dios. Todos los días, mis nervios llegaban al punto de quiebre, temía que, si perdía la concentración un solo momento, podría revelar información de la iglesia. Seguía orando a Dios en mi corazón, le pedía que me guiara a través de esos días terribles. La policía también me humillaba deliberadamente. No me permitían cerrar la puerta cuando debía ir al baño, mientras hombres policías iban y venían afuera. Algunos incluso hacían hincapié en mirar, y, muchas veces, se quedaban parados en el umbral mirándome ir al baño. Me interrogaron y torturaron así durante 12 días. Como no había dormido durante más de 10 días, y mis nervios estaban alterados, terminé con una constipación grave. Sus torturas me hicieron perder peso, bajé de 58 kg a 52. Perdí 6 kg en 12 días.

El decimotercer día, la policía me llevó a una casa de detención en la ciudad. Menos de un mes después, me llevaron a un hotel de lujo para vigilarme. Llevaron a mi esposo y lo dejaron conmigo a solas en una habitación para que él me alentara a dar información sobre la iglesia. Al principio, empecé a debilitarme, deseaba mucho poder salir de ese infierno con mi esposo lo antes posible. Pero, para irme, debía traicionar a Dios y entregar a mis hermanos y a mis hermanas. Las palabras de Dios vinieron a mi mente: “Debéis estar despiertos y esperando en todo momento, y debéis orar más delante de Mí. Debéis reconocer las diversas tramas y argucias engañosas de Satanás, reconocer los espíritus, conocer a la gente y ser capaces de discernir todo tipo de personas, sucesos y cosas” (‘Capítulo 17’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me recordaron que la policía había traído a mi esposo para que me ablandara para yo traicionara a Dios. Era un plan malicioso de Satanás, y yo corría el riesgo de caer en su trampa. Pensé que, cuando los policías me interrogaban, me habían dado una lista de nombres de hermanos y hermanas, y algunas fotos, y me habían pedido que señalara a los que conocía, pero yo me negué. También recordé que mi esposo siempre me había apoyado en mi fe y pensé que podía usar esta oportunidad para que mi esposo les advirtiera a los hermanos y a las hermanas para que pudieran esconderse y evitar el arresto. Por eso, fingí llorar sobre el hombro de mi esposo y le susurré mi plan al oído. Accedió a hacerlo. Para mi sorpresa, de inmediato, una oficial irrumpió en la habitación y le dijo a mis esposo: “Lo trajimos para que nos ayudara. ¿De qué hablaban? ¡Fuera de aquí!”. La policía había querido que mi esposo me alentara a dar información de la iglesia y a que traicionara a Dios, pero, cuando esta oficial vio que el plan no había funcionado, se exasperó y sacó a mi esposo. ¡Estos policías eran muy siniestros y malvados! Gracias a la guía de Dios que me evitó caer en el malicioso plan de Satanás.

Después, la policía me llevó de vuelta a la Escuela del Partido Comunista para interrogarme. Me ataron a un banco del tigre, y una oficial entró en el cuarto y empezó a golpearme la cara con una zapatilla plástica. Todo se puso negro, y yo yacía en el banco. Ella dijo que yo fingía, así que, mientras maldecía, me levantó del cabello y siguió golpeándome. Mi rostro se hinchó como una berenjena violeta, y me sangraban los ojos. Un oficial entró y me desató del banco del tigre, me tiró bruscamente por el cabello e intentó meterme debajo del banco del tigre. Como yo no cabía debajo, él me pateaba y me maldecía, me decía que no era mejor que un perro. Me empujaron debajo del banco y me ordenaron que no me moviera, y luego volvieron a subirme al banco y a encadenarme. Que me golpearan tan brutalmente y me humillaran así me alteró mucho, y empecé a debilitarme. Pensé: “No dejarán de torturarme. ¿Cuándo se acabará?”. Sufría un dolor tan extremo que empecé a desear la muerte, pero, como estaba encadenada al banco del tigre, no había chance de que sucediera. Por eso, seguí orando en mi corazón, y luego pensé en todos los santos de la historia a los que habían perseguido por predicar el evangelio del Señor. Algunos habían sido desmembrados por caballos, otros, apedreados a muerte, y algunos fueron cortados en pedazos con sierras. Todos habían sufrido torturas que las personas normales no podrían haber resistido y todos habías dado testimonio de Dios con sus vidas. Por otro lado, yo no podía soportar este pequeño dolor, e incluso deseaba morir para escapar. Estaba tan débil que no daba nada de testimonio. Al pensar en esas cosas, me sobrecogieron el remordimiento y la angustia, por eso, me apuré a ir ante Dios a orar y arrepentirme. Justo entonces, noté que había un pajarito sentado afuera, cerca de una ventana. Sus plumas eran grises, y recuerdo que ese día llovía suavemente. Seguía piando, y, para mí, sonaba como si el pájaro dijera: “Mantente firme en el testimonio, mantente firme en el testimonio…”. El pío del pájaro se hizo más rápido, hasta que sonaba casi ronco. Me di cuenta de que Dios usaba a ese pájaro como recordatorio para mí, y me sentí muy conmovida. Lloraba mientras oraba a Dios: “Querido Dios, no quiero ser cobarde. No quiero morir tan débil y asustada. Por favor, dame fe y valor. Quiero mantenerme firme en el testimonio y avergonzar a Satanás”. Justo entonces, recordé las palabras de Dios: “Tal vez todos recordáis estas palabras: ‘Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación’. Todos habéis oído estas palabras antes, sin embargo, ninguno de vosotros comprendió su verdadero significado. Hoy, sois profundamente conscientes de su importancia. Dios cumplirá estas palabras durante los últimos días y se cumplirán en aquellos que han sido brutalmente perseguidos por el gran dragón rojo en la tierra donde yace enroscado. El gran dragón rojo persigue a Dios y es Su enemigo, y por lo tanto, en esta tierra, los que creen en Dios son sometidos a humillación y opresión y, como resultado, estas palabras se cumplirán en este grupo de personas, vosotros” (‘¿Es la obra de Dios tan sencilla como el hombre imagina?’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Durante estos últimos días debéis dar testimonio de Dios. No importa qué tan grande sea vuestro sufrimiento, debéis caminar hasta el final e, incluso hasta vuestro último suspiro, debéis seguir siendo fieles a Dios y estar a merced de Él; solo esto es amar verdaderamente a Dios y solo esto es el testimonio sólido y rotundo” (‘Solo al experimentar pruebas dolorosas puedes conocer la hermosura de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me consolaron y me alentaron. Me mostraron que Era inevitable que el PCCh me persiguiera y me lastimara mientras creyera en Dios y cumpliera con mi deber, porque el PCCh es el diablo Satanás, el enemigo de Dios. Pero la sabiduría de Dios se ejecuta con base en los maliciosos planes de Satanás, y Dios usa la persecución y las crueles torturas que Satanás distribuye para perfeccionar nuestra fe y nuestra obediencia y, al hacerlo, Él forma un grupo de vencedores. Yo sufría para ganar la verdad, y este sufrimiento era importante y valía la pena. Justo entonces, pensé en cómo Dios mismo se hizo carne para salvarnos y sufrió el rechazo y la calumnia, y fue cazado y perseguido por el PCCh, no podía encontrar refugio. Dios sufrió una humillación y un dolor muy grandes, entonces, como un ser humano corrupto, ¿a cuánto llegaba mi pequeño sufrimiento? Era un honor poder sufrir al lado de Cristo. No podía enfrentar la muerte con miedo, sin importar cómo me torturara Satanás, decidí que me mantendría firme en el testimonio para satisfacer a Dios ¡hasta mi último aliento! Más tarde, el jefe de la Brigada de Seguridad Nacional dijo con una sonrisa siniestra: “Pareces estar aguantando bastante bien. No planeábamos tratarte así. Si nos dices todo y cooperas, te garantizo que pronto podrás volver a tu casa y reunirte con tu familia”. Me trajeron un poco de pollo y pan para que comiera, pero yo sabía que era otro plan para incitarme a traicionar a Dios. Los miré y dije de forma tajante: “No aprecio su gesto, no se moleste. Solo soy carne en la tabla de picar para que me pique como más le plazca. Sé que no saldré de aquí con vida y he aceptado ese hecho, haga lo que quiera. ¡Ya le dije que no sé las respuestas a sus preguntas!”. Con una sonrisa fría, después dijo: “No seas tan seria. Relájate un poco. Solo dinos lo que queremos saber y podrás irte a casa”. Luego se dio vuelta y se fue. Después de eso, la policía me mantuvo sentada en el banco del tigre. Dos semanas después, me llevaron a la casa de detención. Cuando el personal me vio con heridas tan graves, se negó a aceptarme. La Brigada de Seguridad Nacional me obligó a decir que me había lastimado al caerme, para que la policía de la casa de detención no tuviera más opción que aceptarme.

Estuve un mes en la casa de detención, hasta que la policía me llevó a la Escuela del Partido Comunista para interrogarme más. Me mantenían en el banco del tigre 24 horas por día, sentada erguida y con las piernas en un ángulo de 90 grados. Eso duró un mes. El dolor del cuello era insoportable, y mis piernas se hincharon terriblemente. Los policías siempre me burlaban, me insultaban y me pegaban, y yo estaba furiosa por dentro. En especial, les oí decir que habían arrestado a muchos creyentes de Dios Todopoderoso, decían que no importaba si era un hombre o una mujer, anciano o joven, primero los torturaban para asustarlos, y luego, todos colaboraban al final. Decían que era un método de disuasión. Al oír a estos monstruos presumir tan entusiastas sobre cómo lastimaban a mis hermanos y a mis hermanas, y ver que se reían con una risa autocomplaciente, apretaba los dientes con puro odio. El PCCh es una banda de demonios que lastima a las personas por diversión. Oré en silencio, maldiciendo a estos monstruos. Después, la policía vio que no obtendrían de mí la información que quería, por eso me transfirieron a un centro de detención, a una casa de detención criminal, y a otro lugar para lavarme el cerebro. Al final, me llevaron de vuelta a la casa de detención de la ciudad, donde me encerraron un año y tres meses. La policía hizo todo esto para aplastarme el espíritu y que traicionara a Dios, pero no tuvo éxito. Después, me acusaron de “usar supersticiones feudales para interferir con la aplicación de la ley” y me sentenciaron a cuatro años.

En prisión, otra vez volví a sentir lo que era vivir en un infierno. Me enviaron a hacer ropa en una línea de producción en la que cada uno debía realizar una tarea. Si no podías seguir el ritmo del proceso o no podías terminar tu tarea, debías quedarte de pie de 30 minutos a una hora después de terminar el turno de trabajo a las 11:00 p. m. Durante este período, más allá de las comidas, pasaba todo mi tiempo en ese cuarto de trabajo. No podía beber cuando tenía sed e incluso debía correr al baño y volver. Terminé gravemente constipada. Como pasaba todo el día sentada trabajando, y como siempre había mucho trabajo que hacer, además de la tortura que había sufrido a manos de la policía, que me tuvo sentada en el banco del tigre durante más de dos meses, volví a sufrir un dolor de cuello muy fuerte, y a menudo sufría jaquecas y náuseas. Una vez, me resbalé y me caí en la ducha, y me di un fuerte golpe en la cabeza contra el piso. Me golpeé la espalda contra los escalones, me mareé y no podía moverme. Me dolía tanto que creí que me había roto la espalda. Incluso las otras reclusas creían que moriría o que quedaría lisiada. Todas pidieron ayuda e hicieron sonar la alarma, pero no vino nadie. Al final, algunas prisioneras me llevaron a mi cama. Sentía que mi cuerpo estaba roto y no podía dejar de llorar de dolor. Esa noche, no pude dormir por el dolor. Al final, una guardia vino a mi celda a las 8:00 de la mañana siguiente. Impaciente, exigió saber cuánto me había lastimado. Le dije: “Creo que me rompí la espalda. No puedo moverme para nada y me duele mucho la cabeza”. Pero solo se burló y dijo: “No es grave. Debes subir a trabajar, tienes mucho trabajo. Si no te puedes mover, debes hallar alguien que te suba. Si nadie te ayuda, ¡deberás arrastrarte sola!”. Luego, se dio vuelta y se fue. Tuve que tolerar ese dolor terrible y pedirles a otras prisioneras que me ayudaran a levantarme. Tardé 30 o 40 minutos en poder sentarme, luego fui lentamente hasta la escalera y luego, subí. Llegar a mi estación de trabajo fue una lucha, intentaba sentarme pero, tras varios intentos, no pude hacerlo. Al final, tuve que aferrarme a mi máquina y, apretando los dientes de dolor, me esforcé por sentarme. Sentí que algo se rompía en mi espalda, y el dolor era extremo. Me costó mucho aguantar hasta que llegó el médico a su turno, pero solo me frotó algo de iodo y me dio tres píldoras de notoginseng. Me dijo que las tragara y volviera a trabajar. Entonces, el dolor que sentía en mi cuerpo y en mi corazón me hizo sentir que no podía seguir más. Odiaba a esos policías por tratarme de modo tan inhumano. Para ellos, las prisioneras no éramos mejores que los perros, solo éramos máquinas de ganar dinero para ellos. Pensé en que había estado en prisión menos de un año, pero mi sentencia era de cuatro años. ¿Cómo iba a durar tanto tiempo? No sabía si podría sobrevivir. Al pensar esto, me sentí muy sola y desolada. Sin darme cuenta, empecé a tararear mi himno preferido de las palabras de Dios: “Cuando te enfrentes a sufrimientos debes ser capaz de no considerar la carne ni quejarte contra Dios. Cuando Él se esconde de ti, debes ser capaz de tener la fe para seguirlo, para mantener tu amor anterior sin permitir que flaquee o desaparezca. Independientemente de lo que Dios haga, debes respetar Su designio, y estar más dispuesto a maldecir tu propia carne que a quejarte contra Él. Cuando te enfrentas a pruebas, debes satisfacer a Dios, a pesar de cualquier reticencia a deshacerte de algo que amas o del llanto amargo. Sólo esto es amor y fe verdaderos. Independientemente de cuál sea tu estatura real, debes poseer primero la voluntad de sufrir dificultades, una fe verdadera y tener la voluntad de abandonar la carne. Deberías estar dispuesto a soportar las dificultades personales y sufrir pérdidas en tus intereses personales con el fin de satisfacer la voluntad de Dios. Debes ser capaz de sentir arrepentimiento en tu corazón. En el pasado no fuiste capaz de satisfacer a Dios, y ahora, puedes arrepentirte. Ni una sola de estas cosas puede faltar y Dios te perfeccionará a través de ellas. Si careces de estas condiciones, no puedes ser perfeccionado” (‘Cómo ser perfeccionado’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Canté este himno en voz baja, mientras más cantaba, más me conmovía. Empecé a sentir que volvía mi fuerza y sentí que, aunque en ese momento sufría en esa guarida de diablos, en mi débil estado, las palabras de Dios aún me guiaban, me daban fe y fuerza. Dios nunca me había abandonado, y, con las palabras de Dios, yo nunca estaría sola. Este pensamiento me reconfortó mucho, y lamenté mi falta de determinación para sobrellevar el sufrimiento. Cuando enfrenté las dificultades y las pruebas, caí en la negatividad y herí el corazón de Dios. Pensé en lo que había vivido desde mi arresto. La policía me había lastimado y torturado durante mucho tiempo, y, de no ser por la guía de las palabras de Dios y porque Dios me cuidaba, ya habría muerto varias veces. Ahora que sufría este tormento inhumano otra vez, tenía fe en que, siempre que confiara en Dios, sobreviviría a esto también. Dios usaba esta situación para perfeccionar mi fe. Sabía que yo no podía causarle más dolor, debía confiar en Él y hacerme dura, seguir viviendo y dar testimonio de Él. Al pensar en estas cosas, la angustia que sentía empezó a menguar. Las palabras de Dios me guiaban a través del daño y la tortura que me había infligido Satanás durante ese tiempo. Con el tiempo, cumplí mi sentencia y sobreviví lo suficiente para salir caminando de ese infierno en la tierra.

Cuando volví a casa, oí que la policía había estado ocupada esparciendo rumores, diciendo que era una estafadora. Mi esposo tuvo que hallar trabajo en otro lado para evitar los chismes y que los vecinos lo señalaran, y dijo que quería el divorcio. Su mamá había estado tan avergonzada porque yo hubiera estado en prisión que apenas podía mirarme. Los maestros y los compañeros de mi hija la burlaban despiadadamente, al punto en que ya ningún niño del pueblo quería jugar con ella. Cuando vi lo que había pasado, no pude contener las lágrimas. Habíamos sido una familia muy feliz, y la persecución del PCCh nos había reducido a esto. ¡Odio profundamente al PCCh! Espontáneamente, recordé un pasaje de las palabras de Dios: Dios Todopoderoso dice: “¿Antepasados de lo antiguo? ¿Amados líderes? ¡Todos ellos se oponen a Dios! ¡Su intromisión ha dejado todo lo que está bajo el cielo en un estado de oscuridad y caos! ¿Libertad religiosa? ¿Los derechos e intereses legítimos de los ciudadanos? ¡Todos son trucos para tapar el pecado! […] ¿Por qué levantar un obstáculo tan impenetrable a la obra de Dios? ¿Por qué emplear diversos trucos para engañar a la gente de Dios? ¿Dónde están la verdadera libertad y los derechos e intereses legítimos? ¿Dónde está la justicia? ¿Dónde está el consuelo? ¿Dónde está la cordialidad? ¿Por qué usar intrigas engañosas para embaucar al pueblo de Dios? ¿Por qué usar la fuerza para suprimir la venida de Dios? ¿Por qué no permitir que Dios vague libremente por la tierra que creó? ¿Por qué acosan a Dios hasta que no tenga donde reposar Su cabeza? ¿Dónde está la calidez entre los hombres? ¿Dónde está la acogida entre la gente? ¿Por qué causar un ansia tan desesperada en Dios? ¿Por qué hacer que Dios llame una y otra vez? ¿Por qué obligar a Dios a que se preocupe por Su amado Hijo? En esta sociedad oscura, ¿por qué sus tristes perros guardianes no permiten que Dios venga y vaya libremente por el mundo que Él creó?” (‘La obra y la entrada (8)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Mientras pensaba en las palabras de Dios, entendí completamente la fealdad del PCCh. Finge ser justo por fuera, habla sobre “la libertad de culto”, “mantener la ley y el orden para la gente” y “preocuparse por la gente”. Dice todas las cosas correctas sobre la virtud y la moralidad, pero, en secreto, emplea cualquier medio a su disposición para arrestar y perseguir a los creyentes y disemina rumores, lo que genera que un sinnúmero de cristianos vaya a prisión, sea incapaz de volver a casa y termine con la familia desarmada. Nunca había visto la verdad de lo que es el PCCh, y solía idealizarlo. Pero, tras sufrir su persecución, por fin vi que el PCCh es el principal demonio que daña a la gente. En esencia, es el enemigo de Dios y de la verdad, y está formado por el grupo de diablos más malvados y reaccionarios.

Después de que yo saliera de prisión, la policía nunca dejó de vigilarme. La policía de nuestra comisaría local siempre preguntaba si yo aún creía en Dios, y cuando leía las palabras de Dios en casa, debía mantener la puerta del frente bien cerrada. Debía esconder mi libro de las palabras de Dios en el lugar más secreto y debía tener mucho cuidado cuando iba a una reunión o predicaba el evangelio. Un día, en marzo de 2013, arrestaron a una líder y a dos diáconos de una iglesia por la que yo era responsable, y tuve que organizar rápidamente que se movieran algunas cosas de la iglesia y avisarles a algunos hermanos y algunas hermanas que tuvieran cuidado. Mientras organizaba esto, oí que una hermana decía: “La líder arrestada tenía una lista de hermanos y hermanas, la policía tiene esa lista ahora”. Dijo que la policía sacó todos los videos de seguridad para buscar desconocidos, y que estaban listos para buscar creyentes puerta por puerta. También hicieron esta amenaza: “¡Mejor arrestar injustamente a mil que dejar que uno se escape!”. Al oír esto, sentí muchos nervios y temor. Como ya me habían arrestado por mi fe antes, tenían un archivo sobre mí. Si la policía usaba vigilancia de reconocimiento facial, era seguro que me arrestarían. Si volvían a arrestarme, no había forma de que sobreviviera, se asegurarían de eso. Al pensar esto, me di cuenta de que debía irme lo antes posible. Sin embargo, cuando llegué a otra iglesia, no podía calmar mi mente y tuve un ataque de consciencia. Pensé en todo el trabajo de la iglesia que había que organizar urgentemente, sin embargo, había abandonado mi comisión para salvaguardar mi vida. Si me iba ahora, ¡no estaría protegiendo los intereses de la casa de Dios! ¿Dónde estaban mi consciencia y mi humanidad? ¿No actuaba como una cobarde? No tenía verdadera fe en Dios. ¿Dónde estaba mi testimonio? Al pensar en todo esto, me apuré a orar a Dios, le pedí que me diera fe y fuerza, y que me protegiera para que pudiera mantenerme firme en mi testimonio.

Luego leí un pasaje de las palabras de Dios Todopoderoso. “Cuando las personas están preparadas para sacrificar su vida, todo se vuelve insignificante y nadie puede conseguir lo mejor de ellas. ¿Qué podría ser más importante que la vida? Así pues, Satanás se vuelve incapaz de hacer nada más en las personas, no hay nada que pueda hacer con el hombre. Aunque, en la definición de la ‘carne’, se dice que Satanás la ha corrompido, si las personas se entregan, y Satanás no las domina, nadie puede conseguir lo mejor de ellas” (‘Capítulo 36’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Mientras meditaba sobre las palabras de Dios, comprendí que esta situación era una prueba de Dios, y que se libraba una guerra en el mundo spiritual. Sabía que debía pararme con Dios y ofrecer mi vida para avergonzar a Satanás y dar testimonio de Dios; ¡no había forma de que me diera vuelta y huyera en un momento tan crucial! Debía proteger la obra de la casa de Dios, era lo que cualquiera con consciencia y humanidad debería hacer. Sufría la persecución por el bien de la justicia, incluso si moría, igual valdría la pena. Si no vivía de un modo noble y me rendía a Satanás, aunque mi cuerpo sobreviviera, yo estaría muerta en vida. Me sentí liberada por ese pensamiento, por lo que me apuré a volver a la iglesia, organicé que los hermanos y las hermanas se llevaran todos los libros de las palabras de Dios y les dije que mantuvieran un perfil bajo. Toda la obra de la iglesia se organizó muy rápido, ¡y yo le agradecí a Dios por Su guía!

Tras haber creído en Dios Todopoderoso por más de 20 años y sufrir constantemente la persecución y la opresión del PCCh, aunque he sufrido un poco de dolor, bajo la guía de las palabras de Dios, he llegado a entender algunas verdades y he aprendido a discernir entre el bien y el mal, entre la justicia y la maldad. También aprendí a confiar en Dios a través de circunstancias tan extraordinarias. De verdad siento la autoridad en las palabras de Dios y siento que mi fe en Dios ha crecido. Todo esto es por la gracia de Dios. ¡Gracias a Dios Todopoderoso!

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