68. Ya sé cómo dar testimonio de Dios

Por Xu Lu, China

En abril de 2021 comencé a difundir el evangelio con la hermana Chen Zhengxin. Como ya había difundido el evangelio anteriormente y tenía cierta experiencia relevante, tras un tiempo comencé a tener mejores resultados que ella. A menudo alardeaba de cómo predicaba yo el evangelio, respondía las preguntas de sus destinatarios potenciales y me extendía con gran detalle. Zhengxin estaba asombradísima. En una ocasión, tras compartir con algunos nuevos creyentes que no estaban asistiendo a las reuniones, todos empezaron a asistir como de costumbre. Sabía que Dios los guiaba y había conmovido sus corazones, pero igualmente me sentía satisfecha porque creía haber puesto mi granito de arena. Al regresar de la comunión, no pude evitar alardear ante Zhengxin: “Me amparé en Dios, y tras enseñar unas pocas palabras todos acordaron asistir a las reuniones”. Al ver que me miraba muy admirada me sentí aun mejor. En otra ocasión, regresó cabizbaja y abatida porque no supo contestar la pregunta de alguien a quien estaba predicando. Le pregunté qué le había dicho y me contó. Pensé: “No tienes suficiente experiencia aún. No era una pregunta difícil de responder; yo la hubiera atendido en un segundo. Tengo que ponerte al día y mostrarte cómo se predica el evangelio”. Así pues, le hablé de cómo enseñar más eficazmente. Zhengxin estuvo de acuerdo con lo que le decía; alegó que tenía muchas carencias y me pidió más ayuda. Le dije que teníamos que confiar en Dios, pero en el fondo estaba muy satisfecha de mí misma, pues pensaba que tenía mucho talento para predicar el evangelio.

En una reunión, una líder nos preguntó qué habíamos aprendido y qué experiencias habíamos tenido últimamente difundiendo el evangelio. Zhengxin dijo: “Predicando el evangelio aprendí que aún tengo muchas carencias. Había muchas preguntas de los destinatarios potenciales del evangelio que no sabía responder. Xu Lu parece capaz de encontrar palabras de Dios que enseñar para resolver sus preguntas enseguida”. La líder me sonrió y asintió con la cabeza. Yo quería demostrarle a la líder cuanto sabía y que podía contestar cualquier pregunta con facilidad, así que defendí adrede a Zhengxin: “Algunas preguntas de los destinatarios potenciales del evangelio eran bastante difíciles de veras”. La líder preguntó: “¿Cuáles?”. Rápidamente repasé varias preguntas, pues pensaba que debía elegir alguna difícil para demostrarle a la líder lo talentosa que era. Con gestos vivaces y expresión de entusiasmo, repasé las preguntas de los destinatarios potenciales del evangelio, cómo había enseñado para resolverlas y cómo, finalmente, los había convencido sinceramente. Exageré describiendo las cosas más difíciles de lo que eran, como si los demás nunca pudieran resolver estos problemas y yo fuera la única que sí. Quería que la líder creyera que tenía cierta realidad verdad, que era la mejor de todos los que compartíamos el evangelio. La líder y otros hermanos y hermanas me daban su visto bueno y yo lo disfrutaba. Tras preguntar por nuestro trabajo predicando el evangelio, la líder nos enseñó los principios de la labor respecto de nuestros problemas recientes. Apenas comenzó ella a hablar, pensé: “Yo tengo experiencia relevante que realmente debería compartir de inmediato. Si pasamos a otro tema, perderé la oportunidad de hablar”. Así pues, la interrumpí diciendo: “Es mucho más que eso”. Entonces me puse a hablar largamente, basándome en mi experiencia para elucidar cómo había logrado resultados en la difusión del evangelio. Al ver que todos asentían con la cabeza, hablé con aun mayor entusiasmo. Los demás hermanos y hermanas intervinieron con sus opiniones, pero realmente no escuchaba nada. Me parecía que no tenían agudeza real ni ideas de valor. No hice más que compartir mis opiniones sin dar a nadie la oportunidad de hablar. Solo quería soltar toda mi experiencia junta, para que la líder viera que tenía aptitud y dones, que sabía buscar los principios en el deber y que era un talento poco común. Mientras hablaba, sí pensé que tal vez estuviera presumiendo, por lo que intenté frenarme y hablar un poco de mi corrupción y mis errores. Sin embargo, también pensaba que había que enseñar estos métodos prácticos en aras de un bien mayor. Esa era toda mi experiencia directa y no podía dejar de enseñar por temor a presumir. Al pensarlo, seguí divagando. Cuando terminé, la líder asintió con la cabeza y los demás parecían mirarme con admiración. Fue una sensación maravillosa. Así pues, en esa reunión, todo el mundo estaba, básicamente, escuchándome hablar. No solo eso, sino que en las reuniones y la comunión casi nunca contaba mis estados negativos ni daba ejemplos de mis fracasos al evangelizar. Creía que eso hundiría mi imagen, así que seleccionaba cuidadosamente mis éxitos. Después de algunas reuniones, todos creían que se me daba genial compartir el evangelio y otras personas en ese deber empezaron a confiar en mí. Me pedían directamente que hablara con gente muy atascada en sus nociones. Todo eso me hacía sentir superior y disfrutaba de la sensación de ser admirada. Justo cuando me sentía tan satisfecha de mí misma, me enfrenté a la reprensión y la disciplina de Dios.

Empecé a toparme con muchos obstáculos y no lograba ningún resultado al difundir el evangelio. Pensaba: “Siempre alardeo y presumo en las reuniones con los hermanos y las hermanas, y ahora me he vuelto ineficaz en la labor. ¿Estará Dios disgustado conmigo y se oculta de mí?”. Me sinceré con Zhengxin acerca del estado en que me hallaba, y comentó: “Desde que te conozco, he notado que tiendes a jactarte. Hablaste todo el tiempo cuando la líder se incorporó a nuestra reunión. La cortaste sin darle tiempo a que acabara de hablar y yo ni siquiera pude hacer una pregunta. Me sentí muy inferior después de escuchar sobre todas tus experiencias predicando el evangelio y lo eficaz que has sido para resolver los problemas de la gente”. Mientras hablaba, se puso a llorar y sencillamente me sentí fatal. Nunca había imaginado que, por presumir yo, la había perjudicado tanto. ¿Eso no era cometer el mal? Me presenté ante Dios a hacer introspección en serio y entonces leí estas palabras Suyas: “Todos los que recorren la senda de los anticristos se exaltan y dan testimonio para sí mismos, se promueven a sí mismos, se lucen en cada oportunidad y no se preocupan por Dios en absoluto. ¿Habéis experimentado vosotros estas cosas de las que hablo? Muchas personas dan testimonio de sí mismas persistentemente, hablan de que han sufrido esto y lo otro, de cuánto trabajan, cuánto Dios las valora y les confía tal trabajo, y cómo son; usan tonos particulares al hablar y emplean ciertos modos, hasta que, al final, otros probablemente comiencen a pensar que son Dios. El Espíritu Santo hace mucho que ha abandonado a quienes alcanzan este nivel, y aunque tal vez no hayan sido descartados o expulsados, sino que se los deja para que presten servicio, su destino ya está sellado y solo están esperando su castigo(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Las personas le ponen demasiadas exigencias a Dios). La revelación de las palabras de Dios me laceró el corazón y me sentí muy mal. Me di cuenta de que el motivo por el cual me topaba con muchos obstáculos y no percibía la guía de Dios era que había disgustado a Dios con mi jactancia. ¡El carácter de Dios es muy justo y santo! Sentí un poco de miedo. Sabía que, de seguir así, Dios me abandonaría y me descartaría, indignado. Tenía que buscar la verdad para resolver este problema.

Después, encontré un pasaje de las palabras de Dios que revela a quienes se enaltecen y presumen. Dice Dios: “La humanidad corrupta es capaz de enaltecerse y dar testimonio de sí misma, de pavonearse, de intentar que la tengan en gran estima y la idolatren. Así reacciona instintivamente la gente cuando la gobierna su naturaleza satánica, lo cual es común a toda la humanidad corrupta. Normalmente, ¿cómo se enaltece y da testimonio de sí misma la gente? ¿Cómo logra este objetivo de hacer que la tengan en gran estima y la idolatren? Da testimonio de cuánto trabajo ha realizado, de cuánto ha sufrido, de cuánto se ha esforzado y el precio que ha pagado. Emplea estas cosas como el capital con el que se enaltece, lo cual le da un lugar superior, más firme y más seguro en la mente de las personas, de modo que son más las que la estiman, admiran, respetan y hasta la veneran, idolatran y siguen. Para lograr este objetivo, la gente hace muchas cosas que en apariencia dan testimonio de Dios, pero en esencia se enaltece y da testimonio de sí misma. ¿Es razonable actuar así? Se salen del ámbito de la racionalidad. Esta gente no tiene vergüenza: da testimonio descaradamente de lo que ha hecho por Dios y de cuánto ha sufrido por Él. Incluso presume de sus dones, talentos, experiencias, habilidades especiales, de sus métodos inteligentes de conducta, de los medios por los que juega con las personas, etcétera. Se enaltece y da testimonio de sí misma alardeando y menospreciando a otras personas. Además, disimula y se camufla para ocultar sus debilidades, defectos y deficiencias a los demás y que estos solo lleguen a ver su brillantez. Ni siquiera se atreve a contárselo a otras personas cuando se siente negativa; le falta valor para abrirse y hablar con ellas, y cuando hace algo mal, se esfuerza al máximo por ocultarlo y encubrirlo. Nunca habla del daño que ha ocasionado al trabajo de la iglesia en el cumplimiento del deber. Ahora bien, cuando ha hecho una contribución mínima o conseguido un pequeño éxito, se apresura a exhibirlo. No ve la hora de que el mundo entero sepa lo capaz que es, el alto calibre que tiene, lo excepcional que es y hasta qué punto es mucho mejor que las personas normales. ¿No es esta una manera de enaltecerse y dar testimonio de sí misma?(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 4: Se enaltecen y dan testimonio de sí mismos). ¿Yo no había presumido y me había enaltecido tal como lo describía Dios? Al cumplir con mi deber, yo presumía para lograr la admiración de los demás en lugar de dar testimonio de Dios y enaltecerlo. Usaba mi experiencia evangelizadora a modo de capital personal, me creía inteligente y elocuente. Presumía y buscaba protagonismo en cada oportunidad. Cuando tenía éxitos al compartir el evangelio, me jactaba ante Zhengxin de mi capacidad de enseñar la verdad y resolver problemas, y cuando ella afrontaba fracasos, le contaba todas mis experiencias. Hacía como que la ayudaba, pero en realidad era para lucirme y exhibir mis habilidades. Quería que me creyera mejor que ella, y por eso terminó sintiéndose inferior a mí y cayendo en el negativismo. Cuando vino la líder a nuestra reunión, fanfarroneé y presumí todo el tiempo, exagerando acerca de lo difíciles que eran los problemas que había resuelto para destacar mis habilidades. También interrumpía a la gente y convertí la reunión en una sesión de conferencias personal, hablando sin parar de los resultados que había logrado compartiendo el evangelio a fin de destacar mis logros y lograr la admiración ajena. Era realmente despreciable y desvergonzada. Como siempre interrumpía y presumía, privaba a mis hermanos y hermanas de la oportunidad de buscar y compartir la verdad. En consecuencia, sus problemas y dificultades no se resolvían rápidamente. Había alterado la reunión por completo. Es más, como solo me importaba presumir, no hacía esfuerzo alguno por ponderar las palabras de Dios y escuchar las experiencias y el conocimiento de los demás. Por ello, yo tampoco obtenía nada de la reunión. Sabía que tenía muchos fallos y faltas, pero temía dañar la imagen que tenían los demás de mí, así que ocultaba esos defectos y fallas y solo hablaba de mis éxitos. A causa de ello, algunos hermanos y hermanas llegaron a admirarme y a confiar en mí. Los atraía a mí, y no solo no tenía miedo, sino que lo disfrutaba. Al reflexionar sobre mi conducta, me di cuenta de que no trataba de cumplir bien con mi deber y de satisfacer a Dios, sino que solo engañaba y atrapaba a la gente.

Más tarde, leí este pasaje de las palabras de Dios que me ayudó a entender mi naturaleza y esencia. Las palabras de Dios dicen: “Algunas personas idolatran de manera particular a Pablo: les gusta salir a pronunciar discursos y hacer obra, les gusta reunirse y predicar; les gusta que los demás las escuchen, que las adoren y las rodeen. Les gusta ocupar un lugar en el corazón de los demás y aprecian que otros valoren la imagen que muestran. Analicemos su naturaleza a partir de estos comportamientos. ¿Cuál es su naturaleza? Si de verdad se comportan así, entonces basta para mostrar que son arrogantes y engreídos. No adoran a Dios en absoluto; buscan estatus elevado y desean tener autoridad sobre otros, poseerlos, y ocupar un lugar en sus corazones. Esta es la imagen clásica de Satanás. Los aspectos de su naturaleza que más destacan son la arrogancia y el engreimiento, la negativa a adorar a Dios, y un deseo de ser adorados por los demás. Tales comportamientos pueden darte una visión muy clara de su naturaleza(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Cómo conocer la naturaleza del hombre). Con esto me di cuenta de que jactarse constantemente es consecuencia de estar controlado por una naturaleza arrogante. Desde niña me encantaba la sensación de ser admirada y apoyada —me daba una gran sensación de prestigio y goce—, así que era algo que siempre buscaba en la vida. Seguí haciéndolo incluso tras recibir la fe: jactarme y presumir en cuanto tuviera ocasión. Lo disfrutaba, estaba encantada cada vez que veía la mirada de admiración de alguien. Difundir el evangelio era mi responsabilidad, mi deber, y los éxitos eran fruto de la guía de Dios. Pero me controlaba mi naturaleza arrogante y usaba mis dones, mi experiencia y los escasos resultados que lograba al difundir el evangelio a modo de capital personal. Me creía un talento indispensable y era despectiva con los demás. Asimismo, aprovechaba toda ocasión de jactarme ante mis hermanos y hermanas de mi éxito al predicar el evangelio, pero jamás comentaba mis defectos ni mis fracasos. Por ello, mis hermanos y hermanas empezaron a ampararse en mí en vez de recurrir a Dios y ampararse en Él. Dios debería ocupar un lugar sagrado en el corazón de las personas, pero yo atraía a los demás hacia mí, con lo que yo era la única que tenía un lugar en su corazón. ¿Acaso no me estaba oponiendo a Dios? Me acordé de Pablo, en la Era de la Gracia, que era tan arrogante. Jamás enalteció al Señor Jesucristo ni dio testimonio de Él en sus epístolas, como tampoco dio testimonio de lo que hizo la obra del Señor Jesús por la humanidad. Solo alardeaba respecto a sus dones y su aptitud, y atrapaba a los demás para que lo admiraran y siguieran. Dio testimonio de que él no era inferior a ningún apóstol y acabó diciendo que vivía como Cristo, lo que ofendió gravemente el carácter de Dios. El constante enaltecimiento de Pablo hizo que otros lo adularan hasta el punto de que, durante 2000 años, los creyentes han considerado sus palabras palabras de Dios, fundamento de su fe y principios que hay que poner en práctica. Para ellos, sus palabras superan las de Dios, lo que convierte a Dios en un mero figurante. Pablo terminó por ser el primer anticristo y Dios lo castigó. ¿Acaso yo no era como Pablo? No enaltecía a Dios ni daba testimonio de Él en el deber, sino que presumía y atrapaba el corazón de las personas. ¿Cómo cumplía con mi deber? Sencillamente, me ocupaba de mis propios asuntos. En ese punto me horroricé de mis actos y me di cuenta de que seguir así sería muy peligroso. Me presenté ante Dios a orar: “Dios mío, no quiero vivir contra Ti, inmersa en mi carácter corrupto. Por favor, disciplíname y repréndeme si vuelvo a presumir. Dios mío, te pido que me guíes para comprenderme más a fondo”. Luego encontré otro pasaje de las palabras de Dios en el cual juzga y revela a la humanidad: “No pienses que lo entiendes todo. Yo te digo que todo lo que has visto y experimentado es insuficiente para que entiendas siquiera una milésima parte de Mi plan de gestión. ¿Por qué actúas, pues, con tanta arrogancia? ¡Esa pequeña porción de talento y el conocimiento exiguo que tienes son insuficientes para ser usados por Jesús siquiera en un solo segundo de Su obra! ¿Cuánta experiencia posees realmente? ¡Lo que has visto y todo lo que has oído durante tu vida y lo que has imaginado, es menos que la obra que Yo hago en un momento! Será mejor que no seas quisquilloso ni busques fallas. Puedes ser todo lo arrogante que quieras, pero ¡no eres más que una criatura que no puede compararse siquiera con una hormiga! ¡Todo lo que hay en tu barriga es menos que lo que hay en la barriga de una hormiga! No pienses que, porque tienes algo de experiencia y antigüedad, esto te da derecho a gesticular salvajemente y hablar con grandilocuencia. ¿No son tu experiencia y tu antigüedad un resultado de las palabras que Yo he pronunciado? ¿Crees que fueron a cambio de tu trabajo y esfuerzo? Hoy, ves que me he hecho carne y, como consecuencia de ello, en ti hay una sobreabundancia de conceptos y nociones sin fin. De no ser por Mi encarnación, por muy extraordinarios que fueran tus talentos, no tendrías tantos conceptos. ¿No es de aquí de donde surgieron tus nociones?(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Las dos encarnaciones completan el sentido de la encarnación). No tenía la realidad verdad y solo sabía hablar de palabras y doctrinas. Tras adquirir escasa experiencia y de hacer algo de trabajo, de inmediato ignoré a todos los demás, incluso a Dios. Le robaba la gloria a Dios, era irracionalmente arrogante y no tenía siquiera una pizca de racionalidad. Mientras compartía el evangelio, en realidad era muy consciente de que Dios sustentaba Su propia obra. A veces me hacían una pregunta que no sabía responder, así que oraba a Dios y me amparaba en Él. Luego me venía la respuesta a la mente y sabía cómo abordar el problema a través del esclarecimiento del Espíritu Santo. En ocasiones no decía mucho, solamente un pasaje de las palabras de Dios, pero la gente se conmovía, reconocía la voz de Dios y estaba dispuesta a buscar y aceptar Su obra de los últimos días. Todo eso se logró con las palabras de Dios; era Él quien conmovía el corazón de la gente. Una vez le prediqué el evangelio al hermano de una hermana de la iglesia. Bastantes personas habían hablado con él antes, pero estaba limitado por sus nociones y no estaba dispuesto a buscar y estudiarlo. Yo no tenía demasiada confianza, pero me preparé un poco a partir de mi experiencia previa. Cuando le hablé de lo que yo ya había reflexionado, no solo no tuvo ninguna reacción positiva, sino que sacó a colación algunas nociones que tenía. Al no saber cómo enseñarle, oré a Dios y le pedí que lo conmoviera y esclareciera. Simplemente le mostré un video de testimonio y no le hablé mucho, pero la enseñanza del video lo conmovió de veras y tuvo ganas de estudiar la nueva obra de Dios. Estaba muy sorprendida, él había cambiado por completo en poco más de 30 minutos. Supe que eso no sucedió por lo bien que le hubiera enseñado yo, sino porque Dios lo había conmovido. Cuando mis motivaciones en el deber estaban equivocadas, por mucho que hablara, nadie quería aceptar el evangelio. La experiencia me enseñó que, en mi deber, las palabras de Dios y la obra del Espíritu Santo desempeñan un papel fundamental; mis talentos y mi aptitud no son el factor decisivo. Las ovejas de Dios oyen Su voz. Los predestinados por Dios reconocen Su voz en Sus palabras y desean estudiar el camino verdadero. Con una persona no escogida por Dios, no hay enseñanza que haga la diferencia. Incluso sin ningún talento ni aptitud, si una persona es de buena fe y recurre a Dios y se ampara en Él sinceramente, puede recibir Su guía y tendrá éxito en el deber de todos modos. Sin embargo, estaba ciega a esto, no reconocía para nada la obra del Espíritu Santo y no tenía un corazón temeroso de Dios. Me atribuía toda la gloria por el más mínimo logro y me jactaba con esa excusa. Era realmente desvergonzada. Al recordar las formas en que había presumido, me sentí muy innoble y avergonzada. Era una auténtica bufona que hacía ciegamente un espectáculo y revelaba mi estado lamentable ante todos sin la mínima conciencia de mí misma. Si no me hubiera topado con los obstáculos mientras difundía el evangelio, y si mi hermana no me hubiera tratado y podado, habría permanecido dormida, sin conocerme a mí misma. Al darme cuenta, oré a Dios con deseos de arrepentirme, para dejar de enaltecerme y de presumir.

Después busqué conscientemente el modo de practicar a fin de enaltecer a Dios y dar testimonio de Él. Leí un pasaje de las palabras de Dios que decía: “Cuando deis testimonio de Dios, principalmente debéis hablar de cómo Él juzga y castiga a las personas, y de las pruebas que utiliza para refinar a las personas y cambiar su carácter. También debéis hablar de cuánta corrupción se ha revelado en vuestra experiencia, de cuánto habéis sufrido, de cuántas cosas hicisteis por resistiros a Dios y de cómo Él os conquistó finalmente. Debéis hablar de cuánto conocimiento real de la obra de Dios tenéis y de cómo debéis dar testimonio de Dios y retribuirle Su amor. Debéis poner sustancia en este tipo de lenguaje, al tiempo que lo expresáis de una manera sencilla. No habléis sobre teorías vacías. Hablad de una manera más práctica; hablad desde el corazón. Esta es la manera en la que debéis experimentar las cosas. No os equipéis con teorías vacías aparentemente profundas en un esfuerzo por alardear; eso hace que parezcáis arrogantes e irracionales. Debéis hablar más sobre cosas reales a partir de vuestra verdadera experiencia y hablar más de corazón; esto es lo más beneficioso para los demás y es lo más apropiado de ver(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo buscando la verdad puede uno lograr un cambio en el carácter). Las palabras de Dios me enseñaron que la manera de enaltecerlo y dar testimonio de Él es dar testimonio de Su obra y de Su carácter, hablar de nuestra corrupción y rebeldía y de cómo nos hemos conocido gracias al juicio y castigo de Sus palabras. Los demás pueden llegar a ver el carácter justo de Dios, así como Su amor y Su salvación para nosotros. Pero yo solo había hablado de mis éxitos al compartir el evangelio, casi nunca de la corrupción que había exhibido ni de cómo me había resistido a Dios y me había rebelado contra Él. Por ello, la gente comenzó a admirarme y a ampararse en mí. Era preciso que mostrara mi auténtico yo, que revelara que me había enaltecido y había presumido, y la manera en que Dios me había reprendido y disciplinado para guiarme a conocerme a mí misma. También debía revelar mis luchas y carencias al predicar el evangelio, y compartir cómo me había guiado el Espíritu Santo. Era preciso que hablara de todo eso para que los demás me vieran de forma clara y también vieran cómo obra Dios. Entonces tendrían fe para ampararse en Dios y recurrir a Él en el deber, y recibir Su guía. Cuando me sinceré de ese modo, todos comprendieron que realmente no llevaban a Dios en el corazón. Querían cambiar, ampararse en Dios en el deber.

Después leí esto en las palabras de Dios: “Dios es el Creador, y Su identidad y estatus son supremos. Dios posee autoridad, sabiduría y poder, Él tiene Su propio carácter, Sus posesiones y Su ser. ¿Sabe alguien cuántos años lleva obrando Dios en medio de la humanidad y de toda la creación? Se desconoce el número concreto de años que lleva Dios obrando y gestionando a toda la humanidad; nadie puede dar una cifra exacta, y Él no informa de estas cosas a la humanidad. Sin embargo, si Satanás hiciera algo semejante, ¿informaría acaso sobre ello? No cabe duda. Quiere alardear para engañar a más personas y que aumente el número de aquellos que son conscientes de sus contribuciones. ¿Por qué no informa Dios de estas cuestiones? Hay un aspecto humilde y oculto en la esencia de Dios. ¿Qué es lo contrario de ser humilde y estar oculto? Ser arrogante y exhibirse. […] Dios exige que las personas den testimonio de Él, pero ¿ha dado Él testimonio de sí mismo? (No). En cambio, Satanás teme que la gente no se entere de cualquier mínima cosa que haga. Los anticristos no son diferentes: alardean delante de todos de cada pequeña cosa que hacen. Al oírlos, parece que están dando testimonio de Dios, pero si escuchas con atención descubrirás que no lo hacen, sino que se exhiben y se establecen. La motivación y la esencia detrás de lo que dicen, además del estatus, son las de disputarse con Dios a Sus escogidos. Dios es humilde y está oculto, mientras que Satanás hace alarde de sí mismo. ¿Existe alguna diferencia? Lucirse en contraposición a ser humilde y estar oculto, ¿cuáles son las cosas positivas? (Ser humilde y estar oculto). ¿Podría describirse a Satanás como humilde? (No). ¿Por qué? A juzgar por su malvada esencia naturaleza, es una basura sin valor. Lo que no sería normal es que Satanás no hiciera alarde de sí mismo. ¿Cómo iba calificarse a Satanás como ‘humilde’? La ‘humildad’ es cosa de Dios. La identidad, la esencia y el carácter de Dios son elevados y honorables, pero Él nunca hace alarde. Dios es humilde y está oculto, para que nadie vea lo que ha hecho, pero mientras obra en la oscuridad, la humanidad no cesa de ser provista, alimentada y guiada, y todo ello es dispuesto por Dios. El hecho de que Él nunca declare ni mencione estas cosas, ¿acaso no es estar oculto y tener humildad? Dios es humilde precisamente porque es capaz de hacer tales cosas, pero no las menciona ni las declara, no discute con la gente sobre ellas. ¿Qué derecho tienes tú a hablar de humildad cuando eres incapaz de hacer tales cosas? No has hecho nada de eso, y sin embargo insistes en atribuirte el mérito. Eso es ser un desvergonzado. Al guiar a la humanidad, Dios lleva a cabo una obra muy grande y preside todo el universo. Su autoridad y Su poder son enormes, pero Él nunca ha dicho: ‘Mi poder es extraordinario’. Él permanece oculto entre todas las cosas, presidiendo todo, alimentando y proveyendo a la humanidad, permitiendo que esta continúe generación tras generación. Pensemos en el aire y el sol, por ejemplo, o en todas las cosas materiales necesarias para la existencia humana en la tierra: todas ellas fluyen sin cesar. Que Dios provee al hombre es indiscutible. Si Satanás hiciera algo bueno, ¿lo mantendría en silencio y seguiría siendo un héroe sin reconocimiento? Jamás. Es como algunos anticristos en la iglesia que anteriormente llevaron a cabo un trabajo peligroso, que renunciaron a cosas y soportaron sufrimiento, puede que incluso acabaran en la cárcel; otros también contribuyeron alguna vez en algún aspecto de la obra de la casa de Dios. Nunca olvidan estas cosas, creen que merecen crédito por ellas durante toda su vida, creen que estas son un capital que les durará siempre, lo cual demuestra lo pequeñas que son las personas. La gente es realmente pequeña, y Satanás un desvergonzado(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 7: Son malvados, insidiosos y mentirosos (II)). Me conmovió que Dios sea tan humilde y oculto. Al comparar su conducta con la mía, me sentí profundamente avergonzada. Dios es realmente supremo, pese a lo cual atravesó enorme sufrimiento y humillación al hacerse carne y venir a la tierra, y expresar verdades para salvar a la humanidad. Por muy grande que sea Su obra o por muchas verdades que exprese, jamás se jacta. Simplemente provee y salva a la humanidad en silencio. La esencia de Dios es sumamente hermosa. Pero yo soy solo una mota de polvo, y Satanás me ha corrompido profundamente. No soy nada especial y, sin embargo, me moría por recibir admiración. Alardeaba de cualquier cosilla que hiciera, preocupada de que los demás no la notaran. Si bien, evidentemente, todo esto era obra de Dios y yo solo cooperaba un poco, intentaba robarle sin vergüenza la gloria a Dios, presumiendo constantemente. Cuanto más lo pensaba, más baja y despreciable me sentía: eso era muy aborrecible para Dios. Ya no quería ser esa clase de persona.

En las reuniones posteriores, enaltecía a Dios y daba testimonio de Él adrede hablando de mi corrupción y rebeldía, qué intenciones despreciables habían provocado mis fracasos, y de cómo Dios me había disciplinado y guiado para entender los principios y recibir una senda de práctica. Esto permitió que los hermanos y las hermanas aprendieran de mis fracasos y reconocieran el carácter justo de Dios y Su salvación. En ocasiones aún tengo un pequeño deseo de presumir, pero, al darme cuenta, oro y renuncio de inmediato a mí misma. Me siento mucho mejor después de poner eso en práctica. Fue gracias al amor y la salvación de Dios que pude llevar a cabo esta transformación.

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