46. Qué significa realmente aceptar la verdad

Por Youxin, Corea del Sur

Dios Todopoderoso dice: “Las personas no pueden cambiar su propio carácter; deben padecer el juicio y castigo, y el sufrimiento y refinamiento de las palabras o ser tratadas, disciplinadas y podadas por Sus palabras. Solo entonces pueden ellos lograr la obediencia y lealtad a Dios y dejar de ser indiferentes hacia Él. Es bajo el refinamiento de las palabras de Dios que el carácter de las personas cambia. Solo a través de la revelación, el juicio, la disciplina y el trato de Sus palabras ya no se atreverán a actuar precipitadamente, sino que se volverán calmados y compuestos. El punto más importante es que puedan someterse a las palabras actuales de Dios, obedecer Su obra, incluso si no está de acuerdo con las nociones humanas, puedan hacer a un lado estas nociones y someterse por su propia voluntad” (‘Aquellos cuyo carácter ha cambiado son aquellos que han entrado a la realidad de las palabras de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Antes, al leer estas palabras de Dios “Las personas no pueden cambiar su propio carácter; deben padecer el juicio y castigo, y el sufrimiento y refinamiento de las palabras o ser tratadas, disciplinadas y podadas por Sus palabras. Solo entonces pueden ellos lograr la obediencia y lealtad a Dios y dejar de ser indiferentes hacia Él”. No entendía muy bien por qué la gente no podía transformar su carácter. Leía fervientemente las palabras de Dios a diario, siempre llegaba puntual a las reuniones y me sometía a cualquier deber que me asignara la iglesia. Suponía que si no pecaba, ejecutaba correctamente mi deber, hacía años que era creyente y había leído mucho las palabras de Dios, seguro que mi carácter corrupto se transformaría. ¿Por qué Dios tenía que juzgarme, castigarme, podarme y tratarme todavía? No comprendí de verdad estas palabras de Dios que había leído hasta que me podó y trató duramente unas cuantas veces e hice introspección. Fue entonces cuando comprobé cuánto me había corrompido Satanás; que mi naturaleza satánica, arrogante y engreída, estaba muy arraigada en mí; y que sin el juicio, el castigo, la poda y el trato de Dios nunca me conocería, y menos aún me purificaría o transformaría.

A principios de 2016, mi deber era ser líder en la iglesia. Al principio notaba que realmente tenía muchos fallos, por lo que constantemente oraba a Dios y me apoyaba en Él en el deber. Buscaba y hablaba con compañeros cuando me topaba con un problema que no entendía y era capaz de aceptar sugerencias ajenas. Era bastante humilde. Tras más de seis meses de práctica, tenía idea de algunos principios y podía ayudar a resolver algunas dificultades de los hermanos y hermanas hablándoles de la verdad. Me fui volviendo autocomplaciente, y pensaba: “Aunque nunca había sido líder de la iglesia, tengo aptitud y enseguida comprendo las palabras de Dios. Seguro que con más práctica seré aún mejor”. Luego me hicieron responsable de un importante deber y me volví incluso más petulante. Era la colaboradora más joven y llevaba menos tiempo en la fe, pero creía que, para poder acometer algo tan importante, ¡debía de tener auténtico talento! Durante un tiempo iba con la cabeza muy alta, incluso cuando caminaba, creyendo tener el deber más importante de todos, como si nadie pudiera igualarme. A la larga, cada vez era más arrogante. Al hablar del trabajo de la iglesia, cuando mis colaboradores sugerían algo, me aferraba a mis ideas, pensando “¿Realmente es como lo pintan? Me he ocupado de cosas similares antes, así que ¿no entiendo mejor los principios? Conozco el mejor modo de abordar esta cuestión”. A veces, cuando la hermana con quien trabajaba se tomaba algo bastante en serio, yo perdía la paciencia porque creía que era fácil encargarse de algo tan sencillo y que no hacía falta hablarlo y buscar una y otra vez. En algunas reuniones de colaboradores vi que otros hermanos y hermanas no adoptaban sus sugerencias y comencé a menospreciarla. Pensaba: “Aunque eres líder desde hace más tiempo que yo, no tengo absolutamente nada que envidiarte”. En una ocasión me dijo que me demoraba en el deber, que progresaba despacio. No pude aguantarme y le repliqué: “No acepto esto que me dices. ¿No participas tú también en este trabajo? ¿No eres también responsable de él? ¿Cómo puedes tener tan poco conocimiento de ti misma y culparme a mí de todo?”. Acto seguido, me levanté y me fui. Después, el líder se enteró de mi conducta y me trató afirmando que era demasiado arrogante. Solo lo reconocí verbalmente, diciendo: “Soy demasiado arrogante y no acepto la verdad”. No recapacité sobre mi naturaleza y esencia ni traté de comprenderlas, sino que, en mi deber, seguí jactándome y haciendo las cosas a mi manera. En esa época tuve algunos colaboradores a quienes relevaron porque les faltaba aptitud y no sabían hacer el trabajo práctico, pero nunca me había preocupado que me relevaran a mí. Pensaba: “Ahora soy un verdadero talento en la iglesia y responsable de bastantes tareas. Sin mí, ¿encontrarían pronto a otra persona adecuada?”. Como me estaba volviendo absurdamente arrogante, me podaron y trataron con gran severidad.

Una vez leí unos artículos de experiencias y testimonios de hermanos y hermanas que me parecieron un poco superficiales. Los rechacé sin tan siquiera debatir la cuestión con nadie. El líder se indignó enormemente cuando se enteró. Me preguntó: “¿Por qué rechazaste unos artículos tan buenos? ¿No hablaste de ello con tus colaboradores?”. Contesté: “No, en ese momento me parecieron algo superficiales”. En cuanto se lo dije, el líder me trató severamente, señalando: “Aunque tal vez sean un poco superficiales estos artículos, sus experiencias son reales y enseñan conocimientos prácticos. Son edificantes para la gente. Eso constituye un buen testimonio de una experiencia personal. No buscas la verdad en el deber y eres desobediente y arrogante. No comprendes la verdad ni dialogas con los demás. Rechazar unos artículos perfectamente válidos, sofocantes testimonios de la experiencia de la obra de Dios... ¿no es una necedad? ¿No es algo propio de Satanás? Sencillamente, ¡eres disruptiva!”. Me habían podado y tratado antes, pero nunca con esa dureza. Las palabras “necedad”, “Satanás”, “disruptiva”, “desobediente y arrogante” resonaban una y otra vez en mi cabeza y no pude reprimir el llanto. Incluso notaba que me costaba mucho respirar. Pese a ello, me sentía injuriada. Aunque no había hablado con mis colaboradores en su momento, ¿no lo había hecho después? Dios penetra de verdad en lo más profundo de nosotros. Mientras pensaba en excusas, el líder continuó con severidad: “Actúas por tu cuenta. Podrías preguntar cuando no entiendas algo o hablarlo con los demás, pero ni siquiera haces eso. ¡Eres muy arrogante y careces de todo temor de Dios en tu corazón!”. Entonces me sometí de mala gana. Si realmente tuviera un corazón un poco temeroso de Dios, habría hecho algo de búsqueda antes de actuar, pero, en cambio, solo hacía lo que quería sin pedir opinión a nadie. Era muy arrogante y santurrona.

El líder me investigó y descubrió que era demasiado arrogante, que no comprendía la verdad y que no era apta para un deber tan importante, por lo que me relevó. Caí en un estado de auténtica negatividad. Pensaba que el líder me había calado en este asunto y me consideraba una persona que no buscaba la verdad, sumamente arrogante y que ni siquiera valía la pena promover. Creía no tener más porvenir en la casa de Dios. Cada vez estaba más negativa y cargada de malentendidos. Creía haberme convertido en Satanás. ¿Cómo podría llegar a salvarme? Imaginaba que los hermanos y hermanas sin duda pensaban que no era el tipo adecuado de persona, así que ¿para qué seguir buscando? En esa época, aunque parecía cumplir de mala gana con algunos deberes, no quería buscar la verdad. La responsable me habló de la voluntad de Dios en numerosas ocasiones, pero no le hice caso. Después me podó y trató diciéndome que era deliberadamente difícil en el deber, siempre negativa, que me oponía a Dios y que si no cambiaba, Dios me descartaría tarde o temprano. Al oírla me asusté y me di cuenta de la gravedad de la situación. Me apresuré a presentarme ante Dios para orar, buscar y hacer introspección. En esos seis meses, ¿por qué no había sabido soportar adecuadamente la poda y el trato? Mientras reflexionaba leí estas palabras de Dios: “Algunas personas se vuelven pasivas después de ser podadas y tratadas; pierden toda la energía para llevar a cabo sus deberes y acaban perdiendo su lealtad también. ¿Por qué ocurre esto? Se debe, en parte, a su falta de conciencia de la esencia de sus acciones, y esto lleva a que sean incapaces de aceptar ser podadas y tratadas. También se debe, en parte, a que todavía no entienden el significado de ser podadas y tratadas. Todas las personas creen que ser podadas y tratadas significa que su resultado ha sido determinado. Como consecuencia, creen equivocadamente que, si poseen cierta lealtad hacia Dios, entonces no deberían ser tratadas y podadas; y que si son tratadas, entonces esto no es un indicador del amor y la justicia de Dios. Este malentendido hace que muchas personas no se atrevan a ser ‘leales’ a Dios. En realidad, al fin y al cabo se debe a que son demasiado embusteras; no quieren sufrir dificultades. Simplemente quieren obtener bendiciones de una manera fácil. Las personas no son conscientes de la justicia de Dios. No es que Él no haya hecho nada justo o que no esté haciendo nada justo; es simplemente que las personas nunca creen que lo que Dios hace sea justo. A los ojos humanos, si la obra de Dios no se ajusta a los deseos humanos o si no se ajusta a lo que ellos esperaban, entonces Él no debe ser justo. Sin embargo, las personas jamás saben que sus acciones son inapropiadas y que no se ajustan a la verdad, ni se dan cuentas de que sus acciones se resisten a Dios” (‘El significado contenido en que Dios determina los resultados de las personas por su desempeño’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Tras leer esta revelación en las palabras de Dios, por fin entendí que estaba tan negativa porque era demasiado arrogante y engreída y no reconocía la naturaleza de mi conducta. Creía que simplemente había cometido un error, que era exagerado tratarme así. Por eso seguía atrapada en la negatividad, malinterpretando a Dios y a la defensiva. Mientras leía las palabras de Dios, me pregunté si realmente me habían podado y tratado tan duramente por un único error. La casa de Dios tiene unos principios para tratar a las personas. Todo se basa en la naturaleza y esencia de las personas y su conducta en general. El líder no me trató sin motivo. Entonces, ¿qué problemas había en realidad dentro de mí para que me podara y tratara con tanta severidad?

Luego leí estas palabras de Dios: “Si realmente posees la verdad en ti, la senda por la que transitas será, de forma natural, la senda correcta. Sin la verdad es fácil hacer el mal, y no podrás evitar hacerlo. Por ejemplo, si albergaras arrogancia y engreimiento, te resultaría imposible evitar desafiar a Dios; sentirías la necesidad de desafiarlo. No lo haces intencionalmente, sino que esto lo dirige tu naturaleza arrogante y engreída. Tu arrogancia y engreimiento te harían despreciar a Dios y verlo como algo insignificante; causarían que hagas alarde de ti mismo en todas las cosas, que te exhibas constantemente y que al final te sentaras en el lugar de Dios y dieras testimonio de ti mismo. Finalmente, considerarías tus propias ideas, pensamientos y nociones como si fueran la verdad a adorar. ¡Ve cuántas cosas malas te lleva a hacer esta naturaleza arrogante y engreída! Para resolver los actos de su maldad, primero deben resolver el problema de su naturaleza. Sin un cambio de carácter, no sería posible obtener una resolución fundamental a este problema” (‘Sólo puedes obtener cambios en tu carácter buscando la verdad’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). También algunos sermones señalan que algunas personas, cuando tienen cualquier don o cierta aptitud, menosprecian a los demás. No quieren escuchar a nadie porque se consideran mejores que el resto. Esa clase de personas son arrogantes, engreídas y santurronas. Reflexioné acerca de que, desde que era creyente, no me había centrado en buscar la verdad, sino que había cumplido con el deber confiando en mi aptitud y mi carácter arrogante. Creía hablar bien y tuve algunos pequeños éxitos en mi deber, por lo que el líder me valoraba mucho. Me consideraba muy buena y capaz en el trabajo, más que los demás, así que no sentía mucho aprecio por los hermanos y hermanas con quienes trabajaba. Insistía en hacer las cosas a mi modo y mi carácter arrogante era cada vez más acusado. Más adelante adopté una actitud muy negligente en el trabajo de la iglesia. Nunca buscaba los principios de la verdad ni buscaba o hablaba con otras personas. En cambio, hacía las cosas arbitrariamente, como quería, y acababa alterando el trabajo de la iglesia. Siempre me creí apta y conocedora de una parte de la verdad, pero, tras quedar en evidencia, por fin entendí que no conocía sino algo de doctrina, que no tenía ni un ápice de la realidad de la verdad ni sabía enseñarla para resolver problemas prácticos. Pese a ello, todavía era sumamente arrogante y actuaba unilateralmente en todo. Era tan arrogante que había perdido la razón y pasado por alto a Dios. Mi problema quedó al descubierto cuando el líder fue a revisar mi trabajo. Pensé en cómo había cumplido con el deber todo el tiempo. No solo no había ayudado ni beneficiado a mis hermanos y hermanas, sino que, además, había revelado muchas actitudes corruptas que los cohibían. No cumplía con el deber; ¡simplemente hacía el mal! Cuanto más lo pensaba, más me alarmaba. Sabía que, cuando alguien actúa con arrogancia, no puede evitar oponerse a Dios y hacer el mal. Pensé en algunos hermanos y hermanas que parecían menos aptos que yo, pero eran esmerados y atentos en el deber. Sabían cómo buscar la verdad y aceptar los puntos de vista ajenos, mientras yo era tan arrogante que carecía de toda sensatez. No tenía ni idea de cómo buscar la verdad. Cuanto más meditaba, menos me parecía que la mía fuera una senda de búsqueda de la verdad. Había sido muy arrogante y no le había dado importancia a Dios, así que cuando me podaron, trataron y cesaron del deber, en realidad Dios me estaba protegiendo y salvando. Sin eso, quién sabe cuánta más maldad habría podido cometer. Incluso habría llegado a un punto de no retorno y a la expulsión. Entonces habría sido demasiado tarde para lamentarse. Al comprender los buenos propósitos de Dios me llené de remordimientos. Sentí que en los seis meses anteriores había malinterpretado y culpado a Dios mientras era negativa y holgazana en el trabajo. ¡Es que era imposible razonar conmigo! Desde entonces solo quise ejecutar correctamente mi deber para compensar mis transgresiones pasadas.

Seis meses más tarde me eligieron líder de equipo. En esa época me daba mucho miedo dar otro traspié por culpa de mi naturaleza arrogante. Cuando en mi deber se presentaban problemas, era bastante cautelosa y solía dialogar y hablar con los hermanos y hermanas que trabajaban conmigo para buscar la verdad con el objetivo de resolver los problemas de la iglesia. Estaba mucho más tranquila cumpliendo así con el deber y me llevaba mucho mejor con los hermanos y hermanas. Unos meses después tuve algo de éxito en el deber y de nuevo empecé a sentirme feliz en secreto, creyéndome todo un talento y que, fuera cual fuera mi deber, sabía poner las cosas rápidamente en marcha. Con el tiempo comenzó a reaparecer mi carácter arrogante. A veces, cuando los hermanos y hermanas tenían cuestiones sobre las que querían buscar con el líder, perdía la paciencia con ellos. Pensaba: “¿No hemos buscado ya acerca de esto? ¿Por qué necesitan buscar más? Conozco los principios, así que deberían bastar mis enseñanzas”. Sin recapacitar sobre las cosas, compartía mi entendimiento con los hermanos y hermanas y quería que lo aceptaran, pero se sentían incómodos y entonces buscaban con el líder al respecto. El líder nos enseñaba después los principios de la práctica, que diferían de lo que yo había entendido antes. Sorprendida, reflexionaba: “Gracias a Dios por la búsqueda; si no, nuestro deber se habría visto afectado”. Sin embargo, luego no profundizaba en ello ni intentaba conocerme. Seguía siendo arrogante e irracional. Cuando veía fallos en los deberes de los hermanos y hermanas, los reñía con autoritarismo, pensando: “Si ni siquiera sabes hacer bien esta tontería, ¿qué sabes hacer? Creo que no estás dándolo todo”. Paulatinamente, los demás empezaron a sentirse cohibidos por mí y a distanciarse. Cohibí tanto a una hermana que ya ni quería seguir llevando a cabo su deber. Sabía que me equivocaba, pero, cada vez que surgía algo, simplemente no podía evitar revelar mi carácter arrogante. Al recordar mis traspiés anteriores, sí tenía una débil sensación de temor, pero en ese momento no buscaba la verdad para resolver el problema.

Más adelante, decidí unilateralmente encargar a una hermana un importante deber. Un hermano me advirtió que era una mentirosa, que no era apta para un deber importante. Pensé: “Sí, tiene un pequeño problema, pero no es tanto como tú dices. ¿Quién no tiene corrupción y defectos?”. No me tomé nada en serio el consejo de este hermano, sino que busqué a la hermana para hablar con ella y recordarle sus problemas. Me quedé atónita cuando resultó ser totalmente hipócrita y negligente en el deber. Esto supuso una grave pérdida para el trabajo de la casa de Dios. Cuando se enteró el líder, me trató con gran severidad, diciendo: “Sencillamente, fuiste a tu aire al promover a una persona mentirosa. Te advirtió un hermano, pero no le hiciste caso ni lo comprobaste y ahora ha acarreado gravísimas consecuencias y un tremendo desorden. Esto es por culpa de tu irresponsabilidad en el deber. No comprendes la verdad y eres arrogante. ¡Tengo que relevarte!”. Esa poda y ese trato tan severos fueron terribles para mí. El líder me había cesado del deber delante de muchos otros hermanos y hermanas y había recalcado el desorden que había provocado y que tenía que relevarme. Sentí que aquello se había terminado para mí, que sin duda sería descartada y que era inútil continuar buscando. Tras mi relevo me volví muy negativa. Cada noche, en la cama, pensaba en lo que había sucedido y me ponía a llorar. Estaba demasiado avergonzada como para ver a nadie durante un tiempo. Veía que todos los hermanos y hermanas cumplían alegres con el deber y tenía la sensación de no ser como ellos debido a mi naturaleza arrogante. Sin hablarlo con nadie ni aceptar consejos, había promovido a una persona mentirosa, lo que alteró gravemente el trabajo de la iglesia. ¿Todavía podía salvarme Dios? Jamás imaginé que mi senda de fe llegaría a su fin siendo yo tan joven. Hasta comencé a sospechar que, cuando Dios dijo que la poda y el trato eran la salvación, no un descarte, no se refería a mí. Era un cúmulo de malentendidos por dentro. Una vez que vino el líder a hablarnos de trabajo, me escondí en el rincón del fondo. Me sorprendió mucho que de pronto se dirigiera a mí para preguntarme por el progreso que había tenido últimamente. Continuó preguntándome si me había vuelto negativa tras la poda y el trato, y entonces me habló seriamente, exhortándome: “Todavía eres joven. Debes buscar la verdad y centrarte en transformar tu carácter”. Estas sentidas palabras del líder fueron tan reconfortantes y alentadoras para mí que no podía dejar de llorar. Había sido muy arrogante, engreída, irresponsable y descuidada en el deber y había perjudicado seriamente el trabajo de la iglesia. Había hecho bien el líder en relevarme, podarme y tratarme, pero nunca imaginé que también me alentaría. Di gracias a Dios de corazón por Su misericordia. Esa noche oré a Dios entre lágrimas y decidí hacer una introspección real y sincera y buscar la verdad para corregir mi carácter arrogante.

Luego leí este pasaje de las palabras de Dios: “La arrogancia es la raíz del carácter corrupto del hombre. Cuanto más arrogante es la gente, más propensa es a oponerse a Dios. ¿Hasta dónde llega la gravedad de este problema? Las personas de carácter arrogante no solo consideran a todas las demás inferiores a ellas, sino que lo peor es que incluso son condescendientes con Dios. Aunque algunas personas, por fuera, parezcan creer en Dios y seguirlo, no lo tratan en modo alguno como a Dios. Siempre creen poseer la verdad y tienen buen concepto de sí mismas. Esta es la esencia y la raíz del carácter arrogante, y proviene de Satanás. Por consiguiente, hay que resolver el problema de la arrogancia. Creerse mejor que los demás es un asunto trivial. La cuestión fundamental es que el propio carácter arrogante impide someterse a Dios, a Su gobierno y Sus disposiciones; alguien así siempre se siente inclinado a competir con Dios por el poder sobre los demás. Esta clase de persona no venera a Dios lo más mínimo, por no hablar de que ni lo ama ni se somete a Él. Las personas que son arrogantes y engreídas, especialmente las que son tan arrogantes que han perdido el sentido común, no pueden someterse a Dios al creer en Él, e incluso se exaltan y dan testimonio de sí mismas. Estas personas son las que más se resisten a Dios. Si las personas desean llegar al punto en que veneren a Dios, primero deben resolver sus caracteres arrogantes. Cuanto más resuelvas tu carácter arrogante, más veneración tendrás por Dios, y solo entonces te podrás someter a Él y serás capaz de obtener la verdad y conocerle” (La comunión de Dios). Solo por medio de la revelación de las palabras de Dios entendí que mi problema al actuar en función de mi naturaleza arrogante no fue simplemente que revelara un poco de corrupción, sino, sobre todo, que con ello ignoré totalmente a los demás e incluso a Dios. Me llevó a rebelarme y oponerme contra Dios a mi pesar. Recordando la época en que había llevado a cabo mi deber, siempre me creí una persona inteligente y apta, por lo que confiaba en mis dones y mi aptitud para ejecutar mi deber. Confiaba tanto en mí misma que casi nunca oraba a Dios ni buscaba los principios de la verdad. Dios no tenía el menor hueco en mi corazón. Cuando mi deber no daba fruto me comportaba mejor, pero en cuanto entendía un poco los principios y tenía algo de éxito, sacaba provecho de ello. Creía que todo cuanto hiciera iría bien, que podía hacer cualquier cosa y evaluar a personas y situaciones sin problema, así que cada vez era más arrogante, engreída y santurrona, a mi aire en todo, dueña de mí misma. Llegué a impedir que algunos hermanos y hermanas buscaran la verdad con el líder y les impuse mi parecer como si fuera la verdad hasta que lo aceptaron y se sometieron a él. Los hechos me demostraban que actuaba de acuerdo con mi naturaleza arrogante, que no hacía más que cohibir y perjudicar a los hermanos y hermanas y alterar gravemente el trabajo de la iglesia. Había llegado a hacer de esbirra de Satanás. Lo correcto fue que el líder me tratara increpándome por esta grave alteración. Mi cese del deber se debió por completo a la justicia de Dios. Por fin comprobé lo terrorífica y letal que es esa clase de naturaleza arrogante. Si no la corregía, podría hacer el mal y oponerme a Dios en cualquier momento, alterar el trabajo de la casa de Dios, ofender Su carácter, ser descartada y castigada. Tras mi relevo salieron a la luz otros problemas de mi deber. Ante los reproches de los hermanos y hermanas y los problemas descubiertos en mi trabajo, sentía mucho arrepentimiento y remordimiento. Me odiaba de verdad. ¿Por qué era tan arrogante? Siempre había creído tener talento, que todo lo hacía bien, pero ¿había hecho siquiera unas pocas cosas que satisficieran a Dios? Mi deber había sido un caos total y yo, sencillamente disruptiva. Si hubiera tenido siquiera un ápice de veneración por Dios, hubiera orado o buscado más, o si hubiera hablado y dialogado las cosas con los demás, si hubiera sido solo un poco más cauta, no habría llegado a hacer tantas cosas contra Dios.

En mi esfuerzo por corregir mi naturaleza arrogante, más adelante leí algunas de las palabras de Dios y algunas enseñanzas. “Las personas no pueden cambiar su propio carácter; deben padecer el juicio y castigo, y el sufrimiento y refinamiento de las palabras o ser tratadas, disciplinadas y podadas por Sus palabras. Solo entonces pueden ellos lograr la obediencia y lealtad a Dios y dejar de ser indiferentes hacia Él. Es bajo el refinamiento de las palabras de Dios que el carácter de las personas cambia. Solo a través de la revelación, el juicio, la disciplina y el trato de Sus palabras ya no se atreverán a actuar precipitadamente, sino que se volverán calmados y compuestos. El punto más importante es que puedan someterse a las palabras actuales de Dios, obedecer Su obra, incluso si no está de acuerdo con las nociones humanas, puedan hacer a un lado estas nociones y someterse por su propia voluntad” (‘Aquellos cuyo carácter ha cambiado son aquellos que han entrado a la realidad de las palabras de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Releyendo este pasaje comprendo realmente que la única senda para corregir la naturaleza arrogante de alguien pasa por su aceptación del juicio, el castigo, la poda y el trato de Dios. Nuestra corrupción satánica es tan profunda que, si solo nos amparamos en la lectura de las palabras de Dios y la introspección, nuestro autoconocimiento será superficial y probablemente nos cueste transformar nuestro carácter corrupto. Si Dios no me hubiera desenmascarado, podado y tratado una y otra vez, aún sería presumida y me creería importante. No me conocería en absoluto. En realidad no conocería el alcance de mi arrogancia ni de mi carácter satánico. Ahora que recuerdo todo lo que hice, siento una vergüenza y un pesar enormes. Me avergüenzo de pensarlo y ni siquiera puedo levantar la cabeza. Sin embargo, fue precisamente esa dolorosa lección la que me permitió llegar a comprender un poco mi naturaleza arrogante y saber dónde era probable que diera un traspié. También me aportó veneración hacia Dios. Además, vi que carecía por completo de la realidad de la verdad y de un corazón de búsqueda de Dios en mi deber. Era presuntuosa, arbitraria y disruptiva. En comparación con los hermanos y hermanas de aptitud normal, pero que cumplían concienzudamente con el deber, yo no era nada. Mi arrogancia era infundada. Cuando me di cuenta de todo esto, era más humilde en el deber y ya no pecaba de exceso de confianza. Me hacía a un lado y me negaba a mí misma conscientemente, buscaba más los principios de la verdad y hacía más caso a los hermanos y hermanas. Empecé a dialogar abiertamente para resolver los problemas de la iglesia. A veces, cuando volvía a demostrar arrogancia o infringía principios en el deber, practicaba la manera de hacerme a un lado y aceptaba la poda y el trato, así como orientación y ayuda de los demás. Con el tiempo noté que esa forma de practicar era muy provechosa. Como mi entendimiento de la verdad era superficial y me faltaba conocimiento de muchas cosas, trabajando con los hermanos y hermanas y alineando las opiniones de todos logré comprender más las cosas. Al cumplir así con el deber, conseguí la protección de Dios sin darme cuenta. Ya no cometía grandes errores ni tenía grandes problemas y, supervisada por los hermanos y hermanas, dominaba un poco mi naturaleza arrogante. Poner en práctica esto me daba una sensación de paz y tranquilidad y, poco a poco, cada vez actuaba con menos arrogancia. Una vez me dijo la hermana que trabajaba conmigo: “Hace casi dos años que te conozco. Eras muy arrogante y otras personas se sentían constantemente cohibidas por ti, pero ya te has transformado de verdad”. En ese momento me sentí al borde del llanto. ¡Pero qué arrogante había sido! Ni siquiera esa pequeña transformación había sido fácil. Si recuerdo los últimos años, esas dos memorables ocasiones en que me podaron y trataron fueron lo que más me ayudó y benefició. Si no hubiera pasado por ello, sigo convencida de que no tendría una calidad humana adecuada ni me acordaría para nada de Dios. Estaría en un peligroso precipicio, a punto de oponerme a Dios en cualquier momento. Ahora sé realmente que la poda y el trato son la protección y salvación de Dios para mí.

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