46. ¿Pueden las personas complacientes ganarse la alabanza de Dios?

Por Liu Yi, China

Antes de ser creyente, siempre me cuidaba de no ofender a otras personas, y así podía llevarme bien con todos. Ayudaba cada vez que veía a alguien atravesando un momento difícil, así me sentía más humanitaria y mejor persona. Pero fue luego de experimentar el juicio y castigo de las palabras de Dios que me di cuenta de que solo estaba salvaguardando mis relaciones con los demás y que carecía de sentido de justicia. Nunca fui capaz de defender los principios-verdad ni proteger los intereses de la casa de Dios en los momentos más críticos. Entendí que yo era una persona egoísta, falsa y complaciente que disgustaba a Dios. Llena de arrepentimiento y molesta conmigo misma, empecé a concentrarme en practicar la verdad y luego comencé a cambiar.

Cuando yo era líder del equipo de riego de la iglesia, solía trabajar con la hermana Li. Después de un tiempo, noté que ella no soportaba la carga de su deber y que no era diligente en nada de lo que hacía. Casi nunca ayudaba a los hermanos y hermanas a resolver sus problemas y a veces, incluso, confundía los horarios de las reuniones. Quería advertirle sobre estas cosas, pero luego pensé que hacía mucho tiempo que ella no cumplía ese deber, entonces, si le decía algo, ella podría pensar que yo era demasiado exigente y estricta. Ella tenía una muy buena impresión de mí, entonces, ¿cambiaría su opinión si yo le mencionaba estas cosas? Decidí hablar con ella esa noche en privado para no hacerla quedar mal. Durante nuestra conversación, no le hablé de la verdad sobre cómo resolver los problemas que tenía, sino que le advertí con tacto: “No has sido muy eficaz en tu deber últimamente. ¿Lo has notado? Si tienes algún problema y no lo estás atendiendo, esto no solo impedirá que cumplas bien con tu deber, sino que también puede obstaculizar tu entrada en la vida”. De hecho, yo sabía que ella era descuidada y desatenta en su deber, y que debía hablarle con la verdad para analizar la naturaleza del problema, que debía tratarla y exponerla para que ella pudiese comprender sus problemas. Pero, si yo era demasiado severa y ella no podía aceptarlo, me preocupaba arruinar nuestra relación y que ella se enojase conmigo. Así que hablé con ella con paciencia.

Tiempo después, vi que la hermana Li era muy competitiva en su deber y siempre estaba tratando de superar a los demás. Se deprimía cuando no lograba ganarse la admiración de la gente. Hablé con ella cara a cara varias veces y pareció tomárselo muy bien, pero nada cambió. Pensé en informar la situación a los líderes, pero sentí temor, porque eso sería como apuñalar a la hermana Li por la espalda. ¿Cómo podríamos llevarnos bien después de eso si yo la ofendía? Nos conocemos desde hace mucho tiempo, y yo sentía que conocernos tan bien tenía sus ventajas. Pensé en seguir tratando de ayudarla y, si ella seguía así, todavía tendría tiempo para hablar con los líderes.

El desempeño de la hermana Li en su deber continuó decayendo y no podía resolver los problemas de los hermanos y las hermanas. Una vez, mientras intentaba resolver los problemas de los nuevos creyentes en una reunión, dijo algo fuera de lugar. Lo solucionamos juntas, pero tiempo después volvió a equivocarse cuando se encontró con el mismo tipo de problema. No solo fallaba en resolver los problemas de los nuevos creyentes, sino que también los guiaba mal. Me sentí muy culpable cuando me di cuenta, y quería exponer a la hermana Li por cumplir con su deber de una manera incorrecta, pero me quedaba muda cuando la veía. Se lo mencioné de pasada, diciéndole que les había enseñado en forma incorrecta a los hermanos y hermanas. Yo era vaga y me iba por las ramas, porque temía incomodarla y que pensara mal de mí si era demasiado dura con ella. Como resultado, no entendió lo que le sucedía. Yo veía que no entendía las cosas y que no estaba bien preparada para el deber de riego, así que, de acuerdo con los principios, ella debería haber sido cambiada a otro deber y yo debería haber informado a los líderes lo antes posible. Pero cambié de opinión, por temor a ofenderla, y a que, después de tanto tiempo trabajando juntas, pasáramos de ser amigas a enemigas. Finalmente, no defendí los principios-verdad, y me demoré en comunicárselo a los líderes. Terminé sintiéndome terriblemente mal, porque no estaba poniendo la verdad en práctica y me enceguecí ante los problemas de mi trabajo. Me acostumbré a la forma de actuar de la hermana Li, y estaba contenta siempre y cuando nos lleváramos bien, superficialmente. No estaba pensando en defender la obra de la casa de Dios, y no les conté a los líderes lo que realmente estaba sucediendo.

Entonces, un día, la hermana Li se enteró de que estaba siendo vigilada por informantes de la policía del Partido Comunista Chino, y, si seguía cumpliendo con su deber, podría involucrar a otros hermanos y hermanas. Mi corazón se aceleró cuando escuché esta noticia. Sabiendo que se trataba de un problema muy serio, finalmente hablé con los líderes sobre su situación. Los líderes me escribieron una respuesta muy dura: “La hermana Li es descuidada en su deber y su entendimiento está equivocado. Hace tiempo que ocasiona problemas, pero usted demoró mucho para informarnos sobre esto. Usted solo tomó el camino del medio y siguió el principio de una persona complaciente. Esto ha retrasado y dañado la obra de la casa de Dios. Usted necesita reflexionar y conocerse a sí misma”. También incluyeron un extracto de un sermón desde lo alto: “Las personas complacientes no logran usar su discernimiento. Conocen bien los principios-verdad, pero no los defienden. Si algo afecta sus intereses personales, incluso dejan de lado los principios-verdad, solo para salvaguardar su propio beneficio personal. Cuando un complaciente ve a un malvado haciendo maldades, saben que estos hechos alteran la obra de la casa de Dios y perturban la vida de la iglesia, pero no dicen una palabra por temor a ofenderlos. No los exponen ni los denuncian. Carecen por completo de sentido de la justicia o de la responsabilidad. Esta clase de personas no es apta para cumplir con ningún deber en la iglesia, son unos buenos para nada. Las personas complacientes parecen honestas, y los demás piensan que son personas buenas y humanitarias, y algunos líderes y trabajadores incluso los cultivan. Esto es completamente inútil. Nunca intenten cultivar a un complaciente, ya que no puede lograr nada. En esencia, no aman la verdad ni la aceptan, ni que hablar de ponerla en práctica. Es por esto que Dios odia a los complacientes, sobre todo. Si esas personas no se arrepienten de verdad, serán eliminadas”. Ser podada y tratada tan duramente por los líderes me destrozó, particularmente cuando vi la palabra “complaciente”. No pude contener las lágrimas: ¿cómo podía ser una persona complaciente? Dios detesta a los complacientes. Son unos buenos para nada y serán eliminados. Estaba muy molesta, y no soportaba tener que reconocer el hecho de ser una persona complaciente, a pesar de haber hecho exactamente lo que hacen los complacientes. Entre lágrimas, oré a Dios: “Oh, Dios, he alterado el trabajo de la casa de Dios al no practicar la verdad. He obrado mal, y los líderes me trataron como debían. Pero todavía no tengo un conocimiento profundo de mí misma. Por favor, ilumíname y guíame para conocerme a mí misma”.

Después de orar, leí esto en las palabras de Dios: “Algunas personas alardean de poseer buena humanidad, diciendo que nunca han hecho nada malo, no han robado las posesiones de los demás ni han codiciado las cosas del prójimo. Incluso llegan al extremo de permitir que otros que beneficien a su costa cuando hay una disputa sobre los intereses, prefiriendo perder a decir nada malo sobre nadie para que todos piensen que son buenas personas. Sin embargo, cuando llevan a cabo sus deberes en la casa de Dios, son maliciosos y escurridizos, siempre maquinando para sí mismas. Nunca piensan en los intereses de la casa de Dios, nunca tratan como urgentes las cosas que Dios considera urgentes ni piensan como Dios piensa, y nunca pueden dejar a un lado sus propios intereses a fin de llevar a cabo su deber. Nunca abandonan sus propios intereses. Aunque ven a los malvados hacer el mal, no los exponen; no tienen principio alguno. Esto no es un ejemplo de humanidad buena. No prestes atención a lo que dice una persona así; debes ver qué vive, qué revela y cuál es su actitud cuando lleva a cabo sus deberes, así como cuál es su condición interna y qué ama. Si su amor por su propia fama y fortuna excede su lealtad a Dios, si su amor por su propia fama y fortuna excede los intereses de Dios, o si su amor por su propia fama y fortuna excede la consideración que muestra por Dios, entonces no es una persona con humanidad” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). “Mucha gente cree que, de hecho, ser una buena persona es fácil, y simplemente requiere hablar menos y hacer más, tener un buen corazón y no tener malas intenciones. Creen que esto garantiza que prosperarán dondequiera que vayan, que agradarán a las personas y que con eso basta para ser esa clase de persona. Llegan hasta el punto de ni siquiera querer buscar la verdad, están ya satisfechas con ser una buena persona. Piensan que el asunto de buscar la verdad y servir a Dios es simplemente demasiado complicado; les parece que requiere entender muchas verdades y ¿quién puede lograr eso? Sólo quieren tomar un camino más fácil: ser buena gente y llevar a cabo sus deberes, y creen que con eso basta. ¿Es válida esta posición? ¿Realmente es tan simple ser una buena persona? Encontraréis por el mundo a muchas buenas personas en la sociedad, que hablan de una manera muy noble y, aunque exteriormente parece que no han hecho ningún gran mal, en el fondo son deshonestas y escurridizas. Son particularmente capaces de ver hacia dónde sopla el viento y son suaves y experimentadas en su elocuencia. Como Yo lo veo, una ‘buena persona’ es falsa, hipócrita, una persona así sólo finge ser buena. Aquellas que se apegan a un término medio son las más siniestras. Intentan no ofender a nadie, son aduladoras, están de acuerdo con las cosas y nadie puede averiguar sus intenciones. ¡Una persona así es un Satanás viviente!” (‘Solo poniendo en práctica la verdad es posible deshacerse de las cadenas de un carácter corrupto’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Todo lo que decían las palabras de Dios daba en el clavo, y yo estaba completamente convencida. Vi que yo era una persona complaciente, una “buena persona” de principio a fin. Anduve con pies de plomo cuando trabajé con la hermana Li para proteger nuestra relación. Cuando vi que ella no soportaba la carga de su deber y que cometía errores constantemente, que siempre estaba compitiendo por reputación y beneficios y perjudicando la obra de la casa de Dios, yo debería haber hablado con ella de inmediato y señalárselo. Pero, por miedo a ofenderla, pasé por alto el problema. Esto no fue útil ni beneficioso para ella, fue perjudicial. Sabía que su entendimiento no era correcto y que no estaba en condiciones de hacer el riego, pero no quería herir sus sentimientos y que pensara mal de mí, así que me demoré en informar esto a los líderes. Permití que una persona descuidada y con un entendimiento sesgado y equivocado realizara el deber de riego y obstaculizara la obra de la casa de Dios. Me había convertido en uno de los secuaces de Satanás y alteré gravemente la obra de la casa de Dios. En mi fe, en apariencia, dejé atrás a mi familia y mi carrera, trabajé día y noche y pagué un precio, pero, cuando surgieron problemas, simplemente privilegié mis propios intereses y no protegí en absoluto los intereses de la casa de Dios. Creía en Dios, pero mi corazón y mi mente no estaban con Él. ¿Cómo podía llamarme creyente? ¡No era digna de vivir ante Dios! Este pensamiento me atormentaba, y sentía mucho pesar por no haber defendido los principios-verdad ni protegido los intereses de la casa de Dios.

Más tarde, leí esto en las palabras de Dios: “Satanás corrompe a las personas mediante la educación y la influencia de gobiernos nacionales, de los famosos y los grandes. Sus palabras demoníacas se han convertido en la naturaleza-vida del hombre. ‘Cada hombre por sí mismo y sálvese quien pueda’ es un conocido dicho satánico que ha sido infundido en todos y que se ha convertido en la vida del hombre. Hay otras palabras de la filosofía de vida que también son así. Satanás utiliza la cultura tradicional refinada de cada nación para educar a las personas, provocando que la humanidad caiga y sea envuelta en un abismo infinito de destrucción, y al final Dios destruye a las personas porque sirven a Satanás y se resisten a Dios. Imagina que le preguntas a alguien que ha estado activo en la sociedad durante décadas: ‘Dado que has vivido en el mundo durante mucho tiempo y has conseguido mucho; ¿cuáles son los principales dichos famosos por los que te riges?’. Podría decir, ‘El más importante es “Los funcionarios no golpean a los que hacen regalos, los que no adulan ni halagan no consiguen nada”’. ¿Acaso estas palabras no son representativas de su naturaleza? No escatimar ningún medio para obtener posición se ha convertido en su naturaleza; ser funcionario es lo que le da vida. Sigue habiendo muchos venenos satánicos en la vida de las personas, en su conducta y comportamiento; apenas poseen verdad alguna. Por ejemplo, sus filosofías de vida, sus formas de hacer las cosas y sus máximas están todas llenas de los venenos del gran dragón rojo, y todas proceden de Satanás. Así pues, todas las cosas que fluyen a través de los huesos y la sangre de las personas son cosas de Satanás. Todos esos funcionarios, aquellos que están en el poder y quienes logran el éxito tienen sus propias sendas y sus propios secretos para llegar a él. ¿No son tales secretos perfectamente representativos de su naturaleza? Han hecho cosas muy grandes en el mundo, y nadie puede darse cuenta de los planes e intrigas que se esconden tras ellos. Esto muestra cuán insidiosa y venenosa es su naturaleza. Satanás ha corrompido profundamente a la humanidad. El veneno de Satanás fluye por la sangre de todas las personas, y se puede ver que la naturaleza del hombre es corrupta, malvada y reaccionaria, llena de las filosofías de Satanás e inmersa en ellas; es por entero una naturaleza que traiciona a Dios. Por este motivo la gente se resiste y se opone a Dios” (‘Cómo conocer la naturaleza del hombre’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Las revelaciones en las palabras de Dios me mostraron que, como persona complaciente, yo había sido engañada y controlada por las filosofías de Satanás, como “Cada hombre por sí mismo y sálvese quien pueda”, “Un amigo, un camino”, “Ser conocido tiene sus beneficios”, “Cuando sepas que algo está mal, más te vale callar” y “Nunca des golpes bajos”.Estas filosofías satánicas estaban profundamente arraigadas en mí y vivía según ellas. Me estaba volviendo cada vez más egoísta y maliciosa. Antes de creer en Dios, nunca hice nada para desagradarle a nadie. En los negocios, decía lo que las personas querían escuchar, y sentía que seguir esas filosofías satánicas era una forma inteligente de vivir, que comportarme así era sinónimo de capacidad, e incluso presumía de ello. Después de convertirme en creyente, no puse la verdad en práctica, y seguí viviendo según estos venenos de Satanás. Vi corrupción en el deber de la hermana Li, pero no le dije nada por comunicación. Particularmente, no me atreví a exponer su corrupción o a analizarla, y solo se lo mencioné de pasada, pues me daba mucho miedo arruinar nuestra relación si le decía la verdad. Cuando vi que estaba alterando el trabajo de la casa de Dios, no lo informé a nuestros líderes porque pensé que contárselo sería como delatarla, como apuñalarla por la espalda. ¡Qué absurdo de mi parte! Informar un problema es defender la obra de la casa de Dios, es lo correcto y apropiado, y es justo. Eso también le habría dado a la iglesia la oportunidad de conseguirle a la hermana Li un deber más apropiado a su aptitud y estatura. Esto habría sido beneficioso tanto para la hermana Li como para la iglesia, pero yo pensaba que estaba mal. Me di cuenta del gran daño que estos venenos satánicos le hacen a la gente. Me habían engañado y corrompido hasta el punto de tergiversar mi perspectiva de las cosas, y no distinguir el bien del mal, arriba de abajo. Fui egoísta y despreciable, y solo obré por mis propios intereses. Actué sin ningún principio, sin mantener una postura. Perdí el sentido de la justicia y ni remotamente vivía la semejanza de un verdadero ser humano. Darme cuenta de esto me disgustó y me enojó, por haber seguido estas filosofías satánicas y mis propias ideas complacientes. Detestaba la forma en que había actuado y, desde lo profundo de mi corazón, ya no quería ser así. Ya no quería que Satanás me tomase por tonta y me hiciera daño. También entendí lo valioso que es practicar la verdad, así que inmediatamente comencé a buscar la verdad para resolver mi problema de ser complaciente.

En mi búsqueda, leí esto en las palabras de Dios: “Debe haber un estándar para tener buena humanidad. No consiste en tomar la senda de la moderación, no apegarse a los principios, esforzarse por no ofender a nadie, ganarse el favor dondequiera que se vaya, ser suave y habilidoso con todo el que se encuentre y hacer que todos se sientan bien. Este no es el estándar. Entonces, ¿cuál es el estándar? Incluye tratar a Dios, a otras personas y acontecimientos con un corazón sincero, pudiendo asumir la responsabilidad y hacer todo esto de manera en que todos lo puedan ver y sentir. Además, Dios escudriña el corazón de la gente y la conoce, a todos y cada uno” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). “¿Alguien que es naturalmente complaciente es una persona genuinamente buena? ¿Qué tipo de persona considera Dios una persona genuinamente buena que posee la verdad? Ante todo, hay que entender la voluntad de Dios y la verdad. En segundo lugar, hay que ser capaz de poner la verdad en práctica basándose en el entendimiento de ella. […] Es decir, en el momento en que esta persona descubre que tiene un problema, es capaz de presentarse ante Dios para resolverlo y de mantener una relación normal con Él. Tal persona puede ser débil y corrupta, además de rebelde, y puede revelar todo tipo de actitudes corruptas, como la arrogancia, la santurronería, la perversidad y la falsedad. Sin embargo, una vez ha hecho introspección y ha sido consciente de estas cosas, puede corregirlas de manera oportuna y dar un giro. Esta persona ama y practica la verdad. Esta persona es buena a los ojos de Dios” (‘Para tener semejanza humana has de cumplir con tu deber adecuadamente, con todo tu corazón, mente y alma’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Entonces recordé otro pasaje de las palabras de Dios Todopoderoso: “En la iglesia, permaneced firmes en vuestro testimonio de Mí, defended la verdad; lo correcto es correcto y lo incorrecto es incorrecto. No confundáis lo negro y lo blanco. Estaréis en guerra con Satanás y debéis vencerlo por completo para que nunca más vuelva a levantarse. Debéis dar todo lo que tenéis para proteger Mi testimonio. Este será el objetivo de vuestros actos, no lo olvidéis” (‘Capítulo 41’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). A través de las palabras de Dios, logré entender que una persona realmente buena no mantiene una perfecta armonía con los demás y calla para no ofender a nadie. Por el contrario, una buena persona es honesta y recta, distingue claramente el amor del odio, y puede dejar de lado sus propios intereses cuando están involucrados los intereses de la casa de Dios. Defiende los principios-verdad, no teme ofender a otras personas y protege los intereses de la casa de Dios. Solo esa clase de persona tiene sentido de la justicia, es alguien que puede ganarse la alabanza de Dios. Una vez que comprendí los requisitos de Dios, dije una oración y resolví que, desde ese momento, practicaría la verdad y protegería los intereses de la casa de Dios, me despediría de la antigua persona complaciente en mí y me renovaría.

Tiempo después, los líderes analizaron el tema y confirmaron que la hermana Li necesitaba ser relevada de su deber y me pidieron que se lo comunicara. Pensé: “¿Por qué yo? Si descubre que fui yo quien les contó a los líderes sobre ella y por eso está siendo reemplazada, ella se molestará conmigo y eso arruinará nuestra relación”. Ante este pensamiento, recordé el daño que yo le había hecho a la obra de la casa de Dios al no practicar la verdad y supe que tenía que dejar de ser complaciente. Dios estaba probándome al hacerme hablar con la hermana Li, para ver si yo podía practicar la verdad y manejar el asunto de acuerdo con los principios. Seguí orando a Dios durante todo el camino, pidiendo Su guía. Yo también era consciente de que, si no hablaba claramente con la hermana Li sobre sus problemas y ella no lograba entenderlos, entonces esto no la ayudaría en absoluto, sino que la lastimaría. Con esto en mente, tomé la determinación de no volver a ser complaciente nunca más. Entonces, hablé con la hermana Li y le expliqué la naturaleza y las consecuencias del descuido en su deber, y expuse su comportamiento, el cual había alterado la obra de la casa de Dios. Cuando escuchó todo, estuvo dispuesta a someterse y reflexionar. Me sentí mucho mejor y en paz después de practicar la verdad.

Después de eso, Dios preparó otra situación para ponerme a prueba. Después de conocer a una hermana menor por un tiempo, me di cuenta de que ella tenía un carácter arrogante y no estaba dispuesta a aceptar las sugerencias de las otras hermanas, lo que hizo que varias se sintieran cohibidas por ella. Con la hermana Liu, otra hermana que trabajaba conmigo, fuimos a hablar con ella para manifestarle la forma en que había estado actuando, pero ella no lo aceptó. Incluso expuso sus argumentos y nos puso mala cara. Esto me incomodó un poco, porque pensé que ella se formaría una mala opinión de mí. ¿Cómo podría verla a la cara después de eso? Algo más sucedió en ese momento, así que tuvimos que irnos. En el camino de regreso yo iba pensando en cómo esta hermana menor era tan obstinada y le costaba aceptar la verdad. Sin la comunicación adecuada, nuestra relación definitivamente se volvería tensa. Pensé que la próxima vez haría que mi compañera hablara con ella. Volví a verla unos días después y fue muy amistosa conmigo. Me di cuenta de que la última vez que habíamos hablado no resolvimos su problema, así que tendría que volver a conversar con ella, y, si todavía se negaba a aceptar la verdad, tendría que tratarla y exponerla. Pero, cuando me acercó una silla y me preguntó por mi salud, sentí como si me hubieran cerrado la boca. Quería decir algo, pero no podía abrir la boca. Sentí que, si decía algo, arruinaría nuestra relación y destruiría esa atmósfera amistosa. Si ella mostraba la misma actitud que antes y no aceptaba la verdad, yo estaría en una posición muy incómoda. Pensé que podría elegir sabiamente mis palabras, evitar ser dura y actuar con sabiduría. En ese momento, me di cuenta de que estaba siendo complaciente de nuevo para proteger mis relaciones interpersonales. Rápidamente oré a Dios y le pedí fuerza. Pensé en este pasaje de las palabras de Dios Todopoderoso después de mi oración: “Tu carácter satánico corrupto está controlándote; ni siquiera eres el maestro de tu propia boca. Aun si quieres expresar palabras honestas, eres incapaz de decirlas y tienes miedo de hacerlo. No puedes realizar ni una diezmilésima parte de las cosas que debes hacer, de las cosas que debes decir y de la responsabilidad que debes asumir; tus manos y tus pies están atados por tu carácter satánico corrupto. Tú no estás a cargo en absoluto. Tu carácter satánico corrupto te dice cómo hablar y, por tanto, hablas de esa manera; te dice qué hacer, y, así lo haces. […] No buscas la verdad, ni mucho menos la practicas, pero sigues orando, fortaleciendo tu determinación, tomas decisiones y haces juramentos. Y ¿qué resultado ha dado todo esto? Sigues siendo una persona complaciente: ‘No voy a provocar a nadie y no voy a ofender a nadie. Si algo no es de mi incumbencia, me mantendré alejado del asunto; no diré nada sobre las cosas que no tienen que ver conmigo, y no haré excepciones. Si algo resulta perjudicial para mis intereses, para mi orgullo o para mi amor propio, no le prestaré atención y lo enfrentaré todo con precaución; no debo actuar precipitadamente. El clavo que sobresale es el primero en ser golpeado ¡y no soy tan estúpido!’. Estás totalmente bajo el control de tus actitudes corruptas de maldad, astucia, dureza y rechazo hacia la verdad. Están haciendo que choques contra el piso y se han vuelto más difíciles de soportar para ti que el aro dorado que llevaba puesto el rey Mono. ¡Vivir bajo el control de un carácter corrupto es sumamente agotador e insoportable! Decidme, si no buscáis la verdad, ¿es fácil despojaros de vuestra corrupción? ¿Puede resolverse este problema? Os digo que si no buscáis la verdad y estáis confundidos en la fe, de nada os servirá escuchar sermones durante muchos años, y si os aferráis a este camino hasta el final, en el mejor de los casos seréis unos farsantes religiosos y unos fariseos, y ese será el fin. Si sois aún peores, puede darse la circunstancia de que caigáis en la tentación, y perderéis vuestro deber y traicionaréis a Dios. Habrás caído. ¡Siempre estarás al borde del precipicio! Ahora mismo no hay nada más importante que buscar la verdad. No sirve de nada buscar otra cosa” (‘Solo quienes practican la verdad temen a Dios’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios dejaron al descubierto que soy una persona complaciente. Cuando noté que esa hermana joven era un poco obstinada y le costaba aceptar la verdad, no quise avivar las llamas ni darme de bruces, solo quise esquivar el problema sutilmente. Incluso quería mandar a otra persona a hablar solo para proteger mi relación con ella. ¡Seguía siendo complaciente! Pensé en el daño que le había hecho a la obra de la casa de Dios anteriormente por no haber practicado la verdad. Perdí mi oportunidad de practicar la verdad esa vez, y sabía que esta vez no podía arrepentirme. Antes de entenderlo, sentí una oleada de fuerza: practicar la verdad era primordial y no podía hacerlo a medias de nuevo. Tomé coraje y hablé con esta hermana, expuse lo que ella había hecho y la naturaleza de sus acciones. Ella me escuchó y lo aceptó, y estuvo dispuesta a arrepentirse. Sentí una alegría indescriptible en mi corazón. Finalmente pude practicar la verdad y sentí una sensación de paz y alegría en mi espíritu. Sentí que era la forma correcta de vivir, que tenía una semejanza humana.

Pensando en las muchas pequeñas cosas que Dios hizo conmigo, puedo ver que el juicio y el castigo de Dios eran exactamente lo que necesitaba para cambiar mi carácter corrupto. Si Él no hubiera armado una situación tras otra para exponerme, y si no hubiera sido por el juicio y las revelaciones de Sus palabras, yo nunca habría sabido qué tipo de persona era en realidad. Nunca habría descubierto la patética verdad de cómo había estado viviendo según los venenos de Satanás. ¡Llegué a valorar cuán prácticas son la salvación y la transformación de la humanidad por parte de Dios, y qué difíciles son! Mi capacidad para practicar la verdad y vivir una semejanza humana hoy es gracias al juicio y al castigo de Dios. ¡Estoy muy agradecida de que Dios me haya salvado!

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