45. Todas las palabras de Dios representan el juicio mismo sobre el hombre

Por Danchun, China

Dios Todopoderoso dice: “Ahora es el momento en el que determino el final para cada persona, no la etapa en la que comencé a obrar en el hombre. Una a una, escribo en Mi libro de registro las palabras y acciones de cada hombre, la trayectoria por la que Me han seguido, sus características inherentes y cómo se han comportado en última instancia. De esta manera, no importa qué clase de persona sean, nadie escapará de Mi mano y todos estarán con los de su propia especie según Yo lo designe” (‘Prepara suficientes buenas obras para tu destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). “El resultado de cada quien se determina de acuerdo a la esencia que surge de su conducta y siempre se determina con propiedad. Nadie puede llevar los pecados de otro; más aún, nadie puede recibir castigo en lugar de otro. Esto es incuestionable. El cuidado cariñoso de los padres por sus hijos no quiere decir que pueden hacer obras justas en lugar de sus hijos, ni el afecto obediente de un hijo o hija a sus padres quiere decir que puede hacer obras justas en lugar de sus padres. Este es el verdadero significado detrás de las palabras, ‘Entonces estarán dos en el campo; uno será llevado y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo en el molino; una será llevada y la otra será dejada’. Nadie puede llevar a sus hijos malhechores al reposo sobre la base de su profundo amor por sus hijos ni tampoco puede llevar a su esposa (o esposo) al descanso sobre la base de su propia conducta justa. Esta es una norma administrativa; no puede haber excepciones para nadie. Los hacedores de justicia son hacedores de justicia y los malhechores son malhechores. Los hacedores de justicia van a poder sobrevivir y los malhechores van a ser destruidos. Los santos son santos; no son inmundos. Los inmundos son inmundos y no tienen ni una sola parte santa. Todas las personas malvadas serán destruidas y todas las personas justas sobrevivirán incluso si los hijos de un malhechor hacen obras justas e incluso si los padres de una persona justa hacen obras malvadas. No existe relación entre un esposo creyente y una esposa incrédula y no existe relación entre los hijos creyentes y los padres incrédulos. Son dos clases incompatibles. Antes de entrar al reposo, se tienen parientes físicos, pero una vez que se ha entrado en el reposo, ya no se tienen parientes físicos de los cuales hablar” (‘Dios y el hombre entrarán juntos en el reposo’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios nos indican que Su obra de los últimos días es la de clasificar a la gente por tipos. Decide el resultado y destino de cada cual según su conducta, naturaleza y esencia, algo que nadie puede cambiar y que Dios determina por medio de Su carácter justo. Dios nos exige tratar a los demás de acuerdo con Sus palabras y con los principios de la verdad; no proteger ni favorecer tan siquiera a nuestros seres queridos en función de nuestras emociones. Eso sería contrario a la verdad y una ofensa al carácter de Dios.

Hace tiempo, unos tres años atrás, al término de una reunión, un líder me dijo: “Tu padre genera constantes conflictos entre hermanos y hermanas que alteran la vida de la iglesia. Hemos hablado con él para analizarlo y advertirle, pero no se arrepiente. Algunos hermanos y hermanas han denunciado que anteriormente ha hecho lo mismo en su deber en otros sitios. Vamos a recabar datos de sus malas acciones”. Al oír esto, me dio un vuelco el corazón y me pregunté: “¿Realmente es tan grave?”. Sin embargo, luego recordé que, en las reuniones, mi padre, en efecto, alteraba la vida de la iglesia y no aceptaba la verdad. En las reuniones no hablaba de las palabras de Dios, sino siempre de cosas no relacionadas con la verdad que provocaban a la gente y le impedían meditar en calma las palabras de Dios. Yo se lo comentaba, pero no me hacía ningún caso. Solo me contestaba con un montón de excusas. Le conté la situación al líder de la iglesia, quien después habló con mi padre, lo ayudó en numerosas ocasiones y le explicó la esencia y las consecuencias de su conducta, pero mi padre se negaba a admitirlo. No hacía más que poner excusas y discutir. No estaba arrepentido en absoluto. Debía de haber ido a peor si los hermanos y hermanas lo estaban denunciando entonces. Me acordé de un par de personas que hubo en la iglesia, a quienes consideraron malvadas y expulsaron porque no practicaban la verdad, sino que alteraban constantemente la vida de la iglesia sin arrepentirse. Si mi padre era realmente así, ¿no lo echarían a él también? Si eso llegaba a ocurrir, su senda de fe tocaría a su fin. ¿Seguiría teniendo ocasión de salvarse? Mi pánico iba en aumento a medida que lo pensaba y estaba hecha un lío por dentro.

Aquella noche di vueltas en la cama sin poder dormir, pensando en lo que habían dicho de mi padre. Sabía que solo trataban de proteger la vida de la iglesia de cualquier alteración por respeto a la entrada en la vida de los hermanos y hermanas, y que eso era conforme a la voluntad de Dios. Conocía la conducta de mi padre y me preguntaba si debía contársela al líder. Pensé en lo cariñoso que era mi padre cuando yo era pequeña. Cuando nos peleábamos mi hermano y yo, me protegía, tuviera o no razón; cuando hacía frío y en el colegio no había ropa de cama abrigada, recorría casi 100 km en bici para llevarme una colcha. Con frecuencia, mi madre cumplía con su deber fuera de casa, así que mi padre solía ser el que me hacía de comer y me cuidaba. Mientras lo pensaba, no pude reprimir el llanto. Reflexioné: “Mi padre fue quien me crio. Si lo delato y se entera, ¿no dirá que no tengo conciencia, que soy cruel? ¿Cómo podría después mirarlo a la cara en casa?”. Con desgana, me puse a escribir sobre la conducta de mi padre, pero no pude seguir. Pensé: “¿Y si escribo todo lo que sé y lo echan? Ni hablar. No debería escribirlo”. Quería dormir bien, profundamente, para apartarme de la realidad, pero no pegué ojo. Me sentía incómoda y culpable. La verdad es que no se comportaba bien últimamente y yo conocía algunos de sus actos del pasado. Si me callaba, ¿no estaría ocultando la verdad? Me suponía un verdadero conflicto interior. Tuve que presentarme ante Dios en oración. Oré: “Oh, Dios mío, conozco algunas malas acciones cometidas por mi padre y sé que tengo que apoyar el trabajo de la iglesia y decir la verdad de lo que sé, pero no quiero hacerlo porque temo que lo echen. Dios mío, te ruego que me guíes para que pueda practicar la verdad, ser honesta y apoyar el trabajo de la iglesia”. Me sentí algo más tranquila tras la oración. Luego leí estas palabras de Dios: “Todos vosotros decís que tenéis consideración por la carga de Dios y defenderéis el testimonio de la Iglesia, pero ¿quién de vosotros ha considerado realmente la carga de Dios? Hazte esta pregunta: ¿Eres alguien que ha mostrado consideración por Su carga? ¿Puedes tú practicar la justicia por Él? ¿Puedes levantarte y hablar por Mí? ¿Puedes poner firmemente en práctica la verdad? ¿Eres lo bastante valiente para luchar contra todos los hechos de Satanás? ¿Serías capaz de dejar de lado tus emociones y dejar a Satanás al descubierto por causa de Mi verdad? ¿Puedes permitir que Mis intenciones se cumplan en ti? ¿Has ofrecido tu corazón en el momento más crucial? ¿Eres alguien que hace Mi voluntad? Hazte estas preguntas y piensa a menudo en ellas” (‘Capítulo 13’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). “Todos viven en emoción, y así Dios no evita a una sola de ellas y expone los secretos escondidos en los corazones de toda la humanidad. ¿Por qué a las personas les es tan difícil separarse de la emoción? ¿Supera los estándares de la conciencia el hacer esto? ¿Puede la conciencia cumplir la voluntad de Dios? ¿Puede la emoción ayudar a las personas durante la adversidad? A los ojos de Dios, la emoción es Su enemigo, ¿no se ha expuesto esto claramente en las palabras de Dios?” (‘Capítulo 28’ de Interpretaciones de los misterios de las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). No tenía respuesta para estas preguntas de las palabras de Dios. Bien sabía que mi padre no buscaba la verdad y que causaba alteraciones en las reuniones y cuando otros comían y bebían de las palabras de Dios. No escuchaba las enseñanzas de nadie, tenía prejuicios contra otras personas, juzgaba a la gente a sus espaldas y sembraba la discordia, pero, condicionada por mis emociones, no me fijaba en que alteraba la entrada en la vida de mis hermanos y hermanas. Sencillamente, no quería ser franca con el líder para protegerlo y defenderlo. No estaba poniendo en práctica la verdad ni considerando la voluntad de Dios. Pensé en las dos malas personas expulsadas anteriormente de la iglesia. Me enfurecía que se negaran a practicar la verdad y alteraran la vida de la iglesia y las delaté de forma justa y severa. Entonces, ¿por qué no podía decir la verdad a la hora de escribir sobre la conducta de mi padre? Vi que no era honesta, que me faltaba sentido de la justicia. No estaba practicando la verdad ni apoyando el trabajo de la iglesia en este trance. Por el contrario, defendía a mi padre por pura emoción, encubría su maldad y atentaba contra los principios de la verdad. Con ello, ¿no me estaba poniendo del lado de Satanás y enemistándome con Dios? Al darme cuenta, oré y me arrepentí ante Dios: “No quiero dejarme llevar por mis emociones nunca más. Quiero ser honesta respecto a mi padre”.

Después de orar, recordé algunas manifestaciones de su maldad y las enumeré una por una. Mientras servía como diácono del evangelio, tenía prejuicios contra su compañero de trabajo, el hermano Zhang. Lo juzgaba y discriminaba delante de otros hermanos y hermanas, por lo que el hermano Zhang se quedaba preocupado y en un estado de negatividad. El líder podaba y trataba a mi padre, que no le hacía caso. Cuando los hermanos y hermanas le señalaban sus problemas, no los admitía. Siempre se fijaba en los defectos de los demás, explotaba sus puntos débiles y decía: “Llevo creyendo todos estos años. ¡Lo entiendo todo!”. Cuando me veía cumplir activamente con el deber, me instaba a ir en pos del dinero y las cosas mundanas y siempre me decía cosas negativas para frenar mi entusiasmo por el deber. Una vez que tuvo un accidente de tráfico, el hermano Lin, de la iglesia, fue a verlo para hablarle de la verdad y de que tenía que hacer introspección y aprender la lección, pero no quiso saber nada. Tergiversó los hechos y difundió el rumor de que el hermano Lin había ido a burlarse de él. Eso predispuso a algunos hermanos y hermanas contra el hermano Lin. Reflexionar acerca de todo esto me desconcertó y enojó enormemente. Me pregunté: “¿De verdad es este mi padre? ¿No es una mala persona?”. En todos sus años de fe, yo siempre había creído que cumplía con el deber de evangelizar, que era capaz de sufrir y pagar un precio. Me había engañado su apariencia externa y pensaba que era un verdadero creyente. Nunca traté de discernir su conducta. ¡Qué idiota y ciega fui! Ahora me reprochaba haberme dejado gobernar por mis emociones para consentirlo y defenderlo. Luego leí esto en las palabras de Dios: “Aquellos que dan rienda suelta a su conversación venenosa y maliciosa dentro de la iglesia, que difunden rumores, fomentan la desarmonía y forman grupitos entre los hermanos y hermanas deben ser expulsados de la iglesia. Sin embargo, como esta es una era diferente de la obra de Dios, estas personas son restringidas, pues enfrentan cierta eliminación. Todos los que han sido corrompidos por Satanás tienen un carácter corrupto. Algunos no tienen nada más que un carácter corrupto, mientras que otros son diferentes: no solo su carácter ha sido corrompido por Satanás, sino que su naturaleza también es extremadamente maliciosa. No solo sus palabras y acciones revelan su carácter corrupto y satánico; además, estas personas son el auténtico diablo Satanás. Su comportamiento interrumpe y perturba la obra de Dios, perjudica la entrada a la vida de los hermanos y hermanas y daña la vida normal de la iglesia. Tarde o temprano, estos lobos con piel de oveja deben ser eliminados; debe adoptarse una actitud despiadada, una actitud de rechazo hacia estos lacayos de Satanás. Solo esto es estar del lado de Dios y aquellos que no lo hagan se están revolcando en el fango con Satanás” (‘Una advertencia a los que no practican la verdad’ en “La Palabra manifestada en carne”). Al comparar la conducta de mi padre con las palabras de Dios, entendí que no manifestaba un simple carácter corrupto cualquiera, sino una naturaleza maliciosa. Era entusiasta a primera vista y capaz de sufrir por el deber y seguir difundiendo el evangelio a pesar de la persecución del PCCh, pero no aceptaba la verdad. Incluso la detestaba. Sus actos revelaban su naturaleza astuta y maliciosa. Era, en esencia, un hombre malvado que pertenecía a Satanás y al que había que echar. Aunque fuera su hija, no podía guiarme por mis sentimientos. Tenía que estar del lado de Dios en la fe, delatar y abandonar a Satanás. Pensé en aquellos hermanos y hermanas del grupo que yo dirigía que no tenían discernimiento acerca de él. Tenía que hablarles de la iniquidad de mi padre para que ya no los engañara más. No obstante, luego me preocupé: “A algunos los introdujo él en la fe y se llevan bien con él. Si lo delato, ¿no dirán que no tengo conciencia, que soy cruel? Y si lo echan y pierde la ocasión de salvarse, será dolorosísimo para él”. Este pensamiento era realmente inquietante y perdí el deseo de hablar de aquello. Pasé aquella noche desvelada en la cama, pensando que, si no delataba la iniquidad de mi padre y los hermanos y hermanas estaban engañados y de su parte, participarían de su maldad. Si veía que estaban engañados, pero no hablaba con ellos, ¿no los estaría perjudicando? Me reproché aquel pensamiento, así que le dije a Dios en oración: “Oh, Dios mío, tengo muchísimas preocupaciones en este momento. Te ruego que me des fe y fortaleza, que me guíes y me lleves a practicar la verdad y a delatar a esta mala persona”.

Tras orar leí este pasaje de las palabras de Dios: “¿Qué principio se menciona en las palabras de Dios sobre cómo las personas deberían tratarse las unas a las otras? Ama lo que Dios ama y odia lo que Dios odia. Es decir, las personas amadas por Dios que buscan realmente la verdad y hacen la voluntad de Dios, son las personas concretas a las que deberías amar. Aquellas que no hacen la voluntad de Dios, que lo odian, que le desobedecen y que Él odia, son las personas a las que nosotros también deberíamos odiar y rechazar. Esto es lo que la palabra de Dios exige. Si nuestros padres no creen en Dios, entonces lo odian. Si odian a Dios, es evidente que Él los despreciará. Si se nos pide que los despreciemos, ¿podemos hacerlo? Si ellos pueden resistirse a Dios y maldecirlo, Él los aborrece y los maldice sin duda. Bajo estas circunstancias, si tus padres no te impiden creer en Dios, o si llegan al punto de impediros creer en Dios, ¿cómo los tratarás? Durante la Era de la Gracia, el Señor Jesús dijo: ‘¿Quiénes son Mis hermanos, Mis padres y Mis hermanas? Sólo aquellos que hacen la voluntad de Mi Padre son Mis hermanos, Mis hermanas y Mis padres’. Este dicho ya existía en la Era de la Gracia, y ahora las palabras de Dios son incluso más apropiadas: ‘Ama lo que Dios ama, odia lo que Dios odia’. Estas palabras van directas al grano, pero las personas son a menudo incapaces de apreciar su verdadero sentido. Si Dios maldice a una persona, pero esta parece ser bastante buena por su apariencia externa o se trata de tus padres o de familiares, entonces podrías encontrarte con que eres incapaz de odiar a esa persona, y podría haber incluso mucha intimidad y una relación estrecha entre vosotros dos. Cuando oyes esas palabras de Dios te disgustas y eres incapaz de ser endurecer tu corazón o abandonar a esta persona. Esto se debe a que hay un concepto tradicional aquí que te ata. Piensas que si haces esto, darás lugar a la ira celestial, el Cielo te castigará e incluso la sociedad te rechazará y el tribunal de la opinión pública te condenará. Asimismo, un problema aún más pragmático es que estará sobre tu conciencia. Esta conciencia procede de lo que tus padres te enseñaron desde la niñez o de la influencia y la infección de la cultura social, las cuales han plantado tal raíz y tal forma de pensar en tu interior que no puedes practicar la palabra de Dios y amar lo que Dios ama y odiar lo que Él odia. Sin embargo, muy dentro de ti sabes que deberías odiarlos y rechazarlos, porque tu vida procede de Dios y no te la dieron tus padres. El hombre debería adorar a Dios y tornarse a Él. Aunque digas esto y también lo pienses, sencillamente no puedes convencerte de ello y sencillamente no eres capaz de ponerlo en práctica. ¿Sabéis lo que está ocurriendo aquí? Estas cosas te han atado profunda y firmemente. Satanás usa estas cosas para atar tus pensamientos, tu mente y tu corazón, de forma que no puedas aceptar las palabras de Dios. Estas cosas te han llenado por completo, hasta el punto en que no dejas sitio para las palabras de Dios. Además, si tratas de practicar Sus palabras, entonces esas cosas surtirán efecto en tu interior y te harán entrar en conflicto con Sus palabras y exigencias, incapacitándote para liberarte de estas ataduras y esta esclavitud. No puedes hacer nada con ello. Después de un período de lucha inútil transigirás” (‘Sólo conociendo tus opiniones equivocadas puedes conocerte a ti mismo’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Entonces comprendí que el principio que Dios nos exige en el trato con los demás es que amemos lo que Él ama y odiemos lo que Él odia. Las personas que aman la verdad y saben hacer la voluntad de Dios son aquellas a quienes debemos tratar con amor, mientras que los malvados, que detestan la verdad y se oponen a Dios, son aquellos a quienes debemos odiar. Esta es la única práctica conforme a la voluntad de Dios. Sin embargo, en lo referente a mi padre, siempre me condicionaban las emociones. Lo protegía y encubría. No era capaz de amar aquello que ama Dios ni de odiar aquello que Él odia porque las viejas nociones satánicas “La sangre tira mucho” y “El hombre no es inanimado; ¿cómo puede carecer de emociones?” dominaban mi corazón. No distinguía el bien del mal, pues creía que sería abusivo e injusto delatar la mala conducta de mi padre. Tenía miedo de que me criticaran y condenaran. Por proteger una relación familiar de la carne, no defendía la verdad ni desenmascaraba a una mala persona, indiferente al trabajo de la casa de Dios y a la entrada en la vida de los hermanos y hermanas. Eso era lo verdaderamente injusto y carente de humanidad. Vi que estas viejas nociones satánicas me impedían practicar la verdad, me ponían de parte de Satanás y hacían que me opusiera a Dios a mi pesar. En realidad, Dios jamás ha dicho que debamos tratar en conciencia a los demonios y los malvados ni que sea inmoral rechazar a aquellos seres queridos que pertenecen a Satanás. En la Era de la Ley, los hijos incrédulos de Job murieron en la adversidad, pero Job no intervino por ellos ni se quejó ante Dios impulsado por sus emociones. Por el contrario, alabó el nombre de Dios. En la Era de la Gracia, los padres de Pedro reprimían y obstaculizaban su fe, por lo que los abandonó y se fue de casa, dejándolo todo por seguir a Dios, y así se ganó Su elogio. Recapacitando sobre las experiencias de Job y Pedro, entendí en cierto modo el requisito de Dios de amar lo que Él ama y odiar lo que Él odia.

Luego seguí leyendo las palabras de Dios: “¿Quién es Satanás, quiénes son los demonios y quiénes son los enemigos de Dios, sino los opositores que no creen en Dios? ¿No son esas las personas que son desobedientes a Dios? ¿No son esas las personas que verbalmente afirman creer, sin embargo tienen falta de la verdad? ¿No son esas las personas que sólo buscan el obtener las bendiciones, pero no pueden dar testimonio de Dios? Todavía te mezclas con esos demonios hoy y tienes conciencia de ellos y los amas, pero, en este caso, ¿acaso no estás extendiendo buenas intenciones hacia Satanás? ¿No te estás asociando con los demonios? Si en estos días las personas siguen sin ser capaces de distinguir entre lo bueno y lo malo, y continúan siendo ciegamente amorosos y misericordiosos sin ninguna intención de buscar la voluntad de Dios y siguen sin ser capaces de ninguna manera de albergar las intenciones de Dios como propias, entonces sus finales serán mucho más desdichados. […] Si eres compatible con los que Yo detesto y con los que estoy en desacuerdo, y aun así tienes amor o sentimientos personales hacia ellos, entonces ¿acaso no eres desobediente? ¿No estás resistiéndote a Dios de una manera intencional? ¿Posee la verdad una persona así? Si las personas tienen conciencia hacia los enemigos, amor hacia los demonios y misericordia hacia Satanás, ¿no están perturbando de manera intencional la obra de Dios?” (‘Dios y el hombre entrarán juntos en el reposo’ en “La Palabra manifestada en carne”). Esta lectura me dejó muy acongojada y culpable. Sabía que mi padre detestaba la verdad, que alteraba constantemente la vida de la iglesia y que su naturaleza y esencia eran malvadas, pero seguía tratándolo en conciencia y con cariño hasta el punto de encubrirlo y defenderlo. ¿No era justo eso lo que quería decir Dios con “extendiendo buenas intenciones hacia Satanás” y “asociando con los demonios”? ¿No estaba oponiéndome descaradamente a Dios y alterando el trabajo de la iglesia? La verdad y la justicia gobiernan la casa de Dios. Las malignas fuerzas de Satanás, incluidos todos los malvados y anticristos, no pueden perdurar. Dios debe delatarlas y descartarlas y las tienen que purgar de la iglesia. Esto viene determinado por el carácter justo de Dios. Sin embargo, yo encubría a una mala persona para que permaneciera en la casa de Dios. ¿No estaba tolerando que una mala persona alterara la vida de la iglesia? ¿No estaba ayudando a un enemigo malvado y oponiéndome a Dios? De continuar así, Dios me castigaría junto al hombre malvado. Este descubrimiento me asustó un poco. Entendí que el carácter justo de Dios no tolera ofensa ¡y lo peligroso de encubrir a alguien malvado impulsada por mis sentimientos personales! Ya no podía hablar y actuar más en función de mis sentimientos. Aunque fuera mi padre, tenía que practicar la verdad, amar aquello que Dios ama, odiar lo que Dios odia y defender los intereses de la casa de Dios.

Luego fui a reunirme con el grupo y les revelé toda la verdad de la conducta y las malas acciones de mi padre. Los hermanos y hermanas engañados por él comenzaron a discernir su esencia. Más adelante, la iglesia publicó el anuncio la expulsión de mi padre. Me fui a casa, se lo leí y le hablé de su mala conducta. Me horrorizó que me dijera con desdén: “Hace tiempo que sé que me echarían. He creído en Dios todos estos años nada más que para recibir Sus bendiciones; si no, hace mucho que habría dejado de creer”. Al ver que no tenía intención de arrepentirse, tuve bien claro dentro de mí que se había revelado plenamente su naturaleza maligna. Tras la expulsión de mi padre no había personas malvadas que alteraran la iglesia. En las reuniones, todos los hermanos y hermanas podían leer las palabras de Dios y hablar de la verdad sin que los alteraran. Cumplían adecuadamente con el deber y la vida de la iglesia daba fruto. Comprobé que la verdad y la justicia gobiernan la casa de Dios y que, cuando practicamos la verdad de acuerdo con las palabras de Dios, somos testigos de Su guía y Sus bendiciones. En cuanto a mi padre, poco a poco me liberé de mis sentimientos personales y al final fui capaz de practicar un poco la verdad y apoyar el trabajo de la iglesia. ¡Logré todo esto por medio del juicio y castigo de las palabras de Dios!

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