96. Superé mis problemas de tartamudez
Mi padre tenía un problema de tartamudez, y yo tuve el mismo problema desde pequeña. No me sucedía cuando no conocía a gente nueva, pero cada vez que lo hacía, me ponía nerviosa y tartamudeaba al hablar. Mi hermano y mi hermana me decían: “Mira cómo hablas, ¿no puedes simplemente hablar más despacio?”. Sus críticas realmente me hacían sentir mal. Ni siquiera les agradaba a mis propios hermanos, y ellos también me menospreciaban. Me sentía profundamente inferior, y el sentimiento de agravio solía hacerme llorar. Una vez, en la escuela primaria, el maestro me pidió que respondiera una pregunta. Me puse muy nerviosa y, mientras hablaba, de repente empecé a tartamudear y no fui capaz de pronunciar las palabras. Todos mis compañeros estallaron en carcajadas. Fue totalmente humillante. Luego, dejé de levantar la mano para hablar cada vez que el maestro nos hacía una pregunta, ya que tenía miedo de que mis compañeros se rieran de mí. Estos episodios de esos años ensombrecieron mi joven corazón. Siempre me sentía inepta y profundamente inferior. También estaba muy confundida y me preguntaba: “¿Por qué no puedo hablar con fluidez, como los demás? ¿Por qué tartamudeo?”. Después de casarme, mi esposo se burlaba de mi tartamudeo y decía: “Eres una adulta, pero ni siquiera puedes hablar bien. Si fueras una vaca, te habría vendido hace tiempo”. Cada vez que hablaba con mis hijos, a veces también tartamudeaba cuando me ponía ansiosa, y mis hijos se reían de mí. “Papá, mamá está tartamudeando de nuevo. ¿No puedes hablar más despacio?”. Mis hijos y mi esposo solían decirme cosas así. Me sentía una pelele inútil en la vida y tenía la autoestima por los suelos. Luego, evitaba hablar demasiado y no me atrevía a hablar delante de desconocidos, ya que así, nadie sabría que tartamudeaba y no se burlarían de mí.
En 2003, acepté la obra de Dios de los últimos días. Sabía que tenía un problema de tartamudez, así que rara vez compartía cuando asistía a reuniones con los hermanos y hermanas. Los hermanos y hermanas me animaban a compartir más y a que simplemente me sincerara. Decían que era la única manera de crecer en la vida. También decían: “Todos tienen defectos; no dejes que los tuyos te limiten”. Cuando vi que no me despreciaban, sino que me animaban y ayudaban, me conmoví mucho y sentí que era realmente maravilloso creer en Dios. Nunca antes había experimentado un sentimiento así y, a partir de entonces, no me sentí tan limitada.
Más adelante, me eligieron líder de la iglesia. Un día, los líderes superiores me enviaron a cumplir mi deber en la iglesia de Chengdong. Pensé: “Si voy a la iglesia de Chengdong y los hermanos y hermanas descubren que tartamudeo, ¿qué pensarán de mí? ¿Se reirán de mí? ¡Eso sería tan vergonzoso! No quiero ir”. Los líderes superiores se dieron cuenta de lo que estaba pensando, compartieron conmigo y me dijeron que era una oportunidad para formarme. Entré en razón y acepté el puesto. En la iglesia de Chengdong, cuando me reuní con los líderes y los diáconos, estaba algo nerviosa porque todos los rostros eran desconocidos y tenía miedo de que me menospreciaran si seguía tartamudeando, así que deseaba que la reunión terminara pronto. Pero, cuanto más nerviosa me ponía, más tartamudeaba y me sentí muy avergonzada. Al mirar alrededor, vi que algunos de los hermanos y hermanas tenían la cabeza baja y otros permanecían en silencio. Me sentí muy angustiada. Pensé: “Seguro que están pensando: ‘¿Cómo vino a parar aquí una tartamuda?’. Si no comparto, dirán que carezco de realidades-verdad, pero, si continúo, solo seguiré tartamudeando”. No me quedó más remedio que seguir a duras penas y continuar con la plática. Tartamudeé mucho en esa reunión y apenas logré llegar al final. En un principio, había planeado preguntarles sobre sus estados, pero luego pensé: “¿Y si tienen problemas o dificultades? Tendría que compartir con ellos por medio de las palabras de Dios. Si vuelvo a tartamudear, seguro que se reirán de mí. Ni hablar, mejor no pregunto nada”. El resultado fue que, de esa reunión, no hubo ningún fruto, y el trabajo que había que implementar tampoco se llevó a cabo de manera correcta, por lo que se retrasó. De camino a casa, sentí una profunda angustia y me quejé: “¿Por qué tengo este tartamudeo? ¿Por qué los demás no tartamudean?”. Me sentía muy inferior y pensaba siempre que estaba un escalón por debajo de los demás. Luego, cada vez que asistía a reuniones con líderes y diáconos, me sentía limitada. Tenía miedo de volver a tartamudear y que se rieran de mí o me menospreciaran, así que trataba de compartir lo menos posible. Solo hacía algunos comentarios generales sobre el trabajo que había que implementar, lo que hacía que dicho trabajo no diera buenos resultados. Sabía que la limitación constante de mi tartamudeo estaba afectando el trabajo, así que solía llevar mi estado ante Dios en oración y le pedía que me guiara para que no me limitara mi tartamudez. A veces, cuando empezaba a tartamudear de nuevo al hablar, me tapaba la boca con la mano para que la gente no viera cómo me temblaban los labios al tartamudear. Durante las reuniones, siempre hacía que otros hermanos y hermanas leyeran las palabras de Dios y, cuando no había ninguna forma de evitarlo, solo leía fragmentos cortos. De esta manera, menos personas se enterarían de que tartamudeaba. Pero vivir así era muy doloroso. Me sentía sofocada y agotada. También estaba afectando cómo cumplía mi deber.
Una vez, me sinceré con una hermana: “Tartamudeo cuando hablo y tengo miedo de que todos ustedes me menosprecien, así que no tengo valor para compartir”. La hermana me dijo: “Ni siquiera me había dado cuenta de que tartamudeabas. A veces, cuando oigo que te detienes a mitad de una frase, solo pienso que estás demasiado limitada para continuar”. La hermana también me animó y me dijo: “Nadie es perfecto. ¿Alguna vez has conocido a alguien sin defectos? Las palabras de Dios nos dicen que todos tienen defectos y deficiencias. No dejes que esto te limite, simplemente persigue la verdad con sinceridad. Tu tartamudeo se debe a los nervios, pero no debes preocuparte por eso. Solo céntrate en tu deber y, de a poco, dejarás de sentirte limitada por tu tartamudeo”. Me sentí algo aliviada al oír a mi hermana decir esto. Más tarde, vi un video de un testimonio vivencial que me iluminó el corazón y me animó enormemente. En particular, el video citaba un pasaje de las palabras de Dios que abordaba mi estado directamente. Dios Todopoderoso dice: “Las personas no son capaces de resolver algunos problemas. Por ejemplo, puede que seas propenso a ponerte nervioso al hablar con los demás; cuando afrontas situaciones, puede que cuentes con tus propias ideas y puntos de vista, pero no eres capaz de formularlos con claridad. Te sientes especialmente nervioso cuando hay muchas personas presentes; hablas con incoherencia y te tiemblan los labios. Algunos llegan incluso a tartamudear; otros son si cabe menos inteligibles si hay miembros del sexo opuesto presentes, simplemente no saben qué hacer ni qué decir. ¿Es fácil superar esto? (No). Al menos a corto plazo, no te resulta sencillo superar este defecto porque es parte de tus condiciones innatas. Si sigues nervioso después de varios meses de práctica, el nerviosismo se tornará en presión, lo cual te afectará negativamente, ya que hace que tengas miedo de hablar, conocer a gente, asistir a reuniones o dar sermones, y estos temores te aplastarán. […] Por tanto, si puedes superar a corto plazo este defecto, este fallo, hazlo. Si es difícil de superar, no te preocupes por él, no luches contra él ni te desafíes a ti mismo. Por supuesto, si no puedes superarlo, no deberías sentirte negativo. Aunque no puedas superarlo nunca a lo largo de tu vida, Dios no te condenará, ya que no se trata de tu carácter corrupto. Tu miedo escénico, tu nerviosismo y tu temor; estas manifestaciones no reflejan tu carácter corrupto. Ya sean innatos o producto del entorno posterior en la vida, como mucho, son un defecto, un fallo de tu humanidad. Si no puedes cambiarlo a largo plazo, o siquiera en toda tu vida, no te recrees en ello, no permitas que te limite, ni tampoco deberías volverte negativo por ese motivo, pues no se trata de tu carácter corrupto; no tiene sentido intentar cambiarlo o luchar contra él. Si no puedes cambiarlo, entonces acéptalo, deja que exista y trátalo con corrección, ya que puedes coexistir con ese defecto, ese fallo; el hecho de que lo tengas no afecta a que sigas a Dios y hagas tus deberes. Mientras puedas aceptar la verdad y hacer tus deberes lo mejor que te sea posible, todavía te puedes salvar; no afecta a tu aceptación de la verdad ni a que logres la salvación. Por tanto, no deberías verte limitado a menudo por cierto defecto o fallo en tu humanidad ni deberías volverte negativo o desalentarte con frecuencia, o siquiera renunciar a tu deber y a la búsqueda de la verdad, perdiendo así la ocasión de salvarte. No merece para nada la pena; eso es lo que haría una persona necia e ignorante” (La Palabra, Vol. VII. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (3)). Al reflexionar sobre las palabras de Dios, llegué a entender que la tartamudez es un defecto y una imperfección humana y que no es un carácter corrupto ni algo que afecta la búsqueda de la verdad o la salvación de una persona. No podía permitir que un solo defecto me limitara o me hiciera sentirme negativa constantemente o incluso que me hiciera renunciar a perseguir la verdad. De lo contrario, perdería mi oportunidad de ser salva, lo que sería comportarme como una necia e ignorante. Reflexioné sobre cómo, durante tantos años, debido a mi tartamudez, no me atreví a compartir, incluso cuando sabía que debía sincerarme y compartir en las reuniones para obtener el esclarecimiento y la guía de Dios, por miedo a que mis hermanos y hermanas notaran que tartamudeaba. Después de ir a la iglesia de Chengdong, me sentí aún más limitada por mi tartamudez y, cuanto más miedo tenía de que los demás la notaran, más nerviosa me ponía y peor se volvía mi tartamudez. Por consiguiente, no disfrutaba en absoluto de las reuniones. No investigaba ni resolvía los problemas y dificultades que tenían los líderes y los diáconos, y las reuniones terminaban de forma apresurada, sin implementar el trabajo adecuadamente. Mi tartamudez solía limitarme y no me atrevía a sincerarme y compartir en las reuniones. Esto no solo causaba pérdidas en mi propia entrada en la vida, sino que tampoco beneficiaba a mis hermanos y hermanas. También retrasaba el trabajo de la iglesia. Vi lo necia e ignorante que había sido. Dios dice: “Si no puedes cambiarlo a largo plazo, o siquiera en toda tu vida, no te recrees en ello, no permitas que te limite, ni tampoco deberías volverte negativo por ese motivo, pues no se trata de tu carácter corrupto; no tiene sentido intentar cambiarlo o luchar contra él. Si no puedes cambiarlo, entonces acéptalo, deja que exista y trátalo con corrección, ya que puedes coexistir con ese defecto, ese fallo; el hecho de que lo tengas no afecta a que sigas a Dios y hagas tus deberes. Mientras puedas aceptar la verdad y hacer tus deberes lo mejor que te sea posible, todavía te puedes salvar; no afecta a tu aceptación de la verdad ni a que logres la salvación”. Al leer las palabras de Dios, mi corazón se sintió reconfortado y lleno de ánimo. Pensé en cómo, desde la infancia, me habían menospreciado y despreciado por mi tartamudez. Solía hundirme en sentimientos de inferioridad y pensaba que no era igual de buena que los demás. Pero Dios no me rechazó y hasta me animó a perseguir la verdad y la salvación con sinceridad. Sentí que Dios realmente ama a las personas y finalmente me quité el peso que llevaba sobre el corazón. Como Dios no desprecia mi defecto, tenía que afrontarlo de manera correcta y no debía dejar que me limitara, incluso si mi defecto no cambiaba durante toda mi vida. En su lugar, debía centrarme en perseguir la verdad y cumplir bien con mi deber. Al darme cuenta de estas cosas, me presenté ante Dios y oré: “Dios mío, ahora entiendo Tu intención. Estoy dispuesta a afrontar mi defecto y tara de manera correcta y a dejar de quejarme. Me someteré y cumpliré bien con mi deber”.
Después de orar, reflexioné aún más. “¿Por qué siempre me limita mi tartamudez? ¿Qué tipo de carácter corrupto causa esto?”. Entonces, busqué palabras de Dios para leer. Dios Todopoderoso dice: “En vez de buscar la verdad, la mayoría de la gente tiene sus propios planes mezquinos. Sus propios intereses, su imagen y el lugar o posición que ocupan en la mente de los demás tienen gran importancia para ellos. Estas son las únicas cosas que aprecian. Se aferran a ellas con mucha fuerza y las consideran como su propia vida. Y cómo los vea o los trate Dios tiene para ellos una importancia secundaria; de momento, lo ignoran. Lo único que consideran es si son el jefe del grupo, si otros los admiran y si sus palabras tienen peso. Su primera preocupación es la de ocupar esa posición. Cuando se encuentran en un grupo, casi todas las personas buscan este tipo de posición, este tipo de oportunidades. Si tienen un gran talento, por supuesto que quieren estar en lo más alto; si tienen una capacidad normal, seguirán queriendo tener una posición superior en el grupo; y si están en una posición baja en el grupo y poseen un calibre y unas habilidades medios, también desearán que los demás los admiren, no querrán que los miren por encima del hombro. La imagen y la dignidad de estas personas constituyen el punto donde marcan el límite: tienen que aferrarse a tales cosas. Puede que no tengan integridad y no posean ni el reconocimiento ni la aceptación de Dios, pero en absoluto pueden perder entre los demás el respeto, el estatus o la estima por los que se han esforzado. Este es el carácter de Satanás. Sin embargo, las personas no son conscientes de ello. Creen que tienen que aferrarse a ese poquito de imagen hasta el final. No son conscientes de que solo cuando renuncien por completo a estas cosas vanas y superficiales y las dejen de lado, se convertirán en una persona real. Si una persona protege estas cosas que deberían desecharse como a su vida, su vida está perdida. Las personas desconocen lo que está en juego. […] Entonces logras estar en el foco, ¿y ahora qué? La gente piensa bien de ti, ¿y qué? Te idolatran, ¿y qué? ¿Demuestra algo de esto que poseas la realidad-verdad? No tiene ningún valor. Cuando puedas superar estas cosas, cuando te vuelvas indiferente hacia ellas y ya no las consideres importantes, cuando la imagen, la vanidad, el estatus y la admiración de las personas ya no controlen tus pensamientos y tu comportamiento, y mucho menos la forma en que realizas tu deber, entonces la ejecución de tus deberes será cada vez más eficaz y más pura” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). La exposición de las palabras de Dios me permitió entender que, independientemente de lo grandes que sean las habilidades o la aptitud de una persona, todos quieren que los demás los admiren. Al hacer memoria, había tartamudeado desde la infancia y hasta mis propios hermanos me habían rechazado y menospreciado. Además, en la escuela, mis compañeros se burlaban de mí, así que me sentía realmente inferior. Después de casarme, hasta mi esposo y mis hijos se burlaban de mí, lo que hería aún más mi autoestima. El sentimiento de agravio hasta me hacía llorar. ¡Me preocupaba tanto mi orgullo! Pensé en cómo, desde la infancia, me habían influenciado los venenos satánicos, como: “El orgullo es tan necesario para la gente como respirar” y “El hombre deja su reputación allá por donde va, de la misma manera que un ganso grazna allá por donde vuela”. Prestaba especial atención a mi orgullo. Debido a mi tartamudez, tenía miedo de que se burlaran de mí y me menospreciaran, por lo que solía hundirme en sentimientos de negatividad y dolor de los que no podía escapar. No podía compartir como debía en las reuniones ni hacer el trabajo que me correspondía de forma adecuada. Pero la casa de Dios no me despreciaba ni me trataba según mi defecto. En su lugar, me confiaron deberes de líder y me animaron a perseguir la verdad y la salvación de forma adecuada. ¿No era esto amor de Dios? Sin embargo, mi excesiva obsesión con mi orgullo me impedía hacer los deberes que debía haber cumplido. ¿No era esto rebelarme contra Dios? En realidad, incluso si los demás me admiraban, no servía de nada sin la aprobación de Dios. Perseguir la reputación y el estatus nunca podría cambiar mi carácter-vida. En su lugar, me haría cada vez más negativa y, en última instancia, Dios me desdeñaría y descartaría por no haber hecho bien mis deberes. Al darme cuenta de esto, sentí tanto temor como culpa. Nunca me había imaginado que sumirme en el orgullo y el estatus podía tener consecuencias tan graves. Desde entonces, quise desprenderme del orgullo y el estatus, tratar mi tartamudez de manera correcta y compartir con normalidad con mis hermanos y hermanas.
Un día, estaba hablando con mi compañera del trabajo sobre una tarea y volví a ponerme nerviosa. Tenía miedo de lo que ella pensaría de mí si empezaba a tartamudear. Antes, ella había señalado que yo me detenía a mitad de una frase y, como no llevábamos mucho tiempo trabajando juntos, no sabía sobre mi tartamudez. Me pregunté: “Si vuelvo a quedarme en silencio a mitad de una frase, ¿me rechazará?”. Mientras hablaba, de repente me quedé trabada y dejé de hablar. La hermana dijo: “¿Por qué sigues deteniéndote a mitad de la frase? ¿No puedes expresarte con claridad?”. Pensé: “¿Me va a rechazar ahora?”. Me sentí algo limitada. En ese momento, me di cuenta de que estaba pensando de forma errónea y oré en silencio a Dios en mi corazón: “Dios, tengo miedo de que mi hermana me menosprecie por mi tartamudez. No quiero que esto me siga limitando. Te ruego que me guíes para afrontar de manera correcta mi defecto”. Después de orar, recordé un pasaje de las palabras de Dios que había leído antes, así que lo leí de nuevo. Dios Todopoderoso dice: “Mientras puedas perseguir la verdad y puedas hacer tu deber con todo tu corazón, toda tu fortaleza y toda tu mente, de acuerdo con los principios, y tu corazón sea sincero y no seas superficial respecto a Dios, entonces tienes esperanzas de salvarte. Si alguien dice: ‘Mira lo inútil y tímido que eres. Te pones nervioso solo por decir unas pocas palabras y se te pone toda la cara roja’, entonces deberías decir: ‘Tengo escaso calibre y no se me da bien hablar. Si me animáis, entonces tendré valor para ponerlo en práctica’. No pienses que no eres bueno o que eres una vergüenza. Dado que sabes que estos son los defectos y problemas de tu humanidad, deberías afrontarlos y aceptarlos. Que no te afecten de ninguna manera. En cuanto a cuándo cambiarán estos defectos y fallos, no te preocupes por eso. Concéntrate solo en vivir y hacer tu deber con normalidad de esta manera. Solo tienes que recordar lo siguiente: estos defectos y fallos de humanidad no son cosas negativas ni actitudes corruptas y, mientras no se trate de actitudes corruptas, no afectarán a tu desempeño del deber ni a tu búsqueda de la verdad y, menos aún, impactarán en que logres la salvación, y, por supuesto, lo que es incluso más importante, no van a afectar la manera en que te contempla Dios. ¿No te da eso calma mental?” (La Palabra, Vol. VII. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (3)). Me sentí realmente conmovida e inspirada cuando leí este pasaje de las palabras de Dios, sobre todo, cuando Dios dice: “Solo tienes que recordar lo siguiente: estos defectos y fallos de humanidad no son cosas negativas ni actitudes corruptas y, mientras no se trate de actitudes corruptas, no afectarán a tu desempeño del deber ni a tu búsqueda de la verdad y, menos aún, impactarán en que logres la salvación, y, por supuesto, lo que es incluso más importante, no van a afectar la manera en que te contempla Dios. ¿No te da eso calma mental?”. Mi defecto y mi tara no son algo negativo ni tampoco un carácter corrupto, y Dios me guiará siempre que persiga la verdad con diligencia y cumpla mis deberes según los principios. No debía dejar que mi tartamudez me siguiera limitando. Independientemente de lo que pudieran pensar mis hermanos y hermanas, tenía que sincerarme, hablar sobre mi defecto y no debía sentir vergüenza ni mucho menos verme limitada. Tenía que afrontarlo de manera correcta. Así que le dije a la hermana. “He sido tartamuda desde que era niña. En el futuro, trataré de hablar más despacio y completar mis frases para que los demás puedan entenderme”. Después de decir esto, ya no me sentí limitada.
Más tarde, cuando leía las palabras de Dios en las reuniones y me quedaba trabada, leía despacio. A veces, cuando me ponía nerviosa y empezaba a tartamudear, hacía una breve pausa, cambiaba mi mentalidad y luego seguía hablando. Esto me ayudó un poco. Fueron las palabras de Dios las que me guiaron para entender de manera correcta mi defecto, que ya no me limita. Finalmente me siento liberada. ¡Gracias a Dios!