22. Dándome cuenta que caminé la senda de los fariseos

Por Mibu, España

En su vida, si el hombre quiere ser limpiado y lograr cambios en su carácter, si quiere vivir una vida que tenga sentido y cumplir su deber como criatura, entonces debe aceptar el castigo y el juicio de Dios, y no debe dejar que se aparten de él la disciplina de Dios ni los golpes de Dios, para que se pueda liberar de la manipulación y la influencia de Satanás, y pueda vivir en la luz de Dios. Sabes que el castigo y el juicio de Dios son la luz, y la luz de la salvación del hombre, y que no hay mejor bendición, gracia o protección para el hombre” (‘El castigo y el juicio de Dios son la luz de la salvación del hombre’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Este pasaje de las palabras de Dios me recuerda una experiencia que tuve hace unos años.

En octubre de 2016 colgaron en internet un video de cánticos y bailes que había ayudado a coreografiar. A los hermanos y hermanas les gustó mucho y me recomendaron para dirigir el cuerpo de baile de la iglesia. Estaba muy emocionada y oré a Dios en silencio para decirle que, sin duda, cumpliría correctamente con ese deber y produciría más videos que dieran testimonio de Él. Poco después comenzó a progresar el trabajo del cuerpo de baile. Los hermanos y hermanas me admiraban de verdad y me pedían ayuda ante cualquier dificultad en los bailes. Esto alimentó mucho mi vanidad y me creía imprescindible en la iglesia. Al poco tiempo, la líder de la iglesia puso a la hermana Ye a trabajar conmigo. Muy contenta, pensé: “La hermana Ye también tiene experiencia profesional de baile y sobresale en unos estilos distintos a los míos. Podemos compensar nuestras respectivas carencias. Seguro que cumpliremos bien con el deber”. Pasado un tiempo, nos disponíamos a grabar un video musical y las ideas de la hermana Ye para la coreografía estaban más elaboradas y detalladas que las mías. A todos los hermanos y hermanas les gustaron, lo que a mí no me agradó mucho, y me pregunté: “¿Qué pensarán los demás de mí? ¿Creerán que no estoy a la altura de la hermana Ye? Si me supera, ¿seguiré teniendo un papel destacado en el equipo?” Me molestaba especialmente que otras personas fueran a hablar con la hermana Ye cuando tenían un problema. Yo era la encargada, pero recurrían a ella siempre que tenían problemas. ¿Acaso eso no significaba que era mejor que yo? Sentía que yo no podía ser menos, que en el siguiente programa tenía que hacer un gran espectáculo para que se viera que era tan buena como ella.

La hermana Ye y yo nos dividimos luego las tareas en función de las necesidades del trabajo. Yo me encargaba de un video musical, y ella, de una representación. Yo disimulaba mi satisfacción. Cuando anteriormente habíamos trabajado juntas, me había sentido eclipsada, así que creía que tenía que aprovechar aquella oportunidad de hacer ver que estaba más capacitada que ella. Hice horas extra con el estudio y la coreografía para poder hacerlo bien en el video musical, pero al ver que la hermana Ye casi había terminado la producción del baile y yo ni había acabado la coreografía, me puse nerviosa a más no poder. Cuando intenté acelerar el ritmo y mejorar la calidad, me volví muy exigente con los hermanos y hermanas en los ensayos. Una vez regañé a un hermano en tono bronco por equivocarse en unos pasos de baile, pues temía que, si no bailaba bien, eso repercutiría en el programa y entonces yo no aventajaría a la hermana Ye. Antes de grabar, un hermano señaló que no había suficiente baile en el preludio. Pensé que tenía razón, pero en ese momento no se me ocurría qué añadir, por lo que me sugirió que fuera a hablarlo con la hermana Ye. No me hizo ninguna gracia. ¿No parecería menos capacitada que ella si iba a comentárselo en un momento tan crítico? Si se implicaba la hermana Ye, ¿quién se atribuiría el mérito final? Le había dedicado cantidad de tiempo y energía y estaba a punto de acabar el producto final. De ningún modo iba a preguntarle a ella. Dije: “No nos confundamos con estos detallitos ahora. Una vez grabado, podremos echar un vistazo a ver qué tal sale en conjunto”. La líder miró después nuestro video musical y dijo que no tenía nivel para dar testimonio de Dios y había que repetirlo. Eso me afligió enormemente, como si me hubieran apuñalado el corazón. Pensé: “Ahora me han humillado de verdad. Todos los demás me verán tal como soy. Sin duda creerán que no soy tan buena como la hermana Ye y que no estoy capacitada para mi trabajo. De ahora en adelante, ¿qué apoyo tendré en el equipo?” Durante esos días no pude pensar más que en mi reputación y estatus. No dormía por las noches, daba cabezadas en las reuniones y no me volcaba en el deber.

Un día vino la líder a hablar conmigo. En vista de que no me conocía a mí misma en absoluto, me desenmascaró y trató diciéndome que había sentido celos del talento ajeno con el fin de proteger mi reputación y mi puesto, que no había pensado lo más mínimo en el trabajo de la iglesia y que era egoísta y despreciable. Me mandó hacer introspección en serio y me leyó este pasaje de las palabras de Dios: “Y tan pronto como involucre posición, prestigio o reputación, el corazón de todos salta de emoción y cada uno quiere siempre sobresalir, ser famoso y ser reconocido. Nadie está dispuesto a ceder; en cambio, todos quieren siempre competir, aunque competir sea vergonzoso y no se permita en la casa de Dios. Sin embargo, si no hay controversia, no te sientes contento. Cuando ves que alguien sobresale, te pones celoso, sientes odio, te quejas y sientes que es injusto. ‘¿Por qué yo no puedo sobresalir? ¿Por qué siempre es aquella persona la que logra sobresalir y nunca es mi turno?’ Luego surge el resentimiento en ti. Tratas de reprimirlo, pero no puedes. Oras a Dios y te sientes mejor por un rato, pero, después, tan pronto como te encuentras nuevamente con este tipo de situación, no puedes superarla. ¿No muestra esto una estatura inmadura? ¿No es una trampa la caída de una persona en tales estados? Son los grilletes de la naturaleza corrupta de Satanás que atan a los humanos. […] Cuanto más luches, más oscuridad te rodeará y los celos y el odio dentro de tu corazón aumentarán, y tu deseo de obtener se hará más fuerte. Cuanto más fuerte sea tu deseo de obtener, menos capaz serás de lograrlo y a medida que obtengas menos tu odio aumentará. A medida que tu odio aumente, te volverás más oscuro por dentro. Cuanto más oscuro seas por dentro más pobremente llevarás a cabo tu deber; cuanto más pobremente lleves a cabo tu deber, menos útil serás. Este es un círculo vicioso interconectado. No puedes realizar bien tu deber en ese estado, así que, gradualmente, serás eliminado” (‘Puedes obtener la verdad después de entregarle tu verdadero corazón a Dios’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Estas palabras de Dios me supusieron un auténtico golpe. Dios revelaba precisamente mi estado. Había tenido celos constantes de las aptitudes de la hermana Ye en una lucha por la reputación y la ganancia que indignó enormemente a Dios. Recordé que había tenido celos desde que la hermana Ye se incorporó al equipo y vi lo cualificada que estaba. Había tenido miedo de que los demás la admiraran a ella, me menospreciaran a mí y mi puesto se viera amenazado. Empecé a enfrentarme disimuladamente a ella mientras pensaba en cómo demostrar mis cualidades. Al ver que la coreografía de su programa de baile progresaba más rápido que la mía, me puse demasiado exigente con los hermanos y hermanas para no quedarme atrás. Era muy obvio que la hermana Ye y yo deberíamos haber hablado de algunas cosas, pero yo le puse excusas para evitarlo por miedo a que me robara todo el mérito. Por consiguiente, no abordamos ciertos asuntos a tiempo y, aunque los hermanos y hermanas habían invertido todo ese tiempo y energía, no resultó lo bastante bueno como para servir como testimonio de Dios. Cuando la líder de la iglesia puso a la hermana Ye a trabajar conmigo en mi deber, pretendía que pudiéramos aportar distintos puntos fuertes y coreografiar bien los bailes para dar testimonio de Dios, pero yo no tuve ninguna consideración por voluntad de Dios. Rivalicé constantemente por la reputación y la ganancia y alteré el trabajo de la iglesia. No hice sino cometer el mal y oponerme a Dios. Al pensarlo, me asusté un poco y me abrumó el arrepentimiento. Oré a Dios y ya no quería tener celos del éxito ajeno ni rivalizar por la reputación y la ganancia, sino arrepentirme ante Dios, trabajar bien con la hermana Ye y cumplir con nuestro deber de común acuerdo.

En la coreografías en que trabajamos juntas después, mi actitud mejoró un poco. A veces aún sentía celos de ella, pero sabía que debía defender el trabajo de la iglesia, no mis intereses personales. De manera consciente abandoné la carne y me hice a un lado, con la idea de trabajar con mi hermana para mejorar el programa. Cuando nos encontrábamos con problemas o dificultades, solíamos hablar, nos sincerábamos inmediatamente acerca de cualquier corrupción que manifestáramos y juntas buscábamos la verdad para corregirla. Posteriormente vi la guía y las bendiciones de Dios: muy pronto coreografiamos el baile. También experimenté la sensación de tranquilidad y liberación derivada de practicar la verdad.

Unos meses después, la hermana Ye y yo trabajamos juntas de nuevo planificando una representación. Las cosas iban muy rápido al principio y a los demás les gustaba cómo coreografiábamos los bailes. Estaba muy satisfecha conmigo misma. Un día, la líder preguntó qué tal iba la coreografía, y yo, contenta, respondí: “Estamos haciendo grandes progresos”. Entonces terció una hermana: “La hermana Ye tiene unas ideas geniales y la estructura general también está muy bien”. Contrariada, pensé: “¿Por qué dices eso? Ahora todos saben que las ideas para el baile fueron de la hermana Ye y creerán que no soy tan buena como ella. Se me tiene que ocurrir una manera de lograr algo; si no, ¿qué pensarán de mí la líder y los hermanos y hermanas?”. Una vez, durante una coreografía, se me ocurrió un novedoso paso acrobático. Emocionada, pensé: “Sobresalgo en las acrobacias. Si ensayamos bien esto, no solo añadirá brillantez al baile, sino que todos verán mis puntos fuertes y me admirarán”. Sin embargo, al día siguiente, al enseñar ese paso a los hermanos y hermanas, me comentaron que el ritmo era demasiado rápido y difícil. Aquella tarde, una hermana me advirtió: “Es fácil lesionarse en ese paso. No creo que debamos ensayarlo”. Me preocupó mucho que lo cambiaran por otro paso; entonces, ¿cómo podría compararme en su momento con la hermana Ye? Los animé a todos a ensayarlo unas pocas veces más y no me rendí hasta que varias hermanas se lesionaron al caerse. Me disgusté y sentí mal, así que me disculpé ante el equipo y modifiqué el paso, pero seguí sin hacer introspección a raíz de aquello. La grabación estaba a punto de comenzar en breve. La hermana Ye y yo participamos en ella. En la grabación noté que no había bailado bien mientras me enfocaban, por lo que le pedí al director que repitiera varias tomas. Luego vi que casi todas las tomas de la hermana Ye eran de frente, pero mi único primer plano era lateral. Estaba abatida. En las siguientes sesiones de grabación no me salía la sonrisa y bailaba sin gracia. Mi única obsesión era bailar mejor que la hermana Ye. No tenía ganas de mirar las escenas de baile que debía revisar ni me importaba si la actuación daba testimonio de Dios o no. Así pues, cuando salió el video, todos dijeron que el baile era demasiado rígido, demasiado inhibido, y que no solo no era lo suficientemente bueno como testimonio de Dios, sino que lo avergonzaba. Después, la líder dijo que yo estaba estancada en un estado de rivalidad por la reputación y la ganancia y que no había logrado nada en el deber, así que me cesó de mi puesto de responsabilidad. Estaba muy afligida. Al principio únicamente quería cumplir correctamente con el deber y satisfacer a Dios, pero como trabajaba en favor de mis fines egoístas, los programas que montaba no solo no daban testimonio de Dios, sino que lo avergonzaban. Era una transgresión. Había perdido la ocasión de cumplir con el deber por medio del baile. Lloré largo y tendido.

Luego me puse a pensar sin parar: “Tengo muy claro que no está bien luchar por la reputación y la ganancia; entonces, ¿por qué no puedo dejar de ir en pos de ellas una y otra vez? ¿Cuál es el verdadero motivo?” Una vez, durante mis devocionales, leí estas palabras de Dios: “Satanás usa fama y ganancia para controlar los pensamientos del hombre hasta que todas las personas sólo puedan pensar en ellas. Por la fama y la ganancia luchan, sufren dificultades, soportan humillación, y sacrifican todo lo que tienen, y harán cualquier juicio o decisión en nombre de la fama y la ganancia. De esta forma, Satanás ata a las personas con cadenas invisibles y no tienen la fuerza ni el valor de deshacerse de ellas. Sin saberlo llevan estas cadenas y siempre avanzan con gran dificultad. En aras de esta fama y ganancia, la humanidad evita a Dios y le traiciona, y se vuelve más y más perversa. De esta forma, así, se destruye una generación tras otra en medio de la fama y la ganancia de Satanás. Consideremos ahora las acciones de Satanás, ¿son sus siniestros motivos completamente detestables? Tal vez hoy no podáis calar todavía sus motivos siniestros, porque pensáis que no podéis vivir sin fama y ganancia. Creéis que, si las personas dejan atrás la fama y la ganancia, ya no serán capaces de ver el camino que tienen por delante ni sus metas, que su futuro se volverá oscuro, tenue y sombrío. Sin embargo, poco a poco, todos reconoceréis un día que la fama y la ganancia son grilletes monstruosos que Satanás usa para atar al hombre. Cuando llegue ese día, resistirás por completo el control de Satanás y los grilletes que Satanás usa para atarte. Cuando llegue el momento en que desees deshacerte de todas las cosas que Satanás ha inculcado en ti, romperás definitivamente con Satanás y detestarás verdaderamente todo lo que él te ha traído. Sólo entonces la humanidad sentirá un verdadero amor y anhelo por Dios” (‘Dios mismo, el único VI’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios revelaban las tácticas y malas intenciones de Satanás al corromper a la humanidad. Corrompe y controla a las personas por medio de la fama y la ganancia para que sean cada vez más depravadas y corruptas, hasta el punto de hacer el mal y oponerse a Dios. Satanás me había educado e influido desde pequeña: “Destacar entre los demás y honrar a los antepasados” y “Vaya donde vaya, uno siempre quiere dejar una buena impresión en los demás”. Estas filosofías satánicas estaban hondamente arraigadas en mí. En todos los grupos quería ser una privilegiada, que me admiraran y elogiaran. Me daba celos la excelencia ajena y pensaba en todo lo posible por tomar la delantera, en un constante esfuerzo por la reputación y la ganancia, y desdichada por culpa de la astucia de Satanás. Además, mi carácter se volvió cada vez más arrogante y egoísta. Ahora que recuerdo la coreografía, deseaba ganarle la batalla a la hermana Ye con mi preparación técnica, pero me daba igual si los intérpretes no podían soportarlo físicamente, y al final varias hermanas se lesionaron en los ensayos. Durante la grabación quise aprovechar mi único primer plano para demostrar que era mejor que la hermana Ye, así que, cuando los pasos de baile en que me enfocaban no me parecían lo bastante perfectos, le pedía al director que repitiera muchas tomas, lo que retrasó el trabajo. Y por último, al ver que solo habían grabado mi rostro de perfil, mientras casi todas las tomas de la hermana Ye eran de frente, me llené de resentimiento, vivía en un estado de negatividad y oposición y no tenía ganas de bailar bien para dar testimonio de Dios. En consecuencia, mi baile lo avergonzó. Mi coreografía no tenía por objeto dar testimonio de Dios, sino mi lucimiento personal. Mi lucha por la fama y la ganancia dificultó gravemente el trabajo de la iglesia e hirió a mis hermanos y hermanas. ¡Qué repugnante y odiosa le resultó mi conducta a Dios! Entonces recordé estas palabras de Dios: “Este ‘camino de maldad’ no se refiere a un puñado de actos malvados, sino a la fuente de mal de la que emana el comportamiento de las personas” (‘Dios mismo, el único II’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me ayudaron a comprender que no me habían apartado del deber por hacer algunas cosas malas, sino porque el origen, el punto de partida de mis actos, y la senda en la que me hallaba eran malignos. Desde que la hermana Ye empezara a trabajar conmigo, le tenía celos y luchaba por mis intereses. Iba a mis cosas. Sencillamente, hacía el mal y me oponía a Dios. Me abrumaba el miedo. Entendí que la búsqueda de la reputación y el estatus era una senda de oposición a Dios y que, si no me arrepentía, acabaría descartándome y castigándome. Me sentí terriblemente arrepentida. Lloré amargamente y oré a Dios: “¡Oh, Dios mío! Me han cesado del deber. Así es como estás revelándome Tu carácter justo y protegiéndome. Gracias por disponer esta situación para que abandone el mal camino a tiempo. Deseo arrepentirme ante Ti”.

En días posteriores prediqué el evangelio en la iglesia e hice devocionales e introspección. Cada vez que pensaba en mis excentricidades en el deber solo por la reputación y la ganancia, no sentía más que remordimientos. Me detestaba por no haber valorado la oportunidad que me había concedido Dios en el cuerpo de baile. Al mirar aquellos videos musicales me daban muchas ganas de volver atrás y empezar de cero, pero sabía que era imposible. Lo único que podía hacer era cooperar diligentemente con Dios en mi deber de evangelización en compensación por mis transgresiones pasadas. Para mi sorpresa, solo un mes después, la líder de la iglesia me reincorporó al cuerpo de baile. La noticia me emocionó tanto que no podía parar de llorar y decidí valorar en serio esa oportunidad, con el fin de dejar de perseguir la reputación y la ganancia, llevarme bien con los hermanos y hermanas en el trabajo y cumplir correctamente con el deber para retribuir el amor de Dios.

Tras reincorporarme al equipo, en un ensayo, la hermana Ye señaló que no era convencional un paso de baile que yo había enseñado a los hermanos y hermanas. En ese momento sentí mucha vergüenza, y pensé: “¿Cómo has podido criticarme así delante de los demás? Ahora seguro que van a pensar que no estoy a tu nivel. No puedo permitir que me menosprecien. Yo también soy una profesional, ¿sabes?, y me he fijado en que tampoco tus pasos de baile son perfectos”. Quería suprimir los pasos que ella había coreografiado. Entonces me di cuenta de que estaba pensando nuevamente en mi reputación y ganancia, por lo que oré a Dios dentro de mí. Recordé estas palabras de Dios después de mi oración: “Si cuanto más crucial es un momento, más capaces son las personas de someterse y renunciar a sus intereses, su vanidad y su orgullo, y de cumplir apropiadamente con sus deberes, solo entonces las recordará Dios. ¡Todas esas acciones son buenas! Hagan lo que hagan las personas, ¿qué es más importante: su vanidad y orgullo o la gloria de Dios? (La gloria de Dios). ¿Qué es más importante: tus responsabilidades o tus intereses? Cumplir con tus responsabilidades es lo más importante y estás obligado a cumplirlas. [...] Darás prioridad a tu deber, a la voluntad de Dios, a dar testimonio de Él y a tus responsabilidades. Esta es una fabulosa manera de dar testimonio, ¡y avergüenza a Satanás!” (“Registros de las pláticas de Cristo”). Se hizo la luz en mi interior. ¿No me estaba probando Dios con esta situación? Cada vez que entren en conflicto mis intereses personales y los de la casa de Dios, debo centrarme en cumplir la voluntad de Dios y practicar la verdad para humillar a Satanás. Cuando me sosegué y lo pensé, vi que en realidad no les había enseñado correctamente el paso. La hermana Ye había sido un poco directa, lo que me había avergonzado, pero tenía razón y sabía que debía aceptar su idea. Cuando me hice a un lado y enmendé mis motivaciones, muy pronto la hermana Ye y yo terminamos juntas la coreografía. Además, cumplir así con el deber me daba una sensación de tranquilidad y paz.

Esa experiencia me demostró verdaderamente que el juicio y el castigo de Dios son Su amor y salvación para mí. El juicio y el castigo de Dios me despertaron y con ellos comprobé la esencia y las peligrosas consecuencias de ir en pos de la reputación y la ganancia. Eso corrigió mis puntos de vista equivocados. y comencé a buscar la verdad y a cumplir con el deber con los pies en la tierra y viviendo con semejanza humana. ¡Gracias a Dios!

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