13. En los deberes no hay distinciones de estatus
Desde que era niño, en mi familia siempre mandaron los hombres y mi papá tenía la última palabra en todo. Él nunca hacía los quehaceres; cosas como cocinar, lavar la ropa y limpiar eran trabajo de mi mamá y de mi hermana. A menudo nos enseñaba a mis hermanos y a mí que “el hombre debe trabajar fuera de casa y la mujer ocuparse de las tareas domésticas”; que el campo y ganar dinero eran trabajo de hombres, mientras que cocinar y lavar la ropa eran quehaceres de mujeres. Por la influencia de las palabras y acciones de mi papá, mis hermanos mayores, después de casarse, se convirtieron todos en cabeza de familia y nunca hacían los quehaceres. Yo quería ser como ellos, porque sentía que solo así se tenía el porte y la dignidad propios de un hombre. Cuando me casé, mi esposa era una ama de casa muy virtuosa y capaz que asumió todas las tareas del hogar. A veces, a la hora de comer, incluso me servía la comida directamente. Esto me convenció aún más de que, como hombre, no debía hacer tareas como lavar, remendar o cuidar de los niños. Eso era todo trabajo de mujeres. Si lo hacía, sería humillante e indigno de mí. Más tarde, después de que mi esposa dio a luz, llegaba a casa del trabajo y la veía batallando para cocinar y hacer los quehaceres con el bebé en brazos. Quería ayudarla, pero luego pensaba en lo humillante que sería si la gente se enterara de que un hombre hecho y derecho como yo hacía ese tipo de trabajo. Así que, en lugar de ayudar a mi esposa con los quehaceres, me iba a jugar a las cartas. Después de aceptar la obra de Dios de los últimos días, me gustaba mucho leer las palabras de Dios. A través de Sus palabras, me di cuenta de que, para creer en Dios, tenía que practicar la verdad en todas las cosas y vivir una humanidad normal. No podía dejar que los demás me sirvieran; eso sería muy irracional. A partir de entonces, empecé a ayudar a mi esposa con algunos de los quehaceres, aprendiendo a cocinar, lavar las verduras y limpiar.
Un día de enero de 2023, el líder dijo que una casa de acogida enfrentaba algunos riesgos de seguridad y que las hermanas jóvenes que se alojaban allí debían ser trasladadas de inmediato. Me pidió que las acogiera temporalmente, y dijo que se mudarían después del Año Nuevo, una vez que se encontrara una casa de acogida adecuada. Pensé: “Soy un hermano. Pasar todo el día junto al horno… ¡qué degradante e incómodo sería! ¿Por qué el líder dispuso que hiciera el deber de acogida? ¿No está tratando solo de ponerme las cosas difíciles?”. Pero luego pensé: “He creído en Dios durante muchos años. Si rechazo este deber, ¿no dirá el líder que no soy alguien que persigue la verdad? Además, mi casa es bastante adecuada para acoger. Y aunque a mi esposa la depuraron de la iglesia, me apoya en la realización de mi deber, y mis dos hijos tampoco se oponen. Sería perfecto que las hermanas jóvenes pasaran el Año Nuevo en mi casa. Es más, el líder solo me pidió que las acogiera temporalmente. Se mudarán tan pronto como se encuentre una casa de acogida adecuada”. Pensando en esto, acepté. Pero a la hora de acogerlas, esa mentalidad de “el hombre debe trabajar fuera de casa y la mujer ocuparse de las tareas domésticas” resurgió. Como mi esposa trabajaba en una tienda de desayunos, yo era quien cocinaba el desayuno y el almuerzo en casa todos los días. Mi esposa me recordó muchas veces: “Deberías ponerte un delantal y manguitos cuando cocines; si no, la ropa se te ensuciará y será difícil de lavar”. Yo le decía que sí, pero nunca lo hice. Pensé: “¿Quiere que me ponga manguitos y un delantal? ¿Cómo me vería? ¡Parecería una ama de casa vieja! Si las hermanas me vieran así, ¿no sería vergonzoso? Cocinar y lavar son quehaceres que se supone que hacen las hermanas, no los hermanos. Si los hermanos y hermanas se enteraran de que estoy realizando el deber de acogida, seguro que me menospreciarían. ¡No puedo creer que yo, un hermano que hace un trabajo relacionado con textos, ahora me haya convertido en un cocinero profesional!”. Pasado un tiempo, el líder arregló que otra hermana joven se mudara a mi casa, y parecía que las hermanas no tenían ninguna intención de irse. Pensé: “¿No dijeron que se mudarían después del Año Nuevo? ¿Por qué sigue llegando más gente a mi casa? Cocinar todos los días es muy degradante. ¿Cuándo va a terminar esto?”. Me sentía ahogado por la negatividad, dejé de poner mi corazón en la cocina y empecé a hacerlo de manera superficial. El arroz que cocinaba al vapor salía o muy duro o muy blando, y los platos que salteaba quedaban o muy salados o completamente sosos. Pero no reflexionaba sobre mí mismo en lo más mínimo; incluso sentía que con solo lograr poner la comida en la mesa ya era suficiente. Más tarde, ellas empezaron a darme su opinión, diciendo que los fideos que cocinaba estaban crudos y que los cristales de sal en los platos fríos no se habían disuelto. Escuchar eso me hizo sentir aún peor: “Ya es bastante degradante para un hombre hecho y derecho como yo estar cocinando para ustedes todo el día, ¿y ahora le encuentran faltas a todo? ¡Esto es insoportable!”. En mi corazón, solo deseaba que se mudaran cuanto antes. Más adelante, me di cuenta de que mi estado no era el correcto, así que oré a Dios para que me guiara a entender mis propios problemas.
En ese momento, escuché un himno de las palabras de Dios:
La humanidad original eran seres vivos con espíritu
1 En el principio creé a la humanidad, es decir, al ancestro de la humanidad, Adán. Se le dotó de forma e imagen, rebosaba de vigor y de vitalidad y, además, estaba en compañía de Mi gloria. Ese fue el día glorioso en el cual creé al hombre. Después de eso, Eva fue creada del cuerpo de Adán, siendo ella también ancestro del hombre, y así, las personas que creé estaban llenas de Mi aliento y rebosantes de Mi gloria.
2 Adán nació originalmente de Mi mano y fue la representación de Mi imagen. Por consiguiente, el significado original de “Adán” era un ser creado por Mí, impregnado de Mi energía vital, impregnado de Mi gloria, con forma e imagen, espíritu y aliento. Él fue el único ser creado poseedor de espíritu, capaz de representarme, portar Mi imagen y recibir Mi aliento.
3 En el principio, Eva fue el segundo ser humano dotado de aliento, cuya creación Yo había ordenado, así que el significado original de “Eva” era un ser creado que daría continuidad a Mi gloria, estaría lleno de Mi vitalidad y además dotado de Mi gloria. Eva provino de Adán, así que también portaba Mi imagen, ya que fue el segundo ser humano creado a Mi imagen. El significado original de “Eva” era un ser viviente, con espíritu, carne y huesos, Mi segundo testimonio, así como también Mi segunda imagen entre los seres humanos. Ellos fueron los ancestros de la humanidad, el tesoro puro y preciado del hombre, y desde el principio, fueron seres vivientes dotados de espíritu.
La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Lo que significa ser una persona verdadera
Mientras reflexionaba sobre la letra, entendí que, al principio, cuando Dios creó a la humanidad, a Adán y Eva, nunca dijo que los hombres fueran más nobles que las mujeres o que las mujeres tuvieran un estatus inferior al de los hombres. A los ojos de Dios, hombres y mujeres son iguales. Lo mismo ocurre en la casa de Dios. No importa qué deber se realice, Dios nunca ha dicho que ciertos deberes deban ser hechos por hermanos y otros solo por hermanas. Pero yo, desde niño, había sido educado con las palabras y el ejemplo de mi padre, y vivía según ideas machistas. Siempre menosprecié a las mujeres y desdeñé tareas como cocinar y lavar, pensando que eran todos quehaceres de mujeres. Por eso era tan reacio a mi deber de acogida, e incluso cuando lo hacía, lo hacía de manera superficial. Todo lo que pensaba y hacía no estaba de acuerdo con las intenciones de Dios. Al darme cuenta de esto, estuve dispuesto a someterme y a cumplir con diligencia mi deber de acogida. Después de eso, cuando cocinaba fideos, los hervía un poco más, y marinaba los platos fríos con antelación. También empecé a pensar en variar los platos que hacía. Cuando vi que algunas de las jóvenes hermanas estaban enfermas y tosían, les preparé una bebida de pera con azúcar de roca. Justo cuando empezaba a cambiar, las jóvenes hermanas se mudaron.
Después de que se fueron, a menudo me ponía a pensar: “¿Por qué revelé tanta resistencia durante el tiempo que estuve acogiéndolas?”. Más tarde, leí las palabras de Dios que desenmascaraban el problema del machismo, y logré entenderme un poco a mí mismo. Dios Todopoderoso dice: “Muchos piensan: ‘Lavar y remendar es trabajo de mujeres. Que lo hagan ellas. Me exaspero cuando tengo que ocuparme de estas tareas; me siento menos hombre’. […] Los hombres tienen estos pensamientos machistas y menosprecian determinadas tareas, como ocuparse de los hijos, ordenar la casa, hacer la colada y limpiar. Algunos tienen tendencias machistas muy marcadas y desdeñan estos quehaceres; no están dispuestos a encargarse de ellos o, si los realizan, es a regañadientes, temiendo que otros puedan tenerlos en menos consideración. Piensan: ‘Si siempre hago estas tareas, ¿no me volveré afeminado?’. ¿Qué pensamiento y punto de vista rigen esta observación? ¿Acaso no hay un problema en su manera de pensar? (Sí). Su modo de enfocar las cosas es problemático. […] Es innegable que, en algunos lugares donde el machismo está particularmente extendido, el condicionamiento y la influencia de la familia han malcriado a estos hombres. ¿Este condicionamiento los ha salvado o, por el contrario, los ha perjudicado? (La respuesta es la segunda opción). Los ha dañado” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (14)). “Por ejemplo, pongamos que eres un hermano, si se te pide que prepares comida y laves los platos todos los días para los demás hermanos y hermanas, ¿te someterías? (Eso creo). Tal vez lo hicieras a corto plazo, pero, si se te pidiera que llevaras a cabo ese deber a largo plazo, ¿te someterías? (Podría someterme a veces, pero es posible que con el tiempo no pudiera hacerlo). Esto significa que no te has sometido. ¿Qué provoca que la gente no se someta? (Se debe a que albergan en su corazón nociones tradicionales. Creen que los hombres deberían trabajar fuera de casa y las mujeres ocuparse de las tareas domésticas, que cocinar es un trabajo de mujeres y que un hombre se rebaja por cocinar. Por eso no es fácil someterse). Eso es. Hay discriminación sexual en lo que respecta a la división de las labores. Los hombres piensan: ‘Nosotros deberíamos estar fuera de casa ganándonos la vida. Tareas como cocinar y lavar deben hacerlas las mujeres. A nosotros no se nos debería obligar a hacerlas’. Sin embargo, ahora se dan circunstancias especiales y se te pide que las hagas, así que, ¿qué haces? ¿Qué complejos debes superar para poder someterte? Este es el quid de la cuestión. Debes superar tu discriminación sexual. No existe ningún trabajo que deban hacer los hombres y tampoco otro que deban hacer las mujeres. No dividas las labores de este modo. El deber que realiza la gente no debe determinarlo su sexo” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Practicar la verdad es la única manera de obtener la entrada en la vida). Las palabras de Dios desenmascararon mi estado con precisión. Pensé en cómo, influenciado por las palabras y el ejemplo de mi padre y la crianza de mi familia desde la infancia, siempre había creído que “los hombres son superiores a las mujeres” y que “el hombre es para el trabajo de afuera y la mujer para las tareas de la casa”. Pensaba que los quehaceres como lavar la ropa, cocinar y limpiar eran cosas que hacían las mujeres, mientras que los hombres solo necesitaban trabajar la tierra o en un empleo para ganar dinero. Creía que el estatus de un hombre era superior al de una mujer, por lo que era natural que sus esposas los sirvieran, y que si un hombre hacía los quehaceres, era degradante y lo mirarían con desprecio. Por lo tanto, antes de creer en Dios, nunca hice ningún quehacer. Cuando veía a mi esposa de un lado para otro, haciendo los quehaceres con nuestro hijo en brazos, me sentía mal y quería ayudar, pero luego recordaba que un hombre hecho y derecho como yo debía mantener cierto porte y la dignidad de un verdadero hombre. Pensaba en la vergüenza que pasaría si otros me veían haciendo trabajo de mujeres, así que me iba a jugar a las cartas y a divertirme en lugar de ayudarla con los quehaceres. Todos esos años, mi esposa había estado sufriendo en silencio, viviendo una vida agotadora y amarga. Lo más importante es que, al estar tan influenciado por ideas machistas, no podía someterme a las orquestaciones y los arreglos de Dios. Cuando el líder arregló que acogiera temporalmente a las hermanas, consideré que los quehaceres eran trabajo de mujeres y sentí que era humillante e indigno de mí, como hermano, realizar un deber de acogida. Para proteger mi imagen masculina, ni siquiera me atrevía a ponerme un delantal o manguitos cuando cocinaba, por miedo a que las hermanas me menospreciaran. Debido a mi resistencia interna, hacía mi deber de manera superficial; ni siquiera podía cocinar bien los fideos y la sal de los platos fríos no se disolvía. Cuando las hermanas me hacían sugerencias, yo pensaba que eran demasiado exigentes y solo deseaba que se mudaran lo antes posible. Vi que al vivir según estas ideas culturales tradicionales, para proteger mi supuesta dignidad y estatus masculinos, me había vuelto increíblemente egoísta y frío, desprovisto de toda humanidad normal. No tenía la más mínima sumisión ni devoción hacia mi deber. Al darme cuenta de esto, oré, pidiéndole a Dios que me guiara para entender la verdad y liberarme de las ataduras y limitaciones de mis ideas machistas.
Después, leí un pasaje de las palabras de Dios y encontré una senda de práctica. Dios Todopoderoso dice: “¿Deben diferenciarse las responsabilidades sociales de hombres y mujeres? ¿Deben tener hombres y mujeres el mismo estatus social? ¿Es justo engrandecer en exceso el estatus de los hombres y restar importancia a las mujeres? (No, es injusto). Entonces, ¿cómo debe tratarse exactamente el estatus social de hombres y mujeres de forma equitativa y razonable? ¿Cuál es el principio para ello? (Que hombres y mujeres son iguales y deben recibir un trato justo). El trato justo es el fundamento teórico, pero ¿cómo debe llevarse a la práctica de forma que refleje equidad y razonabilidad? ¿No guarda esto relación con los problemas prácticos? En primer lugar, debemos determinar que el estatus de hombres y mujeres es igual, esto es indiscutible. Por tanto, la división social del trabajo entre hombres y mujeres también debe ser igualitaria, y debe contemplarse y organizarse en función de su aptitud y capacidad de trabajo. Debe haber igualdad, sobre todo en lo que se refiere a los derechos humanos, por cuanto las mujeres también deben disfrutar de aquello de lo que pueden disfrutar los hombres para garantizar la igualdad de estatus entre hombres y mujeres en la sociedad. Quien sepa hacer el trabajo, o quien sea competente para ser líder, debe poder hacerlo sea hombre o mujer. ¿Qué te parece este principio? (Bien). Refleja la igualdad entre hombres y mujeres. Por ejemplo, si hay dos hombres y dos mujeres que solicitan un puesto de bombero, ¿a quién se debe contratar? El trato justo es el fundamento teórico y el principio. Entonces, para ser exactos, ¿cómo hay que proceder? Como acabo de decir, que haga el trabajo quien por capacidad y aptitud sirva para desempeñarlo. Basta con elegir de acuerdo con este principio comprobando cuál de estos candidatos está en buena forma física y no es torpe. La lucha contraincendios consiste en actuar con rapidez en una emergencia. Si eres demasiado torpe, lento y flojo, como una tortuga o una vaca vieja, demorarás las cosas. Tras determinar las características de cada candidato en cuanto a aptitud, habilidades, experiencia, grado de competencia en labores de extinción de incendios, etc., se llega a la conclusión de que hay un hombre y una mujer bastante adecuados: el hombre es alto y físicamente fuerte, tiene experiencia en extinción de incendios y ha participado en varias operaciones contraincendios y de rescate; la mujer es ágil, se ha sometido a un entrenamiento riguroso, tiene conocimientos de extinción de incendios y procedimientos de trabajo relacionados, tiene aptitud y se ha distinguido en otros trabajos y ha recibido premios. Así, al final ambos son elegidos. ¿Está bien eso? (Sí). Se denomina elegir lo mejor de lo mejor sin mostrar favoritismo por nadie. […] Ante todo, al abordar un asunto no tienes prejuicios ni hacia hombres ni hacia mujeres. Crees que hay muchas mujeres sobresalientes y con talento y conoces a bastantes. Por ello, tu conocimiento te convence de que la capacidad de trabajo de las mujeres no es inferior a la de los hombres y de que el valor que las mujeres aportan a la sociedad no es inferior al de los hombres. Ya con este conocimiento y esta comprensión, juzgarás y decidirás acertadamente en función de este hecho en toda actuación futura. En pocas palabras, si no muestras favoritismo por nadie ni tienes prejuicios sexistas, tu humanidad será relativamente normal en este aspecto y sabrás actuar con justicia. Se disiparán las prohibiciones de la cultura tradicional en el sentido de que los hombres son considerados superiores a las mujeres, tu pensamiento dejará de estar encorsetado y ya no te verás influido por este aspecto de la cultura tradicional” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Qué significa perseguir la verdad (11)). Después de leer las palabras de Dios, sentí una gran claridad y entendí que, para liberarme de las ataduras de ideas culturales tradicionales como “los hombres son superiores a las mujeres” y “el hombre debe trabajar fuera de casa y la mujer ocuparse de las tareas domésticas”, primero tenía que aceptar el hecho de que hombres y mujeres son iguales. Los hombres no deben tener prejuicios contra las mujeres, y mucho menos menospreciarlas u oprimirlas. Eso es inmoral y carece de humanidad. Los hombres deben tratar a las mujeres con justicia y no ver los quehaceres como algo que las mujeres deben hacer por naturaleza, mientras consideran que los trabajos de alto perfil que dan estatus son trabajo para hombres. Tal punto de vista es una de las herejías y falacias de Satanás, y va completamente en contra de la verdad. La casa de Dios no tiene ninguna regla que establezca qué deberes deben ser hechos por hermanos y cuáles por hermanas. En la casa de Dios, los deberes nunca se arreglan en función del género, sino que se arreglan de manera razonable según el calibre, las fortalezas, la capacidad de trabajo de cada persona y las necesidades de la obra de la iglesia. Por ejemplo, el líder dispuso que yo hiciera el deber de acogida porque la casa donde se alojaban las hermanas enfrentaba riesgos de seguridad y no se podía encontrar una casa segura de inmediato. Mi casa, en cambio, era adecuada, y mi esposa y mis hijos me apoyaban en la realización de mi deber. Por un lado, el arreglo del líder mantenía a las hermanas a salvo, y por otro, les permitía realizar sus deberes con normalidad, asegurando que la obra de la iglesia no se viera afectada. Al acogerlas, también estaba defendiendo la obra de la iglesia y realizando mi deber. Debería haber aceptado el arreglo y haberme sometido, haber dejado atrás las ideas y puntos de vista falaces de “los hombres son superiores a las mujeres” y “el hombre debe trabajar fuera de casa y la mujer ocuparse de las tareas domésticas”, y haber realizado mi deber de acogida de acuerdo con las palabras de Dios.
Después, leí más de las palabras de Dios y aprendí cómo abordar mi deber adecuadamente. Dios Todopoderoso dice: “Sea cual sea tu deber, no discrimines entre lo superior y lo inferior. Supongamos que dices: ‘Aunque esta tarea es una comisión proveniente de Dios y la obra de Su casa, si la hago, la gente podría menospreciarme. Otros llevan a cabo una obra que les permite destacar. Se me ha asignado esta tarea que no me permite destacar, sino que me hace trabajar entre bastidores, ¡es injusto! No haré este deber. Mi deber tiene que hacerme destacar ante los demás y permitirme forjarme un nombre, y aunque no me forje un nombre ni me haga destacar, debería recibir algún beneficio de él y sentirme cómodo físicamente’. ¿Es aceptable esta actitud? Ser quisquilloso es no aceptar cosas de Dios; es tomar decisiones de acuerdo con tus propias preferencias. Esto no es aceptar tu deber; es rechazarlo, es una manifestación de tu rebeldía contra Dios. Esta exigencia está adulterada con tus propias preferencias y deseos. Cuando consideras tu orgullo y tu estatus, tus propios intereses, y otras cosas similares, tu actitud hacia tu deber no es de sumisión. ¿Qué actitud debes tener ante tu deber? Primero, no debes tratar de averiguar quién te lo asignó, sino que debes aceptarlo de parte de Dios: es una comisión de Dios, es tu deber y has de someterte a las instrumentaciones y los arreglos de Dios y aceptar tu deber. Segundo, no discrimines entre lo superior y lo inferior, y no te preocupes por la naturaleza del deber: si te permite destacar o no, si se realiza delante de la gente o entre bastidores. No tomes en consideración estas cosas. Existe además otro aspecto en esta actitud: la sumisión y la cooperación activa” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. ¿Cuál es la realización del propio deber acorde al estándar?). “Por ejemplo, si estás al cargo de prepararles la comida a tus hermanos y hermanas, ese es tu deber. ¿Cómo has de tratar semejante tarea? (Debo buscar los principios-verdad). ¿Cómo haces tal cosa? Tiene relación con la realidad y la verdad. Debes pensar en cómo poner la verdad en práctica, cómo hacer bien este deber y qué aspectos de la verdad implica tal deber. El primer paso es saber esto antes que nada: ‘No estoy cocinando para mí. Lo que estoy haciendo es mi deber’. El aspecto aquí involucrado es la visión. ¿Qué hay del paso dos? (Debo pensar en cómo cocinar bien la comida). ¿Cuál es el criterio de cocinar bien? (Debo buscar los requerimientos de Dios). Eso es. Solo los requerimientos de Dios son la verdad, el estándar y el principio. Cocinar de acuerdo con los requerimientos de Dios es un aspecto de la verdad. Primero que nada, debes considerar este aspecto de la verdad y luego contemplar esto otro: ‘Dios me ha encargado este deber para que lo haga. ¿Qué estándar requiere Dios?’. Este fundamento es un requisito. Entonces, ¿cómo has de cocinar para cumplir con el estándar de Dios? La comida que prepares ha de ser saludable, sabrosa, limpia y no resultar dañina para el cuerpo; tales son los detalles relevantes. Mientras cocines de acuerdo con este principio, se preparará la comida de acuerdo con los requerimientos de Dios. ¿Por qué digo esto? Porque buscabas los principios de este deber y no has excedido el ámbito que ha delimitado Dios. Esta es la manera correcta de cocinar. Has realizado bien tu deber y de manera acorde al estándar” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo si se buscan los principios-verdad es posible hacer bien el deber). En la casa de Dios, ningún deber se arregla basándose en el género de una persona, y no hay deberes nobles o humildes. La actitud adecuada hacia tu deber es aceptarlo de parte de Dios y someterte. Sin importar quién lo arregle o si estás en el centro de atención, debes buscar los principios-verdad para cumplir tu deber. Esta es la manera correcta de practicar y está de acuerdo con las intenciones de Dios. Cuando el líder me arregló el deber de acogida, no debería haberme preocupado por ser menospreciado, sino que debería haber buscado los principios-verdad y haber hecho mi mejor esfuerzo por cumplir mi deber. Primero, tenía que hacer todo lo posible para mantener un entorno seguro para las hermanas. Además, tenía que mantener la casa limpia y, al cocinar, tenía que considerar cómo hacer comidas nutritivas y saludables. Realizar mi deber de acogida, por un lado, corrigió mi punto de vista falaz y machista, de modo que ya no veía a las mujeres a través del lente tradicional de “los hombres son superiores a las mujeres”. Por otro lado, también mejoró mis habilidades para la vida. Ahora soy mucho más hábil para lavar y cortar verduras, y en casa, básicamente, soy yo quien cocina y limpia. Recuerdo que una vez, durante el almuerzo, mi esposa dijo con una sonrisa: “Yo solía cocinar para ti, pero nunca pensé que ahora sería al revés”. Mis hijos también dijeron que había cambiado. A veces, algunas hermanas vienen a mi casa a discutir sus sermones, y la mayoría de las veces, soy yo quien cocina. Ya no siento que sea degradante o humillante en absoluto. Las hermanas incluso dicen que el pescado que cocino es delicioso. Ser capaz de liberarme de estas ideas machistas tradicionales y vivir un poco de humanidad normal es un resultado logrado completamente a través de las palabras de Dios. ¡Gracias a Dios!