15. La elección de una gerente de ventas

Por Ye Qiu, Reino Unido

Nací en un pueblo pequeño del sur de China. Mi padre era un médico muy conocido en la zona y nuestra familia era bastante pudiente. Desde pequeña, disfruté de un mejor nivel de vida que el de mis pares, lo que me dio un sentimiento de superioridad. Desde que tengo uso de razón, mi padre solía enseñarme que debía soportar las mayores adversidades para convertirme en el mejor. Escuchaba la historia de mi padre sobre el camino que había recorrido desde el campo hasta asentarse en el pueblo, veía cómo siempre venía gente a casa a intentar congraciarse con él y observaba cómo, dondequiera que iba, la gente lo admiraba y lo recibía con afecto. En mi ignorancia de la juventud, de a poco empecé a entender el valor de destacarse por encima de los demás y decidí que quería ser una persona con estatus y que tuviera la admiración y el respeto de los demás. Pero, cuando tenía 12 años, enviaron a mi padre a la cárcel por unos presuntos negocios ilegales y nuestro hogar, antes tan concurrido, se convirtió de repente en un lugar desolado. Mi madre, mi hermana y yo nos quedamos solas y sin otra ayuda que la propia nuestra. Ya no quedó ni rastro de las personas que antes habían sido tan afectuosas con nosotras. Sentí una enorme desolación, sobre todo, al ver las dificultades que pasaba mi madre yendo de aquí para allá para pedir dinero prestado, así que me propuse estudiar con diligencia y destacar para poder llevar una vida superior a la de los demás y que me ganara envidia y admiración, y así recuperar nuestra dignidad. Mis esfuerzos dieron fruto y, al final, conseguí entrar en la universidad. Sin embargo, aún no me atrevía a relajarme. Las palabras de mi padre, “Soporta las mayores adversidades para convertirte en el mejor”, no paraban de darme motivación. Creía que, si seguía esforzándome, un día tendría éxito y obtendría fama y provecho.

Después de graduarme de la universidad en 2006, me fui sola a Shanghái y empecé a trabajar en ventas en una empresa. Para conseguir más pedidos, viajaba con frecuencia a otras ciudades para visitar a los clientes. Como me mareaba durante los viajes, viajar a distintas ciudades me dejaba agotada y, cuando me bajaba del autobús, aún tenía que reunir todas mis fuerzas para ver a los clientes. Aparte del dolor físico, los constantes compromisos sociales de negocios y el trato diario con compañeros y clientes me dejaban aún más exhausta. Para conseguir pedidos de los clientes, compré los libros “Teoría de la insensibilidad y el corazón negro” y “El camino del lobo”. De esos libros aprendí muchas normas ocultas del sector, así como formas de lidiar con los asuntos mundanos. Más adelante, en el trabajo, por dentro, competía con mis compañeros tanto abiertamente como tras bastidores para superarlos. Por fuera, no solo adulaba a los clientes, sino que también les daba coimas y hacía tratos bajo mano. Al principio, estas cosas me inquietaban. Si salían a la luz, no solo dañarían la reputación de la empresa, sino que yo también podría acabar en la cárcel, así que vivía todos los días en tensión. Cuando la presión me sobrepasaba, solía despertarme a mitad de la noche con pesadillas. Vivía cada día con miedo y ansiedad constantes. A veces, por la noche, cuando todo estaba en silencio, pensaba: “La presión en las ventas es demasiada; quizás debería cambiar de profesión”. Pero luego me decía a mí misma: “Soporta las mayores adversidades para convertirte en el mejor”. Y me animaba a mí misma: “Si quiero triunfar, tengo que soportar este sufrimiento; de lo contrario, ¿cuándo voy a conseguir éxito y renombre en esta metrópolis llena de gente talentosa?”. Así que seguí perseverando. Dos años después, pasé de ser una novata en mi trabajo a ser la campeona de ventas de mi equipo. No solo me valoraban los jefes y me envidiaban los compañeros, sino que mi salario también era cada vez más alto y por fin vivía la vida de profesional de oficina que siempre había deseado. Mi madre me decía feliz: “Hija, por fin se acabaron nuestros días difíciles. Ahora que te has hecho valer, ya no tendremos miedo de que nos amedrenten. Siento que puedo ir con la cabeza bien alta. ¡Tienes que seguir trabajando duro!”. Yo me decía en secreto: “No solo tengo que comprar una casa y un coche en Shanghái, sino que también debo convertirme en líder del sector para poder vivir una vida digna durante mucho tiempo”.

En 2008, poco después de casarme, mis suegros me predicaron el evangelio de Dios Todopoderoso de los últimos días. Después de leer las palabras de Dios, me conmovió profundamente Su obra de tres etapas para salvar a la humanidad. Sobre todo, cuando vi que las palabras que expresa Dios Todopoderoso son la verdad y que revelan muchos misterios que la humanidad desconocía, me sentí profundamente atraída por Sus palabras y, junto con mi marido, aceptamos el evangelio. Después de encontrar a Dios, nos reuníamos, leíamos Sus palabras y cantábamos himnos para alabarlo. Los hermanos y hermanas también compartían con nosotros su conocimiento vivencial. Vi que cada uno de ellos era puro y sencillo, totalmente distintos de las personas con las que me relacionaba en el trabajo. Entre ellos no había adulaciones ni puñaladas por la espalda, y hablaban con el corazón. Me hacía feliz interactuar con ellos, así como reunirme para compartir las palabras de Dios.

En junio de 2008, mi marido y yo pedimos un préstamo para comprar una casa. Todos mis compañeros de trabajo, los de mis estudios y mis familiares nos miraban con envidia. Sobre todo, cuando los vecinos se enteraron de que éramos forasteros y habíamos comprado una casa en solo dos años, nos admiraban y elogiaban aún más. Me sentía muy satisfecha por dentro y pensaba que estaba más cerca de tener la vida de nivel superior con la que siempre había soñado. Más adelante, me ascendieron, el título en mi tarjeta de negocio pasó a decir “Gerente de Ventas”, y pasé de tener un despacho en una esquina pequeña a uno en un espacio independiente y más destacado. Mis compañeros me saludaban con respeto al verme y los clientes también me llamaban “Gerente Ye”. Caminaba erguida, de repente sentí que era distinta a los demás y disfrutaba mucho de esa sensación de estar por encima de los demás. Por aquel entonces, salvo cuando asistía a reuniones, dedicaba casi todo mi tiempo al trabajo. Pensaba en ganar dinero con rapidez para pagar el préstamo y poder comprar una casa más grande para traer a mi madre a vivir con nosotros, lo que también le permitiría a ella disfrutar de esta vida superior. A medida que la empresa crecía, las normas y la reglamentación se volvían cada vez más estrictas y complejas y, como Gerente de Ventas, tenía que participar en las distintas evaluaciones de la empresa y ponerlas en práctica. En esa situación, me sentía atrapada en un dilema: si hacía bien mi trabajo en la empresa, obstaculizaría mi vida de iglesia, pero, si tenía una vida de iglesia, mi trabajo se resentiría. Además, si no hacía bien mi trabajo, la vida superior que llevaba ahora seguro que desaparecería. Al principio, era capaz de seguir asistiendo a las reuniones, pero, un día, me enteré por mis compañeros de que mis subordinados comentaban entre ellos que yo me iba del trabajo puntualmente todos los días, sin el porte de una líder. También decían que me debía haber valido de alguna artimaña para agradar a los superiores y conseguir mi puesto. Al oír esos comentarios, me sentí muy consternada e intranquila y pensé: “Ahora, la competencia en el mercado es muy feroz. Si no trabajo más duro para mantener este puesto, alguien podría reemplazarme algún día, lo que me haría perder este trabajo y esta vida tan prestigiosos, respetados y envidiados que tanto me han costado conseguir. No puede ser. Necesito lograr algo concreto”. A partir de entonces, empecé a acortar mis prácticas devocionales matutinas y, a veces, ni siquiera tenía tiempo para hacerlas y me iba al trabajo a las apuradas. Después del trabajo, si no había ninguna reunión, procuraba quedarme en la empresa haciendo horas extras. Además de eso, intentaba asistir a todas las comidas con los superiores y los clientes, y ponía buena cara cuando estaba con ellos. En realidad, sabía que lo que estaba haciendo no estaba de acuerdo con la intención de Dios y me sentía hastiada de mí misma por adular a los demás de ese modo, pero, cuando pensaba que esta era la única forma de mantener mi puesto, no me quedaba más remedio que seguir haciendo lo mismo.

Durante esa época, casi siempre llegaba a las reuniones justo en el último minuto y hasta hubo veces que no pude asistir por estar de viaje de negocios durante varios días seguidos. Cada vez que los hermanos y hermanas me preguntaban sobre mi estado, me invadía la culpa, pero no podía hacer nada al respecto. Llevar esa rutina tan irregular y esa presión mental durante tanto tiempo hizo que mi salud se deteriorara. Al principio, solo se me caía el cabello, pero después no paraba de engordar y se me cubrieron las pantorrillas de manchas moradas. Tras hacerme una revisión en el hospital, me diagnosticaron colesterol alto y púrpura alérgica. El médico dijo que mi enfermedad estaba muy relacionada con mi trabajo, que el tremendo estrés laboral y la rutina irregular habían alterado mi sistema inmunológico y que, sobre todo, los frecuentes compromisos sociales de negocios y una dieta poco saludable habían derivado en una disfunción metabólica. Me dijo que, si seguía con ese estilo de vida y en ese estado mental, mi afección no haría más que empeorar, podría derivar en enfermedades cardiovasculares y hasta poner en peligro mi vida. Me preocupaba mi salud, pero me sentía impotente y pensaba: “En la sociedad de hoy, para estar por encima de los demás, uno tiene que pagar un precio; hay provechos, pero también pérdidas. Si un día no tengo presión ni tengo que asistir a eventos de trabajo, entonces, ya no seré jefa. Todavía soy joven y mi cuerpo puede aguantar, así que, primero, superaré esta etapa”.

Un día de abril de 2009, una líder de la iglesia me preguntó: “¿Estarías dispuesta a cumplir el deber de regar a los nuevos fieles?”. Pensé que todo ser creado tiene la responsabilidad de cumplir su deber y que, a través de los deberes, uno puede entender más verdades, así que acepté encantada. Pero, cuando me enteré de que habría reuniones casi todas las noches, vacilé: “La empresa evalúa constantemente el número de visitas a los clientes. Además, yo también estoy a cargo de guiar las ventas del departamento. Si tengo reuniones todos los días, ¿cómo haré mi trabajo? Si no gestiono bien el equipo y no alcanzamos los objetivos de ventas, entonces, seguro que ya no podré seguir como gerente de ventas. ¿No desaparecerán entonces mi puesto de gerente y la vida estable y cómoda que tanto me han costado conseguir? ¿No me será aún más difícil salir adelante en el futuro?”. Al pensar en esto, le dije a mi hermana: “Tengo que pensármelo un poco más”. En los días siguientes, no paraba de darle vueltas al asunto. Dormía mal por las noches y me sentía en conflicto y afligida.

Durante una reunión, compartí mi angustia con los hermanos y hermanas, y leímos las palabras de Dios: “El hombre, que nació en una tierra tan inmunda, ha sido infectado de extrema gravedad por la sociedad, condicionado por la ética feudal y ha recibido la educación de los ‘institutos de educación superior’. Un pensamiento retrógrado, una moral corrupta, una perspectiva inmoral de la vida, una filosofía despreciable para los asuntos mundanos, una existencia completamente inútil y costumbres y una vida cotidiana vulgares, todas estas cosas han estado penetrando fuertemente en el corazón del hombre y han estado dañando y atacando gravemente su conciencia. Como resultado, el hombre se distancia cada vez más de Dios y se opone cada vez más a Él. El carácter del hombre se vuelve más implacable día tras día, y no hay ni una persona que esté dispuesta a renunciar a algo por Dios; ni una persona que voluntariamente se someta a Dios y, menos aún, que busque la aparición de Dios. En vez de ello, el hombre busca el placer a su antojo bajo el poder de Satanás y corrompe su carne con desenfreno en el lodazal. Incluso cuando oyen la verdad, aquellos que viven en la oscuridad no desean practicarla ni tampoco muestran interés en buscar ni siquiera cuando ven que Dios ya ha aparecido. ¿Cómo podría una especie humana tan depravada como esta tener alguna posibilidad de salvación? ¿Cómo podría semejante especie humana decadente vivir en la luz?(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Permanecer con un carácter invariable es estar enemistado con Dios). “Durante decenas, millares, decenas de millares de años hasta ahora, las personas han malgastado así su tiempo, sin nadie que haya creado la vida humana más espléndida de todas; se han limitado a masacrarse unos a otros, luchando por fama y provecho, confabulando los unos contra los otros en este mundo oscuro. ¿Quién ha buscado alguna vez las intenciones de Dios? ¿Alguna vez le ha prestado alguien atención a la obra de Dios? Todas las partes de las personas ocupadas por la influencia de la oscuridad hace mucho que se convirtieron en naturaleza humana, de manera que es bastante difícil llevar a cabo la obra de Dios y hoy las personas tienen aún menos ánimo de prestar atención a lo que Dios les ha encomendado(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La obra y la entrada (3)). Después de leer las palabras de Dios, me sumí en una profunda reflexión. Haciendo memoria, me di cuenta de que, desde pequeña, me habían influenciado ideas como “destácate del resto y honra a tus antepasados”, “el hombre lucha hacia arriba; el agua fluye hacia abajo” y “soporta las mayores adversidades para convertirte en el mejor”. Había decidido que, cuando fuera mayor, destacaría, me haría un nombre y llevaría una vida superior a la de los demás. Para lograrlo, durante mis años de estudiante, me quedaba estudiando hasta altas horas de la noche y, después de que entré en el mundo laboral, transigí con mis principios para hacerme un hueco y hasta llegué a hacer tratos bajo mano con los clientes para conseguir pedidos. Vivía constantemente preocupada de que mis actos quedaran al descubierto y cayera en desgracia, y esa enorme presión le pasó factura tanto a mi cuerpo como a mi mente. Cuando finalmente obtuve el salario elevado y el título con los que siempre había soñado y me gané la admiración y la envidia de quienes me rodeaban, para consolidar mi posición, seguí urdiendo tramas y rivalizando con mis compañeros, halagaba a clientes y a mis superiores, y participaba en diferentes eventos laborales todos los días. El llevar una rutina tan irregular y un estilo de vida poco saludables durante tanto tiempo hizo que mi cuerpo empezara a dar señales de alerta. Sin embargo, no me atrevía a parar por la fama y el provecho. Aunque sabía que la adulación y los halagos de los demás estaban llenos de falsedades y, aunque sabía que a Dios no le gustaban mis actos falsos ni mis mentiras, no podía dejar de perseguir la fama y el provecho. Aunque eso supusiera sacrificar mi salud, perderme reuniones y dificultar mi crecimiento en la vida, prefería conservar con esmero mi trabajo, lo que me hacía vivir cada día sumida en el dolor y el tormento. Entonces, me pregunté: “¿De qué sirve tener un alto cargo o más dinero?”. Pensé en las celebridades, la gente rica y conocidos míos, quienes, tras obtener fama, provecho y estatus, buscaban emociones fuertes para llenar su vacío interior. Algunos vulneraban la ley a sabiendas y terminaban en la cárcel, otros vulneraban normas morales, lo que causaba rupturas familiares y la ruina de su reputación, y algunos incluso elegían el suicidio, con lo cual tomaban el camino sin retorno. Mi padre era un ejemplo vivo de ello. Una vez, llegó a tener gloria sin límites y recibió muchas alabanzas y admiración, pero su codicia lo llevó a seguir tendencias malignas y, al final, infringió la ley en sus negocios y acabó en la cárcel. Vi que la fama, el provecho y el estatus son los medios que usa Satanás para corromper a las personas. En ese momento, me di cuenta de que, aunque creía en Dios, la realidad era que seguía estando bajo el control de Satanás. Satanás usaba la fama y el provecho para seducirme y atormentarme, me hacía vivir sin integridad ni dignidad y sin siquiera la conciencia más básica. Me di cuenta de que perseguir fama, provecho y estatus solo haría que me perdiera, me haría caer en la depravación y, al final, alejarme de Dios, traicionarlo y perderme mi oportunidad de obtener la salvación.

Luego, leí más de las palabras de Dios: “Los hombres y mujeres que disfrutan de su fama y provecho y persiguen su estatus personal en medio de los demás; los impenitentes atrapados en el pecado, ¿no son todos ellos imposibles de salvar?(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Práctica (7)). “Vosotros estáis en las mismas circunstancias que Yo, pero estáis cubiertos de inmundicia; ni siquiera tenéis el menor rastro de la semejanza original de los seres humanos creados en el principio. Además, como imitáis cada día la semejanza de esos espíritus inmundos, hacéis lo que ellos hacen, y decís lo que ellos dicen, todas las partes de vosotros e incluso vuestra lengua y labios están empapados de su agua inmunda hasta el punto de estar totalmente cubiertos de esas manchas, y no hay una sola parte de vosotros que pueda usarse para Mi obra. ¡Es tan desgarrador! Vivís en semejante mundo de caballos y ganado, con todo, realmente no os sentís angustiados; y estáis llenos de alegría, vivís libre y fácilmente. Estáis nadando en esa agua inmunda, pero no sabéis realmente que habéis caído en esta clase de circunstancias. Te juntas cada día con espíritus inmundos y tienes tratos con ‘excrementos’, y tu vida es muy vulgar; en realidad no sabes en absoluto que no vives en el mundo humano, y que no tienes el control de ti mismo. ¿No sabes que hace mucho que los espíritus inmundos pisotearon tu vida, que el agua inmunda ensució tu calidad humana? ¿Piensas que estás viviendo en el paraíso terrenal, que estás en medio de la felicidad? ¿No sabes que has vivido una vida junto a los espíritus inmundos y que has coexistido con todo lo que ellos han preparado para ti? ¿Cómo podría tener sentido alguno tu forma de vida? ¿Cómo podría tener valor alguno tu vida?(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¡Sois todos muy vulgares en vuestro carácter!). Después de leer las palabras de Dios, entendí que quienes intentan por cualquier medio conseguir fama, provecho y estatus son personas malvadas e inmundas a los ojos de Dios, y que no tienen redención. Pensé en las celebridades, los políticos y los empresarios de mayor éxito del mundo. La mayoría posee grandes habilidades sociales y se comportan de forma escurridiza. Aunque parecen glamurosos y envidiables, lo que hacen es corrupto, degenerado, traicionero y perverso, y son la clase de persona que Dios pone al descubierto como espíritus inmundos. Pensé en cómo, durante esos años, yo había aprendido varias tácticas mundanas en el trabajo para conseguir fama, provecho y estatus, tanto cuando hacía tratos bajo mano como cuando sobornaba a clientes, así como cuando adulaba a jefes y clientes, y me congraciaba con ellos. Todas esas eran tácticas fraudulentas y artimañas para engañar y manipular a las personas. ¿No había aprendido también a hacer cosas injustas como esos espíritus inmundos? ¿En qué se diferenciaban mis actos de los de esos espíritus inmundos? Al darme cuenta de esto, me llené de un enorme temor y espanto. Dios es un Dios que aborrece el mal y, en Su reino, no se permiten las impurezas. Si no me arrepentía y seguía atrapada en la vorágine de fama, provecho y estatus, por muy alto que fuera mi cargo o por muchos placeres materiales que consiguiera, seguiría siendo maldecida por Dios y, en última instancia, perdería por completo mi oportunidad de obtener la salvación.

Más adelante, leí las palabras de Dios: “Expreso Mi misericordia hacia los que me aman y renuncian a sí mismos. Mientras tanto, el castigo traído sobre los malvados es precisamente una prueba de Mi justo carácter y, más aún, testimonio de Mi ira. Cuando llegue el desastre, todos aquellos que se oponen a Mí llorarán cuando el hambre y la peste caigan sobre ellos. Quienes me hayan seguido durante muchos años, pero hayan cometido toda clase de acciones malvadas, no se librarán de pagar por sus pecados; ellos también caerán en la catástrofe, que apenas se ha visto durante millones de años, y vivirán en un constante estado de pánico y miedo. Y aquellos de Mis seguidores que han sido absolutamente leales a Mí se regocijarán y aplaudirán, alabando Mi poderío. Ellos experimentarán un estado inefable de despreocupada felicidad y vivirán en un júbilo que Yo nunca antes he otorgado a la humanidad. Porque Yo atesoro las buenas obras del hombre y aborrezco sus acciones malvadas. Desde que comencé a liderar a la humanidad, he estado esperando ansiosamente obtener un grupo de personas que piense igual que Yo. Pero nunca olvido a los que no piensan igual que Yo; los odio siempre en Mi corazón, a la espera de la oportunidad de hacerles responder por sus acciones malvadas, algo que disfrutaré cuando lo vea. ¡Ahora, Mi día finalmente ha llegado y ya no necesito esperar!(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Prepara suficientes buenas obras para tu destino). Las palabras de Dios me hicieron entender que los que, al final, reciben las bendiciones de Dios son aquellos que ganan la verdad y tienen Su mismo sentir y pensar. La oportunidad que Dios me dio hoy de cumplir mi deber fue para permitirme obtener la verdad, buscar conocer a Dios y, en última instancia, alcanzar Su salvación. Si solo me centraba en buscar fama y provecho, pero no en perseguir la verdad ni en cumplir bien con mi deber para preparar buenas obras, me perdería mi oportunidad de obtener la salvación. En ese momento, finalmente entendí la intención de Dios y me di cuenta de que esta oportunidad de cumplir mi deber era Dios, que me estaba salvando y ayudándome a salir del lodazal de la fama, el provecho y el estatus. Le di gracias a Dios por Su esclarecimiento y sentí que me pesaba mucho menos el corazón, así que oré a Dios: “Dios mío, gracias por el esclarecimiento de Tus palabras. Ya no voy a pensar en las dificultades del trabajo ni en perder o ganar estatus. Estoy dispuesta a someterme a Tus arreglos y a cumplir mi deber”. Después, acepté el deber de regar a los nuevos fieles. Durante el día, trabajaba en la empresa y, después del trabajo, me reunía con los hermanos y hermanas para compartir las palabras de Dios, y prácticamente dejé de participar en los eventos sociales de la empresa. Aunque el deber era un poco duro y agotador, mi corazón estaba en paz y alegre. Lo que no esperaba era que, durante varios meses seguidos, el rendimiento de mi equipo no solo cumpliera los objetivos, sino que los clientes que mantenía solo a través de llamadas telefónicas también firmaran varios pedidos. Hasta mi jefe me elogió con nombre y apellido en una reunión de la empresa. Estaba muy emocionada y feliz, y vi cómo la mano de Dios orquestaba todas estas cosas y era soberano sobre ellas.

El 14 de noviembre de 2009, me eligieron líder de la iglesia. Sabía que era una gran oportunidad para entender las realidades-verdad y entrar en ellas, y que no podía defraudar a Dios. El deber de líder me mantenía muy ocupada y, para hacerlo bien, no podía trabajar al mismo tiempo, así que supe que había llegado el momento de renunciar a mi trabajo. Justo cuando reuní el valor para renunciar, la empresa publicó un aviso que decía que podían tramitar el permiso de residencia local para los empleados más veteranos y, en mi caso, podía solicitar el registro de residencia local de forma directa. Al ver este beneficio, flaqueé un poco y pensé: “¡Poder empadronarme localmente es el sueño de muchos forasteros! No solo tendría una vida mejor y acceso a los beneficios de la seguridad social, sino que también mejoraría mi estatus y me ganaría el respeto de más personas. ¡Es una oportunidad única y difícil de conseguir! Si renuncio, no volveré a tener una oportunidad así nunca más. Quizás deba esperar a que me tramiten el empadronamiento y renunciar después”. Pero luego pensé en la intención urgente de Dios de salvar a las personas y me di cuenta de que, si seguía haciendo planes para obtener fama, provecho y estatus, estaría decepcionando a Dios. Al volver a casa, oré a Dios y le pedí que me guiara a entender Su intención y a tomar la decisión correcta. Leí las palabras de Dios: “Como miembros de la raza humana y cristianos devotos, es responsabilidad y obligación de todos nosotros ofrecer nuestra mente y nuestro cuerpo para el cumplimiento de la comisión de Dios, porque todo nuestro ser vino de Él y existe gracias a Su soberanía. Si nuestras mentes y nuestros cuerpos no están dedicados a la comisión de Dios ni a la causa recta de la humanidad, nuestras almas se sentirán avergonzadas ante aquellos que fueron martirizados a causa de la comisión de Dios, y aún más ante Dios, que nos ha provisto de todo(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Apéndice II: Dios tiene soberanía sobre el porvenir de toda la humanidad). “Si puedes dedicar tu corazón, tu cuerpo y todo tu amor verdadero a Dios, ponerlos delante de Dios, ser completamente sumiso a Él y ser absolutamente considerado con Sus intenciones, y no actuar por la carne, por la familia y por tus propios deseos, sino por los intereses de la casa de Dios, tomando la palabra de Dios como tu principio y fundamento de todo, entonces, al hacer esto, todos tus motivos y perspectivas se corregirán, y serás una persona que recibe la aprobación de Dios en Su presencia(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Aquellos que de verdad aman a Dios son los que pueden someterse completamente a Su practicidad). “Lo que os pido sigue siendo que entreguéis todo vuestro ser a toda Mi obra; e, incluso más si cabe, te pido que disciernas claramente y veas con precisión toda la obra que Yo he realizado en ti, y que entregues toda tu energía para que Mi obra pueda lograr mejores resultados. Esto es lo que debes entender. Desiste de competir unos con otros, de buscar un plan de contingencia o las comodidades de tu carne, de modo que evites retrasar Mi obra y obstaculizar tu maravilloso futuro. Lejos de protegerte, hacer eso solo te podría traer destrucción. ¿No sería esto una necedad de tu parte?(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La obra de difundir el evangelio es también la obra de salvar al hombre). Después de leer las palabras de Dios, fue como si hubiera oído Su llamada. Dios tiene la esperanza de que dediquemos toda nuestra energía a perseguir la verdad y a cumplir nuestros deberes, y espera que busquemos vivir una vida con sentido. Si renunciaba a mi trabajo, puede que mis condiciones materiales no fueran tan buenas como antes y que mi estatus social tampoco fuera tan alto, pero podría vivir en la casa de Dios, disfrutar cada día del riego y el sustento de Sus palabras, y colaborar con los hermanos y hermanas al cumplir nuestros deberes y perseguir la verdad juntos. Por medio de los deberes, podría entender la verdad, despojarme del carácter corrupto de Satanás y recibir la salvación de Dios. Esta es la senda correcta en la vida y la vida que tiene más sentido. En ese momento, sentí que Dios aguardaba mi decisión, mi respuesta. Sus palabras conmovieron profundamente mi corazón y me sentí decidida a renunciar a todo de buen grado para complacer a Dios. Oré a Dios: “Querido Dios, veo que no tengo la verdad ni un lugar para Ti en mi corazón. Para conseguir el registro de residencia local, estuve a punto de volver a caer en la trampa de la fama, el provecho y el estatus. Gracias por Tus palabras, que me han protegido, me han permitido entender que el deber que me has encomendado es una muestra de Tu amor y me han hecho darme cuenta de que perseguir la verdad y cumplir bien con mi deber es lo más significativo. Quiero darte una respuesta satisfactoria”. Por lo tanto, presenté mi carta de renuncia en la empresa. Los directivos no paraban de intentar convencerme de que me quedara, pero no titubeé nunca. Gracias a la protección de Dios, pude superar la tentación.

En el momento en que salí de la empresa, miré el cielo azul y los árboles frondosos y sentí una alegría indescriptible. Me sentí como un pajarillo que había salido de su jaula y volvía a volar libre por el cielo, y pensé en un pasaje de las palabras de Dios que amo: “Cuando la gente tiene los objetivos de vida correctos, puede perseguir la verdad y comportarse según la verdad, cuando se someten absolutamente a Dios y viven según Sus palabras, cuando se sienten con los pies en la tierra e iluminados hasta lo más hondo de su corazón y este está libre de oscuridad, así como cuando viven totalmente libres y liberados en la presencia de Dios, solo entonces obtienen una auténtica vida humana y solo tales personas son aquellas que poseen la verdad y la humanidad. Además, todas las verdades que has entendido y ganado proceden de las palabras de Dios y de Dios mismo. Solo cuando obtengas la aprobación de Dios Altísimo, el Creador, y Él diga que eres un ser creado acorde al estándar y que estás viviendo con semejanza humana, tu vida tendrá el mayor significado(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Cómo conocer la naturaleza del hombre). Solo al creer en Dios y al adorarlo, al perseguir la verdad, al escapar de la influencia oscura de Satanás y al vivir según las palabras de Dios, podemos vivir una vida realmente valiosa. Solo entonces puede nuestro corazón hallar paz y tranquilidad verdaderas. Fueron las palabras de Dios las que me guiaron a tomar la decisión correcta. ¡Gracias a Dios Todopoderoso!

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