4. Reflexiones después de mi aislamiento
En marzo de 2023, nuestro distrito celebró una elección extraordinaria para elegir a un líder de distrito. Pensé: “Aunque mi entrada en la vida no ha sido la mejor, siempre he estado a cargo del trabajo evangélico. El ámbito de mi responsabilidad ha sido bastante amplio, y el trabajo también ha dado algunos resultados. En esta elección de líder de distrito, los hermanos y hermanas probablemente deberían elegirme a mí, ¿verdad? Aunque ahora soy supervisora del trabajo evangélico, este es un deber de una sola tarea y solo me conocen unas cuantas personas, pero ser líder de distrito es otra cosa. Ellos supervisan el trabajo en general y hay más personas que los respetan y admiran. Si al final me eligen, seguro que los hermanos y hermanas pensarán que persigo la verdad y que no solo soy capaz de supervisar el trabajo evangélico, sino también que soy capaz de ser líder”. Al pensar en esto, me sentí muy feliz.
Durante esos días, hice mis deberes de forma muy activa y, siempre que alguien hacía una pregunta en el grupo de chat, respondía enseguida y a veces consultaba con los líderes sobre los problemas y les informaba en privado de los que encontraba, ya que quería que pensaran que tenía sentido de carga y responsabilidad para que votaran por mí en la elección. Para mi completa sorpresa, una noche vi un mensaje de los líderes superiores en el que anunciaban que habían elegido líder de distrito a la hermana Charlotte. Al ver ese nombre, me sentí muy molesta y pensé: “Aunque Charlotte siempre había cumplido deberes de liderazgo, acaba de llegar a nuestro distrito a predicar el evangelio y no está muy familiarizada con la situación aquí. Entonces, ¿por qué la eligieron líder de distrito? Yo había estado supervisando su trabajo durante un tiempo, pero ahora que la han elegido líder y ella dará seguimiento a mi trabajo, ¿cómo puedo volver a asomar la cara? ¿Podría ser que los hermanos y hermanas realmente me vieran tan inferior?”. Me sentía poco convencida. “¿Exactamente en qué soy inferior a Charlotte? En lo que respecta a nuestros ámbitos de responsabilidad, el suyo no es más amplio que el mío; en cuanto a la experiencia de trabajo y los principios dominados, ella tampoco es mejor que yo; y con respecto a sufrir y pagar un precio, yo ciertamente he sufrido mucho. Durante la época en que supervisé el trabajo evangélico, lo que sea que la iglesia dispusiera que hiciera, lo hacía y, cuando encontraba problemas en el trabajo, nunca me quejaba ni refunfuñaba, por mucho que costaran o dolieran las cosas. Sin embargo, a pesar de todo mi esfuerzo, ¿por qué habían elegido a Charlotte y no a mí? ¿Podía ser que hubiera algún problema conmigo? ¿Acaso no era apta para ser líder de distrito o solo estaba capacitada para hacer un deber unidimensional?”. Cuanto más lo pensaba, más incómoda me sentía y perdí la motivación para hacer mis deberes.
Durante esa época, el trabajo evangélico de la iglesia tuvo algunas dificultades y problemas, y justo coincidió que esa era el área por la que Charlotte era responsable principalmente. Ella acudía a los hermanos y hermanas para discutir sobre cómo resolver esos problemas. Aunque ese trabajo estaba fuera del ámbito bajo mi supervisión, yo había supervisado el trabajo evangélico durante más tiempo, así que debía haber colaborado con ellos para encontrar soluciones. Pero, cuando pensaba que eso pertenecía al ámbito de trabajo bajo la responsabilidad de Charlotte, sentía que, si realmente resolviera los problemas, seguro que los líderes superiores pensarían que era mérito de Charlotte y dirían que tenía capacidad de trabajo. Cuando lo pensaba, no quería participar en el debate. Incluso cuando me preguntaban, me excusaba con cortesía y decía: “Háblenlo entre ustedes; yo no sé mucho del tema”. Hasta me aprovechaba de los defectos de Charlotte y, de vez en cuando, desahogaba mi insatisfacción con las hermanas a mi alrededor y decía: “Sin entender los principios, simplemente no servirá. Con tantos problemas que hay en el trabajo ahora mismo, ¿cómo va a dar seguimiento al trabajo y a resolver los problemas si no entiende los principios?”. Ellas me oían, estaban de acuerdo y decían: “Sí, no está nada bien que no entienda los principios, ya que no puede resolver los problemas de esa manera”. Después de oír esto, me sentía feliz por dentro y pensaba: “Como ustedes no me tienen mucha estima, a ver si la que eligieron realiza el trabajo. Quiero ver lo bien que puede hacer su trabajo. Cuando surjan problemas en el trabajo, demostraré con los hechos que eligieron a la persona equivocada y les haré ver las consecuencias de no haberme elegido a mí”. En realidad, durante esa época estaba llena de oscuridad y dolor y, cuando veía problemas que surgían en el trabajo, a veces también me sentía culpable y pensaba que debía colaborar con Charlotte para resolverlos cuanto antes. Quise enviarle un mensaje a Charlotte en varias ocasiones, pero, cuando pensaba en que no me habían elegido líder de distrito, no podía tragarme el orgullo y retiraba las manos del teclado. Tenía el corazón atormentado y en una lucha constante en mi interior; era agónico. Me di cuenta de que mi estado no era el correcto y que debía modificarlo y cambiarlo sin demora; sin embargo, no quería desprenderme de mi orgullo y buscar hablar con Charlotte. Durante ese tiempo, me consumían la reputación y el estatus, y no estaba centrada en mi deber. No estuve dispuesta a cooperar cuando los líderes estaban implementando algunas tareas; cuando mis hermanos y hermanas no lograban captar los principios en sus deberes, vivían con dificultades o les faltaba dirección, yo no ayudaba a resolver sus dificultades; y cuando los líderes superiores me dieron su guía para ayudarme a dar seguimiento al trabajo evangélico, no lo hice ni implementé su guía a tiempo. Como consecuencia, la eficacia del trabajo evangélico no paró de decaer, hasta que el trabajo llegó a estar casi paralizado.
Poco tiempo después, me destituyeron. Luego, los líderes me asignaron como responsable del trabajo de un grupo evangélico. No solo no reflexioné sobre por qué me habían destituido, sino que me quejé de que los líderes lo hubieran hecho y seguí viviendo con sentimientos de resistencia y sin intención alguna de dar seguimiento al trabajo. El supervisor me expuso y me podó por no haber resuelto a tiempo los problemas del trabajo y por ser tan perezosa en el trabajo de seguimiento, pero yo no era capaz de asimilarlo. Tras algo más de un mes, el trabajo del que era responsable seguía sin mostrar ninguna mejoría. El supervisor vio que me negaba de forma sistemática a aceptar la verdad y a reflexionar sobre mí misma, así que me destituyó de mi posición como líder de grupo. Luego, me relegaron a una iglesia común y mi estado cayó aún más en picado. No quería hablar con nadie y ni siquiera abría la boca para compartir durante las reuniones. Los líderes intentaron ayudarme varias veces, pero no respondía a sus llamadas. Me sentía reacia a que el líder del grupo diera seguimiento a mi trabajo y no obtuve ningún resultado en mis deberes durante varios meses seguidos. Cuatro meses después, de repente, una líder se puso en contacto conmigo y me dijo: “Los hermanos y hermanas han informado que has tenido una actitud displicente con tus deberes, que no has logrado resultados reales y que tu humanidad es pobre. Desde que te destituyeron, has estado viviendo en un estado de negatividad y resistencia. No has demostrado ninguna actitud de aceptar la verdad, y no aceptas la supervisión y el seguimiento de tu trabajo por parte del líder de equipo. Según los principios, hay que aislarte para que reflexiones”. Cuando me enteré de que me iban a aislar, me quedé en blanco. Jamás habría pensado que después de creer en Dios durante tantos años y de haber renunciado a mi familia y a mi carrera por mi deber, acabaría siendo aislada. Durante esos días, pensé a menudo en lo que dijo la líder cuando me diseccionó: “No eres alguien que acepta la verdad”; “tu humanidad es pobre”; “no te sometes de verdad”. Estas palabras me daban vueltas por la cabeza sin cesar. No paraba de preguntarme: “¿Será que mi camino en la fe ha llegado a su fin?”. Sentía un vacío en el corazón y quería llorar, pero no me salían las lágrimas. Sentía que no había un buen desenlace para mí y hasta pensaba en volver al mundo. Cuando realmente quise irme, se me llenó el corazón de culpa y recordé cómo, una vez, había prometido que no abandonaría a Dios, pasara lo que pasara. Hacía muchos años que creía en Dios, había comido y bebido muchísimas de Sus palabras y había disfrutado de Su gracia y bendiciones. Realmente no tendría conciencia si me iba de esa manera. Pero, cuando pensaba en que la iglesia ya me había aislado, me volvía muy negativa y no sabía qué hacer. Durante esa época, no quería ver a nadie y me pasaba los días viviendo como un cadáver ambulante.
Un día, tuve un terrible y repentino dolor de muelas y ninguno de los medicamentos que tomaba me hacía efecto. Por la noche, lloraba sola bajo las sábanas y se me llenaba el corazón de una soledad y desolación indescriptibles. Quería orar a Dios, pero me sentía demasiado avergonzada para enfrentarlo. Sentía que no era alguien a quien Dios salvaría y que ya no era digna de orarle. Cuanto más cerraba mi corazón a Dios, peor era el dolor de muelas. Clamé en mi corazón: “Dios, Dios…”. Me arrodillé y oré a Dios: “Dios, me siento fatal. No quiero abandonar mi fe en Ti, pero no sé qué hacer”. Después de orar, recordé estos pasajes de las palabras de Dios: “Dado que estás seguro de que este camino es verdadero, debes seguirlo hasta el final; debes mantener tu lealtad a Dios” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Debes mantener tu lealtad a Dios). “No importa qué errores hayas cometido, no importa qué rumbos equivocados hayas tomado o cómo hayas transgredido, no dejes que se conviertan en cargas o en un exceso de equipaje que tengas que llevar contigo en tu búsqueda de conocer a Dios. Continúa marchando hacia adelante” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único VI). Al reflexionar sobre las palabras de Dios, me sentí profundamente conmovida. Sentí que Dios seguía guiándome y animándome a no rendirme y a seguir adelante, y sentí que se me fortalecía mucho el corazón y también me sentí muy culpable. Había buscado la reputación y el estatus, no había transitado por la senda correcta y había trastornado y perturbado el trabajo de la iglesia. Debido a mi comportamiento, fuera cual fuera la forma en que la iglesia me tratara, estaba justificada. Sin embargo, después de que me aislaran, hasta quise traicionar a Dios. ¡Fui tan intransigente! Hacía muchos años que creía en Dios, había comido y bebido muchas de Sus palabras y sabía que este era el camino verdadero. Aunque no tuviera un buen desenlace, debía seguir a Dios hasta el final. Oré a Dios: “Dios, he obrado mal y he sido muy rebelde. Que haya llegado a este punto es culpa mía. Dios, estoy dispuesta a reflexionar seriamente sobre mí misma y a levantarme de mi caída. Te ruego que me esclarezcas y me guíes para que pueda entenderme”. Durante esos días, seguía clamando a Dios de esta manera.
Durante una de mis prácticas devocionales, leí las palabras de Dios y gané algo de entendimiento sobre mí misma. Dios Todopoderoso dice: “Los anticristos consideran que su propio estatus y reputación son más importantes que cualquier otra cosa. Estas personas no solo son falsas, astutas y perversas, sino también extremadamente crueles. ¿Qué hacen cuando detectan que su estatus está en peligro o cuando han perdido su lugar en el corazón de la gente, su respaldo y afecto, cuando esa gente ya no les venera ni admira, cuando han caído en la ignominia? De repente, se vuelven hostiles. En cuanto pierden su estatus, se vuelven reacios a cumplir cualquier deber, todo lo que hacen es superficial, y no tienen ningún interés en hacer nada. Pero esta no es su peor expresión. ¿Cuál es entonces? En cuanto estas personas pierden su estatus, y nadie las admira ni se deja desorientar por ellas, salen el odio, los celos y la venganza. No solo no tienen un corazón temeroso de Dios, sino que también carecen siquiera de un ápice de sumisión. En su corazón, asimismo, odian la casa de Dios, la iglesia y a los líderes y obreros, anhelan que la obra de la iglesia tenga problemas o se paralice, quieren reírse de la iglesia y de los hermanos y hermanas. También odian a cualquiera que persiga la verdad y tema a Dios. Atacan y se burlan de cualquiera que sea leal en su deber y esté dispuesto a pagar un precio. Este es el carácter de los anticristos, ¿acaso no es cruel?” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9 (II)). Cuando vi este pasaje de las palabras de Dios, me sentí profundamente angustiada. Sentí que cada comportamiento que Dios dejaba en evidencia me describía, sobre todo, cuando leí que Dios decía que los anticristos valoran su reputación y estatus más que nada y que no se someten a Dios ni le temen. Se devanan los sesos y usan cualquier medio para conseguir estatus y, una vez que pierden su reputación y estatus o el apoyo y la admiración de la gente, enseguida se vuelven hostiles, se tornan negativos, holgazanean en su trabajo y sienten resentimiento e insatisfacción en su corazón. Desean que aparezcan problemas en el trabajo de la iglesia para poder burlarse de ella. Entonces, pensé sobre mi propio comportamiento. ¿Acaso no era exactamente igual? En el pasado, con tal de que me eligieran líder de distrito y pudiera ganarme la estima de los hermanos y hermanas, cuando veía que ellos enviaban mensajes con preguntas, respondía de inmediato para llamar la atención de los líderes. Pero, cuando me enteré de que habían elegido líder de distrito a Charlotte, no reflexioné sobre qué era lo que me faltaba. En cambio, como no me habían elegido y no podía conseguir estatus ni que más personas me admiraran, me volví reacia y empecé a discutir en mi corazón. Pensaba que tenía más experiencia y que llevaba más tiempo supervisando el trabajo evangélico que Charlotte, así que, al tomar estas cosas como capital, me sentí insatisfecha y descontenta y usé mis deberes para desahogar mis frustraciones. Cuando vi que el trabajo evangélico del que era responsable Charlotte tenía problemas, no solo no ayudé a resolverlos, sino que, además, me alegré de sus dificultades, me reí de ella e incluso deseaba que no se resolvieran los problemas para que fuera humillada frente a los hermanos y hermanas y todos pudieran ver que Charlotte no era tan buena como yo. No solo eso, sino que también desahogué mi insatisfacción con las hermanas a mi alrededor. Saqué partido de los pequeños errores en los deberes de Charlotte y la juzgué a sus espaldas, con la esperanza de que los hermanos y hermanas se pusieran de mi parte y pensaran que la iglesia había elegido a la persona equivocada y había tapado a alguien tan talentosa como yo. Después de que me destituyeron, no solo no reflexioné ni me conocí a mí misma, sino que no paré de resistirme y de negarme a someterme y no estuve dispuesta a dialogar con ellos cuando los líderes intentaron compartir conmigo. No tenía una actitud de buscar o aceptar la verdad para nada. En ese momento, entendí de repente que el hecho de que no me hubieran elegido líder era, en realidad, para protegerme. Como mi carácter era cruel y le daba demasiada importancia al estatus, cuando no lo obtenía, me volvía rencorosa, me burlaba de los demás y hasta los juzgaba y socavaba. Si realmente hubiera conseguido estatus, de seguro habría reprimido y excluido a todo aquel que no me escuchara y habría cometido males aún mayores. Al reflexionar sobre esto, entendí lo peligroso que había sido mi estado. Sin embargo, no me había dado cuenta en absoluto y permanecía intransigente e inflexible. Si no me hubieran aislado, habría seguido siendo obstinada e impenitente. Oré a Dios: “Dios, gracias por Tu guía. Ahora entiendo un poco sobre mí misma y veo que estoy al borde de un precipicio. Que no me hayan expulsado ya es Tu misericordia, y me estás dando una oportunidad para arrepentirme. Dios, estoy dispuesta a arrepentirme de verdad. Te ruego que me guíes para desentrañar la esencia y las consecuencias de perseguir el estatus”.
Durante una de mis prácticas devocionales, leí las palabras de Dios y gané algo de entendimiento sobre mi esencia-naturaleza. Dios Todopoderoso dice: “El aprecio de los anticristos por su reputación y estatus va más allá del de la gente corriente y forma parte de su esencia-carácter; no es un interés temporal ni un efecto transitorio de su entorno, sino algo que está dentro de su vida, de sus huesos y, por lo tanto, es su esencia. Es decir, en todo lo que hacen los anticristos, lo primero en lo que piensan es en su reputación y su estatus, nada más. Para los anticristos, la reputación y el estatus son su vida y el objetivo que persiguen a lo largo de toda su existencia. […] Se puede decir que, para los anticristos, la reputación y el estatus no son un requisito añadido ni mucho menos cosas que son externas a ellos de las que podrían prescindir. Forman parte de la naturaleza de los anticristos, los llevan en los huesos, en la sangre, son innatos en ellos. Los anticristos no son indiferentes a la posesión de reputación y estatus; su actitud no es esa. Entonces, ¿cuál es? La reputación y el estatus están íntimamente relacionados con su vida diaria, con su estado diario, con aquello que buscan día tras día. Para los anticristos, el estatus y la reputación son su vida. Sin importar cómo vivan, el entorno en que vivan, el trabajo que realicen, lo que busquen, los objetivos que tengan y su rumbo en la vida, todo gira en torno a tener una buena reputación y un estatus alto. Y este objetivo no cambia, nunca pueden dejar de lado tales cosas. Este es el verdadero rostro de los anticristos y su esencia. Podrías dejarlos en un bosque primitivo en las profundidades de las montañas y seguirían sin desprenderse de su búsqueda de reputación y estatus. Podrías colocarlos en medio de cualquier grupo de gente e, igualmente, no pueden pensar más que en reputación y estatus. Si bien los anticristos creen en Dios, equiparan la búsqueda de reputación y estatus con la fe en Dios y colocan ambas cosas en pie de igualdad. Es decir, a medida que recorren la senda de la fe en Dios, también persiguen la reputación y el estatus. Se puede decir que, en el corazón de los anticristos, la búsqueda de la verdad al creer en Dios es la búsqueda de reputación y estatus, y la búsqueda de reputación y estatus es también la búsqueda de la verdad; adquirir reputación y estatus supone adquirir la verdad y la vida. Si les parece que no tienen fama, provecho ni estatus, que nadie los respeta, los tiene en alta estima ni los sigue, se desaniman, creen que no tiene sentido creer en Dios, que no sirve de nada, y por dentro se preguntan: ‘¿He fallado al creer en Dios de esta manera? ¿Acaso no hay esperanza para mí?’. A menudo sopesan estas cuestiones en su corazón. Sopesan cómo pueden hacerse un lugar en la casa de Dios, cómo pueden obtener una gran reputación en la iglesia, cómo pueden lograr que la gente los escuche cuando hablan y les cante alabanzas cuando actúan, cómo pueden hacer que la gente los siga sin importar dónde estén, cómo pueden ser una voz influyente en la iglesia, así como fama, provecho y estatus; tales son las cosas en las que de verdad se concentran en su fuero interno, son las cosas que buscan” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9 (III)). Las palabras de Dios me permitieron ver que los anticristos no buscan la reputación y el estatus momentáneamente, sino que esto forma parte de su naturaleza y su esencia. Los anticristos toman la búsqueda de reputación y estatus como la meta de su vida. Creen que, al obtenerlos, lo tienen todo y que, si los pierden, la vida ya no tiene sentido. Me di cuenta de que yo había sido exactamente así. Desde pequeña, vivía según los venenos satánicos: “Aspira a destacar y sobresalir” y “Soporta las mayores adversidades para convertirte en el mejor”. En la escuela, me esforzaba por ser la mejor alumna de la clase y pensaba que eso me ganaría la admiración de mis profesores y compañeros. Después de casarme, al ver a muchos familiares y vecinos por parte de mi marido que estaban mejor que nosotros, no estaba dispuesta a quedarme atrás, por lo que monté un negocio con mi esposo, con el deseo de ser personas adineradas en el pueblo y que el resto nos admirara. Tras encontrar a Dios, mi objetivo siguió siendo la búsqueda de la reputación y el estatus, y pensé que, si me convertía en líder, tendría más responsabilidades y habría más personas que me respetarían. Creía que esa era la única forma de vivir una vida con sentido y valor. Me devanaba los sesos esforzándome por ganar estatus y admiración. Sin embargo, cuando no me eligieron líder y no pude ganarme la admiración ni el apoyo de mis hermanos y hermanas, me sentí insatisfecha y descontenta, y juzgué a la nueva líder. Cuando vi problemas en el trabajo evangélico, los ignoré y hasta disfruté ver que sucedían. Cuando me destituyeron, seguí teniendo una actitud negativa y de oposición, y también me sentía reacia cuando otras personas daban seguimiento a mi trabajo. Incluso cuando me aislaron, no reflexioné sobre mí misma y hasta pensé en traicionar a Dios y abandonar Su casa. Vi que todo lo que hacía era luchar por la reputación y el estatus, que la búsqueda de reputación y estatus se había vuelto parte de mi naturaleza, y que ya transitaba la senda de un anticristo. En ese momento, sentí en lo más profundo que la reputación y el estatus me habían dañado mucho. Por el bien de la reputación y el estatus, había perdido mi humanidad y mi razón. Provoqué trastornos en el trabajo de la iglesia y daños en las personas que me rodeaban; mi búsqueda de reputación y estatus me alejó aún más de Dios, y me hizo volverme cada vez más carente de semejanza humana. Quería liberarme rápidamente de las limitaciones y ataduras de la reputación y el estatus, y comencé a tener la determinación para perseguir la verdad.
Después, leí otro pasaje de las palabras de Dios, y comprendí claramente que perseguir la reputación y el estatus es una senda que lleva a la destrucción. Dios Todopoderoso dice: “La búsqueda de reputación y estatus no es la senda correcta: va justo en sentido contrario a la búsqueda de la verdad. En resumen, sea cual sea el rumbo o el objetivo de tu búsqueda, si no reflexionas sobre la búsqueda de estatus y reputación y te resulta muy difícil dejar esto de lado, eso afectará a tu entrada en la vida. Mientras haya un lugar para el estatus en tu corazón, será plenamente capaz de controlar e influir en la dirección de tu vida y en el objetivo de tu búsqueda, en cuyo caso te resultará muy difícil entrar en la realidad-verdad, por no hablar de conseguir cambiar tu carácter; si en última instancia puedes obtener la aprobación de Dios, claro está, no hace falta decirlo. Es más, si nunca eres capaz de renunciar a tu búsqueda de estatus, esto afectará a tu capacidad para desempeñar tu deber de una manera que sea acorde al estándar, lo que dificultará mucho que te conviertas en un ser creado que cumpla con el estándar. ¿Por qué lo digo? No hay nada que Dios deteste más que el que la gente persiga el estatus, pues la búsqueda de estatus representa un carácter satánico; es una senda equivocada, nace de la corrupción de Satanás, es algo que Dios condena y es, precisamente, lo que Él juzgará y purificará. No hay nada que Dios deteste más que la gente persiga el estatus, pero tú sigues compitiendo obstinadamente por él, lo valoras y proteges indefectiblemente y siempre tratas de apropiarte de él. ¿No hay en todo ello cierta cualidad de antagonismo a Dios? Dios no ordena que la gente tenga estatus; Él provee a la gente de la verdad, el camino y la vida, para que, al final, se conviertan en seres creados acordes al estándar, pequeños e insignificantes, no gente que tenga estatus y prestigio y sea venerada por miles de personas. Por ello, se mire por donde se mire, la búsqueda del estatus es un camino a la ruina. Por muy razonable que sea tu excusa para buscar el estatus, esta senda sigue siendo equivocada y Dios no la aprueba. No importa cuánto te esfuerces o el precio que pagues, si deseas estatus, Dios no te lo dará; si Dios no te lo da, fracasarás en tu lucha por conseguirlo y, si sigues luchando, solo se producirá un resultado: que serás revelado y descartado; te hallarás en el camino a la ruina. Entendéis esto, ¿verdad?” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9 (III)). Las palabras de Dios me permitieron ver que buscar la reputación y el estatus no es transitar por la senda correcta y que esto es lo que Dios más aborrece. Dios da deberes a las personas, pero no estatus, y Su intención es que ellas sean seres creados acordes al estándar y no que busquen convertirse en alguien con fama o grandeza. Si las personas buscan la reputación y el estatus sin cesar, esto va en contra de lo que Dios exige y, en esencia, es oponerse a Él; su resultado final es que Dios las revele y descarte. Al reflexionar sobre mi antiguo servicio como supervisora del trabajo evangélico, vi que tenía muchas responsabilidades, pero no me centraba en hacer bien mi trabajo principal. En cambio, solo quería que me eligieran líder de distrito para alcanzar un estatus más alto y que me admiraran más personas. Cuando no me eligieron líder de distrito y mis ambiciones y deseos no se cumplieron, me sentí insatisfecha y descontenta, e incluso descargué mis frustraciones en el trabajo de la iglesia, haciendo que el trabajo evangélico quedara prácticamente paralizado. Si no me arrepentía, seguramente sería expulsada y descartada por mis numerosas acciones malvadas. En ese momento, empecé a entender un poco lo que Dios decía sobre que buscar la reputación y el estatus es entrar en un callejón sin salida. Al pensar en ello, me sentí muy agradecida con Dios. Si no me hubieran aislado, no habría despertado a tiempo ni habría conocido la naturaleza y las consecuencias de buscar reputación y estatus. Que la iglesia no me hubiera expulsado y solo me hubiera aislado ya era la misericordia que Dios me mostraba, y debía arrepentirme rápidamente.
Un día, leí un pasaje de las palabras de Dios y entendí cómo debía afrontar el hecho de que no me hubieran elegido líder de distrito. Dios Todopoderoso dice: “Si te crees apto para ser líder, poseedor de talento, aptitud y humanidad para el liderazgo, pero la casa de Dios no te ha ascendido y los hermanos y hermanas no te han elegido, ¿cómo debes abordar el asunto? Aquí hay una senda de práctica que puedes seguir. Debes conocerte a fondo. Comprueba si todo se reduce a que tienes un problema de humanidad o a que la revelación de algún aspecto de tu carácter corrupto repugna a la gente; o si se trata de que no posees la realidad-verdad y eres poco convincente para los demás, o de que el cumplimiento de tu deber no cumple con el estándar. Debes reflexionar sobre todas estas cosas y descubrir en qué te quedas corto exactamente. […] Debes perseguir la entrada en la vida, corregir primero tus deseos extravagantes, ser un seguidor de buena gana y llegar a someterte a Dios realmente, sin quejas por lo que Él orqueste o disponga. Cuando tengas esta estatura, tu oportunidad llegará. Es bueno que desees asumir una carga pesada, que tengas esta carga. Indica que tienes un corazón proactivo que busca progresar y que quieres ser considerado con las intenciones de Dios y seguir Su voluntad. Esto no es una ambición, sino una verdadera carga, la responsabilidad de aquellos que persiguen la verdad y el objeto de su búsqueda. No tienes motivos egoístas ni te mueve tu propio beneficio, sino dar testimonio de Dios y satisfacerlo; esto es lo que más bendice Dios y Él dispondrá lo más adecuado para ti. […] La intención de Dios es ganar más gente capaz de dar testimonio de Él, perfeccionar a todos los que lo aman y hacer completas a un grupo de personas que compartan un mismo corazón y mente con Él lo antes posible. Por tanto, en la casa de Dios, todos los que persiguen la verdad tienen grandes perspectivas, y las perspectivas de los que aman a Dios sinceramente son ilimitadas. Todos deben comprender Su intención. En efecto, es positivo tener esta carga, y es algo que deben poseer los que tengan conciencia y razón, pero no todos serán necesariamente capaces de asumir una carga pesada. ¿Cuál es el origen de esta discrepancia? Sean cuales sean tus fortalezas o capacidades, y por muy alto que sea tu cociente intelectual, lo crucial es tu búsqueda y la senda que recorras” (La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros. Las responsabilidades de los líderes y obreros (6)). Al meditar en las palabras de Dios, entendí que la elección de líderes en la iglesia se basa en principios. Un líder debe tener humanidad, ser capaz de hablar sobre la verdad para resolver los problemas, debe tener ciertas capacidades de trabajo y perseguir la verdad. Si una persona no persigue la verdad y transita por la senda equivocada, aunque se convierta en líder, no llegará muy lejos. Pero yo juzgaba si alguien podía ser líder solo basándome en el ámbito de los deberes que tenía a cargo, en cuánto sufrimiento soportaba y en el tiempo que había pasado formándose. Mis criterios no coincidían en absoluto con las palabras de Dios. Haciendo memoria, aunque había pasado mucho tiempo formándome para predicar el evangelio, entendía algunos principios de prédica y tenía algunos resultados en mi deber, no me centraba en mi entrada en la vida y me conformaba con meramente estar ocupada con mi deber cada día. Rara vez reflexionaba o hacía introspección sobre las cosas que me sucedían, y casi nunca meditaba sobre los principios-verdad. No era alguien que amara ni persiguiera la verdad en absoluto. La responsabilidad principal de un líder es guiar a los hermanos y hermanas a entender la verdad y entrar en la realidad de las palabras de Dios. Yo no me centraba en reflexionar y conocerme a mí misma, sino solo hacer trabajo externo, y tenía poca entrada en la vida, así que no estaba cualificada para ser líder. Si realmente me hubieran elegido líder, pero no podía hacer trabajo real, ¿no habría sido una falsa líder? Además, para ser líder, uno debe supervisar todos los aspectos del trabajo y tener ciertas capacidades de trabajo. En ese momento, yo solo supervisaba el trabajo evangélico y, a veces, cuando había demasiadas tareas, no podía encargarme de todas. Simplemente no tenía la aptitud ni la capacidad de trabajo necesarias para ser líder. Charlotte siempre había sido líder antes y compartía la verdad con mayor claridad que yo. Además, aunque le faltaba experiencia en supervisar el trabajo evangélico, tenía buenas intenciones y estaba dispuesta a practicar y aprender. Elegirla como líder fue apropiado y yo debía apoyar su trabajo. Tras reflexionar sobre este asunto, fui capaz de manejar no haber sido elegida líder con ecuanimidad.
Después, leí dos pasajes de las palabras de Dios y llegué a comprender qué clase de persona quiere Dios. Dios Todopoderoso dice: “Como miembro de la humanidad creada, debes mantener la posición que te corresponde y comportarte debidamente. Debes aferrarte con esmero a aquello que el Creador te ha encomendado. No hagas nada fuera de lugar ni cosas más allá de tu capacidad o que le resulten aborrecibles a Dios. No persigas ser una gran persona, un superhombre o un individuo grandioso, ni persigas convertirte en Dios. Todos estos son deseos que las personas no deberían tener. Perseguir ser una gran persona o un superhombre es absurdo. Perseguir convertirse en Dios es incluso más vergonzoso; es repugnante y despreciable. Lo que es precioso de verdad, y a lo que los seres creados deberían aferrarse más que a cualquier otra cosa, es convertirse en un verdadero ser creado; este es el único objetivo que todas las personas deberían perseguir” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único I). “Cuando Dios requiere que las personas cumplan con su deber, no les está pidiendo completar cierto número de tareas o realizar alguna gran empresa, ni lograr ninguna proeza revolucionaria. Lo que Dios quiere es que la gente sea capaz de hacer todo lo que esté a su alcance con los pies en la tierra y que viva según Sus palabras. Dios no necesita que seas grande o noble ni que hagas ningún milagro, ni tampoco quiere ver ninguna sorpresa agradable en ti. Dios no necesita estas cosas. Lo único que Dios necesita es que practiques de acuerdo con Sus palabras con los pies en la tierra. Tras entender las palabras de Dios, actúa conforme a ellas y llévalas a cabo, o tras escuchar Sus palabras, recuérdalas bien y, cuando llegue el momento de practicar, hazlo según las palabras de Dios. Deja que se conviertan en tu vida, en tus realidades y en lo que vives. Así Dios estará satisfecho. […] Debéis tener todos claro a qué clase de personas Dios pretende salvar con Su obra, y cuál es el significado de Su salvación. Dios le pide a la gente que se presente ante Él, que escuche Sus palabras, acepte la verdad, deseche sus actitudes corruptas y practique tal como Dios dice y ordena. Esto significa vivir según Sus palabras, en vez de vivir según sus propias nociones, imaginaciones y filosofías satánicas y buscar lo que la gente denomina la ‘felicidad’. Si alguien no escucha las palabras de Dios ni acepta la verdad, pero sigue viviendo según las filosofías de Satanás, y vive inmerso en actitudes satánicas y se niega tercamente a arrepentirse, esta clase de persona no puede ser salvada por Dios. Desde luego, sigues a Dios porque Él te ha escogido. Sin embargo, ¿cuál es el significado de que Dios te haya escogido? Es para cambiarte en una persona que confía en Dios, que lo sigue sinceramente, que puede renunciar a todo por Él y que es capaz de seguir Su camino. Y que se ha despojado de sus actitudes satánicas, y ya no sigue a Satanás ni vive bajo su poder. Si sigues a Dios y haces un deber en Su casa, y sin embargo vulneras la verdad en todos los aspectos, no practicas ni experimentas de acuerdo con Sus palabras e incluso te opones a Él, ¿podría aceptarte Dios? Desde luego que no. ¿Qué quiero decir con esto? Realizar tu deber no es realmente difícil, ni tampoco lo es hacerlo devotamente y acorde al estándar. No tienes que sacrificar tu vida ni hacer nada especial ni difícil, simplemente tienes que seguir las palabras e instrucciones de Dios de manera obediente y con los pies en la tierra, sin tener tus propias ideas o llevar a cabo tu propio proyecto, sino caminando por la senda de perseguir la verdad. Si la gente puede hacer esto, básicamente tendrá una semejanza humana. Cuando tengan verdadera sumisión a Dios, y se hayan convertido en personas honestas, poseerán la semejanza de un auténtico ser humano” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. El correcto cumplimiento del deber requiere de una cooperación armoniosa). Dios nos pide que nos comportemos con los pies en la tierra, que nos mantengamos en la posición adecuada de un ser creado y que nos atengamos a nuestros deberes. Estos son los objetivos que debemos buscar y esta es la semejanza que debe tener una persona verdadera. Si uno nunca persigue la verdad ni la acepta, entonces, por muy grande que sea su estatus o por mucho que crezca su prestigio, a los ojos de Dios, es bajo, despreciable y no puede recibir Su aprobación. Pensé en cómo antes tenía un ámbito de responsabilidad bastante amplio, pero solo perseguía la reputación y el estatus, y no la verdad. Cuando no me eligieron como líder de distrito, usaba el trabajo para desahogar mis frustraciones y, sin saberlo, acabé caminando por la senda de resistirme a Dios, y me destituyeron por trastornar y perturbar el trabajo de la iglesia y por negarme tozudamente a arrepentirme. También pensé en cómo algunos anticristos han sido líderes y han tenido un estatus alto, pero persiguieron la reputación y el estatus, hicieron sus deberes sin buscar los principios y se negaron completamente a ser podados. Al final, debido a sus numerosas acciones malvadas, fueron expulsados y descartados de la iglesia. En estos hechos vi la justicia de Dios. Sin importar cuán alto sea el estatus de una persona ni cuánta gente la admire, si no persigue la verdad, al final será descartada. Si uno tiene estatus o la admiración de las personas no importa, ya que la reputación y el estatus no pueden ayudar a nadie a comprender la verdad y ser salvado. Dios mide y determina el desenlace de una persona basándose en si puede, a fin de cuentas, alcanzar la verdad, no en cuán alto sea su estatus. Si yo creía en Dios solo para buscar la admiración de los demás y no perseguía la verdad ni me centraba en buscar la verdad para satisfacer las intenciones de Dios en las cosas que encontraba, entonces, aunque creyera hasta el final, no sería capaz de comprender ni obtener la verdad, y aún así sería descartada. Solo aquellos que persiguen la verdad, cumplen sus deberes y se someten a las orquestaciones y arreglos de Dios son valiosos a Sus ojos. En la casa de Dios, la iglesia determina de forma razonable qué deberes corresponden a cada uno y los asigna en consecuencia en función de las necesidades del trabajo, sus puntos fuertes y su aptitud. Debo someterme a la soberanía de Dios, mantenerme en el lugar que me corresponde y dar lo mejor de mí en mi deber actual. Aunque fuera la más pequeña de todos en un rincón, aún así debía atenerme a mi deber. Al ganar este entendimiento, me sentí más en paz y liberada. Entonces, oré a Dios: “Dios, estoy dispuesta a someterme a Tus orquestaciones y arreglos. Sin importar si alguien me admira, cuál es mi estatus entre los demás ni si mi deber no llama la atención, cumpliré mi deber y haré todo lo que esté a mi alcance”. A menudo oraba de esta forma y, de a poco, mis antiguas emociones de negatividad, pasividad y resistencia disminuyeron, y los resultados de mis deberes mejoraron poco a poco.
Pronto, nuestra iglesia tuvo una elección parcial para líder, y fue elegida una hermana que supervisé alguna vez. Después, los líderes me pidieron que fuera líder de grupo y supervisara las reuniones de un pequeño grupo. Me sentí muy agradecida a Dios por darme otra oportunidad para formarme pero, al mismo tiempo, me sentí algo decepcionada al pensar que yo solo era líder de grupo y no tenía el prestigio que tiene ser líder de iglesia. Me di cuenta de que mi deseo de reputación y estatus volvía a asomar la cabeza, así que oré en silencio a Dios en mi corazón. Pensé en las palabras de Dios: “Como miembro de la humanidad creada, debes mantener la posición que te corresponde y comportarte debidamente. Debes aferrarte con esmero a aquello que el Creador te ha encomendado. No hagas nada fuera de lugar” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único I). “Dios no ordena que la gente tenga estatus; Él provee a la gente de la verdad, el camino y la vida, para que, al final, se conviertan en seres creados acordes al estándar, pequeños e insignificantes, no gente que tenga estatus y prestigio y sea venerada por miles de personas” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9 (III)). Al contemplar las palabras de Dios, mi corazón se iluminó y comprendí que este asunto que me había sobrevenido era Dios escrutando mi corazón. En el pasado, siempre busqué ser admirada y valoraba la reputación y el estatus más que a la vida misma. Cuando me enteré de que no me habían elegido para ser líder de distrito, descuidé mi deber y disfruté de los fracasos de mis hermanos y hermanas, lo que retrasó el trabajo de la iglesia y dejó una mancha eterna. Esto es también un dolor permanente en mi corazón. Ahora, tenía claro que, comparado con el estatus, las responsabilidades son más importantes. Esta vez, no debía volver a buscar el estatus como antes, y estaba decidida a cumplir bien con mi deber. Aunque me pusieran en el rincón más discreto, seguiría cumpliendo bien con mi deber, sería un ser creado ingenuo y obediente, y compensaría la deuda que había contraído en el pasado. No podía seguir siendo el hazmerreír de Satanás y, mucho menos, defraudar a Dios. A partir de entonces, colaboré activamente con los líderes en mi deber. Preguntaba qué problemas del grupo podía resolver con mi ayuda y, a veces, cuando los líderes me pedían comprobar el estado de los hermanos y hermanas, lo hacía de forma proactiva. Practicar así me hacía sentir muy tranquila. Más tarde, de a poco me enteré de que estaban promoviendo a algunos hermanos y hermanas a mi alrededor y que, entre ellos, había algunos cuyo trabajo yo había supervisado alguna vez. Aunque me sentí algo inquieta en el momento, oré a Dios y traté esta situación de manera correcta. Al ver que algunos hermanos y hermanas tenían dificultades, intenté compartir con ellos y ayudarlos lo mejor que pude, y los resultados de nuestros deberes mejoraron cada vez más. Después de un tiempo, el líder de la iglesia me dijo que me habían readmitido en la iglesia. Al oír la noticia, sentí algo indescriptible en el corazón. Me sentí muy conmovida pero, aún más, tuve un sentimiento de reproche. Había perseguido la reputación y el estatus, no había recorrido la senda correcta, había trastornado y perturbado el trabajo de la iglesia, así que me habían destituido, y esto revelaba por completo la justicia de Dios. Pero Dios no me descartó; en cambio, me juzgó con Sus palabras y me podó por intermedio de los hermanos y hermanas a mi alrededor. Su propósito era permitirme reconocer la senda incorrecta en la que me encontraba y volver atrás a tiempo para escapar cuanto antes al sufrimiento que traen la reputación y el estatus, recuperar la conciencia y la razón que debía tener y vivir con semejanza humana. Sin embargo, no comprendí Su corazón y casi abandono a Dios. ¡Me sentía realmente endeudada con Dios! Vi el amor de Dios y, desde el fondo de mi corazón, le ofrecí mi gratitud y mis alabanzas sinceras.
Al haber vivido todo esto, realmente sentí que, independientemente de lo que Dios haga, siempre lo hace con la esperanza de que las personas se arrepientan con seriedad y transiten por la senda correcta. Incluso si a alguien lo destituyen o lo aíslan, Dios nunca lo abandona, sino que aún continúa guiándolo y cuidándolo. Usa distintos medios para despertar el corazón de las personas y hacerlas darse la vuelta. Gracias a esta experiencia, entendí un poco el carácter justo de Dios. Cuando no paraba de rebelarme contra Dios y resistirme a Él, desató Su ira sobre mí. Me podó y disciplinó con severidad a través de personas, acontecimientos y cosas a mi alrededor, y me apartó. En el momento en que estuve dispuesta a arrepentirme ante Él, Dios usó Sus palabras para seguir esclareciéndome y guiándome. Cuando realmente volví a Dios y practiqué conforme a Sus palabras, la iglesia me volvió a aceptar. El carácter de Dios es vívido y real, y Su corazón es sincero y bondadoso al salvar a las personas. ¡Gracias a Dios!