5. Vi que el amor de Dios nunca se ha ido

Por Yang Xiaolin, China

En 1997, a causa de una enfermedad, empecé a creer en el Señor y, al poco tiempo, mi estado mejoró. Estaba muy agradecida por Su gracia. En la primavera de 2003, supe que el Señor Jesús había regresado y que es Dios Todopoderoso. Al leer las palabras de Dios Todopoderoso, entendí que Su plan de gestión de seis mil años se divide en tres etapas y que Él está realizando la última, la obra de juicio. Todos los que aceptan el juicio y el castigo de Sus palabras, y a quienes se les purifican las actitudes corruptas, pueden ser salvados por Dios y entrar en Su reino. Así que acepté a Dios Todopoderoso y me dediqué activamente a predicar el evangelio. Aunque mi familia intentó impedírmelo, mis vecinos se burlaban de mí y el gran dragón rojo me seguía e intentaba arrestarme, cada vez que pensaba en que Dios me había sanado y en el maravilloso destino que ha prometido al hombre, sentía que valía la pena sufrir este poco de adversidad.

En un abrir y cerrar de ojos, llegó el inicio de 2021 y yo estaba regando a los recién llegados en la iglesia. En ese tiempo, a menudo sentía un dolor sordo y persistente en la parte baja del abdomen. Al principio no le di mucha importancia; pensé que simplemente había cogido frío. Pero a finales de junio, el dolor se intensificó y con frecuencia tenía sangre en la orina, así que mi familia me llevó de urgencia al hospital. Tras la revisión, el médico me dijo con gravedad: “¿Por qué no viniste antes? Tu útero tiene el tamaño de un embarazo de diez semanas y está lleno de tumores. No es solo sangre en la orina; es una hemorragia uterina. La situación no se ve bien. Hay que operar de inmediato”. Al oírlo, me quedé de piedra. “¿Cómo puede ser?”, pensé. “He estado haciendo mi deber todo este tiempo. ¡Debería tener la protección de Dios!”. Al volver a casa, oré a Dios: “Dios mío, sé que tengo esta enfermedad con Tu permiso, pero lo que dijo el médico me asustó. Por favor, guíame para que pueda entender Tus intenciones”. Recordé una línea de las palabras de Dios: “Cree que Dios es ciertamente tu Todopoderoso”. Así que abrí la computadora y encontré ese pasaje de Sus palabras: “No te impacientes por hallar soluciones a lo que no entiendas; lleva esas cuestiones ante Dios más a menudo y ofrécele un corazón sincero. Cree que Dios es ciertamente tu Todopoderoso. Debes tener una tremenda aspiración por Dios, buscar vorazmente mientras rechazas las excusas, intenciones y trampas de Satanás. No te desanimes. No seas débil. Busca de todo corazón; espera de todo corazón. Coopera activamente con Dios y záfate de tus trabas internas(La enseñanza de Dios). Mientras reflexionaba sobre Sus palabras, mi corazón se fue calmando. Sabía que en esta enfermedad tenían que estar las intenciones de Dios. Aunque aún no lo entendía, sabía que debía orar, buscar y esperar Su guía. Dios es todopoderoso y Él tiene soberanía sobre mi porvenir. Los médicos diagnostican según sus conocimientos y experiencia, pero yo no podía dejar que sus palabras me asustaran. Tenía que tener fe en Dios. Al pensar en esto, se me fue el miedo. A principios de julio, me operaron para quitarme el útero, los ovarios y las trompas de Falopio. El médico me dijo: “Has tenido mucha suerte. La biopsia informó que es benigno”. En mi corazón, agradecí a Dios en silencio. Después de descansar más de veinte días, volví a hacer mi deber.

Pensé que la enfermedad ya había pasado pero, para mi sorpresa, aquello era solo el principio. Después de haber pasado por tres cirugías mayores en mi vida, la extirpación de la vesícula, la del apéndice y ahora la del útero, pronto empecé a sufrir una serie de complicaciones posoperatorias. Una noche a principios de agosto, de repente sentí un dolor abdominal muy fuerte y mi familia me llevó de urgencia al hospital. El diagnóstico fue una obstrucción intestinal. Los médicos me pusieron una sonda de inmediato para vaciarme el estómago y limpiarme los intestinos. La sonda me irritaba el esófago, lo que me provocaba vómitos constantes. Entre eso y el dolor abdominal insoportable, no podía ni sentarme ni acostarme. Aquella pesadilla, que duró un día y una noche enteros, me dejó totalmente agotada. Luego, a las once de la noche siguiente, me sobrevino otra oleada de un dolor insoportable. Al verme tan pálida, mi esposo fue corriendo a buscar un médico. Una tomografía reveló que tenía el intestino perforado y mucho líquido en el abdomen, por lo que necesitaba una cirugía de inmediato. Para entonces, estaba a punto de desmayarme del dolor, con la cara empapada en lágrimas y sudor. Una y otra vez, clamaba en mi corazón: “¡Dios, sálvame! Oh, Dios…”. En mi aturdimiento, las palabras de Dios aparecieron en mi mente: “Cree que Dios es ciertamente tu Todopoderoso(La enseñanza de Dios). No sé cuánto tiempo pasó hasta que un médico me despertó sacudiéndome y me preguntó: “¿Cómo te encuentras? ¿Cómo es que te quedaste dormida?”. Solo entonces me di cuenta de que, en medio de tanta agonía, me había quedado dormida. Como era muy tarde para llamar a un cirujano, solo pudieron llevarme de vuelta a la habitación para tenerme en observación. Sorprendentemente, dormí profundamente hasta pasadas las siete de la mañana siguiente. Cuando el médico vino a verme, dijo con cara de asombro: “La tomografía mostraba claramente líquido en el abdomen, ¿cómo es que ahora tu condición se ha estabilizado?”. En mi corazón, no dejaba de darle gracias a Dios. Una semana después, me dieron el alta.

Debido al reflujo biliar por la extirpación de la vesícula, a menudo sentía el estómago hinchado y con una sensación de ardor. El dolor en el pecho y la espalda era muy fuerte, y no podía comer ni dormir bien en todo el día. Fui a varios hospitales y probé muchas medicinas tradicionales chinas, pero nada funcionaba. El insomnio también empeoró; a veces no podía pegar ojo en toda la noche. Al verme cada día más delgada, vivía en un estado constante de ansiedad y preocupación. “Si esto sigue así, ¿podré seguir realizando mi deber?”, pensé. “Si no puedo comer ni dormir, ¿me moriré? Y si me muero, ¿cómo podré ser salva?”. No pude evitar malinterpretar un poco a Dios: “He realizado mi deber contra viento y marea todos estos años de fe. Aunque llevo más de un año enferma, no he dejado de hacerlo. ¿Por qué Dios no me protege? ¿Será que está usando esta enfermedad para revelarme y descartarme?”. Una y otra vez, oraba a Dios entre lágrimas: “Oh, Dios, estoy muy débil. Me preocupa no poder cumplir con mi deber, y me da todavía más miedo no poder ser salva si me muero. Dios mío, te ruego que me guíes para encontrar una senda de práctica en Tus palabras”. Entonces vi las palabras de Dios: “Cuando la enfermedad llega, ¿qué senda han de seguir las personas? ¿Cómo deben elegir? No deben sumirse en la angustia, la ansiedad y la preocupación, y contemplar sus propias perspectivas y sendas de futuro. En cambio, cuanto más se encuentren en momentos como estos y en situaciones y contextos tan especiales, y cuanto más se vean en dificultades tan inmediatas, más deben buscar la verdad y perseguirla. Solo así los sermones que has oído en el pasado y las verdades que has comprendido no serán en vano y surtirán efecto. Cuanto más te encuentres en dificultades como estas, más deberás renunciar a tus propios deseos y someterte a las instrumentaciones de Dios. El propósito de Dios al establecer este tipo de situaciones y arreglar estas condiciones para ti no es que te sumas en las emociones de angustia, ansiedad y preocupación, y tampoco tiene como fin que verifiques a Dios para ver si te va a curar cuando te sobrevenga la enfermedad, tanteando así la verdad del asunto. Dios establece para ti estas situaciones y condiciones especiales para que puedas aprender las lecciones prácticas en tales situaciones y condiciones, lograr una entrada más profunda en la verdad y en la sumisión a Dios, y para que sepas con mayor claridad y precisión cómo Dios orquesta todas las personas, acontecimientos y cosas. El sino de los hombres está en manos de Dios y, tanto si pueden percibirlo como si no, tanto si son realmente conscientes de ello como si no, deben someterse y no resistirse, no rechazar y, desde luego, no poner a prueba a Dios. En cualquier caso, puedes morir, y si te resistes, rechazas y verificas a Dios, no hace falta decir cuál será tu final. Por el contrario, si en las mismas situaciones y condiciones eres capaz de buscar cómo debe un ser creado someterse a las instrumentaciones del Creador, buscar qué lecciones debes aprender, qué actitudes corruptas debes conocer en las situaciones que Dios te presenta, comprender Sus intenciones en tales situaciones, y dar bien tu testimonio para cumplir las exigencias de Dios, entonces esto es lo que debes hacer. Cuando Dios dispone que alguien contraiga una enfermedad, ya sea grave o leve, Su propósito al hacerlo no es que aprecies los pormenores de estar enfermo, el daño que la enfermedad te hace, las molestias y dificultades que la enfermedad te causa, y todo el catálogo de sentimientos que te hace sentir; Su propósito no es que aprecies la enfermedad por el hecho de estar enfermo. Más bien, Su propósito es que adquieras lecciones a partir de la enfermedad, que aprendas a captar las intenciones de Dios, que conozcas las actitudes corruptas que revelas y las posturas erróneas que adoptas hacia Él cuando estás enfermo, y que aprendas a someterte a la soberanía y a los arreglos de Dios, para que puedas lograr la verdadera sumisión a Él y seas capaz de mantenerte firme en tu testimonio; esto es absolutamente clave. Dios desea salvarte y purificarte mediante la enfermedad. ¿Qué desea purificar en ti? Desea purificar todos tus deseos y exigencias extravagantes hacia Dios, e incluso las diversas calculaciones, juicios y planes que elaboras para sobrevivir y vivir a cualquier precio. Dios no te pide que hagas planes, no te pide que juzgues, y no te permite que tengas deseos extravagantes hacia Él; solo te pide que te sometas a Él y que, en tu práctica y experiencia de someterte, conozcas tu propia actitud hacia la enfermedad, y hacia estas condiciones corporales que Él te da, así como tus propios deseos personales. Cuando llegas a conocer estas cosas, puedes apreciar lo beneficioso que te resulta que Dios haya dispuesto las circunstancias de la enfermedad para ti o que te haya dado estas condiciones corporales; y puedes apreciar lo útiles que son para cambiar tu carácter, para que alcances la salvación y para tu entrada en la vida(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (3)). Después de leer Sus palabras, lo entendí. La intención de Dios al permitir que me enfermara no era que me hundiera en la tristeza, la ansiedad y la preocupación, sino que buscara la verdad, aprendiera lecciones y llegara a conocer el carácter corrupto que había revelado. También era para probar si de verdad tenía fe en Dios y me sometía a Él. Al recordar el último año y pico de enfermedad, había probado todo tipo de tratamientos: medicina china tradicional, medicina occidental y remedios caseros. Había visto a médicos famosos y especialistas, pero mi estado no solo no mejoró, sino que en realidad empeoró. Vivía en un estado de tristeza, ansiedad y preocupación, con miedo de que, si la enfermedad avanzaba, no podría hacer mi deber, y con más miedo aún de no poder ser salva si moría. Tenía el corazón dolido y débil, y había perdido la fe en Dios. Antes, cuando me enfermaba y veía Su protección y gracia, estaba muy agradecida a Dios. Pero ahora que mi enfermedad era grave y no veía Su gracia y bendiciones, sospechaba que Dios estaba usando mi enfermedad para revelarme y descartarme. Incluso intenté usar los años de renuncia y sufrimiento en mi fe como capital para negociar con Él, quejándome sobre por qué Él no me protegía. En realidad, Dios estaba usando esta enfermedad para revelar las impurezas de mi fe, para hacerme conocer mi propia corrupción y someterme a Su soberanía y a Sus orquestaciones. Al comprender las intenciones meticulosas de Dios, sentí un profundo remordimiento. Me arrodillé y oré a Dios: “Dios mío, estoy dispuesta a ponerme en Tus manos y a someterme a Tus orquestaciones y arreglos. Guíame, por favor”.

Durante el siguiente período, seguí tomando medicina tradicional china, pero mi estado no mejoraba. Sentía el estómago como si estuviera en llamas y tenía tantas náuseas que no podía comer. Me dolía todo el cuerpo y, por la noche, solo podía dormir apenas dos o tres horas con somníferos. Más tarde, no solo no podía hacer mi deber, sino que ni siquiera podía asistir a las reuniones. En julio de 2023, la iglesia me sugirió, viendo mi estado, que interrumpiera temporalmente la vida de iglesia para descansar y recuperarme en casa. Sentí una gran angustia. “Por mucho que sufriera antes, apretaba los dientes y persistía en mi deber, pensando que Dios me curaría”, pensé. “Pero ahora ni siquiera puedo ir a las reuniones. ¿Podré dar algún testimonio? ¿No estaré simplemente esperando a que Dios me descarte?”. El último rayo de esperanza que tenía se hizo añicos. Ese día, volví a casa, me tiré en la cama y no hice más que llorar. Pensé en cómo los hermanos y hermanas de mi entorno estaban todos sanos y podían asistir a las reuniones y realizar sus deberes con normalidad. Incluso algunos no creyentes estaban sanos. ¿Por qué a mí me acosaba la enfermedad constantemente?

A finales de agosto, me hospitalizaron de nuevo por una obstrucción intestinal. Durante ese tiempo, el dolor diario en el abdomen, el estómago y la espalda me sumía en una agonía insoportable. Apenas podía comer nada, así que solo podía nutrirme con goteos intravenosos de proteína y glucosa. Rápidamente, perdí más de 20 kilos. Mi esposo dejó de trabajar para quedarse conmigo en el hospital, masajeándome la espalda todos los días. Un par de veces, sentí sus lágrimas caer sobre mi espalda. Supe que, probablemente, mis días estaban contados. Por la noche, cuando no podía dormir, escenas de mis veinte años de fe pasaban por mi mente. Mi esposo me prohibió creer en Dios e incluso me amenazó con el divorcio, pero yo no cedí. La gente del mundo se burlaba, me ridiculizaba y me insultaba, pero yo no me eché para atrás. El gran dragón rojo me rastreó y me persiguió, pero no perdí la fe. Pensé que Dios vería cómo había renunciado a cosas y sufrido a lo largo de los años, me protegería hasta el final, y me permitiría ver los esplendores del reino. Nunca imaginé que lo que enfrentaba ahora podría ser el final de mi vida. Tenía el corazón destrozado y no podía evitar pensar: “Después de tanto sufrimiento, aún así tengo que morir al final. Si hubiera sabido que esto acabaría de esta manera, ¿para qué habría empezado a creer en Dios en primer lugar?”. Durante unos días, estuve en la cama del hospital sin orar ni leer las palabras de Dios. Lo único que me venía a la mente eran imágenes de lo que pasa después de la muerte. Especialmente, pensaba en que el reino espiritual estaba envuelto en una niebla oscura y turbia, tan oscura que no podías verte la mano delante de la cara, sin familia que te hiciera compañía, y me estremecía de miedo. Un día, mi hermano y su esposa vinieron al hospital a visitarme. Al verme tan demacrada y débil, mi hermano dijo con lágrimas en los ojos: “No te rindas. ¡Tienes que orar y confiar más en Dios!”. Sus palabras me llenaron de un sentimiento de culpa e inquietud. Pensé: “Desde que me enfermé, cuando Dios me ha mostrado gracia y bendiciones, le he dado las gracias y he sentido que creer en Él era maravilloso. Pero ahora que la muerte se me echa encima, empiezo a quejarme de Él e incluso me arrepiento de mi fe. ¡Esto es una traición hacia Dios!”. Durante ese período, me ponían un goteo intravenoso más de diez horas al día. Al noveno día, tenía los dos brazos tan hinchados que ya no me podían poner el goteo, así que no tuve más remedio que ser dada de alta. Al volver a casa, oré a Dios una y otra vez: “Dios mío, al enfrentarme a la muerte, mi corazón está lleno de terror e impotencia, y de malentendidos, quejas y exigencias irracionales hacia Ti. Dios, por favor, guíame para conocer mi propia corrupción y entender Tus intenciones”.

Recostada en la cama, abrí la computadora y vi las palabras de Dios: “En su cabeza, lo único en lo que pueden pensar es en todas las gracias, bendiciones y promesas que Jehová otorga a las personas, pero nunca piensan, o no pueden imaginar, qué ocurrirá cuando Jehová les quite todas estas cosas. Todo aquel que llega a creer en Dios solamente está preparado para aceptar la gracia, las bendiciones y las promesas de Dios, y solo está dispuesto a aceptar Su bondad y misericordia. Sin embargo, nadie espera ni se prepara para aceptar el castigo y juicio de Dios, Sus pruebas, Su refinación ni Su desposeimiento, y ni una sola persona se prepara para aceptar el juicio y castigo de Dios, Su desposeimiento ni Sus maldiciones. ¿Es normal o anormal esta relación entre las personas y Dios? (Anormal). ¿Por qué respondes que anormal? ¿En qué falla? Falla en que la gente no tiene la verdad. La gente tiene demasiadas nociones y figuraciones, malinterpreta constantemente a Dios y no soluciona estas cosas buscando la verdad, lo que hace más probable que surjan problemas. En concreto, la gente solo cree en Dios para que la bendiga. Solo quiere hacer un trato con Dios y exigirle cosas, pero no persigue la verdad. Esto es muy peligroso. En cuanto se encuentra con algo que contradice sus nociones, inmediatamente empieza a tener nociones, quejas y malentendidos con respecto a Dios, y hasta puede llegar al punto de traicionarlo. ¿Son graves las consecuencias de esto? ¿Qué senda sigue la mayoría de la gente en su fe en Dios? Aunque hayáis escuchado muchísimos sermones y creáis haber llegado a comprender bastantes verdades, lo cierto es que aún transitáis la senda de la fe en Dios tan solo para saciaros de pan(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Qué significa perseguir la verdad (11)). “Job era un hombre de fe verdadera. Dio gracias a Dios cuando lo bendijo y también cuando lo disciplinó y lo sometió a privaciones. Al final de su experiencia, cuando era viejo y Dios le arrebató todo cuanto tenía, ¿cómo reaccionó Job? No solo no se quejó, sino que alabó a Dios y dio testimonio de Él. […] La gente suele decir: ‘Todo cuanto Dios hace por las personas es beneficioso y viene acompañado de Sus buenas intenciones’. ¿Es esta la verdad? (Sí). Pero, ¿puedes aceptarla? Lo haces cuando Dios te bendice, pero ¿la aceptarías cuando te privara de algo? Tú no puedes, pero Job sí. Asumió este enunciado como la verdad; ¿acaso no la amaba? Dios le quitó todo cuanto poseía y le causó dolorosas pérdidas y Job padeció una enfermedad muy grave. Gracias a esta afirmación: ‘Todo lo que hace Dios es correcto y viene acompañado de Sus buenas intenciones’, como comprendía en su corazón que esa era la verdad, por mucho que sufriera, siguió insistiendo en que ese enunciado era correcto. Por eso decimos que Job amaba la verdad. Es más, lo aceptó sin importarle qué medios empleara Dios para ponerlo a prueba, ya fuera quitándole cosas o haciendo que unos bandidos se las llevaran o incluso afligiéndolo con llagas, todas las cosas que van en contra de las nociones humanas. ¿Cómo lo afrontó Job? ¿Se quejó de Dios? No pronunció ni una sola palabra de queja sobre Él. En esto consiste amar la verdad, amar la justicia y amar la rectitud. En su corazón decía: ‘¡Dios es tan justo con nosotros y tan recto! ¡Cualquier obra Suya estará bien!’. De modo que pudo alabarlo diciendo: ‘No importa lo que Dios haga, no me quejaré. A Sus ojos, los seres creados no son más que gusanos. La forma en que elija tratarlos será la correcta y estará justificada’. Creía que todo cuanto hacía Dios estaba bien, que era algo positivo. A pesar de su intenso dolor y malestar, no protestó. Este es un amor a la verdad sincero, que debe ser admirado por todos y lo demostró de manera pragmática. A pesar de lo mucho que perdió o de lo complicadas que fueron sus circunstancias, Job no se quejó de Dios; se sometió. Esto es una manifestación de amor a la verdad(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. El autoconocimiento es esencial para perseguir la verdad). Al reflexionar sobre las palabras de Dios, ¡me sentí abrumada por la vergüenza! Desde mi perspectiva, creer en Dios consistía únicamente en recibir Su gracia y bendiciones. Nunca imaginé que un día me sobrevendrían el juicio y el castigo de Dios, o Sus pruebas y refinamiento, y mucho menos me había equipado con la verdad de antemano para enfrentar Su juicio. Aunque en mi corazón conocía las experiencias de Job y podía recitar de memoria las palabras esenciales que dijo cuando se mantuvo firme en su testimonio, todo lo que yo entendía era doctrina. Job experimentó las pruebas de Dios porque temía a Dios y evitaba el mal. Perdió todas sus posesiones y a sus hijos, y su cuerpo se cubrió de llagas purulentas. Su esposa se burlaba de él y sus amigos lo ridiculizaban, pero él aun así se aferró a su integridad. En su extremo sufrimiento, prefería maldecir el día de su propio nacimiento antes que quejarse de Dios o renegar de Su nombre. Consideraba que “Todo lo que hace Dios es correcto y viene acompañado de Sus buenas intenciones” era la verdad más elevada que había que practicar. Mientras algo viniera de Dios, ya fuera bueno o malo, él podía aceptarlo y someterse. Con su fe, sumisión y temor a Dios, derrotó a Satanás y dio un testimonio rotundo por Dios. Desde el punto de vista de la doctrina, yo sabía que todo lo que Dios hace es correcto y contiene Sus buenas intenciones; pero cuando mi larga enfermedad me llevó al borde de la muerte, mi verdadera estatura quedó completamente en evidencia. Empecé a contar mis propios méritos, a quejarme de por qué Dios no me protegía e incluso a arrepentirme de mi fe y de todo a lo que había renunciado y entregado. Cuando Dios me bendecía, estaba llena de gratitud hacia Él, pero cuando lo que Él hacía iba en contra de mis nociones, discutía con Dios y me oponía a Él. Realmente me faltaba conciencia y razón; ¡estaba tan desprovista de humanidad! Entonces, me postré en el suelo y oré a Dios: “Dios mío, Tú eres el Creador y yo soy un ser creado. Hagas lo que hagas, no debería tener ninguna queja ni exigirte nada. Dios, estoy dispuesta a someterme a Tus orquestaciones y arreglos”.

Durante los días siguientes, empecé a poner mis asuntos en orden. Empaqué los libros de las palabras de Dios y le dije a una hermana dónde los había guardado. También oré y busqué cómo enfrentar correctamente la muerte. Vi un pasaje de las palabras de Dios: “Así es como debes considerar el asunto de la muerte. Todo el mundo debe enfrentarse a la muerte en su vida, o sea, la muerte es lo que todo el mundo debe afrontar al final de su viaje. Sin embargo, la muerte tiene naturalezas diferentes. Una de ellas es que, en el momento preordinado por Dios, las personas han completado su misión y Él pone punto final a su vida física, de modo que esta llega a su fin, aunque esto no significa que haya terminado. Cuando una persona no tiene carne, su vida se acaba, ¿es así? (No). La forma en que existe tu vida después de la muerte depende de cómo trataste la obra y las palabras de Dios mientras vivías; eso es muy importante. La forma en que existas después de la muerte, o si existirás o no, dependerá de tu postura ante Dios y ante la verdad mientras estás vivo. Si mientras vives, cuando te enfrentas a la muerte y a todo tipo de enfermedades, adoptas una postura de rebeldía y de oposición ante la verdad y de sentir aversión por ella, entonces cuando llegue el momento de que tu vida carnal termine, ¿de qué forma existirás después de la muerte? Sin duda existirás de alguna otra forma, y no cabe duda de que tu vida no va a continuar. Por el contrario, si mientras estás vivo, cuando tienes conciencia dentro de la carne, tu actitud hacia la verdad y hacia Dios es de sumisión y lealtad, y tienes una fe auténtica, entonces aunque tu vida física llegue a su fin, tu vida aún continuará existiendo en una forma diferente en otro ámbito. Esta es la definición de la muerte(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (4)). Después de leer las palabras de Dios, me sentí muy tranquila. Todos deben enfrentar la muerte, pero la naturaleza de la muerte de cada persona y su desenlace después de ella son muy diferentes. Si regresa ante el Creador o si desciende al infierno con Satanás depende de su actitud hacia Dios y hacia la verdad durante su vida. Pensé en el versículo de la Biblia que dice: “Entonces Job murió cuando ya era viejo y después de una larga vida” (Job 42:17).* Job temió a Dios y evitó el mal toda su vida. En medio de los ataques y tormentos de Satanás, se mantuvo firme en su testimonio por Dios, lo cual trajo consuelo al corazón de Dios. Ante la muerte, Job pudo someterse de corazón. Su mente estaba tranquila y en paz, sin ninguna preocupación ni temor. Entonces entendí que la muerte en sí no es lo que da miedo. Lo que da miedo es vivir la vida sin perseguir ni ganar la verdad, seguir viviendo según el propio carácter corrupto y las filosofías satánicas, y seguir rebelándose contra Dios y oponiéndose a Él. No importa cuánto dure la vida física ni cuán cómoda sea, es solo temporal, y, después de la muerte, uno debe ir al infierno a ser castigado. Pero si, mientras viva, una persona puede perseguir la verdad y ganarla como su vida, vivir la realidad de temer y someterse a Dios como lo hizo Job, y mantenerse firme en su testimonio para humillar a Satanás, entonces, aunque su cuerpo físico muera un día, sigue siendo una persona aprobada por Dios. Al enfrentar la muerte, todo lo que yo había revelado eran malentendidos, quejas y exigencias irracionales hacia Dios. Estaba llena de rebeldía y resistencia hacia Él. Aunque siguiera viviendo, si mi carácter corrupto no cambiara, al final igual sería descartada y castigada.

Más tarde, empecé a reflexionar. Después de experimentar casi tres años de enfermedad, había revelado mucha rebeldía y malentendidos hacia Dios. Aunque sabía que todo lo que Él hace es correcto y que debía someterme, al enfrentar la muerte, simplemente no podía hacerlo, pasara lo que pasara. Incluso podía discutir con Dios y oponerme a Él. ¿Qué aspecto de mi carácter corrupto estaba causando esto? Un día, vi las palabras de Dios: “Antes de decidirse a cumplir su deber, en lo más hondo de su corazón, los anticristos están rebosantes de expectativas en lo que se refiere a sus perspectivas, a ganar bendiciones, un buen destino y hasta una corona, y poseen la máxima confianza en obtener estas cosas. Acuden a la casa de Dios para cumplir su deber con esas intenciones y aspiraciones. ¿Contiene, pues, su cumplimiento del deber la sinceridad, la fe y la lealtad genuinas que Dios exige? En este punto uno no puede atisbar aún su lealtad, fe o sinceridad genuinas porque todos albergan una mentalidad completamente transaccional antes de cumplir su deber; todos toman la decisión de llevar a cabo su deber movidos por intereses y partiendo también de la condición previa de sus desbordantes ambiciones y deseos. ¿Qué intención tienen los anticristos al cumplir su deber? Hacer un trato y llevar a cabo un intercambio. Cabría decir que estas son las condiciones que fijan para llevar a cabo su deber: ‘Si cumplo con mi deber, debo obtener bendiciones y alcanzar un buen destino. Debo obtener todas las bendiciones y los beneficios que dios ha dicho que están reservados para la humanidad. En caso de no poder obtenerlos, no cumpliré este deber’. Acuden a la casa de Dios para llevar a cabo su deber con esas intenciones, ambiciones y deseos. Parece como si tuviesen cierta sinceridad y, por supuesto, en el caso de nuevos creyentes que acaban de empezar a llevar a cabo su deber, también puede describirse como entusiasmo. Sin embargo, esto carece de fe genuina o de lealtad; solo hay un cierto grado de entusiasmo, no se puede calificar de sinceridad. A juzgar por esta actitud de los anticristos ante el cumplimiento de su deber, se trata de algo completamente transaccional y repleto de sus deseos de beneficios, tales como ganar bendiciones, entrar en el reino de los cielos, obtener una corona y recibir recompensas. Por eso desde fuera parece que muchos anticristos, antes de que los expulsen, están cumpliendo su deber e incluso que han renunciado a más cosas y sufrido más que la persona promedio. El esfuerzo que hacen y el precio que pagan están a la par de los de Pablo, y ellos también van de aquí para allá tanto como él. Eso es algo que todo el mundo puede ver. En términos de su comportamiento y de su determinación para sufrir y pagar el precio, no deberían quedarse sin nada. En todo caso, Dios no considera a una persona en función de su comportamiento externo, sino en base a su esencia, su carácter, lo que revela y la naturaleza y la esencia de cada una de las cosas que hace(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9 (VII)). Dios desenmascara que los anticristos hacen su deber solo para ganar bendiciones y recompensas. Si no hubiera un buen desenlace, ni recompensas ni bendiciones, un anticristo no creería en Dios, y mucho menos sufriría por su deber. Todo lo que hace un anticristo es para intentar negociar con Dios, esperando ilusoriamente intercambiar un pequeño precio por grandes bendiciones. Reflexioné sobre mí misma. Después de empezar a creer en Dios y saber de Sus promesas y bendiciones, y que la gente podría entrar en el reino de los cielos y ganar la vida eterna, me volví activa en la predicación del evangelio y en la realización de mi deber. Aunque mi familia intentara detenerme y se burlaran de mí, o me insultaran quienes me rodeaban, no me eché para atrás, ni siquiera cuando fui perseguida por el gran dragón rojo. Incluso cuando me atormentaba la enfermedad y no podía comer ni dormir, persistí en mi deber. Pero cuando mi enfermedad empeoró y enfrenté la amenaza de la muerte, me quejé de por qué Dios no me protegía e incluso me arrepentí de mis años de renuncias y entrega, y me arrepentí de mi fe. Lo que revelé no fue más que rebeldía y traición hacia Dios. Pensé en Pablo. Viajó por toda Europa predicando el evangelio, sufrió mucho y pagó un precio alto, pero su sufrimiento y el precio que pagó fueron solo para ganar bendiciones y una corona. Él dijo: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe. En el futuro me está reservada la corona de justicia” (2 Timoteo 4:7-8). Pablo usó su sufrimiento y el precio que pagó como moneda de cambio para intentar hacer un trato con Dios, clamando abiertamente contra Él. Lo que quería decir era que, basándose en lo que él había entregado y logrado, Dios tenía que darle recompensas, una corona y un buen destino; de lo contrario, Dios no sería justo. El carácter que yo había revelado era el mismo que el de Pablo. Según mis acciones, merecía perecer, pero Dios aun así me ha permitido vivir. Esta era una oportunidad para arrepentirme, un acto de la gran misericordia y gracia de Dios.

Solía creer que no importaba si me encontraba con la persecución, la tribulación o una enfermedad que amenazara mi vida, siempre que pudiera atenerme a mi deber, tendría el cuidado y la protección de Dios y podría sobrevivir y ser salva. A través de las palabras de Dios, vi que este punto de vista era completamente absurdo. Dios Todopoderoso dice: “En última instancia, que las personas puedan alcanzar la salvación no depende del deber que lleven a cabo, sino de si pueden comprender y obtener la verdad y de si son capaces de finalmente someterse a Dios por completo, de ponerse a merced de Su instrumentación, no tener consideración hacia su propio futuro y sino, y convertirse en seres creados acordes al estándar. Dios es justo y santo y estos son los estándares que usa para medir a toda la humanidad. Recuerda: estos estándares son inmutables(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Después de leer las palabras de Dios, finalmente entendí que ser salvo no se trata de aferrarse a la práctica externa de realizar mi deber. Lo crucial es perseguir y ganar la verdad en el transcurso del deber para lograr un cambio de carácter, y aprender lecciones en los diversos entornos que Dios dispone, para llegar a ser capaz de someterse a Dios y estar a merced de Sus orquestaciones, al igual que Job. Solo entonces se pueden cumplir los requisitos necesarios para ser salvo y sobrevivir. Tomé una determinación en mi oración. No importaba cuál fuera mi desenlace, estaba dispuesta a ser un ser creado con razón. Si Dios todavía me permitía vivir, estaba dispuesta a empezar de nuevo, a desprenderme de mi intención de ganar bendiciones y a dejar de intentar negociar con Dios. Haría mi deber para ganar la verdad y corresponder al amor de Dios. Si Dios ha ordenado que mi vida termine en este punto, estaba dispuesta a someterme a Sus orquestaciones y arreglos. Después de eso, mi estado mejoró mucho. Aunque mi enfermedad todavía no mejoraba, y la mayor parte del tiempo me dolía todo el cuerpo, y a veces mi mente ni siquiera estaba muy clara, mi corazón estaba en paz. Oré a Dios una y otra vez, dispuesta a poner mi vida y mi muerte en Sus manos. Me sometería a lo que fuera que Él orquestara.

Después de eso, mi salud se deterioró aún más. Incluso un sorbo de agua me daba náuseas y vomitaba. Ni siquiera tenía fuerzas para caminar. Lo que recuerdo más vívidamente fue la noche del 18 de septiembre. Di vueltas en la cama toda la noche, sin poder dormir. Al amanecer, tenía fiebre y el dolor en todo el cuerpo era insoportable. Oré en silencio en mi corazón: “Dios mío, no creo que vaya a lograrlo. Aunque hay mucho a lo que me resisto a renunciar, soy un ser creado. Viva o muera, tenga un buen desenlace y destino o no, todo lo que pido es someterme a Tus orquestaciones y arreglos”. Pensé en las palabras de Dios: “¡Dios Todopoderoso es un médico omnipotente!”. “¡La palabra de Dios es medicina potente! ¡Avergüenza a los diablos y a Satanás! Captar la palabra de Dios nos da apoyo. ¡Su palabra actúa rápidamente para salvar nuestros corazones! Disipa todas las cosas y pone todo en paz(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Declaraciones de Cristo al principio, Capítulo 6). Sí, Dios es todopoderoso. La vida y la muerte están contenidas en un solo pensamiento de Dios. Los médicos pueden tratar enfermedades, pero no pueden salvar una vida. Dios es mi único apoyo, y solo viviendo en Sus palabras mi espíritu puede encontrar paz. Reflexionando sobre las palabras de Dios, me quedé dormida sin darme cuenta. Fue la única vez en más de dos años que me había quedado dormida sin tomar un somnífero, y dormí casi cuatro horas. Cuando me desperté, me sentía mucho mejor mentalmente, y el dolor había disminuido considerablemente. Era una sensación demasiado maravillosa para describirla con palabras. Luego, sucedió algo aún más milagroso. Una tarde, después de cenar, mi esposo me estaba ayudando a bajar a dar un paseo cuando nos encontramos con una mujer de mi edad. Me miró y me preguntó: “Señora, ¿por qué está tan débil?”. Mi esposo le contó mi condición. Ella dijo: “Tenía una amiga que estaba igual que tú. La trataron en un hospital pequeño cercano, y ahora está completamente bien”. Al día siguiente, mi esposo me llevó a ese hospital. Con solo unas pocas decenas de yuanes de medicina occidental, mi enfermedad se curó. Un mes después, estaba realizando mi deber normalmente de nuevo. Cinco meses después, recuperé más de 20 kilos. Tanto mis hermanos y hermanas como los no creyentes que me conocían decían que era un milagro. Tenía claro en mi corazón que era enteramente la misericordia y la gracia de Dios, y Sus maravillosas obras. Al pensar en lo rebelde que había sido antes, intentando constantemente negociar con Dios y engañándolo en mi deber, era de veras indigna de disfrutar de una gracia tan grande por parte de Dios. Que todavía esté viva hoy y pueda hacer mi deber es la inmensa misericordia y el amor de Dios por mí. Le agradezco a Dios desde el fondo de mi corazón, y atesoro esta preciosa oportunidad para realizar mi deber.

Aunque mi carne soportó algo de sufrimiento mientras experimentaba esta enfermedad, lo que gané fue un tesoro invaluable. Llegué a entender que creer en Dios no se trata de ganar bendiciones o beneficios, sino de perseguir la verdad para ser purificada. Seguir a Dios y hacer el deber de un ser creado es mi responsabilidad, y lograr la sumisión y el temor a Dios es la meta que debo perseguir. A través de esta experiencia, he llegado a apreciar profundamente que: “Cuando la enfermedad llega, esto es el amor de Dios, y Sus buenas intenciones sin duda están presentes en ello(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Declaraciones de Cristo al principio, Capítulo 6). ¡Esto es la verdad, y también es un hecho! Esta experiencia es el tesoro más preciado de mi vida. Es el amor especial de Dios, un tipo de amor diferente. ¡Gracias a Dios!

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