27. Vi claramente mi verdadera estatura

Por Miao Xiao, China

Las palabras de Dios dicen: “Si, al experimentar la obra de Dios, una persona quiere transformarse en alguien con semejanza humana, debe someterse a la revelación, el castigo y el juicio de las palabras de Dios, y acabará siendo capaz de transformarse. Esta es la senda. Si la obra no fuese así, la gente no tendría manera de cambiar. Debe hacerse así, poco a poco. La gente debe experimentar el juicio, el castigo, la poda y el trato continuos. Las cosas expuestas en la naturaleza de las personas deben revelarse. Las personas podrán caminar por la senda correcta después de que estas cosas sean manifestadas y de que las entiendan con claridad. Solo después de un periodo de experiencia y de haber entendido algunas de las verdades se sentirán algo seguros para levantarse” (‘Entender las coincidencias y las diferencias en la naturaleza humana’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Ahora voy a hablar de mi experiencia y entendimiento.

Comencé a estudiar guzheng cuando tenía 5 años y me especialicé en ello en una academia de música. Tras convertirme en creyente en Dios, cuando vi que la casa de Dios tenía unos videos que necesitaban música de guzheng, me entusiasmé enormemente. Pensé: “Si algún día pudiera cumplir con este deber, podría aplicar convenientemente mis talentos para crear hermosa música de alabanza a Dios”.

Finalmente, en mayo de 2019 me asignaron este deber. Cuando me incorporé al grupo, conocí a dos hermanas y pensé: “A ellas las eligieron por su talento, pero seguro que mis aptitudes son mejores en comparación con las suyas”. Posteriormente, cuando llegué a conocerlas, descubrí que ninguna había estudiado teoría musical profesional y ambas me dijeron que querían aprender más de mí. Me sentí de maravilla en ese momento. Pensé: “Me seleccionaron para este grupo entre muchísimos hermanos y hermanas y sé más que las hermanas con las que trabajo, ¡así que mis aptitudes deben de ser de primera!” Después de aquello, una de las hermanas me dijo: “Dentro de unos días se incorpora al grupo otra hermana y me he enterado de que tiene el nivel 10 de interpretación de guzheng. ¿Qué nivel tienes tú?” No me impresionó, y pensé: “Da completamente igual el nivel que se tenga. Esa fue mi especialidad y forma parte de mí. ¿Qué pasa por tener el nivel 10? Los niveles no cuentan para ser profesional”. Así pues, orgullosa, le aclaré: “Yo soy una profesional”. Unos días después llegó la hermana Ming. Dijo que no había tocado el guzheng en más de una década, desde que aprobó el examen del nivel 10. Eso me dejó pensando: “Por lo que parece, soy la única profesional del grupo. De ahora en adelante demostraré a todos lo que valgo”. A partir de entonces, era capaz de terminar de componer una canción en 2-3 días, pero observaba que mis hermanas aún estaban aprendiendo teoría musical básica. A veces estaban totalmente confundidas y me sentía superior a ellas. Creía que mis estudios profesionales me distinguían de verdad. Sobre todo cuando no sabían componer canciones o cometían fallos, consideraba lógico ponerme a hacer de profesora, pues les ayudaba a aprender.

Recuerdo que una vez, mientras componía una canción, de pronto oí que en la sala de al lado tocaban el guzheng. Sabía que era la hermana Ming, que estaba ensayando, pero no pude evitar sentir desprecio dentro de mí. Pensé: “Efectivamente, la hermana Ming ha pasado demasiado tiempo sin tocar. Se le da fatal...”. Traté de soportar el ruido, pero al rato realmente no podía más, así que me dirigí a ella y le dije: “¡Desafinas en todas las notas! ¿Cómo lograste aprobar el examen del nivel 10?”. Se sonrojó inmediatamente de la vergüenza y, nerviosa, me dijo: “Hace demasiado tiempo que no toco, me falta práctica. ¿A lo mejor tú podrías enseñarme a tocar esta pieza?” Le lancé una mirada y contesté: “¡Sí que debe de hacer mucho tiempo que no tocas!” Bajó la cabeza sin decir nada y me sentí un poco culpable. Pensé que tal vez no debería tratar así a mi hermana, pero también que, cuando todavía estaba en la escuela, hablaba de manera aún más dura a mis compañeros más jóvenes, por lo que mi tono hacia ella no era para tanto. Así pues, me senté a tocar mientras me observaba, y luego le dije: “Toca justo como te he enseñado y lo tendrás”. Después, cuando se sentó a tocar, vi que tenía las manos y los dedos rígidos y parecía nerviosa. Se equivocó apenas había tocado unas pocas notas, así que le hice unas cuantas demostraciones más. No obstante, como seguía equivocándose, empecé a tenerle manía. “En la escuela, cuando tenía problemas y pedía ayuda a mis compañeros, me salía bien con tan solo un par de intentos”. Ya te he enseñado varias veces; ¿por qué no sabes hacerlo? Eres demasiado torpe”, pensé, por lo que le dije: “Si después de todas mis demostraciones sigues sin saber hacerlo, francamente, no quiero enseñarte”. Me miró y lo único que vi en sus ojos fue decepción. Su mirada me llegó al alma. Me di cuenta de que se sentía cohibida por mí. ¿Cómo había sido capaz de actuar así? ¿Por qué no había sabido ser un poco más paciente? Sin embargo, luego pensé: “Lo único que estoy haciendo es corregir sus fallos. Tal vez sufra ahora, pero eso la motivará a mejorar más rápido, así que, de todos modos, le serviré de ayuda al final”. Una vez que comprendí eso, no pensé demasiado en ello, pero después descubrí que la hermana Ming tenía cada vez menos entusiasmo por tocar y dejó de hacerme preguntas. Cuando le pregunté el motivo, me dijo: “Como temo que me critiques por preguntarte, no me atrevo a consultarte lo que no sé. Prefiero esperar a que ensayes, escuchar desde la otra sala, aprender cómo tocas y mejorar así mis destrezas”. Lo que oí me llegó verdaderamente al corazón. En realidad, jamás pensé que le haría cohibirse tanto como para que le diera miedo preguntarme ni que pudiera hacerle tanto daño. Lo único que quería era ayudarla a aprender más rápido. ¿Cómo hemos llegado a esto?. Por ello, oré a Dios para pedirle que me ayudara a entender mis problemas

Y luego leí este pasaje de las palabras de Dios: “¿Cómo surge un carácter arrogante? ¿Acaso lo provoca que alguien te consulte algo? (No; proviene de mi naturaleza). Entonces, ¿cómo puede tu naturaleza llevarte a tener este tipo de reacción y expresión? ¿Cómo se revela? En el momento en el que alguien te consulta algo, de inmediato te vuelves irracional, pierdes tu humanidad normal y ya no puedes emitir juicios precisos. Piensas: ‘Me preguntas sobre esto; ¡lo entiendo! ¡Tengo conocimiento al respecto! ¡Lo comprendo! A menudo me topo con este asunto y estoy muy familiarizado con él; para mí, no es gran cosa’. Cuando piensas de esta manera, ¿es normal o anormal tu racionalidad? Cuando se revela un carácter corrupto, la racionalidad de una persona se vuelve anormal. Por tanto, sea cual sea el asunto con el que te encuentres —incluso cuando alguien te haga alguna consulta— no debes adoptar una actitud arrogante; tu racionalidad debe seguir siendo normal” (“Registros de las pláticas de Cristo”). “No seas engreído; toma las fortalezas de los demás para compensar tus propias deficiencias, observa cómo otros viven según las palabras de Dios y mira si vale la pena emular su vida, sus acciones y sus palabras. Si consideras que los demás son menos que tú, entonces eres engreído, presuntuoso y no beneficias a nadie” (‘Capítulo 22’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Al leer las palabras de Dios me sentí patética y triste. Las palabras de Dios delataron cada uno de mis actos y pensamientos y fue entonces cuando me di cuenta de que esa conducta revelaba mi carácter arrogante. Me consideraba privilegiada por tener formación musical y conocimientos profesionales. Me creía una profesional. Cuando mis hermanas no entendían algo y me preguntaban, creía destacar aún más del resto, tanto por aptitudes como por conocimientos profesionales. Al sentirme superior, me situaba en una posición de profesora y enseñaba a mis hermanas con la actitud de superioridad y el tono de una profesora. Cuando supe que la hermana Ming no tocaba tan bien, no solo la menosprecié, sino que la increpé inmediatamente. No tuve la menor consideración por sus sentimientos. Le enseñé a tocar varias veces, pero, como aún cometía fallos, le hablé tan bruscamente que se sintió demasiado cohibida como para ensayar más. Tenía tanto miedo que prefirió estudiar a escondidas antes que preguntarme. Era realmente tan arrogante que perdí toda humanidad normal. Teniendo en cuenta que llevaba más de diez años sin tocar, era normal que estuviera un poco torpe y aprendiera despacio cuando lo retomara. Sin embargo, era admirable que quisiera aprender de nuevo y trabajar mucho en los ensayos para cumplir con ese deber. En vez de apreciar eso en ella, la menosprecié y humillé por sus limitaciones y le hundí las ganas de intentarlo. ¿Cómo pude ser tan arrogante y carente de humanidad? Cuanto más lo pensaba, más comprendía la gravedad de mi carácter corrupto. Tenía que arrepentirme ante Dios. No podía continuar así, por lo que le oré: “Dios mío, vivo atrapada en mi carácter arrogante y, por haber menospreciado y cohibido a mi hermana, le he hecho muchísimo daño. Ahora me doy cuenta de lo que he hecho y deseo arrepentirme ante Ti. Además, te ruego que me guíes para despojarme de mis actitudes de arrogancia y engreimiento, entrar en la verdad y vivir una humanidad normal”.

Después me sinceré de manera activa con todas en una reunión acerca de la corrupción que había revelado y pedí disculpas a la hermana Ming. Le dije: “Como había estudiado música profesionalmente, supuse que era mejor que todas ustedes, por lo que, cuando te enseñé a tocar, adopté un tono sarcástico, denigrante y reprobatorio en mi actitud hacia ti. Me disculpo por todo el daño que te hice. A partir de hoy quiero entrar en la verdad de vivir una humanidad normal. No quiero que sigas sintiéndote cohibida por mí, y si ves que revelo alguna corrupción, quiero que me ayudes señalándomela”. Tras decir aquello, me sorprendió que la hermana Ming no solo no me guardara rencor, sino que me dijera que esperaba que le ayudara más con sus destrezas. En vista de que, después de haber herido y cohibido tanto a mi hermana, no me guardaba rencor, sentí una vergüenza aún mayor. Pensé: “En lo sucesivo, quiero ser buena compañera suya y ayudarle a cumplir con este deber”. Posteriormente, cuando veía que la hermana Ming se equivocaba en la música, a veces todavía la menospreciaba, pero inmediatamente comprendía que estaba revelando mi carácter arrogante. Podía entonces orar a Dios, cambiar de actitud, dejar de hacer de profesora y ayudarle a aprender de forma tranquila y amable. Transcurrido un tiempo, me di cuenta de que mi relación con ella se había vuelto más normal y aprendía muy rápido lo que le enseñaba. Había canciones que yo había tardado meses en aprender en la escuela, y ella las aprendió en un mes. Estábamos completamente emocionadas y le agradecimos a Dios que nos guiara.

Sin embargo, pese a esa experiencia, al hecho de que mi estado había mejorado y a que no aparentaba ser tan arrogante como antes, aún no entendía ni aborrecía demasiado mis actitudes satánicas de arrogancia y engreimiento. Por ello, cuando se daban las circunstancias propicias, resurgía el problema de siempre. Posteriormente, nuestro grupo se puso a estudiar el cálculo de los intervalos. Una noche vi que el cálculo de los intervalos de la hermana Ming era demasiado lento, por lo que quise enseñarle una forma más sencilla de hacerlo. También la hermana Han y la hermana Xiaoyue se acercaron a escucharnos, y pronto la hermana Xiaoyue y la hermana Ming supieron calcular los intervalos con el método que les había enseñado. Al comprobar que sabían hacerlo, no pude evitar estar encantada conmigo misma. Pensé: “Realmente soy una profesional única”. Solo tenía ganas de seguir hablando y enseñándoles, pero reparé en que la hermana Han no estaba calculando según mi método e iba despacio. Pensé: “Tú sola, ¿cuántos intervalos podrás calcular en una hora? Estás perdiendo el tiempo. Las otras dos están haciendo lo que les he enseñado y van mucho más rápido”. Le dije entonces a la hermana Han: “Prueba a hacerlo como te he enseñado”. Puso cara de incomodidad y me dijo que sabía calcular intervalos antes de conocer el método que les había enseñado, puesto que ya había aprendido otro método. Sin embargo, tras oír mi explicación ya no sabía hacerlo, y en ese momento estaba totalmente confundida. No pude evitar sentir desprecio por ella. Pensé: “Con lo sencillo que es mi método, ¿cómo es posible que no lo entiendas? Hoy te voy a enseñar este método. ¡No me creo que no puedas hacerlo!” Así pues, agarré un taburete, me senté a su lado y me puse a explicarle con las manos cómo se hacía. Lo repetí varias veces, pero en su rostro solo veía confusión, así que reprimí la ira y traté de explicárselo durante media hora más, pero luego vi lo avergonzada que parecía estar y yo no sabía qué hacer. Reflexioné: “A lo mejor es demasiado tarde o está demasiado cansada para esto”, y entonces dejé que se fuera a descansar.

En mitad de la noche, me desperté y vi que la hermana Han aún estaba levantada calculando intervalos. Sorprendida, le pregunté por qué estaba todavía levantada trabajando en ello y, en tono frustrado, me contestó: “A decir verdad, sigo sin entender el método que me enseñaste. Sé calcular intervalos con mi método, pero es un poco lento. Creo que, por ahora, quizá solo debería utilizar mi método”. Al ver que mi hermana continuaba trabajando arduamente en plena noche y su gesto circunspecto cuando habló conmigo, me sentí un poco culpable, ya que entonces comprendí esto: “He vuelto a cohibir a mi hermana, ¿verdad?”

Por ello, al día siguiente, en nuestra reunión, les pedí a todas que hablaran abiertamente de mis defectos. Las hermanas dijeron que siempre me gustaba hablar desde una posición de autoridad, que era demasiado arrogante, que siempre las cohibía y me empeñaba en que hicieran las cosas a mi modo. Una hermana dijo que siempre hablaba de forma demasiado áspera e incomodaba a las demás. Al oír decir estas cosas a mis hermanas, noté que se me nublaba la mente en el acto y me sonrojaba. Era muy duro admitirlo. No podía dejar de sentirme agraviada. Pensé: “Igual soy algo arrogante, pero también estoy trabajando en ello. No puede ser tan malo como lo pintan”. Sin embargo, reflexioné más al respecto, y entonces me di cuenta de que esto estaba sucediendo porque Dios lo permitía y yo no tenía derecho a poner excusas ni a discutirlo. Eso sería negarme a aceptar la verdad. Y, para colmo, había sido yo quien había pedido a mis hermanas que me señalaran mis defectos. Me los señalaron sinceramente y, si me negaba a admitirlos, ¿no sería simplemente absurdo? Una vez que comprendí todo esto, oré a Dios en silencio para pedirle que me permitiera aceptar y obedecer lo planteado por mis hermanas. Tras orar estaba algo más tranquila y les dije a mis hermanas que reflexionaría sobre mis problemas.

Luego, durante mis devocionales, leí este pasaje de las palabras de Dios: “Si realmente posees la verdad en ti, la senda por la que transitas será, de forma natural, la senda correcta. Sin la verdad es fácil hacer el mal, y no podrás evitar hacerlo. Por ejemplo, si albergaras arrogancia y engreimiento, te resultaría imposible evitar desafiar a Dios; sentirías la necesidad de desafiarlo. No lo haces intencionalmente, sino que esto lo dirige tu naturaleza arrogante y engreída. Tu arrogancia y engreimiento te harían despreciar a Dios y verlo como algo insignificante; causarían que hagas alarde de ti mismo en todas las cosas, que te exhibas constantemente y que al final te sentaras en el lugar de Dios y dieras testimonio de ti mismo. Finalmente, considerarías tus propias ideas, pensamientos y nociones como si fueran la verdad a adorar. ¡Ve cuántas cosas malas te lleva a hacer esta naturaleza arrogante y engreída!” (‘Sólo puedes obtener cambios en tu carácter buscando la verdad’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). A la vista de lo revelado en las palabras de Dios, por fin entendí que la causa principal de la arrogancia y el engreimiento que revelaba, así como mi manera de cohibir a mis hermanas, era que aún tenía una naturaleza satánica arrogante dentro de mí. Dado que vivía según esa naturaleza arrogante, siempre me creía mejor que los demás, por lo que quería tener la última palabra en todo. Especialmente cuando veía que mis aptitudes profesionales eran mejores que las del resto, me sentía superior a todo el mundo, me comportaba como una profesora y exigía que me hicieran caso y obedecieran. En las circunstancias adecuadas, presumía involuntariamente de conocimientos y aptitudes, utilizaba mis opiniones como criterios que había que seguir, y hasta los consideraba la verdad y exigía obediencia absoluta al resto. Cuando vi que la hermana Han no calculaba los intervalos con mi método, enseguida me indigné y la presioné. Le insistí en que se corrigiera y me hiciera caso. No respeté para nada sus sentimientos ni pensé en sus dificultades reales. Ni siquiera daba lugar a que las hermanas hablaran o debatieran las cosas. Era tan arrogante que perdí todo ápice de razón. Al final no ayudé en nada a mis hermanas del grupo. Lo único que hice fue herirlas, cohibirlas, influir en su desempeño en el deber y obstaculizar el trabajo de todas. Fue entonces cuando comprendí que vivir según un carácter arrogante no solo me impedía vivir con semejanza humana, sino que, además, alteraba el deber de las demás y obstaculizaba el trabajo de la iglesia. ¿Cómo podía afirmar que cumplía con el deber? ¿No era obvio que estaba haciendo el mal y oponiéndome a Dios? Si no me arrepentía, ¡Dios me rechazaría y descartaría tarde o temprano! La verdadera protección de Dios fue que mis hermanas fueran capaces de ayudarme al señalarme estas cosas. Sin ellas habría seguido viviendo según mi carácter arrogante y no sé cuántas malas acciones podría cometer.

Posteriormente encontré en mis devocionales otro pasaje de las palabras de Dios: “Dios creó al hombre, insufló vida en él, y también le dio algo de Su inteligencia, Sus capacidades, y lo que Él tiene y es. Después de que Dios diera al hombre todas estas cosas, el hombre fue capaz de hacer algunas cosas de forma independiente y pensar por sí mismo. Si lo que al hombre se le ocurre y hace es bueno a los ojos de Dios, Él lo acepta y no interfiere. Si lo que el hombre hace es correcto, entonces Dios dejará que sea de esa manera para siempre. ¿Qué indica, pues, la frase ‘y el nombre que Adán le dio a cada criatura viviente es el nombre que llevan ahora’?* Sugiere que Dios no realizó ninguna corrección a los nombres de las diversas criaturas vivientes. A cualquier nombre que Adán pusiese, Dios diría ‘Sí’ y lo registraría como tal. ¿Expresó Dios alguna opinión? No, desde luego que no. ¿Qué veis aquí? Dios le dio inteligencia al hombre y este la usó para hacer cosas. Si lo que el hombre hace es positivo a los ojos de Dios, Él lo confirma, lo reconoce y lo acepta sin evaluación ni crítica. Ninguna persona ni espíritu maligno, ni Satanás pueden hacer esto” (‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo I’ en “La Palabra manifestada en carne”). Comprobé que en la esencia de Dios no había ni siquiera un poco de arrogancia, autosuficiencia o engreimiento. Cuando Adán puso nombres a todos los animales, Dios, sencillamente, los aceptó y utilizó sin mostrar desacuerdo. Dios es el Creador, Su sabiduría es incomparable a la del hombre, y sin embargo nunca presume ni obliga a nadie a hacerle caso. Por el contrario, le da a la gente su espacio, nos concede libertad y, mientras hagamos cosas positivas, no se inmiscuye. Al pensarlo sentí vergüenza. Soy menos que una mota de polvo a ojos de Dios, pero seguía tratando de utilizar mis conocimientos profesionales y los talentos que me había otorgado Dios, me situaba por encima de todo el mundo, presumía y despreciaba a los demás. También me empeñaba en que me hicieran caso, para lo cual llegaba a cambiar el tono de voz. En efecto, era demasiado arrogante. Mi hermana podría haber cumplido perfectamente con el deber utilizando el método que conocía, pero la obligué a emplear el mío sin darle lugar a que pensara por sí misma. Fui prepotente y dictatorial. ¿Cómo pude ser tan irracional? Vivía únicamente con actitudes satánicas, lo que era verdaderamente repugnante. Comprendí que, por más dones o talentos que tuviera, si no practicaba la verdad ni cambiaba mis actitudes satánicas, Dios me rechazaría y descartaría tarde o temprano. Al pensarlo me dio algo de miedo y, por otra parte, me detesté y odié a mí misma. Oré a Dios para decirle que me arrepentiría, practicaría la verdad y dejaría de vivir en función de mi carácter arrogante.

Luego leí dos pasajes de las palabras de Dios que me facilitaron una senda para renunciar a mí misma y despojarme de mi carácter arrogante. “No te des aires de grandeza. ¿Puedes asumir tú solo la obra aun si eres la persona con las mejores habilidades profesionales o si sientes que tu calidad es mayor a la de quienes están aquí? ¿Puedes tú solo asumir la obra aun si tienes el estatus más alto? No puedes hacerlo; no sin la ayuda de todos los demás. Por tanto, nadie debe ser arrogante y nadie debe desear actuar de forma unilateral; la persona debe tragarse su orgullo, abandonar sus propias ideas y puntos de vista y trabajar en armonía con los compañeros. Hay personas que practican la verdad y poseen humanidad. Dios ama a esas personas y solo ellas pueden ser dedicadas en la realización de su deber. Esto, por sí solo, es una manifestación de devoción” (“Registros de las pláticas de Cristo”). “Dios le otorga dones al hombre y le da habilidades especiales, así como inteligencia y sabiduría. ¿Cómo debe el hombre utilizar estas cosas? Debes dedicar tus habilidades especiales, tus dones, tu inteligencia y tu sabiduría a tu deber. Debes utilizar tu corazón y devanarte los sesos aplicando todo lo que sabes, todo lo que entiendes, todo lo que puedes lograr y todo lo que piensas a tu deber. Al hacerlo, serás bendecido” (“Registros de las pláticas de Cristo”). Al reflexionar sobre las palabras de Dios, comprendí que Dios me dio talento y predestinó que estudiara música a nivel profesional, así que tenía que utilizar estas cosas para cumplir con el deber, no para ser arrogante y orgullosa. Comprobé que todo el mundo tiene puntos fuertes y limitaciones y que, por muy bien que se me dé la música, nunca seré la mejor en todo ni eso quiere decir que tenga la realidad de la verdad. Me di cuenta de que tenía que trabajar con mis hermanos y hermanas para compensar las respectivas limitaciones y hacerlo unidos para crear obras que dieran testimonio de Dios. Eso es lo único que concuerda con la voluntad de Dios.

Posteriormente, cuando tocaba el guzheng y adquiría destrezas con mis hermanas, si descubría puntos que necesitaban mejorar, oraba conscientemente a Dios para pedirle fortaleza para renunciar a mí misma y enseñarles pacientemente, y también era capaz de aprender de sus puntos fuertes. Después ya no se sentían cohibidas por mí, sabían utilizar sus talentos en el deber y, con el tiempo, se sintieron cada vez más libres. Guiadas por el Espíritu Santo, producíamos composiciones con mucha mayor rapidez que antes y la calidad no hacía más que mejorar. Más adelante llegó al grupo una hermana joven que nunca había estudiado teoría musical, así que, con el fin de ayudarle a que la aprendiera y dominara lo antes posible, le diseñé un curso que abarcaba desde los temas básicos a los avanzados. Pensaba: “Mientras siga mi curso, podrá aprenderlo todo en poco tiempo”. Sin embargo, un día vino a preguntarme algo que no entendía, y al percatarme de que su pregunta no formaba parte del curso que había diseñado, empecé a sentirme incómoda, y pensé: “Te he diseñado un curso excelente y no lo sigues. En cambio, estás estudiando otros materiales. Si estudias así, ¿cuándo llegarás a mejorar? ¿No estás dudando de mi profesionalidad?” En este punto de mi razonamiento reconocí inmediatamente que mi carácter arrogante estaba haciendo nuevamente de las suyas, por lo que sin demora oré a Dios y renuncié a mí misma. Recordé cómo hacía las cosas antes, cuando recurría a mi carácter arrogante y cohibía enormemente a las hermanas de mi grupo. En esta ocasión sabía que tenía que respetar su opinión. Decidí dejar que estudiara a su ritmo y a su manera, en vez de forzarla a hacer lo que me pareciera mejor. A partir de entonces, cuando ambas estábamos componiendo, cada vez que descubríamos puntos en que nuestras opiniones o ideas diferían, renunciaba conscientemente a mí misma y comentaba las cosas con ella. Al final, una semana después, terminamos la composición y sabía que, en verdad, era fruto de la guía y bendición de Dios. Tal como afirman las palabras de Dios: “Cuanto más pones en práctica la verdad, más poseedor eres de ella; cuanto más pones en práctica la verdad, más poseedor eres del amor de Dios; y cuanto más pones en práctica la verdad, más te bendice Él” (‘Quienes aman a Dios vivirán por siempre en Su luz’ en “La Palabra manifestada en carne”).

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