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Las palabras de Dios me guiaron para dar testimonio

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Por Xiao Min, provincia de Shandong

Nací en una zona rural pobre y atrasada; de niña mi vida fue dura y miserable. Con el fin de lograr lo antes posible un mejor porvenir, después de casarme empecé a trabajar como una loca. Sin embargo, acabé enfermando a causa del exceso de trabajo y pasé de estar en forma y con buena salud a vivir plagada por las enfermedades. Padecía un dolor constante causado por estos males y buscaba consejo y tratamiento médico donde podía. Gastaba mucho dinero, pero mis enfermedades nunca mejoraban. En la primavera de 1999, dos hermanas me predicaron el evangelio de la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Al leer las palabras de Dios Todopoderoso, sentí la autoridad y el poder de Sus palabras; sabía que ningún ser humano podría haberlas pronunciado y que las palabras de Dios Todopoderoso son, ciertamente, la voz de Dios. Llegué a estar absolutamente segura de que Dios Todopoderoso es el Señor Jesús que ha regresado y que Él puede salvarnos de todo nuestro dolor. Leí más palabras de Dios y, a medida que lo hacía, llegué a entender algunas verdades y a alcanzar un entendimiento completo de muchas cosas del mundo. Mi espíritu dolorido y sofocado se sintió liberado y poco a poco me recuperé de mis enfermedades. Mi gratitud hacia Dios no tenía límites y comencé a predicar activamente el evangelio y a dar testimonio de la obra de Dios de los últimos días.

Sin embargo, no mucho tiempo después, el gobierno del PCCh me arrestó tres veces seguidas por predicar el evangelio y, en cada ocasión que lo hizo, Dios Todopoderoso me guio para triunfar sobre la persecución de Satanás. En 2012, mientras cumplía con mi deber en la iglesia, caí una vez más en esa guarida de monstruos y fui sometida a las torturas del diablo Satanás…

El 13 de septiembre de 2012, ya casi de noche, regresé a mi casa de acogida y, como siempre, aparqué afuera mi ciclomotor y llamé al timbre. Para mi sorpresa, en cuanto abrí la puerta cuatro hombres fornidos se abalanzaron sobre mí como lobos. Me retorcieron los brazos tras la espalda, me esposaron y luego me empujaron a una silla y me dejaron allí sujetada. Varios policías comenzaron inmediatamente a hurgar en mi bolso. […] Ante tal repentina y feroz demostración de fuerza, me quedé petrificada por el miedo y me sentía como un pobre corderito atrapado entre lobos despiadados, sin fuerzas de ningún tipo para resistirme. Entonces me sacaron y me metieron en la parte trasera de un sedán negro. Dentro del coche, el jefe de policía, que parecía un patético hombrecillo embriagado con su propio éxito, volteó y me dedicó una sonrisa furtiva, diciéndome: “¡Ja! ¿Sabes cómo te atrapamos?” Por miedo a que pudiera intentar escapar, los agentes de policía me tenían sujetado de ambos lados, como si fuera un criminal peligroso. Estaba enfadada y aterrorizada; no quería ni imaginar cómo me iba a castigar y atormentar la policía. Tenía mucho miedo de no poder resistir su tortura; de convertirme en una Judas y traicionar a Dios. Pero, entonces, pensé en Sus palabras: “Mientras que oréis y supliquéis ante Mí frecuentemente, os otorgaré toda fe sobre vosotros. Aquellos en el poder pueden parecer despiadados desde afuera, pero no tengáis miedo, ya que esto es porque tenéis poca fe. Siempre y cuando vuestra fe crezca, nada será demasiado difícil” (‘Capítulo 75’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios Todopoderoso me dieron fuerza y fe y, poco a poco, me ayudaron a calmarme. “Sí”, pensé. “No importa cuán salvajes y feroces sean estos malvados policías, son solo peones en manos de Dios y forman parte de Sus orquestaciones. Mientras ore e invoque a Dios con un corazón verdadero, Él estará conmigo y no habrá nada de qué preocuparse. Si estos malvados policías me torturan y me golpean cruelmente, eso es Dios que quiere probar mi fe. No importa cuánto atormenten mi carne, no pueden impedir que mi corazón mire a Dios y lo invoque. Aunque maten mi carne, no pueden matar mi alma, porque todo lo que soy está en manos de Dios”. En cuanto pensé aquello, ya no temí al diablo Satanás y me decidí a mantenerme firme en mi testimonio de Dios. Entonces grité en mi corazón: “¡Oh, Dios Todopoderoso! No importa lo que me hagan hoy, estoy dispuesta a enfrentarme a todo. Aunque mi carne es débil, deseo vivir confiando en Ti y no darle a Satanás ni siquiera una oportunidad de aprovecharse de mí. Por favor, protégeme; no te traicionaré y no me convertiré en una despreciable Judas”. Mientras avanzábamos en el coche, no dejaba de cantar en mi mente uno de los himnos de la iglesia: “Por Su plan sagrado y soberanía, me enfrento a pruebas para mí. ¿Cómo voy a rendirme o esconderme? La gloria de Dios es lo primero. En los momentos de adversidad, Sus palabras me guían, mi fe se perfecciona. Estoy completamente consagrado a Dios, consagrado a Dios sin miedo a la muerte. Su voluntad es lo primero” (‘Sólo pido que Dios esté satisfecho’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). A medida que cantaba en silencio, mi corazón se llenó de una fuerza inagotable y me decidí a confiar en la sabiduría y la fuerza que Dios me daba para luchar contra Satanás hasta la muerte. Una vez que me llevaron a la sala de interrogatorios, me sorprendió ver que una hermana que realizaba las mismas tareas en la iglesia que yo, la hermana de mi casa de acogida, y una líder de la iglesia, también estaban allí. ¡Ellas también habían sido capturadas! Uno de los policías me vio mirando a mis hermanas de la iglesia; clavó los ojos en mí y me regañó, diciendo: “¿Qué estás mirando? ¡Entra ahí!” Para evitar que nos habláramos, la policía nos encerró en diferentes salas de interrogatorios. Me registraron, me desabrocharon el cinturón y me registraron por todas partes. Me sentí muy ofendida ¡y me di cuenta de lo malvados, despreciables y mezquinos que son realmente estos subordinados demoniacos del gobierno del PCCh! Estaba furiosa, pero tuve que tragarme mi ira, ya que no había lugar para la razón en esta guarida de monstruos. Después de confiscarme el ciclomotor nuevo, que pertenecía a la iglesia, y los más de 600 yuanes que llevaba conmigo, comenzaron a interrogarme. “¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu cargo en la iglesia? ¿Quién es tu líder? ¿Dónde están ahora?” No respondí, así que el policía me gritó: “¿Crees que no lo averiguaremos aunque no nos lo digas? ¡No tienes ni idea de lo que podemos hacer! ¡Deberías saber que también hemos arrestado a tus líderes de alto nivel!” Luego procedieron a enumerar algunos nombres; me preguntaron si conocía a alguno de ellos y continuaron interrogándome. “¿Dónde se guarda todo el dinero de tu iglesia? ¡Dínoslo!” Repelí todo lo que me decían y les grité: “¡No conozco a nadie! ¡No sé nada!” Cuando vieron que su primera ronda de interrogatorios había fracasado, decidieron jugar su mejor carta y comenzaron a turnarse para interrogarme y torturarme en un intento por que me derrumbara. La policía me interrogó y me torturó sin parar durante tres días y cuatro noches. Durante aquellos difíciles momentos, invoqué a Dios con sinceridad y Sus palabras me guiaron: “No debes tener miedo de esto o aquello. No importa cuántas dificultades y peligros enfrentes, permanecerás firme delante de Mí; que nada te estorbe, para que Mi voluntad se pueda llevar a cabo. Éste será tu deber […] No tengas miedo; con Mi apoyo, ¿quién podría bloquear el camino? ¡Recuerda esto! ¡Recuerda! Todo lo que ocurre es por Mi buena intención y todo está bajo Mi observación” (‘Capítulo 10’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). “¡Sí!”, pensé. “Dios Todopoderoso es mi bastión ¡y con Dios Todopoderoso como mi apoyo incondicional no tengo nada que temer! Mientras conserve la fe para cooperar con Dios, entonces creo que Él me ayudará a vencer las tentaciones de Satanás y a superar estos momentos difíciles”.

Como el primer día los policías no lograron obtener de mí la información que deseaban, se sintieron humillados y furiosos, y uno de sus jefes me dijo con fiereza: “No voy a consentirle más terquedad. ¡Tortúrenla!” Cuando le oí decir esto, mi espíritu vaciló y empecé a tener miedo; me preocupó estar empezando a desmoronarme bajo su tormento. Lo único que podía hacer era invocar con sinceridad a Dios: “¡Oh, Dios Todopoderoso! Me siento muy débil ahora mismo; las fuerzas me han abandonado por completo. Pero la policía quiere torturarme y realmente no sé si podré mantenerme firme. Por favor, quédate conmigo y dame fuerzas”. Un policía me cogió las manos esposadas que tenía aún detrás de la espalda y me las colgó de una mesa rota, donde me obligaron a mantener una posición de media sentadilla. Me lanzaban miradas hostiles y me presionaban con sus preguntas. “¿Dónde está tu líder? ¿Dónde está todo el dinero de la iglesia?” Estaban deseando que me doblegara bajo la presión de la tortura y que capitulara ante ellos. Pasada media hora de esta tortura a la que me sometía la policía malvada, las piernas comenzaron a dolerme y a temblar. Me latía con fuerza el corazón y mis brazos también me dolían mucho. Estaba al límite de mi resistencia y sentía que no iba a durar ni un momento más, así que grité con fuerza en mi corazón: “¡Oh, Dios Todopoderoso! Por favor, sálvame. No puedo soportarlo más. No quiero traicionarte como Judas. Por favor, protégeme”. En ese momento, me vinieron a la mente estas palabras de Dios: “Detrás de cada paso que Dios hace en vosotros está la apuesta de Satanás con Él, detrás de todo ello hay una batalla. […] Cuando Él y Satanás luchan en el ámbito espiritual, ¿cómo deberías satisfacer a Dios? ¿Y cómo deberías mantenerte firme en tu testimonio de Él? Deberías saber que todo lo que te ocurre es una gran prueba y el momento en que Dios necesita que des testimonio” (‘Sólo amar a Dios es realmente creer en Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me despertaron y me permitieron darme cuenta de que Satanás me atormentaba de esta manera para hacerme traicionar a Dios y que dejara de buscar la verdad. Esta batalla se libraba en el reino espiritual: era Satanás que trataba de tentarme y también la manera que Dios tenía de probarme. Ahora es cuando Dios necesitaba que yo diera testimonio. Dios tenía expectativas sobre mí y muchos ángeles me estaban observando en ese instante, al igual que el diablo Satanás; todos a la espera de que reafirmara mi posición. Simplemente no podía tirar la toalla y dejarme caer; no podía rendirme ante Satanás; sabía que tenía que permitir que la obra de Dios se llevara a cabo a través de mí para cumplir con Su voluntad. Por principio inalterable, este era el deber que debía cumplir como ser creado; este era mi llamado. En esta crucial coyuntura, mi actitud y mi comportamiento iban a tener un impacto directo en mi capacidad para dar testimonio victorioso de Dios y, aún más, en mi capacidad para convertirme en testimonio de la derrota de Satanás contra Dios y de Su conquista de la gloria. Sabía que no podía causarle dolor o decepción a Dios ni podía permitir que los astutos planes de Satanás que me afligían llegaran a tener éxito. Al tener estos pensamientos, la fuerza surgió repentinamente en mi corazón y les dije con firmeza: “¡Pueden matarme a golpes, pero yo sigo sin saber nada! En ese momento, una mujer policía entró en la habitación. Al verme, dijo: ‘Rápido, bájenla. ¿Qué intentan hacer, matarla? ¡Si le pasa algo, será su culpa!’” En mi corazón, sabía que Dios Todopoderoso había escuchado mis oraciones y me había mantenido a salvo del daño en ese momento de peligro. Cuando los malvados policías me bajaron, me tendí enseguida en el suelo. No podía ponerme de pie; mis brazos y piernas habían perdido toda la sensibilidad. Apenas tenía fuerzas para respirar y no sentía ninguna de mis cuatro extremidades. Estaba muy asustada en ese momento y las lágrimas caían sin cesar de mis ojos. Pensé: “¿Voy a acabar lisiada?” A pesar de todo, sin embargo, los policías malvados no me dejaron ir. Me agarraron de los brazos, uno de cada lado, y me arrastraron como a un cadáver hasta una silla rota donde, de un empujón, me obligaron a sentarme. Uno de los policías dijo con maldad: “Si no habla, cuélgala de una cuerda”. Al instante, el otro policía malvado sacó una delgada cuerda de nailon y la usó para colgarme las manos esposadas de un tubo de calefacción. Enseguida, los brazos me quedaron estirados y me empezaron a doler la espalda y los hombros. Los policías malvados no paraban de preguntarme: “¿Vas a decirnos lo que queremos saber?” Aun así, no contesté. Se enfadaron tanto que me tiraron un vaso de agua a la cara, según ellos, para despertarme. Llegado ese punto, ya me habían torturado tanto que no me quedaba ni una pizca de fuerza y tenía los ojos tan cansados que ni siquiera podía mantenerlos abiertos. Al ver que guardaba silencio, uno de los policías malvados, agresiva y desvergonzadamente, me abrió los ojos con los dedos para burlarse de mí. Después de varias horas de interrogatorios y tortura, los policías malvados habían usado ya todos los trucos de su manual, pero sus intentos por hacerme hablar, de nuevo, terminaron en fracaso.

Como vieron que no podían sacarme nada con sus interrogatorios, los policías malvados decidieron urdir un plan diabólico: hicieron venir a alguien de la ciudad que se llamaba a sí mismo “experto en interrogatorios” para que se hiciera cargo de mí. Me llevaron a otra habitación y me ordenaron que me sentara en una silla de metal. Luego me encadenaron con fuerza los tobillos a las patas de la silla y, las manos, a los brazos de esta. Poco después, un hombre con gafas y de aspecto refinado entró con un maletín. Me sonrió ampliamente y, fingiendo ser amable, me soltó las manos y los tobillos que tenía encadenados a la silla y me permitió sentarme en un catre que había en un costado de la habitación. Al momento me sirvió una taza de agua y, luego, me convidó unos dulces. Se me acercó y me dijo con fingida amabilidad: “¿Para qué tanto sufrimiento? Lo has pasado muy mal, pero, en realidad, no es para tanto. Dinos lo que queremos saber y todo irá bien…”. Ante esta nueva situación, no sabía cómo debía cooperar con Dios, así que me apresuré a orarle en mi corazón y le pedí que me esclareciera y me guiara. En ese momento, pensé en las palabras de Dios Todopoderoso: “Se debe soportar cualquier prueba, y aceptar todo lo que viene de Mí. Se debe seguir lo que sea que el Espíritu Santo hace para guiar. Se debe tener un espíritu apasionado y la capacidad de distinguir las cosas. Se debe entender a las personas y no seguir ciegamente a los demás, mantener los ojos espirituales claros y poseer un profundo conocimiento de las cosas” (‘Capítulo 18’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me mostraron la senda de práctica y me ayudaron a darme cuenta de que un diablo siempre será un diablo y que nunca puede cambiar su esencia demoníaca que se opone y odia a Dios. Ya usen tácticas duras o suaves, su objetivo es siempre hacerme traicionar a Dios y abandonar el verdadero camino. Gracias a la advertencia de las palabras de Dios, llegué a tener un cierto discernimiento respecto a los astutos planes de Satanás, mi mente se esclareció y pude adoptar una posición firme. El interrogador me dijo entonces: “El gobierno del PCCh prohíbe a la gente creer en Dios. Si continúas creyendo en Dios Todopoderoso, entonces implicarás a toda tu familia y eso afectará el futuro y las perspectivas de empleo y de servicio civil de los niños de tu familia. Será mejor que lo pienses bien…”. Al decirme aquello, una batalla comenzó a desatarse dentro de mí y me alteré el doble. Justo cuando más perdida me sentía, de repente pensé en las experiencias de Pedro; en cómo mantuvo su testimonio con éxito ante Satanás; Pedro siempre trató de entender a Dios rechazando cada plan astuto que Satanás le lanzaba. Y, así, en el fondo de mi corazón, miré a Dios, se lo confié todo a Él y busqué Su voluntad. Sin darme cuenta, las palabras de Dios Todopoderoso me vinieron a la mente: “Sólo Dios consuela a esta humanidad, y sólo Él cuida de ella noche y día. El desarrollo y el progreso humanos son inseparables de la soberanía de Dios, y la historia y el futuro de la humanidad son inextricables de los designios de Dios. […] Sólo Él conoce el destino de un país o nación, y sólo Él controla el curso de esta humanidad” (‘Dios preside el destino de toda la humanidad’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me llenaron de luz. “¡Sí!”, pensé. “Dios es el Creador y nuestro destino como humanidad está en Sus manos. El diablo Satanás pertenece a la calaña que desafía a Dios. Si ni siquiera pueden alterar su propio destino de ser condenados al infierno, entonces ¿cómo podrían gobernar el destino del hombre? El destino del hombre está predestinado por Dios, y el trabajo que mis hijos puedan hacer en el futuro y sean cuales sean sus perspectivas, estas solo dependen de Dios; Satanás no tiene control alguno sobre esas cosas”. Al considerar aquello, vi aún más claramente cuán despreciables y desvergonzados son Satanás y demonios. Con el fin de forzarme a negar y rechazar a Dios, empleaban tácticas arteras y viles como estos “juegos mentales” para incitarme al engaño. Si no hubiera sido por el oportuno esclarecimiento y guía de Dios Todopoderoso, ya habría sido abatida y hecha cautiva por Satanás. Ahora que sabía cuán despreciable y malvado era Satanás, se había fortalecido mi confianza para no ceder a sus astutos planes. Al final, el policía malvado se quedó perplejo y no supo qué más hacer, así que se marchó desanimado.

Al tercer día, el jefe de la policía vio que no me habían sacado ninguna información y se puso furioso; se quejaba de la incompetencia de sus subordinados. Se me acercó y, con una sonrisa fingida en la cara, me dijo con sarcasmo: “¿Por qué no has cedido todavía? ¿Quién te crees que eres, Liu Hulan? Crees que ya ha pasado lo peor y por eso no tienes miedo, ¿eh? ¿Por qué no viene tu Dios Todopoderoso a salvarte?” […] Al tiempo que hablaba, trataba de asustarme agitando una pequeña pistola paralizante frente a mis ojos, que crepitaba y brillaba con una luz azul. Luego señaló otra más grande que se estaba cargando y me amenazó, diciendo: “¿Ves esa? Esta pequeña pistola paralizante se va a quedar pronto sin batería. Dentro de un momento, usaré esa otra ya cargada para electrocutarte, ¡y ya veremos si hablas! ¡Sé que entonces empezarás a hablar!” Miré la gran pistola paralizante y no pude evitar sumirme en el pánico: “Este policía malvado es verdaderamente feroz y diabólico. ¿Terminará matándome? ¿Podré soportar este tormento? ¿Me electrocutará hasta la muerte?” En ese momento, la debilidad, la cobardía, el dolor y la impotencia que sentía inundaron mi mente. […] Enseguida llamé a Dios: “Oh, Dios Todopoderoso, aunque mi carne está sufriendo mucho y es muy débil, todavía no estoy dispuesta a darle a Satanás lo que quiere. Mi carne es humilde y no tiene valor; solo deseo que Tú ganes y aceptes mi corazón. Por favor, protégeme y evita que te traicione y me convierta en una Judas traidora”. Mientras llamaba a Dios, varios versos de un himno de Sus palabras resonaron en mi cabeza: “La fe es como un puente de un solo tronco: aquellos que se aferran miserablemente a la vida tendrán dificultades para cruzarlo, pero aquellos que están dispuestos a sacrificarse pueden pasar sin preocupación. Si el hombre tiene pensamientos asustadizos y de temor, está siendo engañado por Satanás. Él teme que crucemos el puente de la fe para entrar en Dios” (‘Permitir que Dios domine todo nuestro ser’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Estas palabras del Señor Jesús también me vinieron a la mente: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28). Las palabras de Dios provocaron que mis lágrimas fluyeran libremente; me sentí increíblemente conmovida. La fuerza de mi corazón era como un fuego enfurecido. “Incluso si muero hoy”, pensé, “¿qué hay que temer? Es algo glorioso morir por Dios y renunciaré a todo para luchar hasta la muerte contra Satanás”. En ese momento, me vinieron a la mente algunos versos de otro himno de las palabras de Dios: “En el camino a Jerusalén, Jesús se sintió angustiado. Pero mantuvo Su palabra, sacando fuerzas, continuó hacia la cruz. Al final fue crucificado, fue imagen de la carne pecaminosa, completando la obra de la redención” (‘Imitar al Señor Jesús’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Cantaba y cantaba en mi corazón, y las lágrimas caían incesantemente por mis mejillas. La escena de la crucifixión del Señor Jesucristo se representó ante mis propios ojos: los fariseos se burlaron del Señor Jesús; lo injuriaron y calumniaron; su verdugo lo azotó con un cruel látigo hasta que acabó cubierto de cortes y contusiones y, finalmente, fue cruelmente clavado en la cruz; sin embargo no emitió ningún sonido… Todo lo que sufrió el Señor Jesús fue consecuencia de Su amor hacia la humanidad, un amor que superaba al que tenía por Su propia vida. En ese momento, mi corazón se conmovió y se sintió inspirado por el amor de Dios y me llené de una fuerza y una fe tremendas. No tenía miedo a nada y me parecía que sería glorioso morir por Dios, mientras que ser una Judas sería una enorme vergüenza. Para mi sorpresa, cuando decidí ser testigo de Dios aun a costa de mi propia vida, Él me ayudó una vez más a escapar de las garras de la muerte y me brindó una salida. En ese momento, un policía malvado entró corriendo en la habitación, diciendo: “Hay disturbios en la plaza de la ciudad; ¡tenemos que movilizar a la policía para contenerlos y mantener el orden público!”. Los policías malvados se fueron corriendo. Cuando regresaron era ya de madrugada y no les quedaban energías para interrogarme. Me dijeron con maldad: “¡Como no quieres hablar, te enviaremos al centro de detención!”.

La mañana del cuarto día, los policías malvados me tomaron una foto y me colgaron del cuello un gran letrero cuadrado con mi nombre escrito con pintura. Era como un criminal convicto más y la policía malvada se burlaba de mí y me ridiculizaba. Me parecía que estaba siendo sometida a la más grande humillación y me sentía muy débil por dentro. Sin embargo, me di cuenta de que mi estado de ánimo no era el correcto, así que me apresuré a invocar a Dios en silencio en mi corazón: “¡Oh, Dios! Por favor, protege mi corazón y permíteme entender Tu voluntad y no caer presa de los planes astutos de Satanás”. Después de orar, un pasaje de las palabras de Dios apareció claramente en mi mente: “Como un ser creado, debes por supuesto adorar a Dios y buscar una vida significativa. […] Como un ser humano, te debes consumir por Dios y soportar todo el sufrimiento. Porque el pequeño sufrimiento que estás experimentando ahora, lo debes aceptar con alegría y con confianza y vivir una vida significativa […] Vosotros sois personas que buscáis la senda correcta, los que buscáis mejorar. Sois personas que os levantáis en la nación del gran dragón rojo, aquellos a quienes Dios llama justos. ¿No es eso la vida con más sentido?” (‘Práctica (2)’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios poseían autoridad y poder; llenaban mi corazón de luz, disipaban todas las tinieblas y me permitían comprender el significado y el valor de la vida. Me permitieron entender que la oportunidad de buscar la verdad como ser creado, de vivir para adorar a Dios y satisfacerlo, era la vida más significativa y valiosa posible. El hecho de haber sido ahora capturada y detenida por mi creencia en Dios, de sufrir toda esta humillación y dolor y poder participar en las tribulaciones y en el reino de Cristo, no era ninguna vergüenza; era algo glorioso. Satanás no adora a Dios; al contrario, hace todo lo que puede para interrumpir y obstruir Su obra, y eso es lo más vergonzoso y despreciable. Al pensar estas cosas, me llené de fuerza y alegría. Los policías malvados vieron la sonrisa en mi rostro y me miraron con asombro, diciendo: “¿De qué te alegras tanto?” Les respondí con claridad y contundencia: “Está perfectamente justificado creer en Dios y adorarlo. No tiene absolutamente nada de malo hacerlo. ¿Por qué no iba a estar contenta?” Bajo la guía de Dios, pude una vez más confiar en Él para vencer a Satanás.

Luego me llevaron al centro de detención. Todo en aquel lugar era todavía más sombrío y aterrador; me sentía como si hubiera descendido a algún tipo de infierno. En cada comida me daban un pequeño trozo de pan negro al vapor y un poco de bok choy hervido en un tazón de sopa clara con unas cuantas hojas de verduras flotando encima. Pasaba tanta hambre durante el día que mi estómago pedía a gritos la comida. Sin embargo, a pesar de ello, además tenía que trabajar como una bestia de carga y, si no cumplía con mi cuota, me golpeaban o me obligaban a hacer guardia como castigo. Como este cruel tormento duró días y días, me salieron moretones y sufrí lesiones de pies a cabeza; incluso se me hacía difícil caminar. Sin embargo, los funcionarios de prisiones me obligaban a cargar pesados alambres de cobre. A causa de este trabajo tan duro, el dolor en mi espalda lesionada se volvió insoportable y lo único que podía hacer al final de cada jornada era arrastrarme hasta la cama. Pero, por la noche, la policía malvada también me hacía vigilar a los prisioneros y aquel trabajo excesivo y agotador era imposible de soportar. Una noche, mientras estaba de guardia, aproveché la ausencia de la policía malvada y, sigilosamente, me agaché con la esperanza de descansar. Inesperadamente, sin embargo, un policía malvado me vio a través de la cámara de la sala de vigilancia y me gritó: “¿Quién dijo que te podías sentar? Uno de los otros prisioneros me susurró: ‘Date prisa y discúlpate con él o te hará dormir en la cama de madera’”. Con esto se refería a la tortura en la que llevan una tabla de madera a la celda del prisionero, le encadenan a ella las piernas y los pies y le atan las muñecas. Al prisionero encadenado a la tabla no se le permite moverse en dos semanas. Al escuchar esto, me llené de ira y odio, pero sabía que no podía mostrar la más mínima resistencia; solo me quedaba tragarme mi ira. Me resultaba difícil soportar tanto acoso y tortura. Esa noche me acosté en mi gélida y fría cama, llorando por la injusticia de todo esto, con el corazón lleno de quejas y demandas hacia Dios, pensando: “¿Cuándo terminará esto? Un solo día en este lugar infernal ya es demasiado”. Entonces pensé en las palabras de Dios: “Tú entiendes el significado de la vida humana, y estás en la senda correcta de la vida humana; en el futuro, independientemente de cómo Dios trate contigo, te someterás a Sus designios sin queja ni opción algunas, y no tendrás exigencia alguna hacia Dios. De esta forma, tendrás valor” (‘Cómo deberías andar la última etapa de la senda’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios me avergonzaron. Recordé que siempre había dicho que soportaría cualquier dolor por Dios, que siempre lo obedecería de todas las maneras, como hizo Pedro, sin importar cuán grande fuera el dolor o la adversidad, y que no tomaría ninguna decisión o exigiría nada para mí. Sin embargo, cuando cayeron sobre mí la persecución y la adversidad y tuve que sufrir y pagar el precio, fracasé por completo a la hora de vivir mis palabras en la realidad. Estaba llena de demandas irrazonables a Dios y de oposición a Él; solo quería escapar de este aprieto para que mi carne no sufriera más: ¿cómo podría obtener la verdad y la vida que Dios me estaba dando si hacía eso? Solo entonces entendí por fin las buenas intenciones de Dios: Él estaba permitiendo que estas penurias me sobrevinieran, medía así mi determinación de soportar el sufrimiento y me permitía aprender a obedecer durante mi angustia, a poder someterme a las orquestaciones de Dios y ser apto para recibir Su promesa. Todo lo que Dios me estaba haciendo era por amor; lo hacía para salvarme y para convertirme en un auténtico ser humano. Mi corazón se liberó a partir de ese momento y ya no me sentí agraviada ni dolorida. Lo único que quería era someterme a las orquestaciones y arreglos de Dios, cooperar sinceramente con Él en esta situación y buscar obtener la verdad.

Un mes después, aunque no había obtenido ninguna evidencia de mí, la policía me dejó marchar. Sin embargo, para restringir mi libertad personal me acusaron de “afectar la aplicación de la ley y participar en una organización xie jiao”. Durante un año, no se me permitió salir de la provincia ni del municipio y tuve que estar a disposición de la policía y acudir cuando me requirieran. Sólo después de volver a casa me enteré de que la policía me había robado todas las pertenencias que había guardado en mi casa de acogida. Además, la policía malvada había saqueado mi casa como meros bandidos y amenazado a mi familia diciéndoles que tenían que entregar más de 25 000 yuanes para dejarme salir. Mi suegra no soportó tantos temores; sufrió un ataque al corazón y solo se recuperó tras recibir tratamiento en el hospital, con un costo de más de 2 000 yuanes. Al final, mi familia se vio obligada a pedirles a todos sus conocidos que les prestaran dinero para reunir los 3000 yuanes para la policía, y solo entonces me liberaron. Debido a las crueles torturas que me infligió la policía malvada, en mi cuerpo han quedado graves secuelas: se me hinchan a menudo los brazos y las piernas y me duelen debido a la severa tensión que sufrieron durante mi encarcelamiento; ni siquiera puedo levantar dos kilos y medio de verduras o lavar la ropa y estoy totalmente incapacitada para trabajar. La cruel persecución que me infligió el gobierno del PCCh me ha hecho odiar todavía más a Satanás: detesto a ese demonio reaccionario que desafía al cielo.

A través de experimentar esta persecución y adversidades, he llegado a apreciar verdaderamente que la obra de Dios es realmente muy práctica y sabia. Durante mi sufrimiento, Dios infundió la verdad en mí, poco a poco, permitiéndome, así, dejar atrás la oscuridad, escapar de la muerte y ganar libertad y liberación en la verdad. Así es como Dios me guio para vencer a Satanás una y otra vez a través de la persecución y las adversidades a las que me sometió Satanás. Dios me permitió obtener el riego y el suministro de Sus palabras para entender la verdad y desarrollar el discernimiento; templó mi voluntad, perfeccionó mi fe, me enseñó a recurrir a Él y a confiar en Él, y mi vida creció y maduró gradualmente. Realmente llegué a ver que Dios ya es victorioso y Satanás ha sido derrotado, tal como se canta en este himno de las palabras de Dios: “La prueba del derrumbe progresivo del gran dragón se puede ver en la maduración continua de todo el pueblo. Obviamente, cualquiera lo puede ver. La maduración de todo el pueblo es una señal de la desaparición del enemigo. Pero voy personalmente al lugar en el que el gran dragón rojo yace enroscado, para librar la batalla con él. Y cuando toda la humanidad llegue a conocerme desde el interior de la carne, y sea capaz de ver Mis obras desde ahí, entonces la guarida del gran dragón rojo quedará reducida a cenizas y desaparecerá sin dejar rastro” (‘El gran dragón rojo colapsa a medida que crece el pueblo de Dios’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”).

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