La fe inquebrantable
Por Meng Yong, China En el diciembre de 2012, varios hermanos y hermanas y yo fuimos a un lugar para difundir el evangelio y terminamos...
¡Damos la bienvenida a todos los buscadores que anhelan la aparición de Dios!
Una mañana de noviembre de 2007, cuando estábamos reunidos en la casa de la hermana Liu Hua, más de una docena de policías irrumpieron de repente en el patio y, antes de que pudiéramos reaccionar, entraron a gritos en la casa: “¡Que nadie se mueva!”. Todo fue muy caótico y yo estaba extremadamente asustada, así que no paraba de orar a Dios. Los policías revolvían la casa. En poco tiempo, pusieron todo patas para arriba y encontraron los libros y DVD de las palabras de Dios que estaban guardados en la casa de Liu Hua. Luego, nos cachearon por la fuerza y encontraron en mi bolsillo información sobre el número de miembros y las finanzas de la iglesia. Estaba muy preocupada y temía que se vieran implicados otros hermanos y hermanas, así que oré en silencio a Dios para pedirle que los protegiera. En ese momento, uno de los policías agarró a Liu Hua y le preguntó: “¿Hay más libros o fondos de la iglesia en tu casa?”. Cuando ella no respondió, el oficial la empujó con violencia, a pesar de que era una mujer mayor, y Liu Hua cayó fuerte al suelo y perdió el conocimiento. Vi a Liu Hua tirada inmóvil en el suelo, con la cara pálida, y quise correr a ayudarla a levantarse, pero dos oficiales me agarraron de los brazos de forma inesperada y me arrastraron hasta un coche. Otros oficiales fueron a arrastrar a Liu Hua y, al ver que estaba inconsciente en el suelo, se dirigieron a arrestar a los demás. Pensé: “El Partido Comunista odia a Dios y, cuando capturan a alguien que predica el evangelio, lo torturan. A algunos les dan palizas y los dejan discapacitados, a otros los mandan a la cárcel y a los líderes y obreros importantes, en particular, los matan a golpes sin ninguna consecuencia. Ahora que me han arrestado y han encontrado que tenía información sobre el número de miembros y las finanzas de la iglesia, seguro pensarán que soy una líder de la iglesia y no me soltarán fácilmente”. Estaba bastante asustada, sin saber qué tipo de tortura me infligirían los policías. Si no era capaz de soportarla y me convertía en una judas, sería una ofensa contra el carácter de Dios. No podía convertirme en una judas. No paré de orar a Dios: “Dios, ahora mismo tengo mucho miedo y no sé cómo me tratará la policía. Te ruego que me protejas y me des fe. ¡Estoy dispuesta a mantenerme firme en mi testimonio!”. Después de orar, pensé en un pasaje de las palabras de Dios: “Cuando te enfrentes a sufrimientos debes ser capaz de no considerar la carne ni quejarte contra Dios. Cuando Él se esconde de ti, debes ser capaz de tener la fe para seguirlo, de mantener tu amor anterior sin permitir que flaquee o desaparezca. Independientemente de lo que Dios haga, debes dejar que instrumente como Él desee y estar dispuesto a maldecir tu propia carne en lugar de quejarte contra Él. Cuando te enfrentas a las pruebas, debes estar dispuesto a soportar el dolor de renunciar a lo que quieres y a llorar amargamente para satisfacer a Dios. Solo esto es amor y fe verdaderos” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Los que serán hechos perfectos deben someterse al refinamiento). Las palabras de Dios apaciguaron mucho mi corazón. Dios permite que suframos y enfrentemos pruebas para perfeccionar nuestra fe. Cuando me arrestaron y persiguieron, fui cobarde, temí la tortura y vi que mi fe en Dios no era genuina. Ya no debía tener consideración con mi carne. No importaba el tipo de tortura que me infligieran los policías, tenía que confiar en Dios para mantenerme firme en mi testimonio y, aunque muriera, nunca me convertiría en una judas.
Cuando llegamos a la comisaría, dos policías de sexo masculino me interrogaron con hostilidad: “¿Quién es el líder de la iglesia? ¿Dónde está el dinero de la iglesia?”. Me interrogaron hasta las ocho de la noche y, cuando vieron que no decía nada, me trasladaron a un centro de detención. Hacía mucho frío en esa época del año, y dos policías de sexo femenino me desnudaron a la fuerza y me cachearon. Luego, nos encerraron a dos hermanas y a mí en una habitación, sin dejarnos comer; nos dieron solo una manta fina y nos dijeron con severidad: “¡Muéranse de frío! ¿Quién les dijo que podían seguir a Dios Todopoderoso? ¡Ni piensen que van a comer algo si siguen con esa fe de ustedes!”. Esa noche, las tres nos consolamos y animamos en silencio. Entendimos que la detención y la persecución eran una prueba de Dios y que teníamos que dar testimonio de Él. Por mucho que los policías nos torturaran, incluso si nos mataban a golpes, ¡nunca cederíamos ante Satanás! Ganamos fe y fortaleza y, aunque teníamos frío y hambre, no nos parecía tan insoportable.
Al día siguiente, los policías me interrogaron. Un oficial me golpeó la cabeza con fuerza y dijo: “¿Quién es el líder de tu iglesia, vieja bruja? ¿Quién te dio los documentos financieros de la iglesia? Si nos lo dices, te liberaremos hoy. Pero, si no nos dices nada, ¡no sabes la que te espera!”. Ante su interrogatorio implacable, no paré de orar a Dios en mi interior para pedirle que protegiera mi corazón. Al ver que no decía nada, uno de los oficiales se enfureció y dijo: “¡Si no hablas, tenemos varias formas de torturarte! ¡Te sentenciaremos a diez años de cárcel!”. Otro dijo: “Te enviaré a la parte más remota y fría de China para que pruebes lo que es sufrir allí. ¡Ya veremos entonces si eres tan obstinada!”. No dejaron de intentar hacerme responder ni de tentarme. Yo me limitaba a orar y a confiar en Dios con el corazón y no caí en su trampa. A las 8 de la mañana del tercer día, cuatro oficiales me llevaron a sacarme una foto. Uno de los oficiales dijo con una sonrisa falsa: “¿Sabes por qué te estamos sacando una foto? Comes la comida del Partido Comunista, pero no crees en el partido y, en cambio, crees en Dios y predicas el evangelio. Si ahora todos empiezan a creer en Dios, ¿quién va a creer en el Partido Comunista? ¡Estás en contra del Partido Comunista! Con tu entusiasmo por predicar el evangelio, mereces diez años de prisión. Pondremos tu foto en la televisión para que todos la vean ¡y te humillaremos tanto que no querrás volver a mostrar la cara en público!”. Tras decir esto, sonrió con sorna y me tiró del brazo para tomarme la foto a la fuerza. Estaba furiosa, pero también me sentía bastante preocupada y pensé: “Si los policías ponen en la televisión que me han arrestado por mi fe e incitan a la gente con ello, ¿qué pensarán de mí mis amigos y familiares? Puede que mis vecinos me ridiculicen. ¿Cómo podré ser capaz de mostrar la cara en público? ¿Mis hijos se avergonzarán de mí y me rechazarán?”. Esos pensamientos hicieron que me sintiera completamente exhausta. Me di cuenta de que mi corazón se había alejado mucho de Dios, así que le oré de inmediato para pedirle que protegiera mi corazón. En ese momento, pensé en estas palabras de Dios: “No hay ni una sola persona entre vosotros que esté protegida por la ley; por el contrario, sois sancionados por ella. Incluso más problemático es que la gente no os entienda. Ya sean vuestros familiares, vuestros padres, amigos o colegas, nadie os comprende. Cuando sois abandonados por Dios os es imposible seguir viviendo en la tierra pero, aun así, las personas no pueden soportar estar lejos de Dios, lo cual es el significado de Su conquista sobre las personas y es la gloria de Dios. Lo que habéis heredado en el presente supera lo dado a los apóstoles y profetas a lo largo de las eras, y es incluso más grande que lo dado a Moisés y Pedro. Las bendiciones no se pueden obtener en un día o dos; deben ganarse por medio de muchos precios. Lo cual quiere decir que debéis poseer un amor que ha sido sometido al refinamiento, debéis poseer una gran fe y debéis tener las muchas verdades que Dios requiere que alcancéis. Es más, debéis volveros hacia la rectitud, sin sentirse intimidados ni evasivos, y debéis tener un corazón amante de Dios que sea constante hasta la muerte. Debéis tener determinación, ha de haber cambios en vuestro carácter-vida, vuestra corrupción debe ser sanada y debéis aceptar todas las orquestaciones de Dios sin quejaros, e incluso debéis ser sumisos hasta la muerte. Esto es lo que debéis alcanzar, este es el objetivo final de la obra de Dios y lo que Él le solicita a este grupo de personas” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¿Es la obra de Dios tan sencilla como el hombre imagina?). Las palabras de Dios me hicieron entender que el Partido Comunista arresta y persigue a los cristianos e intenta crear opinión pública para difamarnos y atacarnos con el fin de obligarnos a traicionar a Dios. ¿No estaba cayendo yo en la trampa de Satanás al sentirme negativa y dolida por temor a que se mofaran de mí? Que me arresten y humillen por mi fe en Dios significa que me persiguen por la justicia, y eso es glorioso, pero yo tenía miedo de que se mofaran de mí. ¿No mostraba eso que no sabía distinguir el bien del mal? Había disfrutado mucho del riego y la provisión de las palabras de Dios y, ahora que Dios necesitaba que diera testimonio, estaba teniendo consideración con mi carne y me preocupaba mi vanidad y orgullo. ¡Realmente carecía de conciencia! Al reflexionar sobre esto, me sentí profundamente arrepentida y pensé: “No importa lo que me hagan hoy, incluso si ponen mi foto en la televisión para difamarme y hacer que la gente se burle de mí y me rechace, ¡me mantendré firme en mi testimonio y nunca traicionaré a Dios!”.
Después de sacarme la foto, los policías me llevaron de vuelta a la sala de interrogatorios. Un oficial sacó los documentos sobre el número de miembros y las finanzas de la iglesia de mi bolso y los arrojó sobre la mesa, mientras me miraba con furia y gritaba: “¡Hoy debes dejar claro de dónde salió todo esto! Si no hablas, ¡te caerán diez años de condena!”. Al ver que no respondía, me golpeó con fuerza con el dedo en la cabeza y dijo: “Vieja bruja, he visto a muchas como tú. Si no confiesas hoy, ¡estás arriesgando la poca vida que te queda! Tenemos cinco equipos para turnarnos e interrogarte. ¡Veremos quién aguanta más!”. Eso hizo que me asustara y pensara en cómo habían torturado a algunos hermanos y hermanas con palos de bambú bajo las uñas, mientras que a otros los habían forzado a beber agua picante después de arrestarlos. Me preguntaba si harían lo mismo conmigo si permanecía en silencio. Si me torturaban y me encarcelaban durante varios años, ¿sería capaz de soportarlo? Tenía más de 50 años y mi salud no era buena. ¿Y si me torturaban hasta la muerte? Seguí orando a Dios en mi corazón para pedirle que me diera fuerzas. En ese momento, pensé en algunas de las palabras de Dios: “En esta etapa de la obra se nos exige la mayor fe y el amor más grande. Podemos tropezar por el más ligero descuido, pues esta etapa de la obra es diferente de todas las anteriores. Lo que Dios está perfeccionando es la fe de las personas, que es tanto invisible como intangible. Lo que Dios hace es convertir las palabras en fe, amor y vida” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La senda… (8)). Las palabras de Dios me dieron fe y fortaleza. No importaba el tipo de sufrimiento o la prueba que enfrentara, tenía que confiar en mi fe y mantenerme firme en mi testimonio. Solo de esa manera Dios podía perfeccionarme. Pensé en el sufrimiento de Job bajo la tentación de Satanás. Cuando perdió sus grandes rebaños de ganado y de ovejas, su inmensa riqueza y a sus hijos, y todo su cuerpo estaba cubierto de llagas dolorosas, Job mantenía su fe en Dios. Prefería maldecir su propia carne antes que quejarse de Dios y siguió alabando Su nombre. Así, se mantuvo firme en su testimonio, humilló a Satanás y recibió la aprobación y las bendiciones de Dios. Mi captura y persecución eran la tentación de Satanás y también eran cómo Dios me ponía a prueba y me examinaba. Debía seguir el ejemplo de Job y no quejarme de Dios, incluso si significaba morir, y tenía que confiar en Él para mantenerme firme en mi testimonio y humillar a Satanás. A partir de entonces, sin importar cómo me interrogaban los policías, no les decía nada. Al ver que no me podían sacar ninguna información, los policías le dijeron a otro equipo: “Encuentren la manera de abrirle la boca. Hay bastante dinero en estos documentos. Háganla confesar la información sobre el dinero y los líderes de la iglesia. ¡No la dejen dormir hasta que hable!”. El segundo equipo de policías estaba compuesto por dos hombres jóvenes. Se pararon uno a cada lado, me dieron fuertes puñetazos en los hombros y me exigieron saber quiénes eran los líderes de la iglesia. Me sentí un poco mareada; estaba sentada en un taburete, me temblaba todo el cuerpo y no podía hablar. No se detuvieron y siguieron dándome puñetazos. Al cabo de un rato, el jefe de la Oficina de Seguridad Pública entró rechinando los dientes y dijo: “¿Todavía no has confesado después de todo este tiempo? ¿Quién te dio los documentos financieros de la iglesia? Si no nos lo dices hoy, ¡te las verás con nosotros!”. Al oír esto, el corazón me latía con fuerza y oré de inmediato a Dios: “Dios, parece que no van a dejarme ir. No puedo superar esto por mi cuenta. Estoy dispuesta a confiar en Ti. No importa cómo me torturen, ¡nunca seré una judas!”. En ese momento, sentí que el estómago se me revolvía de repente y comencé a vomitar. Los policías se apartaron al ver que estaba vomitando por todas partes. Aproveché la oportunidad para agarrar de la mesa los documentos sobre el número de miembros y las finanzas de la iglesia y los usé para limpiarme. Luego, los tiré al suelo y los pisoteé para destruirlos, lo que hizo que los policías se enfurecieran y se pusieran lívidos. En ese momento, el jefe de la Oficina de Seguridad Pública recibió una llamada telefónica; le informaban que su suegra había fallecido y que debía regresar de inmediato a casa, así que tuvieron que detener el interrogatorio. Sabía que eso se debía a la protección de Dios y le estaba profundamente agradecida. Los policías me interrogaron un total de ocho veces, pero no me sacaron ninguna información hasta que, finalmente, me enviaron a un centro de detención.
En el centro de detención, dos policías de sexo femenino me llevaron a una habitación pequeña y me reprendieron: “¡Te vamos a arrancar la piel, vieja bruja!”. Luego, me cortaron cada botón de la ropa con unas tijeras. Después, me desnudaron y tiraron mis zapatos. Tras la inspección, me hicieron caminar descalza por un patio hasta otra habitación. Me sentí completamente humillada y estaba muy enfadada y angustiada, así que no paré de orar a Dios. Pensé en un pasaje de las palabras de Dios: “Es tremendamente difícil para Dios llevar a cabo Su obra en la tierra del gran dragón rojo, pero es a través de esta dificultad que Dios realiza una etapa de Su obra, para manifestar Su sabiduría y acciones maravillosas, y usa esta oportunidad para hacer que este grupo de personas sean completadas. Dios lleva a cabo Su obra de purificación y conquista mediante el sufrimiento, el calibre y todo el carácter satánico de las personas en esta tierra inmunda, para, de esta manera obtener la gloria y así ganar a los que dan testimonio de Sus hechos. Este es el significado completo de todos los sacrificios que Dios ha hecho por este grupo de personas” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¿Es la obra de Dios tan sencilla como el hombre imagina?). El esclarecimiento de las palabras de Dios me hizo entender que, aunque mi carne sufriera un poco y mi orgullo quedara herido durante mi captura y humillación, ese sufrimiento era en aras de la justicia, a fin de ganar la verdad y tenía valor y sentido. Mi persecución también me ayudó a ganar discernimiento y a ver con mayor claridad la perversidad y el descaro del gran dragón rojo, y llegué a aborrecerlo y rechazarlo desde lo más profundo del corazón. Al pensar en esto, ya no me sentí avergonzada y decidí mantenerme firme en mi testimonio para humillar a Satanás.
Tras pasar treinta días retenida en el centro de detención, la policía me acusó de “alterar el orden público” y me sentenció a un año de reeducación mediante el trabajo. En el campo de trabajo, vivía en una habitación de unos diez metros cuadrados en la que había veinte personas abarrotadas. El trabajo comenzaba cada mañana a las 6. La policía nos asignaba tareas constantemente y, si no las completábamos, no nos dejaban comer ni dormir y teníamos que trabajar horas extras por la noche. Fuera de día o de noche, cada vez que nos llamaban para ir a mover algo, debíamos ir de inmediato y llevar objetos de entre treinta y treinta y cinco kilos hasta el tercer piso por nuestra cuenta. Si íbamos despacio, los policías nos gritaban y reñían. Cuando llegaba al segundo piso, ya no podía moverme, me tropezaba en cada escalón y tenía que subir hasta el tercer piso a paso de tortuga. Terminaba siempre exhausta, empapada en sudor y con las piernas que me flaqueaban. Cuando terminaba, no tenía tiempo para recuperar el aliento que ya tenía que ir a hacer otro trabajo de inmediato. Trabajaba cada día como si mi vida dependiera de ello y temía que me castigaran o extendieran la sentencia si no completaba las tareas. A menudo, terminaba con dolores de cabeza y mareos, y casi me desmayé en varias ocasiones. Después de trabajar todo el día, tenía que hacer guardia durante dos horas por la noche sin dormir ni apoyarme contra la pared ni caminar con libertad, y cualquier vulneración resultaba en castigos y reprimendas. Cuando finalmente llegaba la hora de dormir, también era un tormento, ya que cuatro de nosotras teníamos que apretarnos en una cama de un metro de ancho. Tenía que apretujarme en un pequeño hueco para apenas acostarme y no podía darme la vuelta ni moverme, ya que las demás presas me gritaban por cualquier movimiento. Las piernas me quedaban colgando de la cama y se me acalambraban por el frío helado. También solía tener pesadillas en las que me capturaban o interrogaban y me despertaba con sudores fríos. Siempre teníamos hambre y, cuando llegaba la hora de comer, las creyentes en Dios solo recibíamos comida aguada, sin nada de aceite. En el campo de trabajo, cada día parecía tan largo como un año. Todos los días pensaba: “¿Cuándo llegarán a su fin estos días oscuros y miserables?”. Me sentía bastante débil, así que oré a Dios. Pensé en estas palabras de Dios: “No importa cómo obre Dios y tampoco importa tu entorno, eres capaz de buscar la vida y la verdad, de buscar el conocimiento de la obra de Dios, de poseer un entendimiento de Sus acciones y eres capaz de actuar según la verdad. Hacer esto es tener fe verdadera, y hacer esto muestra que no has perdido la fe en Dios. Solo puedes tener auténtica fe en Dios si eres capaz de insistir en perseguir la verdad a través del refinamiento, si eres capaz de amar verdaderamente a Dios y no desarrollas dudas sobre Él; si independientemente de lo que Él haga, sigues practicando la verdad para satisfacerlo y si eres capaz de buscar Sus intenciones en lo profundo y de ser considerado con ellas” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Los que serán hechos perfectos deben someterse al refinamiento). “¿Alguna vez habéis aceptado las bendiciones que os han preparado? ¿Alguna vez habéis perseguido las promesas que os hicieron? Bajo la guía de Mi luz, os abriréis paso entre el yugo de las fuerzas de la oscuridad. En medio de la oscuridad, no perderéis la guía de la luz. Seréis los amos de todas las cosas. Seréis vencedores delante de Satanás. Cuando caiga el reino del gran dragón rojo, os erguiréis entre la infinidad de personas como prueba de Mi victoria. Permaneceréis firmes e inquebrantables en la tierra de Sinim. A través de los sufrimientos que soportéis, heredaréis Mis bendiciones, e irradiaréis Mi luz de gloria por todo el universo” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Las palabras de Dios al universo entero, Capítulo 19). Las palabras de Dios realmente me consolaron y animaron. Un vencedor es alguien que, en medio de la persecución y la tribulación, todavía puede practicar la verdad, vencer a Satanás y dar testimonio de Dios. Pero yo me había vuelto negativa y débil ante apenas un poco de sufrimiento. ¿Cómo podría vencer a Satanás así? Poder atravesar esas dificultades y tener la oportunidad de dar testimonio de Dios era la exaltación y bendición que Él me daba. Con esto en mente, sentí que ese sufrimiento tenía valor y sentido y estuve dispuesta a someterme a Dios y a confiar en Él para experimentarlo. Así, al confiar en la oración y en la guía de las palabras de Dios, conseguí sobrevivir un año en prisión. Para cuando salí del campo de trabajo, había perdido más de quince kilos y me habían quedado secuelas en las manos.
Después de salir del campo de trabajo, el Partido Comunista no dejó de vigilarme y colocó a un informante en el pueblo solo para echarme un ojo y ver si todavía creía en Dios o asistía a reuniones. Vivía una vida como si estuviera confinada en el marco de una foto, sin poder asistir a reuniones ni predicar el evangelio, así que no tuve más remedio que dejar mi hogar para cumplir mis deberes. Durante esos años, gente de la comisaría solía venir a mi casa para interrogar a mi esposo sobre mi paradero y, a menudo, llamaban a mi hijo y a mi nuera para instarles a que fueran a buscarme. Un día, me crucé en la calle con mi nuera, que insistió en que volviera a casa con ella. Cuando llegamos, mi hijo me dijo con lágrimas en los ojos: “La comisaría no para de llamar cuando no estás en casa, ¡no nos dejan en paz! Sabemos que tu fe en Dios es algo bueno, pero el Partido Comunista se opone a ella. Si sigues creyendo en Dios, no dejarán que nuestros hijos vayan a la escuela y nuestras vidas se volverán insufribles. Tienes que elegir, ¿Dios o esta familia?”. Al oírlo, pensé: “Si sigo creyendo en Dios y predicando el evangelio, se vendrá abajo mi relación con mi hijo y mi nuera y no cuidarán de mí en el futuro. ¿Qué haré cuando sea mayor?”. Oré a Dios en mi corazón. En ese momento, pensé en estas palabras de Dios: “Cuando Él y Satanás luchan en el reino espiritual, ¿cómo deberías satisfacer a Dios? Y ¿cómo deberías mantenerte firme en el testimonio de Él? Deberías saber que todo lo que te ocurre es una gran prueba y es el momento en que Dios necesita que des testimonio” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Solo amar a Dios es realmente creer en Él). Las palabras de Dios me permitieron entender Su intención. Las circunstancias que enfrentaba eran una prueba y tenía que ponerme del lado de Dios y satisfacerlo. Mi hijo y mi nuera me estaban persiguiendo y obstruyendo, pero el verdadero culpable era el Partido Comunista, que trataba de usar esas artimañas para obligarme a traicionar a Dios. No podía permitir que las tramas de Satanás tuvieran éxito y debía confiar en Dios para mantenerme firme en mi testimonio y humillar a Satanás. Sin importar cómo sería mi vida o si mi hijo cuidaría de mí, todo estaba en manos de Dios y yo estaba dispuesta a confiar en Él para experimentarlo. Sabía que no podía practicar mi fe ni hacer mis deberes en casa, así que encontré una manera de dejar mi hogar y seguir cumpliendo mis deberes.
El gran dragón rojo me ha estado persiguiendo durante muchos años y, cuanto más me persigue, más lo odio y lo rechazo desde lo más profundo de mi corazón y más firme es mi fe, más sigo a Dios y más cumplo mis deberes. ¡Gracias a Dios!
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